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- 'Girls', por No Stories
'Girls', por No Stories Nicole Emily Cruz Roa, María Camila Ávila Suárez, Angie Paola Carrillo, Camilo Sánchez, José David Barbosa, Juan Diego Rodríguez, Gabriel Puerto, Juan Camilo Supelano, Comunicación Audiovisual y Multimedios. Videoclip de la canción 'Girls', de la banda No Stories. Se muestran las desventuras amorosas de Gabriel Silva, líder y guitarrista de la banda, quien intenta recuperar a un amor perdido. Ver también: Conoce Backstage, el programa que busca acercar a los oyentes con los artistas emergentes. Compartir
- Unisabana Medios | Audios
Los niños no quieren cuentos de hadas Sasha Valentina Muñoz Vergara, Comunicación Social y Periodismo La autora María Clara Castrellón tomó el desafío de contarles a los niños de preescolar cómo fue la tragedia de Mocoa en 2017. Esto, en un lenguaje amigable para ellos, que les permita comprender un evento relevante en la historia de su país. Ver también: La magia del teatrino Compartir
- El arte de los escombros
Las construcciones y el desarrollo de las ciudades producen desechos. Estos materiales inspiran a algunos artistas a expresarse, el cua es el caso de Combariza. El arte de los escombros Sofía Fernanda Buelvas Puerta. Las construcciones y el desarrollo de las ciudades producen desechos. Estos materiales inspiran a algunos artistas a expresarse, el cua es el caso de Combariza. Disponible en Pulzo Cortesía: universidad de la Sabana Mirar a través de la ventana del bus suele ser un momento de reflexión y admiración de lo que nos rodea, del paisaje, que, se supone, se reconoce por el azul del cielo, el verde impregnado en las hojas de los árboles y en el pasto. Pero no aquí, no en Bogotá. Acá los árboles son reemplazados por enormes edificios de colores grisáceos; y el verde del pasto, por cemento duro y uniforme. Bogotá, capital colombiana, tiene una superficie de 1,772 km2. En este espacio anualmente se construyen más de 7.000 edificaciones distribuidas en apartamentos, casas, oficinas y obras públicas, según indica el Dane. Sin embargo, este mismo proceso urbanístico deja a su paso una gran cantidad de Residos de Construcción y Demolición (RCD) pues, según las cifras de la Secretaría Distrital de Ambiente (SDA), alrededor de 20 millones de toneladas son producidas cada año en la ciudad. Hay cuatro puntos autorizados en donde se pueden verter estos materiales: Cemex-La Fiscala, Cantarrana, Serafín y Carabineros. Pero en las 20 localidades de Bogotá, según el informe de puntos críticos de 2017 de la SDA, hay más de 345 lugares en los que se acumulan este tipo de residuos. La situación resulta caótica e insostenible, pero como en cualquier historia sombría, en la que se cuelan destellos de luz entre los agujeros de las paredes, esta no es la excepción. Los escombros, las varillas, el cemento y las tablas utilizadas en las construcciones son empleados como materia prima para las obras de Mauricio Combariza, un artista bogotano de 47 años. El artista toma en sus manos un balde viejo salpicado de pintura y una espátula de metal. Antes de alzarlo, vierte en su interior cemento y agua y, usando la espátula, revuelve los ingredientes hasta lograr una mezcla viscosa y uniforme. Sube el balde a la mesa, ubicada en el centro de su taller, y vuelca el contenido en una pequeña bolsa plástica que acomoda con especial delicadeza sobre otras más, armando así una pila de bolsas de concreto que se encuentran encima de un trozo de madera con superficie gris, que consiguió en una de sus caminatas en búsqueda de materiales para sus creaciones. Esta pequeña escultura es una de las 13 que hacen parte del trabajo que exhibió el 27 y 28 de octubre en la sexta edición de la Feria del Millón, un evento que reúne a diferentes artistas para que den a conocer su trabajo al público. Combariza nació un primero de octubre de 1970 en Bogotá; creció en el municipio de Soacha. En este lugar inició su acercamiento al mundo de las construcciones y, por ende, la relación con dichos materiales. “Mucho de lo que hago surge de mi memoria, pues he visto cómo se desarrolla la ciudad y cómo yo he sido parte de la construcción popular”, afirma. En su memoria reposan aventuras de su niñez en las que se iba con algunos de sus amigos a ladrilleras, que eran cercanas a su casa, para tomar los residuos restantes y revenderlos. Así ganaba entre 10 y 15 pesos, y se sentía el niño más afortunado del mundo pues podía llevar dinero a su casa. “A mí siempre me ha encantado ver los cerros de Monserrate, pero ahora hicieron en ellos dos edificios horribles, y aún si fueran atractivos no estoy de acuerdo con que los hayan construido ahí, ese no es espacio para hacer ese tipo de obras pues pasan a ser contaminación visual y ambiental”, agrega el escultor mientras frunce el ceño y expresa enojo e impotencia ante la situación. Al igual que Combariza, Pedro Uribe, un artista plástico bogotano de 24 años que utiliza residuos de construcción para sus obras, enfatiza en lo relevante que es el contexto social en el que el artista se encuentra para expresar la realidad y ser inspiración en sus creaciones. En la actualidad, esa inspiración surge de perseguir de manera inimaginable el desarrollo, la cantidad de construcciones llevadas a cabo y cómo estos procesos conllevan a consecuencias únicas en las dinámicas sociales. No obstante, para Mauricio Combariza, no todo fue color de rosa, ya que a pesar de iniciar sus estudios de Artes Plásticas en el año 1998 en la Academia de Artes Guerrero, se graduó de ella 15 años después debido a la necesidad que tenía de conseguir un trabajo para solventar las necesidades económicas de su hogar. En este periodo de su vida trabajó 10 años en el área de Registro y Matrícula del Centro Colombo Americano, pero, afirma, no era realmente feliz. Además, solo de vez en cuando tomaba un lápiz para hacer uno que otro dibujo en un papel, puesto que su trabajo demandaba de mucho tiempo y no podía dedicarse completamente a lo que le apasionaba. “En medio de esa difícil situación, lo empezó a llamar nuevamente el arte, él puso un plazo de 6 meses para renunciar a ese trabajo y así dedicarse de lleno a lo que amaba”, comenta Jorge Magyaroff, su colega y amigo que lo conoce desde hace 20 años. Poco a poco le hizo caso a aquella vocación de artista. En el 2016 se instaló en un apartamento de un edificio ubicado en la calle 22 para así ocuparse únicamente de sus obras. Pero este edificio de apartamentos no es uno más del montón, ya que entrar en él significa inspirarse y respirar arte, y tiene nombre: Proyecto Faenza. Paredes con grafitis capaces de ocultar en gran medida el color blanco hueso que las reviste, las ventanas se encuentran rodeadas por un marco blanco clásico y unas delgadas rejas con figuras abstractas. Son 4 pisos de pura creatividad, pues en él tienen sus talleres 11 artistas, cada uno con un estilo único. Algunos de ellos son fotógrafos, otros escultores y otros, pintores. Juntos forman un conglomerado que, según afirma Magyaroff, buscan “hacer ruido” y de esta forma ser conocidos en el medio artístico e impulsar los trabajos que cada uno realiza. De este grupo de artistas hace parte Combariza, quien con sus obras pretende marcar una diferencia expresando lo que sucede en su entorno, tomar aquellos “desechos” de la urbanización, los escombros, emplearlos en sus obras artísticas y reincorporarlos a la sociedad transformados en elementos con un significado; pero, como él dice, sin borrar la huella que ya traen; la de la ciudad. “Nos pintan la idea de que como están haciendo edificios, la ciudad está evolucionando, está teniendo un desarrollo, pero cuando miras lo que implica el desarrollo también hay un trasfondo de involución en él”, expresa, refiriéndose a la urbanización acelerada en Bogotá. En cuanto a la recolección de los RCD en la ciudad, Tatiana Yaya, ingeniera ambiental de la Secretaría Distrital de Ambiente, afirma que es un proceso iniciado por el generador (persona natural o jurídica que produce los residuos); acto seguido, este debe registrarse en la página web para hacerle un seguimiento a la construcción. Posteriormente, debe establecer contacto con un transportador autorizado para la recolección de este material y, en este mismo proceso, cerciorarse de que mínimo el 25 % de los residuos producidos sean aprovechados en la construcción. Después, el porcentaje de escombros restantes son llevados a los vertederos. Benjamín Buelvas, ingeniero civil momposino de 47 años, resalta la importancia de la reutilización de los escombros en las construcciones, puesto que sirven para estabilizar terrenos, pavimentar vías para tráfico pesado, producir ladrillos, construir paseos públicos, muros y piezas de cerámica que no requieren procesamiento. Por el contrario, si no se procede de esta forma, estos materiales terminan en uno de los tantos puntos críticos de Bogotá convirtiéndose así en la visible consecuencia del desmedido desarrollo de la capital del país. Este es uno de los procesos de los que surge la inspiración de Mauricio Combariza, de una serie de acciones que al analizarlas muestran los valores en los que se fundamente la sociedad actual; es decir, un materialismo desmedido. “Estos mismos residuos pueden reutilizarse de una manera diferente, ahí entra en juego la creatividad y la imaginación del artista para así hacer cosas distintas”, comenta Benjamín Buelvas. Por ello, Mauricio Combariza toma sus baldes desgastados por el trajín diario y camina expectante las calles de la ciudad, llenándolos de escombros, tablas y demás materiales que encuentra para expresarse, y, posiblemente, para hacer una tarea más ardua de la que cree, transformar un elemento que el sistema desechó, pero que él plasmando esperanza y dedicación volverá a hacerlo parte de la muy aclamada sociedad del “desarrollo”.
- ¡Ese títere se me salió de las manos!
El teatro ubicado en Bogotá tiene algo especial: sus muñecos tienen consciencia y memoria. Nadie habla por ellos; tienen vida propia a través de su obra. ¡Ese títere se me salió de las manos! Alejandra Ramírez Valbuena El teatro ubicado en Bogotá tiene algo especial: sus muñecos tienen consciencia y memoria. Nadie habla por ellos; tienen vida propia a través de su obra. Disponible en Pulzo Alejandra Ramírez Valbuena Se rompió el silencio con los aplausos, una algarabía propia de fiesta. Encendieron las luces y los títeres seguían con vida. En el teatrino gigante, de aquella vieja casa en el centro de Bogotá, se escucharon risas hasta el final de la función. César Santiago Álvarez salió a saludar a los espectadores. Él no iba sólo. Él no era la sensación. Muchos niños esperaban en la puerta para ver a Tato, al muñeco, al niño, al héroe. –’¡Chapeau les artistes!’– Exclamó el francés Jean Sutter, después de asistir a la obra ‘Los espíritus Lúdicos’ con su hija de cuatro años, que veía con fascinación al muñeco. Tato la miraba con esos ojos saltones e intensos. Le tocó el cabello a la niña y la abrazó para la fotografía que tomó su padre. Por unos momentos, ella olvidó que estaba con un muñeco. –Esa es la intención del titiritero, que uno desaparezca y que el espectador vea la vida del títere. Es mágico.– César me lo comentó en privado días antes de la función. Cuando se cerró finalmente el telón, después de las fotografías y los agradecimientos, el artista fue a un lugar en lo profundo del teatro, para volver a ser él. Tato y César son dos personas distintas. El titiritero dice que es una disección en el alma. Su títere es utopía. La fantasía ha vivido por 43 años en el teatro la Libélula Dorada. En la carrera 19 # 51-69 los curiosos encuentran una vieja casa de dos pisos, cubierta casi en totalidad por enredaderas, con barrotes azules en las ventanas y una libélula metálica, de casi dos metros y medio, que flota sobre las cabezas de los bohemios que entran al espectáculo. Junto a la taquilla, debajo de la libélula, una vieja puerta se abrió para que artista y obra subieran a la sala de partos. Esta es una habitación estrecha, llena de bocetos, pinturas y yeso, con un piso en madera que cruje como expresión de los años que ha existido. Ahí nacen ideas y se materializan sueños. Se sentaron César y Tato a conversar junto a la ventana de la habitación. La libertad de Tato existió por unos minutos. Miró a su creador de forma curiosa. Imagino que se preguntó cuántos años habían pasado. La piel de César estaba arrugada; y su largo cabello, más blanco. Yo nací en un momento en que mi creador, un titiritero, ya tenía algo de recorrido; y pienso, cierta madurez. Podría decirse que nací de forma cómoda, aunque mi casa en la carrera novena con calle octava se encontraba en medio de un gran conflicto. La voz de Tato es única. Cuando habla, con tanto desparpajo, asemeja el sonido de los platillos de una batería: agudo y estruendoso. Pero, hay algo que raspa su garganta; la voz de César. Cuando el titiritero habla, se revela la madurez que, durante 66 años, obtuvo. No hay atisbo de terquedad, solo sabiduría y paz; esas dos amigas de la vejez. El muñeco no es tan inocente como aparenta, su origen no fue sencillo. En 1983 su mundo se encontraba inmerso en la miseria de la Calle del Cartucho de Bogotá. Un universo sumergido en los olores fétidos, las casas de ladrillo y adobe, el vandalismo y las drogas. Pero, así nació el arte. El títere ha tenido la posibilidad de jugar por muchos años. Él es, y siempre será, la infancia del titiritero: los juegos entre hermanos, las travesuras y la escapatoria de las golpizas de los padres. Pero, hay algo que el títere no sufrió: la orfandad. “A mí me tocó trabajar desde muy joven. Hice muchas labores: fui mensajero, cobrador de algunas empresas, trabajé en La Registraduría… trabajos ocasionales. Iván Darío era un estudiante. Yo tuve que dejar el estudio y ponerme a trabajar”. Cuando murieron Doña Ofelia y Don César Augusto, sus padres, él tenía 11 años. El arte se convirtió en una escapatoria. El camino trashumante de los titiriteros, los juglares de la verdad, se encontraba lleno de sorpresas. –¿Cómo se siente ser un títere? –pregunté con el motivo de escudriñar en el interior del artista. Tato miró a César, después me miró a mí. Giró la cabeza con curiosidad y soltó: “Ser un muñeco es difícil. Un día te sientes libre, otro día eres consciente de que tus labios articulan palabras que no son tuyas, que tus brazos se mueven por unas varillas. ¡Pero, igual eres libre!” – ¿Es autónomo?, ¿usted es distinto a César? – Claro que soy distinto. ¿No ve que soy un sueño? Tato empezó a reírse. Miró su cuerpo. Creo que se sentía confundido. Vio a César con cierto recelo. Las marionetas son las únicas obras que pueden amar y odiar a sus artistas. César es como un dios. Es la persona que le da vida, pero también es su limitación. El títere es ajeno al artista, no muere con él. Sergio Londoño (1914-1944) fue el primer titiritero de guante en Colombia. Es decir, el primer hombre cuya mano articuló los movimientos de un ser irreal: un muñeco. Manuelucho Sepúlveda, la mera astilla remediana, era un muñeco que encarnaba la cultura colombiana y la triste vida del campesino en un país en guerra. Entre chiste y chanza, por Manuelucho se vislumbraba un modo de ver la realidad. Por eso, el teatro de marionetas sigue vivo, aunque ya no son las mismas historias errantes. El actor Bernardo García, mejor conocido por su papel en la película ‘El Man, el superhéroe nacional’, dice que aprecia mucho más las marionetas que algunos actores que ha conocido porque aportan a la imaginación con su pedagogía creativa. Incluso, dijo que los hermanos de La Libélula Dorada eran los mejores titiriteros de Colombia. “Cada obra es un viaje. El titiritero es actor y director. Su marioneta cobra vida propia en el escenario”. El titiritero desdobla su alma en cada espectáculo. César es Tato. Y Tato es una idea. Es la posibilidad de alcanzar esa utopía con la que soñó el titiritero de joven. La injusticia es la idea detrás de sus creaciones. La Revolución Cubana y los fuertes movimientos de izquierda que afectan el pensamiento social a mediados del siglo XX, fueron como un despertar para la rama artística colombiana. Fue una época de largas cabelleras, grandes ideales, marihuana, rock n’ roll y unas ganas indomables de cambiar el mundo. “Las marionetas son ideología, significan mucho más que su titiritero en ese sentido. Ellas transmiten diversión y risas. Pero son mucho más. El teatro es un acto ritual”– afirmó César Santiago Álvarez con convicción. El arte enriquece más el espíritu que el bolsillo. A César no le interesa volverse rico con su oficio, sabe que tener su propio teatro, desde 1976, ha sido una ventaja enorme frente a otros grupos de titiriteros que han surgido en el país. Las personas pagan 25.000 pesos colombianos por entrar a ver las obras de la Libélula Dorada. Tener un teatro de títeres es un beneficio. En el 2017 el Ministerio de Cultura en Colombia invirtió aproximadamente 16 mil millones de pesos en infraestructura para teatros. Actualmente, en Bogotá existen cinco salas de teatro de títeres, todas de carácter privado, con un total de 690 sillas para espectadores, según informó IDARTES (2014). Pero, la mayoría de los grandes grupos de titiriteros en Bogotá nacieron en las calles de la capital. Esa era la labor errante del juglar, de contar historias para los caminantes. “Hace años, los títeres tenían un sentido importante y un mensaje en su cuento, relato o leyenda”, recordó Alberto Chacón, ingeniero de sistemas que ha trabajado más de 18 años en el Centro Internacional de Bogotá. Todos estos años ha caminado por la carrera séptima, antiguamente conocida como la calle real, para ver ese cambio en el mundo artístico de los titiriteros. “Recientemente, vi en la séptima muñecos muy bien armados, aunque hacen entretenimiento por dinero; cantan y bailan. El transeúnte ya no para a conocer y aprender sus historias, solo ve una parte muy pequeña”. Para ser titiritero hay que tener historias por contar. Tener una voz que desee ser escuchada. Cuando se tiene esa magia, el principal problema no es el presupuesto, sino la poca gente que aún le interesan los teatros de títeres. Según datos del DANE (2018), de los 4 millones de niños, entre los 5 y 11 años, encuestados en el 2017, sólo el 17.31% fueron a obras de títeres en lo corrido del año. Es importante tener en cuenta que de los 25 municipios distintos, el 34.21% de los niños no fueron a ninguna expresión artística en todo el año. Y es que el teatro de marionetas no es un mundo nada sencillo. Como dijo el muñeco; es un sueño. Hablar de anarquía y pensar en un mundo mejor no hizo que César Santiago cambiara su realidad, pero su títere ha logrado transmitir ese mensaje. Tato cambia el mundo todos los fines de semana, cuando aporta una sonrisa en la vida de su público. “Siento profunda admiración por la forma en que (los hermanos César e Iván Álvarez) crean una obra rasgo por rasgo. Son personas humildes y generosas. Además, tienen una actitud crítica frente a la vida”, comentó el poeta Santiago Mutis, amigo cercano de la familia de César Santiago Álvarez. “Es un trabajo admirable”. Cada parte del muñeco es pensada para formar su personalidad. Los hermanos Álvarez han logrado algo único en su teatro: la revolución de los títeres que, por instantes, tienen consciencia y memoria. –Ya me tengo que ir –dijo el muñeco–. Pero, algún día cambiaremos las reglas del juego.
- Néstor Martínez - Cada vez (Acústico)
Néstor Martínez es un cantante y modelo estadounidense de ascendencia colombiana quien presenta su propuesta musical con la producción y acompañamiento en guitarra de Cristian Camilo Castro. Néstor Martínez - Cada vez (Acústico) Néstor Martínez es un cantante y modelo estadounidense de ascendencia colombiana quien presenta su propuesta musical con la producción y acompañamiento en guitarra de Cristian Camilo Castro. Compartir
- Stephen King: maestro del terror
Las obras de este escritor han sido llevadas a la gran pantalla y han tenido un gran impacto en la cultura popular. Stephen King: maestro del terror Las obras de este escritor han sido llevadas a la gran pantalla y han tenido un gran impacto en la cultura popular. Compartir
- Unisabana Medios | Audios
Lo mejor de la infancia de la Generación Z Luisa Fernanda Chacón Solano, Jaime Alberto Garavito Naranjo, Valentina Pardo Pulido, Jean Carlos Rosas Jaramillo, Daniela Urrea Duarte , Comunicación Social y Periodismo Si naciste entre el año 1996 y 2002, perteneces a la Generación Z y este programa habla de tu infancia: tus programas favoritos y los dulces que nunca más volviste a conseguir en el mercado. Ver también: Millennials, ¿atrapados en el molde? Compartir Episodio 1: Los dulces que perdimos ¿Qué memorias te traen el Chupiplum o Las Motitas? Esos dulces acompañaron la infancia de nuestra generación Z, pero fueron descontinuados e ingresaron al mercado nuevas propuestas. Episodio 2: La televisión en nuestra generación Los de la generación Z fuimos testigos de los cambios de Disney Channel, fuimos los primeros espectadores de Disney XD y vimos cómo muchos de esos programas reaparecieron en plataformas como Netflix.
- Unisabana Medios | Audios
Una enfermedad que se manifiesta en más que síntomas físicos Juan David Paredes, Comunicación Social y Periodismo Hace 20 años, un hombre se contagió de VIH - Sida y, quienes lo conocen, creen que ha sido la fuerza de su corazón la que lo ha mantenido con vida. Ver también: El cirujano que le reimplantó una mano a una niña de 2 años Compartir
- Dar vida después de la muerte
Dar vida después de la muerte Juan Nicolás Villamil Ibáñez, Paula Sofia Moreno Morca, Juan David Córdoba Puello y Isabella Echeverry Arbeláez La falta de acceso a procedimientos de donación de órganos en Colombia es una problemática que afecta a miles de personas cada año. Y la espera, en muchos casos, se vuelve la nueva forma de supervivencia en la burocracia. Ver también: Educación bajo el sol Compartir
- Lo que hay detrás de la vida de un coleccionista
Lo que hay detrás de la vida de un coleccionista Nicole Maquinay Villate Fecha: Michel Maquinay tiene en su apartamento un puente entre el pasado y el presente, construido con sellos postales hasta figuras de Tintín. Lea también: Antonio Ortiz, un psicólogo literario Compartir Foto: Figura del Capitán Haddock coleccionada por Michel Maquinay - Foto por Nicole Maquinay En los cerros orientales de Bogotá hay un apartamento que no es como cualquier otro. Al entrar, parece un espacio sin mucho qué destacar. Hay algunos cuadros colgados en las paredes, libros y objetos varios de decoración, pero a medida que uno se va adentrando se comienzan a ver objetos que se repiten: carros de juguete exhibidos, discos mezclados con libros en las estanterías o, en la sala de televisión, muñecos G.I Joe. Entre las figuras de acción, principalmente soldados y personajes militares, hay otros héroes y aventureros, como el avezado Tintín. Este es un personaje de cómic creado por el dibujante belga Georges Prosper Remi, mejor conocido como Hergé, en 1929. Tintín es un joven periodista que siempre está buscando aventuras y justicia, y que viaja por el mundo para investigar y desentrañar misterios. Acompañado por su fiel perro, Milou, Tintín se enfrenta a numerosos villanos y peligros. Con su estilo gráfico único y su ingeniosa trama, Tintín ha cautivado a generaciones de lectores en todo el mundo, convirtiéndose en uno de los personajes más icónicos de la historia de la narrativa gráfica. Michel Maquinay, el dueño de este apartamento, es un administrador de empresas de 55 años, amante de la música, de los carros, de los muñecos de acción y, sobre todo, de Tintín, quien es su héroe literario favorito desde que tiene memoria. “Comencé coleccionando las historietas. Me gustaba mucho sentarme a leerlas cada vez que tenía tiempo. Después de los libros me empezó a llamar mucho la atención todo el universo de Tintín, por llamarlo de alguna manera. Con el tiempo he ido adquiriendo figuras de los personajes, de los automóviles, cuadros, ropa, calendarios, portavasos, rompecabezas y calcomanías, entre muchas otras cosas”, explica. Al igual que Michel, muchas personas en el mundo van resguardando una gran variedad de objetos. El coleccionismo se trata de una pasión que ahonda la mera acumulación de objetos, sino que implica una búsqueda constante de piezas raras que completen un conjunto único. Para Michel, su colección de Tintín es uno de sus tesoros más preciados, en gran medida por ser una forma de conectarse con su niñez y preservar piezas únicas para futuras generaciones. El coleccionismo ha sido una de las aficiones más antiguas y fascinantes del ser humano. Desde tiempos remotos, la gente ha sentido la necesidad de acumular lo valioso o significativo, ya sea por su belleza o simbolismo. En la antigua Roma, los aristócratas coleccionaban obras de arte y objetos valiosos como símbolo de su estatus social. Esta creencia se mantuvo así durante varias épocas, como lo fueron la Edad Media y el Renacimiento. En el siglo XIX, se popularizó, lo cual le permitió convertirse en una actividad accesible para la clase media. Más adelante, en el siglo XX, esta afición se transformó en una práctica cada vez más organizada. Surgieron asociaciones y sociedades especializadas, así como subastas y ferias, que permitían a los aficionados compartir su pasión y adquirir nuevos elementos. Hoy, esta práctica cultural ha evolucionado y se ha convertido en un pasatiempo que abarca una amplia variedad de objetos y temáticas. Desde sellos postales y monedas antiguas hasta figuras de acción y arte contemporáneo, los coleccionistas encuentran siempre una oportunidad para explorar pequeños significados del mundo. La pasión por coleccionar La pasión de Michel empezó desde temprana edad, a principios de los años setenta. Su padre recibía mucha correspondencia de Europa, especialmente de Bélgica y de Suiza. En esa época, las cartas venían con estampillas, por lo que Michel empezó a desarrollar una fascinación por esos sellos postales en los cuales se encuentran ilustraciones relacionadas con los deportes, con el arte, con la cultura y con la arquitectura. “Para mí, es una gran emoción y felicidad conseguir una pieza nueva. El proceso de búsqueda y adquisición de estos objetos termina convirtiéndose en una aventura porque no se sabe qué es lo que uno va a encontrar o cómo lo va a encontrar. Solamente hasta el momento en que se recibe la pieza y uno la tiene en sus manos es que realmente se puede apreciar y ver en toda su dimensión”, asegura Michel. Las motivaciones detrás del coleccionismo pueden ser diversas. Algunas personas coleccionan por afición, por interés en un tema en particular, por el valor económico de los objetos o simplemente por el placer de poseerlos y disfrutarlos. Puede clasificarse como una acumulación organizada, dado que es crucial que los elementos a coleccionar mantengan cierta coherencia estética. Esta puede ser una actividad solitaria o social, en la que se comparten experiencias y conocimientos con otros aficionados por esta práctica. “En edad temprana, al final de la infancia y comienzo de la adolescencia, empieza a definirse un carácter más específico. Los jóvenes regularmente suelen guardar pequeños detalles o regalos que les han dado, y es en ese momento cuando se define el carácter del coleccionista. Es ese el carácter retentivo del cual hablaba Freud”, afirma Joimer Robayo, psicólogo y sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia. La colección de Michel, que cada día se expande, cuenta con más de 15 cuadros relacionados con Tintín. Algunos son las portadas de las historietas; otros, de objetos específicos de la saga, como, por ejemplo, aviones, joyas o animales. Subiendo las escaleras del apartamento hacia el segundo piso, se encuentra el icónico cohete rojo que usó el periodista para viajar a la luna. Este está estimado en un valor aproximado de 3.000 dólares. Mide un metro y veinte centímetros: no pasa desapercibido. Junto a él, unas estanterías en las que están ubicados pequeños muñecos de todos los personajes del mundo de Tintín. El coleccionismo tiene un impacto fundamental en la sociedad, pues permite preservar el patrimonio cultural y difundirlo. Todo lo que se guarda contribuye a las relaciones sociales y las formas de interacción. De alguna manera u otra, ser coleccionista obliga a tener conexiones con otros con un mismo gusto. Por ejemplo, otra de las piezas más valiosas de la colección de Michel es una escultura de un metro y cuarenta centímetros de Tintín y Milou, su perro. Esta estatua es muy especial, pues es una pieza limitada; solo existen 300 en el mundo, y para conseguirla Michel siguió una ruta mediante varias personas que comparten su pasión por el personaje. Después de semanas de búsqueda, logró comunicarse con un italiano a través de las redes sociales, con quien negoció la venta de la estatua por 4,500 dólares, es decir, casi 18 millones de pesos colombianos. Sin duda, es una de las piezas más notables de la colección. Fue difícil conseguirla y traerla a Colombia debido a su gran tamaño. Debió empacarse de una manera particular y se demoró dos meses en llegar a su nuevo hogar. Un vistazo al pasado y a nuestra identidad En cuanto a tipos de coleccionismo, existen miles. El numismático es uno de los más populares. Quienes se dedican a ello, coleccionan monedas, medallas y billetes antiguos, raros o de edición limitada, lo cual se conoce como notafilia. Es significativo porque posee un gran valor histórico; a través de las monedas se conoce la evolución de la economía y la política de diferentes países. Otro tipo es el filatélico, que consiste en coleccionar sellos postales. Además de ser un pasatiempo muy entretenido, también posee un gran valor educativo. “La importancia de las colecciones arqueológicas para la ciudadanía es enorme, porque a partir de estas colecciones podemos acceder a conocimientos sobre el pasado, sobre lo que fuimos y cómo llegamos a dónde estamos. Esto contribuye no solo a la historia sino también a la cultura de todos los colombianos”, explica Fernando Montejo, investigador del grupo Patrimonio del Instituto Colombiano. Por otro lado, el coleccionismo de arte es uno de los más usuales. Existen múltiples asociaciones que lo promueven, generando una fuente relevante de ingresos para los artistas y las galerías, lo que les permite continuar creando y exhibiendo obras. Incluso es capaz de ser una inversión financiera rentable. Las asociaciones de galerías de arte también lo promueven a través de eventos y programas de formación que ayudan a los posibles coleccionistas a aprender sobre el proceso de curaduría. “Las galerías de arte se relacionan con el coleccionismo porque trabajamos de la mano con artistas. Actualmente, estamos creando una convocatoria con el apoyo de Corona, en la que se va a pintar un mural en una calle peatonal muy transitada y de esta forma esperamos poder inspirar a las personas, que se interesen por el arte y de pronto empiecen una pequeña colección”, afirma Liz Caballero, directora de la Asociación de Galerías de Arte Colombianas. El coleccionismo es una práctica al alcance de cualquier persona. Al final, resulta como un todo: es identidad y expresión para disfrutar de la belleza y la creatividad. Es tan amplio o tan íntimo que bien puede darle sentido a millonarias transacciones o la felicidad de un hombre en una pequeña sala, entre las montañas de una gran ciudad.
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