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- ¡Se olvidaron de los híbridos!
¡Se olvidaron de los híbridos! Santiago Bernhard, Comunicación Social y Periodismo Fecha: A pesar de la llegada de cada vez más coches híbridos, el gobierno colombiano se ha enfocado en generar beneficios únicamente para vehículos totalmente eléctricos. Lea también: La capital de los futuros sordos Compartir Foto: Wix A Colombia llegan cada vez más carros híbridos y eléctricos. Recientemente, llegó al país la RAVi4 por un valor de aproximadamente 135 millones de pesos colombianos; esta es una SUV híbrida adecuada para terrenos destapados con no dos, ni tres, sino cuatro motores: uno de combustión y tres eléctricos que, según Toyota, permiten una autonomía de 1.000 km en el modo eléctrico. Así como este modelo, han llegado una serie de coches híbridos que están pegando fuerte en el mercado colombiano, entre estos está el Toyota Corolla, el Kia Stonic, el Ford Escape, la Subaru Xv, el BMW 330e, entre otros. Todos ellos con la característica de ser híbridos; es decir, que tienen un motor de combustión y uno o varios motores eléctricos. Ante tal oferta de híbridos se hace necesario analizar las ventajas que estos proporcionan al usuario y las medidas que establece el gobierno colombiano para impulsar la venta de esta clase. En primer lugar, y uno de los motivos por el cual tener un coche híbrido va de maravilla, es que en algunas de las principales ciudades del país estos están exentos del pico y placa y del día sin carro . Otra de las ventajas es que emiten menos contaminación auditiva y de CO2, permitiendo promover una movilidad sostenible. El agregar un motor eléctrico a uno de combustión permite un rendimiento mayor, haciendo rendir más la gasolina y aumentando el alcance como potencia del vehículo. Sin embargo, no todo es positivo; aunque para muchos estas medidas son más que suficientes, hay que considerar el precio elevado de estos coches. Por ejemplo, el Corolla híbrido cuesta seis millones más que su hermano de combustión; la RAVi4 supera su versión de combustión por 20 millones; el BMW serie 3 del 2020 cuesta 130 millones, mientras que su semejante hibrido cuesta 152 millones de pesos colombianos. El caso más extremo es quizás el de la Volvo XC40, la versión normal tiene un valor de 115 millones mientras que su versión híbrida alcanza la absurda suma de 200 millones. Estos altos precios asustan a más de una persona y, siendo sincero, por estos valores se pueden comprar dos excelentes coches y turnarlos para el pico y placa. Es aquí donde el gobierno colombiano debe buscar la promoción de coches híbridos y eléctricos. De ahí que se estableciera la ley No. 1964 del 11 julio de 2019, que busca promover el uso de vehículos eléctricos en Colombia, reduciendo sus impuestos a un 1%, 0.5% menos que cualquier otro carro inferior a los 46 millones o 1.5% para vehículos entre 46 y 104 millones, y 2,5% en caso de superar los 104 millones de pesos colombianos. El problema yace en que esto solo beneficia a los coches eléctricos, olvidando los híbridos, cuya oferta está en aumento y permiten un paso hacia los eléctricos. Adicionalmente, he detectado una serie de problemas en torno a los coches eléctricos. Así como resaltamos la RAVi4 de los híbridos, el coche eléctrico resaltado en Colombia es el Renault Zoe. Un vehículo pequeño con un diseño parecido al del Renault Sandero con la diferencia de que es completamente eléctrico, tiene detalles que lo hacen ver más moderno y que cuesta 60 millones más. Con la reducción del impuesto, uno pagaría el 1%; en el caso del Zoe ese porcentaje equivale a 800 mil pesos. Como comparación, el dueño de un Mercedes Benz E200 del 2014, que es un coche de alta gama y lujoso, paga los mismos 800 mil pesos de impuestos por una máquina más lujosa, más veloz y mucho más bonita. A nivel internacional uno de los problemas para implementar la movilidad sostenible es la falta de infraestructura. En Suiza, un país de 8.5 millones de habitantes, hay, según European Alternative Fuels Observatory , alrededor de 7.000 puntos para recargar coches eléctricos e híbridos y muchos siguen pensando que son demasiado pocos para toda la población. En Bogotá, una ciudad con 7,7 millones de habitantes, hay, según Enel, 57 puntos de carga que, al revisar, tienen quejas porque solo son permitidos para cargar coches públicos o taxis. Y así quieren que las personas compren carros eléctricos de 100 millones de pesos colombianos. Otra comparación interesante es con Holanda, que pretende para el 2030 suspender la venta de automóviles de combustión. En Alemania y Suecia la meta es similar. Y aunque el objetivo de Colombia no está lejos de estos países: ir sacando los vehículos de combustión para el 2030, hay que considerar que países como Alemania, Holanda, Suecia, Noruega, entre otros, llevan beneficiando los usuarios de híbridos y eléctricos desde hace casi una década. En Colombia hasta ahora se está abriendo este mercado de híbridos y lo quieren saltar. Me recuerda aquel refrán alemán que decían los abuelos, “el que rápido a la meta quiere llegar, tiene que ir despacio”. En Colombia, por querer hacer más, e igualarse con el viejo continente, no están permitiendo que crezca de a poco el mercado de los híbridos y eléctricos de la mano de la infraestructura necesaria para implementar esta tecnología renovable. Quieren correr sin haber aprendido a gatear, quieren un país sostenible con coches eléctricos sin haber aprendido a aprovechar y crear políticas correctas para los híbridos que están abriendo el mercado. Y, aunque las políticas parecen determinadas a meterle la ficha a la energía renovable, obligando a reemplazar los vehículos públicos de combustión en el 2030 en su totalidad a transporte con energía renovable, la esperanza de que esto suceda es mínima, pues, como siempre sucede en Colombia, se termina perdiendo el dinero y las ideas en las manos de la corrupción y procesos legales eternos.
- De vuelta del inframundo
De vuelta del inframundo Laura Bedoya Díaz, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Alberto López de Mesa deambuló 15 años en el Bronx por adicción al bazuco y hoy vuelve a palpar el inestable borde de la sobriedad en los teatros. Lea también: 'Dos años después del Bronx' Compartir Foto: Alberto López de Mesa está con uno de los 9.538 habitantes de calle en Bogotá. Crédito: Alberto López de Mesa ¿Conoce usted a el creador de los pingüinos de Bonice, a uno de los colaboradores de la famosa campaña contra las enfermedades de transmisión sexual en los 90’s llamada “Sin preservativo, ni pío”, al creador de numerosas obras de títeres como “El último árbol”, al columnista de El Espectador conocido por generar controversia y a un exhabitante de calle que fue candidato a la Cámara de Representantes de Bogotá? Estamos hablando de la misma persona, Alberto López de Mesa. Samario de nacimiento, pero bogotano por destreza, es este arquitecto de la Universidad Nacional. Un personaje que, sin lugar a dudas, aprendió de la vida en las calles y que hoy, después de casi 15 años, vuelve a palpar el inestable borde de la sobriedad. Al llegar a un pequeño teatro ubicado en el centro de la capital donde se ensaya la obra “Joaquín y el agua”, veo al maestro , como lo llaman los demás titiriteros. Está recostado en una de las sillas del lugar. ¿Estará dormido?, pienso, pero lo cierto es que nota que he llegado. Me hace una señal de saludo levantando la cabeza, pero sigue en lo suyo: duerme a medias mientras los otros ensayan. A ratos ojea una que otra acción de los titiriteros y vuelve a caer. Alberto llevaba una vida de distinciones y éxitos, pero por descuidos de la vida llegó a vivir en las calles más temidas de la ciudad de Bogotá. “No me acuerdo de la primera vez que consumí cocaína, pero sí me acuerdo de la primera vez que consumí bazuco ”, dice él, aclarando que la palabra debería ser escrita con “s” y no con “z” porque el bazuco viene de base. Fue en una de las tantas fiestas que se organizaban en el entorno de la publicidad. Se acabó la cocaína a la una de la mañana y uno de sus amigos dijo que tenía algo más fuerte: bazuco. Desde ahí, e incluso desde antes, él empezó a abrir un espacio para el consumo de distintas drogas. “Yo consumía con inocencia”, dice él. Después de algunos minutos sentada, en los que Alberto sigue soñoliento mientras se ensaya la historia de “Joaquín y el agua”, este señor de tez morena y barba blanca se levanta. “Hoy no es mi mejor día, estoy muy adolorido” me dice, mientras yo me cambio de silla para sentarme a su lado. A pesar de su situación de salud, de sus pocas fuerzas al caminar y de su tos constante, Alberto está en el teatro para sacar adelante esta obra que escribió hace siete años y que tanto hoy como en su pasado deja un importante legado de cuidado ambiental en las familias y niños que se sientan frente al teatrino. Este hombre cambia y entrecruza sus piernas al ritmo en el que inicia una nueva idea. Cuenta las dos veces en la que la vida le jugó sucio sin echar paso atrás. La primera fue cuando gastó todo lo de la matrícula de su hija Paloma en drogas, dejando el dinero del pregrado, que sería destinado a la Universidad de Los Andes, en las ollas de la capital. “Uno es muy estúpido”, dice el columnista de El Espectador mientras pasa la mano derecha por su cara con poca delicadeza. La segunda vez, cuenta Alberto nombrando cada detalle, fue cuando toda su carrera y su prestigio se fueron al piso por un cargo de asesinato que le imputaron, llevándolo un año tras las rejas. “Mataron al jíbaro en mi cara”. Alza los brazos y abre los ojos pausando su respiración. “Yo me quedé quieto”. “Fue un hecho doloroso para él”, dice Hernán Cortés, uno de los tantos colegas que, por más de 40 años, ha permanecido en la vida de López de Mesa. En Bogotá hay 9.538 habitantes de calle. De ellos, el 38,3% ha llegado a esas circunstancias por problemas con sustancias psicoactivas y el 32,7% por conflictos o dificultades familiares, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). Alberto López de Mesa cayó en las drogas por lo primero y no había podido mantenerse sobrio por lo segundo. Hernán Cortés cuenta que, como amigo cercano, sabe cuándo él está bien y cuándo está mal y dice que ha sido cuestión de familia, de afectos y desafectos que retornaban a Alberto al inframundo. Terminado el ensayo de la obra, Alberto se dispone a hacerle las aclaraciones pertinentes a los titiriteros. “¿Cómo le pareció, maestro?”, pregunta uno de ellos. Alberto les dice que está bien, pero que hay cosas por mejorar, a la vez que les explica cómo diferenciar las voces entre los personajes y cómo levantar más los títeres para un mejor ángulo de vista. Aunque hacía muchos años no veía una obra de este género, con “Joaquín y el agua” pude volver a sentir, como cuando era pequeña, que un muñeco tenía vida. El creador de los famosos pingüinos de Bonice pasó por muchos centros de rehabilitación, pero solo por supervivencia. “Yo soy malo para dormir en la calle”, dice cambiando la posición de sus piernas y añade: “los centros de rehabilitación son negocios, son chimbadas. Mientras que la persona no tenga un apoyo afectivo y una estabilidad, es muy difícil rehabilitarse”. Tose y aclara: “el afecto y la inclusión social es la mejor terapia”. No obstante, frunciendo el ceño y tocándose constantemente la nariz, el compositor dice, detenidamente y alzando la voz un poco más de lo normal, que el 28 de mayo de 2016 él iba decidido a consumir y una cuadra antes de llegar al Bronx vio como de camiones bajaban numerosos policías y empezaban a desalojar el lugar. Recuerda tanto aquel día que hace una pausa para aclararme que estaba vestido de azul. “Nunca había visto tanto policía junto, me tocó irme”. Según Alberto, un habitante de calle necesita, por lo menos, 10 o 15 papeletas de bazuco diarias. El bazuco, dice, no es solo para pobres, porque cada papeleta está entre 4000 y 6000 pesos. “La mayoría de estas personas optan por el rebusque para subsistir entre calles”. Después de unos avisos parroquiales sobre las presentaciones que se avecinan y algunas cosas que faltan por hacer, el maestro se monta en el escenario con cierto esfuerzo, ya que tiene una leve discapacidad en su pierna derecha. Le indica a uno de los titiriteros de forma práctica qué puede hacer para mejorar la narrativa de aquella obra. “Él es muy pulido, exigente y pulcro. Le gusta que las cosas le salgan bien” dice, Hernán. Este escritor de cuentos, canciones y obras está “maluco”. Pálido, les explica a sus pupilos. No puede durar mucho tiempo hablando porque empieza a toser. “Es muy descuidado. Me preocupa su salud”, dice Liliana Moreno, una vieja amiga de antaño con la que tuvo una relación sentimental. Liliana dice que la calle le enseñó a este hombre un poco de humildad. Lo tilda, con un poco de timidez y pausa en lo que emite, de ser en su pasado “un poco picado, pero es un gran hombre”. Alberto, después de 15 años en las calles, contactó a Liliana para volver a hacer nuevos proyectos con títeres, labor que ella ya había dejado hace algún tiempo. Ella, con una leve sonrisa, con su cabeza reposada en sus brazos y con una pausa entre sus palabras me dice “él me volvió a recordar que yo era titiritera, me recordó qué era lo que me gustaba”. Ahora, Alberto sigue su vida de “rebusque”, pero en el teatrino. Su columna en El Espectador, un nuevo libro en el cual fue coautor llamado “La vida desde las calles” y una esperanza de iniciar a trabajar en IDIPRON (Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud) dando clases a habitantes de calle y demás, son su sustento. Este personaje ya no recorre las calles del Bronx, sino los pasillos de teatros de Bogotá.
- La cultura europea, una influencia vigente en Latinoamérica
La cultura europea, una influencia vigente en Latinoamérica Catalina Rubiano Salazar, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Las guerras de la historia del mundo han sido detonantes de los movimientos migratorios de ciudadanos europeos hacia Latinoamérica. Lea también: Espero el día en que te pueda ver Compartir Foto: “Hay también quienes (...) más que migrar, huyen”, dijo el periodista Óscar Martínez. Millones de familias escaparon de su realidad para buscar un mejor lugar… así tuvieran que empezar de cero en un país desconocido. El fenómeno de la migración siempre ha estado presente en la historia de la humanidad sin importar el origen ni el destino del viajero. Desde las épocas de colonización hasta el día de hoy el ser humano ha querido ir más allá de sus fronteras. No obstante, unos no lo buscaron, sino que se vieron obligados a hacerlo: reiniciaron su vida en otro país con nuevas costumbres y hasta otro idioma, pero sin olvidar sus raíces. Para nadie ha sido un secreto los estragos que dejaron las diferentes guerras, tanto en los países involucrados como en los colaterales, en ámbitos políticos, sociales y económicos. La situación precaria y la baja calidad de vida en la que se vivía como consecuencia de los conflictos promovieron el desplazamiento en masa no solo internacional, sino a nivel continental. Este fue el caso de la antigua Yugoslavia, disuelta en seis repúblicas independientes: Eslovenia, Croacia, Bosnia Herzegovina, Montenegro, Serbia y Macedonia (y Kosovo, aunque aún no fue reconocida como república internacionalmente). Según el historiador croata Ljubomir Antić en su libro “Los Croatas y América”, las emigraciones masivas de origen europeo comenzaron en los años ochenta del siglo XIX, pues ya había cerca de quinientos mil croatas alrededor del mundo hasta la Primera Guerra Mundial. No hubo una única causa de la emigración, por tanto una conllevó a la otra directa o indirectamente. Aunque la mayoría de casos fueron debido a problemas económico-políticos, en 1910 comenzó la emigración en cadena, es decir, por experiencias de un familiar o amigo que había viajado a América más personas deseaban hacerlo; un pequeño porcentaje de las migraciones fue en su mayoría por capricho que por necesidad. Sin embargo, las familias Frezik ni Brizić hicieron parte de este porcentaje. Ignacio Frezik y Elizabeth Rozeman era una pareja de croatas que decidió salir de su tierra natal, junto a sus tres hijos, por las condiciones en las cuales estaban viviendo luego de la Segunda Guerra Mundial. Katarina Frezik, la hija menor, aunque en ese entonces era muy pequeña, aún recuerda la incertidumbre que cada uno experimentó por el gran conflicto. Katarina, una abuelita de 74 años de edad, con cabello naturalmente plateado, tez blanca y arrugada, contó su historia familiar con orgullo, aunque cuando lo hizo, su rostro reveló expresiones de dolor y angustia de aquellos momentos amargos vividos desde temprana edad. Nació en Croacia terminada la segunda gran guerra, pero cuando apenas estaban iniciando los estragos de esta. Con solo dos años, sus papás tomaron la decisión de dejar su país y fueron trasladados a un campo de refugiados ubicado en Trieste, Italia, en el cual estuvieron aproximadamente cinco años. Allí las mujeres se dedicaron a lavar y cocinar para todos. Los hombres, al trabajo en campos como la construcción o a buscar los alimentos. Durmieron en “algo parecido a una cabaña”, solo que en cada una vivían hasta veinte familias y los espacios estaban divididos únicamente por cortinas. Durante su estadía, la menor de los Frezik recordó que jugaba con los otros niños que estaban allí: “nos gustaba meternos por debajo de las rejas para salir e irnos hasta el campo de prisioneros que estaba al lado (...) solo fui una o dos veces, porque lo que vi ahí nunca se me va a olvidar”, dijo en un tono de disgusto y algo de miedo combinado con angustia. Moviendo la cabeza de un lado a otro y con ojos de desaprobación, siguió: “había esqueletos en fosas con púas (...) eran sitios donde torturaban a los prisioneros”. Transcurridos cinco años, y luego de contagiarse de viruela, la familia Frezik fue trasladada en tren hasta la ciudad de Génova, donde tomaron un barco hacia su nueva vida. Sin embargo, Ignacio y Elizabeth tenían planeado irse para Australia, pero por un error en los papeles, el Comité Católico les asignó Colombia como su destino. “No teníamos ni idea de cómo era Colombia (...) Mis papás pensaban que iban a encontrar indios por las calles”. Pero tras un mes y medio de navegar por el Atlántico y pasar por el canal de Panamá, llegaron a Buenaventura y se dieron cuenta de que no era como se lo imaginaban... ¡habían edificios! Viajaron entonces a Cali y luego, finalmente, llegaron a Bogotá para comenzar desde cero. Tras varios años de arduo trabajo y esfuerzos por aprender el nuevo idioma, los Frezik salieron adelante. Su papá construyó una finca para el entonces Ministro de Fomento, Reyes Martínez; la administró y allí sembró el primer cultivo de fresas en Colombia. Tras la muerte de sus padres, los tres hijos vendieron la finca y Katarina se asentó con su familia en una parte del terreno que compró su padre, el cual le quedó como herencia y donde prepara, en fechas especiales, algunos platos típicos de su tierra natal manteniendo vivo el legado de sus antepasados. Además, allí montó su negocio “El fresal” con el cual han obtenido el sustento diario. Pero la familia Frezik no es la única en Latinoamérica que deleita aún el sabor croata, pues, en Chile, Davor Andrés Brizić Seguich también lo hace. Davor, de descendencia croata-sueca, nació en Chile hace 64 años. Su papá salió de Croacia y buscó refugio en el país costero en 1914, pues familiares y conocidos se encontraban en Chile, cuando tenía entre catorce y quince años; apenas iniciaba la Primera Guerra Mundial. Allí conoció a su esposa, también chilena, pero proveniente de una colonia entre un croata y una sueca establecida en este país, y conformaron su familia. Davor, a pesar de no nacer en Croacia y de hablar español con acento chileno, posee la cultura del país eslavo muy arraigad. Además, tiene una cuenta de Instagram @davorcocinacroata, por la cual se puede llegar a pensar que es nativo croata por sus publicaciones. Comentó que su nana y sus papás nunca se desapegaron de sus raíces y se las transmitieron a él y a sus hermanos. Desde pequeño comía los platos típicos croatas, pero desde hace cuatro años halló en ellos su pasión, convirtiéndose en uno de los mayores exponentes de la gastronomía del país yugoslavo en Latinoamérica. Contó entre risas que a su esposa no le gusta mucho eso, pero que lo acompaña y lo apoya. Además, las familias de inmigrantes en Chile, e inclusive en Perú, Brasil, Colombia, Ecuador, entre otros países, le han pedido preparar “onces o cenas croatas para las reuniones”, manteniendo la herencia y cultura de su país de origen viva entre las generaciones: “así sea un niño pequeño que nunca haya comido los platos típicos, le doy a probar, porque tiene que conocer de dónde viene (...) todos quedan fascinados”. Como se mencionó anteriormente, no solo fue la antigua Yugoslavia la cual vivió los estragos de las guerras, sino la mayoría de países, entre estos, España. De una manera abierta y gentil, y con un hablar que hace pensar en la costa, Ildefonso Castán contó con orgullo la historia de su padre, Vicente Castán Fechán, nativo español, pero de corazón colombo-venezolano. Vicente salió de España, tras vivir las consecuencias de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial que azotaron a su país, a buscar un nuevo mundo. “Él quería venirse a América (...) al final escogió Colombia, porque le atraía muchísimo el llano (...) eso fue lo que lo motivó a él”, recordó entre risas Ildefonso. Llegó a Colombia en 1960 con 33 años, primero a Cartagena. Allí se encontró con varios amigos, y luego a Bogotá, donde halló una posada en la cual daban albergue a españoles inmigrantes. Vicente, en España, trabajaba como dibujante técnico, y a pesar de la situación de su país “no estaba pasando por una necesidad económica (...) él viajó por aventura”, es decir, Vicente sí hizo parte del pequeño porcentaje que viajó por capricho. En Bogotá consiguió trabajo durante tres años en una fábrica de cajas donde conoció a su esposa, con quien duró cincuenta años casado y tuvo 3 hijos. Luego empezó a trabajar en la industria farmacéutica y, por el cargo que tenía, en 1974 lo trasladaron a Caracas,Venezuela donde pasó el resto de su vida junto a su familia, y, aunque nunca conoció los llanos colombianos, falleció, en 2010, con el corazón enamorado de Venezuela y Colombia. Su esposa, hijos y nietos obtuvieron la nacionalidad española por consanguinidad manteniendo así su legado y herencia. Según la información que logró recolectar el Archivo General de la Nación de Colombia de la “documentación relativa a inmigrantes extranjeros, tanto de parte del ‘Ministerio de Relaciones Exteriores’ (Visas y Cartas de Naturaleza) como de ‘Migración Colombia’ (Expedientes de Extranjeros) no es posible saber la cifra exacta de inmigrantes europeos en Colombia en las épocas de posguerra. No obstante, “de acuerdo con los inventarios existentes, hubo 119.188 inmigrantes europeos entre 1914 y 1970”, buscando refugio - o aventura - en Latinoamérica. El doctor en Antropología Social Jacques Ramírez sostuvo que los países del cono sur tenían políticas estrictas o manejaban un aperturismo segmentado hacia los viajeros europeos, es decir, no aceptaban a todos los migrantes. Colombia fue uno de los países que más se conoció por su no-apertura a extranjeros, pero Ramírez explicó que fue porque estas oleadas de migrantes ocurrieron al mismo tiempo que los periodos de violencia en el país, así que “el país no estaba interesado en recibir refugiados”. El factor común que tuvieron los Frezik, Castán y Brizic, para establecerse en América del Sur, fue que contaron con ayuda de una organización, como el Comité Católico, de amigos o conocidos que ya se encontraban residiendo en los respectivos países, para comenzar un nuevo capítulo en sus vidas. Así, aún después de más de setenta años de los diferentes conflictos que los hicieron emigrar de sus tierras, fueron capaces de vivir para contarlo, y que parte de su cultura europea aún viva en el cono sur.
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Incertidumbre para emprendimientos colombianos Fatme Sahara Deirani Prieto, Comunciación Social y Periodismo Tras la pandemia, restaurantes del Centro Comercial Centro Chía entraron en quiebra y, al no poder aplicar a las ayudas del Gobierno, tuvieron que tomar decisiones drásticas. Ver también: ¿Cómo va la reapertura económica en Colombia? Compartir
- Relatos que construyen: La región desde lo no-hegemónico
Relatos que construyen: La región desde lo no-hegemónico Unisabana Medios Para las minorías, el proceso de reivindicación y lucha frente a los grupos dominantes en una sociedad es una constante. El enfrentamiento diario contra un sistema estructuralmente discriminatorio ha dificultado que sus historias sean de común conocimiento, marcando así el destino para su incesante batalla por la creación de ambientes seguros y diversos. Este reportaje hace parte del especial multimedia "Iberoamérica: Un cuento colectivo", realizado en marco del 11° Festival Gabo. Ver también: Iberoamérica: Un cuento colectivo Compartir
- Rostros de una Venezuela en crisis: La ‘mami’ de La Parada, una luz para los migrantes (Venezolanas en el exilio)
Entre los cientos de migrantes que cruzaban a diario la frontera con Venezuela, hay mujeres que han tenido que adaptarse a una nueva condición de vida para obtener lo necesario para sobrevivir. Presentamos la primera parte de una serie de tres historias de madres venezolanas que viven en Villa del Rosario, Norte de Santander. Rostros de una Venezuela en crisis: La ‘mami’ de La Parada, una luz para los migrantes (Venezolanas en el exilio) Isabela Granados y Salua Murad Entre los cientos de migrantes que cruzaban a diario la frontera con Venezuela, hay mujeres que han tenido que adaptarse a una nueva condición de vida para obtener lo necesario para sobrevivir. Presentamos la primera parte de una serie de tres historias de madres venezolanas que viven en Villa del Rosario, Norte de Santander. Contenido completo Autor: Natalia Bustos Para ella, los asesinatos no eran unas simples cifras, porque a su hijo lo habían matado por venganza. Él hace parte de los 40 jóvenes que matan al día en Venezuela, según un informe del Observatorio Venezolano de Violencia, en el que se resalta que en el 2018 murieron 14.736 jóvenes por violencia y 5.364 por violencia policial. Delia Véliz, de 47 años, vivía en Valencia, estado de Carabobo (Venezuela), con su familia. Queriendo un mejor futuro y como un acto de resiliencia, migró a Colombia en una camioneta hasta Villa del Rosario, Norte de Santander, junto a sus seres queridos. “Le dije a mi nuera: ‘¡Vámonos!’. Lo decidí un sábado. El lunes siguiente agarramos las maletas y nos vinimos con mis nietos y mi hija”. Huyó de su país en busca de saciar una de las necesidades básicas del ser humano: su alimentación. Aunque, cuando ella lo explica, quizás ese fue el elemento que hizo derribar el vaso en el que se ahogaba. Un ahogo que aumentó cuando asesinaron a su hijo, Andy Josué Veliz, de 22 años, a quien mataron para cobrar algún tipo de venganza hacia ella –como asegura- porque era opositora del gobierno y secretaria en la Asamblea Nacional. Hoy vive solo con su hija, pues sus nietos y nuera tuvieron que devolverse porque las condiciones de vida en la frontera no eran las más adecuadas para los pequeños. Habita una casa con 35 personas -la mayoría mujeres y madres- en el barrio La Parada de Villa del Rosario. No es el sector más seguro para vivir. Tuvo que “ganarse su lugar” allí. Aunque es constante la sensación de que la están vigilando, está tranquila porque, como dice, ha logrado ayudar a varios venezolanos que han llegado al país sin ningún apoyo. Sus ‘hijos’ –como los llama- la protegen de los peligros a su alrededor. Ellos saben que si la pierden, se va la luz que los está sacando del torbellino oscuro que ha provocado su migración. En la residencia -de dos pisos- se pagan cuatro mil pesos por persona para dormir. Solo hay una habitación en la que duermen diez familias, el resto se acomoda en carpas en la terraza, a la intemperie, o en la sala y comedor de la casa. Desde las cuatro de la mañana hay fila para entrar al baño y la situación en la cocina no es muy diferente. “Puedo asegurar que de todos los que estamos aquí, a ninguno le faltaba cama en Venezuela. Pero, ahora en nuestro país no tenemos lo más básico y acá, por lo menos, puedo comprarlo para enviarlo a mi familia”. Ella es el reflejo de la crítica situación de vivienda en la frontera, que según Pepe Ruiz, alcalde de Villa del Rosario, se debe a que “no se han tomado medidas al respecto, porque no existen los recursos para suplir esta necesidad”. Hace parte de los 1.174.743 venezolanos que hay en el país, según Migración Colombia. Algunos de ellos se quedan buscando una fuente de trabajo en Cúcuta o municipios aledaños, otros siguen su rumbo a la capital o a otro país. La ‘Mami’ de La Parada -conocida así por algunas personas del barrio gracias a su carisma y calor maternal- es voluntaria en el comedor de la casa de paso Divina Providencia, en donde se dan desayunos y almuerzos a unos 1.500 venezolanos cada día. “A voluntarios, entre venezolanos y colombianos, se les paga con un plato de comida”, afirma el padre José David Caña, padre de la Diócesis de Cúcuta y director del lugar que le ha cambiado la vida a cientos de migrantes en la frontera. Allí, a diario, la escena es desgarradora. Decenas de niños, mujeres embarazadas y adultos mayores hacen la fila a las afueras de la casa, cerca del corazón de uno de los barrios más peligrosos de Villa del Rosario, para alcanzar una ficha que les permita reclamar el alimento. Las altas temperaturas hacen que los menores se acerquen varias veces a los voluntarios para que les den agua. La ropa de algunos está sucia y rota porque han tenido que dormir en el suelo. Los platos son completos y cuentan con lo necesario para saciar el hambre del día. Sin embargo, hay quienes –tal vez por su situación- no logran alimentarse por completo, como una madre que le suplica a su hijo comer porque “no saben si puedan volver a comer pronto”, u otra que tiene que guardar la comida en una bolsa plástica para “comer más tarde”. Delia Veliz es testigo del sufrimiento. Cuando acaba la jornada, se sienta en una mesa y llora. Es difícil y lo sabe, pero saca fuerzas para ir con su hija a vender tintos en otro sector de La Parada. A punta de café, consigue el dinero para pagar los ocho mil pesos diarios de arriendo de la residencia y enviarles algo de alimentos a sus familiares. Ellas hacen parte de 70 por ciento de personas que trabajan en la informalidad en Villa del Rosario. Aún así, tiene claro que debe seguir ayudando. “Yo nací en un país libre”, relata Veliz con nostalgia. Para ella, no luchar por su nación sería egoísta. Ahora, “pelea” contra la pobreza y la mala calidad de vida de sus ‘hijos’. Es una guerrera que busca salir adelante para sacar a los suyos. Como digna madre y abuela, no se rinde, porque sabe que su país debe “retornar a lo que era, porque sus compatriotas ya conocieron la democracia y quieren volver a ella”.
- Aires sin paz
Aires sin paz María Narváez Fecha: El Estado debe hacer presencia y garantizar los derechos humanos en el Cauca. La guerra sigue en el territorio. Lea también: “La memoria histórica tiene un compromiso con las víctimas” Compartir Foto: Matthias Bachmaier de Getty Images Education. Los “camaradas” le recomiendan a la población no salir de sus viviendas después de las cinco de la tarde ni abrir sus locales comerciales como tiendas, bares, billares y demás establecimientos públicos los fines de semana. El sábado, que suele ser el día de mercado, se exige no salir a la plaza porque están en toque de queda. En Buenos Aires, Cauca, donde hace un mes fue asesinado el subintendente de la Policía Carmelo José García Gómez, en medio de un ataque terrorista por la detonación de un carro bomba, la comunidad sigue sufriendo atentados y amenazas por parte de las disidencias de las FARC y de muchas otras organizaciones al margen de la ley que operan allí, en un departamento donde en menos de 24 horas asesinaron a cuatro policías y el Estado hace presencia en Twitter con hashtags como “#SiempreLosRecordaremos”. Los toques de queda, se dice entre la comunidad, son para proteger a la población. El no estar en las calles después de las cinco de la tarde es para “prevenir” que los ataques de las disidencias —como la de 'Jaime Martínez', que explotó un carro bomba frente a una estación de policía el pasado 20 de septiembre — caigan personas de la sociedad civil, como mi abuela, quien vive en el pueblo. Este tipo de historias me las cuenta ella. Hacen parte de su cotidianidad. En el pueblo, tener un celular no significa que siempre se pueda usar, pues mi familia y yo hemos tenido que estar incomunicados por semanas enteras. ¿Por qué? Por el miedo que les genera a las empresas de las redes, que ofrecen la señal telefónica, enviar a operarios al sector a arreglar los daños causados por los enfrentamientos armados. El hecho de que el Ejército haga algo de presencia no significa seguridad. Mi abuela, cuando va al parque, con suerte logra llamarnos o escribirnos y decir que ella y el resto de mis seres amados están bien. Mientras tanto, nosotros vemos en noticias cómo azotan a nuestro pueblo en enfrentamientos armados, entre la poca presencia del Estado con las Fuerzas Armadas enfrentándose a las disidencias de las FARC y los diferentes grupos al margen de la ley, que son los que “mandan” en esta zona. En el atentado del pasado 20 de septiembre en la estación de Policía, al menos dos personas fallecieron y dos más quedaron heridas. Yo estoy a unos 540 kilómetros del municipio de donde es mi madre. A pesar de que no nací ahí, en esa región he sentido lo que para mí es la felicidad, plenitud y paz; aunque interrumpida por el conflicto armado que azota al departamento. Ha sido un asunto complejo y de larga data que ha involucrado a diversos actores y tenido un impacto significativo en la población (comunidades indígenas, afrodescendientes, campesinas) y en la región en su conjunto. Cauca, un departamento ubicado en el suroeste de Colombia, ha sido en la historia una “zona roja” en conflicto por tierras y recursos naturales. Desde mediados de la década de 1960, grupos guerrilleros como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) operaban allí; hoy están las disidencias. Estos grupos han estado involucrados en enfrentamientos armados, secuestros y extorsiones que mantienen a la población en vilo. Con el Acuerdo de Paz entre el gobierno colombiano y las FARC, así como la reducción de la actividad paramilitar, la situación en el Cauca comenzó a cambiar. Sin embargo, la presencia del ELN y otros grupos armados disidentes, así como los desafíos socioeconómicos, han mantenido un grado de inestabilidad. Hoy se afrontan desafíos relacionados con la seguridad, la gobernanza territorial, la implementación de los acuerdos, el desarrollo económico y la inclusión de las comunidades marginadas. La presencia de grupos armados, la violencia y la pobreza son problemas persistentes que requieren atención y soluciones integrales. En la actualidad, las elecciones regionales están en riesgo de ser aplazadas en este departamento por la violencia que los ha venido agotando en estas últimas semanas, como si los habitantes de estos municipios no hubieran sufrido bastante ya para garantizar un cambio. No tiene sentido que sean aplazadas. El Estado debe hacer presencia y garantizar los derechos de los ciudadanos para elegir nuevos gobernantes. Así como hace un año atrás estaba la actual vicepresidenta votando en su municipio natal, Suárez, Cauca, vecino de Buenos Aires, con todas las calles del pueblo militarizadas y protegiéndola, es indignante que no pueda protegerse de la misma manera a la comunidad.
- La preparación, clave en el activismo, según Laura Rivera
La preparación, clave en el activismo, según Laura Rivera María Camila Narváez, estudiante de Comunicación Social y Periodismo Fecha: La activista y líder social habla de su trabajo y de su participación como ponente en la XVII Cumbre mundial de comunicación política. Lea también: Los jóvenes, en todo y... ¿en nada? Compartir Foto: Unsplash Laura Rivera es una activista, líder social y mamá, que ha dedicado 10 de sus 25 años de edad al trabajo social, transformando realidades de los más necesitados y siendo la voz de quienes no pueden expresarse como los niños y sus madres en condiciones de vulnerabilidad. Esta tocancipeña se distingue por sus diferentes ponencias en cumbres, congresos y por ayudar a la comunidad más necesitada de este municipio. La participación política de las mujeres en procesos electorales fue la ponencia de Laura Rivera en la Cumbre mundial de comunicación política, que se dio del 19 al 21 de octubre de 2022 en Buenos Aires, Argentina, y a la cual Laura cataloga como “una experiencia maravillosa y memorable”. Laura es un vivo ejemplo de que la participación de las mujeres en la política es importante, no por el simple hecho de que hagan cumplir su derecho a la participación, sino también porque permite que se fortalezca la democracia, facilita la construcción de una sociedad pluralista y contribuye a la erradicación de los estereotipos de género. Además, en Colombia existe la Ley de cuotas, que es el nombre que recibe la Ley 581 de 2000, por medio de la cual se dispone que el 30 por ciento de los altos cargos públicos deben ser ejercidos por mujeres. Actualmente, existe un proyecto de ley que tiene como objetivo que la Ley de cuotas en los cargos ejecutivos pase del 30 al 50 % para disminuir las brechas de género y las barreras históricas que han dificultado la participación de las mujeres en nuestro país. Laura Rivera opina sobres estos temas, cuenta sus experiencias y vivencias que le ha dejado la política a lo largo de su carrera y de su gestión social para la comunidad. ¿Qué opina del proyecto que busca reformar la ley de cuotas? Las mujeres tenemos el derecho a participar y por ende el derecho a ser elegidas, así que me parece lo más justo que se reforme y se logre esa participación equitativa. Hablando de “participación equitativa”, ¿cuáles son esas barreras que las mujeres afrontan cuando quieren incursionar en la política? Desde mi experiencia, lo que he tenido que vivir y también evidenciar son 3 principales. Primero, la barrera social. Aún existe machismo y hombres conservadores que durante siglos tienen a las mujeres relegadas y excluidas. En la cultura política aún piensan que es un campo para hombres. Pero eso no nos detiene y ¿qué nos hace tener a cada una de nosotras el deseo de participar en la política? El deseo de transformar las realidades de las mujeres, el apoyo entre nosotras. Segundo, la barrera económica. En la política siempre hay caciques que llevan años recaudando dinero y nosotras, al ser nuevas, no tenemos esas mismas capacidades económicas que sin duda alguna nos ponen en desventaja muchas veces. Por último, la presión social, somos juzgadas por nuestra apariencia. Si eres bonita te va bien o piensan que “le hiciste el favor a alguien” y por eso estás en ese cargo o posición. Teniendo en cuenta estas barreras ¿qué es lo más importante para incursionar en este mundo? Nos debemos capacitar primero, porque no hay nada más sexi que la inteligencia y tu apariencia física debe importar los primeros 5 minutos, después debes tener algo más que ofrecer. Capacitarnos para adquirir conocimientos, desarrollarlos y transmitirlos a nuestro alrededor. ¿Qué mensaje les da a las mujeres que aun opinan que la política es para los hombres? En un país como Colombia, que es megadiverso pero también mega disperso y donde las brechas de desigualdad aún están tan marcadas, yo pienso que las mujeres debemos ponernos los pantalones bien puestos y ser la vocería de quienes no pueden. Ser la representación de los que no tienen voz, como en mi caso, ya que soy tan apasionada al tema social, estoy en constante lucha por la violencia de género de las mujeres y los niños. El ser madre me ha traído una empatía y sensibilidad increíble por los pequeños que no son escuchados y viven en violencia o vulnerabilidad. Las mujeres que quieren incursionar en la política deben asumir su papel en la sociedad, ser conscientes de la enorme responsabilidad que tenemos y el impacto que generamos. No somos débiles e incluso tenemos más capacidades que los hombres. Está comprobado que, por ejemplo, somos mejores administradoras. Así que es cuestión de creer en nosotras y en la labor que hacemos incluso desde nuestros hogares, porque ahí también estamos construyendo sociedad. Respecto a las mujeres que actualmente participan en política en Colombia, ¿hasta qué punto tienen una base legal y un ambiente adecuado en su labor de representación? La verdad el ambiente es solitario. Pero, siempre pedimos respeto, encontramos muchas veces apoyo, solidaridad e incluso justicia entre nosotras mismas. Igualmente, contamos con nuestro derecho a participar y ser elegidas, debemos acogernos a ese derecho y no tener miedo a hacerlo cumplir. Ya que habla del apoyo que se dan entre mujeres, ¿todas las mujeres son líderes? Todas las mujeres somos líderes, pero no todas debemos ser figuras públicas para serlo. El hecho de tener nuestra condición de ser mujeres, de ser esa figura maternal y muchos sinónimos que nos representan como la humanidad, transparencia… Nosotras somos y debemos considerarnos necesarias y fundamentales porque lo somos. Nosotras somos las encargadas de dar vida para continuar el legado de la humanidad y es por esto mismo que todas, desde cualquier espacio que estemos, aportamos para la construcción de sociedades con aptitudes tan lindas como ser más sensibles, que es lo que el mundo necesita en este momento. Las mujeres tenemos esa empatía por los más necesitados. En su labor como líder, ¿ha sido víctima de violencia por sus opiniones? Sí, por rumores falsos, fake news, comentarios ofensivos, amenazas y demás. Esto lo vive cualquier persona que quiera estar en el ámbito social y temas políticos. Yo pienso que a las mujeres nos cobran muy duro todo, por ejemplo, por cómo nos vestimos, hablamos, nos sentamos, hasta cómo y de quién nos enamoramos, entonces es por esto por lo que tenemos el doble de desafíos y por ende mucha responsabilidad. Por otro lado, me gustaría saber ¿para usted qué rol considera que deberían tener los hombres en la participación de las mujeres en la política? Sencillamente de apoyo y acompañamiento como cualquier otra persona. Esa frase de que “detrás de un gran hombre hay una gran mujer” no sé de dónde salió, porque muchas veces en nuestro rol como madres, esposas e hijas es que los hombres cumplen sus objetivos políticos. Entonces, por qué seguir apoyándolos a ellos y por qué seguir ayudándolos cuando nosotras mismas podemos ejercer ese rol. A mí me gusta la consultoría y en mi caso personal con mi esposo Nelson Castelblanco (empresario, líder político y candidato a la alcaldía de Tocancipá en el año 2019) él es el candidato, no yo, pero yo abandero los procesos sociales en su campaña y doy las ideas tras bambalinas. Pero si yo quisiera salir al “barro”, como dicen por ahí, no tendría ningún problema y tengo todas las capacidades para hacerlo y su rol seria apoyarme. ¿Cuál es el mensaje que Laura ha venido construyendo a lo largo de su carrera? Mi trabajo es transmitir el mensaje: las mujeres desde cualquier lugar que estén aportan para construir una sociedad más justa, sensible e inclusiva. Todas somos líderes y somos fundamentales para la construcción de sociedad.
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"El centavo": economía para no economistas Juan Diego López Piraquive, Joselin María Cuartas Barrios, Sara Alejandra Forero Lesmes del Programa de Comunicación Social y Periodismo Información y debate sobre temas relacionados con la economía del país. Aquí se habla del gremio de los restaurantes, la banca de oportunidades y el sector primario de la economía. Ver también: ¿Cómo va la reapertura económica en Colombia? Compartir
- Crisis en bares y restaurantes nocturnos
Crisis en bares y restaurantes nocturnos Karen Matías, María Camila Vargas, Sebastián Ayala En este producto de opinión, se plantea la importancia de este sector para la economía del país y las implicaciones de que sea uno de los más afectados por la pandemia. Ver también: Cuestión de supervivencia: 22 mil restaurantes han cerrado sus puertas Compartir
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