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  • Pedro Vaca

    Colombia | Relator Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH Pedro Vaca Por Laura Angélica Lenis Llano, Alejandra Paulina Hernández Martínez, Maria Camila Poveda Trujillo y Juliana Martínez Cubillos. Colombia | Relator Especial para la Libertad de Expresión de la CIDH Lea también: Carlos Fernando Chamorro Compartir Fotografía por Juliana Martínez en entrevista para Unisabana Medios. Es abogado egresado de la Universidad Nacional de Colombia, tiene una especialización en Derecho Constitucional y una maestría en Derecho de la misma institución educativa. En su trayectoria fue director de la Fundación de La Libertad de prensa (FLIP), participó en la defensa de los familiares del periodista Guillermo Cano Izasa, director de El Espectador asesinado por sicarios de Pablo Escobar, y más recientemente fue elegido en 2020 como el Relator Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Nos contó: Sobre la expresión en democracias Iberoamericanas... • La toma de decisiones públicas debe pasar por una discusión, por una deliberación, por controversias, por puntos de vista, por enfoques y para que esto ocurra se requiere no sólo que la ciudadanía tenga la posibilidad de alzar su voz, sino que el periodismo, ojalá tan diverso y tan plural como la propia sociedad, pueda participar cuando encontramos la censura, cuando hay restricciones a esa libertad de expresión, pues se va haciendo más corto el margen de visión. • La clave para la libertad de expresión es que existan garantías judiciales para la prensa, que exista debido proceso y que existan salvaguardas para que el Poder Judicial no sea instrumentado con fines de silenciamiento. Fotografía por Juliana Martínez en entrevista para Unisabana Medios. • Se debe recordar que la ciudadanía tiene capacidad y derecho de discernir. Por lo tanto, siempre será muy interesante contar con marcos de calidad en los medios, que ofrezcan un contenido informativo que se ha validado con fuentes, que se ha dado un proceso de reportería y que se distancia al chisme de una cafetería. • No son tiempos de mejora, no son tiempos en los cuales se puede decir con total confianza que la libertad de expresión se expande y se vuelve más robusta. Seguimos siendo una región donde hay quien reacciona a un reportaje periodístico con violencia y entonces mata o amenaza o intimida. Vivimos donde se instrumentaliza al Poder Judicial para darle un barniz de legalidad a actos arbitrarios. • En tiempos donde hay tanto ruido, tanta confusión, tanta desinformación, el periodismo como método y el periodismo como labor son un punto de referencia, y tener puntos de referencia siempre será bueno para la toma de decisiones en comunidad. Y por eso con la prensa, entre más diversa y plural sea, se pueden entablar todas las discusiones posibles, pero siempre velando porque sean más y no menos voces las que participan en una democracia. Cuenteros de Iberoamérica

  • La Oreja de Amador

    En Colombia, 6.4 de cada 10 mil recién nacidos presentan microtia, una alteración hereditaria en la forma y tamaño de la oreja que no tiene un gen específico. La Oreja de Amador Sergio Andrés Peñuela Ortiz En Colombia, 6.4 de cada 10 mil recién nacidos presentan microtia, una alteración hereditaria en la forma y tamaño de la oreja que no tiene un gen específico. Disponible en Pulzo Getty Todo objeto produce un sonido, ya sea porque su funcionalidad es esa o simplemente por el contacto de este con otra superficie. Día a día escuchamos una innumerable cantidad de sonidos o ruidos que son producidos por el habla de una persona, el ruido que produce un objeto, etc. Pero, ¿qué pasaría si se deja de escuchar de un momento a otro? Jaime Alberto Amador, músico y periodista colombiano, es una de las miles de personas afectadas por esta condición que produce sordera y limita su audición. La audición es un tema muy delicado y existen distintas enfermedades o condiciones que la afectan; una de estas es la microtia, alteración conocida como ‘orejas pequeñas’. Esta malformación congénita produce sordera ya que no se forma el pabellón del oído. Es decir, se nace con el oído cerrado. Es más frecuente en hombres y la más común es la unilateral, en donde la oreja derecha es más frecuentemente la afectada. La microtia se produce en el primer trimestre de la gestación y se presenta en 1 de cada 8 mil nacimientos. ¿Cómo hacerse escuchar? La noche de viernes del 25 de julio de 1980, María Cristina Bernal se preparaba para dar a luz a su segundo hijo. A pesar de que todo era felicidad en la familia Amador Bernal, había cierto tipo de descontento al ver que su hijo, el pequeño bebe, no tenía su oreja derecha. “No me desesperé, no me enloquecí, lo tomé con mucha tranquilidad a pesar de que nunca supimos cuál era la razón”, contó María Cristina, tras enterarse de la condición de su hijo. Jaime Alberto Amador Bernal, nombre que le pusieron a aquel niño, nació con microtia unilateral derecha. Debido a esto solo tenía un solo oído funcional. “El otorrino siempre les decía a mis padres: cuiden el oído de Jaime como porcelana”, recordó Jaime. Su niñez fue como cualquier otra y creció como un niño normal. Sus padres nunca trataron de cubrirle la oreja o esconderla, por el contrario, ayudaron mucho a la autoestima de Jaime en las primeras etapas de vida, inculcándole que no tener oreja no era ningún tipo de discapacidad. En los colegios se acostumbra a hablar del matoneo como problema principal en la formación de los niños. Una de las causas más frecuentes de matoneo es el tamaño de las orejas, o en este caso, no tenerlas. Insultos, apodos, burlas son lo que padecen muchos niños por causa de esto. Según la OMS, el 15 por ciento de los niños entre los 9 y 15 años han sufrido matoneo de algún tipo. Afortunadamente, Jaime nunca sufrió por este tema y se lo debe a sus padres y a que siempre estuvo rodeado de muy buenos amigos. “Nunca me sentí menos que otros”, dijo Jaime. La primera fiesta a la que asistió, fue con uno de sus mejores amigos. Ansioso y la expectativa, escogió la mejor vestimenta, se aplicó toda la colonia de su padre y se encaminó a lo que, él esperaba, fuera inolvidable. “Al llegar, mi amigo notó que todos me observaban por mi condición”, recordó Jaime. Qué pasó?, ¿por qué nos vamos?, preguntó Jaime. No me gustó la forma como te estaban mirando. Mejor no estar ahí, respondió su mejor amigo. Pero no todo era bueno en la vida de Jaime. Con el tiempo, llegó lo que tanto advertía su otorrino. Cuando alcanzó una edad medianamente adulta, su oído izquierdo, el oído bueno, empezó a desgastarse. Los oídos no afectados por la microtia son propensos a unos tumores llamados colesteatomas, que según Stanford Children’s Health, son quistes cutáneos en el oído medio que producen células epiteliales muertas, desechos atrapados o simplemente, unas pequeñas costras que al entrar en contacto con la mucosa en la que están situadas, se infectan con facilidad. Esto implicó varias cirugías que afectaron la poca audición que le quedaba. Debido a esta condición, las personas afectadas dejan de hacer muchas cosas. Jaime nunca pudo meterse a una piscina (por el miedo de sus padres a que empeorara su condición), montar en avión se volvió en una completa odisea. El dolor que sentía era insoportable debido a la poca ventilación que tenía el oído. Su otorrino le ofreció múltiples tratamientos a los que él podía acudir. Uno de estos fue ponerse una oreja falsa, una oreja de goma. La decisión la tenía que tomar Jaime cuando alcanzara la mayoría de edad. “Cuando crecí ya no lo vi necesario, porque sencillamente nunca lo vi necesario y dejo de ser yo. Estas orejas son simplemente un tema meramente estético”, dijo Jaime. “Nosotros nunca tratamos de cubrirle o esconderle la oreja, porque hay personas que la esconden dejándoles crecer el pelo. Esto puede que tenga un impacto positivo en la persona, como también puede que afecte su autoestima y obligue a ser dependiente de una ‘oreja’ para sentirse bien”, afirmó María Cristina. “Conocí un niño que tenía una oreja de goma y llevaba la situación tan bien, que se quitaba la oreja en frente de sus compañeros y la dejaba por ahí”, narró Jaime. Más adelante y superando estos pequeños obstáculos de su infancia, conocería lo que se convertiría en su pasión, la música. Se empezó a interesar en los instrumentos. Sus padres casi que le obligaban a tocar los instrumentos más armoniosos; tocó la guitarra y la flauta, pero ninguno de estos lo llenó. Fue entonces como irónicamente llegó a la batería; no había un peor instrumento que este, ya que los sonidos fuertes y profundos que produce aturdían sus oídos. Mandó a hacer unos protectores para el oído y así poder continuar con esta práctica. Según Cochlear Colombia, empresa que realiza dispositivos implantables para pérdidas auditivas, existen dos tipos de pérdida auditiva: la sensorial, pérdida del nervio auditivo, condición que presentan los sordos, y la conductiva, en donde el nervio auditivo está, pero presenta alguna deformación física que no permite escuchar. Jaime, con sus protectores en su oído no escuchaba muy bien, sin embargo, no fue mucho el tiempo que lo llevó a descubrir que la batería estaba ligada al bajo: “Empecé a educar mi oído por los tonos bajos. Acercaba el amplificador y me guiaba por las vibraciones del bajo”. A pesar de su pasión hacia la percusión y hacia la música, Jaime decidió tomar otro rumbo. Jaime quería ser piloto, pero debido a su condición no lo iba a poder lograr También, le gustaba la historia y la investigación, pero su padre le hizo cuestionarse de qué iba a vivir. “A pesar de que me encanta la música, nunca quise estudiar música. Igual mi papá tampoco me hubiera dejado”, agregó Jaime. Siempre le gustaron las cámaras, la fotografía y los drones, así que se decidió por combinar las tres y estudiar periodismo, pues podía escribir, contar e inmortalizar historias. En la universidad, empezó a sentir un oído cada vez más y más cansado, ya no escuchaba lo necesario; esto afectó su rendimiento académico. “Todos me dicen que me duermo en todos lados y sí, yo me duermo cuidando un tigre, apuntó el periodista”. Después de compartir con otras personas que padecen la misma condición, se dio cuenta de que, al hacer doble esfuerzo al tratar de escuchar, se cansa más rápido. En la universidad hacía esfuerzos exagerados por atender a las clases, ya que, sin escucha, no hay concentración. Jaime le tocó empezar a usar una grabadora de casete, la cual reemplazó la función de su oído y así logró escuchar las clases. Llegaba al aula, se sentaba en los puestos de más adelante, sacaba su grabadora, se colocaba el audífono en su oído izquierdo y se ponía en disposición de escuchar la clase. Llegó un punto en la vida de Jaime, en donde ya no escuchaba por ninguno de sus dos oídos. Por eso, en 2008, ya graduado de la universidad, se realizó su primera cirugía en su oído derecho, oído afectado por la microtia. María Piedad Núñez, fonoaudióloga y Gerente Clínica de Cochlear Colombia, explica que el hecho de tener microtia no es ninguna limitación para llevar una vida normal: “Se opta por un sistema óseo integrado que consiste en colocar un implante de titanio en el hueso donde se adhiere un procesador que produce vibraciones que van directamente a la cóclea, obviando la alteración que haya en el oído externo o en el oído medio”, dijo Núñez. Días después de la cirugía, le entregaron el procesador a Jaime: “Yo no sabía que ese día me lo iban a entregar, así que no estaba preparado”, aseguró el joven. Al salir del consultorio, y con su nuevo implante, dio unos pasos y de repente, empezó a sentir algo que nunca jamás había sentido: “Empecé a escuchar sonidos que jamás, en mis 28 años de edad, había escuchado”. Justo al lado de donde Jaime se encontraba, había un jardín infantil: “Estaban en recreo y escuchar a todos esos niños gritando fue terrible”, contó. Camino a su casa y a medida que iba caminando, iba escuchando el ruido producido por los buses, los carros, y las llantas rodando sobre las avenidas de Bogotá; escuchó el ruido caótico característico del tráfico de Bogotá, que a pesar de que pasen los años, siempre sigue igual. “El esfero suena cuando escribes, la fricción producida por la ropa suena, el viento suena, la lluvia suena, la gente al caminar produce sonidos (…) me iba volviendo loco”, mencionó Jaime. Después de 10 años de la primera cirugía, Jaime decidió operarse su oído izquierdo y así tener una audición bilateral. Esta condición no solo se ve evidenciada en Jaime Amador, también se ven otros casos parecidos a este. Con la ayuda de este tratamiento, muchas personas han logrado recuperar la audición, como es el caso de Federico Rincón, de 20 años de edad y vocalista de ‘Mack The Knife’, banda de Swing y Rock & Roll. También nació con microtia en su oído derecho y tras varias cirugías estéticas, decidió optar por el tratamiento. Con esto, cambió todo en la vida de Jaime, incluso hasta las maneras como él se comunicaba con otras personas. Siempre que tenía una conversación con alguien, se enfocaba mucho en leer sus labios ya que no alcanzaba a escuchar todo, siempre se hacía al lado izquierdo de la persona o simplemente volteaba su cabeza para escuchar por su oído izquierdo. “Ya nunca más me tocó volver a hacer eso, en realidad, esta condición nunca me limitó a nada”, agregó Jaime.

  • Juan Manuel Urbina

    Unisabana Ágora con el animador Juan Manuel Urbina Su portafolio, centrado en los dibujos animados, incluye Servicios Creativos para clientes de la talla de HBO, Discovery y Reel FX, así como contenidos originales ganadores de premios a nivel nacional e internacional. Compartir Ver también: Jonathan Whittaker: Director as communicator

  • Un cambio sobre ruedas

    Un cambio sobre ruedas Diego Andres Mosquera Cuellar, Nathalia Alejandra Álvarez Quintero, Gissel Alejandra Jimenez Moreno, estudiante de Comunicación Social y Periodismo La dura historia de vida de Sebastián Rodríguez lo llevó a querer generar un cambio para el país. A su corta edad, ha decidido aportar a su localidad como Consejero de Juventud. Ver también: Jerome: Una líder local de ‘enorme’ talante y ‘corta’ edad Compartir

  • Kendry Serrano

    Cartagena, Colombia | Directora de comunicaciones étnicas del Programa Juntanza Étnica Kendry Serrano Por Ana María Gómez, Juan Esteban Medina Caicedo, Nayhara Esthefania Contreras Rojas y Francy Dayana Velasco Católico. Cartagena, Colombia | Directora de comunicaciones étnicas del Programa Juntanza Étnica Lea también: Diana Collazos Compartir Fotografía por Ana María Gómez. Es comunicadora, máster en Periodismo y becaria del Programa de Liderazgo para periodistas (IVLP) Edward Murrow del Departamento de Estado de Estados Unidos. Es certificada en Estudios Afrolatinoamericanos del instituto Alari de la Universidad de Harvard y dirige las comunicaciones étnicas del Programa Juntanza Étnica de USAID y ACDI/ VOCA. Cursa la especialización en Estudios Afrolatinoamericanos y del Caribe de la CLACSO. Nos contó: Sobre las historias alejadas de los centros de poder... • Si esas voces se ven representadas en las narrativas, justamente va a reflejar lo que somos como Colombia: un país diverso, multiétnico, pluricultural. Nuestro pasado nos ha permitido tener esta cantidad vital de población afrocolombiana e indígena en el territorio y necesitamos esa visión, esas otras historias, porque como, dicen en el Festival Gabo, todos tenemos algo que contar. Necesitamos que eso se vea reflejado en los medios de comunicación, la televisión, la radio, en la prensa, para cerrar brechas. Sobre cómo mejorar la recepción de nuevos relatos... • Debemos partir por el reconocer. Aquí nadie está descubriendo nada. Es decir, la población afrocolombiana e indígena existe en el país, históricamente ha estado y tiene un legado que suma como riqueza cultural y como riqueza social. • No se trata de dar voces a la gente, porque ya tienen una voz, sino que estén, por derecho, en ciertos espacios que les pertenecen a la población afrocolombiana e indígena. Ellos tienen todo el derecho de estar en los medios de comunicación privados y públicos, además de estar presentes opinando, porque como país tenemos una estructura y hay socialmente temáticas que nos corresponde la opinión y participación de todos. Fotografía por Ana María Gómez. Sobre las formas para ampliar la inclusión... • Hay que identificar muchas barreras, pero nosotros nos enfocamos en dos por las que no vemos la diversidad en el periodismo. Una son los sesgos inconscientes y la otra es la falta de conocimiento. Esto sucede por la forma en como el sistema ha crecido o ha generalizado a la población, permitiendo estereotipos. • Nosotros le apostamos, por un lado, al directorio de fuentes compuesto por referentes étnicos, afrocolombianos e indígenas. Son alrededor de 13 categorías las que están allí presentes, como biodiversidad, justicia, derechos humanos y políticas públicas. Por otro lado, hay que ser conscientes de la forma como históricamente hemos crecido, como nos han criado, como hemos socializado, algo que nos llevó a tener sesgos y nos exige el esfuerzo por superarlos. • El periodista no debe limitarse a generalizar, sino acercarse, abrir más la mente a que podamos también tener diversidad, pues da un punto de vista, un enfoque diferente. Tenemos la posibilidad de ampliar el panorama y responder a lo que la gente quiere, a lo que está buscando en estos momentos en términos coyunturales y globales. Cuenteros de Iberoamérica

  • Pasión y esfuerzo en Valle

    Pasión y esfuerzo en Valle Laura Daniela Agudelo Mora Valle del Cauca es una potencia en el paratletismo a nivel nacional. En este documental, se cuenta la historia de los protagonistas del deporte en la región. Ver también: Solo quiero vivir Compartir

  • La arepa boyacense, un símbolo de identidad

    La arepa boyacense, un símbolo de identidad María José Suesca, Comunicación Social y Periodismo Esta es la historia, el proceso de cocción e importancia económica de una de las preparaciones más importantes de esta región del país. Ver también: Aprende cómo hacer arepa de huevo Compartir

  • Santiago Alarcón

    Santiago Alarcón, En los zapatos de Jaime Garzón ¿Cómo dio vida a un personaje emblemático en la historia de los medios colombianos? El actor habló acerca de su trabajo en la serie 'Garzón Vive', de RCN. Compartir Ver también: Javier Santaolalla, el doctor en física y creador de los canales de YouTube 'Date un Voltio' y 'Date un Vlog'

  • Entre cuellos jirafados y gallinas gigantes

    Boyacá es tierra de cocido, carranga, y chicha. Sin embargo, en medio de este universo campesino, comenzó la crianza de un gigante africano: el avestruz. Entre cuellos jirafados y gallinas gigantes María Paula Hoyos Boyacá es tierra de cocido, carranga, y chicha. Sin embargo, en medio de este universo campesino, comenzó la crianza de un gigante africano: el avestruz. Disponible en Pulzo Getty A uno, de cuando en cuando, lo interpelan ciertas preguntas insomnes… Mientras escribo estas líneas, me pregunto si el distinguidísimo señor Andrés Díaz Venero de Leyva imaginó alguna vez que su villa iba a terminar convertida en tierra de avestruces. El caso es que hoy, a más de 400 años de su muerte, se yerguen sobre el arcilloso suelo de una granja ubicada a 177 kilómetros de la capital, las 96 figuras esbeltas de unas aves que se pavonean haciendo alarde de sus cuellos alargados y protuberantes caderas. Ni Shaka, ni Melenik, ni Kessyah, ni Ashanti; en Villa de Leyva, los avestruces son bautizados con nombres como Ana, Tati, Simón, Lucas, Ronaldo y hasta Culimocho, ¡porque esto es Colombia, hijuemadre! A las 12 del mediodía, la llegada de la tarde con su vaho de letargo sume a la granja en una especie de trance. A esa hora no llega nadie, salvo tres fulanos que aguardan expectantes el siguiente tour guiado. Entretanto, la cronista se adentra – en compañía de la joven veterinaria Diana Rey – en el espacio más sagrado que tiene el lugar: el santuario de reproducción. Habrá advertido el lector, en la anterior oración, el uso del sustantivo ‘santuario’ para denominar un lugar en donde, palabras más, palabras menos, las aves más grandes del mundo copulan sin cesar, al mejor estilo de los conejos. Fíjese usted, sin embargo, que no es un uso caprichoso de la palabra, tratándose de una zona en donde la unión de cuerpos produce milagros, sobre todo en una granja que ya no es lo que era antes, y cuya mayor esperanza de subsistencia reposa en llegar al umbral de 300 animales para iniciar proceso de exportación. El santuario (como llamaremos a la zona de reproducción de aquí en más) es un terreno baldío, retirado de las demás instalaciones que conforman la granja. Allí se erigen unos 10 corrales, integrados, cada uno, por un trío reproductor de dos hembras y un macho. Ante las damiselas en celo, Lucas, Ronaldo y otros avestruces cuello rojo (sementales por excelencia) despliegan con ímpetu su danza de cortejo. Simón, aunque de cuello rojo y en época de reproducción, yace abúlico en una esquina, disminuido por los vestigios de la impactación, una enfermedad que obstruye las vías intestinales del animal como consecuencia del estrés. La granja, como su animal, padece y resiste desde hace algún tiempo. A finales de los 90 y comienzos de este siglo, la raticultura (como se le llama al negocio de la cría de avestruz) prometía convertirse en una industria próspera; incluso, algunos llegaron a denominarla como “el negocio de la gran gallina de los huevos de oro”, y así fue, durante un tiempo. La granja fue pionera en la crianza del colosal struthio camelus (más conocido como avestruz); allí echaron anclas los primeros 42 ejemplares que llegaron a Colombia, y se desarrolló el pie de cría para dotación de las 17 granjas que llegaron a existir en su momento a lo largo y ancho del país. Para 2008, la granja de avestruces de Villa de Leyva ya había alumbrado a 700 aves, de las cuales más de 300 fueron destinadas para un sacrificio que terminó en óleos rejuvenecedores extraídos del cebo, plumas que llegaron a ornamentar las más exquisitas creaciones de moda del diseñador Hernán Zajar, cortes de carne riquísimos en omega 6, pestañas que derivaban en pinceles y miradas postizas, y una infinidad de productos más… Siguiendo los preceptos de la física de Antoine Lavoisier, en esta granja nada se perdía, todo se transformaba. Sin embargo, y como dice el adagio popular: de eso tan bueno no dan tanto; la inmadurez de una industria artesanal con limitaciones que apenas se edificaba llevó a que entidades como la Corporación Autónoma Regional pusieran trabas sobre la marcha del negocio (esto sin contar que, según la Investigación Nielsen de Mercados en Colombia, somos un país de pollíparos y carnívoros, en donde el pollo y la carne de res detentan un 77 % del volumen de venta de proteínas de origen animal). Los organismos oficiales exigían la creación reglamentaria de una planta de sacrificio, una infraestructura que la granja, joven aún, no estaba en capacidad de costear. Hubo un tiempo en donde, cual caballo, el avestruz se podía montar, pero la ley de protección animal, severa e inexorable, se hizo aplicar. Quedaron solos la granja y sus operarios, con un futuro por salvaguardar; es la historia de un negocio que lo tuvo todo y que, en últimas, quedó subordinado a la volatilidad del turismo, y a lo poco que ahora pueden aprovechar del animal. Solo cuatro pasaron a mejor vida en el transcurso del año pasado: una vez muertas, se procedió a desplumar y despellejar para mandar secar la piel, piel que hoy reposa sobre una estantería de la tienda de recuerdos, transfigurada, en un proceso de copia a Hermès, en un intento de la famosa cartera ‘Birkin Bag’. En el santuario, a las 12:15 de la tarde todo sigue igual: machos polígamos desbordados de excitación, hembras deseosas dando la batalla contra la seducción. Mientras tanto, la veterinaria me advierte sobre el peligro latente que corro al haber entrado: cuando se trata de defender a sus hembras y proteger aquellos cascarones que contienen su descendencia, el macho reproductor se torna agresivo, dispuesto a picotear y a patear; su coz podría magullar incluso el cráneo de un león. Diana relata que por cuestión de eficiencia en el proceso de incubación, en la granja de Villa de Leyva, el desarrollo de los embriones se maneja de manera artificial: las gallinas gigantes no empollan sus propios huevos, son madres desnaturalizadas, separadas de los mismos en el momento de la expulsión. Ante la belicosidad del macho, la recolecta de aquellos cascarones es toda una peripecia, en donde a falta de uno, se necesitan dos operarios, el que recupera los huevos, y el que distrae al semental amedrentándolo con lo único que puede generarle temor: alguna suerte de báculo que lo supere en altura. Entre pasadizos simétricos y cercos de madera, transitábamos juntas; Diana, instruyéndome sobre avestruces; yo, con un oído en sus palabras y un ojo fisgón en busca de algún suceso extraordinario que pudiera servirme de eje para contar la presente crónica… Sucedió, entonces, lo impensable. ¡Que Dios bendiga la visión periférica! porque a través de ella, percibí el movimiento de una masa negra y amorfa a mi izquierda. Volteé la cabeza. Después de meses, Simón había vuelto, se disponía a realizar su coreografía sensual. Al igual que Simón, la granja, el sitio que lo vio crecer, intenta volver a levantarse. En un comienzo, el lugar se daba el lujo de funcionar solo con la renta de los avestruces; hoy, después de la embestida que el país le dio al negocio, un toro de raza Brangus, dos vacas paticortas, dos emús, ocho llamas, nueve búfalos, catorce cabras y veintidós equinos entre ponis y caballos, conforman la recua que mora en aquel sitio. Para rematar el cuadro ranchero, Don Alberto, propietario y cofundador de aquel establecimiento emplumado, sigue dando la lucha, y, como desde hace 15 años, en su restaurante se siguen leyendo rótulos como “Deguste aquí las más exquisitas empanadas de avestruz”. La diferencia, sin embargo, radica en que a presente, aquel cortijo pionero en la raticultura, a pesar de su abundancia en gigantes emplumados, se ve obligado a importar sus viandas desde el criadero del Valle, único del país respaldado para su sacrificio, ubicado a más de 400 kilómetros del fondeadero original. A las 12:18 de la tarde, Tati sucumbe ante la seducción del macho. Femenina, se postra sobre el suelo. Simón hinca sus largas piernas porosas, y a las 12 y 20 de la tarde, corona empotrándose en Tati. Ante mis ojos atónitos por la ignorancia y fascinados por el morbo, comienza a desplegarse el espectáculo erótico; un número cargado de éxtasis, de vibraciones, de sonidos guturales. La faena avanza, y aquellos individuos que en su momento fueron dos, pasan a convertirse en una única masa corpórea provista de dos cabezas, como Ortro, el canino de la mitología griega. De un montículo de plumas, brotan dos cuellos langarutos; se intercalan, se estremecen, se dilatan y oscilan. Por mi cabeza ronda un único pensamiento: “Va la madre, los pájaros sí deben sentir placer”… A las 12:20 de la tarde, el coito culmina. Simón se retira bruscamente, exponiendo ante la cronista su curioso miembro en forma de L. Laisa, la otra hembra, juzga celosa desde un recóndito rincón del corral, con mirada resentida. En este punto, comienzo a entender que difícilmente habré de presenciar alguna función más exótica en lo que me resta de vida. La granja me contradice… En ese lugar ocurren vainas raras. Las gallinas empollan huevos de faisán; las llamas entran en trabajo de parto a las 11 de la noche y cuentan con asistencia, ecografía, circo maroma y teatro; existe un cuarto de avestruces neonatos, aclimatado a temperatura ‘tibiecita’ de 33 grados; las gallinas gigantes, coprofílicas y solapadas, engullen sus heces de cuando en cuando. A las 6 de la mañana, Francisco, el operario, cepilla con dulzura el fino lanugo de Kafú, un viejo búfalo de nueve años. “¿No le da miedo ese animal tan grande?”, le pregunto. “No’ombe, si Kafú es como un chihuahita, pero de una tonelada”, responde entre risas. Cada día, al alba, Francisco baña a Kafú y acicala su pelo; proceso que le toma más de una hora, teniendo en cuenta las proporciones del animal. Siguiendo los planteamientos de Darwin, Kafú se adaptó a su entorno, al gélido clima de una villa ubicada a 2.149 metros sobre el nivel del mar, lo explica que a diferencia de un auténtico búfalo hindú, de su pellejo emerjan delgadas cerdas. Al igual que su búfalo, la granja intenta adaptarse; no la amenaza el frío, pero sí la potencial instalación de un zoológico exótico adyacente: ‘Moni’, la administradora, planea con detenimiento su retaliación, y espera sumar al paisaje de extravagancias otros fenómenos como burros enanos, cerdos enanos y hasta camellos jorobados. A las 12:22 de la tarde, en el santuario, Tati se desdobla y se yergue sobre el arcilloso suelo de su corral. Rebosante de satisfacción, comienza a pavonearse haciendo alarde de su largo cuello y protuberantes caderas. Su fatua actitud, enervante y encantadora, crea a su alrededor una suerte de halo celestial… Son las dos de la tarde y la cronista, disponiéndose a partir, recuerda, como si Leandro Díaz la hubiese compuesto para aquellas enormes gallinas, le letra de La Diosa Coronada: Paso a contar lo siguiente, conozco diosa y rey querido, cuando el rey querido llega, de tarde a la serranía, hay que ponerle gallina rellena, que el rey es fino madre mía. Cuando la diosa mueve el caderaje, se pone el rey más engreído, y luego la mira con anhelo, y dice gracias le doy al cielo, que cante alegre la sabana, que tiene su diosa coronada.

  • Resguardo indígena de Chía: de bastión muisca a territorio marginal

    Jerónimo Jaramillo Socha a simple vista no parece un indígena. O por lo menos no cumple con el estereotipo físico que se suele otorgar a aquellas personas. Resguardo indígena de Chía: de bastión muisca a territorio marginal Juan Nicolás Barahona Jerónimo Jaramillo Socha a simple vista no parece un indígena. O por lo menos no cumple con el estereotipo físico que se suele otorgar a aquellas personas. Disponible en Pulzo Juan Nicolás Barahona Es de tez blanca. Su estatura supera el metro con ochenta centímetros. Entre sus labios se vislumbran las fibras metálicas de unos frenillos de ortodoncia. Su cabello es crespo. En sus ojos, de un color café que tienden al negro profundo, se percibe la mirada de un hombre tranquilo y calculador. Hace parte de la comunidad muisca del resguardo indígena de Chía, por línea materna. Es antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Se desempeña como líder de proyectos de investigación, desarrollo e impacto social en comunidades indígenas. Sus investigaciones las ha realizado principalmente en el Resguardo Muisca de Fonquetá y Cerca de Piedra, que es su hogar primigenio. También hace parte del equipo de consultores de Centro Latinoamericano de Antropología Empresarial. A su vez, se ha caracterizado por el activismo que realiza dentro de su comunidad indígena. Actualmente dirige Ubas Chi, un colectivo cívico y de trabajo social que busca fortalecer y mejorar el resguardo indígena de Chía. Su amor por su legado histórico lo ha impulsado a unificar nuevamente a los indígenas muiscas, planteando estrategias para la promoción de proyectos productivos, la etnoeducación y el desarrollo de capital social. No supera los 30 años de edad. Él se encuentra en constante movimiento. Un día está en Barrancabermeja; al otro, en algún pozo petrolero en los Llanos Orientales. Sus exigencias laborales le demandan gran cantidad de tiempo. Entre semana persiste incomunicado de las grandes urbes por largas jornadas. Aunque, los sábados y los domingos, sin falta, se dedica profundamente a trabajar con su comunidad, especialmente con los jóvenes. La entrevista que tuve con él se desarrolló en casa de sus padres. Esta se ubica entre la franja fronteriza del resguardo indígena y la zona urbana del municipio, aunque no se percibe cambio alguno. Conforme me acerqué al territorio muisca, decenas de viviendas en mal estado se erigían a lado y lado de la carretera. Las vías dificultaban la movilidad, al igual que los diversos escombros desperdigados por las carreteras de tierra. Había (hay) tugurios que se vislumbran en los cerros occidentales de Chía. El hacinamiento también es notorio. Cuando llegué a mi destino, Jaramillo salió a mi encuentro con cierta parsimonia, la cual imprime a la hora de hablar. Aunque, al hacerlo, siempre es certero con lo que dice. Mientras caminábamos hacia su casa, me señaló un gran edificio en proceso de construcción que se levanta al oriente. “Eso era territorio indígena. Pero a la empresa ni le importó”. Por encima de nosotros también se levantan más construcciones, aunque en condiciones muchísimo más precarias. Una desazón lo invadió. Su respiración y su mirada fungieron como cómplices de sus sentimientos. “Esto no parece un resguardo indígena”, le dije, excusándome de antemano por un posible juicio de valor. “Tristemente así parece”, respondió. “Nos estamos convirtiendo en el principal cinturón de miseria en el municipio”. -¿Por qué está sucediendo eso? -Entremos y nos tomamos un tinto, porque esto da para hablar un largo rato. *** Nos sentamos frente a frente. Dispuse mis equipos de grabación. Sin preámbulos solté mi primera pregunta: “¿Cuáles son las principales problemáticas que están afectando a la comunidad muisca de Chía?” Si bien la mayoría del tiempo es sonriente, Jerónimo se torna serio al hablar sobre el resguardo indígena, haciendo esbozos de su preocupación e impotencia por la situación en la que se encuentra su comunidad. Tras mi pregunta, asintió con la cabeza, frunció ligeramente el ceño en señal de concentración y empezó a hablar. Así persistió hasta finalizar la entrevista, siempre atento a cada pregunta. -Bueno. Inicialmente, hay un problema que no se puede tratar a un corto plazo y que posee un origen histórico: Es la configuración del territorio donde se encuentra el resguardo. Ha sido un territorio relegado hacia los cerros occidentales de Chía, en donde, por supuesto, la infraestructura vial y el saneamiento básico hace que sea muy complejo un desarrollo como lo sería en una parte plana del municipio. El segundo conjunto de problemáticas están asociadas con la autogestión de la comunidad. Esto tiene que ver, básicamente, con cómo nos identificamos a partir del hecho de ser indígenas, y no sólo habitantes de Chía. Esto se ha arraigado porque no todas las personas del resguardo reconocen las características legales, administrativas e identitarias de su condición. La gran mayoría piensa que es un hecho muy de imagen, de andar con una túnica blanca, un sombrero y una mochila, y no. Lo fundamental recae en qué tipo de cosmovisión y qué tipo de relación se tiene con el entorno. Al no tener conciencia, al no tener ese despertar indígena, no puede trabajarse desde esa característica cultural y esa posición social. -Y, en este caso, ¿la regulación que hacen las autoridades indígenas es correcta? Es decir, ¿es óptima su labor en materia de infraestructura, de desarrollo social, de inversión económica y también en proyectos de carácter cultural? -Acaba de tocar el tema más sensible que afecta actualmente al resguardo, y es cómo esa característica colectiva indígena se manifiesta a través de una estructura política tradicional. Si bien en una organización occidental, por así decirlo, hay una organización municipal, con una alcaldía y un concejo, en el territorio indígena debe existir un símil. El cabildo, que es la principal forma de gobierno del resguardo, no tiene la capacidad de gestión que requiere nuestro territorio. Estamos hablando de 3100 personas, de 4 sectores, 201 hectáreas y una presencia fuerte de autoridades del municipio. No existe una gestión suficiente para financiar proyectos, a tal punto que llevamos más de dos años intentando obtener el acceso a recursos que la Nación otorga a las comunidades indígenas. El cabildo es una estructura que en este momento caducó, es una estructura que necesita reforzarse. Es entonces cuando la iniciativa popular entra a jugar un papel fundamental, planteando cambios a esa estructura tradicional. Hoy, el cabildo debería ser más amplio, más eficiente, teniendo mesas de trabajo y círculos de palabra, en donde la función espiritual, cultural, política y de seguridad se maneje de una manera autónoma. Y todo esto regido por el sentimiento identitario de ser muisca. – ¿Y qué riesgos se han generado para la estabilidad del resguardo indígena de Chía? – Hay un riesgo latente. Estamos siendo cuestionados por el Ministerio del Interior, se han generado una serie de inconvenientes con las agremiaciones indígenas como la ONIC (Organización Nacional de Indígenas Colombianos), en donde la falta de capacidad de gestión nos está llevando a convertirnos en el próximo cinturón de miseria del municipio. Nos estamos replegando con una urbanización desmesurada, a un uso no tradicional del suelo, a un uso no tradicional de prácticas agrícolas, en donde la única forma económica que la gente tiene para sostenerse es un arrendamiento o simplemente salir a trabajar en la ciudad. No existe la capacidad de generar proyectos productivos, y nos estamos relegando, nosotros mismos, a una condición muy crítica y a un estado social bastante complicado. – ¿Cuál podría ser la solución para estas problemáticas? Lo principal, y por lo cual estamos trabajando en Ubas Chi, es la construcción de un Plan de Vida. Este es un documento que permite organizar y regir los territorios indígenas. Puede compararse, por ejemplo, con el Plan de Desarrollo que cada cuatro años presenta el Gobierno Nacional. Sin este, la inversión y la planificación en el resguardo se afectan considerablemente. Es un Plan de Vida entendido como una herramienta que condensa y sintetiza nuestros puntos claves de identidad, de organización, de cultura, de historia y de visión a futuro. En definitiva, representa una carta de navegación bastante práctica. Si bien es el primer paso, en la práctica no es suficiente. El Plan de Vida es una apoyo fundamental, pero lo que realmente determina nuestra capacidad de ejecución y permanencia en el territorio son los proyectos que puedan unirse a este documento: proyectos de salud, de educación, de desarrollo de gobierno propio, proyectos de lengua son los que merecen toda la atención y acompañamiento de la comunidad y de los próximos cabildantes. Iniciativas simples de 12 o 15 millones de pesos pueden generar la transformación que el resguardo necesita. Tenemos que recuperar esa asociación comunitaria, donde la colaboración y la ayuda no parta solo del cabildo, sino también de las familias, siguiendo los valores históricos de nuestra comunidad. -Las autoridades del municipio dicen que el resguardo se está convirtiendo en un “caldo de cultivo” para la criminalidad, para la salud, para la vivienda y el desarrollo. ¿Cree que es acertada esa visión que parte de la Alcaldía? -Totalmente. Aunque, tengamos en cuenta que se ha formado una relación tóxica y negativa. Es una relación que fluye sobre el argumento de que “yo no tengo la capacidad de gestionar -refiriéndose al cabildo-, pero tampoco tengo la capacidad como municipio para generar injerencia en los nuevos procesos”. Es decir, si el cabildo no es suficiente, las autoridades municipales tienen la capacidad de relacionarse, de entender y de traducir esas problemáticas desde un sentido indígena hacia un sentido práctico: No es lo mismo tomar el San Pedro Muisca (fiesta tradicional de los indígenas de Chía) y volverlo netamente una fiesta, a decir que el San Pedro puede transformarse en un evento de fortalecimiento cultural; no es lo mismo una jornada de vacunación a un plan integral de salud indígena entendido desde sus raíces; no es lo mismo crear simplemente una escuela, o generar cupos para los indígenas, a iniciar procesos de etnoeducación propia. Entonces, eso alimenta la relación tóxica entre el cabildo y el municipio. -Pero, volviendo sobre el diagnóstico que estos hacen sobre el reguardo… -Reitero, es totalmente acertado. El resguardo indígena tiene problemas de violencia intrafamiliar, problemas en la organización del territorio, de las estructuras familiares, de seguridad y de saneamiento básico. Está en un riesgo latente de convertirse en un cinturón de miseria en los cerros occidentales del municipio. – Ahora, por favor, hábleme del colectivo, de Ubas Chi. – El colectivo viene forjándose desde mediados del 2010, a partir de los diversos cambios que hubo de gobernadores indígenas. Veníamos de una tradición de unos gobiernos internos en donde los periodos de transición de cada uno de estos fueron dejando una serie de problemáticas cada vez más hondas. Este colectivo nace entonces como una iniciativa comunitaria en función de poder atender una serie de problemáticas identificadas dentro del resguardo indígena. Este no es solo una estructura política y un observatorio, sino también una posibilidad de acción y de transformación. Como investigadores, hemos identificado una serie de falencias a nivel estructural dentro de la organización del resguardo. También hemos detectado problemáticas a nivel social, cultural, económico y, especialmente, de la organización del territorio. En función de eso, nos agrupamos, y hemos decidido convertirnos en un conjunto que genere cambio y progreso dentro de nuestra comunidad. Pero nos hemos topado con dos problemas principales: la identidad y los ingresos económicos. -Sobre esto, se identificó que la estratificación socioeconómica del resguardo es nivel 1. Ustedes como colectivo, ¿qué soluciones proponen para revertir esa situación? -Este tema se conecta con la manera en que la comunidad se relaciona con las instituciones municipales, departamentales y con las que rigen su territorio. Eso es una muestra de cómo un mal diagnóstico, tanto interno como externo, genera una serie de problemáticas mucho mayores, como lo son el acceso a la salud, a la educación y otros derechos. En ese sentido, lograr identificar cuáles son las condiciones sociales y económicas nos permite presentar la realidad sobre la situación correspondiente de nuestro territorio indígena. -Tocó el tema de la educación y la formación en el resguardo. ¿Existen buenos enfoques para construir comunidad? ¿Se están fortaleciendo sus prácticas culturales? -Hay una realidad que debe hacerse evidente. Hay una realidad que debe entenderse, hacerse pública y, sobre todo, debe ser reconocida internamente en el resguardo, y es que estamos en un punto crítico. Estamos, sin ser alarmistas, cercanos a un punto de no retorno, en donde la tugurización, la marginalización y la transformación hacia uno de los cinturones de miseria del municipio es latente y muy fuerte. Esto se ha producido en la medida en que nosotros (la comunidad muisca) no tenemos un claro horizonte identitario, no tenemos una fuerza de identidad en la cual nos reconozcamos como indígenas, en la cual valoremos, dignifiquemos y honremos esa condición. Por lo tanto, si no nos reconocemos como indígenas y no valoramos ese hecho, no vamos a tener la posibilidad de explotar y aprovechar esa misma condición, ese mismo sentimiento. Eso, no solo para que prevalezcan nuestras prácticas tradicionales, sino también para entablar un diálogo con estamentos municipales, departamentales e, incluso, con el ámbito privado. Si nosotros vemos nuestro territorio como una vereda más, si solo nos vemos como familias agrupadas en la montaña occidental del municipio, finalmente a lo que vamos a llegar es a una falla de identidad tan grave que, realmente, cualquier tipo de proyecto va a ser estéril, no va a tener asidero y mucho menos va a tener una proyección, a futuro, que sea sostenible. -En ese caso, ¿por qué cree que se ha generado esa situación? ¿Sí hay buenos procesos de educación en el resguardo? Ese es un tema muy, muy, importante. Y la manera de abordarlo es comprender la forma en que se entiende la educación. A nivel tradicional, la educación se entiende desde una institución. En el caso de una comunidad indígena, la educación es completamente transversal a las prácticas cotidianas. Por ejemplo, se evidencia desde la manera en que se cocina, en que se cultiva, o desde la manera en cómo se relaciona una persona con sus familiares. Nosotros (la comunidad muisca) nos educamos de una forma muy tradicional, o, mejor, muy occidental, en la medida que compartimos características con cualquier otra persona del municipio. El problemas es que no tenemos un autoenfoque diferencial donde nosotros mismos podamos reconocernos como indígenas, y, en ese sentido, no vamos a pensar en que nuestra armonía con la naturaleza debe ser diferente, en que nuestra manera de parentesco también lo es, y mucho menos reconocernos como ocupantes de un territorio ancestral. Eso tiene que ir más allá del discurso, más allá de decir “¡Sí, somos indígenas, somos los discípulos de Bachué!” (madre primigenia del pueblo Muisca). Tenemos que llegar a la práctica. Yo puedo decir: “Sí, soy muisca”, pero ¿qué quiere decir eso para mí? Principalmente, que me debo relacionar con mi entorno de una manera diferente; que me debo relacionar con mis semejantes de una manera diferente; que debo educar a mis hijos de una manera y con una conciencia diferente, construyendo una cosmovisión menos afectada por la cultura occidental. – El colectivo (Ubas Chi) está conformado por gente joven. Respecto a eso, ¿cómo ve la relación cultural de las generaciones más jóvenes del resguardo con su identidad indígena, con su legado muisca? – Este tema atraviesa dos factores claves en el diagnóstico que nosotros hemos comenzado a hacer: Educación e identidad. Las personas que actualmente, dentro del territorio, se autoreconocen como indígenas son muy pocas. El censo oficial muestra que hay más de 3000 personas que pertenecen al resguardo. Si nosotros pudiéramos cuantificar la cantidad de personas que se reconocen como indígenas, no llegaríamos a 100. Y de estas 100, no llegaríamos a 25 personas que tengan menos de 20 años. En ese sentido, el colectivo está conformado por –me permito decir sus nombres- Lizeth Buitrago, Alejandro Villalobos, César Cubillos, Giovanni Quecán y yo, somos personas que no superamos los 35 años de edad y que logramos influir en la vinculación de personas jóvenes a ese tipo de procesos. Y no desde la imposición, como podría ser una práctica del cabildo indígena; no desde la obligatoriedad, como lo exige la corporación indígena; sino, realmente, desde la motivación interna, desde las prácticas cotidianas. Es decir, les hacemos germinar la pregunta, por ejemplo: “¿qué puedo hacer yo, un pelao’ de 15 años?” “Bueno, perfecto”, le decimos, “acompáñenos a hacer encuestas, ayúdenos a limpiar los caminos y las tierras, acérquese a los mayores para entender su visión del mundo”, en fin. Son muchas cosas sencillas que denotan una cohesión comunitaria muy diferente a lo que podría ser lo que plantean algunas dependencias. Si usted no presta servicio militar, ahí sí lo obligan a hacer servicio comunitario; si usted se va a beneficiar de un servicio de una universidad, ahí sí tiene que demostrar que es indígena. Eso es lo que no queremos. Nosotros estamos intentando que el activismo social sea motivacional, que nazca del interés propio de cada joven que quiera participar activamente dentro del colectivo. -Y, ahora, ¿qué retos enfrentan para alcanzar esos objetivos que se plantean? Jaramillo suspira y mira hacia al horizonte. -Bueno… -suelta una risilla sarcástica-. Ahí llegamos a un terreno bastante complicado. Dentro del resguardo, nosotros conservamos muchas herencias que son propias del campesino cundiboyacense, en donde nuestras mejores herramientas de resistencia son el chisme y la envidia. (Sonríe ligeramente y contiene la risa. Hace una breve pausa y vuelve a tornarse serio). Y no lo digo desde un punto de vista negativo, sino analítico. Le pongo un ejemplo: Cuando yo vengo de una otredad completamente apaciguada por una presión colonial de segregación indígena, realmente no voy a tener la capacidad, a nivel estructural, de decirle a la otra persona: “oiga, usted me cae mal. No quiero que haga su trabajo”, sino que voy a utilizar otro tipo de herramientas de disociación. A nivel de base y a nivel analítico es muy interesante. Pero a nivel práctico nos ha dificultado mucho el trabajo, especialmente porque la gente ve con desconfianza el tipo de iniciativa que hacemos, especialmente aquellos que administran el resguardo indígena. Piensan de alguna manera que nuestras actividades se prestan para contratar de manera individual, que se prestan para hacer una administración paralela a la de ellos. Entonces se genera bastante resistencia, se generan ciertos roces. Por ahora hemos logrado motivar su participación. Pero aún necesitamos más. Necesitamos pasar de que nos digan “está todo muy bien” y de que nos den una palmada en la espalda, a que se unan realmente al activismo social y político de manera comprometida. Pero bueno, en términos generales, destacamos la participación de la gente respecto a su autodiagnóstico. Han sido muy receptivos, han entendido de qué se tratan los trabajos que hacemos para construir comunidad. – He recibido testimonios de personas que se quejan de la parte espiritual, que les molesta el fanatismo que algunos están aplicando a la hora de seguir sus creencias. – A nivel espiritual, bueno, tenemos un bloqueo muy grande, ya que las personas que habitualmente toman este tema en la comunidad son muy reacias. No los culpo, pues fueron criados bajo esa condición. Aunque han sido más los problemas internos que los externos. – Sobre esto último, ¿cómo es su relación con el cabildo? – Es buena, pero no deja de ser del todo tensa, en la medida que nosotros tocamos fibras sensibles dentro de la misma comunidad. Pero, en general, tenemos buena relación. Ahora, con la Alcaldía y la Gobernación (de Cundinamarca) las relaciones han sido muy positivas. Eso nos lleva a pensar que en podremos revertir la situación actual del resguardo. Como colectivo, estamos cumpliendo la función de enlace entre esos odios acérrimos que se han generado entre la administración local y las dependencias del Gobierno con el resguardo indígena. Principalmente hemos logrado traducir ese lenguaje legal y técnico para que el cabildo aproveche más las oportunidades que se generan y que pueden ayudar en su progreso. -A pesar de lo que me ha dicho, ¿cree que haya alguna posibilidad de revertir las condiciones que hoy sufre la comunidad muisca? Sí, creo que podemos hacerlo. Basta con saber que logramos, sin ningún tipo de interés económico, podernos agrupar, asociar, para liderar una causa que tradicionalmente hubiera tenido unos costos altísimos. Todo lo estamos haciendo desde la autogestión, con un presupuesto mínimo y dependiendo estrictamente de los tiempos libres. Sin embargo, si este tipo de iniciativas se fortalecieran a través de proyectos, especialmente con niños y jóvenes, que son los que menos resistencia tienen al cambio, el resguardo sí tendría realmente la oportunidad de llegar a ser esa entidad autónoma, independiente, con alta capacidad de gestión y honrando su vocación política. Puede convertirse en centro de cohesión de las demás comunidades muiscas y como un ente articulador entre los distintos municipios del departamento. Finalizada la entrevista, Jaramillo me pidió que lo llevase al centro urbano de Chía, pues debía partir a alguna zona de nuestro país. Conforme surcábamos las vías, continuó hablándome sobre el resguardo, su resguardo. El recuento histórico sobre su etnia amenizó el trayecto. Posee un gran conocimiento sobre su cultura, que, entre otras cosas, fue una de las más importantes de América Latina. Su relato, en verdad, parecía un cuento de hadas, pues ya no queda nada de la prosperidad e imponencia con la que describió a los pasados muiscas. También fue enfático, nuevamente, en la falta de identidad que hoy tiene su comunidad. Entre línea y línea, evitando repetir lo dicho en la entrevista, hizo una analogía a partir de las ideas del filósofo Karl Marx: Al igual que los trabajadores, los indígenas deben unirse para trabajar conjuntamente por objetivos comunes. El primer paso para esto se basa en que reconozcan su condición con orgullo.

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