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- La contaminación es más grande que el medioambiente que la sostiene
La contaminación es más grande que el medioambiente que la sostiene Alejandra Ramírez Valbuena y Laura Bedoya Díaz, Comunicación Social y Periodismo Fecha: La deforestación incrementa en Bogotá y afecta la calidad de vida de los ciudadanos Lea también: Compartir Foto: Foto: El Vocero Ambiental/ Laura Bedoya Díaz test
- De la plaza a la barra
De la plaza a la barra Laura Judith Lema Jiménez, María Paula Amórtegui Castro, Comunicación Social y Periodismo Luz Dary Cogoll, proveniente de Ciénaga de Oro y quien trabaja en la Plaza La Perseverancia en Bogotá, es la segunda mejor chef de la ciudad, según los premios La Barra. Ver también: Aprende cómo hacer arroz atollado Compartir
- Del llanero al petrolero: los cambios del Casanare
Del llanero al petrolero: los cambios del Casanare Mariana Tibaduiza Díaz Fecha: Tierra adentro habitan hombres amantes del ganado, sus caballos, el arpa, el cuatro y las maracas. Hombres madrugadores, que a las cuatro de la mañana le ponen aperos a su caballo y cabalgan sobre la sabana para arrear al ganado y “contemplar los amaneceres que les brinda Dios y la naturaleza”. Lea también: Chemas Escandón tiene nuevas metas Compartir Foto: Atardecer llanero. Hato San Felipe, Orocué, Casanare. Foto tomada por: Marco Fidel Tibaduiza Hablar del hombre llanero es remontarse al siglo XIX en la campaña libertadora y recordar la trascendencia de aquellos llaneros que dieron su vida para que fuera posible el sueño de libertad del país. En 1818, Francisco de Paula Santander llegó al departamento de Casanare, por órdenes del General Bolívar y con el fin de reorganizar un ejército, dirigido por comandantes llaneros como Juan Nepomuceno Moreno y Ramón Nonato Pérez. El interés de Santander por este territorio se debía a que era uno de los territorios que todavía no se encontraba bajo el yugo español. Los llaneros eran excelentes jinetes, valientes y arriesgados. Primeras exploraciones Durante la década de los 90, el estilo de vida de los llaneros se vio sujeta a cambios. En el Casanare se realizaban exploraciones con el fin de hallar nuevos campos petroleros que pudieran suministrar la cantidad que el país requería. Pero el rumbo del departamento cambiaría por completo. La empresa British Petroleum (BP) empezó activamente la explotación de los yacimientos de Cusiana y Cupiagua, en los municipios de Tauramena y Aguazul. Tras el descubrimiento, Casanare se convirtió en propulsor del crecimiento económico de Colombia debido a la dinámica industrial de los hidrocarburos en su territorio, que llegaron a representar más del 50% de la producción nacional . Según la Revista Dinero , el yacimiento de Cusiana se convirtió en la “joya de la corona” del Estado colombiano, con una producción de 302.330 barriles diarios para finales de la década. Transformaciones sociales La Ley 1274 del 2009 establece que los predios deberán soportar todas las servidumbres legales que sean necesarias para realizar las actividades de exploración, producción y transporte de los hidrocarburos, salvo las excepciones establecidas por la ley. Pero esto genera disputas. “Los dueños de fincas no toman la decisión de que entren las petroleras porque, como se dice en la Ley, estas son de interés nacional [porque] tienen la obligación de firmarle a la compañía y negociar el costo de la tierra que va a utilizar”, explica Carlos Roa, magíster en Sociología de la Universidad Nacional, quien ha realizado trabajos sobre el impacto ambiental y social de las petroleras en el Casanare. Este factor fue el causante de que hubiera un cambio en la vocación de terrenos. Los trabajos que se hacían antes en la finca ya no se podían desarrollar porque las compañías empiezan a utilizar de otra manera los terrenos. Sin embargo, el descubrimiento de estos yacimientos también provocó que la industria tuviera interés en un territorio que no tenía la atención del gobierno debido a las distancias de los centros del poder, la mala calidad de sus vías y la poca población. Natalia Roa, psicóloga que vive en Casanare hace 15 años, ha realizado estudios sobre el impacto social de las petroleras en el departamento, y resaltó los aspectos favorables de la llegada de estas compañías. “Con el petróleo también llegan las vías, viene una inversión por parte de ellas a mejorar, a crear nuevas, vías y con estas también cambia la ganadería, llega también el arroz y nuevos sistemas productivos que antes no estaban porque no había vías para sacarlas. El contexto social y económico empieza a cambiar y el petróleo es la entrada de este cambio”. Con la llegada de las petroleras hubo una transformación en el sistema laboral para los llaneros que trabajaban en hatos o fincas provocando el interés de ellos por trabajar en compañías petroleras. En primer lugar, los salarios en una compañía eran mayores al de un jornal. Siendo este otro factor favorable que resalta Natalia Roa. “La calidad de trabajo y de puestos laborales que empiezan a llegar están bajo todos los lineamientos laborales que existen en el país”, explicó. Se inició una competencia por trabajos no calificados que no requerían ningún tipo de estudio para ejercerlos. “Los trabajos no calificados llegaron a estar más o menos en tres millones de pesos. Por eso se le robó toda la gente al campo, por eso a la gente ya no le interesaba seguir partiéndose el lomo sin prestaciones sociales sin extras sin nada y además sin la posibilidad de crecer”, explica Roa respecto a la diferencia de salarios. Otro punto relevante resaltado por la psicóloga es la manera en que se van implementando unos cambios de uso tecnológico a partir de la entrada de las compañías. “El hato ganadero y las formas de trabajo en el llano tenían una manera y unas tecnologías propias, como las labores de la finca. Las prácticas propias van a empezar a olvidarse por esos trabajadores que deciden entrar en la dinámica de la industria petrolera, provocando una ruptura generacional hacía las labores de llano”. La vida en el Hato San Felipe Un hato es un terreno en el que el llanero aprendió a trabajar y cuidar la tierra, a cabalgar y a querer al caballo; a conocer y manejar el ganado. Asimismo, han contribuido en la formación del llanero y también son historia, son vivencias y tradiciones. Para el compositor casanareño Cachi Ortegón, quien ha dedicado su vida a la preservación de la cultura llanera, el hato es fundamental para la cultura de la región. “El hato se mantuvo casi sin modificaciones por trescientos años. Sólo este turbión del progreso, la comunicación, las invasiones, el alambre y la violencia ha arrinconado los hatos a los lugares más alejados. Pero el Hato ha hecho mucho por el Llano, ha hecho a los llaneros, los ha definido, identificado, formado. No puede perderse el que hasta hace poco tiempo fue el eje de nuestra vida, de nuestra economía, de nuestra cultura, de nuestra historia, no pueden acabarse los hatos. Es nuestro deber de llaneros casanareños, conservar, mostrar y enseñar lo que es un hato, lo que fue, lo que ha sido”, dijo Ortegón. En 1994 en Orocué, Casanare, Jogny Guzmán, con tan solo 13 años, inició sus labores como mensual en el Hato San Felipe. Un mensual es aquel que realiza los trabajos relacionados con la casa del hato como arrimar la leña, limpiar el comedor, tanquear la tinaja, una vasija grande que se usa para guardar agua). “A mí me quedó mucho gustando. No tanto trabajar, sino ver que yo ya había ganado plata. Yo me amarré a la plata, me alcanzó para mucho y yo dije que lo mío era eso de trabajar y ganar”, expresó. Cursó hasta quinto de primaria, a pesar de que era un niño muy pilo y su profesor le reiterara la necesidad de continuar con sus estudios. Para 1999 llegaron las primeras petroleras al hato, pero fue hasta el año 2011 cuando los amigos de Guzmán le decían que se fuera a trabajar en ellas. “Cuando llegaron las petroleras, los amigos me llamaban cuestionándome qué hacía por allá ganando poco y ellos en la petrolera ganando más”, afirmó. Estuvo a punto de cambiar de empleo, pero la llamada del blanco, como se les denomina a los dueños de un hato, nombrándolo caporal (encargado) del hato lo hizo cambiar de parecer. Guzmán ahora completa 29 años trabajando en San Felipe y ha visto los cambios en él. Enfatiza en que estos fueron producto de las compañías. “Había mucho llanero bueno para el trabajo, pero llegaron las petroleras a perforar y la gente se fue ausentado. Fue un fracaso para el hato. (…) Venía una juventud buena acoplándose a trabajar y no volvieron. Lo poco que sabían los fueron perdiendo. Es muy triste ver esto, Por ejemplo, mucha gente de mi edad está trabajando en las petroleras. Son contados los amigos que siguen trabajando en el llano. Me atrevo a decir, y no es por dármelas, que en San Felipe soy el único llanero propio que queda y no aspiro trabajar en una compañía”. Otro efecto de las petroleras fue la disminución de los hatos ganaderos “Yo me acuerdo que en el 94 había alrededor de 10 hatos aparte de San Felipe, como lo era el Hato San Pablo y Santa Ana. Hoy en día solo queda San Felipe y parte de Santa Ana todo se acabó por la llegada de la petrolera y también es que los propios dueños de hatos se murieron y para mí esa es una de las razones para que se pierda un hato, que muera el patrón porque después eso va pasando a ser herencia y ya no hay amor por el llano como lo había antes”. Guzmán recuerda a su buen amigo Octavio Guerrero, quien cambió el llano por un trabajo en una petrolera y era quien le decía que se fuera a trabajar a ellas. Guzmán describe a su amigo como un aficionado a las petroleras. Un llanero en una petrolera Octavio Guerrero, conocido como “Melero”, comenzó sus labores en el hato San Felipe en 1997 hasta que la vida de le tuvo un rumbo diferente respecto al de Guzmán. En 2011, su hermano le propuso irse a trabajar a una petrolera. “Yo estaba contento de ser caballicero en el hato, pero me ganaba cuatro cientos mil pesos. Y mirando cuánto ganaba mi hermano en una petrolera, yo comparaba, yo no tenía una casa, entonces me arriesgué”. El caso de Melero se ve reflejado en lo que explicaba Natalia Roa respecto a la diferencia de sueldos entre un jornal en un hato a una petrolera. “Mi primer sueldo trabajando en una compañía fue de millón setecientos por trabajar once días. Eso era mucho adelanto”, manifestó Melero. Los trabajos del llano suelen ser pesados, y para Melero ya no era de gran satisfacción montar a caballo por largas jornadas, pues sentía malestar en su columna. “Yo antes jineteaba porque sabía, me gustaba, ahora ando solo en moto. Los trabajos que uno hacía en un hato pasan factura después”. Todavía recuerda con cariño sus días en el hato y el amor que tenía por este y el cambio que significó marcharse. “No fue fácil para mí dejar las cotizas, mis guayucos, el sombrero y pasar a usar casco, overol, gafas y botas, pero ya uno con el tiempo se acostumbra y se acostumbra también a hacer otros trabajos”, dijo Melero. Tan profundas fueron las transformaciones que hasta su apodo cambió y manifestó lo extraño que se siente cuando lo llaman por ese nombre. “Para mí, Melero quedó en el pasado, ya no me llaman así, se me hace extraño cuando lo hacen. Melero se quedó en San Felipe. Hoy en día me llaman “Guerrerito”. Así soy conocido por estos lados”. Casanare fue elevado a la categoría de departamento en 1991, con la firma de la nueva Constitución Política. Su historia reciente está marcada por el crecimiento económico sostenido, que marca nuevos rumbos para la cultura de miles. Los cambios son inevitables y no dejan de ser nostálgicos, como lo describe Guzmán: “Para mí es un orgullo estar acá y es triste ver cómo se va marchando la gente. Quiero dejarle un mensaje a todos esos llaneros que se han marchado de que no olviden sus costumbres y lo afortunados que somos de haber nacido en esta tierra”. Una versión de este trabajo fue publicada en alianza con Europa Press el 27 de julio del 2023. Consúltala aquí.
- Una nueva oportunidad
Una nueva oportunidad Nicolás Ocampo Rodríguez , Comunicación Social y Periodismo Fecha: Hace aproximadamente seis meses, un virus desconocido amenaza a la humanidad. Los comercios han cerrado, la economía tiembla y la vida ha cambiado. Mientras tanto, personas como yo tratamos de adaptarnos. Lea también: 'Reflexiones contagiosas' Compartir Foto: Foto: Nicolás Ocampo Rodríguez 1080 horas han pasado desde la última vez que salí a la calle. El gobierno colombiano implementó una cuarentena nacional sin precedentes en la historia del país, bajo el Decreto 457, que regirá en principio hasta el próximo 25 de mayo, en principio. ¿La razón?, una pandemia que se expande a pasos acelerados por todo el mundo y que ya ha cobrado más de 265 mil muertes, según informa la Organización Mundial de la Salud (OMS). Todo comenzó el pasado mes de diciembre de 2019 cuando fueron descubiertos, o por lo menos notificados, los primeros casos de un virus que tuvieron lugar en la ciudad de Wuhan, en la provincia de Hubei, situada en el centro de China. Esta enfermedad desconocida, al parecer de origen animal, estaba causando numerosos casos de infectados y muertes. Pasaron los días y pronto se conocieron casos de infectados en otras partes del mundo. La OMS confirmó que se trataba de una nueva cepa de coronavirus, como el SARS o el MERS, y lo denominaron Covid-19. También, debido a su rápida propagación, prontamente fue declarado pandemia y entre los países en los cuales ya estaba se encontraba Australia, donde viven mis hermanas y sobrinos. Al conocer la noticia me comuniqué con ellos de inmediato. Daniela, con quien hablé primero, me confirmó que los niños seguían teniendo clases con normalidad y que ella y mi cuñado seguían abriendo la joyería, negocio de su propiedad. Por otro lado, Manuela, mi otra hermana, me dijo que seguía trabajando en el restaurante, donde es mesera, y teniendo sus clases de gastronomía con normalidad. Ambas viven en la ciudad de Perth, al oeste del país. La enfermedad siguió esparciéndose rápidamente hasta llegar a América y, eventualmente, a Colombia. Ahora me preocupaba mi mamá también, quien vive en Acacías, Meta. Sin embargo, ella me llamó, me pidió tomar precauciones y me dijo: "aquí estoy mejor, me preocupas más tú porque en Bogotá las cosas serán más difíciles". Como suele pasar con las mamás, la mía tendría razón y ella estaría mejor en su finca, por lo menos hasta ahora. Para mi familia todo esto ha tomado diferentes matices. En Australia no han impuesto mayores restricciones, aunque Manuela me dijo en nuestra última llamada que seguía trabajando en el restaurante, pero con menos turnos y que la gente ya no iba tanto. En la universidad la enviaron a vacaciones. Daniela y mi cuñado decidieron comenzar a trabajar online y a los niños les suspendieron las clases presenciales. Mi mamá y yo finalmente entramos en cuarentena, con todas las repercusiones que eso conlleva, tanto positivas como negativas, para personas del común, como nosotros. La cuarentena y yo El tiempo me ha dado para contar los 45 días, con sus horas y minutos, que llevo resguardado en mi casa. El último día que salí fue el martes 24 de marzo en la transición entre el llamado Simulacro Vital, decretado por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, y el aislamiento decretado por el Presidente Duque. Esa noche de martes, las calles ya estaban desoladas, los comercios cerrados, no había tráfico como es usual y ya presentía que vendrían muchos cambios más. Me había quedado los días del simulacro en casa de mi novia y su familia al norte de Bogotá. Al escuchar la noticia de la cuarentena ellos me ofrecieron seguir allí para pasar esos días. Mi mamá también me dijo: “es mejor que estés acompañado”. Sin embargo, decidí volver a mi casa, en Chía, para ocuparme de algunas cosas. Mi novia me dijo: “ve y vuelves para Semana Santa”. Ese era nuestro plan, pero no sabíamos qué vendría después. Días antes, mi universidad ya había cerrado su campus debido al riesgo sanitario y había comenzado a tomar clases virtuales, algo que resultó extraño y a la vez novedoso para mí pero que, de cierta manera, me permitía seguir con normalidad la actividad más importante en mi vida, la académica. También, ocupé mi tiempo retomando mi pasión por la música, algo que me ha ayudado a sobrellevar el encierro. Sin embargo, algunas noticias estaban por venir y, definitivamente, me harían sentir los estragos del virus, y no precisamente por sus síntomas. Como muchos jóvenes más en Colombia, vivo solo y trabajo para mantenerme y estudiar. Día a día voy a la universidad y en las noches trabajo dirigiendo la operación de un reconocido restaurante. No hay muchas modificaciones en mis rutinas, generalmente, no puedo permitírmelo. Vivo entre esas dos responsabilidades y, aunque a veces quisiera tener más tiempo, no me quejo. Me considero afortunado y ahora más que nunca cuando los papeles se han invertido: el tiempo sobra y la extenuante rutina, de la que he renegado en ocasiones, falta. Al mismo tiempo que mi universidad decidió cesar sus actividades presenciales, en mi empresa debía salir a vacaciones para afrontar la contingencia. Hasta ese momento “todo estaba bien”. Sin embargo, en medio de la cuarentena, recibí un comunicado de la compañía informando que, a causa de la difícil situación económica, los contratos de todos debían ser suspendidos por espacio de unos meses. Por supuesto, siendo parte del equipo de líderes del lugar, entendía la situación y mostré mi apoyo. Por otro lado, era inevitable pensar que mi economía también entraría en jaque. Me tomó unos momentos analizar la situación, como suelo hacer, para crear un plan y seguir adelante. No tendría de otra, debía tomar de mis ahorros destinados a la universidad para poder sobrevivir los días o meses venideros. Todo aún es incierto. Había sido precavido días atrás, gracias a los consejos de mi mamá, y estaba aprovisionado con lo necesario, por lo menos eso era un alivio. No obstante, pasaron los días y, como bien señala la ley de Murphy, “si algo malo puede pasar, pasará”. Las facturas y los cobros llegaban y todos ellos sí son inmunes a cualquier virus, contingencia, cuarentena o suspensión. No tenía más remedio que pagar. Por otro lado, algo que no debería suspenderse en estos momentos son los servicios públicos, muy importantes para nuestra subsistencia pero, no siendo suficiente con los acontecimientos actuales, también tembló y esto ocasionó que un tubo principal del sistema de acueducto de Chía se rompiera dejándome sin agua por un par de días. De nuevo, Murphy. Los días siguieron y a pesar de que me gusta la soledad y mi independencia, de esta forma “obligada” se siente diferente. Esto me ha hecho extrañar a mi familia, pero me tranquiliza saber que están bien. Tampoco pude volver a casa de mi novia y, aunque me gustaría hacerlo, sería irresponsable de mi parte. Por lo menos la tecnología nos ayuda a comunicarnos y eso lo agradezco aunque, definitivamente, por más conectividad, un abrazo y un beso con los seres queridos son imposibles de emular. Cuando me siento así pienso que ¡en hora buena volvió la música! Me hacía falta y sin ella realmente no sé qué haría. Ciertos cambios… En estos días he podido pensar sobre todas las versiones que hay alrededor de la situación. Surgen muchas teorías, conspiraciones y opiniones que, en su mayoría, apuntan a una posición negativa y de buscar culpables. Las personas reniegan sobre la llegada de la pandemia que nos está cambiando la vida a todos, dicen que nada podría ser peor en estos momentos, que Dios nos está castigando, entre otras cosas. Sin embargo, a pesar de las dificultades, se puede ver esto con otros ojos. Probablemente se necesitaba, de algún modo, una pausa y no solo para mí, también para el mundo entero. Necesitamos de ciertos cambios. Algunas noticias dicen que la contaminación ha disminuido, que las aguas se han limpiado, que los animales transitan con libertad sin alguien asechándolos para hacerles daño, que el aire es más puro. Resulta mejor no ver esto como un castigo sino como una oportunidad más, como un mensaje para hacer las cosas bien. En mi caso, necesitaba ser consciente de mis gastos, de lo que consumo, de lo valioso que es para mí lo que tengo y, sobre todo, de mi familia y mis seres queridos. Necesitaba de ciertos cambios no solo para vivir mejor, sino para contribuir en un mundo que lo reclama y no sabe cómo más decírnoslo. Muy seguramente, las cosas no serán iguales a como las dejamos, y quizás resulte mejor así. Tardaremos en recuperarnos y, ciertamente, algunas cosas se extinguirán para dar paso a otras nuevas. Solo hay que comprometerse en que cuando volvamos a las calles, lo hagamos bien. No sé cuántas oportunidades más podamos tener y es momento de aprovechar esta, de tomar conciencia de lo que hacemos y de lo que pasa a nuestro alrededor para así, con suerte, que la cuenta de los días con las que inicié este relato se conviertan, por lo menos, en años o siglos más.
- La nueva realidad
La nueva realidad Nicolás Ricaurte, Isabella Durán, Alejandra Pérez, Sofía Bayona, Valeria Leyva, Brandon Ortiz, Valentina Navarro, Mauricio Padilla, Laura Miranda, Laura Vanegas, Natalia Pérez, Alejandra Gutiérrez, Juanita Sahid, Manuel Martínez, Natalia Martínez, Juan Diego Ibañez, Paula Caro, Breiner Álvarez y Juan Esteban Rey, Comunicación Social y Periodismo En este capítulo de Citadinos, conoce historias de reinvención que han tenido que darse en medio de la crisis por la pandemia, en las que los protagonistas son quienes están detrás de los restaurantes y de la industria del entretenimiento. Ver también: El fenómeno que nos cambió la vida Compartir
- Filipo: 'Locombia', ¿se cree inmune al covid-19?
Filipo: 'Locombia', ¿se cree inmune al covid-19? Andrés Caamaño Mendoza, Lina Gabriela Velásquez Mateus, Deisy Dayana Rojas Nivia, Kelly Viviana Medina Corredor, Shara García, Comunicación Social y Periodismo Bienvenido a 'Locombia', el país que se lleva siempre los primeros puestos en desigualdad. Entre la falta de civismo por parte de los ciudadanos, las inefectivas medidas del gobierno y las limitados recursos para progresar en medio de la cuarentena; no se nos pinta un futuro próspero a corto plazo. Ver también: Las buenas noticias de la pandemia Compartir
- "Nos miran feo sin saber que nuestra labor es importante" Raúl
En la recicladora Las Flores transitan alrededor de 45 trabajadores diariamente; Raúl es uno de los tantos que dejan 1 tonelada de chatarra, cada día. "Nos miran feo sin saber que nuestra labor es importante" Raúl Laura Catalina Sandoval Bernal En la recicladora Las Flores transitan alrededor de 45 trabajadores diariamente; Raúl es uno de los tantos que dejan 1 tonelada de chatarra, cada día. Disponible en Pulzo Unsplash “Me acuerdo cuando vi de reojo un tarro de metal, que ya estaba negro, en medio de la montaña de chatarra, y como uno aprende a reconocer los materiales, me acerqué para verificar qué era y resultó ser una vasija de plata”, cuenta Sneider con una sonrisa en su rostro, recordando esos 200 mil pesos que recibió por ese objeto, mientras que la persona que lo llevó solo obtuvo una moneda de 500 porque lo pasó como chatarra. Cuando llegué a la Recicladora Las Flores vi montañas de basura. Hacía pocas horas había llovido. Toda esa agua convirtió, en algunas partes, el piso de tierra en lodo. También había pequeños lagos a lo largo de la bodega de reciclaje. Cuando iba entrando no sabía a dónde dirigirme ni con quién hablar. Logré ver a algunos metros, en un octavo de cartulina amarilla, un aviso que decía “oficina” en letras negras. Mientras me dirigía a la oficina pasó unos de los trabajadores de la bodega al lado mío, iba jugando con una moneda, y en el lanzamiento de esta hacia arriba no logró agarrarla de nuevo y cayó en uno de los charcos. Como si nada, sin pensarlo, se agachó y sumergió su mano, y la sacó feliz por haber recuperado sus 500 pesos. Hablé con Sneider, el encargado de la bodega. Él llega todos los días, junto con los demás empleados, a las 7:30 a. m., pues hay trabajadores fijos que ayudan a organizar el material que llega. Recorrimos rápidamente el lugar y me contó que cada montaña, las cuales para mí eran de basura, era la forma de darle un orden a este espacio. Celsio suele ser el primer reciclador en llegar con material, quien normalmente sale desde las 6:00 a. m. hasta las 2:00 p.m. Su ruta de reciclaje depende del recorrido del camión de la basura. A las 8:43 a. m. llegó a la recicladora con su primer viaje. Dura aproximadamente dos horas recolectando material para después ir y dejarlo en la empresa. Luego vuelve a salir para llenar de nuevo su carro reciclador y regresar a la comercializadora. Este proceso lo realiza las veces que quiera y pueda. Este hombre, negro y con sus ojos amarillos por una enfermedad renal que arrastra desde hace varios años, llegó en su carro de reciclaje, que consiste en una bicicleta con una canasta adelante y otra atrás, de las cuales sobresalen unas barandas que sostienen el techo. Las cestas están repletas de cajas de cartón, periódico y algunos cables. De las barandas cuelgan 5 costales rojos llenos de botellas plásticas, sobre todo de gaseosas y jugos. Cuando lo vi, pensé que llevaba demasiado y así mismo sería su pago, pero solo recibió 12,700 pesos. La llegada de este material a las comercializadoras de reciclaje es tan solo el primer paso de un nuevo proceso, que vuelve nuevamente a la vida útil la basura. El segundo paso es el pesaje. Celsio tomó todo el cartón que tenía en su carro y lo puso en una báscula que está a unos 15 cm. del suelo. Hizo lo mismo con el plástico y finalizó con unos cables. Sneider es el encargado de anotar el peso, sacar el valor correspondiente y entregar el dinero. Ángel y Fidel, dos de los 4 trabajadores fijos, están listos para entrar en el tercer paso. Recogen de la báscula el material y, dependiendo, lo llevan a una de las siete áreas que existen. Puede ser cartón, material de archivo, como hojas de cuadernos o revistas; periódico, chatarra, PET, -que son básicamente las botellas plásticas- material fino, que corresponde al cobre, aluminio y plata; o colao, que, a pesar de que Fidel explica varias veces en qué consiste, no es fácil de entender para quienes no están habituados a su lenguaje. Ángel, con unas botas negras, un jean y una camisa verde militar, se pone en el hombro, con la ayuda de Fidel, un montón de cartones para llevarlos a su lugar. Me voy con él y lo ayudo con unos cartones. Me contó que es venezolano, algo fácil de notar por su acento, y que lleva 3 meses trabajando ahí, pues en ningún otro lugar puede hacerlo por estar indocumentado, pero le va bien, porque recibe 200 mil pesos a la semana. Y es que Ángel no es la única persona de otro lugar que trabaja en esto. Gran parte de los recicladores son personas que han tenido que huir de sus tierras, ya sea por la violencia o por buscar un mejor estilo de vida, y vieron en el reciclaje una forma de sobrevivir. Hay recicladores de la Guajira, como Celsio; de Montería, como Raúl, e incluso de Barranquilla, como el ‘Niche’, quien llega con un parlante con música tropical ambientando y alegrando el lugar. Otros recicladores, que dañan la imagen de muchas personas honestas y que ejercen el oficio con dignidad, solo ven esta ocupación como un ingreso apenas suficiente para gastarlo en alcohol o drogas y tal vez en un poco de comida. Y es que esa es la imagen que muchas personas tienen de quienes cumplen con esta labor. ¿O no? Estaba de pie, al lado de la oficina, cuando llegó un señor de 25 años, aproximadamente, con un casco de moto. Se detuvo en medio de la bodega y preguntó en voz alta si le vendían un porro. Al inicio pensé que era algún material del lugar que yo no conocía, pero después, al ver la reacción de confusión y rabia de todos los que estaban allí, entendí a qué se refería. Raúl, el monteriano, es una persona que estuvo en el mundo de las drogas. Tuvo que huir de su pueblo por la violencia que allí se vivía. Llegó a Chía a los 17 años, y estando en la soledad, se dejó llevar por la curiosidad y sus nuevas amistades. Permaneció por 10 años en ese infierno, tiempo en el que llegó a vivir en la calle y tener un hijo del que ahora no sabe nada. Pasaba días sin tocar el agua, lo único que le importaba era suplir su ansiedad al consumo. A este muchacho le dejó de importar su presentación personal y para él era inevitable, a pesar de su estado, no sentir las miradas de desagrado de las personas que pasaban por su lado. Y eso fue lo que lo hizo recapacitar y querer rehabilitarse. En su primer intento, falló. Pero unos meses después volvió a intentarlo y lo logró. Empezó a trabajar como reciclador hace un año, trabajo que lo ayudó en su desarrollo personal, y a pesar de que ahora se preocupa más por su higiene, pues cuenta que siempre está pendiente de lavar su uniforme y mantenerse perfumado, la gente no deja de mirarlo. Aun así, se siente mejor consigo mismo y eso es lo que le importa. Por otro lado, desde que hace parte de AsoReciclaje, una organización legalmente constituida, recibe $80 pesos por cada kilo de material que lleva, aparte de lo que le dan cada vez que lleva algo a la recicladora. Esto le ha permitido arrendar un aparta-estudio y ayudarle a su madre económicamente. Si el Estado ya tiene en cuenta y le da importancia a este trabajo, ¿por qué no lo hace la ciudadanía? Es un oficio necesario para que no nos ahoguemos en la basura y que, además, ayuda a disminuir el impacto ambiental de los residuos. En su rutina cotidiana, el siguiente paso es organizar y arreglar el material cuando ya está en su área específica. Si es cartón, solo debe armar columnas en un cuarto destinado para este elemento compuesto por varias capas de papel. Pero si es periódico el proceso es un poco más largo, se deben armar pacas y amarrarlas con una cabuya, y ahí si ponerlas una encima de la otra, justo al lado del cuarto de cartón; en el mismo cuarto del periódico está el archivo. Cada vez el proceso se pone más complicado. El plástico llega en costales y lo depositan en el sector determinado. Allí está Flor, que con guantes negros y un bisturí, abre las botellas para sacarles el aire para que no exploten cuando las están aplastando en las empresas a las que se las venden. Flor debe separar las botellas: las que contenían productos de aseo, botellas negras, las verdes y, en otro lado, ubica las que tenían aceite; pues cada tipo de botella tiene, después, un proceso diferente. Mientras estaba con Flor, sentía mosquitos por todo mi cuerpo y es que no me acordaba que literalmente todo eso venía de la basura. Y eso no lo tuve en cuenta cuando Flor, desde el lugar en el que estaba usando el bisturí, lanzó una botella vacía de champú y cayó fuera del blanco, la cogí como si nada y la deposité en la bolsa blanca grande donde debían ir los frascos que estaban llenas con productos de aseo. El último paso es esperar a que se cumpla una determinada cantidad de cada producto para cargar el camión que llevará los materiales a las empresas que continuarán con su tratamiento. Llegó un señor en un carro con un alambre de cobre. Al parecer venía de su casa, puesto que dentro del carro había una niña y una señora, me imagino que era su familia. Por el alambre le dieron $ 15.000. Él obtuvo ese dinero en solo 20 minutos. Eso es lo que gana un reciclador después de haber recorrido el municipio por casi 3 horas recogiendo cartón y botellas de plástico, pero si tienen suerte de encontrar un objeto en cobre puede tener más plata porque este es el material por el que más pagan. Era un día frío, normal en esta época del año. Según los trabajadores de la comercializadora fue un día malo, pero desde mi inexperiencia sentí que fue un día agotador en el que llegaron varios recicladores con mucho material; estuve solo media jornada y ya no podía del cansancio. Las piernas me pesaban y mi estómago hablaba, me despedí de aquellas personas que me abrieron la puerta de su trabajo y cogí rumbo a mi casa bajo las pequeñas gotas que estaban cayendo de cielo.
- La Casa Sito, el lugar donde la palma seca da vida a las historias
La Casa Sito, el lugar donde la palma seca da vida a las historias Juan Pablo Arenas Gavilán; David Fernández Orjuela; Adriana M Guerrero Ortiz; Sebastián Martínez Díaz, Comunicación Social y Periodismo En la vereda Tausaquirá, a menos de una hora de Suesca, se ubica la casa Sito, una cabaña en la que, a través de la palma seca, se crean muñecos que cuentan historias e inculcan valores en los niños. Ver también: Artesal Compartir
- Héroes de la basura
Héroes de la basura Jesús Steven Bernal Castro, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Mientras muchos duermen, hay quienes recorren Bogotá y sus alrededores con el fin de limpiar y renovar la cara de la ciudad. Lea también: La sonrisa de los ángeles Compartir Foto: Foto: Jesús Bernal Una de mis funciones primordiales en la casa es sacar la basura. Desde niño, mi mamá, como muchas madres, me decía cada que escuchaba el camión de la basura pasar: “¡Jesús, la basura!”. Era así que, cada dos días, en la noche, bajaba corriendo las escaleras con una bolsa negra que muchas veces igualaba mi tamaño y corría detrás del camión. Un día, a la edad de doce años, en una de mis maratones para alcanzar dicho camión, se me rompió la bolsa. Desesperado por no saber qué hacer con todos los residuos que yacían en el piso, hice señas al camión y tanto el conductor, como los dos recolectores vinieron en respuesta a mi llamado de auxilio. En menos de treinta segundos, la basura estaba dentro del camión y aquellos héroes, como si no hubiera ocurrido nada, continuaron con su labor. La atención de las basuras ha sido uno de los puntos más discutidos alrededor de todo el vecindario y la ciudad. ¿Quiénes son los encargados de recoger la basura?, ¿cuál es el trayecto de los camiones?, ¿cuánta basura se produce al día?, son algunas de las preguntas que pasan desapercibidas cuando una persona bota los residuos que generó en la semana. Son las 5:00 de la tarde. Treinta y tres camiones recolectores de basura están parqueados uno detrás de otro en fila india, veintisiete camiones tienen la capacidad de recolectar veinte toneladas de basura, mientras que seis tienen espacio para catorce toneladas. En una esquina, dentro de la empresa de recolección Área Limpia, hay más de cien individuos, todos usando su uniforme matutino: botas negras, overol azul y guantes de carnaza. Los jefes de operaciones se encargan de indicarle a cada uno la ruta del día y en grupos de tres personas, dos auxiliares y un conductor, se van dirigiendo a sus camiones para iniciar el trayecto. —Hoy nos toca Suba, ¡vámonos! — le dice un conductor a un compañero que llegó sobretiempo. Como abejas que salen de su colmena, a las 5:30 de la tarde, los buses parten en diferentes direcciones. Me subo al camión que cubre gran parte del barrio Niza y Córdoba. José Luis Pinzón, el conductor, prende la radio y sintoniza Radio Uno. Entre pitos, en medio de carros, en un trancón incesante, proseguimos a coger la avenida calle 68 hacia el norte. En medio de un silencio tenso, decido romper el hielo preguntándole a Luis Galindo, el auxiliar que está a mi derecha, qué es lo más extraño que le ha pasado recogiendo la basura. “Me han sucedido muchas cosas que me han dejado impresionado”, responde pensativo. Una vez, en un recorrido por Puente Aranda, con un compañero encontramos un cadáver en una bolsa de basura que tiramos al camión. En la madrugada del miércoles 7 de octubre del 2016, Omar Elizalde y Luis Galindo, en ese entonces trabajadores de Área Capital, se encontraban trabajando como operarios de recolección en el barrio La Ponderosa, como lo hacían habitualmente. “Estaba en un parquecito y agarré la primera bolsa de la basura y la lancé al camión. Cuando la bolsa choca contra el compactador, sale una mano de una persona. Al ver las otras dos bolsas, encontramos el cuerpo descuartizado de una persona”, relata uno de los funcionarios que presenció aquel suceso. —Las cosas más inusuales le pasan a Elizalde—menciona Eder Mazo, compañero de trabajo. Otro día, mientras recogían basura, en una bandeja de icopor, donde se guarda la comida, encontró el cuerpo de un embrión humano que había sido dejado sin compasión en aquel lugar. En el primer hallazgo, Medicina Legal identificó el cuerpo encontrado, se trataba de Miguel Ángel Perdomo, un conductor de profesión que llevaba cinco días desaparecido. En esos casos, los trabajadores deben comunicarse con la empresa para que ellos hagan el debido llamado a las autoridades competentes para que hagan el recogimiento del cadáver y la investigación correspondiente. Ha pasado hora y media del inicio del trayecto. Luego de transitar en medio del trancón nocturno, habitual en la capital, llegamos al punto de inicio. Los auxiliares se bajan del camión y se ponen los guantes, el conductor apaga la radio y se dispone a mirar por los retrovisores que sus compañeros estén listos. En ese momento, la plataforma trasera se despliega y el lugar donde se suben los trabajadores queda listo. En cada esquina se ven bolsas de basura de diferentes colores y tamaños. Luis Galindo y José Virgüez, como si fueran deportistas de alto rendimiento, empiezan a calentar, trotando suavemente; y en cuestión de 2 minutos empiezan a correr. Cada uno coge de a dos bolsas por mano y las van arrojando al camión. En cada esquina se demoran un promedio de tres a diez segundos dependiendo la cantidad de basura que esté en el lugar. Pasamos por conjuntos residenciales. Allí, las basuras se encuentran amontonadas en botes de gran tamaño. Los auxiliares unen fuerzas y cogen aquellos botes y con gran esfuerzo logran depositar todo su contenido en el camión. Luego, al llegar a los barrios populares, a diferencia de los apartamentos, la basura se encuentra posada en los postes y en la acera. Incluso, en muchas oportunidades, salen niños, adultos y ancianos con bolsas en la mano, corriendo, haciendo el trabajo de los operarios de recolección y lanzando las bolsas de basura en el camión. A las 10 de la noche, luego de tres horas de ejercicio y trabajo, el camión se detiene a tomar un breve receso de 15 minutos. En muchas ocasiones los trabajadores no tienen que comprar su refrigerio, pues, varios habitantes del sector los consienten y les dan comida y bebida. “Hay días en el que el trabajo está tan pesado, la gente bota tanta basura, que no tenemos tiempo de tomar un respiro”, menciona José Luis. Día a día los recolectores recogen 7.500 toneladas de basura diarias, todas van a parar en el único vertedero de basuras que hay en la capital, el relleno sanitario Doña Juana. “De las 7.500 toneladas, solo 1.800 se pueden reciclar. En Bogotá y en Colombia en general, no existen los buenos hábitos del manejo de los residuos y eso conlleva a que en unos años existan emergencias sanitarias a lo largo del país”, añade Agustín Camargo, jefe de operaciones de Área Limpia. Seguimos con el recorrido y se deposita de todo al camión, desde muebles hasta animales muertos. Por la avenida Suba con 124, había un perro en la orilla de la calle, aparentemente había sido atropellado por un automóvil. Luis y José lo alzan y lo arrojan al camión de manera apresurada, así mismo, depositan otras bolsas de basura, ramas y hojas encima del cadáver del animal. Luego, la parte trasera se llena y encienden el compactador que, de manera pausada, va aplastando todo lo que hay a su paso y arrastrándolo a la parte posterior del camión donde va a reposar hasta llegar al relleno sanitario. A la una de la mañana ya se está acabando la ruta de recolección, los auxiliares gastan sus últimas energías corriendo por las calles y arrojando las últimas bolsas de basura. Como si fuera un deporte extremo, los recolectores hacen su trabajo sabiendo que en varios casos puede ser peligroso para ellos. “Es un trabajo de experiencia y precaución, si se está desprevenido el compactador o el camión pueden causar accidentes”, dice Eder Mazo mientras me cuenta la historia de un compañero al que le amputaron su dedo medio (corazón) y anular cuando el compactador le agarró la mano y no reaccionó rápidamente. Falta la última cuadra para terminar con el recorrido y dirigirse al relleno sanitario. A la 1:35 de la mañana, José Luis Pinzón, el conductor, se da cuenta que están finalizando el recorrido y vuelve a prender la radio. Esta vez, a diferencia de travesía inicial para llegar a Suba, Bogotá yace durmiendo, las calles están solas y el frío silencio nocturno hace que el camino al relleno sea más ameno. José Virgüez agarra con sus dos manos la última bolsa de basura y la lanza al camión. En el aire, dicha bolsa se rompe, recordándome aquella anécdota que tuve de niño con las basuras.
- Centro de Bogotá, cuna de grandes historias
En este capítulo de Citadinos, nos tomamos el centro de la capital colombiana, el lugar política e históricamente más relevante de la ciudad. Centro de Bogotá, cuna de grandes historias En este capítulo de Citadinos, nos tomamos el centro de la capital colombiana, el lugar política e históricamente más relevante de la ciudad. Compartir
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