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- Huecos: en las vías y en los documentos
Huecos: en las vías y en los documentos Valentina Benítez Guerrero y Ana María Padilla Cuervo Valentina Benítez Guerrero y Ana María Padilla Cuervo La Alcaldía de Cogua asegura que hizo el mantenimiento necesario de la red vial terciaria del municipio, pero no hay información concreta que permita corroborar esta afirmación. Haz clic para acceder al contenido Ver también: En concreto y sin funcionamiento: el colegio de Cajicá que aún no llega Compartir
- Las plazas de mercado con “ñapa”
Las plazas de mercado con “ñapa” Luisa Fernanda Moreno Rodríguez, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Las plazas de mercado son de gran importancia para la ciudad de Bogotá porque son el origen y centro del encuentro cultural, gastronómico, social, comercial, político y religioso. Lea también: 'De la plaza a la barra' Compartir Foto: En la plaza de mercado Jacinta Nempeque trabaja organizando su puesto el 1 de octubre. Foto por: Luisa Moreno. Jacinta Nempeque (comerciante en la plaza del 12 de Octubre): Las ventas han mejorado después que se hizo el evento (festival gastronómico “Cosechando Sabores”). Primero se podían vender unos 10 o 20 mil pesos diarios, ahora se venden más o menos 70, 80 y hasta 100 mil pesos. Esto pasa los fines de semana que viene más gente, porque entre semana es más flojito. Teresa Rocha (comerciante en la plaza La Perseverancia): Sí han bajado bastante las ventas. Ya no es como antes. Los clientes fijos ya vienen muy poco. Teresa Páez (comerciante en la plaza del 12 de Octubre): Ahorita es bueno, pero no tan bueno porque nosotros tenemos muchos supermercados afuera: fruvers, tiendas de barrio y almacenes de cadena. Eso influye para que bajen las ventas en la plaza. Adela Cifuentes (comerciante en la plaza del 12 de Octubre): El comercio está flojito, pero ahí se vende graneadito . A veces se vende más o a veces son 20 o 30 mil pesos en el día. Jaime Ballona (comerciante en la plaza La Perseverancia): Antes venía mucha gente, más que todo campesinos. Esta era una plaza donde llegaba la gente de Guasca. Traían cordero y arveja. Venían los sábados y domingos. Ahora no vende uno igual. La zona agrícola es muy importante dentro de los sectores de la economía colombiana, pues representa el 12% del PIB. Las plazas de mercado por muchos años han servido como plataforma para comerciar los productos que los campesinos cosechan en sus terrenos. En la capital del país, actualmente, hay 19 plazas de mercado distritales. Jacinta Nempeque es comerciante de la plaza del 12 Octubre; tiene 78 años y trabaja en el mercado desde que tiene memoria. Jacinta: Yo nací en la plaza de Chapinero. Mis papás me llevaron a este lugar desde muy pequeña; me envolvían en una cobija o en lo que fuera y ahí los acompañaba. Cuando ellos murieron yo me quedé con el negocio y desde ahí he estado en la plaza. Solo estudié un año. He trabajado en la plaza del 7 de Agosto, el Restrepo, 12 de Octubre y Zipaquirá. Mi vida ha sido muy dura; me la he pasado en el mercado. Me casé y ese viejo sinvergüenza me dejó con cuatro niños. Jacinta está agradecida con su trabajo en la plaza de mercado, pues asegura que gracias a su labor pudo darles estudio a todos hijos . Ella prefirió alejarlos de ese lugar y de ese trabajo porque como ella dice: - Esto es muy fregado. Así como Jacinta hay muchas personas ubicadas en los 2900 espacios repartidos en las plazas distritales. Estos centros de comercio se han transformado con el tiempo. Antes, se dibujaba un paisaje muy gris y no tan agradable para aquellos, quienes en familia y como tradición, acudían sin falta a comprar sus alimentos a las plazas. 1940 - 1945 Aprox / Plaza de mercado 12 de Octubre Jacinta: Llegué y eran solo potreros. Había muchos árboles de toronja. Después quitaron los árboles y quedó solo tierra. El mercado se montaba en toda la esquina; donde era Doña Segunda. Ahí venían y se bañaban los señores indigentes. Más adelante se empezaron a construir kiosquitos. 1955 Aprox / Plaza de mercado la Perseverancia Teresa R: Aquí era horrible cuando yo llegué. El piso era tierra y se ubicaba el mercado en canastas en el piso. 1969 Aprox / Plaza de mercado la Perseverancia Jaime: Llevo 50 años trabajando en plazas. Estuve en Ferias, La Concordia, Kennedy, Facatativá, 12 de Octubre y 7 de Agosto. Desde niño trabajo. Cuando llegué a la Perseverancia había muchos árboles, todo era destapado y empedrado como Villa de Leyva. 1970 Aprox / Plaza de mercado 12 de Octubre Teresa P: El piso era en cemento, los estantes para organizar el mercado también. Eso era más que toda para la gente que vendía el líchigo porque nosotras vendíamos era papa y la manejábamos en canastillas acostadas y el bulto encima. 1979 Aprox / Plaza de mercado 12 de Octubre Adela: Todo esto estaba forrado en alambre, los pisos eran en tierra y los puestos estaban ubicados en el piso, más específicamente en cajones. El lunes era el día de comprar. Aquí uno loteaba su mercado en el suelo y la gente compraba. Se vendía harto. En un ir y venir, como en un juego de ping pong, se han pasado a lo largo de las alcaldías la responsabilidad del manejo de los mercados. Luego de un periodo de tiempo en el que las plazas les pertenecían a las alcaldías distritales, fue mediante el acuerdo N° 96 del 2003 que estos espacios públicos vuelven a estar a cargo de la administración del Distrito. Con la llegada de Enrique Peñalosa a la Alcaldía Mayor, se hizo una inyección de 25.000 millones de pesos invertidos en la re dirección del rumbo de estos centros económicos. Samuel Medina (coordinador del IPES): Se empezó a darle un giro a la manera como los ciudadanos veían las plazas. Por lo general la gente piensa y dice: - Las plazas son sucias y feas. Por otro lado, el equipo del Instituto para la Economía Social (IPES), encargado de las plazas de mercado, se creció. Antes había 15 personas y actualmente hay 100 . Se crearon unos equipos transversales de trabajo: Abogados, mercadotecnistas, equipo de sanidad y por último profesionales psicosociales; que ayudan a darle visibilidad a estos espacios y darles un giro a la imagen que se tiene. 2019 / Plaza de mercado la Perseverancia Jaime: Todas las plazas eran muy similares; últimamente se les ha metido plata para modernizarlas. Antiguamente, las plazas eran muy feas, muy sucias y había mucha inseguridad. Ahora una ve la plaza a toda hora limpiecita y se ven bien las cosas. 2019 / Plaza de mercado 12 de octubre Adela: Le han hecho bastantes mejoras. El piso, las tejas y las cocinas, que antes estaban ubicadas en el segundo piso, también las cambiaron. Jacinta: ¡Cómo uno no va a estar contento con esta belleza! Yo le di gracias a los doctores. Esta plaza ahorita parece como un Carulla, un Éxito; es una belleza. Puertas eléctricas, murales coloridos que adornan las fachadas, pisos con baldosas relucientes, frutas y verduras perfectamente organizadas, platos como restaurantes cinco estrellas son los protagonistas de los mercados distritales de Bogotá. Y aunque se han logrado posicionar tienen una competencia permanente con tiendas y fruvers ubicados alrededor de aquellas. Un estudio realizado por Ofertia en mayo del 2018 muestra que el 14% de los colombianos compra en plazas ; mientras que el 56%, en supermercados como Éxito, Jumbo, Alkosto, Carulla, entre otros. Samuel: La gente está volviendo a ir a las plazas, pero buscan economía. Estamos trabajando para competir con los fruvers, quienes tienen toda la capacidad de producir y transportar los alimentos que venden. Hemos traído a agricultores directamente del campo para que hagan alianzas con ellos y así romper con el sistema del intermediario. Pero primero hay que trabajar desde adentro y acabar con las rivalidades y envidias que hay entre comerciantes. El nuevo modelo de administración ha planteado un mundo distinto e innovador en las plazas. Pago con tarjeta o vía celular, todo perfectamente organizado, wifi, seguridad a donde dirijas tu mirada, bibliotecas y cuentas oficiales en las redes sociales. Un mundo extraño al que cuesta adaptarse y al que algunos prefieren tomar distancia y continuar con lo tradicional y lo conocido. Jacinta: Yo no entré a esa manera de pago, yo no entiendo mucho y eso si uno no entiende para qué entra. Yo con un añito de estudio me he defendido en la vida. Jaime: Nos quedaron de traer para recibir tarjeta, dinero plástico, pero aún no. Los del IPES vienen y nos dan capacitaciones de atención al usuario, cómo manejar un negocio y otras. Teresa P: Me parece bien porque gracias a eso han venido clientes nuevos y pagan con ese medio electrónico y tarjetas; por ese lado estamos bien, la plaza quedó muy buena, quedó como un centro comercial. Nos hacen capacitaciones. Uno tiene que aprender porque uno no es bruto. Desde la alcaldía mayor lo que se pretende es que las plazas distritales de mercado se posicionen como destinos turísticos, culturales y gastronómicos del mundo. Por ejemplo, en la plaza del 12 de Octubre, se llevó a cabo un festival gastronómico, “Cosechando Sabores”; allí se grabó un programa, de Food Network, donde se hizo un mano a mano de cocineros. Se esperaba la afluencia de 3000 personas y llegaron 12000. 14 y 15 de septiembre del 2019 / Plaza de mercado 12 de Octubre Teresa P: Ese evento fue una bendición. Llegaron clientes que no regateaban en nada. Un bulto de papa lo acabé en un día y normalmente eso lo vendo en cinco o seis. No pude prestar tanta atención al concurso y actividades porque estaba tan envolatada atendiendo, hasta me tocó traer ayudante. Nos ha ido muy bien. Famosos, ejecutivos, gringos, familias enteras, personas solas, albañiles, estudiantes, todos escogen la gastronomía tradicional de las plazas. El paisaje en las cocinas es alentador, siempre hay gente. Los domingos hay que hacer fila para poder almorzar. Un estudio de Shopper realizado por el IPES muestra que el abastecimiento antes estaba en 1.5 y luego pasó a 2 actualmente, y con la implementación del modelo de administración se ha llegado a 3.5, lo que indica que subió el consumo en las plazas de mercado. Son muchas las familias que se benefician del trabajo en las plazas distritales de mercado. Personas que han pasado su vida entera entre frutas, verduras, el regateo y la ñapita hoy se volvieron expertos en entrevistas y ya es común que les dirijan una cámara, un micrófono o un flash; son todas unas celebridades. Se acostumbraron a la visita de los medios. Después de estar en el olvido hoy son exaltados y aclamados por la innovación y su labor.
- Premios Orlando Sierra 7 | unisabanamedios
2023 Premio categoría crónica Pancho: Pueblo pequeño, penuria grande Los habitantes del corregimiento guajiro solo cuentan con el servicio público de energía, compran pimpinas de gas o cocinan en leña, rebuscan el agua y, por su cercanía al río Ranchería, cada año experimentan inundaciones. Ashley Duarte, Comunicación Social y Periodismo. Nominación opinión Nombre ¡Qué problema! Es difícil creer que su nombre, parte de su identidad, le pueda generar tantos contratiempos, pero sucede, incluso, que puede llevarlo a pagar los platos rotos de alguien más. María Paula Montoya, Comunicación Social y Periodismo. Nominación opinión Carta para la Educación Virtual, dueña de mi amor, cordura y odio De forma metafórica, un estudiante se expresa sobre cómo ha vivido la educación virtual y plantea algunas ideas para mejorarla, en favor de la salud mental y de la formación de los estudiantes en Colombia. Pablo Castro Tirado, Comunicación Audiovisual y Multimedios.
- Federico Ríos, el fotógrafo de la realidad de Colombia
Federico Ríos, el fotógrafo de la realidad de Colombia Cleyen Dayana Torres González y Danna Lucia Fernández Segura, estudiantes de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana Fecha: Ser fotógrafo documental implica conocer de cerca la desgracia de la humanidad: el hambre, la muerte, el sufrimiento, la miseria el dolor y la injusticia. ¿Cómo lo enfrenta este colombiano? Conoce su historia. Lea también: 15/30: Capítulo 1 de la segunda temporada Compartir Foto: Alpha Universe Sentado en el sofá de su casa, con cuatro años, Federico Ríos miraba con frecuencia las fotos del viaje de estudios que hizo su padre, Jairo Ríos, a Egipto e Israel entre 1980 y 1982. Esas imágenes de su papá montando en camello, parado frente a las pirámides y usando turbantes coloridos eran el centro de reunión de su casa. Hace 40 años, un viaje a Medio Oriente era algo fuera de lo común. Las fotos funcionaban entonces como una prueba de que lo que su padre contaba era cierto, y esas imágenes casi siempre daban pie a largas conversaciones. Desde ese momento, sin saberlo, surgieron en la cabeza del futuro fotógrafo preguntas sobre el poder narrativo de las imágenes, y su capacidad de convertirse en ventanas a mundos lejanos o desconocidos para quienes las miran. Manizales, en la región cafetera, fue la cuna de este fotógrafo documental, y al hablar de su infancia alude a recuerdos montando en patineta, escalando, haciendo camping, fogatas, montañismo y parapente en el Nevado del Ruiz, el de Santa Isabel, del Cisne y el paramillo del Quindío. A la mayoría de los niños las fotos se las toman sus padres. Ríos, en su casa, era quien las tomaba. Recuerda especialmente un viaje que realizó a sus 11 años. Era 1992, había hecho su primera comunión y sus padres le dieron a elegir entre Cartagena o San Andrés, porque su regalo sería un paseo a la playa. Días después, cuando tenía que confirmar el destino, Ríos dijo que ninguno de los dos. Lo había pensado bien y quería ir al Amazonas. Entonces, en noviembre, viajó con su padre: “Hicimos cosas que ni se deberían contar: trayectos por el Amazonas de noche, buscamos cocodrilos con cazadores ilegales... A mí lo que me gustaba era eso: la selva, las aventuras, no las playas ni el mar” . Durante ese viaje, vio indígenas con taparrabo y tocó por primera vez una anaconda. Regresó cargado de historias y fotos que parecían sacadas de un libro de expedicionarios. Así, la selva y el sur de Colombia, territorios misteriosos y mágicos para un niño, y todavía desconocidos e inalcanzables para muchos adultos, fueron decisivos para su futura vocación. Porque en la infancia muchos sueñan con ser doctores o astronautas, pero Ríos anheló desde muy pronto acercar a otros todos esos escenarios lejanos por medio de la fotografía. A sus 12 años, ya sabía que prefería los viajes azarosos a las comodidades y lujos de un hotel. Y varios años después decidió iniciar la carrera de Comunicación social y Periodismo en la Universidad de Manizales, solo con el objetivo de dedicarse a comunicar a través de la imagen. Allí tuvo grandes maestros: Fredy Arango, Martha Monroy, Darío Cardona y Jhon Jairo Bonilla. Pasaba días mirándolos trabajar, analizando su trabajo y conversando con ellos. Y cuando estaba en séptimo semestre, empezó a hacer reemplazos para el periódico El Tiempo y La Patria, en las seccionales del Eje Cafetero. Ahí empezó su carrera. Pero entonces corría el año 1998 y todavía no se trabajaba con cámaras digitales. “Recuerdo que Darío Cardona me enseñó a revelar el color en un laboratorio improvisado en el baño de una oficina. Incluso trabajé al lado del mítico Carlos Sarmiento. Con ellos aprendí a moverme, a ubicarme y a anticiparme para obturar” , recuerda Ríos. Y cuenta que la primera oportunidad que tuvo de formar parte de un equipo profesional de fotógrafos se la dio Adriana Villegas. Ella le permitió hacer fotos de un festival de teatro para el diario Textos del festival : “Cinco rollos de negativo por día durante una semana, en jornadas maratónicas que se repartían entre las salas de teatro, el laboratorio de revelado y la oficina de prensa” . Así empezó a poner a prueba sus conocimientos y capacidades. Lo que cuestan los comienzos Pero no era exactamente eso lo que quería. Entonces, con 23 años, decidió viajar a Bogotá, con más sueños que dinero en el equipaje. Vivió entre el sofá y el colchón de algunos conocidos, mientras buscaba su sitio. Pero nueve meses más tarde, tomó un bus de vuelta a Manizales con las manos vacías. Se conformó con un trabajo como diseñador, donde tenía que estar sentado todo el día en un escritorio. Se ganaba la vida, pero era infeliz. Cuatro años después volvió a Bogotá a seguir tocando puertas, hasta que una se abrió. Era el diario El Espectador, y allí trabajó dos años. Luego se fue a El Tiempo, dos años más. Y luego, la Agencia Efe. En esos años su salario nunca alcanzó los dos millones de pesos. Y vivía lejos de su esposa, con la que hoy tiene dos hijos. Era el año 2011 y se atrevió a pedir un aumento o un traslado, pero la respuesta fue no. Entonces, con el arrojo que lo caracteriza, y sin miedo por delante, renunció sin tener nada asegurado en otro sitio. Lo único que tenía era un proyecto que hacía tiempo rumiaba en su cabeza, del que solo sabían sus padres y su esposa. Cogió sus ahorros y tomó un bus con destino a Medellín, donde alquiló un cuarto en un rincón de la comuna 13. Desde allí empezó a documentar lo que entonces pocos mostraban: las drogas, los combos, la violencia en la 13, la juventud sin futuro y los asesinatos . Fueron meses difíciles. Durante un año intentó que algún medio le publicara la historia de esa comuna. Y la puerta que se abrió no fue en Colombia, sino en el diario El País de España. La mañana del 9 de abril de 2012, cuando pasaba su luna de miel en Barcelona y caminaba por la capital catalana, reconoció en un kiosco de prensa una foto suya en portada. El titular de El País decía: “Ya no hay virgen para los sicarios”, y la imagen era un retrato en primer plano del “Bola”, un joven pandillero de la comuna 13. La foto era mitad luz y mitad sombra, empuñando un revólver que apuntaba a su rostro. Esto desató la polémica en Colombia. Hacía poco Medellín había ganado el premio a la ciudad más innovadora, intentando sacudirse el estigma de violencia. Y los medios de comunicación en el país empezaron a preguntarse quién era el fotógrafo que había puesto el dedo en la llaga. Como explica su amiga y colega, Eliana Aponte, Federico Ríos tiene un gran talento con la cámara, pero fueron su tenacidad y persistencia los que lo llevaron al éxito y reconocimiento con el trabajo que realizaba. Llegaron las Farc a su vida La primera vez que Federico Ríos vio a unos guerrilleros de las Farc fue en una carretera de los Llanos Orientales. Tenía 8 años y vio cómo dejaban sus fusiles a un lado de la vía y se acercaban a los carros detenidos en la carretera. Allí estaba él con su familia, –iban hacia el parque El Tuparro, en el Vichada, a un paseo–. Y esos combatientes se acercaron solo para pedir ayuda porque se habían quedado sin gasolina. “Yo pensé: esta gente dejó las armas abajo, están pidiendo ayuda, sin hacerle daño a nadie”, recuerda. Lo que veía era totalmente distinto a lo que mostraban los noticieros, y eso lo confundió. Lo llenó de preguntas: ¿Dónde viven estas personas?, ¿quiénes son? ¿por qué los colombianos piensan que solo cabe la posibilidad del secuestro o el asesinato si se encuentran con las Farc? Desde ese momento, sintió la necesidad de conocer a los guerrilleros como personas, cómo vivían y quiénes eran en realidad. En el año 2011, cuando ya Ríos trabajaba en Bogotá, el entonces presidente Juan Manuel Santos realizaba un consejo de ministros en Toribío, Cauca, por una serie de ataques de la guerrilla a la fuerza pública en esa zona. Al día siguiente, uno de los aviones escoltas del presidente fue derribado por las Farc. Varios medios de comunicación fueron a documentar esa acción de guerra. Y cuando las Farc iban a entregarle a la Cruz Roja Internacional uno de los cadáveres, el Ejército realizó una emboscada. Por más de treinta minutos solo se escuchaban disparos en la colina del municipio. Los habitantes corrían para intentar resguardarse en un lugar seguro. Y varios periodistas quedaron atrapados en el fuego cruzado, entre ellos Federico Ríos. Fue en esa situación accidental que el fotógrafo logró capturar sus primeras fotos de las Farc, esos que desde niño había querido conocer y entender, y que luego serían uno de los temas más recurrentes en su carrera. Tras el suceso en Toribío, Ríos intentó durante varios meses comunicarse con los dirigentes de la guerrilla para ir a uno de sus campamentos . La búsqueda empezó en el Cauca y después de varios días logró concretar un acuerdo: podría ir a los campamentos, sin que los comandantes pudieran decirle qué fotografiar y qué no. Al día siguiente lo llamaron para darle instrucciones: “coja un bus a tal parte”, y esa fue la única indicación. Por su cabeza pasaban todo tipo de suposiciones de lo que podría suceder. Sus manos temblaban y sudaban. Aun así, sin saber hacia dónde lo llevaría ese bus, agarró sus cámaras, baterías, lentes, cargadores, tarjetas de memoria y rollos fotográficos. Tomó el bus. Y al llegar al lugar indicado, lo alojaron en la casa de la madre de un soldado desertor que se había unido a la guerrilla. Y mientras estaba allí temía que los paramilitares le hubieran chuzado el celular, que lo mataran. Un asunto de confianza Cuando llevaba ya varios días viviendo en esa casa, apareció alguien a recogerlo en una moto a las 4:30 de la mañana. No sabía a dónde lo iban a llevar. La ruta fue larga: tardaron 2 horas en las que solo se veía selva a los dos lados. Llegaron a un lugar en medio de la nada y el motociclista solo tenía la instrucción de dejarlo ahí. Le preguntaron si iba para donde las Farc o el Eln. Ríos sudaba frío. Su voz temblaba. Sus piernas también. No sabía en manos de quién estaba. Con un hilo de voz cortada contestó que iba para donde las Farc. Entonces vino un guerrillero a recogerlo en un caballo y lo llevaron por fin, susto tras susto, hasta un campamento. En ese lugar desconocido, rodeado de personas que podrían ser peligrosas, reconoció enseguida al hijo de la dueña de la casa donde lo habían alojado días antes, la de la familia del soldado que se unió a la guerrilla. Lo reconoció porque había visto sus fotos con el uniforme del Ejército en la casa de su madre. La mayoría de colombianos temían cualquier acercamiento con grupos guerrilleros. Ríos, en cambio, estaba dispuesto a tomar riesgos para cumplir su objetivo de ser fotógrafo documental. “Yo sabía a dónde quería llegar, pero no cómo. ¿Quién me cuidaba? Nadie. Solo contaba con un esquema de seguridad con la Cruz Roja Internacional, diseñado solo para una cosa: en caso de que me mataran, ellos tendrían conocimiento del lugar en el que podían recoger mi cadáver”. Ganar la confianza de las personas que habitaban ahí no iba a ser tarea fácil. Fue un proceso que, según cuenta, duró alrededor de tres semanas. El fotógrafo aprovechaba cualquier oportunidad para conversar con los guerrilleros. Cualquier comida del día, cualquier café o actividad. Sin embargo, Ríos tenía claro que era periodista, no guerrillero, y podía guardar secretos, pero no ser cómplice en ningún momento. Cristina Taborda, ex combatiente y hoy amiga de Ríos, explica que “su trabajo como fotógrafo, en los últimos 10 años, ha sido de alto riesgo, en pleno auge del conflicto armado colombiano. El sólo hecho de ingresar a los campamentos ya era un reto. Estaba expuesto al fuego de todos los bandos”. Durante la década que visitó estos campamentos, cargaba en la maleta sus cámaras, una hamaca, pañitos húmedos, crema número 4 –para calmar el ardor de las peladuras causadas por las largas jornadas en mula– y las memorias SD las guardaba en condones. Esto fue suficiente para capturar la realidad de los campamentos de madera, lonas y plásticos en los que vivieron 50 años las Farc en medio de las montañas y la selva colombiana. “Lo jodido es que siempre nos pintaron a las FARC como asesinos y secuestradores ”, dice Ríos: “Yo mismo tenía un preconcepto de las FARC y sabía que no podía llegar con él. Y lo que me encontré fue una cosa muy distinta: unos tipos que luchaban por unos ideales, que ayudaban a la comunidad de algunas maneras y que también usaban los métodos armados: minas antipersonales, ataques sorpresa, guerra de guerrillas. Pero todo eso es un entramado de una complejidad absurda. ¿Qué hice yo? Pues documentarlos”. Fue así como este fotógrafo evidenció en carne propia el poder de las imágenes para transmitir emociones y contar historias, algo que había intuido desde niño cuando veía las fotos de los viajes a Egipto de su padre. Al visitar distintos campamentos guerrilleros, retrató y acercó para los colombianos una realidad desconocida para todos. Recorriendo las selvas del país, conoció las brigadas de salud, los bazares, los bailes, los partidos de fútbol de la “Selección Farc” y, con su cámara siempre en la mano, vio las historias de amor y compañerismo entre seres humanos, más allá de su faceta de personajes oscuros y peligrosos que imaginaba la sociedad colombiana. Ríos y su trabajo en los grandes medios Era un jueves de 2018. Federico Ríos estaba desayunando en su casa en Medellín cuando recibió una llamada del jefe de recursos humanos de The New York Times . Le ofrecía trabajar con ellos. Sus fotos de los campamentos guerrilleros empezaron no solo a aparecer en ese medio, sino a ser portada. Pero ese mismo año aparecieron otras fotografías suyas de un grupo de disidentes de la guerrilla en la cordillera occidental de los Andes. “Cuando publicamos este artículo, pisamos muchos callos. Las FARC no querían reconocer que había disidencias, el gobierno saliente tampoco quería reconocer que esa era una situación que los confrontaba y el gobierno entrante no quería ni hablar de todo lo que estaba pasando. Hubo mucha gente incómoda”, señala. Pero Ríos sabe que el buen periodismo, como decía George Orwell, está hecho para incomodar. “Me siento orgulloso de publicar mis imágenes en el NYT porque es un periódico que tiene un respaldo, una ética y un nivel de periodismo importantísimo. Me siento muy satisfecho cuando veo que les gusta y se comprometen con mi trabajo. Entonces, siento que es un ejercicio de doble vía: yo propongo temas, o ellos, y así encontramos las historias y las noticias” . Pero dice que esas son alegrías efímeras , igual que cuando publica en otros diarios y revistas nacionales e internacionales como National Geographic, Stern, la revista Time, Paris Match, Das Magazin, Tages Angeizer, El País de España, El Universal de México, Folha de Sao Paulo, entre otros. También cada premio que ha recibido por ellas es un festejo para él, pero sabe que esas celebraciones vienen cargadas de responsabilidades: ya se abrieron para él todas las puertas –ya no son los tiempos de Bogotá en los que tuvo que volver a Manizales sin nada entre las manos–. Pero trabajar en medios tan prestigiosos lo obliga a sostener un compromiso con los estándares éticos, fotográficos y periodísticos más altos. No puede escudarse con artimañas para no hacer un trabajo con toda la altura necesaria. Además, Ríos no se considera un fotógrafo “de conflicto”, sino un profesional que ve en cada foto una creación de luz, elementos, momentos, relaciones y, sobre todo, un gran puente de diálogo. Publicar en estos medios le ha valido no solo prestigio sino la posibilidad de hacer grandes amigos . Entre ellos Sofia Villamil, con quien ha trabajado en historias como la del Darién, la de los niños que murieron en un bombardeo o el muy sonado tema de la coca en Colombia en tiempos de paz. Para Villamil, trabajar con Ríos “es un gusto. Es una persona que se conecta con la gente, sabe mucho cómo trabajar en campo, es precavido y muy conocedor de la realidad del país”. Llegan las amenazas “Pero la fotografía documental es como un asiento VIP al infierno de la humanidad ”, dice Federico Ríos , y con esto se refiere a lo que tiene que ver en su trabajo: el hambre, la muerte, el sufrimiento, la miseria, el dolor y la injusticia. Y una de esas temporadas en el infierno que más recuerda es cuando llegaron las amenazas. Era el sábado 18 de mayo del 2019, y Ríos comía fríjoles en un almuerzo familiar cuando fue interrumpido por una llamada de su jefe del New York Times desde New York. Le avisaba que había aparecido en una fotografía, en un tweet de la congresista María Fernanda Cabal, en la que se le veía montado en una moto conducida por un integrante de las Farc. En primer plano también aparecía Nicolás Casey, el entonces jefe de The New York Times para la región Andina. Dicha foto había sido tomada tres años antes, en el 2016. Él mismo la había colgado en su perfil en Instagram y el copy decía: “Durante el trabajo que hicimos en un campamento de las Farc para The New York Times con Casey”. Horas antes del tweet, el diario había publicado un artículo de Nicolás Casey titulado“Las órdenes de letalidad del Ejército colombiano ponen en riesgo a los civiles, según oficiales”. Allí se explicaban las posibilidades de que en Colombia volvieran los “falsos positivos”, muertos a manos del Ejército que luego hacían pasar como guerrilleros o paramilitares abatidos. Con esta fotografía, la política Cabal buscaba demostrar que Casey estaba de gira con la guerrilla, pero no se percató de que el hombre de la moto era Ríos y no el periodista estadounidense. “Empezaron a llover las amenazas”, cuenta. Y por decisión del diario, por su seguridad, se vio obligado a salir del país al día siguiente de esa publicación de la congresista . “Este trino desató una ola de señalamientos por redes sociales. El periódico hizo una evaluación de seguridad y decidieron que era mejor que me fuera” . Un mes después, sentado en el estudio de su casa en Medellín, ya de vuelta, pensó: “¿Qué voy a hacer? Pues cuidarme el pellejo, pero no es una tipa a la cual voy a enfrentar legal ni públicamente”. En Colombia, cualquiera que quiera mostrar, como Ríos, la realidad sin tapujos, puede ser víctima de señalamientos y amenazas. “Tuve que exiliarme unos días. Esto no es agradable y no se lo deseo a nadie, pero hay que levantar la voz y decir que en este país asesinan y amenazan periodistas a diario . No solo a mí, sino a muchos que desde las regiones hacen labores heroicas, que trabajan con las uñas y que se levantan en contra de los poderosos y de los intereses económicos que quieren callarles la voz. Pero esas son las voces que informan a las comunidades”, señala. Ríos, precisamente porque conoce los riesgos que corre, junto a las dos o tres cámaras que carga consigo, lleva un torniquete por si le estalla una mina en un pie y un kit de emergencia para sangrados profundos o posibles disparos. El fotógrafo insiste en que documentar un conflicto implica una dosis de peligro inevitable. Así que cada vez que llega a su casa en el Poblado, en Medellín, siente un alivio de haber regresado con vida. De lo impreso a lo digital y de vuelta a lo impreso Verde es uno de los últimos trabajos de este fotógrafo colombiano, otro resultado de sus años fotografiando a las Farc, pero también de conversaciones y diálogos con amigos, editores y familia. En especial con Santiago Escobar Jaramillo, gran amigo y editor del libro. Un día de 2019 le dijo: “Ya está listo, vamos a hacer el libro”. Y ahí comenzó un proceso largo y complicado de revisión y edición de las fotografías que hizo durante diez años. El prólogo lo escribió Alejandro Gaviria, entonces rector de la universidad de Los Andes, a quien Ríos admira por su perfil humanista y ambiental, con el que coincide. “Gaviria fue ministro durante las negociaciones con las Farc y me pareció importantísimo que una persona que estuvo tan cerca del proceso también tuviera voz en el libro”, asegura. El libro, de gran formato, está envuelto en un mapa de Colombia que se despliega e indica los lugares donde se tomó cada fotografía. De la Guajira a Nariño, de Antioquia a Putumayo, lugares como Anorí, Briceño, Tarazá, Remedios, Segovia, Bajo Cauca y el Magdalena Medio son protagonistas en la narrativa. El nombre no es una casualidad. La portada es de color verde y hace alusión a la selva y al camuflado de los uniformes que visten los bandos enfrentados en la confrontación armada que ha asolado a Colombia, y lo hace todavía: “Un verde abarca el camuflado del Ejército, la Policía, la Fuerza Aérea, la Armada Nacional y de las guerrillas: Farc, Eln, y los paramilitares. Todos están ahí. En medio de eso, el verde es la esperanza y verde es lo único que nos queda” , explica el fotógrafo. Pero como siempre para él, se trató de un proceso doloroso. Muchas editoriales le cerraron las puertas, y las respuestas que recibía eran “no” tras “no”, por el contenido político del libro. “En Colombia, las editoriales no quieren comprometerse con el tema de la paz. Aquí es un tema que da miedo y alergia. La gente se asusta mucho con este asunto y entonces, en ese susto, una editorial piensa que, si publica algo sobre el Acuerdo de Paz, el Gobierno le va a retirar la pauta, las compras o la va a bloquear en algunos escenarios. Colombia sigue siendo un país muy pequeño y en el que los compromisos políticos pesan en las billeteras de todo el mundo”, añade Ríos. Pero el escritor Mauricio Duque Arrubla explica la importancia de que este libro se publicara: “Ríos nos muestra personas como nosotros que, por alguna razón, terminaron combatiendo, usualmente por motivos ajenos a ellos y por decisiones de poderosos que ni siquiera conocían. Creo que este proyecto fue rechazado por editoriales de renombre por el tema y los prejuicios. Y por eso fue toda una serendipia que la manufactura fuera en una ciudad y en una empresa pequeña, con la guía de una editorial no muy famosa (pero, dicen los que saben, de las mejores en fotos de libros del continente). Somos la gente común la que más valoramos un documento de esta calidad y de tanta potencia”. El libro, entonces, es una especie de autopublicación, pero con mucho éxito. Se hizo una primera edición de mil libros y se vendió toda en cuatro días. En la segunda impresión tiraron mil libros más, que también se vendieron enseguida. “No esperaba que Verde tuviera el impacto que está teniendo, por ser un libro crítico con las Farc, con el gobierno y con la sociedad. Esperaba que tuviera una acogida muy de gremio. Pero el libro ha recibido comentarios positivos de personas que pertenecían a las Farc y también al gobierno”, explica el fotógrafo. Ríos ya había publicado en 2012 otro libro de fotografías, “La ruta del cóndor”, y en 2013, “Fiestas de San Pacho, Quibdó”, junto al colectivo de fotografía Más Uno. Hoy en día, este fotoperiodista documental, además de seguir fotografiando la realidad colombiana, dicta talleres de fotografía . Y como invitados especiales siempre lleva algunos excombatientes, ya que uno de sus compromisos es ayudar a estas personas a reinsertarse en la vida civil, para seguir construyendo la paz que Colombia necesita. Ríos se ha convertido ya en un gran referente para sus colegas, estudiantes y jóvenes periodistas. Como lo expresa su amiga Miyer Juana, “su trabajo es impecable, su experiencia y trayectoria es admirable, y definitivamente se ha convertido en referente porque posee un gran carisma y humildad para compartir su conocimiento”. Ríos es, sin duda, ya uno de los grandes de la fotografía en Colombia. Y venga lo que venga en su trabajo queda claro que sus fotos son indispensables para entender la realidad colombiana. Seguirá incomodando. Pero nunca defrauda.
- Memorias del horror
Memorias del horror Germán Enciso Flórez y Joselin Cuartas Barrios, Comunicación Social y Periodismo Fecha: La exposición 'El Testigo', de Jesús Abad Colorado, es una muestra de más de 500 cuadros en la que se reúnen memorias del conflicto armado colombiano. Lea también: 'Empatía: la lucha por desterrar al olvido' Compartir Foto: Fotografía de la exposición ‘El Testigo’ desde el lente de Germán Enciso De forma cruda y directa, Jesús Abad Colorado abofetea a su público como solo una madre es capaz de hacerlo, reprendiendo a un hijo que ha sido indiferente a un conflicto armado de más de medio siglo. Así, su exposición “El Testigo” es una recopilación exhaustiva de emociones y momentos que han sido arrebatados del cruel paso del tiempo, una muestra de más de 500 cuadros que se mezcla con la escultura y la poesía en un espectáculo dividido en cuatro estaciones , revelando, de forma no lineal, la historia de un duelo que sigue lamentando el desafecto entre hermanos. Aunque al principio resulte perturbador encontrarse con imágenes vivas de cadáveres, mejillas inundadas y miradas vacías, las fotografías expuestas demandan que la sacra distancia entre obra y espectador se acorte, ocasionando que el sentimiento de tocar, para conectar en lo físico y sentir la realidad de lo expuesto, sea casi que incontenible. Una impotencia infinita por el estado limitado a lo contemplativo causa que se desborde un llanto mudo para no perturbar el silencio del recorrido. Una exposición que para nada es una oda a la guerra, sino todo lo contrario. Esta es una exposición que devuelve el rostro a una lucha deshumanizada en las cifras; una exposición que exige encontrar las miradas perdidas de los retratados para intimar en el horror; una exposición que exige ser vista sin los brazos cruzados ni el ceño fruncido. Esta obra es un testimonio de que, en estas épocas tan convulsas y angustiosas, da esperanzas sobre el porvenir, pero sin dejar de gritar en sangre la ruina de una lucha plagada de sinrazón y con el rostro dibujado por el fusil más ruidoso. El blanco y negro La manera en que encuadra Jesús Abad resalta la dignidad de los afectados, pero es el blanco y negro lo que potencializa el reconocimiento de lo humano en sus fotos, pues debido a la ausencia de color -en la mayoría de su obra- la atención es centrada en las pieles ajadas, las manos venosas y cansadas, los cabellos desordenados y las texturas de los escombros dejados tras la guerra. El uso del blanco y negro muestra un crudo respeto que exalta las formas del pesar y resiliencia en un aura de realismo mágico, maravillando con la muestra de banderas ondeando en medio de ríos explosivos, ataúdes cargados por incontables manos como si los muertos fuéramos todos e, incluso, con un ritual mortuorio de los indígenas nasa en medio de un trigal. La (re)construcción de las historias con este recurso estético logra colgar un eterno presente en las paredes del Claustro de San Agustín; se sienten los fantasmas emanando de cada pieza, reclamando reconocimiento después de tan sórdida y apática profanación de sus vidas. Esta construcción es una opción consciente que, según Ramón Iriarte, fotógrafo documental, “homogeneiza a los cuerpos que hacen parte de un momento único con importancia social, enfoca los rostros y deja en segundo plano los fondos”. La empatía y recepción de una guerra lejana a la ciudad es el objetivo en este documento histórico que retrata de forma digna y sin morbo la naturalidad de figuras en conflicto con su entorno y su desconsuelo. Recurso textual Si bien es cierto que Jesús Colorado ha sido afectado por la guerra y, además, demuestra un compromiso profundo con su obra, la constante aparición de un “Yo” en su discurso (complemento textual de la exposición) deja un sinsabor por ser una interrupción un tanto egocéntrica e innecesaria. Virgina Wolf escribió alguna vez en su libro Tres Guineas que no se debe suponer un “nosotros” cuando el tema es la mirada al dolor de los demás. No obstante, es cierto que hay quienes han atravesado por la desesperación y el pesimismo y suelen comprar un boleto de ida y rápido regreso al infierno de los tormentos por la noble causa de lograr una imagen más fiel de su dolor; sin embargo, esta exploración reflexiva, en el ejercicio de fotografiar, se da en terreno ajeno, en el cual, como Hitchcock lo proponía en su película La Ventana Indiscreta , el lente es un objeto transgresor de la intimidad que debe introducirse con humildad y respeto, lo mismo pasa con las palabras: si se ha de contar la historia de cómo todo un país ha llorado, asesinado, enterrado, finalizado y recordado en la violencia de su pasado, se ha de hacer con sumo respeto, humildad y veracidad. Dos patrias “Esta es una muestra inclemente y rigurosa de la realidad sobre la otra mitad de país que no conocemos”, manifiesta Luis Castillo, asistente a la exposición de Jesús Abad. Y es que, después de recorrer los pasillos del Claustro de San Agustín, solo queda la impresión de estar viviendo en dos patrias distintas. Una en la que las fiestas, los carnavales y la comida reflejan la alegría y riqueza cultural que parece identificarnos; mientras que, desde el otro lado, nos acecha el rastro de una historia que algunos han querido negar; la historia de un país que se ha desangrado, un país que también duele. Esta exposición es, asimismo, un llamado a reconocer que todo este dolor y tragedia hacen parte de lo que somos. Porque Colombia no es un país que solamente se goza y se vive en felicidad, también es un país que respira a través de la herida. Sobre aquella dualidad caótica, falta mucho que contar. Pero, por ahora, queda abierta la invitación a que busquemos esas verdades y esos secretos que oculta nuestra tierra; después de todo, somos nosotros quienes deberíamos rescatar la historia del país en que vivimos. “Él retrató la realidad”, expresa la periodista Daniela Afanador, “nos hizo ver algo que necesitábamos ver sí o sí que, probablemente, en los medios de comunicación no se veía siempre”. Daniela no se equivoca al hacer esta afirmación; las respuestas a tantas interrogantes sobre el conflicto solemos buscarlas en los medios y ni siquiera estos han sido capaces de mostrarnos la verdad sobre lo que ha ocurrido durante décadas en nuestro país. Obras como la de Jesús Abad Colorado son solo una parte de lo que se puede descubrir si escudriñamos nuestro pasado y, a su vez, una forma de rendirle honor a las víctimas, como el constante recuerdo de las ruinas dejadas tras el Muro de Berlín que no permiten olvidar las desgracias de la guerra. El Claustro de San Agustín se convirtió en el lugar de convergencia para dos mitades de país. Basta con ver los comentarios que consignaron los espectadores en un libro abierto que se dispuso en la exposición. Allí se rompió el silencio que reinaba y, en letras, quedaron plasmadas la indignación, la empatía, la impotencia y la compasión de quienes dejaron caer la venda de sus ojos ante la obra de Jesús Abad.
- La tierra del olvido
La lucha de un colegio en el Chocó Desde marzo del 2020, la comunidad educativa del colegio Hernando Palacios lleva a cabo las clases a través de guías académicas que se envían por grupos de WhatsApp. Aun así, la cobertura de internet en el Bajo Baudó es deficiente, por lo que los profesores viajan en lancha para repartir el material de trabajo en las comunidades. La tierra del olvido María Fernanda Pacheco Méndez La lucha de un colegio en el Chocó Desde marzo del 2020, la comunidad educativa del colegio Hernando Palacios lleva a cabo las clases a través de guías académicas que se envían por grupos de WhatsApp. Aun así, la cobertura de internet en el Bajo Baudó es deficiente, por lo que los profesores viajan en lancha para repartir el material de trabajo en las comunidades. Disponible en Infobae Cortesía del periódico El Baudoseño Desde marzo del 2020, la comunidad educativa del colegio Hernando Palacios lleva a cabo las clases a través de guías académicas que se envían por grupos de WhatsApp. Aun así, la cobertura de internet en el Bajo Baudó es deficiente, por lo que los profesores viajan en lancha para repartir el material de trabajo en las comunidades. Antes de la cuarentena, la lancha del Colegio Hernando Palacios salía todos los días a las 6:00 a. m desde la comunidad de Mochado a recoger al 60% de los 388 estudiantes que viven en comunidades aledañas, tales como Cabre y Puerto Bolívar. Los chicos emprendían un trayecto de 45 minutos por el río Docampadó, una suerte de serpiente ancha, larga y, por temporadas, de alto nivel, para llegar a la sede principal de su institución educativa, en Belén de Docampadó. Este colegio cuenta con diez aulas de clase, de las cuales algunas tienen goteras y grietas en las paredes. No hay batería sanitaria ni biblioteca, tampoco hay laboratorio de biología ni sala de sistemas... bueno, lo poco que quedaba se derrumbó por completo. Los estudiantes se acostumbraron a recibir sus clases en medio de las irregularidades de infraestructura. Una vez terminaban su jornada académica a la 1:00 p. m, salían corriendo directo a la lancha para emprender el mismo trayecto de 45 minutos de regreso a casa. Llegó la pandemia del covid-19 y esta rutina cambió radicalmente. Con la cuarentena, la comunidad educativa se enfrentó a otro problema que los ha perseguido durante años, la conexión a internet. Según lo informó la Secretaría de Educación del Chocó, en junio del 2020 solo el 13% del departamento tiene cobertura de internet y la mayor penetración está en Quibdó. Además, solo el 21% de los estudiantes tiene acceso a un computador una vez al mes. Sin embargo, los profesores y directivos no han dejado a un lado su labor, porque como dice el grupo musical chocoano ChocQuibTown en su canción De Donde Vengo Yo: “La cosa no es fácil, pero igual sobrevivimos [...] De tanto luchar siempre con la nuestra nos salimos”. 26 de septiembre del 2020, Belén de Docampadó- 7:00 a.m. Belén de Docampadó es un corregimiento del municipio del Bajo Baudó, en el departamento del Chocó; un departamento ubicado al noroeste de Colombia, en la región del Pacífico. Las calles son de barro y hay una iglesia en una lomita, un elemento de orientación y exaltación para sus habitantes y para quienes visitan el lugar. Además, hay un puesto de salud, que hace poco fue ocupado por un médico que llegó para atender posibles casos de coronavirus. El clima varía entre calores intensos y fuertes lluvias. Su población siempre por su amabilidad e inigualable acento chocoano. El colegio Hernando Palacios nació en aquel corregimiento, pero este tiene un pedacito de sí mismo en varias veredas donde se levantan sus otras sedes académicas, enfocadas en básica primaria, ubicadas en las comunidades Cabre, Puerto Bolívar, Mochado y Pie de Docampadó. Los profesores de cada sede trabajan en paralelo. Cuando el reloj está a punto de marcar las 7:00 a.m, empiezan a enviar unas guías académicas que previamente han diseñado para sus estudiantes. “Cada semana se diseñan guías pedagógicas, las cuales pasan por varios filtros. Primero, llegan a la Secretaría de Educación del Chocó y allí las revisan. Luego, se las envían al rector del colegio y, de ahí, pasan a la parte administrativa”, explicó Astrid Castaño*, quien había dejado su tierra en el 2015 y, en marzo del año en curso, regresó para ayudar con la continuidad de las clases durante la cuarentena. Por su parte, en una casita del corregimiento, Teresa Rivas*, madre soltera de 41 años, está en el comedor con sus dos hijos para acompañarlos durante la jornada escolar. Su hijo David*, de 17 años cursa grado décimo y su hija Juliana*, de 11 años, cursa sexto grado. Las guías ya les han llegado, unas son físicas; y otras, digitales, que han llegado por WhatsApp. Teresa trabaja en lo que le salga, lo que para muchos colombianos sería ‘el rebusque’. Pero cuando se queda en casa hace un gran esfuerzo por entender las guías académicas y ser de ayuda para sus hijos. Ella se sienta al lado de Juliana*, quien necesita más atención. Las dos empiezan a desarrollar una guía de Español, donde van a estudiar el concepto del adverbio y sus distintas clasificaciones. Mientras tanto, David* desarrolla una guía de Química. En esta encuentra las competencias a desarrollar, los objetivos, los desempeños, una rúbrica de evaluación y los contenidos. Al joven le corresponde aprender los tipos de reacciones químicas, el concepto de una ecuación química y su interpretación “Los tipos de reacciones inorgánicas son: Ácido-base (Neutralización), combustión, solubilización, reacciones redox y precipitación...”, leyó el joven… Después, prosiguió a desarrollar las actividades didácticas: 1) Identifica las siguientes reacciones y clasifícalas 2) Para las siguientes ecuaciones, identifica sus miembros y escribe cómo se lee esa ecuación 3) Encuentra en la siguiente sopa de letras las siguientes palabras. A David le faltaba llevar a cabo un experimento que tenía que ir registrando con fotografías para poder enviar evidencias. Necesitaba huevos crudos, vinagre y un frasco de cristal. Él tenía que observar lo que pasaba con la cáscara del huevo, identificar la función del vinagre y reconocer la reacción química que resultó. Buscadores en internet como Google y Youtube serían de gran ayuda para la familia Rivas*, sin embargo, no todos los días pueden visitar la única caseta de internet del corregimiento y comprar un pin (código que se digita en los teléfonos) para tener acceso a la red. “El más económico cuesta 2.000 pesos, el cual garantiza una conexión de 12 horas; y el de 5.000, una de tres días. Aquí la economía es complicada, entonces a veces nos toca sin pin”, explicó Teresa. El gobernador del departamento, Ariel Palacios Calderón, afirmó que, antes de la cuarentena, se estaba realizando un trabajo con el Ministerio de Educación para disponer alrededor de 500 puntos en el departamento para mejorar la señal. “En este momento no sabemos cómo va ese contrato, porque ese es un contrato a nivel nacional”, agregó Palacios. Sede Puerto Bolívar - 9:30 a.m. Va transcurriendo la mañana y el profesor de la sede ubicada en Puerto Bolívar, Juan Osorio*, de 45 años, divide su tiempo para los cursos que tiene a cargo. Él ya ha enviado las guías a los estudiantes de los grados tercero y cuarto. Mientras que sus niños se reportan, si es que la señal se los permite, recuerda su día a día antes de la cuarentena. La sede a la que pertenece tiene cinco salones y dos docentes, incluyéndolo a él. Se desplazaban de un salón a otro para estar pendientes de todos los cursos. Ahora, durante la cuarentena, se ha capacitado para saber distribuir su tiempo entre cada grupo. Pasan los minutos y al profesor Juan* le llegan algunas preguntas. Resuelve todas las dudas de sus pequeños estudiantes, pero no corre con la suerte de que todos los niños se reporten. En esta y otras sedes, los docentes han identificado que a sus pupilos, la mayoría de 10 años, les cuesta enfocarse en los deberes académicos. Por eso, los padres son quienes les hacen llegar las evidencias del estudio, pues de ser por voluntad propia a los chicos les costaría enviar los ejercicios de las guías. El profesor, al igual que sus otros colegas, comprende que es complicado tener la atención completa de los niños, razón por la que los padres juegan un papel importante, ya que a pesar de que algunos son analfabetas, hacen el esfuerzo de dividir su tiempo entre sus trabajos -muchos de ellos se dedican a la agricultura, la pesca y la obtención de madera- , y el tiempo en casa para vigilar que sus hijos estén cumpliendo con sus deberes académicos. La bandeja de entrada del profesor no está tan llena como él lo esperaba, pero guarda la esperanza de que mañana la situación sea diferente. Recorrido por el río Docampadó, 10:00 a.m. Un grupo de profesores se dirige hacia las comunidades donde se encuentran las otras sedes del colegio Hernando Palacios. Tienen que hacer un recorrido en lancha para llevar el material de trabajo y los mercados que llegan del PAE (Programa de Alimentación Escolar) a cada uno de sus estudiantes. MinTIC emitió un comunicado el 6 de marzo del 2020, donde se informó la puesta en marcha del programa Última Milla, el cual pretendía instalar inicialmente más de 200.000 accesos a internet. Se dijo que uno de los departamentos beneficiados sería el Chocó. Hoy, lo único que está llegando a las casas de los niños son las guías de trabajo físicas. Los profesores están cansados, pero sacan fuerzas para regalar sus mejores sonrisas a los niños. Estos ángeles que se transportan por las diferentes veredas le pasan revisión a los niños que llevan horas y hasta días, sin dar algún reporte. Solucionan las inquietudes y, al terminar la jornada, se dirigen hacia la lancha para regresar a casa. Belén de Docampadó, 10: 30 a.m. Astrid* está haciendo seguimiento de la jornada escolar e identifica un caso que está relacionado a lo que le ha sucedido al profesor Juan Osorio*. Los estudiantes ya no están tan motivados con las guías. A veces los padres de familia son los que les pegan el empujoncito a sus hijos para que respondan por sus deberes. También se da cuenta de que a algunos de los estudiantes les está costando comprender las clases de matemáticas. No basta con las constantes explicaciones a través de WhatsApp o del paso a paso consignado en las guías. “Usted sabe que para entender bien un tema de matemáticas hay que practicar y practicar. Es mejor si las clases son presenciales, porque es muy difícil así como lo estamos haciendo. Además, la señal no ha colaborado mucho, pues esta se viene y se va y hay que ubicarse en lugares donde llegue un poco, así como estoy haciendo ahora mismo”, señala Astrid. Esta puede ser una causa de otro problema creciente en los últimos días: la deserción escolar. Estudiantes de octavo y noveno, algunos de 17 y 18 años, han decidido dejar a un lado sus deberes académicos y ya han informado que se van a trabajar con sus padres en agricultura y pesca. Además, Astrid sigue recibiendo comentarios de padres de familia que han dicho que sus hijos van a repetir el mismo curso, pero para el 2021, pues sienten que el aprendizaje no está siendo igual que antes. 1:00 p. m Los profesores que estaban haciendo el recorrido en lancha llegan a Belén de Docampadó y entregan un último mercado en la casa de Teresa Rivas*, el cual está conformado por tres libras de arroz, un paquete de pasta, una lata de atún, un frasco de aceite de los pequeños y media libra de azúcar. “Si me tocara comer con ese mercado bien distribuido, me estaría alcanzando para cuatro días, porque somos tres. Tendríamos que comer arroz seis días, porque a cada niño le llega un mercadito, entonces imagínese usted ahí”, agregó Teresa. En lo que va del año, los mercados han llegado tan solo cuatro veces a los hogares de cada familia. A esta hora ya todos han terminado su jornada escolar. Fue un día más de tantos que faltan. La comunidad educativa, en general, anhela volver a la presencialidad, pero, por el momento, las posibilidades son nulas. “Complicado, complicado, complicado”, así es como Astrid Castaño*, Fernando Bermudez * y Juan Osorio* ven la reapertura del colegio y sus sedes. En cuanto a infraestructura, el gobernador mencionó que se encuentran en una etapa de diagnóstico en los colegios del departamento, un trabajo que está realizando de la mano con la secretaria de educación, Katherene Guerrero. “Vamos a invertir donde lo necesitemos. Si tenemos que construir o mejorar un centro educativo, lo vamos a hacer. Nosotros tenemos alrededor de 140.000 millones de pesos, a pesar de que las regalías han bajado sustancialmente”, concluyó el gobernador. La comunidad tiene claro que hay que volver solo si se arreglan las instalaciones para la seguridad de todos y, sobre todo, cuando les permitan tener un mejor acceso a agua potable. Porque si antes no había agua ni para tomar, ¿cómo se pretende ahora tenerla para cumplir con los protocolos de bioseguridad? Según un informe del DANE del 2020, la cobertura de acueducto solo llega al 28,5% del Chocó. Hasta el momento, la comunidad educativa del colegio Hernando Palacios sigue sufriendo por la falta de agua. Por el momento, los profesores y estudiantes seguirán llevando a cabo las clases con lo poco que tienen. Los padres de familia seguirán involucrados en los asuntos de sus hijos y, a la vez, continuarán con sus trabajos en agricultura, pesca y obtención de madera para llevar sustento a sus hogares y, sobre todo, para comprar los pines que permiten que sus hijos accedan a internet. Todos guardan la esperanza de que, al abrir una llave, el agua no salga sucia. Tienen la esperanza de que les llegue un acceso a internet estable. Anhelan dejar de ser la tierra del olvido y que, un día no muy lejano, las promesas del gobierno por fin se vean materializadas. *Los nombres de las fuentes testimoniales fueron cambiados por razones de seguridad.
- Urge protección de derechos de trabajadores sexuales
Urge protección de derechos de trabajadores sexuales María Camila Caicedo Hoyos, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Más allá del dilema moral sobre la prostitución, es preocupante la explotación sexual, así como las violaciones y maltratos hacia quienes se dedican a este tipo de trabajo. Lea también: ¿A dónde vamos a parar con la intolerancia al sexo opuesto? Compartir Foto: Foto: Lorraine Cristancho La prostitución es legal en Colombia siempre y cuando se haga de forma voluntaria y por mayores de edad; sin embargo, los trabajadores sexuales son un grupo marginado en situación de vulnerabilidad y, por tanto, merecedores de protección constitucional. En el año 2016, la Corte Constitucional emitió la sentencia T-594, la cual ordena al Ministerio de Trabajo reglamentar esta actividad y “busca la protección de los derechos fundamentales de las personas, en este caso, los derechos a la libertad personal, a la libre circulación y a la no discriminación”. Parece contradictorio saber que la ley respalda este trabajo, pero la mayoría de trabajadores no hacen parte de un sistema de salud, no cotizan para pensión y, mucho menos, reciben un buen trato por parte de la Policía. La ONG Parces reveló en un informe reciente los tipos de violencia que sufren las personas que ejercen la prostitución. “El 62% de los encuestados han sido maltratados (a) físicamente por la Policía o un cliente, y al 32% les han negado el servicio de salud por su oficio”. Muchas cosas pueden estar escritas en papel, pero lo que verdaderamente evitaría la explotación sexual, los abusos e injusticias es garantizar buenas condiciones para dicho trabajo y no la erradicación del mismo que, por el contrario, generaría más redes de explotación, burdeles clandestinos, trata de personas, etc. El trabajo sexual en Colombia es un negocio sin cifras y en aumento. En julio del 2018, sucedió en Cartagena con una red de prostitución que trabajaba con menores de edad y fue desmantelada. Dicha red estaba constituida por 18 personas y operaba en el Centro Histórico de la ciudad. Este caso es bastante complicado, ya que refleja dos grandes problemáticas que el país está enfrentando. Por un lado, la crisis económica, la falta de oportunidades y la desigualdad; y, por el otro, la llegada de venezolanos al país. Según las autoridades, alias ¨Gregori¨ era el encargado de buscar a las menores, en su mayoría migrantes venezolanas. Con este ejemplo, se puede evidenciar la gran problemática que se vive frente al trabajo sexual. Celebro que la Fiscalía, junto con la Sijin, desmantelara esta red de prostitución. Pero en mi mente continúa la pregunta, ¿cuántas redes de explotación sexual continúan en el país?, ¿cuántas jóvenes como yo están siendo obligadas a vender su cuerpo? La prostitución no se puede ver desde un solo ángulo, por el contrario, tiene infinidad de aristas, y creo firmemente que si las leyes ofrecen garantías a este trabajo y estipulara de manera clara y concisa los derechos y deberes de los trabajadores, los problemas disminuirían. La prostitución es considerada la profesión más antigua del mundo y, a pesar de eso, existen infinidad de problemas, tabúes y rechazo frente a esta actividad. Colombia debería tomar como ejemplo a Holanda, en donde la prostitución es legal y sus trabajadores y trabajadoras reciben las mismas garantías que cualquier otro trabajador. Está claro que a pesar de que el modelo holandés ha sido muy efectivo todavía presenta ciertas dificultades; sin embargo, el propio Gobierno “reconoció en 2014 que el negocio del sexo en el país supone más de 2.500 millones de euros cada año, el 0,4% del PIB, y es ya, junto a la venta de drogas, el principal motor de la economía holandesa por delante de la industria quesera”. Con lo anteriormente mencionado, no pretendo tomar una posición de si la prostitución es buena o mala, lo que sí está claro es que si como país construimos una cultura de tolerancia y, además el Ministerio de Trabajo se encarga de asegurar garantías a los trabajadores sexuales, muy posiblemente podría beneficiar a los prostitutos y prostitutas, y también a la economía del país.
- Cannabis medicinal: ¿En qué vamos?
Cannabis medicinal: ¿En qué vamos? Sebastián Martínez Díaz, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Se han hecho leyes, se han creado empresas y, con el tiempo, muchas personas del común con dolencias particulares se sienten seducidas a usar productos con base en esta sustancia. Lea también: El poder de la medicina nutraceútica Compartir Foto: Foro Semana Discusiones éticas en torno al Cannabis Medicinal Foto: Sebastián Martínez En plazas y calles es normal encontrar negocios que orgullosamente venden productos de cannabis. Por esto, siempre me ha resultado curioso pensar que la hoja de la misma planta pueda tener tantas aristas, metafóricamente hablando. El mismo verde que lleva a muchos a la cárcel puede aliviar a alguien que lo único que quiere es dejar de sufrir. Esta planta es fácilmente reconocible. Tales hojas tan icónicas, con bordes curvos y finas hendiduras en sus hojas puntiagudas, representan muchas cosas dependiendo de a quién se le pregunte. Se les han atribuido una miríada de significados y se han convertido un sinónimo de cosas opuestas entre sí: peligro y tranquilidad, delincuencia y control, vicio y alivio. Si bien esta resulta ser una industria productiva naciente, aún muchos no están del todo convencidos con su implementación en la vida cotidiana. Para otros el camino del cannabis medicinal representa oportunidad y una respuesta a los retos empresariales que debe enfrentar el país. Es una industria floreciente, con mucho trecho por descubrir y con mucha bruma por disipar. Colombia es una nación apta para el crecimiento de esta industria, muchos dirían, incluso, privilegiada. Esta es una de las mayores razones que permite a Colombia coquetear con inversionistas de todo el mundo. Así, estos empresarios vienen a formar empresa y añaden peso a las razones del por qué es bueno empezar a cosechar frutos de este negocio. Más aún, mientras para unos la marihuana genera dolor, para otros lo elimina . El malestar de los cuerpos aquejados por la enfermedad es por un tiempo alivianado por esta planta. La angustia que genera su utilización contrasta con el ánimo de investigarla, venderla y usarla. ¿Quién opaca a quién? Esa es la cuestión. No sobra decir que para entender la situación hay muchas perspectivas valiosas . Todo depende de la óptica desde la que se entienda el tema. El mundo jurídico que rodea al cannabis medicinal Empecemos por la vía legal y luego por la burocrática. A través de la Ley 1787 de 2016 se determinó el “acceso seguro e informado al uso médico y científico del cannabis”. Esto plantea un marco jurídico integral que regula el acceso al cannabis, con el fin de permitir el cultivo y fabricación de insumos y productos de esta planta. Ya existía la Ley 30 de 1986 pero no resultó siendo del todo efectiva (debido a los grandes líos que generaba el narcotráfico en el país en su momento). No muchos se han sentido satisfechos, así que se ha venido trabajando en ajustes normativos. Por ejemplo, con el decreto que sustituiría al existente (613 del 10 de abril de 2017), se buscaría hacer una industria más robusta en términos regulatorios. Según Julio César Aldana, director del Instituto de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos, en Colombia la norma contempla la vigilancia de varias instancias: MinJusticia, el ICA, el Fondo Nacional de Estupefacientes, MinSalud y por supuesto, el Invima. Siendo así, todas las actividades asociadas a la industria del cannabis están estrictamente reguladas desde los distintos frentes de competencia del gobierno nacional. Los productos avalados, como el THC (componente psicoactivo) y el CBD (no psicoactivo), están respaldados por estudios que sustentan su seguridad para los usos que se autoricen en el registro sanitario. Ahora, en cuanto a vías procedurales de aplicación de iniciativas productivas en el contexto colombiano, hay mucha tela que cortar. Por ejemplo, se deben tramitar licencias. Estos permisos, que el Estado le exige a las empresas productoras, son extenuantes y toman tiempo. La demora en los trámites, según lo asegura el viceministro de Salud, Iván González, en un artículo de Portafolio, se debe a que el número de solicitudes de licencias ha incrementado. “Esto se ha traducido en mayor tiempo de respuesta. (…) A este Ministerio le ha costado ir al ritmo", dice. Siendo así, a pesar del potencial de las condiciones agrícolas para el cultivo, los excesos de burocratización son dificultades que el sector debe eludir si quiere triunfar. Además, lo queramos o no, esta carrera frenética en la industria no va a parar pronto. Si ya los empresarios y la opinión pública destacan las bondades de la planta y el dinamismo que puede traer a la economía, ¿por qué no prestarle atención? Mercado y negocio Nuevas empresas se suben cada día a este tren germinal y aportan a la construcción de una hoja de ruta científica, legal, tecnológica y comercial. En el marco del Foro Semana Discusiones éticas en torno al Cannabis Medicinal, Rodrigo Arcila Gómez (presidente de la Asociación Colombiana de Industria de Cannabis, Asocolcanna) comentó que el país tiene muchas posibilidades industriales, y que se ha venido desarrollando un trabajo muy responsable al respecto, aunque se necesite avanzar mucho más. “Colombia es, con 53 hectáreas que en este momento tenemos, según un estudio de Fedesarrollo que contratamos, la extensión más grande de producción en cannabis que hay en el mundo. No en este momento, pero ya para el 025 las hectáreas pueden llegar a 440 y a futuro pueden llegar hasta muchísimo más”, dice Arcila, con la pasión de una persona que ha trabajado en este proyecto desde hace mucho tiempo. “Este tema tiene 2 dimensiones para el país: una fiscal/económica y una medicinal, relacionada con el impacto que puede tener sobre nuestro sistema de salud”, dice Aldana. Todos estos elementos confluyen en desafíos muy complejos para la industria naciente del cannabis. Teniendo esto en cuenta, el exsenador Juan Manuel Galán, tras presidir por unos minutos el foro, expresó que se debe realizar investigación con evidencia que permita construir confianza entre todos los actores involucrados: pacientes, médicos, reguladores y el Estado. Omar: testimonio de los efectos Omar Segura es sobreviviente de cáncer de cerebro y de un impacto de bala. Usó la marihuana medicinal por primera vez, en forma de aceite, hace aproximadamente 11 años. Lo empleaba para calmar el dolor, recuperar el sueño y controlar la ansiedad. Todo empezó con una recomendación de su neurólogo, que la planteaba como una buena opción. Fue operado en Suiza. Para tratar el dolor post-operación, empezó a consumir cannabis por casi un mes, hasta que lo dejó. Según él estaba generándole dependencia, y esto lo notó cuando volvía a sentir dolor y requería volver a aquellos productos que lo ayudaban con lo que sentía. Además, a los 10 días, empezó a notar que su sudor tenía el aroma característico del cannabis y que tenía ojeras: esto lo inquietó mucho, llevándolo a desertar. “La gente nota esos rasgos de vicioso y tienden a alejarse”, dice Omar, justificando su decisión. En su momento usaba THC y CBD, complementándolos con la medicina tradicional, ya que estos sirvieron como un soporte para agilizar el tratamiento. Omar expresa que el gobierno tiende a no aprobarlo. “Hace mucho se hacen estudios pero aun así no la aprueban del todo. Aun así, Colombia no tiene la cultura para implementarla” , dice. Para él la diferencia del tratamiento con cannabis medicinal entre Colombia y Suiza, por ejemplo, radica en las cuestiones de esa índole. “Allá el consumo es más laxo porque es cultura de ellos, mas no la toman para vicio. En cambio aquí si tiende a eso”, asegura. “Más que aliviar el cuerpo alivia la mente. Da tranquilidad, pero la mente la pone lenta en motricidad, movimientos y capacidad de ser espontáneo” . Sin embargo, tras decir todo lo anterior, no se arrepiente de haberla usado, porque le ayudó mucho con los dolores que le aquejaban. Y es ahí donde radica el beneplácito colectivo que representa el cannabis. “En vez de funcionar como un analgésico en el típico sentido de la palabra, ayuda al paciente a sobrellevar la enfermedad y los dolores. Sirve para eso, pero curar como tal no lo hace”, plantea con certeza. Pero, a pesar de todas las contraindicaciones que pueda tener la marihuana, descartar su uso es solo una de muchas posibilidades. Realmente si alguien toma la decisión de usar productos con base en compuestos de cannabis medicinal, es porque quiere vivir sin un dolor que lo paralice. Por ejemplo, si se aplica su uso en pacientes paliativos, tal como lo expresó Segura, les daría una paz de morir tranquilos y sin sufrimiento. Y este es solo uno de los beneficios existentes que trae su consumo. Deviene también en que otros ámbitos de la vida mejoren: los usuarios duermen bien, comen bien y no viven con el miedo que se manifiesta de forma inmediata y física que trae consigo la enfermedad que padecen. Calidad de vida: ¿vale la pena? En esta cuestión, como se pudo apreciar en el anterior apartado, existe un debate bastante amplio. Por un lado, personas como Rodrigo Arcila expresan que la evidencia científica afirma que ya hay muchos pacientes que se están beneficiando. Por el otro, tal como lo declara Víctor Manuel Gómez Gelvez, psicólogo de la Universidad Nacional, esas mejorías hay que mirarlas con mucho cuidado. “No podemos aplicar lo que ocurre con pocos casos exitosos para el 90% de la población. Decir que una sustancia es totalmente benéfica o perjudicial es entrar en absurdos, porque siempre va a haber un caso exitoso o un caso en contra de esa sustancia”, explica. Continuando con esta idea, Gómez asegura también que es un proceso depresor: reduce el dolor, pero puede estar disfrazando la sintomatología. Otra cuestión que le preocupa especialmente es el límite de un consumo sano: “Fácilmente estas sustancias pueden incidir en el usuario para su propio perjuicio. Nosotros podemos regularlo. Pero, ¿obtendremos con esto también un comportamiento controlado?”. Dentro del debate ético hay algo fundamental, y es la medida legal de informar al paciente sobre la sustancia y obtener el consentimiento para su implementación. “El paciente es el único que puede saber realmente la efectividad de este tipo de cosas” , remata Gómez. En contraste con lo expresado por el psicólogo, el director del Invima sostiene que hay algunas evidencias en algunas patologías puntuales sobre el beneficio terapéutico que tiene el uso del cannabis. De esta forma, la marihuana legal se convertiría en una oportunidad para aquellas personas que lo necesiten, dado que entre las cualidades que más se le suelen atribuir a la marihuana medicinal son funcionar como anti-inflamatorio, anti-convulsionante, relajante muscular, estimulante del apetito e inductor del sueño, entre otros muchos usos que se conjuran alrededor de dichos productos . “Desde el tema no puede analizarse sino desde la perspectiva del paciente: él siempre debe ser el centro de esta discusión”, plantea Aldana. El factor diferenciador no radicaría en la homologación colectiva de los efectos, sino en el beneficio que trae consigo para ciertos individuos en específico que lo necesiten por una u otra razón. No debería existir ninguna duda alrededor de esa benignidad terapéutica que en un momento dado se pueden invocar alrededor de un producto. Prejuicios y cultura cannábica Aún existen muchos tabúes. Hay muchas cosas por decir y pocas palabras dichas. El pasado de la planta y su utilización construye la reputación que ha tenido. Sin embargo, ahora existe más tolerancia para ahondar en sus beneficios y posibles aplicaciones futuras. “El primer prejuicio es el reputacional, porque venimos de una sustancia que ha sido perseguida y estigmatizada. Cambiar culturalmente la percepción sobre la planta toma tiempo”, afirma Galán. Siendo así, Arcila proclama animosamente: “Se ha hecho un proceso de evangelización muy grande. La cuestión no es la planta, es la utilización que los seres humanos le damos a la planta. Ahora le estamos usando en beneficio de la comunidad, de los pacientes y del sistema de salud. Todo con una responsabilidad muy grande, claro que sí”. Con la educación se logra todo, y en la sociedad la mejor manera para dejar de lado estos prejuicios es, según Galán, el consentimiento informado. “Eso va a tomar tiempo porque es un proceso de transformación cultural. Las empresas pueden hacer mucho para que esta transición se dé de una manera adecuada y pronta en términos de tiempo razonable” , concluye el exsenador. Colombia se ha transformado en un punto de interés internacional, y su futuro de producción apenas despega. Siendo así, no se debe excluir de la ecuación al eje primordial de todo este proceso: los seres humanos.
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- Programados al nacer
Programados al nacer Manuela Suárez, Comunicación Social y Periodismo Fecha: La tecnología es una herramienta que, utilizada de manera correcta, puede potenciar la educación; sin embargo, el uso que se le está dando no es el adecuado. Lea también: Programados al nacer. Compartir Foto: Hoy en día, lo primero que aprenden a sostener los bebés no es el tetero, sino el celular. Hace algunos años, mi mayor motivación era despertarme temprano a jugar con mis muñecas, al escondite o a montar en bicicleta; pero estos juegos y juguetes se encuentran en vía de extinción. Actualmente, los niños se preocupan por encender una pantalla al despertarse. Creo que son los padres quienes se encargan de generar una adicción en sus hijos, por facilidad y comodidad. La tecnología es una herramienta que, utilizada de manera correcta, puede potenciar la educación; sin embargo, el uso que se le está dando no es el adecuado. Antes, las últimas palabras que escuchábamos en la noche eran las fábulas de Rafael Pombo o alguna adaptación infantil de la Biblia. Ahora, son videos en plataformas digitales. De acuerdo con un estudio elaborado por Family.tv y Yeep! Kid´s Media sobre el consumo de medios, cerca del 26% de los consumidores, latinoamericanos, son pequeños entre 1 y 14 años. Los menores están expuestos a contenidos educativos que les permiten desarrollar su creatividad. No obstante, no están exentos a contenidos inapropiados para su edad y muchos padres no supervisan lo que ven sus hijos cuando utilizan los dispositivos. La UNESCO dice que “el juego es vital; condiciona un desarrollo armonioso del cuerpo, de la inteligencia y de la afectividad. [El niño que no hace actividad física es un niño enfermo], de cuerpo y de espíritu”. La tecnología está encerrando a los menores en una burbuja que aísla el interés por interactuar con los demás, salir a jugar e incluso practicar algún deporte. ¿No debería preocuparle esto a los padres? En vez de aplaudirle a los hijos el hecho de tener la destreza de manejar con facilidad los dispositivos electrónicos a temprana edad, deberían incentivar el deporte, lo cual permite desarrollar habilidades físicas, sociales y psicológicas. Asimismo, en un artículo que leí de la SHA Wellness Clinic dice que las radiaciones nos afectan a todos, pero en particular a los niños, ya que son especialmente sensibles y vulnerables, porque su cuerpo está en constante desarrollo. El sobreuso de los dispositivos electrónicos, por parte de los jóvenes, está provocando la aparición de problemas de salud a una prematura edad. En el futuro, sentados en una sala de espera de oftalmología, la mayoría de pacientes a nuestro alrededor no serán adultos, sino niños. En los últimos años he visto una gran cantidad de infantes sentados frente a una pantalla, incluso caminando con la mirada enfocada en esta, pero ¿estarían concentrados en videos con contenidos aptos para su edad? Quizás sea inevitable que no entren en contacto con la tecnología que se ha ido desarrollado paralelamente a ellos, pero los contenidos a los que se ven expuestos generan influencia sobre sus comportamientos, por lo cual deben ser controlados. Existen varias investigaciones enfocadas a la relación entre los contenidos audiovisuales y la conducta de los niños, y se ha llegado a la conclusión que la exposición a los medios genera conductas agresivas sobre ellos. Algunas personas, para no generalizar, sabemos que los pequeños imitan lo que ven y repiten lo que escuchan. Muchas cosas se aprenden con base en la observación, por esto la importancia de vigilar a los menores cuando le dan uso a la tecnología. Un aspecto que se ve afectado por el uso excesivo de los dispositivos electrónicos es la creatividad . Hace 10 años, los niños creaban juegos para divertirse, desarrollaban su imaginación y se mantenían activos físicamente. Hoy en día, la máxima distracción para ellos se encuentra de manera virtual. Conozco casos en los que si el padre no le entrega el celular al hijo para jugar, éste se aburre; no puede distraerse de una manera diferente, se convierte en una persona dependiente y adicta a la tecnología. No obstante, a diferencia de aquellos que se limitan a lo que ofrecen las plataformas digitales, hay excepciones de personas que las aprovechan para acrecentar su creatividad. La educación de los niños y el implemento de dispositivos electrónicos están reemplazando la afectividad dentro de las familias. Yo me pregunto, ¿será que a los padres les molesta tanto el llanto de sus hijos que prefieren entregarles el celular, en vez de darles un abrazo que los calme? Creo que se está levantando un muro entre los padres y los hijos. Las tecnologías distancian a las personas y las engloban en un mundo individual, en el cual la interacción es mínima. Los niños ya no le extienden sus brazos a los padres para que los alcen, sino a una tableta para entretenerse. ¿Será el calor de una madre reemplazable por el calor que produce un dispositivo electrónico después de unas horas de uso?
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