Un terror de ensueño

Manuel Martínez Londoño, Comunicación Social y Periodismo

La segunda parte de la propuesta de Netflix por series de terror dejó boquiabierto a más de uno, pero no por las razones esperadas.

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Un terror de ensueño
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The Haunting of Bly Manor

Doctor sueño (2019), La Maldición de Hill House (2018) y El Juego de Gerald (2017) tienen algo en común: son dirigidas por Mike Flanagan y son reconocidas por haber pasado a la historia como clásicos cinematográficos del terror gótico y psicológico. El joven director intentó, con esta nueva serie, seguir haciendo historia. Sin embargo, en una producción en la que aparentemente lo único que asustan son los monólogos fuera de lugar y acentos británicos o escoceses innaturales, se puede ver lo que pudo ser un clásico de la cinematografía gótica hundirse lentamente.


La serie de Netfix que tuvo a los fanes del género de terror ansiosos por su estreno durante casi un año entero, tenía grandes expectativas al ser lo que parecía una segunda parte del éxito de Netflix: La Maldición de Hill House, pero se quedó en el intento.


La historia de la serie gira alrededor de una niñera californiana que llega al Reino Unido escapando de su reciente pasado. Al llegar a este desconocido país, consigue trabajo como au pair de unos niños huérfanos en el pueblo de Bly, donde se ubica la mansión Manor. 


Durante nueve capítulos se sigue la historia de los personajes que viven en esta peculiar mansión y cómo se ven afectados por las almas perdidas que deambulan allí, hasta que finalmente, después de muchas obvias indirectas que lanzan el director y los guionistas, se llega a un final inesperado, pero poco apropiado a la historia.


La narrativa se construyó teniendo en cuenta todo lo que hace una serie o película gótica un clásico: la gran mansión embrujada y apartada de la ciudad, varias mujeres frustradas por el amor y valientes héroes con un pasado que esconder. El problema es que la escritura de Mike Flanagan trata de unir muchas historias en una sola y, al final, la producción termina sin tener una historia clara a la cual darle cierre.


Es triste ver cómo cada capítulo que pasa va perdiendo el encanto. Primero, las malas actuaciones de Oliver Jackson-Cohen, quien interpreta a Peter Quint, y Henry Thomas, quien interpreta a Henry Wingrave, cortan el flujo de la serie. Segundo, los capítulos 3, 5 y 7 son tediosos y repetitivos, además de difíciles de resistir despierto. 


Tercero, la serie está repleta de monólogos poco naturales que terminan siendo incómodos para el espectador y, por último, algo que verdaderamente da terror es la falta de habilidad de los actores estadounidenses para recrear acentos del Reino Unido, haciendo que sus actuaciones no sean solo malas, sino también molestas.


Otro de los grandes problemas de la serie es que cae en la estrategia de mercadeo y publicidad de Netflix. Para todos los fanáticos de la primera producción de esta propuesta, La Maldición de Hill House, saber que estaba en camino una producción del mismo estilo fue emocionante. 


Después de que se presentó el tráiler de La Maldición de Bly Manor y se dio a conocer que varios de los actores de la primera serie también participarían, le puso a más de uno los pelos de punta, y, cuando el 9 de octubre llegó, es probable que más de uno se quedara sorprendido por tan drástico cambio y decepcionante resultado.


Pero no todo es malo. Dentro de los nueve capítulos hay un diamante en bruto que capta la esencia que el resto no logró: una historia romántica y de terror gótica. El capítulo 8 narra la historia del fantasma principal de la casa Manor, y es una obra de arte cinematográfico y narrativo. Contiene todas las características del género gótico y el capítulo se desenvuelve naturalmente gracias a la buena escritura de los guionistas y a la excelente actuación de Kate Siegel (Viola Willoughby). A partir de este episodio se puede rescatar la idea que Mike Flanagan tuvo como visión general para la serie. Hubiera sido verdaderamente espectacular si el terror causado por el suspenso, la incomodidad y el asombro del capítulo, junto con la facilidad y naturalidad con la que fluye la historia, se hubieran visto reflejados en los otros ocho capítulos. Si eso hubiera sucedido, esta reseña probablemente hubiera tenido un tinte completamente diferente.


No se puede negar que la serie tiene pincelazos de terror y a veces el suspenso llama la atención del espectador (de ahí proviene el número de estrellas que tiene en esta reseña), ni tampoco que la escenografía de Gregory G. Ventury y John Álvarez, además del vestuario de Lynn Falconer, no transporten a los míticos años 80. No obstante, las cosas excelentes que tiene la producción son opacadas por lo negativo que brilla por sí solo.


Es probable que muchas personas que estén apenas entrando al mundo del terror disfruten la serie. Sin embargo, los que ya conocen el trabajo de Mike Flanagan y están esperando una serie que los mantenga en el borde de la cama y con pesadillas en la noche, tal como lo hizo La Maldición de Hill House, podrían terminar desilusionados, ya que, como la misma producción dice, “es una historia de amor, no de terror”.

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