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- El vacío de un adiós
El vacío de un adiós Sergio Ricardo Carreño Barreto Enfrentar los problemas en soledad no es la mejor opción... en especial cuando se tienen inseguridad y condiciones de base que afectan la salud mental. Da clic en las imágenes para la vista completa de este fotoensayo. Lea también: La mente El vacío #1.jpg El vacío #2.jpg El vacío #14.jpg El vacío #1.jpg 1/14
- Tú, ¿otra vez?
Tú, ¿otra vez? Laura Daniela Zambrano Páez, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana. Fecha: La tercera temporada de "You" deja claro que nos engañaron con el tráiler y, aunque es difícil, hay que aceptar que el thriller de romance, pasión y asesinato se volvió algo tedioso de ver. Lea también: Un terror de ensueño Compartir Foto: Unsplash Título: You Año: 2021 Productor: Ryan Lindenberg Género: Thriller Capítulos: 10 Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=NqrlWUmpVLg Calificación: 2/5 Hay diferentes tipos de decepciones. Las amorosas son dolorosas, pero el tiempo todo lo cura; las de una mala nota en un parcial son amargas, pero las decepciones de una mala temporada de la serie que estabas esperando hace ya mucho tiempo, son estúpidamente insuperables; y no, no hablaré del final de Game of thrones . Es difícil analizar que el tráiler te engañó y que el thriller de romance, pasión y asesinato se volvería algo tan tedioso de ver. Según la revista Forbes, You es la serie más vista después de El juego del calamar , patrañas de marketing. Desde el comienzo, esta serie nos ha ido mostrando al protagonista Joey Goldberg (Penn Badgley), un chico con tendencia a idealizar y enamorarse obsesivamente de chicas cada cierto tiempo, hasta el punto de matar, literalmente, por ellas. Joey logra encontrar el amor con Love, Quinn-Goldberg (Victoria Pedretti), formando una familia; así, se casan y han comenzado una nueva vida en los suburbios, lejos de Los Ángeles, convencidos de que van a ser mejores personas por ellos y por su hija . La tercera temporada de la serie de Netflix inicia narrando cómo ha sido para Joey y Love tener a su primera hija, lo difícil que son los primeros meses y cómo el deseo y amor entre esposos se ve afectado tras el nacimiento de su primogénito. A pesar de tener tan buenas bases para una historia que saque de su zona de confort al espectador, el productor Ryan Lindenberg opta por darle al público lo que pide, de la forma menos sutil posible; es decir, que cae en la tendencia de complacer excesivamente al espectador brindándole la misma historia de las dos primeras temporadas, con leves desniveles. No diré que fue uno de los peores errores que Netflix cometió; incluso, más allá de los nuevos personajes y las características de esta temporada, debo reconocer que las tomas elegidas para los asesinatos tuvieron más impacto, no tienen un factor sorpresa, pero el slow motion y la combinación de sonido genera una reacción importante en el espectador . La toxicidad mostrada en esta temporada sobrepasa los límites de cualquiera, pero, a decir verdad, el personaje que interpreta Victoria Pedretti salva por completo la trama y le brinda un giro en el cual lleva al personaje principal, Joey, a situaciones de las que no tiene control , ya que se casó con una mujer que en su vida todo lo tuvo, y ella, al darse cuenta de que está perdiendo control sobre su propio esposo, enloquece dejando ver su impulsividad ante los problemas que se le salen de las manos. La serie también debe tener este reconocimiento de sátira a la sociedad de hoy en día, ya que gira alrededor de una sociedad que vive en los suburbios en la cual solo importa aparentar en las redes sociales su perfecta vida, con esposos e hijos idóneos. Pero volviendo a mi tusa postserie, debo decir que el final es uno de los que me dejará más huella, a pesar de no ser el final de la historia de Joey, ya que en el estreno -el 12 octubre- se dio a conocer que tendremos una cuarta temporada. Es decepcionante no ver algo diferente. Para evitar cualquier tipo de spoiler, les diré que es su decisión, si optan por romperse el corazón con otro mal final de una buena trama. Sin más, mis principales recomendaciones para ver la tercera temporada de You son básicas. No es una serie para ver con tus padres, no pongas tus expectativas muy altas, disfrútala sin esperar mucho a cambio, no te enamores de los personajes y, por último, no comas nada mientras la ves, puedes toparte con una escena que no será agradable. Después de todo, sí, fue una decepción, pero a quién engaño, espero la cuarta temporada.
- Los estragos del covid-19 en la economía naranja
Los estragos del covid-19 en la economía naranja Esteban Vera, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Quienes dedican sus vidas al arte y la cultura, han visto afectados sus ingresos desde el inicio de la pandemia. Lea también: La realidad supera la ficción Compartir Foto: Andrea Piacquadio en Pexels Las historias de las pérdidas económicas de las personas durante la pandemia son devastadoras, pero nada más devastador que la pérdida de todos los ahorros de una artista en su pequeño negocio, y más cuando piden ayudas del Gobierno que no siempre llegan, a pesar de hacer parte de uno de esos sectores más mencionados en campaña: la economía naranja o economía de las artes y las industrias creativas, que en 2019 representó cerca del 3% del PIB colombiano. Esta economía tiene un potencial enorme. Tan solo el año pasado genero más de $25 billones entre lo que son las artes escénicas, producciones audiovisuales e industria musical. En el mundo tiene un valor de al menos US$4.200 millones, y en América Latina, es de US$200.000 millones. Además, en países como Estados Unidos, el aporte a la producción de este sector se ha calculado en 4,5% del PIB, y en otros países como Finlandia ha llegado a 3,4% del PIB. Según Notiamérica, en la región, Brasil lideraría el sector naranja, con US$66.870 millones (2,7% de su PIB); seguido de México, con US$55.000 millones (4,8% del PIB); Argentina, con US$17.000 millones (3,8% del PIB); y luego viene Colombia, con US$11.000 millones (3% del PIB). Para impulsar el sector este año, el Gobierno ha establecido un presupuesto de $343.236 millones para el Ministerio de Cultura, con una inversión de $144.558 millones para el apoyo a las artes. Adicionalmente el Gobierno creó unas medidas para impulsar las inversiones en la economía naranja . La principal fue la apertura de un cupo de $300.000 millones para que las personas naturales y jurídicas inviertan o donen dinero para financiar proyectos de las industrias creativas, lo que les permitirá deducir 165% en el impuesto de renta, según el Decreto 697 de 2020 . Entre los sectores incluidos en la medida están editoriales, empresas audiovisuales, fonográficos, de artes visuales, artes escénicas y espectáculos . Katherine Navarro Campo es una pintora e ilustradora que vive en la ciudad de Cúcuta. Como la mayoría de los artistas, hoy en día mueve su trabajo a través de las redes sociales y de las referencias que sus clientes dan a otras personas por sus obras. Katherine intentó, al igual que muchos artistas, abrir su tienda de artes en dos ocasiones, la primera vez que lo intentó por motivos económicos tuvo que entregar el local donde estaban ubicados en el barrio La Playa. Después de ahorrar mucho tiempo, trabajar muy duro y hasta pedir un préstamo por más de $3 millones al banco, Katherine logró abrir nuevamente su tienda de artes Kalu a principios de enero este año, que estuvo menos de tres meses, pero a causa de la pandemia, tuvo que cerrarla a finales marzo. Katherine tuvo una temporada de trabajo muy buena a finales del 2019, con lo cual recaudó los fondos para la apertura de su nueva tienda, contando con otros ahorros que tenía con su esposo y el préstamo que hizo con el banco para rentar el local y acondicionar. Antes de la pandemia, esta artista generaba más de $1,5 millones al mes, pero a partir de marzo sus ingresos disminuyeron a cero , porque los proyectos artísticos que tenía se paralizaron e incluso otros se cancelaron. Sumado a eso, los gastos se empezaron a acumular, las facturas no dejaban de llegar y los cobros del banco no cesaban. Debido a esto, tuvo que dar cierre definitivo a su tienda. En mayo, cuando llegó el día de la madre, pudo lograr volver a generar ingresos para subsanar deudas y aunque no era mucho dinero, fue un gran alivio para ella . Lastimosamente, tras dos meses de no estar generando prácticamente nada, ese dinero se esfumó en segundos en pagos atrasados. A la fecha, no ha pagado ni 50% de la deuda que adquirió para abrir su galería. La pandemia no solo dejó a esta mujer con deudas, también puso en espera su sueño de abrir su tienda, y es que en este momento la reactivación económica para el sector artístico va de una forma muy lenta, no porque la gente no aprecie el arte y no lo compre, sino porque el arte no es un producto de primera necesidad y en esta época de escasez las personas solo están comprando lo que necesitan. Así que, para esta artista, sus planes de dar reapertura a la tienda quedaron ‘en veremos’. Por ahora, sigue promoviendo su trabajo por redes sociales, generando unos ingresos de alrededor de $800.000 durante estos meses , puesto que vende muy poco y los trabajos que hace son de piezas decorativas que pueden costar desde los $10.000, a diferencia de antes que hacía trabajos más grandes como murales por los que cobraba desde $1 millón. Pero aún conserva la esperanza de que vuelvan a subir las ganancias. En el caso de Felipe Romero, quien es un artista plástico, fotógrafo, decorador, maquillista, modelo y profesor de artes, no todo ha sido tan malo, pues Felipe trabaja en el colegio La Salle de Cúcuta. Este ha sido el mejor apoyo económico que ha podido tener, pues como profesor tiene un sueldo fijo de $1,8 millones, un gran apoyo, pero un número bajo frente a los $4 millones que lograba. Antes de que empezara la pandemia, él solía trabajar más que todo como fotógrafo profesional y de eventos, y aunque le han salido unos trabajos adicionales, no es lo mismo. Para poner un ejemplo, el fin de semana antes del inicio del confinamiento tuvo tres eventos en un solo día, con los que ganó $800.000, una entrada grande para él. Francisca Fernández ha sido la representante del gremio de artesanos de Norte de Santander por más de 16 años y en todos sus años de servicio a este gremio, jamás había tenido una situación como la que están viviendo. Cuenta que los artesanos que trabajaban en centros comerciales tenían ingresos al mes de casi $2 millones y los que trabajaban en los parques de al menos $1,4 millones, agregándole a esto los eventos que hacían entre todos los artistas para promover sus obras. Debido a la coyuntura actual, la alcaldía de Cúcuta creó para ellos una feria para artesanos y emprendedores, llamada Feria Virtual Artesanal Cúcuta 2020 ( https://1feriavirtualartes.wixsite.com/artesanoscucuta ), en la que los artesanos podían exponer sus trabajos para así ser ofrecidos a públicos no solo en el país, sino en todo el mundo y poder dar a conocer una manera más grande su trabajo. Pero esto no ha sido beneficioso para muchos, puesto que algunos no saben cómo usar las redes sociales. Para su suerte, desde el mes pasado el parque Santander fue habilitado para que ellos regresaran a vender poco a poco y un lugar en el centro comercial Jardín Plaza, lo que les ha ayudado a reactivar su economía poco a poco. Por más de que la alcaldía hubiese ayudado al gremio con la creación del sitio web, no fue suficiente. Para ellos era imposible seguir teniendo los mismos ingresos que tenían antes de que todo esto sucediera, ya que cayeron en 99%, así que tuvieron que recurrir de nuevo a pedir ayuda a la alcaldía de Cúcuta y a la Secretaria de Cultura de Norte de Santander. La alcaldía provee a los artesanos mercados mensuales desde que inició la pandemia hasta el día de hoy y un bono mensual de $260.000 para cada artesano y artista. Además, el ministerio les dio una ayuda con el programa comparte lo que somos de $1,5 millones a cada uno de ellos. También se les está ayudando con un pago de $3 millones a los participantes de programas de apoyo para que los artesanos y artistas enseñen su arte y desarrollen sus proyectos con mentes jóvenes para ir desarrollando una cultura que aprecie más el arte.
- Vías terciarias para que los jóvenes campesinos accedan a la educación
Juana Sahid < Volver Vías terciarias para que los jóvenes campesinos accedan a la educación Camera Juana Sahid ¿Se ha preguntado sobre la importancia de las vías terciarias en Colombia? El punto de vista de un líder juvenil, Juan Pablo Villalobos, es el comienzo para que los jóvenes se cuestionen sobre cómo es posible continuar transformando al país, en medio de las Elecciones en Colombia. Ver también: Ver también:
- Unisabana Medios | Audios
Luchando por un sueño Juan Manuel Garzón Ospina, Comunicación Social y Periodismo Iván Moreno es un boyacense que se ha dedicado al golf, desde el ejercicio profesional de ese deporte, hasta las labores de caddie y profesor. Esta es la historia de cómo ha luchado para llegar a las grandes ligas. Ver también: Colombia sí tiene goleador mundial Compartir
- Nosotras moriremos en la calle antes de ir a un hogar geriátrico.
Muchas personas prefieren trabajar en vez de ir a sitios donde son atendidos por terceros. 47 % de los colombianos trabaja en la informalidad, según el Dane. Nosotras moriremos en la calle antes de ir a un hogar geriátrico. Juan Manuel Toro Pineda Muchas personas prefieren trabajar en vez de ir a sitios donde son atendidos por terceros. 47 % de los colombianos trabaja en la informalidad, según el Dane. Disponible en Pulzo Juan Manuel Toro Pineda El suelo comienza a vibrar porque se avecina una estampida de personas. Desde la estación las Aguas en el centro de Bogotá se comienzan a escuchar los pasos de la multitud. Para muchos aún no ha amanecido. La niebla es blanca y espesa, solo se pueden observar objetos cercanos, lo demás está cubierto. Es como si estuviéramos dentro de una nube. Frente a la estación, Olga Galindo, de 56 años, y su mamá Zoila Suarez, de 84, extendieron rápidamente en el suelo una bolsa negra, enorme, con una cobija encima. Pusieron apresuradamente su mercancía; comienza un día más de ventas y aún no se ve el Sol. En el espacio entre la estación Las Aguas y el Parque de los Periodistas hay al menos 10 vendedores informales, desde el que vende los tintos hasta Olga y su mamá que venden cordones, gorros y bufandas. “El trabajo ha estado difícil últimamente, llevamos tres días sin vender absolutamente nada”, mencionó Olga mientras se resguardaba con su grueso saco de lana. El trabajo en la informalidad alcanza apenas para sobrevivir, y no en las mejores condiciones. Omar Pérez a sus 63 años lleva 25 de ellos anhelando un día de descanso, pero los 10 mil pesos diarios que debe pagar de arriendo no le permiten parar; vender espejos es su sustento. Su único descanso, trágicamente, fue cuando le amputaron su brazo derecho debido al cáncer tipo melanoma que desarrolló; no fue visto por un especialista a tiempo. No es extraño pasar por casi cualquier calle de Bogotá y notar que una gran mayoría de los vendedores informales son adultos mayores, o al menos eso se percibe. Según un estudio de 2015 de la Universidad Externado acerca del mercado laboral, “el 85 % de los adultos mayores estaría trabajando en la informalidad”. De entrada, ya es un panorama adverso para la vejez en Colombia. Según la encuesta Multipropósito de Bogotá (EMB) realizada en el 2017 por el Dane, “solo el 27 % de los adultos mayores de 60 años recibe ingresos de pensiones”, esto se suma al abandono que hay hacia las personas mayores, tanto así que se aprobó la ley 1893 de 2018, que impide que los hijos que abandonan a sus padres reciban herencia alguna. Esto y la soledad son las principales problemáticas que aquejan a esta población. “Mi familia ni se aparece, yo de ellos no sé nada”, comentó Álvaro Castro, un vendedor de golosinas de la Carrera Séptima. Desde los 20 años trabaja en la informalidad luego que por desventura de la vida perdiera un brazo y una pierna. Ahora cuenta su tragedia con dificultad, pues le faltan casi todos los dientes. La soledad no es un problema para Olga Galindo; ella y su mamá se hacen compañía todos los días, se cuidan la una a la otra. A la edad de 7 años, Zoila llegó a Bogotá proveniente de Iza, un pequeño municipio de Boyacá a poco menos de dos horas de Tunja y a 4 de Bogotá. Tuvo 9 hijos; todos trabajan en la informalidad, pero solo vive con Olga. Con una permanente sonrisa, Zoila recibe a quien quiera conversar o, más bien, hablar, porque ella es de pocas palabras. Su cabello y cejas son totalmente grises, generalmente se cubre la cabeza con una gorra y ella se cubre con una ruana. La mayoría del tiempo, sus ojos permanecen entrecerrados ocultando su iris café; ella parece estar también oculta tras su desconfianza. Muy bien abrigada, se sienta inmóvil al lado de su carrito de cordones… hay de todos los tamaños y colores. Ya muy arrugada por la edad, solo deja ver sus manos y rostro, utiliza faldas largas que son más características del campo colombiano. Olga heredó de su madre sus mejillas, le dan a su rostro una forma redonda, y al comienzo parece sentir también una fuerte desconfianza, pero en realidad es muy amable y atenta. Lógicamente, también tiene algunas arrugas, las más marcadas están sobre su boca y bajo sus ojos; es difícil sacarle una sonrisa, pero si se logra, no habrá duda de que es muy sincera. Con apenas lo justo para pagar el arriendo de su apartamento en el 20 de Julio, nunca han considerado acudir a un lugar de atención al adulto mayor, ni siquiera en los momentos más duros de su vida. “Yo me crié acá. Desde muy niña trabajo en esto, haciendo muchas cosas, claro”, dijo Olga. Cuando se le pregunta a Olga por qué no acudir a un centro de protección social o un hogar geriátrico, su respuesta es graciosa: “No, yo qué voy a ir por allá a cuidar viejitos. Yo no sirvo para eso”. Cuando se le aclara que se trata de acudir a esos sitios para que sean atendidas y tengan un descanso luego de toda una vida de trabajo, su expresión cambia; con una sonrisa en el rostro, Olga responde: “A mí me gusta la calle, nosotras nos moriremos acá antes de ir a un sitio de esos”. Para indagar sobre la aversión de Olga el autor de este artículo fue al centro de protección social Bosque Popular, atrás del edificio de la Contraloría y al lado de la Casa Editorial El Tiempo. Este es uno de los dos centros de protección manejados por el distrito, hay otros 17 que están en convenio. En la entrada hay un letrero que dice: “Departamento Administrativo de Protección y Asistencia Social”, nombre antiguo de lo que ahora es la Secretaría de Integración Social. Ya adentro, el Sol de las 8 de la mañana cubre todo el lugar, hace un calor poco común en Bogotá. Rodeado de flores y árboles, hay un parque central en el que se encuentra una cancha de futbol y varias bancas para tomar el Sol. Alrededor están las casas donde duermen los abuelos, en una de ellas se observa una mesa de billar y un pequeño gimnasio. El lugar irradia paz y luce muy espacioso. En una de las bancas está Pedro Emilio Cifuentes, un abuelo de 89 años. El hombre no aparenta su edad, además de ser muy activo también parece tener una muy buena memoria y semblante. Para Pedro estar en el centro de protección social es una bendición, tiene todo: enfermeras día y noche, una cancha de tejo y una biblioteca donde pasa la mayor parte de su tiempo. “Lo que más me gusta leer es historia del mundo y de Colombia”, menciona Pedro con su mirada puesta en el horizonte, como recordando algo. Miguel Ángel Gasca, de 75 años, comparte la opinión de Pedro y considera que se encuentra en un lugar maravilloso. “Hay gente muy mal agradecida acá, aquí tenemos todo, vivienda digna, una alimentación balanceada, amigos, libertad y mucha tranquilidad”, asegura Miguel, quien lleva 3 años en Bosque Popular y dice estar feliz. Lo más interesante es que tienen permitido salir, entre las 8 de la mañana y las 5 de la tarde, incluso tienen un plazo de 3 días para regresar luego de haber salido. No hay encierro, salvo casos particulares. Parece un ambiente propicio y cómodo para pasar la vejez, pero no todo es color de rosa. Ana Vidal, terapeuta ocupacional en Bosque Popular, me aclaró que hay muchos conflictos violentos entre los abuelitos, en especial los que venían de calle. Y es que en la vejez hay una dificultad: las enfermedades mentales. El 65% de los adultos mayores registrados en este centro de protección social tienen un diagnóstico siquiátrico. Al mencionarle a Ana que Pedro no percibía ningún problema entre los abuelos dijo brevemente, sin titubear y de una manera natural: “Tiene demencia”. La demencia es caracterizada por un deterioro cognitivo que puede llevar a la pérdida de memoria o incluso una interpretación distorsionada de la realidad; por eso Pedro no recuerda haber tenido momentos difíciles, pero ese no es el único problema que los aqueja. Muchos de los adultos mayores sufren de depresión. Aunque no lo parezca, “a veces los veo llorar a escondidas”, mencionó Ana. Según el informe Forensis del 2017 de Medicina Legal, los adultos mayores de 75 años son quienes tienen más riesgo de suicidio respecto a su población. Sumado a esto, las proyecciones del Dane indican que, para 2050 el 27 % de la población bogotana será mayor de 60 años, contrastado con el 11 % registrado en 2017. Es un problema de cuidado. El presupuesto asignado en Bosque Popular no les permite tener un siquiatra de planta para tratar a los abuelos. Según el subdirector para la vejez de la Secretaría de Integración Social del Distrito, Lucas Correa, el presupuesto para la tercera edad en Bogotá es de 160 mil millones de pesos anuales, de los cuales aproximadamente 40 mil millones son destinados hacia los centros de protección social. Esto parece no ser suficiente, pues según la coordinación del centro de protección, en este momento hay 49 personas en lista de espera. Entre tanto, Olga y Zoila no viven tan cómodamente como en un centro de protección social, pero se sienten felices de estar ocupadas, aunque la mayoría del día solo observen a las personas que cruzan frente a la estación de Las Aguas. Quizá su solución y la de muchos no es estar internados para descansar sino sentir que aún viven para algo. “El fin del adulto mayor es pasar los días disfrutando con su familia o al menos sintiéndose útil, acudir a los centros geriátricos o especializados solo es aceptable en casos muy particulares”, consideró José Daniel López, representante a la Cámara por Bogotá, quien hace poco presentó un proyecto de ley que busca otorgar beneficios fiscales a las empresas que contraten adultos mayores de 60 años.
- Resistiendo con 'Rocka' en Colombia
Resistiendo con 'Rocka' en Colombia Juan Pablo Narváez Aguirre, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana Fecha: El Rock, género musical que nació sobre 1950 en Estados Unidos e Inglaterra, encarna como ‘personaje’ en esta historia y, de la mano de Jorge Holguín, recorre Colombia y acumula 40 conciertos en medio de la pandemia. Lea también: El silencio de la música en Bogotá Compartir Foto: Jorge Holguín revisa sus equipos antes de ponerse a trabajar. (Crédito: Juan Pablo Narváez) El silencio es sepulcral. Han pasado más de 14 minutos desde el último sonido emitido. Nadie levanta la voz, solo el brazo izquierdo para ver la hora en el reloj. Los pasillos están abarrotados de gente, que espera, mirando pacientemente sus celulares, el anuncio de los vuelos. El silencio también tiene su respuesta; esta vez va acompañado del sonido de las llantas del bus que transporta a la gente al avión. Tras abordar a las 6:53 a.m., detrás de una larga fila, suenan los pasos encharcados y el frío “buenos días” de las azafatas. Un saludo protocolario del piloto, el cual carece de emoción, recibe a sus tripulantes con destino a Armenia, Quindío. El sistema de entretenimiento del avión ya no incluye ningún clásico, por lo cual se debe escoger una canción entre el género urbano, el pop o el vallenato. ¿Dónde está aquel género conocido como rock ? Aproximadamente a las 8:11 a.m. del martes 21 de septiembre de 2021, inicia este viaje con Rocka, un movimiento musical, un pasajero más de este trayecto, un estilo de vida, el cual vive a diario Jorge Holguín, reconocido productor musical, guitarrista de Kraken y Darath, que usa el seudónimo de ‘Pyngwi’. Jorge es un hombre de baja estatura, de abundante barba y grandes tatuajes. Después de un caluroso saludo, Jorge retira del asiento de copiloto un periódico con la portada de J Balvin, uno de sus más grandes ídolos. Jorge cuenta que siempre se viste de negro, procede a mostrar fotos de su celular en varios recitales y nunca cambia su camiseta negra, chaqueta de cuero, sombrero negro y tenis blancos. Luego, enciende la direccional del vehículo, el cual está a punto de parar en Maderos San Juan, negocio familiar. Aquel recinto tiene una gran historia, ahí, él y su abuelo, quien fabricaba instrumentos, tuvieron un encuentro memorable hace varios años. Maderos San Juan inició como un garaje. En aquel lugar, su abuelo descubrió el buen oído que tenía Jorge hacia la música, por lo cual le regaló una guitarra. Años después, el papá de Jorge, Raúl Holguín, escuchó aquella melodía que su hijo tocaba y procedió a grabar lo que se convertiría en el primer éxito local de Jorge, "Fuego Del Olvido", un sencillo que sonó en las emisoras de Armenia, cuando Jorge tenía solo 13 años . ‘Rocka’, que no siempre contó con el mayor apoyo en Colombia, fue grabado en aquel garaje por Raúl Holguín de una forma casera y, posteriormente, envió la canción a un medio radial de su ciudad sin que Jorge lo supiera. Camilo ‘Shak’ García y Jorge Holguín son amigos cercanos de ‘Rocka’. Entre los tres vivieron en un apartamento en Bogotá durante sus inicios en la música. Pasaron hambre, pues compartían a veces la misma lata de atún para subsistir en un inicio que no fue sencillo. ‘Shak’ es el vocalista y compositor de ComeHere, una banda formada en 2016, y se encuentra grabando su primer disco. Es un chico de pelo largo, delgado y ojos claros; ha acompañado las mutaciones continuas del rock. ‘Shak’ relata su primera experiencia en televisión hace unos meses, medio al cual fue llamado por su apariencia roquera. Camilo se ríe y cuenta que la experiencia fue increíble, a pesar de haber tocado algo muy diferente a la música que él suele hacer. A las 2:04 p.m. del martes, ‘Shak’ baja las escaleras de la casa de ‘Pyngwi’, ubicada en Circasia, Quindío, extiende su brazo derecho, en el cual tiene tatuado el logo de Nirvana, saluda y dice: —¿Qué más? Mucho gusto, Camilo ‘Shak’. En junio del presente año, Camilo apareció junto a Riccardo Frascari la canción “Nadie como yo”, del programa Club 57 de Nickelodeon. —La historia comienza con un post de un productor que necesitaba gente conlook roquero para una serie de televisión. Ahí me empezaron a etiquetar en la publicación; yo no sabía que era para Nickelodeon, pero me incluyeron de una en el casting. Solo tuve que mandar las fotos y medidas. Al cabo de unos días, me llamaron, me pusieron las pintas (vestimenta) para el episodio y me tomaron unas fotos para tener una referencia. Fueron 3o 4 días de rodaje. Básicamente era hacer playback de los éxitos de la serie. Club 57 está dirigida al público infantil y adolescente, como toda buena serie de Nickelodeon, tiene bastantes seguidores en todo Latinoamérica. Los protagonistas son Evaluna y Riccardo Frascari. Aquellos programas juveniles siguen siendo la esperanza de ‘Rocka’ de rejuvenecer, varias cadenas televisivas como Disney Channel y Nickelodeon han estrenado series con esta temática, tales como Estoy en La Banda, Club 57, Peter Punk, Camp Rock, con el fin de presentar a ‘Rocka’ a los más chicos. Posicionarlo en televisión no ha sido sencillo. Tanto Peter Punk, Estoy en la Banda y Escuela De Rock, producción de Disney Channel, no han logrado pasar la tercera temporada de emisión. En Colombia, las biografías de músicos colombianos como Joe Arroyo, Martín Elías, entre otros, dominan el mercado televisivo-musical, obteniendo distinciones como los Premios India Catalina y TVyNovelas. En la noche de aquel 21 de septiembre, a las 9:03 p.m., al otro lado del portón de un conjunto residencial en Armenia, se encontraba Juan Carlos Ángel, conocido musicalmente como ‘Ángelo’, integrante de Darath, el cual ocupó el tercer puesto en el Factor X del 2006. Procedió a contar su vida musical. Juan Carlos comprobó que el rock ya no era demandado, tras recibir la petición del productor José Gaviria de que cantara baladas en vez de su música. —Deseé y soñé dedicarme a la música desde muy chiquito; pero, cuando llegó el momento, me faltó valor. Llevaba 4 meses en Ingeniería Civil y Darath me encontrócantando en un paseo de una amiga en común y, una semana después, me invitaron a ser parte de la banda. Fue una lucha contra mi familia; no estaban de acuerdo en que dejara la carrera. En el año 2004, ‘Pyngwi’ vino a tocar con Kraken en Armenia y me subió a cantar con Elkin Ramírez. Se me encendió otra vez esa llama musical; quedé como eléctrico. La supervivencia del rock tiene su precio. Normalmente, una producción musical dirigida por Jorge Holguín cuesta entre 15 y 35 millones de pesos colombianos . Varios artistas, como Sin Ánimo De Lucro, Telebit y El Sie7e, pasan por Art & Co, estudio de grabación de Holguín, a materializar sus producciones. ‘Rocka’, con un estilo un poco más sofisticado, se acuesta aproximadamente a las 3 p.m. para reposar el almuerzo; dubitativo, saca su teléfono para revisar la última actualización del listado Billboard. Revisa cómo están sus primeros amigos, U2 y los Rolling Stones, los cuales actualmente viven en las casillas 77 y 82 de los artistas más destacados de la década. A pesar de consagrarse como el género que más ganancias ha tenido en 2020 por los conciertos de U2, sorprendida, sube a buscar quiénes están en los penthouse de la música, habitados por Drake, Taylor Swift y Bruno Mars, los artistas más influyentes en la década según Billboard. Detrás de bambalinas quedó Slash con su guitarra eléctrica, los cánticos de protesta de Los Prisioneros, la melancolía romántica de Steven Tyler, mientras presencian en el escenario los nuevos ritmos que aluden al desamor y al dinero. Posteriormente, recibe una notificación de que un evento, llamado “El rock, ¿se rompió algo?”, está próximo a comenzar. Jorge y otros invitados internacionales asistieron. Carlos Casacuberta, integrante del Peyote Asesino, extiende su mano y abre el micrófono de la computadora: —La música del rock en Uruguay no genera ruptura en lo compositivo, no hay cosas nuevas. Holguín procede a abrir su micrófono y dice: —El problema está en que el principal propósito del rock era divertirse; esta fue la razón de su éxito. El rock no puede perder la actitud de no querer parecerse al resto. El debate continúa. Álvaro Menanteau, doctor en Musicología de la Universidad de Helsinki, abre su micrófono y dice: —El rock más que morir o no, ha perdido vigencia, pues la vigencia debe representar lo actual. —El rock mismo es causante de esto, se quedó haciendo tributos en vez de innovar, de arriesgarse — dice Holguín. —Lo último que queda del rock no contaminado es el heavy metal, es aquel espacio de denuncia, de enajenación— dice Álvaro Menanteau, doctor en Musicología. Luego de llegar al Hotel Portal del Norte, sobre la cama de la habitación 302, Rocka empieza a reflexionar acerca de lo charlado en el día, estira sus manos y procede a escuchar el pódcast de Diana Uribe. —El rock se convertirá en memoria, mientras exista el deseo de rebeldía, de cambio, prevalecerá el rock —dice Uribe. El 17 de septiembre a las 9 am, Jorge recoge a ‘Rocka’ y lo lleva a navegar en el DeLorean, como hace llamar a su estudio de grabación. Allí, acompañado de Camilo ‘Shak’, entran al templo musical, el cual tiene en sus paredes varios Discos de Oro y distinciones de bandas que Jorge y Rocka han producido. Reconocimientos a The Mills, Don Tetto, Black Cat Bone, entre otras, se encuentran colgados en aquellos muros del estudio Art&Co. Después de una media hora de conversación, el silencio se apodera del lugar, como si algo grande estuviera por suceder. Jorge, el ‘Martin McFly' como le gusta llamarse, prende la consola del Delorean y reproduce a todo volumen el próximo álbum de Darath, el cual tiene la misma misión que el vehículo de la película conocida como 'Volver Al Futuro’, regresar al pasado a recordar las grandes épocas. Al hacer una estereoscopía del recuerdo, las vibraciones de las consolas digitales retumban en el recinto, el ecualizador transporta la música hasta niveles muy altos; Jorge cruza la pierna y entrelaza sus manos, levanta sus cejas y sonríe, mostrando señales de satisfacción hacia el momento. Lo bueno dura poco. A las 8:15 p.m., luego de un torrencial aguacero y un gran tráfico vehicular, Holguín baja de su carro las maletas de uno de sus pasajeros, el cronista, se despide con un gran abrazo de él y lo deja en el Aeropuerto El Edén. Allí, el cronista descubre que la carencia fuera de Bogotá no solo es musical, también es estructural. Dentro de aquel recinto, yace una sola máquina dispensadora de alimentos y una cafetería, la cual estaba abarrotada de clientes en busca de un tinto para calentarse. El viaje de regreso de aquel sujeto estaba estipulado a las 9:15 p.m., último vuelo de Avianca; sin embargo, tras el mal clima, abordó al avión tan solo a las 11:00 p.m. Después de aquel viaje musical, ‘Rocka’ y Jorge regresan a su casa y miran aquellos premios que no significan la cumbre del éxito en la vida. Ambos disfrutan de la jardinería y de ver cine en sus tiempos libres. Con respecto al Rock, como género, mientras exista el asombro hacia la música, la capacidad de ser creativos y de arriesgarse, el género, la actitud, seguirá latente, como dice Holguín. En aquella cómoda casa en Carcasia, miran su mesa de noche a las 10:30 p.m., se acuestan a dormir no sin antes agradecer a sus familias, aquellas que les dieron la oportunidad a Jorge y a ‘Rocka’ de encontrarse mediante una organeta. Entre luces y conciertos, sueñan volver a rebobinar y recordar sus buenos tiempos, pues ese amor perdura, como en “Estereoscopía de un recuerdo” de Darath.
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Transfeminismo en Colombia: Rechazo o inclusión Jorge Andrés Arroyo Moreno, Tatiana Paola Marta Beltrán, Ángela María Becerra Rincón, Alejandro Frías Londoño, Luis Mateo Lagos Mejía, Esteban Andrés Vera Correa, estudiantes de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana. Algunas de las personas trans continúan luchando por vencer la estigmatización en contextos laborales y culturales, así como por verse incluidas en el movimiento feminista. Ver también: Libros 'inmorales' Compartir
- "Bienvenido a la libertad": exsecuestrado por las Farc revive su martirio
"Bienvenido a la libertad": exsecuestrado por las Farc revive su martirio Sara Carrascal Hernández, Comunicación Social y Periodismo Fecha: En abril del 2002, los habitantes de Tabio se estremecieron al escuchar el relato de Jaime Humberto Chisco. Lea también: El Gigante de Caño Jabón Compartir Foto: Sara Carrascal Hernández Pasadas las cinco de la tarde, Jaime Humberto apareció por el umbral del lugar en el que habíamos acordado reunirnos. Vestía una sudadera Adidas negra, una chaqueta –también Adidas– blanca y unos tenis deportivos negros. Además, llevaba el celular, la billetera y las llaves del carro en la mano derecha. Se veía nervioso cuando se sentó en frente de mí; sus ojos no miraban a los míos y a cada rato enroscaba y desenroscaba la tapa de la botella de agua con gas que había ordenado. Sin embargo, logró disimular su nerviosismo cuando empezó a relatar el peor capítulo de su vida. La noche del 24 de abril del 2002, Jaime Humberto se dirigía a la casa de sus padres, donde vivía en aquel entonces, montado en su bicicleta después de asistir a un encuentro con sus amigos. Los amigos se reunían los miércoles, o en ocasiones los jueves, de cada semana para hablar de la programación del siguiente partido de fútbol que tendrían –partidos de tres tiempos que realizaban los sábados por la noche–. Como de costumbre, me comenta Germán Martínez, amigo de la familia desde hace más de treinta años, la conversación no solo giró en torno al próximo partido de fútbol. Entre actitudes jocosas, confianza construida por años de conocerse unos con otros y tintico bien caliente para contrarrestar el frío de Tabio, la tertulia saltaba entre temas triviales del día a día y discusiones acerca de lo que fue el partido de la semana anterior. Pero, a pesar de la amena comodidad que presentaba lo conocido, Jaime no olvidaba que la mañana siguiente debía levantarse temprano para ir a trabajar. Entonces, a eso de las 8:30 de la noche, tomó la bicicleta con la que se movilizaba por todo el pueblo, se despidió de sus amigos y se dirigió a su casa. A pesar de la quietud y el silencio palpable en las calles adoquinadas del pueblo, Jaime enfrentaba su camino con la misma actitud con la que lo conocían sus amigos: tranquilo. Faltando poco más de dos cuadras para que el joven ingeniero electricista llegara a la puerta de su casa, finas gotas de lluvia, que se confundían con la oscuridad de la calle, empezaron a golpear su rostro. De repente, las gotas de lluvia se distinguieron de la oscuridad con la ayuda de las farolas de un carro que iba detrás de él. La luz logró que Jaime no se percatara del momento en el que el Renault 19 blanco se acercó para chocar la rueda trasera de su bicicleta. En cuestión de segundos, tres hombres lo rodearon y, entre gritos que le decían “¡No se mueva!”, lo subieron al carro para llevárselo al Tolima, a 204 kilómetros del suroeste de la capital. En su primer día “retenido”, como los secuestradores se referían a la situación, Jaime recordó la noticia del secuestro de Ingrid Betancourt, candidata presidencial del momento. “Me acuerdo tanto”, comentó con la mirada fija en la mesa, “que a ella la habían secuestrado 45 días antes que a mí”. Ingrid fue “retenida” el 23 de febrero del 2002 por la hoy extinta guerrilla de las FARC. Esta guerrilla también secuestró a doce diputados del Valle del Cauca el 11 de abril del 2002, trece días antes de que Jaime fuera plagiado. La familia Chisco –una familia conformada por don Justo Chisco, doña Rosalba Espinosa y sus nueve hijos– se enteró de la situación porque Jesús, el primogénito, pasó por la calle en la que Jaime desapareció y reconoció la bicicleta tirada en el andén. Una señora, no identificada, que había visto la escena desde la ventana de su casa le contó a Jesús que habían metido a un muchacho en el asiento trasero de un carro. Él no necesitó más para correr hacia la casa de su hermano menor y contarle la situación. Dramatización del momento en el que Jaime es secuestrado; el carro blanco chocó la llanta trasera de la bicicleta, Jaime salió a correr, pero fue atrapado y metido en el carro. Olga Landazábal, cuñada de Jaime, recuerda que eran entre las diez y once de la noche cuando ella y su esposo Mario escucharon a Jesús gritando: “¡Se llevaron a Jaime! ¡Se llevaron a Jaime!”. Los gritos de Jesús despertaron la angustia, la confusión y la impotencia que envolvería a la familia por el siguiente año y medio. Los Chisco acudieron al GAULA –el Grupo de Acción Unificada por la Libertad Personal–, quienes iniciaron la investigación del paradero de Jaime. Sin embargo, la información que pudieron facilitarle a la familia fue escasa. El GAULA concluyó que Jaime había sido trasladado al Tolima, pero no se supo con certeza el lugar dentro del departamento, y que estaba siendo retenido por el frente 25 de las FARC. A pesar de que no fue posible acordar un encuentro con un representante de la entidad, confirmaron vía correo electrónico “que una vez verificado la base de datos histórica que posee este grupo estadístico se evidenció que el ciudadano JAIME HUMBERTO CHISCO ESPINOSA fue víctima de secuestro extorsivo para el año 2002 y se encuentra en situación de liberado el día 19/09/2003 en el municipio del Espinal Tolima, caso atendido por el GAULA militar del Departamento de Cundinamarca […]”. Ese primer día, el comandante de la organización, el cual Jaime no tuvo posibilidad de reconocer, habló con él para darle la clave de su supervivencia. “Me acuerdo tanto de esas palabras: completa subordinación, como si estuviera uno en el ejército”, recalca él con leve irritación. Incluso cuando lo encadenaron, Jaime acató la orden del comandante; nunca se rebeló contra sus guardias; nunca intentó escapar de su sombría habitación; nunca le dio una razón a sus secuestradores para que le hicieran daño. Mario Chisco, octavo hermano mayor de Jaime, fue la persona a la que los secuestradores acudieron para iniciar el proceso de negociación. En los primeros días, Mario recibió unas instrucciones en las que se le solicitaba asignar a un negociador –preferiblemente, alguien que no fuera de la familia– y estar pendiente de un clasificado en el periódico colombiano El Tiempo con el número de teléfono al que debía contactarse. Mario le pidió a su amigo Germán Martínez que fuera el negociante y, con su ayuda, se acordó un precio, el cual la familia Chisco decidió no revelar. La entrega de punto 51, el nombre con el que se referían a Jaime en las negociaciones, se acordó para el 31 de octubre del 2002. Sin embargo, Jaime no fue liberado ese día. “Nos hicieron conejo”, expresó Germán, “porque no nos entregaron a Jaime y sí tocó entregar el compromiso [económico] que hizo la familia con ellos”. Mientras que Germán utilizaba un tono autoritario para reclamarle a los secuestradores el incumplimiento del negocio a través del radioteléfono, don Justo, de 75 años en aquel momento, rogaba por la vida de su hijo. “Devuélvanme a mi muchacho”, exigía don Justo con un nudo en la garganta. Las negociaciones entre la familia Chisco y los secuestradores para la liberación de Jaime quedaron grabadas en casetes. Aquí la grabación de la negociación que se dio en Julio del 2003, dos meses antes de la liberación de Jaime. Siete meses después de ser secuestrado, el 21 de noviembre, los rebeldes le llevaron a Jaime un ponqué Ramo, un producto de panadería típico en Colombia, con una vela pequeña para celebrar su cumpleaños. Después de que él apagara la vela, un guardia con acento costeño le llevó una hamburguesa. Adicional al gesto, el guardia costeño prometió llevarle una botella de vino el día en que lo fueran a liberar. Para esta fecha, Jaime empezaba a perder la esperanza de volver al mundo exterior, por lo que no reparó mucho en la promesa del guardia. En su habitación de tres por tres con piso de cemento, sin ventanas por las que entrara la luz, un catre que más bien parecía un ladrillo, un viejo inodoro de porcelana y un tubo del que salía agua para simular una ducha, Jaime lloraba desconsolado todas las noches. Con cada día que pasaba sin recibir noticias de sus allegados y con la constante afirmación por parte de los secuestradores de que su familia se había olvidado de él, Jaime desistía de la idea de que llegaría a ser liberado. Jaime supo que había llegado diciembre porque podía escuchar la celebración de los secuestradores afuera de su habitación. Él se encontraba acurrucado en el catre, rezando el rosario que se sabía de memoria, cuando el guardia de turno le ordenó levantarse y girarse hacia la pared. Era la orden de cuando un comandante iba a entrar a la habitación y, como ya era costumbre, Jaime la cumplió. El olor a alcohol entró con el comandante, indicando que estaba pasado de copas. “Yo de usted he recibido muy buenos comentarios”, dijo él, con la pronunciación atrofiada, propia de un borracho. “Ya era para que hubieran [los jefes milicianos] dado la orden de ejecutarlo. Usted se ha portado tan bien que, si a mí me dicen que lo ejecute, yo lo suelto”. Jaime estaba tan sumido en su desconsuelo que no asimiló la magnitud de estas palabras. Solo se quedó como una estatua hasta que el comandante se retiró y volvió a acurrucarse en el catre. Más o menos por la misma época en la que Juan Pablo Montoya, un deportista colombiano de F1, ganó la medalla de oro en el Gran Premio de Mónaco, Mario y Germán se reunieron con los secuestradores en la Represa de Prado, Tolima, a 231 kilómetros del suroeste de la capital. A mediados de septiembre, dos meses después de esa reunión, se acordó un segundo precio –el cual la familia decidió no mencionar– y el guardia costeño llegó con una botella de vino espumoso a la habitación de Jaime. Mario y Germán se encontraban en Girardot, municipio de Cundinamarca ubicado a 142 kilómetros al suroeste de Bogotá, esperando a que los secuestradores les avisaran dónde tenían que encontrarse con Jaime. Los eventos de la noche previa a que Mario recibiera esta llamada fueron difíciles de procesar para su hermano. Estaba tan acostumbrado a la idea de que nunca más vería la luz del sol, de que jamás volvería a escuchar la voz de sus hermanas, a jugar fútbol con sus hermanos, echar chistes con su padre o abrazar a su madre, que cuando los secuestradores le ordenaron ducharse y vestirse, con una ropa que le traían, Jaime parecía muerto en vida. Ya era costumbre para él hacer lo que le decían sin pensar mucho en el porqué. A la media noche, los secuestradores obligaron a Jaime a caminar hasta un carro, el cuál él no veía porque estaba vendado. No fue sino hasta que estaba acostado en el piso del asiento trasero, con una pistola en la cabeza, que empezó a asimilar la situación. Pasadas unas horas de viaje, el carro se detuvo donde el ingeniero iba a ser abandonado. Los sentidos de Jaime se agudizaron en ese momento. Escuchaba el pasto crujir bajo sus pies después de cada débil pisada que daba. Olía el aroma de aire húmedo, característico de tierra caliente. El llanto agudo de los sapos que piden lluvia, los mosquitos que le zumbaban en el oído y el sudor que empezaba a sentir que le recorría la espalda le confirmaron que estaba siendo liberado en un lugar de clima caliente. Jaime empezaba a reconocer la confusión del momento y el temor de que todo fuera mentira, sentimientos que se intensificaron cuando el comandante se le acercó y le dejó un objeto con textura de papel en la mano. El comandante le explicó que en ese papel estaba el número de teléfono de su hermano Mario. “Debe llegar a Melgar y llamarlo. No vaya a hablar con nadie”, le indicó con tono autoritario. Jaime recuerda ese momento, y sobre todo el instante siguiente, con una sonrisa de alivio: “Me estrechó la mano y me dijo: ‘Bienvenido a la libertad’”. Cuando Jaime llegó a Tabio después de un año, cuatro meses y 21 días, aproximadamente, de estar desaparecido, todo el pueblo acudió a la casa de sus padres para saludarlo y confirmar que gozaba de buena salud. “Era como mirar a un ángel”, comenta Olga con humor en su tono, “porque estaba muy blanco”. Jenny Hernández, conocida de Jaime desde la infancia, recuerda que se puso a llorar apenas lo vio. “Yo estaba embarazada en ese momento”, explica ella. “Cuando me vio no lo podía creer. Me tocaba la pansa, me miraba, llorábamos los dos y yo le decía que había rezado para que él regresara”. Angélica Pineda, amiga de Olga, recuerda que “fue un gran alivio para todos cuando Jaime regresó”. Todo había cambiado cuando Jaime regreso a su hogar. Su segunda hermana mayor, Miriam, había fallecido de cáncer mamario, su tía Emita falleció debido a su avanzada edad y la novia que tenía antes de ser secuestrado se había comprometido con alguien más. Olga sospecha que, por estas razones, Jaime “quedó como si le faltara tiempo. Como si se le fuera a acabar y tuviera que hacer las cosas rápido”. Jaime ha tenido veinte años para reflexionar acerca de las repercusiones que aquel evento pudo dejar en su vida. “Yo tengo una vida muy normal”, afirma y, por fin, me mira a los ojos. Su esposa, Sandra Páramo, piensa igual que él: “Ahora está en una etapa de su vida en la que disfruta de ser papá, de ser esposo y de cuidar a su familia”, dice ella mientras que observa los ojos de su esposo y le sonríe tiernamente. “Somos muy felices”, concluye, y me convencen cuando Jaime le toma la mano a Sandra, le sostiene la mirada cargada de amor y le besa la mano. Él parece no notarlo, pero es evidente que tiene cierto afán por aprovechar cada segundo. En ningún momento abandonó su ademán de tranquilidad, pero no pasé por alto la rapidez con la que recogió sus pertenencias y tampoco el suspiro profundo, y tal vez de alivio, que soltó cuando abandonó el lugar de nuestro encuentro.
- Un terror de ensueño
Un terror de ensueño Manuel Martínez Londoño, Comunicación Social y Periodismo Fecha: La segunda parte de la propuesta de Netflix por series de terror dejó boquiabierto a más de uno, pero no por las razones esperadas. Lea también: Una fría bienvenida Compartir Foto: The Haunting of Bly Manor Doctor sueño (2019), La Maldición de Hill House (2018) y El Juego de Gerald (2017) tienen algo en común: son dirigidas por Mike Flanagan y son reconocidas por haber pasado a la historia como clásicos cinematográficos del terror gótico y psicológico. El joven director intentó, con esta nueva serie, seguir haciendo historia. Sin embargo, en una producción en la que aparentemente lo único que asustan son los monólogos fuera de lugar y acentos británicos o escoceses innaturales , se puede ver lo que pudo ser un clásico de la cinematografía gótica hundirse lentamente. La serie de Netfix que tuvo a los fanes del género de terror ansiosos por su estreno durante casi un año entero, tenía grandes expectativas al ser lo que parecía una segunda parte del éxito de Netflix: La Maldición de Hill House, pero se quedó en el intento. La historia de la serie gira alrededor de una niñera californiana que llega al Reino Unido escapando de su reciente pasado . Al llegar a este desconocido país, consigue trabajo como au pair de unos niños huérfanos en el pueblo de Bly, donde se ubica la mansión Manor. Durante nueve capítulos se sigue la historia de los personajes que viven en esta peculiar mansión y cómo se ven afectados por las almas perdidas que deambulan allí, hasta que finalmente, después de muchas obvias indirectas que lanzan el director y los guionistas, se llega a un final inesperado, pero poco apropiado a la historia . La narrativa se construyó teniendo en cuenta todo lo que hace una serie o película gótica un clásico: la gran mansión embrujada y apartada de la ciudad, varias mujeres frustradas por el amor y valientes héroes con un pasado que esconder . El problema es que la escritura de Mike Flanagan trata de unir muchas historias en una sola y, al final, la producción termina sin tener una historia clara a la cual darle cierre. Es triste ver cómo cada capítulo que pasa va perdiendo el encanto. Primero, las malas actuaciones de Oliver Jackson-Cohen, quien interpreta a Peter Quint, y Henry Thomas, quien interpreta a Henry Wingrave, cortan el flujo de la serie. Segundo, los capítulos 3, 5 y 7 son tediosos y repetitivos, además de difíciles de resistir despierto. Tercero, la serie está repleta de monólogos poco naturales que terminan siendo incómodos para el espectador y, por último, algo que verdaderamente da terror es la falta de habilidad de los actores estadounidenses para recrear acentos del Reino Unido, haciendo que sus actuaciones no sean solo malas, sino también molestas. Otro de los grandes problemas de la serie es que cae en la estrategia de mercadeo y publicidad de Netflix. Para todos los fanáticos de la primera producción de esta propuesta, La Maldición de Hill House , saber que estaba en camino una producción del mismo estilo fue emocionante. Después de que se presentó el tráiler de La Maldición de Bly Manor y se dio a conocer que varios de los actores de la primera serie también participarían, le puso a más de uno los pelos de punta, y, cuando el 9 de octubre llegó, es probable que más de uno se quedara sorprendido por tan drástico cambio y decepcionante resultado. Pero no todo es malo. Dentro de los nueve capítulos hay un diamante en bruto que capta la esencia que el resto no logró: una historia romántica y de terror gótica . El capítulo 8 narra la historia del fantasma principal de la casa Manor, y es una obra de arte cinematográfico y narrativo. Contiene todas las características del género gótico y el capítulo se desenvuelve naturalmente gracias a la buena escritura de los guionistas y a la excelente actuación de Kate Siegel (Viola Willoughby). A partir de este episodio se puede rescatar la idea que Mike Flanagan tuvo como visión general para la serie. Hubiera sido verdaderamente espectacular si el terror causado por el suspenso, la incomodidad y el asombro del capítulo, junto con la facilidad y naturalidad con la que fluye la historia, se hubieran visto reflejados en los otros ocho capítulos. Si eso hubiera sucedido, esta reseña probablemente hubiera tenido un tinte completamente diferente. No se puede negar que la serie tiene pincelazos de terror y a veces el suspenso llama la atención del espectador (de ahí proviene el número de estrellas que tiene en esta reseña), ni tampoco que la escenografía de Gregory G. Ventury y John Álvarez, además del vestuario de Lynn Falconer, no transporten a los míticos años 80. No obstante, las cosas excelentes que tiene la producción son opacadas por lo negativo que brilla por sí solo. Es probable que muchas personas que estén apenas entrando al mundo del terror disfruten la serie. Sin embargo, los que ya conocen el trabajo de Mike Flanagan y están esperando una serie que los mantenga en el borde de la cama y con pesadillas en la noche, tal como lo hizo La Maldición de Hill House, podrían terminar desilusionados, ya que, como la misma producción dice, “es una historia de amor, no de terror”.
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