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  • Vories: Bloqueo creativo

    Vories: Bloqueo creativo Valeria Franco Cárdenas, Maria Paz Sierra Valencia, Sara Daniela Sánchez Urrego, Juan Pablo Bermudez Riaño, Valeria Paola Colina Aguilar y Ana Sofía Ñustes Heredia, estudiantes de Comunicación Audiovisual y Multimedios. Valeria Franco Cárdenas, Maria Paz Sierra Valencia, Sara Daniela Sánchez Urrego, Juan Pablo Bermudez Riaño, Valeria Paola Colina Aguilar y Ana Sofía Ñustes Heredia, estudiantes de Comunicación Audiovisual y Multimedios. En este videojuego, Angélica vencerá a sus enemigos para encontrar inspiración en mundos literarios que la llevarán a escribir el mejor libro de su vida. Haz clic para acceder al contenido Ver también: Compartir

  • El obispo anglicano que busca su propia catedral

    El obispo anglicano que busca su propia catedral Juan Nicolás Barahona, Comunicación Social y Periodismo Fecha: El fundador de 3 iglesias anglicanas en Colombia y Ecuador aún anhela la consolidación de los derechos religiosos en el país. Lea también: ¿Qué les venden a las personas en el Centro de Cienciología en Bogotá? Compartir Foto: Foto: Juan Nicolás Barahona Al tocar el timbre, una sombra pasa en el tercer piso, agitando unas cortinas de diferentes telas y colores de apariencia desgastada. El chirrido del óxido, cuando se abre la ventana, hace que suba la mirada. Una mujer anciana se asoma y se dirige al sacerdote que me acompaña: - ¿A quién necesita? - A monseñor Rosendo. Venimos para la reunión. - Un momentico. Tras unos minutos, un hombre de tez morena, alto y de nariz aguileña, abre la puerta del primer piso. Su figura levemente encorvada permite detallar las raíces de unas canas cada vez más abundantes. Viste sobrio, de traje y zapatos negros. La camisa morada que lleva puesta y el clériman que le recorre el cuello delatan su condición de religioso. Luce cansado y se mueve cabizbajo, bamboleando sutilmente su cuerpo. Cuando sube la vista, su rostro se ilumina con una sonrisa. Ésta tiene una mística curiosa: se hace inevitable no responder de la misma manera. -“¡Padrecito!”, le dice el hombre al sacerdote que me acompaña, abriendo los brazos en señal de camaradería. En las palabras que extiende en el saludo se hacen evidentes sus falencias de dicción: las erres las pronuncia como si fueran ges y le cuesta un poco iniciar sus frases. Sin embargo, esto no es le es un impedimento para predicar la Palabra en una casa, en una iglesia o en un cementerio cada domingo (como mínimo). Este hombre amable y de ademanes tranquilos es monseñor Rosendo Úsuga Higuita, obispo, líder espiritual y fundador de la Iglesia Universal Apostólica Anglicana en Colombia. Y, aunque hoy puede pasar inadvertido, quizás como un cura más, su influencia en la legislatura que rige al país perdura aún después de 27 años: el artículo 19 de la Constitución política del 91, que le permite a las personas profesar su religión sin tapujos, sin temores, sin represión, es el resultado de la lucha que emprendió hace varias décadas junto con otros líderes religiosos. Por la democracia, por los derechos Úsuga Higuita es uno de los principales promotores y defensores de la garantía a la libertad de cultos en Colombia, hecho que, en un país de raíces conservadoras, no ha sido para nada fácil. En los años 80s, vivió en cierta clandestinidad por la ferviente persecución que promovió la Iglesia Católica Romana contra las corrientes divergentes de su credo. Reunido en cafés y en recintos poco llamativos y ocultos, fue congregando a cuanta comunidad religiosa pudo. En el proceso sufrió difamación y encarcelamiento, como también ataques e improperios. Turbas fanáticas o miembros de la fuerza pública eran movilizados por algunos líderes católicos cuando hacían misas los domingos en el Cementerio de Chapinero. “Llegaban con palos y piedras”, recuerda, justificándose en el acuerdo Iglesia-Estado conocido como concordato. “Son incontables las veces que nos llevaron presos. Pero no nos dejamos callar”, cuenta Octavio Correal, obispo de la Iglesia Ortodoxa en Colombia y amigo de viejos tiempos de monseñor Rosendo. “En la cárcel empezamos a idear ese sueño. Nos llevaban y nos llevaban pero seguíamos en la lucha, queríamos romper las diferencias. Hoy sigo andando con él por la valentía y la honestidad que ha demostrado”. Después de convencer a muchos compañeros y a uno de los presidentes de la Constituyente, el 4 de julio de 1991, día en que se firmó la Constitución, fue para monseñor Rosendo uno de los momentos más felices de su vida, pues logró uno de los avances más grandes en el reconocimiento de los derechos de los colombianos: la libertad de cultos. Pasadas casi 3 décadas de todo esto, el obispo nos invita a seguir a su casa. La baldosa de la entrada es fría, y la subida, oscura. Su casa no es ningún palacio, ni mucho menos una sede primada de grandes proporciones. Más bien es un pequeño apartamento en un tercer piso ubicado en Modelia, un barrio de clase media al occidente de Bogotá, y en donde la calma se perturba por el estrepitoso y continuo pasar de los aviones del Aeropuerto El Dorado. El relato de la cárcel viene a mi mente: sentado en el suelo, recostado contra la pared de los calabozos de la Policía, monseñor empezó la redacción del mencionado artículo. Del encierro, tras las rejas y rodeada de luz mortecina brotó aquella semilla de libertad. De humano, de padre y de obispo Tras subir la escalera, que se hace opaca e interminable, una sala adornada de cuadros, muebles antiguos y figuras religiosas se abre ante nuestros ojos. Al fondo del recinto se ven los fuegos de una estufa que calienta una olla chocolatera y otra que hierbe el agua para un caldo de papa. Son pasadas las 9 de la mañana, y monseñor, hasta ahora, se prepara para tomar el desayuno. Los afanes y el temor de la persecución lo han abandonado. Incluso ha adelgazado, acostumbrándose a comer tarde y poco. El edificio en el que estamos, que es donde vive el obispo, pertenece a sus suegros. ¿Suegros? Puede sonar extraño, sí, aunque es innegable. Rosendo Úsuga, además de ser sacerdote, es padre de dos hijas y hace más de 30 años vive con Claudia Gil, su esposa. La iglesia a la que pertenece, la anglicana, le permite formar su propia familia, hecho que, asegura, le ha dado mayor fuerza a lo que predica en cada misa. “La Iglesia está en la familia y la familia está en la Iglesia. Debe existir un crecimiento y un testimonio de hogar. El sacerdote debe estar preparado para orientar, dirigir y dar consejo. Y la familia será siempre ese bastón de unidad. A pesar de que yo tengo muchas responsabilidades, sé que no es difícil combinar las dos cosas, porque como sacerdote, esposo y padre sé que tengo que dar el ejemplo de las enseñanzas de Dios”, me dice Úsuga. Mientras me habla, va disponiendo su casa para recibir a los sacerdotes que se reunirán en la asamblea mensual ordinaria de su Iglesia, donde se definen las estrategias de su labor pastoral. Úsuga Higuita, además de ser fundador de 3 iglesias anglicanas en 2 países distintos, del Comité Pro-libertad Religiosa y de Conciencia y de más de 9 misiones religiosas a nivel nacional, lidera actividades continuas de desarrollo social en las comunidades menos favorecidas de Bogotá, especialmente en Ciudad Bolívar. La señora Claudia prepara la mesa donde acontecerá la reunión. A pesar de la sencillez del recinto y de las cosas, se dispone lo necesario para que todos estén cómodos. Al recorrer el lugar, se hace evidente que monseñor Rosendo no posee un gran capital. “Vive de lo que gana por sus misas y de eso no le queda para acumular”, me dice su esposa, sonriendo. Conforme se desarrolla la reunión, aprovecho para hablar con su hija, también llamada Claudia. Ella destaca que monseñor nunca ha descuidado sus responsabilidades familiares: “Mi papi es un poco penoso para mostrar su amor, pero eso no significa que no sepa darlo. De él nunca nos ha hecho falta el consejo y la atención. Hay ratos en los que ha sido estricto con nuestra crianza, como cualquier papá, pero al final la vida le da la razón. Nos ha enseñado a querernos, a ser cuidadosas, nos ha evitado malas decisiones . Mi hermana Lorena y yo pudimos estudiar y ahora vivimos bien por el apoyo que nos dio junto a mi mami. De ellos no nos ha faltado nada”, dice. Esa aparente dureza a la que se refiere su hija tiene un origen: Úsuga Higuita es el décimo de 20 hijos de una familia campesina y de escasos recursos de Santa Fe de Antioquia. Tuvo siempre presente la obligación de ser y de sentirse útil, de estar dispuesto a ayudar a su familia y, prácticamente, de medírsele a lo que fuera. Aún le duele recordar la impotencia que sentía al no poder protegerla y de verla llena de necesidades. Le brotan las lágrimas y se le entrecorta la voz. A modo de catarsis, se ha entregado de lleno a los feligreses o a quien lo necesite, recordando el tesón de sus padres, que iba entre la dureza y la dulzura. “La gente muchas veces llega aquí a la casa pidiendo algo de comer, o cuando va a alguna comunidad las personas le piden dinero, y él no tiene problema de entregarlo, de ayudar. Muchas veces él me dice: ‘Venga, mija, colaborémosle a esta gente. Usted da esto y yo pongo esto’, o empieza a gestionar. Hay momentos en que lo debo detener, porque sí hay muchos que lo quieren, pero me da temor que alguien pueda abusar de su confianza”, me dice la señora Claudia, ya con calma, terminada la asamblea. Dos veces Salimos con monseñor Rosendo a las calles de Bogotá, porque se dirige a otro encuentro de carácter religioso. Subimos a un carro. Hay trancones, pero, gracias a esto, también más tiempo para conversar. A sus 61 años, él ya no va con tanta prisa, aunque ha vivido momentos de muchísima tensión. Precisamente, en un vehículo estuvo frente a la muerte: el cañón del arma que le quitó la vida a dos de sus compañeros religiosos. Fue en julio del 2013. Dos sacerdotes de la Iglesia Universal Apostólica Anglicana habían sido asesinados en el barrio Kennedy, de Bogotá. Cuando se transportaban, junto a monseñor, para recibir un dinero prometido como “donación”, fueron abordados por hombres armados… “Fue un milagro lo que me sucedió. Cuando nos atacaron, forcejeé con uno de los asesinos. Cuando me sentí cansado, bajé la cabeza y esperé el disparo. Los minutos me parecían horas, hasta que me di cuenta de que estaba solo. Los padrecitos estaban muertos. Durante meses no paré de llorar”, dice, mirando por la ventana. En otra ocasión, oficiando un velorio, se realizó un atentado contra los familiares del difunto. Recuerda, ante todo, el sonido de los impactos contra la biga que lo protegía. Todo lo resume en que, tras la tragedia, no hay retroceso claro ni modo objetivo para empezar de nuevo. “Fue difícil cuando sucedió lo de los sacerdotes. Fueron los meses donde más triste lo vi. Si antes era un poco retraído, esa vez se recogió mucho. No quería hablar y pasaba mucho tiempo como si estuviera perdido. Lo que lo ayudó fue el acompañamiento que le hicimos y también de toda la gente que lo quiere. Era impresionante ver todo el apoyo que recibió. Se dio cuenta de que no estaba solo y de todo lo que había cultivado hasta el momento”, me dice su hija menor. Tras esos sucesos, me cuenta su esposa, lo ven más sensible, aunque a simple vista no lo parece: su mirada se torna seria y profunda, y en el rostro carga, aunque no lo quiera, una especie de tristeza cuando no hay quien lo acompañe. Cosa distinta sucede cuando se comparte mucho tiempo con él. De a poco rompe ese velo. En sus eucaristías, en los congresos religiosos y hasta compartiendo un almuerzo emite un aura de sumo respeto, pero sin trasponer su tranquilidad y su sencillez. Cuando se siente bien, es activo y sonriente. Siempre sonriente. Mientras avanzamos, me cuenta lo difícil que ha sido lograr la aplicación de los artículos para la libertad religiosa en Colombia. “Aunque ya no hay persecución, aún no hay igualdad en el país”, me dice. Su afirmación se confirma con el hecho de que solo hasta el 2018, 27 años después de ser firmada la Constitución, el Estado aprobó, mediante decreto, las primeras políticas públicas sobre este tema, que aún faltan por desarrollar. Ya llegado a su lugar de destino, monseñor Rosendo se despide dando bendiciones y estrechando sus dos manos. Antes de que la luz del semáforo de enfrente cambie a verde, me dice: “Yo sueño con tener una catedral muy bonita para mi Iglesia. Por lo menos ya edifiqué una: mi familia, y quiero que se consolide la otra: la verdadera libertad religiosa en Colombia”.

  • Los retos del país, en la visión de Santos

    En este capítulo, conoce también las impactantes cifras en torno a los desperdicios en Colombia, entre otras noticias. Los retos del país, en la visión de Santos Laura Ubaque, Luisa Moreno, Kelly Medina, Andrés Caamaño, Sebastián Bustos, Karol Peña, Paula Belalcázar, Danelys Vega, Gabriela Velásquez, Deisy Nivia, Nicolás Villamizar, Juliana Novoa, David Suárez, Mara Mulett, Tatiana Marta, Valeria Ramírez. En este capítulo, conoce también las impactantes cifras en torno a los desperdicios en Colombia, entre otras noticias. Ver también: Piropos en la calle: una forma de acoso Compartir

  • Ánimas digitales

    Ánimas digitales La animación digital en Colombia aporta el 0.1% de la industria a nivel internacional y, en el país, produce más ingresos que el cine y la televisión. Haz clic para acceder al contenido Ver también: Maestro de la animación japonesa Compartir

  • Renacer al calor del tropel

    Renacer al calor del tropel Sophia Martin Peñula, Comunicación Social y Periodismo Fecha: El movimiento estudiantil ha tenido momentos oscuros, pero, como aquella ave fénix que renace de sus cenizas, se levanta en manos de nuevas generaciones que tienen hambre de cambio y justicia. Lea también: Las públicas, de mal en peor Compartir Foto: Sophia Martin Peñula Luces, cámara y acción. Corre la película. Corre la vida real de Colombia y su mal. Corre su historia, corren sus leyes y sus pueblos. Corren sus estudiantes, como si de actores fugaces se tratase. … Se congregan en la plaza Ché. Se expresan en el auditorio León de Greiff. Se pronuncian en la entrada de la calle 26. … Esta no es una película cualquiera, en este filme de realidad hasta Tarantino habría de sentirse desconcertado. Ni teóricos, ni políticos, ni filósofos logran entender la complejidad de este pueblo, carente de estrellas hollywoodenses y lleno de productores independientes. Desde años atrás, el pueblo colombiano ha venido desplazándose entre ideologías y partidos para tratar de definir su esencia. Primero la gran pregunta era si usted era godo o liberal – ¡y vaya si era peligroso responder! – años más tarde, aunque se crearon nuevos partidos y diversas propuestas, seguía siendo fácil tildar a alguien por sus ideas con adjetivos específicos. Si usted era de la élite probablemente hablaba de la derecha, de la importancia del sector privado y de la necesidad constante de desarrollo económico. Por el contrario, si usted hablaba de la desigualdad, de la importancia de educación gratuita y participación política real, era tildado de comunista y años más tarde, de guerrillero. … Se ponen capuchas, salen a hablar con el resto del estudiantado. … Y entonces, los grandes medios, esos que habían sido llamados a ser el contra poder, optan por dejar la balanza desequilibrada. “Los medios suelen cubrir la protesta desde 4 principales encuadres: vandálico, de circo, de confrontación y de debate – comenta Víctor García Perdomo, Doctor de Comunicación y Periodismo y Máster en Estudios Latinoamericanos, sobre lo que explica el paradigma de la protesta – (...) casi siempre los medios tradicionales de comunicación tratan de representar a la protesta y a las personas que protestan de una forma que no es adecuada”. Sin embargo, ¡no desesperen! acá nada es lo que parece y lo que parece suele no ser nada. … El arte se toma el escenario, caen telas, suenan tambores. … La mirada se dirige al techo, se esboza una sonrisa en los labios de un joven y así, las memorias parecen pintar las paredes del cuarto en el que se encuentra. Mientras sus palabras salen, el lienzo en blanco que está detrás de él es el escenario perfecto para quien sabe escuchar. Aunque, para ser honestos, esta es una de las más grandes dificultades que suele tener nuestro país. “La primera vez que yo vi unos capuchos, estaba en clase de cálculo y ellos llegaron llenos de pintura porque los marcan para saber quiénes están protagonizando los disturbios, eso me causó mucha curiosidad - mientras narra lo sucedido, José Manuel Bonilla, estudiante de Ingeniería Mecánica de La Universidad Nacional, recorre con su mirada cada objeto que se ubica frente a él. Sin embargo, no mira lo que está ahí, mira más allá; mira hacia el pasado. – (...) Luego salí a la entrada principal y estaban en enfrentamientos con el ESMAD. Y la verdad a mí me dio mucha emoción, quería saber qué estaba pasando, quería sentir en carne propia. José Manuel, quien a diferencia de sus dos hermanos había estado gran parte de su vida en un colegio militar, no se imaginó nunca pensar en que aquellas arengas podían tener algo valioso por contar. Y ahí, sin saberlo siquiera, José había superado una de las más complejas barreras que hemos tenido como nación. Dejó de lado aquellos conceptos que repetían una y otra vez quienes lo rodeaban – “son unos vándalos, eso no está bien”– y decidió escuchar. Entonces, las voces de los estudiantes caídos en 1929 y 1956 retumbaron con más fuerza, los gritos de los representantes que fundaron la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) estallaron en el imaginario colectivo y así una vez más en la cabeza de un solo estudiante se reflejó todo un proceso de evolución, de resurrección del movimiento estudiantil. Mientras esta película parecía ser un poco más clara para José Manuel tras aquel primer encuentro, para su hermano mayor esto había estado claro desde unos años antes de ingresar a La Universidad Nacional. Él, quien hoy es un egresado de la universidad, guarda en su memoria cómo vivió los primeros semestres de su carrera universitaria. “No era fácil reunirse todas las carreras en una asamblea para luego llevar propuesta a una asamblea de sede – Santiago Bonilla, explicaba que en ese entonces su facultad, la facultad de Artes, no tenía edificio, una de las trágicas anécdotas que rodean la educación pública - entonces mi participación en esos primeros años fue bastante ausente. (...) Sí, es verdad que existe esta confusión de decir que el movimiento estudiantil es el que tiraba piedra, y yo noté que los estudiantes mismos empezábamos a rechazar eso. Los estudiantes mismos se enfrentaban con los encapuchados”. Luego el tiempo fue pasando y su generación, según lo cuenta, era un poco ajena a lo que sucedía con la universidad, con el movimiento. Pero mientras él veía su salida como algo cercano comenzó a percibir unos vientos de cambio. Los nuevos estudiantes de primeros semestres eran jóvenes más activos, convocaban asambleas y proponían actividades. No sabe bien por qué o cómo sucedió pero la universidad volvía a sentir a flor de piel las llamas del ave fénix en que se había convertido el movimiento estudiantil. Y no solo Santiago lo notaba, periodistas de prestigiosos medios como Semana, durante el histórico paro nacional del 21N, publicaron artículos en los cuales la historia del ilustre movimiento era fiel a esta mitológica idea del renacer. Hablaban de hitos como la creación de la MANE, el primer gran salto conjunto que dieron los estudiantes de las Instituciones de Educación Superior (IES) en camino a un movimiento consolidado. Un movimiento con voz, voto y sobre todo presencia. … El tropel estalla, el campus se ve cubierto de una manta difusa de gas. Para quienes están ahí por primera vez es confuso, aterrador. … Julián Bonilla, el menor de los tres hermanos, es el más alejado del movimiento. Apoya sus causas pero cuestiona constantemente sus métodos. El primer recuerdo que tiene de haberse cruzado con él fue tras unos meses de su ingreso a la universidad. Iba camino a un parcial cuando su teléfono vibró en su bolsillo. -¿Aló?, ¿Qué pasó? – dijo él apresurado por la cita académica que lo esperaba tras la puerta de la Carrera 30. - Tienes que bajarte por la 26, en la 30 hay tropel y están las tanquetas – Así, el joven de cabello oscuro y contextura mediana emprendió su camino al aula de clases. No sabía por dónde entrar o cómo llegar; su ruta de siempre se había visto interrumpida por un acto que, para quienes llevaban años en la universidad, se había convertido en la normalidad. Caminó en círculos por varios minutos. Finalmente, según recuerda, logró llegar a su examen. “Se alcanzaban a escuchar las papas bomba mientras presentaba mi parcial”. Este tipo de situaciones eran comunes desde años atrás según recuerda Héctor Pinzón, egresado y profesor pensionado de La Universidad Nacional de Colombia. “No estoy de acuerdo con que hagan una marcha de protesta por alguna cosa y que vayan rompiendo todo – aunque el profesor Pinzón está rotundamente en contra de la violencia que a veces se asocia con el movimiento, recuerda casos en los cuales estudiantes terminaron siendo víctimas de las circunstancias – yo estaba dictando mis clases en algunos momentos cuando se producía el problema en los entornos de la Universidad Nacional y entraba la policía, les echaba bala cerca de donde yo estaba. Ahí, cerca de donde yo estaba dictando clase, un estudiante se murió por un tiro y él no estaba metido en ese momento en la protesta que se había generado en la Calle 26 y Carrera 45”. Héctor era de esos profesores que mantenían a sus estudiantes en las aulas pues según asegura sabía que con él podrían estar más seguros, tanto de manifestantes violentos como de oficiales de la fuerza pública ansiosos por capturar a alguien. Su experiencia fue hace ya varios años, sin embargo, acontecimientos como el que narra Julián dejan en claro que la realidad que se vive en las aulas de La Universidad Nacional de Colombia no ha cambiado mucho. … “¡Neutralizador! ¡No corran!” Se escuchaba decir a quienes iban a la cabeza de la marcha … El siguiente gran encuentro de Julián con el movimiento fue de cara, a lo que se presume según fuentes extraoficiales, como la revista Semana, la movilización de mayor magnitud en la historia de nuestro país. El 21 de noviembre de 2019. … “Vamos compañeros, hay que meterle un poco más de empeño. Aquí estamos todos juntos nuevamente, la educación del pueblo no se vende, ¡se defiende!” … La plaza Ché aquel día estaba a reventar. No eran solo estudiantes, no eran solo públicas. Eran colombianos, de todas las clases y estratos sociales . Eran colombianos que acudían una vez más a ese pequeño rincón del país que logra agrupar a todo el territorio nacional. Allí estaban personas que venían de las guardias indígenas e incluso de las islas de San Andrés y Providencia. Allí estaban profesores y alumnos. Egresados y estudiantes. Unaleños y Sabaneros. Estaban todos, en medio de una gran fiesta. Era como cuando la Selección Colombia competía de manera oficial y jugaba de local. Barranquilla se paraliza. Colombia se paraliza. … “A parar para avanzar, ¡viva el paro nacional!” … Las personas comienzan a reunirse. Los afiches se levantan y el piso parece comenzar a temblar. Los pasacalles, letreros en tela que logran atravesar toda una vía, se despliegan desde el campus universitario. Y así, la multitud deja que el río de gente llene las principales vías de la capital colombiana. … Suenan tambores, suenan gritos de guerra. Suena Aainjaa, banda del pueblo. Por un segundo, suena más arte que la guerra. … Desde Berlín , a 9.434,38 km de la fría Bogotá, Santiago veía por televisión el despertar de todo un país. “Yo estando lejos sentía una impotencia... ¡sentía que me estaba perdiendo un momento importante en la universidad! (...) Estando allá, lo único que decía era ‘es necesario salir. Hay que mostrar inconformidad’ ”. Mientras eso sucedía, en territorio colombiano, José Manuel y Julián se unían a la fiesta de la manifestación. El primero, se encontró con algunos amigos y tomó vuelo. Entonces, el frabulloso día comenzó. … “Yo quiero estudiar, para cambiar la sociedad. ¡Vamo’ a la lucha!” … José Manuel, quien meses antes había sido escéptico ante lo que representaba el movimiento, entendió todo lo que había ignorado alguna vez. Uno de sus amigos, quien marchaba junto a él, era irreverente ante la autoridad y provocó a quienes bajo el lema de mantener el orden suelen desatar el caos. “Íbamos caminando y un policía del ESMAD tenía una granada, entonces él le gritó ¡láncela! – en medio de risas, el joven recuerda cómo el azar les jugó en contra en aquel momento – y de pronto un policía se cayó detrás de nosotros”. Cuando este tipo de cosas suceden los demás policías deben buscar proteger a su compañero de posibles agresiones por parte de civiles. Y ahí, tenga o no culpa, el que se interponga llevará su parte. – En ese momento el que tenía la granada comenzó a pegarle bolillo a mi amigo – . Luego de aquel incidente, uno tras otro se acumularon los actos violentos por parte de ambos bandos. La violencia comenzó a reinar y aquello que horas antes fue una fiesta, carnavalesca y festiva, se tornó lúgubre. Las familias huyeron, los gases estallaron y el actuar violento silenció una vez más la voz del pueblo colombiano. … “Sin violencia, sin violencia” … Aunque muchos estudiantes alzaron sus manos y sacaron sus pañuelos blancos, era demasiado tarde. El conflicto había reventado. Como era costumbre, la Universidad Nacional fue uno de los epicentros de dichos enfrentamientos. “Casi te das cuenta que existe un libreto. Y siempre va a pasar exactamente lo mismo, están los mismos sectores, unos más pacíficos que otros. Otros que uno sabe que van a hacer lo mismo de siempre y van a provocar. Sabes que en determinada hora de la manifestación siempre va a haber un problema – analiza Juan David Cárdenas, politólogo de la Universidad Nacional, especialista en Opinión Pública y Mercadeo y Magíster en Estudios Políticos. Ya caída la tarde, Julián se disponía a reencontrarse con su hermano. Sin embargo, parecía estar encerrado. La calle 26 había acogido el primer tropel de la tarde, luego se sumó la Carrera 30 y finalmente las otras entradas comenzaron a explotar. El gas era abrumador, la garganta quemaba profundamente. Los estudiantes corrían de un lado al otro repartiendo neutralizadores. La angustia consumía a la gente. La plaza que a la luz del sol se había convertido en un escenario artístico; con la caída del astro se llenaba de neblina. – empezaron a sonar las alarmas, yo estaba solo, asustado. – recuerda el menor de los tres hermanos – (...) Las personas empezaron a gritar que la policía estaba en la universidad. Yo tan solo llevaba 3 meses estudiando ahí. No conocía las salidas. Estaba completamente perdido –. … Al calor del tropel empiezan a florecer los miedos. Las pasiones. Los hallazgos. Los momentos. … Tras incesantes momentos de angustia, ambos hermanos se encuentran y parten a casa. Ellos vuelven a su vida. Parece ser que nada ha cambiado. … “Necesitamos a derechos humanos, hay compas encerrados en la universidad. ¡Hay heridos, que manden ambulancias!” … En una flota camino a Chía en medio de lágrimas, Natalia se dirige a su casa sabiendo que sus tres adorados hermanos han quedado a merced del destino por el toque de queda decretado. … En la estación de la calle 85, Manuel y sus compañeros se despiden. Todos cogen rumbos diferentes. … En la calle 80, Cristian resuena las cacerolas desde su ventana. … En Soacha, a las afueras de Bogotá, las calles arden en llamas. … En el extremo norte de Bogotá, por la 191, los conjuntos residenciales tan pasivos e indiferentes se unen a la protesta simbólica de la nación. … Pero como ya lo dije arriba, ¡no desesperen! acá nada es lo que parece y lo que parece suele no ser nada. La película parece haber acabado pero por primera vez en muchos años el final no se siente repetitivo y predecible. Y así, al calor del tropel, Colombia despertó. Los medios independientes se plantaron firmes en la lucha de su pueblo. Los estudiantes sacaron sus armas y lograron empoderar al pueblo. Los gobernantes temblaron de miedo. Y como buena película Hollywoodense, no fue el gas, ni la violencia, ni las papas bomba, ni el toque de queda lo que resonó en la memoria de la audiencia. Fue aquel cacerolazo, unísono y desbordante, el que le recordó al mundo entero que Colombia hace mucho que se encuentra sufriendo.

  • El periodismo como lección de vida

    El periodismo como lección de vida María Fernanda Pantano Garzón Fecha: Por su amplia trayectoria, Héctor Urrego ha sido catalogado como una eminencia en el ámbito del periodismo deportivo, específicamente en el ciclismo. Lea también: Yolanda Ruiz, una periodista 'en el filo de la navaja' Compartir Foto: Wix Nació en Bogotá el 5 de febrero de 1945, actualmente tiene 76 años y, sin importar su edad, refleja vitalidad. Tiene una sonrisa discreta y permanente que refleja su amabilidad y la alegría con la que vive el día a día. Su cabello ondulado de color grisáceo demuestra el correr de los años y la experiencia adquirida de ellos. Lleva una camisa azul clara que resalta el color de su piel, luce impecable y bien organizado, su figura hace contraste con el lugar en donde se encuentra: una pequeña biblioteca. Héctor Urrego luce paciente, concentrado y tiene una sonrisa en el rostro. Se define como “buen hijo, buen papá y buen profesional”. Tiene algunos referentes en el medio que lo inspiran a ser el periodista que es. El argentino Julio Arrastía, conocido como la biblia del ciclismo, es uno de ellos. Fue entrenador, comentarista e hizo parte del grupo de trabajo de RCN Radio hasta 1984. Luego, fue miembro de Caracol hasta 1989, año en el que se retiró. Héctor lo resalta como “el papá del comentario ciclístico, quien inventó la profesión de ser comentarista de un deporte tan lindo como el ciclismo”. Y ese es su tema de conversación favorito, aun cuando no puede decir quién es su deportista preferido: “no soy capaz de escoger a un solo ciclista a lo largo de toda la historia del ciclismo”, que suma 70 años de vida en el país. Sin embargo, Urrego destaca a la leyenda que representa Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, a quien describe como “el mejor corredor del siglo pasado, el mejor deportista de ese siglo”, y concluye: “hay que esperar a que pasen todos estos años para saber si Nairo Quintana, Egan Bernal o cualquiera de esta nueva generación puede ser el ciclista de la época moderna”. Para hacerlo recordar algunos momentos gratos en el oficio, nos centramos en el momento más memorable que ha vivido alguna vez en el periodismo. Se ofrece a hacer un podio. En el tercer lugar ubica la victoria que más recuerda: “es el Dauphiné Liberé de 1984 en la que resultó victorioso Martín Ramírez”, prosigue con el segundo lugar que fue “la victoria de Lucho Herrera en la Vuelta España” , y finaliza con su medalla de oro, como él dijo: “la más grande, El Tour de Francia”. En cuanto a su oficio periodístico, dice que “el periodismo te enseña, como la vida, a tener grandes satisfacciones y tristezas”. Y es que, a lo largo de su labor, Urrego recibió enseñanzas y valores que no se le borrarán fácilmente, pues el periodismo “te ayuda a distinguir entre lo bueno, lo malo, lo feo; no solo de la profesión sino del ser humano como tal”. Héctor inició su experiencia en el periodismo trabajando en el diario El Tiempo “que ha sido y sigue siendo el periódico deportivo más importante del país”, según el periodista. Para él ese fue un momento importante, porque no contaba con experiencia alguna en el oficio, dado que se había graduado como docente de Educación Física en la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá en el año 67 y, gracias a la apertura de ese diario, terminó siendo “periodista por accidente” escribiendo prensa. Dentro de las instalaciones, compartió y aprendió de grandes periodistas como Humberto Jaimes, quien nació en Mompox, Bolívar. Fue el director de las páginas deportivas de El Tiempo durante 20 años. Era conocedor de todos los deportes y durante sus años de vida se destacó por su disciplina y exigencia a sus redactores . Quienes lo conocieron y fueron sus pupilos le decían 'maestro' por su amplio conocimiento en el campo. De igual forma, Urrego se codeó con periodistas como Hernán Peláez, Guillermo Fulleda y Andrés Alzate. El 'profe', luego de escribir en las páginas de El Tiempo, se decidió por la radio, en donde lleva 44 años de experiencia. Su primera transmisión la hizo en Caracol en 1971 y sobre ello relata: “de manera accidental, resulté transmitiendo un campeonato mundial de ciclismo en Italia”. Luego de su cubrimiento fue llamado a seguir colaborando con la cadena, en donde, por 4 años, fue freelance y en sus palabras, “fue allí que me enamoré definitivamente de la radio”. Posteriormente, Radio Cadena Nacional le ofreció un puesto en 1976, y hasta el día de hoy sigue trabajando allí. Lo que más le gusta de transmitir en el medio radiofónico es el trabajo al aire libre cuando debe cubrir un campeonato. Disfruta, de ello, “estar en contacto con los deportistas aquí o en el exterior, estar en el frío, la lluvia, el calor”. Como parte de la carrera de Urrego, ha asistido a más de 25 mundiales de ciclismo, entre ellos el Tour de Francia, la Vuelta a España y el Giro de Italia. También ha reporteado los Juegos Olímpicos y estuvo involucrado en uno de los más grandes cubrimientos del automovilismo en Colombia: el momento en que Juan Pablo Montoya empezó a incursionar en la Fórmula 1. Caracol y RCN, las máximas empresas radiales del país, se unieron para informar sobre este acontecimiento y lo escogieron a él como coordinador de transmisiones, lo que “fue un mundo nuevo y ha sido muy importante a nivel internacional”, según dice. Héctor Urrego Caballero, es una figura importante en el periodismo del ciclismo, por no decir la más importante . Es un gran profesional pero, más allá de eso, es un gran ser humano que irradia humildad y serenidad a donde quiera que vaya.

  • La colombiana que ganó oro en los Olímpicos de la Juventud 

    La colombiana que ganó oro en los Olímpicos de la Juventud Mónica Marcela Mejía Parada, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Con 17 años, Gabriela Rueda ganó la primera medalla dorada para Colombia en los Juegos Olímpicos de la juventud 2018. Lea también: 'El reto del nuevo Ministerio del deporte' Compartir Foto: Mónica Marcela Mejía Parada En el segundo día de los Juegos Olímpicos que se celebran en Buenos Aires, Gabriela Rueda, bogotana y única representante femenina en patinaje de carreras, ganó la primera medalla en la historia del patinaje, con la victoria en la prueba semifinal. Con ello, cumplió lo que soñó días antes de su viaje a Argentina: “creo que vienen cosas muy grandes para mí, con la ayuda de Dios. Y lo que viene sería hacer un muy buen papel en los olímpicos en Buenos Aires y traer la medalla de oro para mi país”. Cuando pronunció esas palabras, la oscuridad de la noche se rompía por los imponentes reflectores del velódromo, en donde un grupo de jóvenes, organizados en una fila que parece infinita, se disponía a rodar a máxima velocidad. Entre los más de veinte patinadores, que visten uniformes de diversos colores, se encuentraba Gabriela Isabel Rueda Rueda. La patinadora, quien ha sido campeona mundial dos años consecutivos en Nankín, China y Heerde, Holanda, entrena todos los días allí, en una rutina que incluye montar bicicleta en las mañanas, gimnasio en las tardes y pista en las noches. Todos llevan cascos, licras enterizas y patines profesionales de bota corta. Es imposible reconocerla mientras rueda. Sin embargo, se siente la adrenalina en el ambiente y es posible imaginar la sensación del viento golpeándoles el rostro. Más que un juego de niños La puerta de una casa ubicada al noroccidente de la capital colombiana conduce a unas estrechas escaleras de baldosa ocre, que desembocan en un segundo piso medianamente iluminado. Allí se encuentra la bogotana de 17 años, campeona en fondo de la Copa Europea y diez veces medalla de oro por Bogotá, en interligas 2016 y 2017.  Está sentada en la sala de su hogar. Viste de manera despreocupada, con un suéter gris claro, una sudadera oscura y unas sandalias blancas, de una tira. Cruza las piernas a la altura de las rodillas de una manera relajada y tiene una rueda de goma blanca con centro verde limón en la mano, que hace girar entorno a su dedo pulgar mientras habla. Empezó en el patinaje a los nueve años. Solía salir a rodar en la calle al frente de su casa a manera de juego, y su mamá, Marta Isabel Rueda, vio en ello una oportunidad de apaciguar su exceso de energía. Inició en escuela, entrenando solamente sábados y domingos. “Ahí inició mi carrera deportiva, ya después, al pasar del tiempo, entrenaba entre semana. Y así fui subiendo mi nivel”. Su rutina diaria está dedicada enteramente al deporte, su carrera, su profesión. “En el patinaje hacemos varios deportes. Es decir, para rendir en el patinaje debes hacer pesas, debes trotar y hacer ciclismo”. Sin embargo, el amor y pasión de nueve años rodando largas distancias no le permiten alejarse de la pista. Hoy en día, gracias a su trayectoria deportiva, la cual suma aproximadamente 280 medallas entre oro, plata y bronce, ha recibido apoyo de entrenadores, patrocinadores y de su familia , que está conformada por sus cuatro hermanos, tres mayores y un pequeñín de siete años, su mamá y padrastro. “Toda mi familia es apasionada del patinaje, pero mi mamá es la número uno. Han estado conmigo en las buenas y en las malas y creo que es algo muy importante para un deportista”. No obstante, su papá biológico reside en Ecuador, y es lejano al patinaje: “mi papá nunca me apoyó con el patinaje. Pero, me gustó que me acompañara al primer mundial, que supiera todo lo que su hija puede hacer, y así abra los ojos". Como cualquiera de su edad Se podría pensar que con una rutina de siete horas de entrenamiento diario y estar próxima a unos Olímpicos, la joven no tendría oportunidad de hacer más, pero no es así. “Soy una deportista de alto rendimiento, pero también soy como cualquier otra persona”. En su tiempo libre le gusta salir de compras, ir a la iglesia, bailar o comer con sus amigos y novio. Aunque recalca que el mundo del deporte la aleja de festejar, lo sigue haciendo, desde que no se acerque un campeonato, y no implique trasnochar mucho o consumir alcohol. Ella define el “ser guerrera” como su mayor virtud. “Quiero cada día mejorar, cada día ser más grande. (…) En una prueba puedes ir muy mal, pero si en tu cabeza dices: “’Juepucha’, quiero ganar, quiero llegar”, es lo importante”. Siu Daza, una amiga cercana que conoció rodando, destaca en ella su responsabilidad con el deporte: “es una persona muy fuerte, que no se deja vencer por nada. Puede ir muerta en un entrenamiento, pero no se queda. Lucha hasta el final”. Simultáneamente, su hermano mayor, Anderson Rueda, afirma: “su talento, digo yo, es innato; pero soy testigo de su dedicación”. Sin embargo, ambos concuerdan en que el mal genio, y un temperamento fuerte, son rasgos de su carácter complicados de tratar. El mundo del deporte tiene sus obstáculos personales también, afirma Rueda. “El deportista que es bueno da mucha envidia, y en el mundo del patinaje se viven muchos choques y chismes”. Pero, enfatiza en que, también hay personas que la admiran, como los niños chiquitos: “me dan mucha alegría, me piden fotos, me piden autógrafos. Eso es muy bonito y me gusta transmitirles lo bueno”. Y es ineludible tener en cuenta que, por más que la deportista esté próxima a convertirse en la primera patinadora de carreras en participar en unos olímpicos de la juventud, esto no la aleja de ser una persona con méritos, problemas y defectos, como todos. Alrededor del mundo Con 16 años ya había viajado al continente europeo con la ayuda de sus patines. No obstante, mariposas en el estómago y un nudo en la garganta es la sensación más vivida al recordar su primer mundial, en el cual tuvo la oportunidad de correr mil y veinte mil metros en pista: “sentía muchos nervios. Ya los había sentido, pero en el mundial daba las cinco vueltas y seguía sintiendo lo mismo”. Aun así, fue en Nankín donde tuvo la oportunidad de ser, por primera vez, campeona del mundo. La travesía no acaba allí, pero el éxito es agridulce y faltando un mes para presentarse a la selección colombiana de patinaje en 2018, sufrió una caída bastante ardua de afrontar. Al caer perdió el conocimiento, y creyó dejar ir la ilusión. “En el hospital me dijeron que tenía que parar 25 días. Justo ese era el tiempo que restaba para el inicio del selectivo y yo no estaba dispuesta a parar”. Así, con raspadas por doquier, cortes de chasis en los dedos y dientes rotos, tomó la decisión de seguir adelante. En 8 días estaba rodando de nuevo, el descanso, cuidados médicos y determinación es lo que necesitó. Asegura que esta caída le sirvió para acercarse más a Dios y dejar ir sentimientos perniciosos que tenía en el momento, para así poder dar su 100% en el selectivo. “Me sentí muy contenta de haber tenido una dificultad, haberme levantado de eso y hacerlo de la mejor manera. Yo creo que Dios me ha dado un talento muy grade y tengo que seguir aprovechándolo”. Después de más de 40 horas de competencia para clasificar en la selección colombiana, Rueda quedó entre los afortunados atletas que representaron al país en el mundial de Holanda, 2018. Haciendo historia Un año atrás, el Comité Olímpico Internacional y la Federación Internacional de Patinaje reglamentaron el patinaje de carreras, por primera vez, para los Juegos Olímpicos de la Juventud de Buenos Aires, 2018. “En Holanda fue muy diferente porque era donde se ganaba el cupo para los olímpicos de la juventud. Ese era el objetivo principal, estaba entre una compañera y yo. Jalé toda la prueba y rematé con ella, pero en la recta me quedé quieta y ella pasó, entonces le di la oportunidad de que ella fuera campeona del mundo en esa prueba”, afirma la patinadora, desbordando confianza. Y así fue como la joven, de tez morena y contextura delgada, clasificó en el ranking al sumar 114 puntos, pautando el inicio de algo histórico en el patinaje colombiano. “Por puntajes, a nivel mundial, fui la primera que pasó. Y Colombia quedó de primera en la sumatoria de los olímpicos en la prueba del ómnium”, señala, sonriendo al hablar de la experiencia adportas.

  • De la muerte a la vida

    De la muerte a la vida Angélica María Martínez Triana, Comunicación Social y Periodismo Fecha: La taxidermia es el arte de disecar los animales para conservarlos con apariencia de vivos. ¿Usted la practicaría con su mascota, una vez fallezca? Lea también: Medicina ancestral: salvado por el cascabel Compartir Foto: Unsplash Eran las 5 de la tarde y Javier se encontraba lavando a Paco, un chihuahua de aproximadamente 3 años que había sido atropellado el día anterior. Mientras Javier le echaba, con cuidado, jabón y champú para quitarle las bacterias, yo me encontraba en el centro del cuarto intentando respirar despacio por el fuerte olor que tenía el lugar. Un olor a comida vieja, parecido a atún dañado, tan irritante que es la misma sensación de cuando quieres oler una colonia y acercas mucho tu nariz. Tal vez para una persona normal, sin problemas de asma y rinosinusitis como yo, no hubiera sido tan exasperante, pero incluso para sus estudiantes que pasaban de vez en cuando a ayudarlo era un tanto molesto. — ¿A qué huele? Este olor tan fuerte, se siente apenas uno entra— le pregunto a Javier. — Es olor a piel seca, huele más fuerte recién el animal es terminado, entre más pasa el tiempo, más se va yendo— me respondió Javier mientras yo iba caminando y observando a cada uno de los animales que había alrededor — Es por el químico de bórax y alumbre que se le aplica al final. Cuando se trata de un pez, se le pone formol. Javier tiene en sus repisas y mesas animales marinos como mantarrayas, moluscos, costras, etc. También tiene otros de tierra caliente y tierra fría: osos perezosos, serpientes, tortugas y demás. Hay otros del llano y del polo norte: armadillos, güíos o comúnmente llamadas anacondas, especies de chigüiros, entre otros. Pero, además, tiene aves: loros, águilas, búhos, garzas, corocoras y muchos más. Eso, porque durante los últimos 15 años Javier ha disecado más de 800 animales. Sus favoritos para ejercer el arte son las aves, pues llevan más tiempo de preparación, pero le gustan los detalles y los animales más exóticos que ha disecado son una jirafa y un oso polar. El más grande y difícil al que le ha hecho taxidermia es un toro de la india por el que una familia granjera de Tunja-Boyacá le pagó 18 millones de pesos y con el que se tardó un mes. Después de casi cuarenta minutos de lavar al chihuahua, dedicó las siguientes 3 horas al proceso de la taxidermia. Javier abrió el perro desde el tórax hasta la parte baja del abdomen. Con mucho cuidado, el bisturí se abrió espacio y dividió la carne de la piel, para sacar las vísceras y el resto del cuerpo, incluyendo músculos y esqueleto—proceso que no pude terminar de ver—. Para poder apartar completamente la piel del cuerpo, Javier le rompió las extremidades, tanto traseras como delanteras, la cola y la nuca. Luego de esto, la piel inició un proceso de curtimiento durante otras 3 horas, con alumbre, bórax, sal yodada y aceite de ricino, este último para darle movimiento a la piel y que no se seque ni se cuartee. Mientras el curtimiento terminaba, yo le hacía varias preguntas a Javier respecto a su profesionalismo para hacer todo lo que hacía sin problema alguno: enfrentar el olor, la sensibilidad, la sangre… ¡ni siquiera tapabocas usaba! — ¿Nunca se sintió mal las primeras veces al abrir los animales o aguantar su olor? — La verdad, no. Es algo que me ha apasionado desde muy chiquito. No me molestaba ver los animales muertos y yo siempre he sido muy curioso— respondió serio y con la mirada ida como recordando su infancia —. El olor es molesto al principio y para la sangre uso aserrín para que no se extienda y se absorba, pero ya uno se acostumbra, todo lo que tenga que ver con Biología siempre me ha apasionado. — ¿Y es viable económicamente? — le pregunté. — Para los que sabemos hacerlo de verdad, sí. Para los que sabemos darles vida, puesto que no se trata solo de los mamíferos perro y gato. Es más apasionante y provechoso con los que están próximos a extinguirse o ya están extintos. Por último, el procedimiento de taxidermia se da por finalizado al momento en que Javier toma casi los mismos ingredientes (alumbre, bórax y aromatizante) para limpiar la piel y dar un buen aroma por aproximadamente una hora y deja su piel sumergida en el químico durante toda la noche. Al siguiente día se prepara todo para iniciar con el Montaje o, en otras palabras, se arma y se le da forma al animal. — ¿Ha matado usted a algún animal para hacerle taxidermia? — Nunca. Hay casos en los que los familiares saben que un animal va a morir por enfermedad, entonces se llama al veterinario para que se encargue de la eutanasia y se tiene preparado todo, pero siempre me entregan los animales muertos. Para hacer el montaje de los animales, Javier investiga por unos minutos su hábitat y ambiente, mira fotografías de animales vivos o en este caso, la dueña del perro le enseñó una foto y le dijo exactamente qué expresión y postura quería que tuviera, de esa manera el animal tiene el objetivo que se le quiere dar: que parezca vivo y auténtico. Casi cuatro horas le tomó a Javier recrear el cuerpo de Paco. El maniquí estaba conformado por el mismo esqueleto del perro, incluyendo el cráneo ya lavado y desinfectado, y poliuretano. Se unió la piel con el maniquí, se cosió lo necesario, se le introdujeron los ojos de plásticos exactamente iguales a los de Paco y delicadamente se le dio la forma que la dueña había pedido. — ¿Cuánto tiempo máximo tiene una persona para mandar a disecar su mascota? — le pregunté mientras me percataba del gran tigre de bengala que estaba en el fondo, uno que medía 2 metros y que solía pertenecer al Circo Hermanos Gasca. — Veinticuatro horas. Si se excede de ese tiempo va a ser muy difícil que el animal quede exactamente como cuando estaba vivo, su carne y su piel estarán muy descompuestas— me responde Javier mientras me muestra algunos animales que se excedieron de tiempo— estos no se ven estéticamente perfectos. Y así era, uno era un ave, que sus ojos habían quedado muy hundidos porque su cráneo fue muy difícil de limpiar y reacomodar. El otro era un gato silvestre muy pequeño que habían encontrado muerto y al que le inyectaron formol para que aguantara algunas horas antes de llegar al taller de Javier. Eso causó que el animal se momificara y que no se le pudiera hacer ninguna sutura ni arreglo. En ese momento divisé unos zorros que solo eran piel, habían sido decomisados a unas mujeres y decidieron donarlos. Uno era utilizado como bufanda o abrigo y el otro era un bolso, solo tenía una cuerda de extremo a extremo y un cierre del tórax al inicio de la cola. A paco se le hicieron los detalles finales: la limpieza externa. Con una brocha gruesa de las que se usa en las casas para pintar las paredes, Javier le roció el mismo químico de lumbre, bórax y aceite de ricino con un poco de aromatizante para peinarlo en la dirección capilar correcta y que oliera bien. Y así fue, era un olor parecido a del líquido que se utiliza para darle brillo a la carrocería de una motocicleta o un automóvil, claro está que después de unas horas ese olor no sería el mismo. Paco vive en la casa donde nació y pasó su tiempo en vida y ahora, en muerte.

  • Un reto profesional: educar desde casa

    Un reto profesional: educar desde casa Gabriela Cabarcas y Paola Piraquive, Comunicación Social y Periodismo Gabriela Cabarcas y Paola Piraquive, Comunicación Social y Periodismo La realidad educativa ha cambiado y con la llegada de crisis sanitaria del Covid-19 cientos de instituciones educativas en Colombia se han adaptado a las nuevas formas de enseñar. Haz clic para acceder al contenido Ver también: La tierra del olvido Compartir

  • Ni sombreros, ni gabardinas, personas normales que hacen investigacion

    La vida detrás de la invisibilidad de un investigador  Más allá de la pantalla Unisabana Radio Share

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