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  • Unisabana Medios | Audios

    Depresión, la enfermedad que padecen 300 millones de personas en el mundo Mara Mulett, Mauren Poveda y Valeria Ramírez, Comunicación Social y Periodismo Hoy en día, existen más de trecientos millones de personas que sufren el trastorno y, según la OMS, las enfermedades mentales representan el dieciséis por ciento de la carga mundial de autolesiones en jóvenes. Ver también: La cárcel de los trastornos Compartir

  • ¿Un tintico?

    ¿Un tintico? María Juanita Rivero Camelo, Natalia Toscano Jaime, Brian Niño Reyes, María Valeria Carta Malpica, Juan Felipe González Flórez, Juan Pablo Restrepo, Julián Camilo Mantilla Cano, estudiantes de Comunicación Social y Periodismo Ismaelina Lamprea Montenegro y Dorly Angélica Ramírez Marín cuentan los retos de producir un café de calidad y cómo este producto colombiano une a las personas. Ver también: ¿Las orquídeas son necesarias para Colombia? Compartir

  • Unisabana Medios | Audios

    Horst Damme: la ceguera no acabó con sus sueños Alejandra Ramírez, Comunicación Social y Periodismo 70 años creando sueños en madera. A pesar de su ceguera, la vida del juguetero colombo-alemán ha sido una constante lucha por mantener la tradición de los juguetes en madera. Ver también: La magia del teatrino Compartir

  • Cielo - Oh'Laville

    Oh'Laville, desde los estudios la Universidad de la Sabana, con el programa Backstage. Cielo - Oh'Laville Oh'Laville, desde los estudios la Universidad de la Sabana, con el programa Backstage. Compartir

  • Volver al futuro

    Es una de las mejores sagas del cine. Sus tres partes juegan con el tiempo y sus personajes se han convertido en íconos de la cultura pop. Volver al futuro Es una de las mejores sagas del cine. Sus tres partes juegan con el tiempo y sus personajes se han convertido en íconos de la cultura pop. Compartir

  • El sueño de un atleta

    El sueño de un atleta Tatiana Gutiérrez, Paula Andrea Abreu, Vanessa Cantor Diaz, Valentina Hoyos e Ivanna Abella, estudiantes de Comunicación Social y Periodismo Pedro Alejandro Marín, de 17 años, hace parte de categoría sub18 de la Selección Colombia de Atletismo. Su historia está marcada por esfuerzo, disciplina e unión familiar, factores determinantes para que ganara 3 récords nacionales. Ver también: Jeffry Romero: Guerrero al pedal Compartir

  • Los hijos de Naxaen 

    Los hijos de Naxaen Germán Andrés Enciso Flórez, Comunicación Social y Periodismo Fecha: El afán de enriquecimiento de grupos al margen de la ley e instituciones estatales ha cobrado la vida y legado del pueblo indígena Jiw, que habita en Mapiripán. Lea también: Así figuran los indígenas en la televisión Compartir Foto: Indígenas Jiw, del resguardo Escuela Dos, compartiendo una tarde entre tejidos de canasta de fibra de cumare y creación de bolsas con hoja de palma en las que cocinan el pescado en una ‘estufa’ de barro. Foto: Germán Andrés Enciso Flórez El afán de enriquecimiento de grupos al margen de la ley e instituciones estatales se ha robado más que la tranquilidad de un país, ha cobrado la vida y legado del pueblo indígena Jiw y con ello sus historias, desencadenando una lenta pero notable decadencia sobre estos. San José del Guaviare (Guaviare) está ubicado a 400 km de la capital del país (Bogotá), al suroriente de Colombia. Su clima es cálido y, sin contar pequeñas lloviznas, no ha caído agua desde hace una semana. Las vías están recubiertas de tierra y es como si, aprovechando las temperaturas altas de la región de los Llanos Orientales, se configurara una danza de nubes de polvo en la cual la madre naturaleza aprovecha para abrazar lo que alguna vez fue suyo. Hay un colorido puerto fluvial que abastece de suministros al pueblo, como plátano o pescado fresco. Entre las rutas de las lanchas está Mapiripán, una zona que sigue siendo golpeada por la violencia. Entre los afectados están integrantes de numerosas tribus indígenas como los Jiw Naxaen Ba, habitantes que son tratados como simples atracciones, pues la insensibilidad del turista no se preocupa por conocer sus historias. Irene Gómez Acosta, profesora de los niños indígenas del Municipio, se dirige en una moto Discover 100 hacia Barrancón, una de las tantas veredas de San José. Allí irá a dictar clase al resguardo indígena de los Jiw llamado Escuela Dos, nombre asignado por el ICBF. Pero mientras llega, en la entrada del pueblo, una indígena de edad avanzada se pasea sucia de tierra hasta la coronilla y con cara de agotamiento. ¿Cómo puede, a su edad, soportar un recorrido a pie de más de 10 kilómetros y con tres niños? El resguardo más cercano queda a unos 14 kilómetros del pueblo, pasando puentes entre morichales y en carretera de tierra, un trayecto que no solo lo recorre esta abuela, varios indígenas lo realizan de ida y vuelta para llegar al pueblo y pedir limosna o comida. La entrada al resguardo es un lodazal, e Irene tiene problemas para ingresar. Fuerza su moto levantando tierra con la llanta trasera hasta que logra salir del barro y entrar a la comunidad. Al fondo, se ve el Río Guaviare fluyendo majestuosamente y en la otra orilla hay árboles colosales que componen la entrada a la misteriosa selva del Llano colombiano, la puerta a territorios que se logran mantener vírgenes gracias a su hostilidad. Los únicos invasores son los occidentales (forma en que llaman los indígenas a los forasteros). Bajo una maloca, con el techo extrañamente quemado, aparecen los líderes. Ernesto es el capitán, es desplazado de la violencia y vive aquí hace 30 de sus 50 años. Llegó después de un viaje de tres días a caballo, tiene piel curtida y un cabello con apenas unos toques blancos, pero con profundas arrugas a los lados de sus ojos. En este momento son las 8:00 a. m. y niños sin ropa y llenos de tierra están jugando por allí, sin mayor atención. Son libres y lo saben. “Estamos aquí por el agua, pero nosotros no consumimos agua del río porque está contaminada”, señala Ernesto. “Más arriba le cae la suciedad del batallón militar y del pueblo”, la misma que le ha dado al río un color grisáceo y un olor fétido. Sin embargo, la comunidad no ha dejado de pescar ya sea con guadua o flecha, pero el éxito de estas prácticas solo se da por temporadas. Carlos Rodríguez, cazador de la tribu, está ansioso. Necesita salir a disparar su arco al río a ver si consigue qué vender, pero los ruidosos barcos militares le han arruinado su plan. “Esas lanchas van dejando aceite y eso se demora como tres meses en volver a estar limpio. (…) Cuando estaba limpio uno conseguía palometa, cachama, bagre, de todo”, expresa con calma y resignación. El dinero que pensaba recolectar iba para ayudar a Marlene, una niña de la comunidad que ha estado vomitando sangre por culpa de una amibiasis, enfermedad parasitaria, que ya le perforó el estómago. Dos nuevos ‘dioses’ Con la ‘educación’ que les brinda el ICBF se ven satisfechos, pues no se sienten invadidos. “Eso sí funciona. Ellos [los niños] estudian pero nosotros no vamos a perder cultura”, responde Ernesto con una energía casi que perdida. “Nosotros ya venimos manejando eso de bailes, cantos, cómo tejer, todo eso”. Sisto, jefe indígena encargado de supervisar la educación impartida a los niños, opina algo diferente: “Es que aquí los abuelos les enseñan a los niños los mitos y leyendas (…). La cultura siempre la sacamos adelante, pero creencias ya no tenemos”, comenta decepcionado. “Tal vez los payés [sabios de la cultura], aún conserven creencias”. Y es que los Jiw han cambiado a su dios Kubei por el judeocristiano. La semejanza con la llegada de españoles es un poco escalofriante. Puede que el proceso esté ocurriendo de nuevo o nunca haya tenido un final, no hasta ahora. De cierta forma, la historia se repite, pues San José del Guaviare era considerado una isla. No había acceso por tierra, hasta la creación del puente Nowen en 1997. Pero, mientras eso ocurría, los colonos iban llegando en lanchas desde el año 1960, apropiándose poco a poco de los territorios, recursos e inocencia de los indígenas. No obstante, la iglesia había empezado a frecuentar estos espacios desde 1903. “Hay lugares como La Puerta de Orión o La Ciudad de Piedra, en los que se cuenta que los indígenas iban a soltar todos sus lamentos provocados por el hombre negro, dando forma al paisaje”, relata Yhonatan Astudillo, auxiliar administrativo en la Secretaría de Educación y Cultura, durante un recorrido por el Centro de Memoria Histórica de San José. Aquí, los forasteros reciben nombres como occidentales o colonos, connotaciones que tratan de mantener el recuerdo de aquellos extraños que se llevaron cuanto pudieron. Una muestra de esta irrespetuosa intervención es NN, un indígena que no se identifica por seguridad pues fue raspachín (recolector de hoja de coca) y basuquero. Pero afirma que ha dejado estos hábitos para ser capaz de cuidar a su hija que ahora tiene 30 años. Ella se para a su lado para escuchar todo lo que habla su padre. A pesar de todo, ahora se considera guarapero (consumidor frecuente de guarapo o bebida fermentada de agua con panela de un sabor agrio y olor penetrante). — La coca ahora es el verdadero dios, sí… Es lo que mueve todo -, asevera NN desde su experiencia. NN tiene manos grandes, con profundas cicatrices que guardan la historia del narcotráfico, una historia que el gobierno ha logrado cambiar poco a poco con el plan de sustitución de cultivos ilícitos, llegando a un acuerdo con 5,3 millones de familias del departamento. A pesar de esto, la lucha contra el llamado oro blanco continúa, y no solo en este territorio. No obstante, NN se siente feliz viviendo en este resguardo donde se comparte como en familia. Su hija sonríe cuando cuenta esto. Podrá verse como un lugar abandonado por el Estado o cualquier dios, pero todos los adultos y la mayoría de los niños son bilingües, ya que hablan el español y su lengua natal. Mundos paralelos La profesora Irene ha vuelto, está apresurada por decorar la maloca de techo quemado para poder llevar a cabo las actividades con los niños. Irene viene de un pueblo indígena llamado Corocoro, pero ella es la mezcla de tres pueblos, cuyas lenguas domina: su abuelo era Currupaco; su abuela es Cuinabe; y su papá, Cubeo. La razón por la que ella salió del Guainía, siendo una niña, fue para seguir estudiando, pues donde vivía solo se ofrecía hasta quinto de primaria, curso que no era impartido en español; Irene tuvo que aprenderlo en el camino, guiándose con la lectura de una biblia. Para ella, la mayor diferencia entre el hombre occidental y el indígena es la responsabilidad en el cuidado y protección de sus seres queridos y su historia, siendo el indígena el más empeñado en esto. “Un indígena tiene mucho más que dar de lo que uno le ofrece”, recalca Irene. “Uno no tiene que avergonzarse de lo que es. Hay indígenas que se privan de hablar su lengua por lo que piensen los demás. ¡Que estudien, pero que no olviden lo que son!”. En una conversación con Irene, le pedí que me escribiera un mensaje en su idioma natal, el puinavi. Escribió “DUMAN JAQUEN QUA JAQUEO VOQUEN”. En español: Respeten, practiquen y amen la cultura. Cuando era pequeña y aún vivía en Guainía, Irene recuerda que toda su comunidad se reunía en círculo cuando salía la luna para contarse las historias sobre La Patasola o El Duende o cuando la arrullaban entre cantos luego de un baño en el caño más cercano. Antes de irme de este resguardo, me encuentro con Pachito Parra, un indígena que está borracho de tanto hartarse con guarapo. Me toma del brazo y me dirige al barranco. Pidiendo que lo ayude con sus hijos, me cuenta que de pequeño su padrastro le pegaba, que su esposa lo abandonó, que le tocó salir de Mapiripán por la violencia y que tiene mucha impotencia. A Pachito no le importa vivir como un perro callejero, comiendo lo que se encuentre, o sin su única familia, pero quiere que el ICBF se lleve a sus hijos para que les enseñe a hablar y escribir; para que puedan regresar en un futuro con posibilidades de una mejor vida. Pachito tiene una espalda y presencia fuertes, pero ahora ha mostrado toda su sensibilidad. “Yo llore que llore, pero ¡hijuemadre, es que me da rabia!”, chilla Pachito con tufo rancio mientras relata todo. Sin embargo, la historia de Pachito, desgraciadamente, no es la única ni mucho menos la última. En el censo de 2005 se encontró que solo restan 617 Jiw. En Colombia hay 1’392.623 indígenas, Medicina Legal declaró que 61 se suicidaron (2010-2014), 1.063 perdieron la vida por apropiación de la tierra de manera violenta (2003-2012) y 38.053 fueron desplazados (2002-2009). Paños de agua tibia Pero como si no bastara con los desplazamientos forzados, los territorios en que ahora se encuentran los indígenas están siendo acordonados. Pues, debido a los constantes robos de gallinas y hasta ganado, los finqueros no les permiten adentrarse mucho en el monte. Arsenio, el capitán del resguardo que irónicamente se llama ‘La Libertad’, relata con tristeza que “un resguardo es sin límites (…), pero acá no nos dejan ir al río a pescar o a mariscar (cazar) en el monte”. Fabliano Maecha, comerciante del Municipio, quien ha podido interactuar con los indígenas de la zona para la compra de asaí (un fruto de palma), expresa que, si ellos han tenido que robar, es debido a que “se ven arrinconados por la necesidad y el hambre”. No obstante, programas dirigidos por el ICBF, la Alcaldía y la Gobernación del departamento, los proveen de víveres que se acomodan a la dieta de una persona de ciudad corriente. Pero los Jiw no son ni de ciudad, ni corrientes. Ferney Córdoba, quien fuera profesor de los indígenas por casi tres años, expresa: “¿Cómo no van a vender el fríjol? ¿Cómo no van a vender el atún? ¿Cómo no van a vender las sardinas? Si ellos no consumen eso”. Ellos necesitan frutas, carne de animal salvaje como la danta o, por lo menos, estar y tener el espacio donde conseguirlo. Fayr Gutiérrez, antropóloga de profesión y lineamiento de salud del hospital municipal con los indígenas, es crítica de los métodos en que el Gobierno intenta plantear las ayudas a las comunidades. “¿Qué ha pasado con la parte gubernamental? Vienen y aplican paños de agua tibia”, expresa con toques de furia. “El antropólogo viene y hace los estudios, se entera de qué come el indígena, sabe cómo duerme, sabe qué hace, sabe de qué se enferma y con diagnósticos se han quedado porque no vuelven”. Pero no solo critica las formas de actuar del gobierno, sino de los indígenas que han sido corrompidos por vicios como la drogadicción o el alcoholismo, evidentes en las visitas de la antropóloga a los resguardos. Y es que en una calle popular en San José conocida como La 40, las indígenas y occidentales ya salen bien entrada la noche a prostituirse. Cuando le pregunto por el origen de los vicios, la respuesta es contundente y casi inmediata: “Los colonos”. Pero David Sánchez, quien trabaja en el área de logística con Cormades, una de las múltiples empresas contratadas por el ICBF para la atención de estas comunidades, asegura que ya se están tomando medidas en las áreas de salud, educación y alimentación, ya que se ha dejado de entregar suministros sin conciencia de las verdaderas necesidades de los indígenas. Ahora instruyen a los nativos para que sean capaces de mezclar la bienestarina (colada del ICBF) con la fariya (yuca brava rallada) para el aumento de peso de los niños. También, han logrado capacitar a varios Jiw para que impartan clases en la comunidad y realizar jornadas de vacunación sin que nadie se sienta violentado. Esta iniciativa les ha valido para que su empresa sea ganadora del reconocimiento nacional de ‘La mejor práctica del país en atención, cuidado y promoción de la primera infancia de Cero a Siempre’, en la categoría de inclusión. Pero, a pesar de este esfuerzo, sus prácticas tomarán tiempo en crecer para ser tomadas en cuenta por más de una organización involucrada en la atención a estas comunidades. Y mientras eso pasa, el problema de la comida está siendo desplazado por los métodos en que los nativos ahora la quieren obtener ‘sin cometer delito’. - A punta de plomo Los indígenas han empezado a notar la efectividad de las armas de fuego sobre el arco y flechas a la hora de salir a obtener sus alimentos. Ferney Córdoba declara que “ellos se dieron cuenta de que era más fácil cazar con escopeta, pero eso les genera costos”. Para financiar estos costos los indígenas han empezado a comercializar sus prácticas culturales. Si el indígena teje es por gusto, pero al querer sustituir la hamaca de fibra de cumare por la colchoneta, le toca trabajar. Para sobrevivir, tanto hombres como mujeres se dedican a la fabricación de manillas, maletas, esteras (pequeñas construcciones con hojas que simulan cojines para sentarse en el piso) y demás artesanías. Sin embargo, Ferney no cree que la cultura esté perdida, ni que a todas las instituciones solo les preocupe cumplir su contrato y ya, pues “antes se iba a donde los indígenas a cantar rondas como Buenos Días, Amiguitos o El Lobo, pero nunca se tenía la precaución de preguntarles qué era lo que ellos recitaban”. Y es por ello que decidieron [los educadores occidentales y sus jefes] crear eventos como el día de la cerbatana con los más pequeños, días en los que salían a simular una caza con copias seguras de estos instrumentos. — En la cultura, la comparación es como el huevo con la piedra: es más dura la piedra, el occidental. Pero, en este orden de ideas, el indígena también es fuerte porque imagínate cuánto tiempo han estado sobreviviendo y sobresaliendo los indígenas con su cultura -, resalta Córdoba. Y es que los Jiw, hijos de Naxaen, quien les enseñó todo después de que Kubei los creara, han perdido la originalidad de sus nombres, imposibles de escribir en castellano; sus ropas tradicionales y la frecuencia con la que celebraban sus rituales alrededor de fogatas. Pero continúan peleando, superviviendo a esta colonización ideológica constante. Perdonar sin olvidar No obstante, Arsenio, el líder del resguardo La Libertad, recalca que no hay rencores de por medio con el occidental, ni impedimentos para celebrar una reunión en el pequeño espacio que se les ha asignado legalmente. Todo entre integrantes de la comunidad, guarapo y música popular de la radio. Los Jiw tienen su propio idioma: el mitua. Aun así, no es difícil traducir el estado de ánimo en el que surgen los comentarios: una alegría nacida de una resiliencia infinita. Héctor llega al festejo con el rostro lleno de marcas rojas, como la sangre sobre su piel color tierra. Se ha dibujado el pintao’ del tigre, símbolo de felicidad, homenaje a los animales con los que se convive y talismán espiritual. Este dibujo es hecho con una mezcla de achiote (planta que sirve también como pigmento en la industria cosmetiquera) y tierra o, a veces, harina. La mezcla es suave al contacto con la cara pero tiene un olor penetrante. Héctor es un payé de 49 años y lleva estudiando la medicina de su pueblo desde hace seis. Es rezandero y llegó al resguardo en canoa, tras un recorrido de 15 días por el Río Guaviare con sus hijos que le lloraban de hambre en el trayecto. Con tristeza y voz baja cuenta su historia: “Cuando usted sube [por el río] sin pedir permiso y se va a demorar tiempo, se va a morir. A mi hermano, que estaba estudiando para ser un profesor, con 16 años, lo pelaron… ¡lo mataron, hermano!”. Quien lo recibió a él y a su familia fue la Cruz Roja Colombiana. — Algo… no es mucho –recuerda con nostalgia Héctor cuando habla del acompañamiento y ayudas que le fueron brindadas. Y es que a diferencia de NN, Héctor no tuvo la oportunidad de elegir quedarse a ser raspachín. A él le advirtieron que se fuera o de lo contrario acompañaría a su hermano ‘en la otra orilla’. Héctor se pone a mascar bejuco y a aspirar yopo (un polvo hecho de hojas de monte pulverizadas). El bejuco es de color marrón, se parece a la canela, pero amargo, quita el hambre, al parecer sirve para los dolores estomacales. El yopo arde al contacto con las fosas nasales e inmediatamente se siente la pérdida del sueño. Este polvo es usado por los curanderos, rezanderos o payés para poder ‘ver más allá del plano físico’ y detectar enfermedades que son curadas con diferentes prácticas, como aplicar agua en el área afectada. A coro Llego al Parque de la Vida donde los habitantes han salido a pasear con sus familias, hacer deporte o a tomar aire y disfrutar del mes del amor y la amistad. La noche es calurosa y el aire es húmedo. Aprovecho que a unos metros hay un puesto de raspados (hielo molido al que se le agrega sabores artificiales y leche condensada) y me dirijo a comprar uno. El señor que me atiende tendrá aproximadamente 60 años. Pido el tamaño más grande, el de mil pesos y 7oz. Mientras espero, inicio una pequeña conversación: — ¿Y qué opina de los indígenas? — Esos son los que mejor viven. El gobierno les trae comida y cuando hay comida ya no hay preocupaciones -, comenta el vendedor que evade la pregunta de cuál es su nombre. — ¿Pero no cree que esta es una zona muy caliente para vivir? — Para nada, si uno no viene a hacer nada malo, ¿por qué va a estar caliente? -, nuevamente, y como si no tuviera mayor importancia, expresa el vendedor. El señor termina de preparar el raspado. Agradezco por el servicio y me dirijo al centro del parque donde hay unos jóvenes improvisando versos de rap, al fondo hay otros practicando ejercicio y con música electrónica que apenas se alcanza a escuchar. Me acuerdo de que, en lo poco que he estado en este municipio, he visto más de 5 iglesias de ‘religiones diferentes’ y cerca de una, la Iglesia de La Granja, hay jóvenes que se reúnen para practicar danzas que imitan la vida indígena. El cocktail cultural en música, religiones y demás prácticas le agrega una extraña identidad al mundo del occidental que tan dividido e influenciado está por el constante flujo del mercado. Sin embargo, la necesidad de la expresión a través de sonidos, lenguaje corporal y la búsqueda de una trascendencia con una deidad que lo guía no parecen desaparecer. La esencia de lo humano no se ha perdido, pero sí ha cambiado. Entonces, ¿por qué seguir matando de olvido a los que serían nuestros ancestros, nuestros profesores, nuestros abuelos, nuestras raíces? DUMAN JAQUEN QUA JAQUEO VOQUEN, diría Irene. DUMAN JAQUEN QUA JAQUEO VOQUEN, repetiríamos a coro. DUMAN JAQUEN QUA JAQUEO VOQUEN.

  • La vida en dos latidos

    La vida en dos latidos Clara Sofía Támara Gluck, Erika Juliana Obando Castro, Katherin Ávila Aragón, Valentina Martinez Monroy, Nikol Valeria Cardona García Reportaje que explica cómo la falta de educación sexual en adolescentes en Colombia ha implicado un aumento de los embarazos a temprana edad. Mediante el testimonio de tres mujeres que fueron madres siendo menores de edad se exponen múltiples variables de este fenómeno, en el que el enamoramiento y la poca atención anticonceptivos incide de manera notoria. A su vez se revela cómo estructuras machistas siguen presentes, dejándole gran responsabilidad a la niña, quien está en el constante dilema de decidir si trae o no una nueva vida al mundo. Ver también: Con amor, mamá Compartir

  • Una historia de fortaleza y superación

    Una historia de fortaleza y superación Diana Contreras, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Marco Sánchez perdió parte de su pierna al pisar una mina antipersona en el departamento del Chocó, hace 10 años, cuando ejercía como militar. Lea también: Acuerdo de víctimas del conflicto, ¿realidad o teoría? Compartir Foto: Perder parte de su pierna lo hizo un ganador ante la vida. Marco Sánchez no es discapacitado, actúa como una persona normal- así se considera- y una mirada alegre y atrevida reflejan el sabor costeño que lo caracteriza. —Aunque tú no lo creas, allá uno no se da mala vida, compa. Allá uno juega a arrancón, se lleva sus cartas y la pasa bacano. A las 6 de la mañana Marco se dispuso a hacer el recorrido de costumbre por la zona. Se encontraban en el corregimiento de Bahía Solano en el departamento del Chocó, paraíso turístico, pero en ese entonces, un infierno para sus habitantes: el frente 57 de las FARC controlaba el territorio. A 10 minutos de caminata, pisó la mina. —Estábamos en pleno combate cuando me pasó esto. —afirma Marco, señalando su pierna izquierda, y la prótesis—. La verdad, ni me dolió, yo no sentí nada. Duré media hora tirado en el piso mientras me podían rescatar. Me quedó una vaina en el oído y cuando me quería levantar me di cuenta de que no tenía el pie, no vi la bota. Cuando me estaban llevando en el helicóptero mis compañeros me pegaban cachetadas para no dormirme, el enfermero dijo que si me dejaban dormir, me moría. Con un tono casi alegre, Marco cuenta la historia del suceso que le cambió la vida hace 10 años. Con una pantaloneta verde fosforescente y una camiseta negra deportiva, unos lentes oscuros y ese aire de familiaridad, ese que sientes cuando distingues a otro costeño en “la nevera”, me hizo entrar al “carrito” blanco que sacó hace poco con la esposa, el que usa para hacer de Uber de vez en cuando, y en el que subí sin pensarlo dos veces. Con una contextura ejercitada, músculos un poco marcados le sobresalían por la ajustada camiseta y ese aire al jugador de fútbol colombiano Teófilo Gutiérrez, por el que a veces obtiene cervezas gratis cuando juega la selección. Llegamos a su apartamento y al bajarnos del carro lo primero que siguió mi mirada fue la pierna ortopédica. No le incomodó mi curiosidad y simplemente sacó las llaves para abrir la puerta de entrada. Subimos unas escaleritas angostas hasta un tercer piso, y lo hizo casi corriendo, no teniendo en cuenta la prótesis, él simplemente actuó como si tuviera las dos piernas completas, de una forma muy natural. —Me trasladaron a Medellín y de una me metieron a cirugía. —dice Marco, refiriéndose al terrible hecho.— Me tuvieron que hacer varios cortes en la pierna porque la infección aún seguía. Yo pensé que solo era el pie, pero me asusté cuando me di cuenta de que me tenían que seguir cortando hasta que no quedara nada de la infección. Luego el médico me dijo que ya estaba todo controlado, que no me harían más cortes. Su ojo derecho también se vio afectado por la explosión, y a pesar de haberle practicado varias cirugías plásticas, no lo recuperó al cien por ciento. No perdió la visión, pero él afirma que ve un poco borroso. Tiene el reflejo del incidente en el rostro, no solo en su prótesis. A primera vista podría parecer que tiene una conjuntivitis grave por el ojo rojo, luego, al estar más cerca, es posible notar las cicatrices. —Cuando terminé el colegio, no tenía para estudiar. La vaina estaba maluca y empecé a trabajar en el mercado de Bazurto, allá en Cartagena, con unos amigos cachacos que tenían un negocio de ropa. Después, otro amigo me propuso prestar el servicio militar y me convenció. Nunca faltaron los problemas, como en toda familia. El papá de Marco se fue de la casa cuando él tenía tres años, y a esa edad no entendía lo que pasaba. Nunca dejó de visitarlos, y aunque podía desaparecer dos o tres años seguidos, siempre volvía a ver a sus hijos. Marcos Sánchez, el papá de Marco, se fue a vivir a la capital y allí trabajaba como conductor de mula, y a veces pedía viajes a Cartagena para aprovechar la oportunidad de ver a su familia. Las tres comidas del día se convertían en una. Los problemas financieros se sentían más que otros. La mamá siempre trabajó duro para sacar a sus hijos adelante. El servicio militar no había terminado, pero a Marco le gustaba esa vida, el armamento, el entrenamiento, la madrugada, el esfuerzo físico, fue algo que le llamó mucho la atención, por lo que decidió continuar y presentarse para profesional luego de 18 meses de alistamiento. —En ese tiempo, apenas comencé, me ganaba 600 mil pesos, luego me fueron aumentando el salario. Yo iba guardando la plata y cuando me iba para Cartagena en los días de permiso me tiraba la plata allá en la casa. Yo gastaba todo eso con mi mamá, en comida, trago y mujeres. Eso es para el que guste esa vaina, en palabras de Marco. Cuando estaban en los campamentos se iban a los pueblos cercanos y allá chicaneaban, buscaban mujeres para divertirse. —Era bacano eso—dice Marco. —A primera vista no me gustó. - dice Ángela, esposa de Marco- Luego hablamos y me llamó mucho la atención, sentí admiración, y yo creo que lo más importante para estar en pareja en sentir admiración por el otro. Es una persona muy proactiva, no se achicopala por nada. —Todo fue risa pa’ aquí y risa pa’ allá cuando nos conocimos. — dice Marco refiriéndose a su esposa— Yo la conocí en el desfile de la celebración del 20 de Julio de 2017, me gustó mucho su forma de ser, su físico, y aquí estamos, nos casamos en febrero. Tenemos discusiones como todo matrimonio, pero siempre sabemos superar todo, siempre llegamos al diálogo. A Marco le enamoró el físico de Ángela, así es como le gustan, afirma, “gorditas y todo terreno”. Ángela es teniente de la Armada Nacional y al mismo tiempo psicóloga, y lo que se podría pensar de una mujer que trabaja con armas es que es un poco ruda y con el status “subidito”, y aunque es un poco ruda, la humildad es lo que la caracteriza. La contextura gruesa y las gafas con marco negro, reflejan esa “bravura” que lleva dentro. Sin embargo, también se le nota ese particular sentido del humor que usa con su esposo. Una caleña con un pensamiento y carácter un poco rígido respecto a lo que piensa y quiere, un poco “militar”. —Yo he madurado mucho gracias a ella. Ya dejé todo eso de estar con una y con la otra, ahora pienso también en tener una familia más adelante. Yo era muy reacio a tener una pareja estable, le corría a eso. El antes y después que se fijó en la vida de Marco, fue darse cuenta de que por el resto de su vida tendría que vivir sin parte de su pierna. A pesar de ello, afirma que nunca le ha hecho falta y ha aprendido muchas cosas a raíz de ese suceso. Recuerdo una vez que fui con Ángela al Parque del café —cuenta Marco— y no me dejaban subir a ciertas atracciones. A mí me gusta estar en pantalonetas, con ropa relajada, y como me vieron la prótesis me dijeron que el parque no permitía que subiera a una atracción en la que quería subir, por cuestiones de seguridad, era como una montaña rusa, no estoy seguro. Me hicieron sentir como un discapacitado. Nos tocó volver al hotel donde nos estábamos quedando y me puse un jean y una gorra, para que no me reconocieran, y volvimos al parque, así fue como logré subir a todas las atracciones. Yo no me siento discapacitado, en ese momento quería que me trataran como a una persona común y corriente. A Marco no le gusta que lo miren con lástima y las veces que se sube a Transmilenio, el servicio de transporte público de Bogotá, no se sienta en las sillas azules (para discapacitados o personas mayores), prefiere que una persona adulta tome ese lugar, pues afirma que él no la necesita, que está en condiciones de permanecer de pie como los demás. La palabra que menos le gusta a Marco es, precisamente esa, discapacidad. Ha guerreado siempre en la vida, y así quiere seguir hasta el final de sus días. En el 2017 incursionó en el deporte, específicamente, en pesas. Un amigo suyo, campeón paralímpico en pesas, lo incentivó para que también entrara en ese asunto, en la categoría de paralímpicos. En el 2012 fue cuando ese amigo le sugirió la idea del deporte. Sin embargo, no le hizo caso y Marco siguió la vida del trago y de las mujeres, hasta que en el mismo desfile donde conoció a su esposa, se encontró con su amigo nuevamente y le recordó que todavía podía entrarle al tema. Y le entró. Siempre le ha gustado el entrenamiento físico y el mantenerse saludable. Fue por esa razón que también dejó el trago, ya no podía tener esa vida. Aunque no lleva mucho tiempo en esta disciplina ya ha ganado una medalla de bronce en la categoría nacional, y él dice que irá por más, que apenas está comenzando. Acostado sobre una superficie plana, los discos con el peso indicado para su categoría y un entusiasmo abrasador, Marco se dispone a alzar varios kilos. El deporte le ayuda también a superarse, es parte de su motivación en la vida. Por otro lado, la palabra felicidad es su favorita, es lo que lo caracteriza. Y es precisamente lo que Marco evoca, felicidad, pasión por la vida, ganas de seguir adelante y de superarse. —He sido feliz con todo lo que tengo. Yo no cambiaría nada, aunque lo que siempre quise fue ser futbolista. He aprendido de todo, a pesar de los problemas. Puedo decir que he gozado bastante y he hecho lo que he querido.

  • La persona como centro de la educación: garantía para el futuro

    ¿En qué consiste la educación personalizada? ¿Cómo implementarla y cuáles son sus ventajas? La persona como centro de la educación: garantía para el futuro ¿En qué consiste la educación personalizada? ¿Cómo implementarla y cuáles son sus ventajas? Compartir

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