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- Atrapada en el tiempo
Atrapada en el tiempo Juliana Coppo y Julieth Lozano. Una familia que parece atrapada en el Siglo XIX, vive sin luz, sin agua y sin combustible. Ver también: Compartir
- Unisabana Ágora con Lucas Gómez
Unisabana Ágora con Lucas Gómez El Gerente de Fronteras de la Presidencia de la República habla sobre cómo combatir la xenofobia contra la población venezolana en Colombia. Cuenta cuáles han sido las estrategias de integración que se han implementado y cómo pueden aportar los medios de comunicación a evitar la estigmatización de esa población en nuestro país. Compartir Ver también: Unisabana Ágora con Camilo Gómez
- El maestro cerrajero
Jorge Castañeda, una cara anónima pero muy relevante para este inusual mundo. Un hombre trabajador y, sobre todo, soñador, que alcanzó un éxito no muy duradero. El maestro cerrajero Nathalia Cardozo Jorge Castañeda, una cara anónima pero muy relevante para este inusual mundo. Un hombre trabajador y, sobre todo, soñador, que alcanzó un éxito no muy duradero. Disponible en Pulzo Nathalia Cardozo Era 1942, en el pequeño municipio de Guayatá, a unas 3 horas de Tunja, en Boyacá, Jorge Castañeda, de 10 años, vende su único patrimonio, un buey que le regaló su padrino, para huir del maltrato que soportaba por parte de su madrastra. Con el dinero en mano, camina hasta llegar a la carretera con el único propósito de tomar un camión que lo llevara hasta la fría capital colombiana, donde se convertiría años más tarde en un verdadero maestro de la cerrajería. Nació en este pueblo cuya población no superaba, ni supera actualmente, los 7.000 habitantes; en una familia numerosa, era el menor de nueve hermanos, el menos deseado y rechazado por su mismo padre. La madre de Jorge murió cuando este tenía 4 años, ahogada en un pozo de agua; dejó a sus hijos solos con el padre, Tomás Castañeda, quien al poco tiempo se casó con la mujer que le ayudaba con las labores de la casa. “Pasé muy mala vida con mi madrastra, ella era muy mala conmigo”, dice Jorge. Esta mujer le pegaba constantemente y siguiendo con el patrón de su esposo Tomás, un hombre maltratador, adusto y de pocos modales, lo dejaba sin comida y sin ropa. Era obligado a levantarse muy temprano del galpón donde dormía, entre esteras y al lado de las mulas, para que hiciera un recorrido de más de cuatro horas por una trocha. Debía ir desde su casa hasta una finca en el municipio de Gachetá, transportando a lomo de mula canecas repletas de miel de caña. Después de hacer las entregas, y para no morir de hambre, Jorge aprovechaba estos largos trayectos, e iba donde sus hermanas, quienes siempre tenían un plato de comida para él. Luego de empujar por horas a su mula, la cual muchas veces se desbarrancaba por los abismos, regresaba de esta dura faena a su casa, donde su padre le quitaba lo poco que ganaba. Fueron años de hambre, de frío y de maltrato en los cuales Jorge nunca sintió el calor de un verdadero hogar. Pero un día se cansó de vivir en aquel sufrimiento; tomó lo único que tenía: un viejo buey, y lo vendió. Tomó un camión de carbón hasta la fría Bogotá. En esa época, 1942, la capital colombiana mantenía muchas de sus vías rurales, poco a poco comenzaba a modernizarse y, también, soñaba y se hacía una primera fantasía con un metro en la ciudad, sueño que hoy en día aún no se ha convertido en realidad. A Jorge lo espera en Bogotá su hermano Marco Antonio. A lo largo de un año y medio vivieron juntos en una pequeña habitación en el centro de la ciudad. Jorge dormía sobre un delgado colchón, tan delgado que podía sentir las piedras del viejo y frío piso, pues el edificio apenas estaba construido. Marco Antonio encargaba a Jorge la preparación de su comida, sin ofrecerle a este un plato de alimento, pero Jorge se las ingeniaba para sobrevivir con las sobras. De cuando en vez, Jorge lograba tomarse una taza de chocolate rendido con agua para salir a trabajar. Empezó poniéndole el pabilo a las velas en un local del centro de la ciudad, le pagaban un centavo al mes, lo necesario para comer; después pasó por un restaurante, pero no duró mucho; llegó luego a una librería, donde cambió su vida. Entró como mensajero, pero al poco tiempo fue ascendiendo; tenía una muy buena relación con su jefe, Jorge Restrepo, así que cada vez que existía la oportunidad de un mejor puesto se lo daba. Aquella amistad trajo más que solo compañía, pues en uno de esos días de trabajo encontraron lo que cambiaría su futuro: una máquina de hacer llaves marca Keil, la cual hoy, 78 años después, sigue siendo su mejor amiga. Es de color verde y muy resistente, hace bastante ruido cuando se pone en marcha. Le ensucia las manos a Jorge con el metal del que están hechas las llaves. “La constancia es lo que lo ha llevado al éxito” manifiesta su esposa, Emma Olaya, quien lo ha acompañado durante todo su proceso como empresario, desde hace 66 años. Se conocieron en el centro; ella trabajaba en unas oficinas justo al frente de aquella librería donde Jorge permanecía; se enamoraron y, al poco tiempo, se casaron: ella con 18 años y él con 22 hicieron el equipo perfecto para crecer juntos. Esta constancia de la que Emma habla, Jorge la ha tenido desde el primer día con lo que se convertiría en su pasión: la cerrajería. Cuando comenzó a trabajar con esta novedosa máquina fabricaba una o dos llaves al día, pero poco a poco el trabajo fue aumentando y cada vez más clientes se acercaban. Fue tanta la acogida que en un corto periodo su jefe lo convenció de irse a un espacio donde pudiese trabajar solo. Jorge Castañeda incursionó en este inexplorado mundo; compró diferentes elementos para complementar su labor: candados, cerraduras, tornillos, entre otras cosas. Y en ese local de dos por dos metros, ubicado en la carrera novena con 15, donde cabían apenas él y su amada máquina, nació ‘Llaves Master’. Luego de mucho esfuerzo, compró otra máquina y amplió su local; la demanda se disparó y tuvo que contratar a más personas para que trabajaran a su lado. La mayoría de sus sobrinos trabajaron en algún momento con él, incluido Saúl Castañeda, quien desde hace 54 años y hasta el día de hoy ha heredado esta pasión por la cerrajería. Ello gracias a Jorge, quien, como jefe, siempre ha sido “respetuoso, alegre, comprometido, sensible y muy humano”. Su negocio creció exponencialmente: llegó a tener 2 sucursales y al menos 20 empleados fijos en la sede principal. “No teníamos competencia”, dice Saúl. Fueron pioneros en el servicio a domicilio e iban personalmente a arreglar los problemas de cerraduras a las casas; además, ‘Llaves Master‘ se convirtió en el primer distribuidor de modelos Yale y Flexon en el país. En aquel momento (1985) era tan rentable, que su ganancia mensual rondaba los 500 mil pesos colombianos, lo que en la actualidad puede significar casi 30 millones. “Llaves Master se convirtió en un ícono en la industria cerrajera”, dice Sandra Castañeda, la hija de Jorge. Los buscaban de todas partes del país para resolver cualquier inconveniente relacionado con las llaves y cerraduras. Además de esto, Jorge Castañeda también se dio a conocer enseñando, pues todo el que llegaba a trabajar era instruido para el oficio. Con este trabajo pudo sacar adelante a su familia, les dio estudio a sus hijos, construyó su propia casa e incluso tuvo la oportunidad de viajar a Europa. Hoy en día, con 88 años, sigue teniendo la misma rutina, pero su negocio ya no es el mismo, su éxito no le duró para siempre y su amada ferretería volvió a ser pequeña de nuevo. Aun así, luciendo impecable, con su sombrero, traje, corbata y abrigo emprende camino para ir a trabajar, se niega a dejar de hacerlo, porque esto lo ha motivado desde hace ya más de 70 años. Luego de un largo día regresa a la casa donde su inseparable compañera lo espera siempre con una gran sonrisa. “Hola, viejo; ¿cómo te fue hoy?”, le pregunta su esposa, y él con un chiste y su buen humor, le contesta: “¡Vengo congelado como un pollo!”
- Siguiente parada: un magacín de viajeros para viajeros
Siguiente parada: un magacín de viajeros para viajeros Natalia Bustos, David Rojas, Giovanni Rodríguez, Isabella Rodríguez, Laura Charry, Daniel Pérez, Juan Montaño, Alexis Vargas, Sahara Aguilar, Comunicación Social y Periodismo En una van hippie, dos amigos mochileros viajan por Colombia acercándose a la cultura, la gastronomía, la naturaleza y los más hermosos paisajes. Ver también: Sector turístico, el más afectado por la pandemia Compartir
- Mata e' pelo
Mata e' pelo Carolina Castro, Ximena Ramírez, María Paula Garzón, Jaime Sarmiento, Juan Gabriel Díaz, Ruth Alejandra Ramírez, Valentina Deaquiz, estudiantes de Comunicación Audiovisual y Multimedios En una sociedad en la que el cabello rizado se escapa de los estereotipos de belleza, estas mujeres han decidido lucir con orgullo su pelo, como una manifestación de identidad y cultura. Ver también: Cromosoma XXI Compartir
- Risas en medio de conflictos
Andrés Velásquez encontró en la comedia un refugio y un sentido de libertad. Él espera que con su reconocimiento pueda ayudar a niños talentosos. Risas en medio de conflictos Jesús Steven Bernal Castro Andrés Velásquez encontró en la comedia un refugio y un sentido de libertad. Él espera que con su reconocimiento pueda ayudar a niños talentosos. Disponible en Pulzo Jesús Steven Bernal Castro Prepara sus libretos semanalmente. Antes de salir al escenario, se mira al espejo y ve reflejado el personaje que creó. Mueco, con peinado ladeado, muy similar al que tenía el reconocido dictador nazi Adolf Hitler, se sube a la tarima usando una camisa que tiene plasmada la imagen de un pato. Andrés está listo para su puesta en escena. En ese momento, varias cámaras lo llevan a ser el centro de atención de varios televidentes que se ríen de sus chistes durante algunos minutos. Niño problemático “Nací en el campo y los que nos criamos allí les llevamos ventaja a los del pueblo o los de la ciudad en muchas cosas. Nos divertimos más y la madre naturaleza nos consiente”, asegura el ‘Pato’ Velásquez. El comediante de Algeciras, municipio colombiano del departamento del Huila, o como sus habitantes le dicen, la despensa agrícola y ganadera; nació el 28 de junio de 1994. Es el mayor de 4 hermanos y, como dice Andrea, su hermana, “el consentido del abuelo”. Los Velásquez tuvieron que crecer en un contexto de conflicto. Algeciras es uno de los municipios que más sufrió los ataques y enfrentamientos de las Farc por más de cincuenta años. Allí se ubicaron temidos guerrilleros como el ‘Corcho’, ‘Rodolfo’, ‘Paisa’ e incluso el temido Teófilo Forero Castro. “Muchas veces, cuando se iba la luz, la guerrilla se metía al pueblo y había tiroteos, muertos y una iglesia destruida”, relata Andrea, que se escondía bajo su cama cuando este tipo de hechos ocurrían. Aquellos episodios de matanzas dejaron huella en la vida de Andrés, quien estuvo presente en varias tomas guerrilleras. Pero su infancia, llena de violencia, no fue obstáculo para que él se alejara del refugio que había encontrado en la comedia. Desde pequeño, Velásquez, como todo niño campesino de Algeciras, caminaba distancias extensas para ir al colegio a estudiar. “El colegio me gustaba para ir a joder con mis compañeros, recochar y hacer parte de obras teatrales”, asegura el comediante, quien cada día iba a la escuela a poner apodos, molestar a los profesores y hacer chistes a mitad de las clases, pues muchas de ellas no eran de su interés. Este personaje afirma que el sistema educativo en Colombia no es el mejor y que en muchos casos la parte artística no es vista con buenos ojos. Un día, en un recreo, Andrés pospuso su almuerzo, como era habitual, para ir a jugar con sus amigos. En el juego, un compañero le hizo una zancadilla y al caer perdió varios dientes. Esa tarde llamaron a la mamá de ‘Pato’ para contarle lo que había sucedido. “Al llegar le dije: ‘mijo, ¿y ahora qué vamos a hacer para arreglarle los dientes? Nosotros no tenemos plata’”, asegura Mireya Avendaño, quien en ese momento lloraba sin cesar. “Personalmente, sí quería arreglarme los dientes, yo siempre fui feo y el que se me cayeran no me ayudaban mucho”, dice el comediante, quien entre risas recuerda que ese fue el motivo de muchas decaídas, frustraciones e incluso intentos de suicidio. Lo que él no sabía era que ese detalle estético, sus dientes, harían de él un personaje reconocido en el mundo de la comedia. “El motivo de aquellas tristezas de mi madre, de sus lágrimas, sería el motivo, hoy en día, de la alegría no solo de ella sino de muchas personas”, afirma el ‘Pato’. El 23 de abril del 2007, en el colegio Juan XVIII, se iba a celebrar el día del idioma con un concurso de chistes. Andrés se había preparado mucho para esa fecha. No obstante, aquel día no pudo ir al colegio debido a que tenía que ayudarle a su tío a pescar. “Fue muy triste, quería ganar”, asegura el comediante. Días después, hubo otro concurso. Ese día Andrés preparó un chiste de un pato que impresionó a todos y los hizo llorar de la risa. En ese momento, todos sus apodos desaparecieron y nació el sobrenombre de ‘Pato Velásquez’. Del campo a la ciudad Los Velásquez vivían en una finca muy lejos del pueblo. Pasaban sus días escuchando radio. Un día, su tío Henry Vargas les dio un televisor que no tenía imagen, solo sonido. Fue allí cuando el ‘Pato’ conoció ‘Sábados Felices’, cada fin de semana prendía su televisor y escuchaba a aquellos comediantes. “Un día mientras mi madre cocinaba yuca con agua de panela para la cena le dije: ‘mami, algún día voy a estar allá’”, recuerda Andrés. Sin olvidar su sueño, a la edad de 17 años, el joven comediante de Algeciras viajaría a Bogotá a realizar casting para salir en ‘Sábados Felices’. “Andrés siempre ha tenido su aspecto cómico, cuando éramos pequeños él nos hacía reír en los momentos más tensos. Por eso, yo sabía que tarde o temprano él pasaría”, menciona Eduard Ramírez, su amigo. Y tras dos años de casting, el ‘Pato’ Velásquez fue seleccionado para poner en escena su talento humorístico. “Si el árbol quiere crecer nunca debe dejar sus raíces, porque si lo hace, caerá”, menciona el comediante. Para el ‘Pato’, Algeciras es su esencia, es la tierra que lo vio crecer y que le ha dado todo. Tanto golpes duros, como oportunidades artísticas. Es por ello que se molesta cuando las personas clasifican a su pueblo y sus habitantes como guerrilleros, drogadictos o alcohólicos. Pero no es el caso de Diego León Ospina, director de la academia de actuación Casa Actores, que al ir a Algeciras tras la invitación de Andrés y al observar varias obras de teatro, vio talento en los jóvenes y decidió otorgarle una beca al ‘Pato’ para que estudiara en su academia Circulo Colombiano de Artistas y se preparara de manera adecuada para llevar conocimiento artístico a aquellos jóvenes soñadores. “Lágrimas no faltaron”, asegura el comediante, que estaba conmovido por el gesto de Ospina. El motor de su vida son su hija y su madre: “Quiero devolverle todo lo que ella me dio, recompensarle todo lo que sufrió por mi culpa, porque yo era muy casposo”, asegura Andrés. Su madre, Mireya, quería que el ‘Pato’ estudiara y no fue hasta cursar 5 carreras diferentes que se dio cuenta de que lo suyo era la comedia y las artes escénicas, pues, con ello lograría cumplir sus sueños y el de los niños de Algeciras. Andrés descubrió que había mucho talento en su municipio, así que tomó la iniciativa de crear ‘Comic Star’, un proyecto que busca enseñar el arte del teatro y la comedia a los estudiantes del colegio Juan XVIII, institución donde estudió. ‘Pato’ planea terminar sus estudios de actuación y seguir trabajando para que su idea crezca y su pueblo natal logre sacar futuros artistas. Cada sábado, su madre, sus hermanos y sus amigos prenden el televisor y sintonizan ‘Sábados Felices’ para ver a su comediante favorito. A su vez, el ‘Pato’, después de ser presentado por Humberto Rodríguez, se sube a la tarima con la frente en alto, mirando a su público y mencionando su típica frase “Hola, soy el ‘Pato Velásquez’ y sí, soy mueco”. Todo con el objetivo de dar alegría a los corazones de los colombianos.
- El valor de visibilizar la vulnerabilidad
El valor de visibilizar la vulnerabilidad Laura Mercado, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Activista, luchadora y fiel representante de las minorías, Yolanda Arroyo se ha convertido en una importante escritora en toda Latinoamérica. Lea también: Jenny de la Torre, la voz de las minorías Compartir Foto: Yolanda llega al recinto como una persona imponente y carismática, de baja estatura y vestida de una forma poco llamativa, en la que solo se resalta su camisa amarilla, que contrasta perfectamente con su tez oscura, de la cual está inmensamente orgullosa y que representa su cultura afrodescendiente, la principal comunidad que defiende e identifica. Trae el cabello corto, crespo y rapado en uno de los costados, rasgos que también representan a su raza. Le pregunto acerca de las razones por las que decidió volverse escritora. Ella, con la energía que la caracteriza y con un amor por la literatura que se refleja en sus ojos, me responde: “Es una pasión que siempre ha estado dentro de mí. Desde pequeña escribía en el periódico escolar y me encantaba. Tuve maravillosos maestros que se fijaban en mis dibujos, en mis cuentos, y veían en mí algo distintivo, singular”. La manera de hablar, de interactuar con las personas, de compartir sus obras, refleja que la escritura, más que un trabajo, hace parte de su esencia: “Yo no elegí esta vocación, ella me eligió”. Entre tantas anécdotas acerca de su infancia y adolescencia, me relató cómo en sus años de bachillerato y universidad no pensaba estudiar Literatura, e incluso había llegado a trabajar como tecnóloga educativa. En ese momento, cuando me dijo que estuvo a punto de elegir un camino diferente para su vida, me dio curiosidad saber por qué no decidió seguir su pasión desde un principio, así que le pregunté por qué había tomado esa decisión en su juventud y cómo tomaba su familia su vocación de ser escritora, a lo que respondió: “Yo crecí en un pueblo humilde de Puerto Rico, en Guaynabo, en donde muchos jóvenes no aspiran a estudiar en grandes universidades. Pero yo, teniendo la fortuna de tener una familia hermosa, luchadora, trabajadora, así como maestros maravillosos que me apoyaban sin condición, sentía que lo mínimo que podía conseguir era un trabajo estable, que me garantizara lo necesario. En ese momento creía que era lo más importante, pero obviamente el tiempo va acomodando todo y ahora vivo para lo que realmente nací, que es escribir, esa es mi felicidad”, cuenta. En sus palabras, sus expresiones, su sonrisa, se puede ver a una persona orgullosa de donde viene, y que sabe a dónde va. Esta mujer, ganadora del PEN Club 2006 y premiada con una mención de honor por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, sabe que no solo quiere escribir para ser feliz, sino también para impactar a sus lectores , para dejar una huella imborrable, para cambiar la sociedad por medio de la literatura. Es por eso que cuando le pregunto de su propósito principal como escritora, me dice que lo que quiere es que la lea todo mundo, pues quiere que sus letras provoquen una reflexión acerca de qué se está haciendo para tener un mundo mejor. “Represento a las minorías, a las personas vulnerables, me gusta que mis personajes sean marginados, personas que no la están pasando tan bien, porque para mí es una forma de denuncia”, señala. Y claro, ¿cómo no va sentir esa pasión por defender a los grupos vulnerables si hace parte de ellos? Como mujer homosexual y afrodescendiente, menciona que ha vivido el racismo y la opresión. Por lo tanto, se siente con la responsabilidad de hacer algo al respecto. “Ellos requieren de otro tipo de esfuerzos y de iniciativas para visibilizar esa vulnerabilidad. Yo pienso que la vida de cada ser humano es el mensaje que le vamos a dar al planeta, entonces ¿cómo vamos a transmitir algo si nos hacemos de la vista larga, o peor aún, si somos de los que oprimen?”, reflexiona. Su lenguaje de protesta se refleja en sus obras más conocidas, como por ejemplo “Las Negras”, un libro que habla de las mujeres esclavas en Puerto Rico. Al hablar acerca de éste, trata el tema del estigma que se le tiene a la raza negra. “¿Por qué una mujer puede llamarse Blanca o Rosa, pero nunca Negra?”, pregunta. Las mujeres negras han sido violentadas por muchas generaciones, y, aunque ya el problema no tiene la misma gravedad, aún siguen atadas a miles de prejuicios. Concluyó comentando que su experiencia favorita en este viaje al país fue la visita a la biblioteca de Sumapaz, de la cual afirmó: “Voy a escribir una crónica para el proyecto Bogotá Contada sobre las mujeres de Sumapaz, pues hay unas mujeres muy valerosas allí, pero lo que más me llamó la atención es cómo los hombres las apoyan. Estas son las alianzas que se necesitan para que estas mujeres salgan adelante, quisiera que fuera un evento de toda Latinoamérica para que se eliminen los crímenes de odio y feminicidios”.
- La vocación en transición: el futuro del sacerdocio en Colombia
La vocación en transición: el futuro del sacerdocio en Colombia Juliana Obando Fecha: La Iglesia católica pasó de tener 2.400 a 1.900 jóvenes dedicados al apostolado de 2020 a 2022. La tendencia para aumentar, pues la influencia social y las formas de enseñanza tradicionalistas impactan en la poca cantidad de seminaristas. Lea también: Amnesia del tiempo en el monte colombiano Compartir Foto: Cristian Garzón (seminarista) | Seminario Mayor La Inmaculada Concepción de Girardot Luego de ir al templo parroquial a hacer la petición del día, se puso su camisa con el lema “Demos el primer paso” y emprendió su viaje a Bogotá. Era el 6 de septiembre de 2017, día en que el papa Francisco realizaría su visita apostólica en Colombia. Edwin Flórez, quien en ese momento tenía 14 años, se desplazó desde la ciudad de Fusagasugá hasta la capital para conocer al sumo pontífice. “No le teman al futuro. Atrévanse a soñar a lo grande. A ese sueño los quiero invitar”, fue el mensaje del papa que originó un cambio de vida para el fusagasugueño. “Mi vocación se sembró desde que ingresé a la infancia misionera y se fortaleció con el apostolado del monaguillo, la catequesis y los grupos juveniles”, afirmó Flórez. Sus padres fueron el elemento representativo para la crianza de un ámbito religioso que se consolidó desde sus primeros años de vida y se ha desarrollado a través de la adolescencia. “Uno de los momentos más significativos fue una ordenación ministerial en la diócesis de Girardot. Tuve la oportunidad de ir por la parroquia de mi barrio. Ese día me surgió la pregunta de: ¿qué tal me veo ante ese llamado que debo responderle al Señor?”, aseguró. En el año 2020, apenas se graduó del colegio, tomó la decisión de seguir el camino sacerdotal. “Desde ese momento me dediqué completamente a Dios, fundé bases académicas, pastorales y comunitarias que potenciaron mi desarrollo integral”, declaró Flórez. Pese a ello, dos años después se retiró del seminario. “A mediados de 2022 empecé a estudiar en una universidad, era una de mis principales metas. He adquirido experiencia laboral y ahora trabajo en la parte pastoral de un colegio”, dijo. El padre Hanners Díaz, formador del Seminario Mayor La Inmaculada Concepción de Girardot, menciona que aun cuando los individuos tomen diferentes rumbos profesionales, la formación del seminario nunca es de sobra. Narró que desde 2020 ha habido un descenso en la participación de jóvenes en la vida sacramental por el discernimiento vocacional. Influencia social “En 2021 se presentó un aumento significativo en la deserción de seminaristas”, analizó el padre Manuel Vega, director de los Departamentos de Ministerios Ordenados y Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal de Colombia. Añadió que se han registrado estadísticas desde 1990, año en que se tuvo la cantidad más alta de seminaristas en el país, con 5.800. Desde ese punto, cada cinco años se han reducido los apostolados. En 2020 se tenían 2.400, mientras que en 2021 bajaron a 1.700. En 2022 ascendieron a 1.900 seminaristas. La deserción de vocaciones de 1990 a 2020 se interpreta desde cambios familiares, sociales y culturales. En 1980, las familias tenían alrededor de cuatro a cinco hijos, mientras que los nuevos hogares se componen de uno a dos hijos, manifiesta el padre Vega. “Esta disparidad se evidencia en regiones como la antioqueña, donde había núcleos familiares grandes y se tenían aproximadamente 500 seminaristas. Hoy existen 170”, afirmó. Además de las cifras de natalidad, existe un ambiente distinto desde la educación de casa. “Los abuelos fueron creyentes, pero instruyeron con menos espiritualidad a sus hijos, por lo cual la nueva generación es educada con pocos criterios eclesiales. Los niños llegan a los sacramentos de iniciación cristiana con muy poco conocimiento básico de lo que se debería enseñar en la familia”, explicó. “Cada vez se vive menos la experiencia religiosa en la vida cristiana. Se ven temas de infidelidad entre padres como un acto normal en el seno familiar. El primer testimonio es la familia y no todas viven la fe ni la oración. No hay respuesta a los llamados divinos”, declaró el padre Díaz. En general, el relativismo moral actual influye en la fe de los jóvenes. “La falta de formación en las comunidades católicas ha creado una sociedad líquida. No hay disposición para enfrentar las inquietudes de los muchachos con respecto a su vida consagrada, porque este concepto encierra exigencias que no han sido enfrentadas. Hasta que no se luche frente a las creencias culturales, no pueden surgir este tipo de estilos de vida religiosos”, argumentó Flórez. Formación teológica y eclesiástica El pensamiento juvenil desestima la predicación tradicionalista. “La nueva generación percibe la opción evangelizadora como algo aburrido, que deja a un lado la afectividad, y esto baja la devoción”, dijo Flórez. Los métodos teológicos que se aplican en los seminarios repercuten en algunos rasgos ideológicos que los principiantes al apostolado traen desde casa. “Cuando vi filosofía se alteró mi creencia, porque muchos pensadores eran ateos. Al entrar al curso de teología establecí bases nuevas para renovar mis pensamientos. Como venimos de un mundo donde la esperanza es muy vaga, la filosofía y la teología modifican eso. Se hace con el fin de educar a los buenos sacerdotes”, reconoció Jorge Garzón, seminarista retirado. En 2016 el papa Francisco cuestionó la formación que dictan los seminarios, teniendo en cuenta el ambiente moderno juvenil. A finales de ese año, La Santa Sede instauró la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, un documento orientativo para instruir a los futuros presbíteros. “Yo tuve la gracia de acompañar la escritura de este texto con rectores de ciertos seminarios y equipos de formadores. Descubrimos que por mucho tiempo hubo una excesiva preocupación por la parte académica. Un alumno estudiaba tres años filosofía y cuatro años, teología, y si le iba bien académicamente, le iba bien en todo”, explicó el padre Vega. Sin embargo, el papa hizo un cambio en la instrucción al ministerio sacerdotal. El principio unificador del proceso debía ser la espiritualidad, antes que el intelecto. “Este es un componente esencial en la síntesis vocacional. Procuramos que la persona tenga experiencias de encuentro con Jesús”, añade el padre Vega. El padre Hanners Díaz declaró que “los muchachos tienen todos los días un momento de reflexión con la Palabra, la eucaristía y adoración al Santísimo. Les motivamos a que tengan espacios personales de oración. El reto es mantener estas vivencias también fuera del seminario. Que recen con la comunidad y su familia”. Dentro de la línea formativa se toman en cuenta algunas dificultades de la realidad eclesiástica. “Un factor que incide en la consagración de los aspirantes al apostolado son los escándalos de la Iglesia. Existen casos de sacerdotes con problemas de pederastia, abuso de menores y falta de testimonio desde la parroquia que limitan la entrada de creyentes. Algunos curas no son el ejemplo ideal para apuntar un sí en la predicación de la Palabra”, mencionó el padre Díaz. El padre Vega añade en este aspecto que la Iglesia brinda herramientas para trabajar en espacios como los retiros pastorales. “Sin embargo, debido a los malos sucesos que empañan la imagen de la Iglesia, a algunos clérigos les da temor enseñar a niños y adolescentes. Estamos fallando en la manera de engendrar las vocaciones.”, señaló. Impacto en los feligreses La disminución en el número de sacerdotes debilita la fe de las comunidades. “La gente sufre cuando hay pocos seminaristas, piensan en el futuro de sus parroquias. Un profeta que se va representa menos eucaristías, comuniones, bautizados, confesados y menos enfermos ungidos”, expresó el padre Díaz. Además de la escasez sacerdotal, hay reducción de los lugares de culto. “En Europa, la gran parte de las iglesias tienen pocos jóvenes en la vida ministerial. Se han cerrado iglesias y otras las han convertido en negocios con fines lucrativos”, mencionó Flórez. El padre Vega afirmó que “en Colombia, la diócesis de Soacha ha acabado algunas de sus parroquias. Como no hay lugares para los templos, las misas se celebran en los salones comunitarios de los conjuntos cerrados. Para los despachos parroquiales se buscan locales en arriendo”, sostuvo. “Con certeza nunca faltarán discípulos, porque la Iglesia arrancó con 12 y floreció”, aseguró el padre Díaz. Para Flórez, los feligreses no necesitan una gran cantidad de orientadores, sino personas de calidad. Pastoral vocacional “En 2013, los seminarios llamaban a las parroquias de su diócesis a preguntar si había solicitantes para el grupo vocacional. Llegaban alrededor de 40 candidatos. De esos entraban 15 al camino de la vida consagrada. De los 15 terminaban diez y se ordenaban. Hoy no hay aspirantes. Nos toca buscarlos en los colegios”, precisó el padre Vega. Añadió que se promueve el uso de estrategias como “salir, ver y llamar” mediante los semilleros vocacionales. “Nos hace falta un acompañamiento adecuado a los niños desde pequeños”. En ciudades como Armenia, Barranquilla y Cali la motivación empieza desde experiencias cristianas inmersivas para niños y adolescentes. “Un día al año se reúnen más de 1.200 pequeños monaguillos. El arzobispo preside una eucaristía y les impone roquetes con ornamento. Se emplean este tipo de actividades para motivar al tema misionero”, comentó el padre Vega. Jorge Garzón y Edwin Flórez aún reflexionan sobre su paso por el seminario. Sienten que se necesita un gran coraje para decidir hasta qué punto se sacrifican las metas del mundo exterior con el fin de no cerrar el ciclo evangelizador. “La entrega a una vida religiosa reconoce el esfuerzo de atender los llamados de Dios con gran fuerza interior humana”, aclaró Garzón. Él se retiró del seminario por la necesidad de una vida social y familiar. Algunas variantes filosóficas ponían en tela de juicio su compromiso al apostolado. “Mi vocación aún no se ha apagado; a veces siento la necesidad de estar allá. Todos los días hago mi oración. Mi vida continúa al servicio de Dios”, concluyó Garzón.
- 15/30: Especial del Paro Nacional
¿Por qué continúan protestando los jóvenes, pese a que se retiró la reforma tributaria? ¿Qué rol cumplen las redes sociales en tiempos de crisis? Aquí mostramos cómo protestan pacíficamente algunos ciudadanos y planteamos algunas alternativas para salir del hueco fiscal que deja la pandemia. Analizamos también los símbolos detrás de la nueva protesta en el país y llevamos un debate con líderes estudiantiles de todo el país en torno a las motivaciones del Paro Nacional. 15/30: Especial del Paro Nacional ¿Por qué continúan protestando los jóvenes, pese a que se retiró la reforma tributaria? ¿Qué rol cumplen las redes sociales en tiempos de crisis? Aquí mostramos cómo protestan pacíficamente algunos ciudadanos y planteamos algunas alternativas para salir del hueco fiscal que deja la pandemia. Analizamos también los símbolos detrás de la nueva protesta en el país y llevamos un debate con líderes estudiantiles de todo el país en torno a las motivaciones del Paro Nacional. Contenido completo Autor:
- Post Mortem
Post Mortem María Paz Sierra Valencia, de Comunicación Audiovisual y Multimedios Una mujer se enamora de la vida antes de morir, pero justo cuando se está despidiendo de ella, recibe una sorpresa. Ver también: La familia y la adaptación a la etapa escolar Compartir
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