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- Bogotá, capital de las subculturas urbanas
La transformación tecnológica y la redimensión social dieron lugar a nuevos grupos sociales en Bogotá, como los furries o los gamers. Bogotá, capital de las subculturas urbanas Michelle Cotrino, Claudia Blanco, Tatiana Hernández, Comunicación Social y Periodismo La transformación tecnológica y la redimensión social dieron lugar a nuevos grupos sociales en Bogotá, como los furries o los gamers. Compartir
- Historias cruzadas: la importancia del mundo digital en la vida del adulto mayor
Historias cruzadas: la importancia del mundo digital en la vida del adulto mayor Clara Sofía Támara Fecha: El uso de aparatos electrónicos y redes sociales son todo un retos para algunas generaciones, aunque hay ejemplos de quienes las ha usado a su favor. Lea también: Amílkar Hernández, un periodista veterano que se reinventa en Tik Tok Compartir Foto: Foto de MART PRODUCTION - Pexels Mercedes Rodríguez ha cumplido los cincuenta, los sesenta, los setenta… le gusta decir que tiene 75 años, aunque sus familiares afirman que su edad pasa de los ochenta. Ella sigue recordando la ruta que tomaba para dejar a su hija en la Universidad Externado de Colombia. Manejaba aquel querido Volkswagen blanco. Se recorría la ciudad de Bogotá, al derecho y al revés. Tiempo después, ya no manejaba por La Candelaria, solo le gustaba manejar cerca de su casa para ayudarle a su hija a pagar facturas, hacer el mercado o recoger a sus nietos del colegio. Para ella, conducir era un escape, una tranquilidad frente a una imposible escapatoria: la vejez. Cinco años han pasado y Rodríguez no ha vuelto a manejar. Ahora descansa en su casa en compañía de su familia. Bueno, aunque para ella no es un descanso: “Pues realmente no tengo tiempo libre entre semana porque a mis familiares les colaboro, aquí en la casa, con todo. Estoy pendiente del aseo, del orden, de la empleada, de todo eso”. Aunque la hija persiste en que su madre descanse y no haga actividades pesadas, Rodríguez se niega a quedarse quieta, le gusta estar en movimiento. Le gusta sentirse útil, proactiva. Aquello es fundamental para las personas de su edad, como menciona María Lucía Samudio, médica geriatra. “El deterioro cognitivo que ocurre con la vejez no se puede detener, pero en la medida que se sigue estando activo, se sigue aprendiendo, se puede disminuir”, explicó. En los tiempos que corren, adultos y niños son activos en el mundo digital. Utilizan las redes sociales para comunicarse con los demás, juegan videojuegos, trabajan, e incluso practican deporte por medio de los dispositivos. Sin embargo, para ellos es fácil. Para la gran mayoría de los adultos mayores, en cambio, es un complique. En un informe del DANE sobre el XV Congreso Internacional de Envejecimiento y Vejez publicado en 2021 se explica que más de la mitad de la población de 60 años en adelante no utiliza Internet porque no sabe cómo. Los dispositivos, sean el celular o el computador, no parecieran estar diseñados para ellos. En un estudio de la Universidad de Cartagena publicado en 2019 se afirma que muchas veces se ven excluidos, ya sea por la complejidad misma de los equipos, por la reducción de la motricidad y las limitaciones visuales propias de la edad, así como por un autoconcepto referido a “estar muy viejo para aprender”. Rodríguez, mientras desviaba la mirada del celular que estaba grabando y movía sus pies que colgaban de la silla, cuenta sobre su relación con la tecnología: - Pues ando muy mal (ríe). Manejo el celular, pero del resto realmente me descuidé en ese aspecto. - ¿Qué haces en tu celular? - No, lo muy básico. Llamo a mis hermanos o a veces necesito una noticia que se me escapó, que necesito buscarla. - ¿Se te dificulta esa búsqueda? - No, no. Sale el noticiero en el celular y ahí lo consigo y miro a ver qué. Y si no puedo, en la televisión simplemente, pongo las noticias. Me gusta saber qué ha pasado sobre... mmm ... No puede continuar con lo que decía. La vejez no viene sola y suele estar acompañada de la pérdida de memoria y dificultades para comunicarse. A pesar de ello, ella sigue respondiendo. Lleva un suéter azul que la protege del frío, “tan berraco que hace en esta casa” y unos jeans del mismo color. De su bolsillo saca su celular: un iPhone viejo con un fondo de pantalla en el que aparece ella junto a su familia. La foto la puso su nieto. Tiene unos cuantos contactos, sus familiares y amigos. Abre la aplicación de mensajes en la que nunca escribe, pero en la que lee todo lo que le mandan. Apaga el celular y concluye la entrevista diciendo: “Tal vez si pudiera ser la pantalla un poquito más grande porque en realidad son todos pequeños, pero del resto ahí tiene uno. Las noticias, la comunicación con los amigos, con la familia”. El mundo digital, la tecnología la ha ayudado a seguir en contacto con el mundo y sus seres queridos. Aquello la mantiene activa y actualizada, disminuyendo los problemas cognitivos. Sin embargo, para ella el proceso de adaptación es lento y frustrante. En el informe del DANE publicado en 2021 se afirma que el 63,7 % de los adultos mayores no hace uso de internet. Sin embargo, el porcentaje sobrante representa a todos esos adultos mayores que se adaptan a las nuevas tecnologías. Más cercano a lo moderno Mercedes Ramírez tiene 77 años. Vive hace más de tres décadas cerca del centro comercial Unicentro. Su apartamento tiene decoraciones de ciertas culturas; esculturas turcas, almohadas con diseños chinos, vasijas rusas y, al lado de su chimenea, más de diez elefantes indios. Ella ha recorrido el mundo, se adapta fácilmente a escenarios desconocidos, y uno de ellos es la llegada del mundo digital. En su tiempo libre a Ramírez le gusta jugar solitario en su computador, aunque normalmente sale con sus amigas. Le gusta mantenerse informada y por eso lee noticias todos los días, en sitios web como The Daily Mail, Miami Herald y medios colombianos. También, a su WhatsApp le llegan noticias, no del todo confiables, pero siempre algo está leyendo en Internet. Para ella es fácil buscar. “No tengo problema de nada. Veo las páginas perfectamente, leo en la primera página a ver los artículos que más me interesan, hago doble clic y ya me sale a la página, después me salgo y listo”, comentó. Ramírez vive sola y aquello es muy riesgoso para su salud, ya que el mayor problema del adulto mayor es la soledad que causa la depresión. En una investigación publicada en 2021 en la revista Gerekomos , enfocada en la Enfermería Geriátrica y Gerontológica, se afirma que “la depresión, junto con otros trastornos psiquiátricos son, claramente, los factores de riesgo más importantes para que se produzca el suicidio entre las personas mayores. En este sentido, la mayoría de los adultos mayores que se suicidan viven solos”. Rosana Glück, médica psiquiatra especialista en Adulto Mayor, comenta que “muchas veces los adultos mayores no tienen actividades específicas, entonces eso los afecta porque no hay un proyecto. Están sin una motivación, entonces al no tener actividades, al no tener motivaciones aparece muchas veces este tema de la soledad”. Sin embargo, este no es el caso de la señora Ramírez. El uso del internet hace que el sentimiento de soledad disminuya. Es evidente que el mundo digital no resuelve todos los problemas físicos y mentales de los adultos mayores, sin embargo, ayuda a que estén más activos y tengan una motivación más en sus vidas. Ramírez utiliza los buscadores para informarse sobre su cuerpo, su estado físico y recomendaciones para mejorar su salud. Busca en “señor Google” ciertos medicamentos que debe tomar, recetas para mejorar su dieta al tener que bajar de peso, ejercicios de estiramiento para cuando sale a caminar y busca contactos médicos. Aquello no es necesariamente ideal, pero para Ramírez estas búsquedas la motivan y la mantienen activa, sobretodo lo que fue su tiempo en la pandemia. Pero eso sí, no quiere aprender nada más de lo que ya sabe sobre la tecnología, aunque aquello es común en su generación. La médica geriatra Samudio afirma que “con el paso del tiempo, las personas nos volvemos inseguras a los cambios y por lo tanto hay resistencia para aprender cosas nuevas. Además, a las personas mayores les cuesta trabajo utilizar las tecnologías lo cual aumenta la resistencia”. Ramírez comenta: “Hoy en día no quiero aprender nada (ríe). Ya pasó mi tiempo de aprender, yo ya no quiero aprender nada. Así cómo estoy, estoy bien. Hoy en día, si me dicen que me pagan una cantidad de miles de dólares por dos horas de trabajo al día usando el computador digo: ‘No, gracias, paso’. Ya todo lo que tenía que hacer de eso, lo hice en la vida”, dijo Ramírez. Al finalizar la entrevista, va a su cocina y en las vasijas rusas se sirve tinto. Prende el computador y muestra las páginas que frecuenta, su solitario y fotos de sus viajes. Cuando fue a Turquía, Inglaterra y su último viaje que fue a Sincelejo, de dónde ella es. Describe alegremente cada anécdota, pero mira el computador con nostalgia. El tiempo pasa, el cuerpo y la mente cambian. Cambian los teléfonos de antena, que se ven en una de las fotos, por los celulares hablantes. Es inevitable que el tiempo siempre carga en su espalda una bolsa llena de cambios. *** Margarita Peñuela tiene 64 años. Trabaja en casa de familia cuidando a niños y cocinando. Vive con uno de sus cuatro hijos y se mantiene comunicada con todos ellos a pesar de la distancia. Ella vive en Chía y sus otros tres hijos, con sus siete nietos, están en Bogotá. Peñuela creció en el campo, por lo que nunca le gustó la ciudad. Siempre hace tareas domésticas, como la jardinería y cocinar. Al principio es un poco tímida y no cuenta muchos detalles. Sin embargo, es una mujer cariñosa y trabajadora. Aunque no tiene un computador, su celular siempre lo carga en su bolsillo. Lo utiliza más que todo para entretenerse. Le gusta pasar su tiempo libre jugando al Parchís, juego que se lo enseñó el hijo que vive con ella. Llama a sus amigas y se conectan para jugar una partida. También tiene instalado el famoso Candy Crush en el que ya se encuentra en un nivel sumamente avanzado. Y no solo eso, ve telenovelas por YouTube como fragmentos de episodios de la Rosa de Guadalupe o videos de cocina. Le gusta mirar recetas fáciles para que coman los niños de su trabajo o cuando uno de sus nietos la visita. Otra red social que utiliza es Facebook, en la cual ve fotos de sus familiares y se informa, aunque las fuentes no sean del todo confiables. WhatsApp también la tiene instalada, pero es más para llamadas que mensajes. Todo aquello fue gracias a sus hijos que la ayudan a adaptarse al mundo digital. Como indica la médica geriatra Samudio, “para que los adultos mayores se adapten a las tecnologías convendría que los familiares entiendan que no es que no quieren aprender, sino que hay una brecha generacional y una dificultad para utilizarlas. Solo la paciencia, la dedicación, la comprensión y el amor podrá llevarlos a cambiar ese patrón”. La familia y aquellas personas que ayudan a los adultos mayores cada día tienen un papel esencial para que ellos no se sientan excluidos de la sociedad. De hecho, en Colombia es un derecho que estos adultos reciban un apoyo incondicional. El artículo 46 de la Constitución Política establece que: “El Estado, la sociedad y la familia concurrirán para la protección y la asistencia de las personas de la tercera edad y promoverán su integración a la vida activa y comunitaria”. Los adultos mayores deben tener una vida digna, justa e integrada a la sociedad moderna, a pesar de que no hayan nacido rodeados de tecnología y se les dificulte la adaptación, tanto por sus capacidades mentales como físicas. Para Peñuela, la tecnología es una herramienta para conectarse y entretenerse. Sin embargo, no todo es de color rosa. -¿Se te dificulta utilizar la tecnología? -Sí, por los ojos. Por la luz del celular. - ¿Te cansa? -Me cansa. La disminución de la agudeza visual o auditiva es común en la vejez. A esta generación se le dificulta el uso de los celulares por tener pantallas pequeñas y luz artificial. Además, Peñuela tiene problemas de movimiento. Tiene un constante temblor en las manos lo que limita escribir en computador, tabletas o celulares y utilizar ciertas aplicaciones. Como se afirma en el estudio de la Universidad de Cartagena, es notoria “se observa la exclusión del adulto mayor en la oferta de productos de tecnología, toda vez que sus diseños, programas y paquetes apuntan a las necesidades empresariales y al mercado de jóvenes y adultos”. Aquello demuestra que el derecho a la integración a la vida activa y comunitaria de los adultos mayores no está siendo del todo respetado. *** Marco Fidel tiene 77 años. Vive con Miriam, su esposa, que tanto adora. Están casados desde que se graduó de la universidad y tienen dos hijas que viven fuera del país. Al estar los dos solos, les gusta hacer todo juntos. Cocinan juntos, camian juntos, viajan juntos. Aunque eso sí, a Miriam le gusta la jardinería y la practica sola. A Fidel le encantan las matemáticas, fue profesor de la Universidad Nacional, y estudia solo. Desde que empezó la entrevista, no suelta el celular, lo tiene siempre en sus manos. Al lado de él hay una pequeña libreta en la cual anota todo lo que investiga. Muestra que había leído un artículo sobre la inteligencia artificial para estar preparado para la entrevista. Fidel es un hombre sabio y curioso que está en constante aprendizaje. Por eso tiene una buena memoria y no presenta ninguna dificultad al comunicarse. “Todos los aparatos, desde el teléfono hasta el computador, los utilizo, y tal vez lo que más utilizo es realmente el teléfono porque ese reemplazó a todos los otros elementos”, comenta. Aquello se evidenció desde el momento en que abrió las puertas de su casa y empezó a escucharse música brasileña que provenía de los parlantes colgados en la sala. Son controlados a través de su celular. Tiene un control en su vida, en la cual la tecnología lo mantiene despierto. Según la médica psiquiatra Glück “eso genera estimulación cognitiva. Lo estimula aprender algo, a poder estar más conectado con su familia, con sus cosas, a resolver problemas, a hacer búsquedas, a cantidad de cosas que puede mantenerlo más activo”. Además, utiliza computador y tableta para hacer inversiones, estar al día en todas sus finanzas y entretenerse con partidos de basquetbol o noticias deportivas. Normalmente, a su edad el ser dependiente predomina, pero él ha demostrado que tiene una libertad y una independencia enorme impulsadas por el conocimiento que consume. Según el estudio de la Universidad de Cartagena, con herramientas adecuadas, “el adulto mayor puede relacionarse, informar, comprar, vender, realizar trámites y llevar a cabo otras actividades a pesar de tener algún tipo de incapacidad que le impida el movimiento”. Las redes sociales que utiliza Fidel son WhatsApp, Facebook, YouTube e Instagram. En la última se creó una cuenta para tener más contacto con sus nietos, ver sus fotos y reducir los 4220 km que lo separan de su familia. Estas redes las maneja para mejorar su vida, ya que fortalece sus vínculos familiares, se entretiene y benefician su salud. -¿Cuáles son las actividades para cuidar su salud? -Había algo que nos gustaba mucho que era caminar y seguimos caminando. Cuatro o cinco kilómetros de caminata, y nos parece que es buenísimo. - ¿Practican algún otro deporte? - Hacemos una gimnasia que tenemos programada y, precisamente, es en YouTube que sirve para estirar los músculos del cuerpo y nos ha ido superbién con eso. Al día siguiente del encuentro, Fidel mandó por WhatsApp recomendaciones de videos para ver en YouTube sobre la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Contó que antes de dormir habló con su esposa sobre aquellos temas que despiertan su curiosidad. Pese a su edad, su salud mental y física son completamente sanas, y parte de ello se debe a su constante participación en el mundo digital. El comienzo del fin, para ellos y para ti “No te rindas que la vida es eso, Continuar el viaje, Perseguir tus sueños, Destrabar el tiempo, Correr los escombros, Y destapar el cielo”. (Mario Benedetti, No te rindas) La vida se acaba cuando la muerte la reemplaza. Los sesenta, los setenta y los ochenta años siguen siendo parte del camino. Es cierto que las enfermedades dan un paso más al otro lado de la puerta e impiden disfrutar los últimos momentos en su totalidad, no obstante, la actitud frente a las dificultades es la clave para una vida plena. El seguir viviendo no es solo respirar, comer y dormir. Vivir es reír, aprender, llorar y amar. Aquí aparece el rol del mundo digital, ya que sus herramientas ayudan a que los adultos mayores tengan una mejor calidad de vida, a que puedan seguir viviendo a pesar de las adversidades. Fidel y Ramírez, quienes aprovechan su tiempo conectándose con el mundo, se entretienen y se informan a través del internet, lo cual mantiene activa su rutina y reduce el riesgo de padecer ciertas enfermedades. La vejez es inevitable, y no es sorpresa que, a medida que pasa el tiempo el porcentaje de la población de adultos mayores aumente. Los datos más recientes de la Organización Mundial de la Salud muestran que entre 2015 y 2050, el porcentaje de los habitantes del planeta mayores de 60 años casi se duplicará, pasando del 12% al 22%. Las generaciones jóvenes también tendrán que pasar por la vejez y al igual que Rodríguez, Ramírez, Peñuela y Fidel deberán adaptarse a las transformaciones de la sociedad. Se espera que, para un futuro mejor, los adultos mayores, que serían la población actual juvenil, puedan adaptarse sin mayores dificultades y tampoco pasen por un aislamiento social por no entender el uso de estas futuras tecnologías. Aquello es una realidad que debe ser cambiada. Que la sociedad, incluyendo a los adultos mayores, no se rindan, que la vida es eso, continuar el viaje.
- Lo que no la mata, la motiva
Juan Esteban Castro Acosta, estudiante de Comunicación Social y Periodismo < Volver Lo que no la mata, la motiva Juan Esteban Castro Acosta, estudiante de Comunicación Social y Periodismo Jennifer Pedraza, candidata a la Cámara de Representantes, ha recibido amenazas en el pasado, pero quiere quedarse en Colombia para defender sus ideas. Lea también: La mujer detrás de la líder estudiantil Perfil Previous Next Foto: Sharon Dayan Cortés Martínez, Comunicación Social y Periodismo Desde el 2017, Jennifer Pedraza ha estado liderando movilizaciones sociales La candidata a la Cámara de Representantes estudió Economía en la Universidad Nacional. Negoció en el 2018 con el Gobierno la asignación de 4,5 billones a la educación pública. Fue amenazada, pero quiere quedarse en Colombia para luchar por sus ideas. Los jóvenes marchaban y exigían al Estado una mayor asignación de recursos para la educación pública en Colombia. Las protestas empezaron en octubre y duraron alrededor de 2 meses y 6 días. Acordaron salir regularmente los jueves de cada semana y reclamarle al presidente Iván Duque y a su gabinete mayor atención a la infraestructura, cobertura y calidad en los colegios y universidades públicas del país. Finalmente, luego de una negociación entre el Comité Nacional del Paro y el Gobierno Nacional, a mediados de diciembre de 2018, se acordó la distribución de 4,5 billones para este sector. Una de las estudiantes que lideraba las marchas, y hacía parte del comité y Consejo Superior de la universidad pública más importante de Colombia, la Universidad Nacional, se dirigió el 10 de octubre del mismo año, en medio de las manifestaciones, al Capitolio Nacional, sede del Congreso de la República. Una obra inaugurada en 1926 y ubicada en el costado sur de la Plaza de Bolívar, en el centro histórico de Bogotá. Cuando la joven llegó a esta imponente infraestructura, le comentaron que no podría entrar al recinto porque aún no había quórum en la plenaria del Senado, un hecho que ocurre usualmente en este órgano legislativo. Por lo tanto, tuvo que esperar 6 horas en las mismas escaleras donde fue asesinado, 104 años antes, el abogado y militar liberal Rafael Uribe Uribe. Cuando por fin pudo entrar y comenzar su discurso para exigir mayor financiamiento a la educación, no le dejaron presentar unas diapositivas que traía preparadas y fue interrumpida en la mitad de su intervención por el entonces presidente del Congreso, Ernesto Macías, quien le dijo de una forma algo despectiva: “Le quedan 30 segundos, niña”. Desde ese momento, Jennifer Pedraza no solo quiso seguir luchando por sus derechos, sino defender y representar a los bogotanos en el Congreso . Parece que cuando alguien la menosprecia, lo tomara como un reto. Diana Munar, una joven politóloga y seguidora de Jennifer, conoce cómo fue el proceso de Pedraza desde que empezaron la universidad y dice que “es muy difícil abrirse un espacio en la política. (…) no es común que las mujeres pongan una voz pública y es lugar que le cuesta mucho más que a un hombre”. —¿Por qué las personas deberían escoger a Jennifer como Representante a la Cámara por Bogotá? —Hay dos aspectos fundamentales-responde Diana-. Primero, es inusual encontrar mujeres jóvenes haciendo política y hay que darles una oportunidad a las nuevas generaciones, además que Jennifer también tiene una formación académica y social con su lucha en las movilizaciones. Segundo, por su trayectoria política. Ella ha estado representando a los estudiantes en distintos escenarios de la Universidad Nacional y luego en el paro nacional. Su voz debe ser relevante en el Congreso. Jennifer nació en Bucaramanga, una ciudad perteneciente al departamento de Santander. Tiene 25 años y desde los 15 se mudó sola a Bogotá, un sitio que habitaban más de 7 millones de personas en 2012, pero que tratan de tener cierta distancia unas con otras. Es un lugar frío y mantiene un ritmo de vida más acelerado al que estaba acostumbrada. Todo lo hizo para aprovechar el regalo de sus padres, su educación. Pasó el examen de admisión que solicita la Universidad Nacional a todos sus alumnos y entró a estudiar Economía. No ha perdido la inocencia en su rostro desde entonces. Tiene ojos rasgados, que se cierran prácticamente cuando sonríe, pero una mirada radiante y despierta escondida detrás de unas gafas grandes de marco negro y una frente amplia y lisa. Mantiene el mismo corte desde que entró a la Universidad, solo deja que su cabello negro le llegue hasta sus hombros. Mide apenas 1,54 centímetros, aunque su voz firme y sonora emite en quienes la escuchan un sentido de respeto, valor que respalda en cualquier situación y que ha resaltado en su candidatura para la Cámara de Representantes o Cámara baja del Congreso. No obstante, hay estudiantes que no tienen el mismo concepto sobre Pedraza. Zai Niño, trabajadora social y egresada de la Universidad Nacional, piensa que “en la institución hay una crisis de representatividad. Pasamos de tener unos líderes estudiantiles muy cercanos a los alumnos, a contar con unos que solamente estaban en función de su grupo político”. —¿Por qué crees que Jennifer Pedraza no representa a los estudiantes? —Porque cuando ella se convirtió en líder estudiantil, no hacía, precisamente, reuniones con los otros alumnos- dice Zai-. Nunca vas a ver a Jennifer convocando una asamblea con otros jóvenes, como se hacía antiguamente en la Universidad. Ella asumió una vocería de los estudiantes cuando estuvo, por ejemplo, en el Comité Nacional del Paro, sin preguntarle nada a las bases. (…) Además, algo que me motivó a criticarla fue un episodio bochornoso que ella protagonizó en febrero de 2020, cuando se fue a los golpes con otra joven frente al teatro Jorge Eliecer Gaitán. Esto hizo que tanto su nombre, como la identidad de la Universidad quedaran manchados y desde ahí supe que ella no merecía ser nuestra portavoz. Por lo anterior, Pedraza manifestó que efectivamente ocurrió este evento. Pero desde su versión afirma que “una chica me quería pegar ese día, aunque yo no quise buscar ningún bonche (pelea)”. Luego de terminar las negociaciones con el Gobierno, creyó que su aparición en los medios y el reconocimiento público habían terminado, pero no fue así. Algunas páginas de internet empezaron a difundir noticias falsas sobre Jennifer, como que supuestamente era la esposa de Rodrigo Londoño, un exguerrillero que ejerció como último comandante de las extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia , conocido con el alias de “Timochenko”, o que también había recibido dinero del Estado para que se callara y aceptara los acuerdos en la negociación durante el paro. Entonces, para algunos era una guerrillera y para otros una vendida. Esto provocó una serie de amenazas en contra de su integridad. —¿Alguna vez pensaste en irte de la ciudad o del país después de recibir estas amenazas? —No, no quiero-expresó la joven santandereana-. […] no me gustaría cederle ese terreno a los violentos. El lugar político que el movimiento estudiantil se ha ganado fue algo que nos ha costado mucho . No quiero darles nuestro espacio y participación pública como victoria. La Unidad Nacional de Protección, una entidad adscrita al Ministerio del Interior, tuvo que brindarle un esquema de seguridad, de 2019 a 2020, en caso de que fuera víctima de algún atentado. En una ocasión la llamaron porque había llegado un cedé a la facultad de Ciencias Económicas de su Universidad, en el cual se encontraba un audio donde la acusaban de haber vendido el paro estudiantil y diciendo que así tuviera escoltas que la protegieran, no se iba a salvar de “seis pepazos (o disparos) en la cabeza”. Nunca supo de donde provenía el audio, dijo que: “La Fiscalía un día me llamó para decirme que habían rastreado un celular […] pero yo les dije que ese era mi número. No hay eficiencia en esa entidad”. También le tocó salir huyendo de la Universidad del Valle cuando algunos encapuchados arrojaron explosivos cerca de Jennifer y una amiga con la que se encontraba. Incluso, en 2021 fue obligada a mudarse de vivienda, luego de que alguien en redes sociales publicara su dirección residencial. Sin embargo, estos sucesos no desvanecieron su intención de participar en política. Se convirtieron en un incentivo. Alejandro Ballesteros, uno de sus amigos más cercanos y consejero local de Bogotá, describe a Jennifer como “una luchadora, que nace del movimiento social, […] y que tiene una convicción política clara de querer transformar a Colombia”. Tanto así que decidió acompañarla en su campaña política, luego de que ella escogiera afiliarse al partido político de centroizquierda Dignidad, liderado por el exsenador y candidato presidencial Jorge Enrique Robledo. Colectividad creada en 2021, que aún no cuenta con ninguna curul en el Congreso, pero hace parte de la coalición Centro Esperanza, conformada por los partidos Nuevo Liberalismo, Alianza Social Independiente, Colombia Renaciente y Verde Oxigeno y los movimientos políticos: Compromiso Ciudadano, En Marcha y Colombia Tiene Futuro. Tanto Pedraza como Ballesteros hacen referencia, casi con un discurso grabado, que Dignidad es un proyecto político que junta distintos sectores de la sociedad y recoge las reivindicaciones del agro, de la industria de los estudiantes, de los ambientalistas, entre otros. Pero sobre todo que permite materializar sus ideas y convertirlas de carácter nacional. —¿Conoces algo sobre las amenazas que recibió Jennifer? —Sí, esto es de las consecuencias más graves de hacer política en Colombia- cuenta Alejandro-. Se vuelven una herramienta de intimidación para aquellos que no piensan como nosotros. Claro que estos actos incomodan un montón, pero nos dan mucha más fuerza para seguir llevando nuestras ideas a la gente y no impedirá que sigamos construyendo nuestra línea política. En los primeros meses de 2022, Pedraza ha estado entregando volantes en las calles, desde la localidad de Ciudad Bolívar, ubicada en el sur de Bogotá, hasta la localidad de Usaquén, en la parte septentrional. También ha asistido a todos los debates organizados en diferentes universidades y plataformas de redes sociales como TikTok o Instagram. Siempre hace énfasis en dos propuestas, la primera es reformar los artículos 86 y 87 de la Ley 30 de 1992 porque, según ella, les congelaron el presupuesto a las universidades públicas y, la segunda, es modificar la Ley 1005 que rige al ICETEX, entidad del Estado que otorga créditos a estudiantes universitarios, para que deje de cobrar intereses sobre los intereses, consecuencia de los préstamos que le pidió al Banco Mundial. En cada evento político que tiene, va acompañada de varios jóvenes que se ofrecieron como voluntarios para su campaña, una chaqueta morada con los logos de su partido político y unas pastillas de marca Strepsils para aliviar el dolor de garganta. Manifestó que lo más difícil de la campaña ha sido dejar de compartir tiempo con su perra Bianca, que adoptó hace dos años. Aunque tenga ojeras y gotas de sudor en la frente, dijo que no está cansada y va a seguir luchando por los derechos de los jóvenes y no tan jóvenes, incluso con los que tiene diferencias y le siguen deseando la muerte. No se asusta fácilmente. Aunque sepa que esté en peligro, no quiere perder la oportunidad de transformar a Colombia. Camera
- Aumenta la tendencia en Colombia de mujeres que no quieren ser madres
Aumenta la tendencia en Colombia de mujeres que no quieren ser madres Nayhara Contreras y Susana Diez Fecha: El movimiento NoMo (No Mother) incluye a mujeres que por diversos motivos toman la decisión de no engendrar. Fue acuñado por primera vez en el 2011 por Jody Day, psicoterapeuta y escritora inglesa, quien debido a un problema de fertilidad no pudo tener hijos. Lea también: Padres de familia, ¡a cuidar su salud mental! Compartir Foto: Maternidad (prostooleh - Freepik) Paul Dolan, psicólogo británico y profesor de London School of Economics, comenta que las mujeres que no tienen hijos e, incluso, no tienen parejas son las más felices. Pueden dedicar mayor tiempo de sus vidas a ellas mismas, siendo mucho más sanas en la medida en que tienen más tiempo para dedicarse al cuidado de su salud. En Colombia se registra un aumento de mujeres que no quieren ser mamás. Según las estadísticas del Departamento Nacional de Estadística (DANE), desde el año 2015 hasta el 2021, se ha presentado un descenso en la tasa de natalidad del 7,8%. Jorge Cabezas, economista, miembro del área de censos y demografía del DANE y encargado del tema de fecundidad, asegura que se ha reducido esta tasa no solo en Colombia sino a nivel global: entre 1950 y 1960, el promedio de hijos por mujer era alrededor de seis, y hoy la tasa de fecundidad es de 1.95 hijos por mujer. “Ahí vemos la magnitud de la reducción que se ha venido presentando desde los años 60”. Luisa Álvarez tiene 33 años, es administradora de empresas y tripulante de vuelo. Carolina Gómez, de 42, es psicóloga, Magíster en dirección y gestión de recursos humanos y actualmente jefe de selección del Grupo Cristal. Laura Echeverry es publicista especialista en psicología del consumidor. Las tres son mujeres que han tomado la decisión de no ser madres. Álvarez, por motivos que se remontan a su niñez. Gómez no quiere responsabilidades, y Echeverry no quiere tener la obligación de cumplir estándares ni ser calificada como buena o mala madre. La niñez influye en la edad adulta Luisa María Álvarez nació en Medellín. Hace 10 años es tripulante de vuelo en Avianca. Cuando era una niña escuchaba a su madre llegar tarde de trabajar. Era empleada en una oficina. Lo hacía para sacarlas adelante, ya que nunca estuvo su padre, porque ella y su hermana nacieron fuera de un matrimonio. Su madre llegaba a casa a hacer aseo. Barría, trapeaba, lavaba los uniformes del colegio para que estuvieran listos para el día siguiente. Les hacía la comida. Todo eso después de una larga jornada laboral. Tenía mucho estrés. Eso es lo que Álvarez más recuerda de su infancia. No juzga a su madre. Pero recuerda bien los comentarios que hacía sobre la maternidad: “Qué cansancio. A uno con hijos le toca matarse mucho. Los hijos son costosos”. Cuando no tenían un buen comportamiento, su madre se quejaba de que eran desobedientes. La hoy azafata dice que en ella se fue creando un miedo a tener hijos. Pensaba: “Si los tengo, debo trabajar mucho, matarme; si tengo hijos me van a pagar mal. Y aunque luego entendí que todas las personas tienen situaciones diferentes, eso no me ha hecho cambiar de opinión”. La psicóloga Gabriela Pazmiño explica que la infancia tiene muchísimo que ver con las decisiones del futuro. “Sigmund Freud dice que no importa lo que decidas, porque en el inconsciente siempre habrá un núcleo vivo y sensible que todos cargamos desde la infancia”. Además, Pazmiño dice que la decisión de una mujer como Luisa Álvarez puede ser un deseo de reparación a sí misma, porque no quiere que otro ser humano viva lo que ella vivió. Tanto ella como su hermana se realizaron la tubectomía, una ligadura de trompas permanente, donde en vez de amarrarlas, las cauterizan. Cada año hay más mujeres que hombres que optan por un método anticonceptivo definitivo. Según datos de Profamilia, referenciados por Manifiesta , en 2017 se practicaron 37.970 ligaduras de trompas y 13.215 vasectomías. En 2018, las ligaduras aumentaron a 41.315, mientras que las vasectomías fueron 16.026. Las cifras venían en aumento hasta que en 2020 llegó la pandemia. 29.465 ligaduras y 13.459 vasectomías en el año de encierro, que se explican por las cuarentenas y las dificultades de acceder de forma presencial a los sistemas de salud. Los resultados del I-SHARE , un estudio en Colombia dirigido por la Universidad de Gant, Bélgica, y el London School of Hygiene and Tropical Medicine de Reino Unido, demostró que el 80% de las mujeres encuestadas (2444) aseguraron tener una vida sexual activa y ser usuarias de métodos anticonceptivos. Pero el 14% tuvo problemas para acceder a estos métodos durante la pandemia por miedo a contagiarse y por escasez de estos. Búsqueda de seguridad Carolina Gómez se suma a la tendencia de las mujeres que no quieren tener hijos, aunque hace unos años lo viene dudando. Es una de las mujeres del movimiento No Mother . Tiene una finca a las afueras de Medellín. Cinco perros, siete caballos y muchas plantas a su alrededor. Por ahora se siente bien con esas responsabilidades. En el baúl de su camioneta siempre tiene una maleta con ropa, un cepillo de dientes, crema dental, vestido de baño, sandalias y bloqueador. Porque siempre está lista para cualquier viaje repentino que se le presente. Para ella es importante tener una pareja estable a la hora de tener hijos y no ha llegado el indicado. No quiere que, de tenerlos con cualquiera, llegue luego un divorcio y con él las típicas peleas por dinero y por los hijos. No quiere engrosar las estadísticas del DANE que indican que al día de hoy en Colombia el 40% de los hogares tienen como jefe de hogar a una mujer. Y aunque expertos como Jairo Sojo, publicista y profesor, aseguran que hoy en día se vive el fenómeno mediático de la muerte del príncipe azul, porque las mujeres son “superpoderosas”, hay otras como Gómez que aún sienten necesaria esa figura para constituir una familia. La psicóloga Pazmiño afirma que la mayoría de las mujeres suelen replantearse la decisión de ser madres. Incluso aquellas que ya lo son se siguen preguntando si quieren tener más hijos. “La maternidad es un deseo y los deseos son ambiguos”, explica. Evitar un juego social Laura Echeverry no es mamá ni planea serlo. Piensa que en la sociedad siempre están creando estándares para saber si una mujer es buena madre. Según Paul Dolan, “esta presión social puede llevar a las personas a tener hijos, aunque no sea lo mejor para ellos”. Echeverry decidió más bien ayudar a las personas que lo necesitan. No sabe si pueda ser la madre perfecta que todos pintan. Y no quiere saberlo. Ella dice que su decisión final fue tomada en pareja. A lo largo de su vida ha tenido presiones sociales. Hace siete años quiso realizarse la ligadura de trompas, pero fue cuestionada por su ginecóloga. Debido a esto no se operó, pero está en sus planes hacerlo, porque ella “es la que manda en su vida, en su cuerpo”. El ginecólogo Javier Castro, especializado en cirugía laparoscópica comenta que los profesionales de la salud tienen la obligación de darle la información anticonceptiva necesaria a la paciente para así poder buscar el método ideal para cada mujer, y no es ético interferir en las decisiones de las pacientes. Así, casos como el de Echeverry, Gómez y Álvarez ilustran las razones de esta tendencia en aumento. Y está por verse si la tendencia en Colombia sigue creciendo, tras haberse interrumpido con la pandemia. Las cifras del DANE de este año revelarán si la curva se retoma y, en ese caso, el análisis de las causas y las implicaciones sigue siendo, en nuestro país, una tarea pendiente.
- Colombia, tradicionalmente panelera
Colombia, tradicionalmente panelera María Paula Montoya, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Un dulce recorrido por la cultura gastronómica del país, a base del endulzante que hoy está en la cuerda floja, por la solicitud de una patente para producir Polycane y Poliazúcar. Lea también: Gastronomía colombiana, una deuda nacional Compartir Foto: Panela, dulce típico. En la casa de mi abuela nunca puede faltar la panela, sea para el aguapanela, el peto, el tetero o la limonada (que a lo largo del país recibe diferentes nombres como guandolo y preparada). Mamá Elcira me enseñó desde pequeña a consumirla y preferirla. Sin embargo, a mi hermano sus abuelos, por parte de papá, le enseñaron lo contrario: él prefería una Coca-Cola antes que una limonada; pues decía que la panela “era para pobres”. Y en una misma casa se reflejaba lo que se vive en toda Colombia. Siempre he disfrutado las historias de la juventud de mi abuela, así fue como por primera vez escuché el proceso para hacer panela, cómo ella madrugaba e iba a ver la producción y, en ocasiones, ayudaba a la misma. Por supuesto, de pequeña no entendía la importancia de estas historias, mucho menos del producto. Villeta, Cundinamarca Cuando empieza la producción, Armando Hernández y su esposa Neida León se levantan muy temprano, pues el proceso de corte de la caña es largo y dispendioso. Solo se cortan las cañas que ya estén maduras, para que el sabor sea mejor. Los trabajadores cortan la caña y la montan en las mulas, de la forma más tradicional, para llevarla hasta el trapiche. Armando y Neida son dueños de una finca panelera en Villeta, el municipio panelero ubicado aproximadamente a tres horas de Bogotá. Según la Real Academia de la Lengua Española (RAE), el trapiche se define como un “molino para extraer el jugo de algunos frutos de la tierra, como la aceituna o la caña de azúcar”. Para la industria panelera colombiana, se conoce como trapiche toda la zona de producción de la panela; es decir, el molino, la hornilla, la bagacera, las mesas con las gaveras (o moldes), e incluso la zona de embalaje de la panela. Antes envolvían la panela en hoja de caña; sin embargo, hoy se utiliza plástico, cartón e incluso periódico. Pulí, Cundinamarca Cuando mi abuela era joven, madrugaba a la finca de sus tíos, que la heredaron de sus abuelos, para ayudar a arrear las “bestias” que movían los molinos (hoy en día, funcionan con un motor de combustión), para extraer el jugo de la caña. Este caía en una especie de recipiente, mientras que el bagazo, o el residuo de la caña, era llevado a que se secara. Luego aquel jugo, también conocido como guarapo, se limpiaba de impurezas. Julián Charry es el primo en segundo grado de mi abuela, cuando era pequeño tuvo un accidente en la molienda que cambió por completo su vida y la de su familia: su brazo quedó atrapado en los molinos, y lo perdió. Él era muy pequeño pero esto no hizo que su amor por ese producto y tradición se perdiera. Para mi abuela, la mejor panela de Colombia es la de Pulí –porque nací y crecí tomando aguapanela. Conozco el proceso y es de mi tierra, me recuerda mi vida allí. Por eso siempre se la doy a mis hijos y nietos–, dice ella. Este producto, consumido a lo largo y ancho del país, es tan tradicional y, probablemente, por eso cada persona dirá que la mejor panela es la del lugar donde se crio. Bogotá, D.C A principios de julio, por los medios nacionales empezó a rondar la noticia de que el ingeniero Jorge Enrique González Ulloa estaba tramitando en Colombia, Australia, Ecuador, Nicaragua, Costa Rica y la Unión Europea una patente de un método con el cual se obtienen dos productos, que él llamó Polycane y Poliazúcar. Esta noticia generó polémicas, especulaciones y sacudió al gremio panelero por la similitud entre el método de González Ulloa y el utilizado por los productores del país. Para aquel momento el ingeniero ya había obtenido la patente en Estados Unidos. José Pardo, director de comunicaciones de Fedepanela, comenta que dentro de la organización se ha tomado muy en serio este tema. Contrataron una oficina de abogados experta en propiedad intelectual, y presentaron un recurso de apelación frente a la patente, que es un derecho exclusivo sobre una invención. González Ulloa registró como propios e innovadores los procesos de corte manual de caña, uso de floculantes naturales y utilización de cal para la preparación de lo que él denomina Polycane y Poliazúcar. Estos mismos procedimientos se ejecutan en la preparación de la panela. Si González Ulloa obtiene la patente, los paneleros tendrían que pagarle o pedirle permiso para llevar a cabo estas tres actividades. Villeta, Cundinamarca – Si se lograra la patente, ya no le sacaríamos el jugo a la caña. Sino que ellos nos sacarían el jugo a nosotros – comenta Armando con una risa que esconde preocupación. Él hace parte de las 350.000 familias que viven de este producto y están a la espera de la respuesta de la Superintendencia de Industria y Comercio. La hechura de este producto requiere varias manos: en la finca de Armando entre 6 y 8 personas deben estar trabajando a la par, en perfecta sincronización. Un horno que es alimentado con el bagazo de la caña previamente secado calienta las ‘pailas’ donde se prepara la panela. En una primera olla o fondo se termina de clarificar o limpiar el jugo con ayuda de floculantes como el balso, el guácimo, entre otros. Luego con un cucharón de acero inoxidable, conocido como remellón, se pasa el guarapo a una segunda paila y allí comienza un momento clave, pues el líquido en las ollas debe ser revuelto y recibir constantemente guarapo limpio para que se vaya evaporando el agua del jugo de la caña y quede el dulce de este, formándose así la miel de la panela. Bogotá, D.C. El centro de Bogotá es, entre tantas cosas, el lugar perfecto para degustar la gastronomía tradicional del país. Allí se encuentra la Plaza la Perseverancia que, a pesar de no ser la más grande de la ciudad, ha sido nominada por dos años consecutivos a los premios La Barra en la categoría mejor restaurante de comida tradicional colombiana. Hace dos años, Yamilé Alcalá llegó a este lugar y abrió La Puloy, el negocio de postres que tiene desde que se graduó de la universidad. Ella nació en Barranquilla, y aunque ha vivido la mayor parte de su vida en la capital, no se olvida de esas recetas tan típicas de la Costa Atlántica, que ama preparar: las Cocadas y las Alegrías, unas bolitas de millo (que es un tipo de maíz pequeño), con melao o miel de panela y coco. Yamile con sus postres quiere volver a lo tradicional, que cuando las personas prueben su cuajada con melao y sus brevas con arequipe “hagan remembranza, degusten el sabor inigualable que da el cocinar en caldero, con cucharas de palo, y se fomenten esos sabores que ya no son tan comunes”. Un poco más hacia el sur llegamos a La Candelaria, un lugar que no puede faltar en el recorrido de los extranjeros que vienen al país. En esas calles tan coloniales y coloridas se pueden encontrar las bebidas típicas del país, entre ellas las más características de la zona cundiboyacense: el aguapanela, que suele ser acompañada con queso y algún amasijo, como el pandebono o la almojábana, y el canelazo, en el que se mezcla aguardiente, aguapanela y canela al baño María, preparación que deja en la cocina un olor embriagante y aromático. Manizales, Caldas Rosahelena Macía acaba de enviar a receso a los estudiantes de su clase Logística de eventos en la Universidad Autónoma de Manizales cuando revisó su correo y encontró uno que le informaba que estaba nominada a dos Premios Gourmand, los “Nobel” de libros gastronómicos, en las categorías Mejor Libro de Escuela Culinaria y Mejor Libro Tema Único por su obra Panela: una tradición . Ella estaba sorprendida: “incluso por un momento pensé que era falso”. Pero meses después, se encontraba en China recibiendo el premio, junto a quien fuera su compañero durante todo el proceso del libro, Andrés Gómez, director del centro de Investigación del sector panelero, BEKDAU. Este libro es el primero en darle valor a los cultivadores de caña, productores de panela y fabricantes de golosinas tradicionales. El primero de recetas sólo con panela, representativas de la región y otras nuevas, que habla de la historia de la caña y la panela y su llegada a Supía. –Yo quería que fuera un libro bonito– y así fue. –Al papel se le dio un color de aguapanelita con leche, lo que nosotros llamamos tetero– una bebida con la que han crecido miles de colombianos. –Hicimos un diseño de panelitas (en las hojas) e ilustramos la solapa con el proceso gráfico de la panela. La ilustración se hizo con una foto tomada en un trapiche real. Pensaron tanto en los detalles que incluso se hace alusión al lugar que inspiró este libro –En la portada hay dos personas que representan a Supía. Este es un municipio de más 450 años– ubicado a dos horas de Manizales –que cuenta con una comunidad afrodescendiente ubicada en el Guamal, un resguardo indígena conocido como: San Lorenzo, Cáñamomo y Lomaprieta. En el separador del libro está impresa la portada y la contraportada, en donde se muestra el viaje de la Caña desde Nueva Guinea hasta llegar a América, en el segundo viaje de Colón–. Rosahelena afirma que la panela de Caldas es la mejor del país. Con su acento y forma de hablar tan característico de los caldenses, un poco cantando arrastrando las palabras. Me contó sobre numerosas recetas con panela: el cortado santandereano; la limonada de panela y los múltiples nombres que esta recibe; los tirados, un tipo de melcocha caldense; las cucas, que tradicionalmente sólo requieren panela, bicarbonato y harina; la natilla, plato insignia de la navidad colombiana; el sirope inspirado en el syrup inglés, que en algunas ocasiones se acompaña con chorizo; la mazamorra paisa; la torta de panela; las colaciones; los alfandoques, un tipo de melcocha y el hogagato, una torta de maíz y yuca que se servía antiguamente en matrimonios; entre muchas otras más. Incluso, me contó de las propiedades cicatrizantes de la panela y me dio una mascarilla para la piel. Villeta, Cundinamarca Cuando ya se tiene la miel de panela, se sigue cocinando para que se espese y se encuentre el punto. Luego se debe enfriar un poco batiéndola, con una pala de madera, lo que hará que obtenga una textura más densa para llevarla entonces a las mesas de moldeo. Aunque a veces los costos de producción son más altos que los de venta, el compromiso y pasión de los paneleros es mayor. Eneida, la esposa de Armando, cuenta que producir una carga cuesta 80.000 pesos y esta puede ser vendida en el mismo precio o menos y en días buenos en 100.000 pesos. Una carga está compuesta por 5 cajas, que a su vez, cada una consta de 20 panelas de un kilo o 40 de un libra. El peso y la forma dependen del cliente. Armando afirma que hoy el precio está un poco mejor pero esa estabilidad puede variar pues ellos no son los que fijan el precio del producto. Bogotá, D.C Para Carlos ‘Toto’ Sánchez, un investigador en Patrimonio Cultural Colombiano, dar en el punto de cocción es clave y en muchas fincas lo hacen de una forma “que ni la NASA puede explicar […] Meten una cuchara o una hoja de una planta en la panela líquida caliente y luego en agua fría, ahí saben si está a punto”. La clave está en que si cuando se saca del agua fría la panela cruje significa que ya está. Pulí, Cundinamarca Las mesas de moldeo son generalmente mesones de cemento en donde hay unas gaveras o moldes artesanales, que pueden ser de una libra, 4 libras, un kilo, cuadradas, redondas, rectangulares, etc. –Allí se deja (la panela) por unos 20 minutos y luego queda totalmente dura, aunque sigue un poco caliente pero ya se saca del molde y se deja enfriar 30 minutos más, para ser empacada. –Explica Julián, quien aunque no está al frente de la finca panelera, ayuda a su papá cada vez que puede y siempre está muy cerca del proceso, pues hace parte de su historia e identidad. Luego de ser empacada, en Villeta, en Pulí, en Supía, y en los demás municipios de los 28 departamentos que la producen, es distribuida hacia cada rincón del país. Bogotá, D.C La panela es el único edulcorante considerado alimento, pues tiene glucosa, fructosa, minerales y vitaminas. Y recibe múltiples nombres alrededor del mundo como Chancaca piloncillo, papelón, atado de dulce, tapa de dulce, raspadura de guarapo. Colombia es el segundo país productor de panela, después de India, donde es conocido como jaggery . En el país suramericano se consumen 25 kilos per cápita al año, de modo que si González Ulloa obtuviera su patente, el estímulo de consumo se vería afectado, pues el precio de la panela tendría que aumentar . Y al ser considerada un producto popular, muchas personas la dejarían de lado perdiéndose, aún más, la tradición gastronómica y cultural. Este momento tan crítico es, según Carlos ‘Toto’ Sánchez, una oportunidad para revalorar la panela y volverla ‘chic’, llevándola, por ejemplo, a preparaciones de alto nivel , como ha pasado con otros productos como la guatila, también conocida como la papa del pobre. Hoy ya entiendo la importancia de la panela y las historias de las abuelas, pues mantienen la tradición, nos unen y vuelven más rica la cultura. Son parte de nuestra historia e identidad. Como me dijo Toto Sánchez: “colombiano que se respete debe tener 20% de panela, 20% de café y 10% de chocolate; el 50% restante es de creatividad, alegría y sabor”.
- Liliana Salazar es pionera del periodismo deportivo
Liliana Salazar es pionera del periodismo deportivo Paula Daniela Zabaleta Sánchez Fecha: “Estoy en el lugar que es. Soy muy feliz porque he vivido etapas muy diferentes en mi carrera como profesional. Primero fue el proceso en RCN, trabajando para un noticiero en una labor única y exclusiva de periodista y reportera. En Win Sports ya han sido 10 años trabajando en un rol de conductora. Estoy en el lugar soñado”, explicó. Lea también: “Ser mujer me abrió un espacio en el deporte” Compartir Foto: Liliana Salazar cubriendo un partido de la Selección Colombia Cuando se piensa en Liliana Salazar lo primero que se viene a la mente es su sonrisa tan característica, que aparece en sus fotos. Había quedado en conversar el lunes, pero en conversar un lunes a las cinco de la tarde. Cuando se le solicitó un horario respondió de inmediato. Al ser una de las periodistas deportivas más reconocidas en Colombia, sorprendió que fuera tan sencilla y no tuviera problema de hablar con alguien que aún estudiaba en la universidad, también periodismo. Me recibió vestida con un saco grande y con unas gafas de montura roja, ya relajada después de un día laboral normal en Win Sports. En muchas partes de su casa predomina el ladrillo, sin pintura. Una lámpara grande colgaba en el comedor y alumbraba todo el espacio. Saludó con tono de presentadora. Hablaba con la seguridad de una periodista, lo cual me intimidó un poco. “Fui la primera mujer que se consolidó presentando deportes en este país. Como todo en la vida pienso que las limitaciones están en la cabeza, más cuando te dicen que no puede. Siempre tienes que preguntarte: ¿Por qué no? Siempre trabajé a la par con los hombres, entonces no puedo hablar de discriminación porque nunca la viví”, afirmó Salazar. Entre los momentos que más la han marcado están cubrir la Copa Mundial de Fútbol. “Definitivamente, mi primer Mundial en Corea y Japón, que fue en 2002, fue mi favorito. Estaba muy jovencita; además, lo hice para Univisión. Fue inolvidable. El último, el de Qatar 2022, por ser en un mes atípico y tener esa final Argentina y Francia, también está en mi corazón”, narró. En la charla había un poco de intriga por los jugadores que Salazar había conocido a lo largo de su carrera. Ella miró hacia arriba tratando de recordar y mencionó, como si fueran personas con las que se tuviera la oportunidad de ver todos los días, a Zinadine Zidane, Iker Casillas, Gerard Piqué, Carles Puyol, Andrés Iniesta, Xavi Hernández y, por supuesto, Leonel Messi. Sintió tristeza por no ver a Cristiano Ronaldo alzar la Copa pero aceptó que cada campeonato tiene su estrella. “Estoy en el lugar que es. Soy muy feliz porque he vivido etapas muy diferentes en mi carrera como profesional. Primero fue el proceso en RCN, trabajando para un noticiero en una labor única y exclusiva de periodista y reportera. En Win Sports ya han sido 10 años trabajando en un rol de conductora. Estoy en el lugar soñado”. Me dijo que su sueño cumplido es que hubiera un canal especializado en deportes en Colombia y que es muy bueno estar ahí. Su sonrisa volvió a aparecer. Su hermano mayor vive orgulloso de ella porque, hace 20 años, ver a una mujer en el periodismo deportivo era muy diferente y nuevo. En el pasado, cuando Salazar era menor, ella lo seguía a los estadios y, desde ahí, empezó a desarrollar un gusto hacia los deportes, específicamente al fútbol. Habla mucho del esfuerzo y la disciplina, esenciales para el éxito y para superar estereotipos de género o prejuicios. Ella lo compara con un partido de fútbol, donde las periodistas son las jugadoras y hay un técnico que decide si jugarán o no. Con tono más bajo cuenta lo difícil que fue dar noticias como la caída del avión del equipo brasileño de fútbol Chapecoense y la muerte de su amigo Freddy Rincón. “Hay que respirar profundo, hay que seguir por encima de todo. El show debe continuar, te tienes que calmar y saber que estás comunicando e informando, así tú estés sintiendo dolor”. Juan Carlos Prieto, camarógrafo que trabaja con ella, manifiesta que “ella es muy querida pero también es muy analítica. Tiene su carácter y personalidad para hacer las cosas bien. Debes ser muy serio con ella”. Después de cubrir deportes, lo que más le gusta a Salazar es estar con su esposo, Issa Bendeck, los dos han viajado seguido y, de hecho, ya solo les falta ir a un continente, Oceanía. Salazar sigue vigente y apasionada. Ahora, apoyándose en las experiencias que la hicieron una periodista valiente en ambientes machistas como lo son la industria mediática y la deportiva, quiere que otras mujeres se inspiren con su rol frente a las cámaras.
- Cambié de opinión sobre el feminismo
Cambié de opinión sobre el feminismo Adriana Carolina Vargas Velandia Fecha: "Antes creía que el feminismo no tenía sentido, pero hoy creo que aún podemos mejorar", afirma la autora. Lea también: Sexo, género y pánico Compartir Foto: Paul Tamas vía Canva Education “Feminismo” es una palabra que suena mucho desde hace un buen tiempo. Debo decir, a mis 17 años, que solía sentir gran repulsión frente al movimiento; sin embargo, todo cambió al entrar a la universidad, cuando tuve que leer sobre feminismo para la clase de Sociología, la cual hizo que abriera los ojos y desmitificara. Antes que nada, admito que este tema es polémico, pero no voy a cuestionar sino más bien hablar de mi vivencia: cómo pasé de ser una crítica a llamarme feminista. ¿Sabes qué es el feminismo? Es la lucha por los derechos de la mujer, en pocas palabras. Hace un par de años, me rodeaba de gente que hacía parte de una rama del feminismo con la que no me identifico; por ello, sentía tanto fastidio por este, ya que en aquel entonces ni siquiera sabía que no había un solo feminismo. Desde pequeña, hacía notar mis deseos de que todos fuéramos considerados personas y no “hombres” o “mujeres”, que todos podíamos hacer lo que quisiéramos y no nos deberían exigir comportarnos de determinado modo en función de nuestro género. Fue en 2023 cuando descubrí que yo no era la única que pensaba así y que mis ideales eran feministas. ¿Yo? ¿Feminista? No puede ser. Tenía entendido que el feminismo era una cosa horrible, creía que las feministas eran mujeres que vandalizaban, violentas, impositivas, que querían humillar a los hombres. Por esas impresiones que tenía era que no me sentía afín con este movimiento, ya que para mí no tiene sentido acabar con la violencia usando más violencia. ¿Tratar a los demás del modo en que se había maltratado a millones de mujeres en la historia? Absurdo. Volviendo con mi choque de realidad, a mediados de octubre de este año, leí, para la materia que les comenté líneas más arriba, a Irune Ariño y a otras autoras en el capítulo dos del libro Mitos y realidades: el feminismo. A lo largo de la historia hubo tres grandes olas de feminismo en las cuales siempre se buscó lo mismo, adaptado al contexto histórico: igualdad de condiciones para ambos géneros, dignidad, libertad. Algunas mujeres destacadas del feminismo son Josefa Amar, Mary Wollstonecraft, Olympe de Gouges, Emma Goldman, Voltaire de Ciegre, Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Kate Millet, Rebecca Walker y muchas más. Gracias a ellas descubrí que hay feminismos increíbles, con fundamento intelectual y argumentos sólidos con los que estoy de acuerdo y otros que me parecen interesantes. Hay quienes dicen que solo las mujeres pueden ser feministas, cuando en realidad los hombres también han hecho parte de la lucha, como Poullian de la Barre, sacerdote francés que escribió La igualdad de sexos en 1671, y John Stuart Mill, inglés que propuso en el siglo XIX que las mujeres gozasen de los mismos derechos que los hombres, como la ciudadanía, el sufragio, el empleo y la educación. Después de este acercamiento quedé fascinada. Entendí que, si bien no todos pensamos igual y quizás algunos se inclinen por una corriente u otra, no hay necesidad de imponer ni pelear, pero sí de respetar las distintas visiones. Debemos seguir luchando por un mundo mejor para todos. Los invito a informarse y leer antes de armar juicio; sí que es importante. ¿Y mi cambio de opinión? Antes creía que el feminismo no tenía sentido, pero hoy creo que aún podemos mejorar: no se trata de ser mitad y mitad en los grupos, sino de ver más allá del género y valorar lo que hay dentro. ¿No sería bonito? *Esta columna también fue publicada en El Espectador el 10 de diciembre de 2023.
- El piloto del C-130 Hércules FAC 1005
El coronel de la Fuerza Aérea Colombiana, Guillermo Navia, fue escogido como superior al mando de la tripulación colombiana que aterrizó en la Antártida. El piloto del C-130 Hércules FAC 1005 Luisa Fernanda Moreno Rodríguez El coronel de la Fuerza Aérea Colombiana, Guillermo Navia, fue escogido como superior al mando de la tripulación colombiana que aterrizó en la Antártida. Disponible en Pulzo Getty Su teléfono sonó. La voz del general comandante de la Fuerza Aérea Colombiana Guillermo León León le anunciaba la noticia. Esa noche, el coronel Ramírez Navia no pudo dormir de la emoción. Sólo habían pasado tres meses desde que fue solo como observador a la Antártida, gracias a la Fuerza Aérea Chilena. En horas de la mañana Guillermo y la tripulación, que constaba de 13 Oficiales y Suboficiales de la Fuerza Aérea Colombiana (FAC), se encontraban en el Comando Aéreo de Transporte Militar (CATAM), para dar inicio a lo que sería la travesía que marcó su carrera como piloto militar colombiano. La FAC se enfrentaba a un gran reto. No cualquiera podía tomar las riendas de una misión tan importante como lo era la Campaña Antártida. Para la selección, los postulados, entre los cuales se encontraba el coronel, tuvieron que pasar por una serie de entrenamientos previos impuestos por la Fuerza Aérea Chilena para que la tripulación escogida estuviera en la capacidad de hacer un vuelo autónomo. “Cumplir los requisitos principales, ser un gran humano y profesional, el liderazgo y compromiso hicieron que depositara mi confianza en el coronel Ramírez Navia”, dijo el comandante de la Fuerza Aérea. “Sin duda tomé la mejor decisión”. Este huilense de 44 años, quien desde enero de 2019 trabaja como piloto comercial en Regional Express Americas de Avianca Holdings en Colombia, desde muy niño había sentido atracción por la vida militar, en especial por las armas y los aviones. Gracias a los consejos de un tío que trabajaba en la Policía Nacional, llevó a Guillermo a decidirse por lo que fue su carrera en la Fuerza Aérea Colombiana desde los 17 años. Con una trayectoria excelente, el piloto cumplió una a una las tareas asignadas pasando por diferentes cargos especiales y teniendo la oportunidad de volar aviones como el T41, Mentor T34, T27 Super Tucano, OV10, Mirage M5 y por último el avión que lo llevó a cumplir la misión: C130 Hércules. Pese a su nerviosismo y sus movimientos pausados, el coronel transmitió en su tono de voz la emoción y el orgullo que vivió durante su experiencia. Su overol verde, con los parches de la bandera colombiana y el escudo insignia de la misión, adherido a su cuerpo alto y delgado, reflejaba el amor que tenía por servir a la patria: comprometido y dispuesto a cumplir en su labor. En su cara, ovalada, se notó la euforia. A la vez sus ojos almendrados brillaban y sus manos grandes de tez trigueña estuvieron inquietas. La ceremonia de despedida había iniciado; el coronel recibiendo la bandera de Colombia sabía la responsabilidad que cargaría y que de él dependería el éxito de la misión. Dentro de la aeronave, C-130 Hércules FAC 1005, se realizó el respectivo ‘briefing’ o recuento para verificar que todo estuviera en orden. Sentado en el lugar del piloto, Guillermo, con cautela, empezó a hacer el chequeo de controles junto con el copiloto, el teniente coronel Julián Marín Sinisterra, con el cual tenía constante comunicación. La misión tenía una duración de 12 días en total, del 29 de enero al 10 de febrero de 2015, comenzando en la ciudad de Bogotá donde partirían hacia el primer destino: Antofagasta, Chile, con un vuelo de aproximadamente seis horas. Allí se quedarían una noche para tanquear y descansar. – Fuerza Aérea 1005, en posición, listos para el despegue, dijo el piloto. -FAC 1005, autorizado para despegar, viento en calma, afirmó la torre de control del aeropuerto el Dorado de Bogotá. Y en la carrera de despegue, con sus cuatro poderosos motores T56 impulsando al majestuoso Hércules, indicaban que el continente blanco estaba cada vez más cerca para Guillermo. Al día siguiente, la tripulación iba rumbo a Santiago de Chile, en donde, una hora de vuelo después, al llegar, se encontraron con la tripulación militar chilena que los acompañaría y les daría las instrucciones para llegar al último destino: La Antártida. Antes de partir, el comandante debía repasar de nuevo los procedimientos operacionales de la misión, los temas técnicos de la aeronave, para saber en qué condiciones volarían, cuál debía ser el nivel de vuelo para poder llegar a Punta Arenas, su última escala antes de dirigirse al sur del mundo. “El liderazgo del coronel fue sumamente positivo”, dijo su compañero de vuelo. Con constante comunicación con las personas encargadas de meteorología, el coronel, en este nuevo punto, tuvo que coordinar un carreteo correcto y condiciones óptimas tanto de despegue como de aterrizaje. Llegó el día. Por fin: el primer piloto colombiano en volar y aterrizar a la Antártida había emprendido vuelo. Su sonrisa no podía ser más grande. Estaba a tan sólo 50 millas (lo que equivale a 80.4672 Km) de la pista de aterrizaje del aeropuerto TE. Rodolfo Marsh. Nivelados a 20.000 pies, listo para el descenso, inició comunicación con su tripulación y la torre de control esperaba con éxito su llegada. – Ok, preparados, iniciamos nuestro descenso para hacer historia; primer aterrizaje en la Antártida. Tengo campo, iniciamos aproximación para aterrizar, tren de aterrizaje abajo y lista de chequeo, pista a la vista, dijo el piloto. -Recibido, FAC 1005, está autorizado a efectuar su primer aterrizaje en terreno Antártico, respondió la torre de control. -Recibido, dijo el Coronel. -1000 pies, lista de chequeo completa para nuestro aterrizaje, veo la pista, Indicó Guillermo a la tripulación. El coronel lo había logrado: “la sensación de aterrizar por primera vez en el continente blanco es única dado que era la primera vez que un avión de la FAC y tripulantes colombianos llegaban a ese territorio, esto no tiene comparación con otras sensaciones que despiertan adrenalina cuando se apoya con aeronaves de combate a tropas de superficie en tierra”, expresó el piloto. Había emoción total en la cabina. Aplausos, sonrisas y saludos reflejaban el éxito rotundo de la misión. -Bienvenido a la Antártida, FAC 1005, dijo la torre. Todo era blanco: nieve. El frío recorría todo su cuerpo. Era verano, la temperatura oscilaba entre los -5 a -10 °C, pero la sensación térmica del coronel era de -20. Su cuerpo se congelaba: le dolían los dedos de las manos, afortunadamente siguió los parámetros de vestimenta: camisa, overol, guantes, pasamontañas, gorro, chaqueta térmica; y así logró calmar un poco el frío. Desde Colombia la familia del Coronel, con el sentimiento intacto, ansiaba todos los días encender el televisor y encontrar información nueva acerca de su héroe en dicha misión. “Yo era loca para ver las noticias. Siempre estaba pendiente. Cuando ‘el negro’ me avisaba que iban a pasar algo, yo estaba lista para grabar. Era muy emocionante”, afirmó Gloria Romero, esposa de Guillermo, que junto a sus orgullosas hijas ansiaban el momento de ver a su papá triunfando. Conocer pingüinos y leones marinos, jugar en la nieve como un niño, ver cuando se ocultaba el sol y dormir una noche en la Antártida fueron momentos mágicos para Guillermo. “Mi coronel era una persona seria en su trabajo, pero verlo en la nieve jugando demostraba en él un verdadero líder que sin perder su norte disfrutaba los momentos”, expresó la teniente Ana Castillo, periodista tripulante que acompañaba la misión. El día del regreso, a las 12 del mediodía, partió el Hércules, que superando la prueba siguió la misma ruta: Antártida, Chile y Bogotá. El piloto llegó a su hogar con una cava llena de hielo como recuerdo. Satisfecho.
- Las clásicas, de vuelta a la ciclovía
Las clásicas, de vuelta a la ciclovía Joselín Cuartas Barrios, Comunicación Social y Periodismo Fecha: La ciclovía de Bogotá, la más grande del mundo, es un espacio para la cultura y el deporte en el que se mueven los Cachacos Club, un grupo que ha resucitado las bicicletas clásicas y antiguas. Lea también: Bogotá, ¿la Capital Mundial de la Bicicleta? Compartir Foto: Foto: Joselín Cuartas Barrios Desde las 3:00 de la madrugada, las cuadrillas del Instituto Distrital de Recreación y Deporte preparaban los más de 120 kilómetros para recibir a miles de personas. 700 vallas anunciaban los cierres viales y entre 6 a 9 mil conos naranjas adornaban el asfalto. Ese fin de semana, los asistentes a la ciclovía recorrieron en patines, patinetas, caminando y, cómo no, en bicicleta, la Bakatá de los Muiscas y Chibchas, nombre con el que habían bautizado a la capital colombiana. Este espacio se vive desde el domingo 15 de diciembre de 1974 cuando el colectivo ‘Procicla’ organizó un primer acercamiento a lo que hoy se conoce como ‘Ciclovía’ . Alrededor de 5 mil capitalinos se tomaron las carreras 7° y 13° como una forma de manifestarse en contra de la falta de espacios recreativos y de deporte, pero también por el incremento de vehículos y su efecto contaminante. Tomaron sus bicis dispuestos a hacer de las vías un escenario de protesta y, a punta de pedal, lo lograron. El hecho quedó registrado en el periódico El Tiempo, el cual titularía el suceso días después como “El Mitin a favor de la cicla”. Pero es hasta 1976 cuando, gracias al alcalde Luis Prieto Ocampo, se expidieron los decretos 566 y 567; estos ofrecieron distinciones entre las ciclorrutas (vías destinadas para transporte diario) y las ciclovías (un evento abierto los fines de semana y festivos). Aquel domingo la ciclovía no solo se recorría en bici, también sonaba, olía, se sentía. Se escuchaba la cumbia en los tambores de inmigrantes venezolanos que se ubicaban en la popular Carrera Séptima pidiendo alguna colaboración. Estaban quienes preferían la salsa y lucir disfraces del inolvidable Chespirito. Otros se dedicaban a vender mangos en tiras, piñas y patillas en cuadros. Olía al centro de Bogotá; un olor que se paseaba entre lo embriagante del café recién preparado y lo desagradable de la combinación de perfumes, alientos y comidas. “La ciclovía brinda la posibilidad de un intercambio cultural”, manifiesta Bibiana Sarmiento, Coordinadora distrital del Programa Ciclovía. Para ella en este espacio no existe distinción de estrato económico, raza o condición. Bernardo López, biciusuario, comparte esta opinión. Mientras pedaleaba con rumbo al Parque Nacional, se encontró con personas de todas las razas, religiones y filiaciones políticas; sin embargo, él vio más allá de eso. Vio a personas que descubrieron un escape de la rutina: la bicicleta, un objeto lleno de historias. Y ahí estaba. Una cicla Monark, modelo Mirim, del año 1978. Su color azul rey brillante permanecía casi intacto a pesar de los años, adornada con rayas blancas y naranjas, con dos ruedas y dos rodachines. Ahí, rodeada entre otras bicicletas clásicas más grandes, la Monark se robó las miradas de los asistentes a la exposición que tuvo lugar en la Biblioteca Pública Virgilio Barco. De repente, un hombre se detuvo frente a ella. “De pequeña tuviste una igualita a esta”, dijo aquel. Le hablaba a quien, al parecer, era su hija. Esas historias, esos recuerdos, vuelven a la vida gracias a Cachacos Club, un colectivo capitalino de bicicletas clásicas, antiguas y vintage dedicado a fomentar el uso de la bicicleta desde la memoria. “Pienso que es una gran labor la que estamos haciendo al rescatar toda esta historia”, afirma Alexander, quien aún se sorprende cuando Cachacos Club logra que alguien “saque sus bicis, las desempolve, y vuelva a usarlas”. Alexander respira la pasión por las bicicletas. En la sala de su casa se encuentra exhibida una Penny Farting de 1887, que trajo desde Francia hace tres meses. Hecha de metal y compuesta por dos llantas, una de un tamaño notablemente mayor a la otra, esta bicicleta es exótica para los ojos de cualquiera. Y es que aún, muy a pesar del viaje y de los años, conserva su pintura negra y una lámpara que enciende con pequeños destellos verdes en los bordes. Alexander agarró los mangos de la bicicleta, tomó impulso y logró sentarse en el sillín. Ver a Alexander montar la Penny Farting era todo un placer visual. El girar de los delgados tubos negros al interior de la rueda grande era hipnotizante. Alexander evitaba girar, pues le quedó de experiencia que contra la Penny Farting no le es posible ganar, la rueda más grande podía sacarlo por completo del sillín solo con un movimiento y tumbarlo de la bicicleta. “Nuestro club inició solamente con una persona: yo”, cuenta Alexander Gacharná entre risas. Es un ingeniero de sistemas que decidió fundar y ser el presidente de un club cuyos miembros están unidos por la pasión a las ciclas. Desde Procicla, el primer colectivo que dio origen a la Ciclovía hasta Cachacos Club, uno de los 21 colectivos urbanos de Bogotá, hay un sinnúmero de grupos de personas aficionadas a la bicicleta, cada uno con distintos enfoques. En Sabana Centro se encuentra Clásicas del Zipa que, a través de las clásicas, busca que las familias vuelvan a vivir esas épocas bonitas del pasado. En palabras de Fabián Rojas, su fundador, “todo el que va en bicicleta tiene una historia”. Historias como la que tiene el nombre de este colectivo, propuesto por Óscar Goyes como un reconocimiento a Efraín ‘El Zipa’ Forero, el primer ganador de la Vuelta a Colombia proveniente del municipio de Zipaquirá. Y más allá de las montañas que encierran el departamento de Cundinamarca, en la Costa Caribe, Raúl Medina fundó en marzo de 2010 Bielaquilla, un colectivo que inició en una reunión de amigos hace ocho años. “Salíamos los fines de semana hacia el sector de las playas de Salgar y Puerto Colombia y nos regresábamos. Un día nos sentamos en un quiosco en la playa y empezamos a tomarnos esto más en serio”. De quince personas pasaron a 800 en un mes; creció como una bola de nieve que cae colina abajo. Aunque en Bogotá hay muchos colectivos, son pocos los que son reconocidos como clubes, Cachacos Club es uno de ellos. Registrado ante la Cámara de Comercio como ‘Corporación Cachacos Club’, este grupo busca fomentar el uso de la bicicleta para descontaminar la ciudad, preservar el medio ambiente, conservar las bicicletas y su historia, pero, sobre todo, pasarla bien. El amor de Alexander por las bicicletas viene desde cuando era apenas un niño y se interesó por la Chopper. En aquella época, en la que los vecinos se reunían en las tiendas y los amigos del ‘parche’ jugaban en las calles, quien tenía esa bicicleta era el más afortunado del mundo, puesto que era la bicicleta de moda, la más popular para los niños de su generación. Su padre le compró una de esas Choppers, estaba en mal estado, pero para él fue el mejor de los regalos. Años después, Alexander conseguiría seis ejemplares más de estas y les daría vida nuevamente. Yensi Fonseca, su esposa, sonríe al verlo contar aquella historia, pues comparte su pasión y el amor por las bicicletas; además, juntos han rodado cientos de kilómetros. Tantos kilómetros como los que tiene la ciclovía, que son alrededor de 120, cuyas vías principales son la carrera 7ª, carrera 15, calle 116, Avenida Boyacá y Avenida Calle 26 y cruzan 17 de las 20 localidades de Bogotá. En estos, predominaba el color naranja durante el mes de abril cuando la Embajada Holandesa tomó la ciclovía como sede del ‘Hola Holanda es bici’, un escenario en el que la cultura colombiana y holandesa se dieron cita. “Claro, la bicicleta se puede volver un ícono y se puede volver parte de la cultura, pero hay que mantenerlo y promocionarlo, que los políticos y la ciudad la consideren como algo propio”, pide Carolina Ramos, consultora de la Embajada Holandesa para Latinoamérica y África. Ella explica que Holanda se convirtió en uno de los países propicios para hablar de transporte integral gracias al Approach Bottom-Up; es decir, a partir de la capacidad de la comunidad para apropiarse como líderes de los procesos que se dan en el país , Carolina explica: “La verdad todo esto vino del pueblo, de la gente y Bogotá debería aprender de eso, nosotros estamos acostumbrados a que en Colombia todo nos lo tienen que dar desde arriba, que el gobierno tiene que darlo”. Las ciclorrutas en Holanda funcionan con un programa que consta de tres partes: Orgware, Hardware y Software. El Orgware se encarga de reunir las empresas y entidades que contribuirán en la organización del espacio. El Hardware maneja la parte técnica; es decir, las condiciones de las vías (infraestructura) y el diseño e implementación de las ciclorrutas. Finalmente, el Software se enfoca en promover una cultura y educación de la bicicleta mediante el fomento de su uso y el respeto por el espacio de las ciclorrutas. Bogotá parece estar aprendiendo. La ciclovía se ha convertido en el espacio perfecto para compartir con la familia, divertirse, hacer deporte y descubrir que esta ciudad es más que una capital fría encerrada entre edificios. “Antes era un espacio que no tenía un objetivo específico, sino simplemente la policía cerraba las calles”, dice Bibiana Sarmiento. Ahora, “la ciclovía brinda un intercambio cultural, precisamente, donde tú sales sin distinción alguna de estrato económico, puedes ir de norte a sur, occidente a oriente; en fin, sin distinción alguna”. Con el fin de la jornada de ciclovía en Bogotá cayó la tarde, el frío se apoderó de las calles. Los camiones del IDRD se llevaron las 700 vallas que anunciaban los cierres viales y los conos naranjas con una línea blanca fluorescente que adornaban el asfalto. Los miles de asistentes de aquel domingo dejaron nuevamente los 120 kilómetros de ciclovía a disposición de los carros, Transmilenio y el afán capitalino.
- Amor en el frente
Amor en el frente María José Omaña y María Isabella Espinosa Fecha: La lucha no solo se libra desde el campo de batalla, en medio de heridos y municiones. Se libra, en muchas ocasiones, desde la distancia, en la oscuridad, de rodillas y con lágrimas en los ojos mientras se recitan plegarias, esperando eternamente para que ese esposo y compañero vuelva a casa. Lea también: Arte nómada Compartir Foto: María José Omaña | Dedicatoria Penélope viaja con Ulises El sonido de las botas a lo lejos entra por la pequeña puerta de la habitación. Las chicharras unen su canto a lo que podría ser el himno nacional. Ana se levanta de la cama y afina el oído. Realmente es el himno. La brigada prepara su día. Ana sale al patio de la casa. La sala de estar aún tiene 12 cajas de las 16 que trajeron, todavía sin desempacar. La mira pensando en el trabajo que le espera el resto de la tarde. La mañana no fue productiva porque los 32 grados de temperatura no le permitieron hacer mucho. El sol se esconde, y José aún no va a la casa. Una foto del año 1999, del día de su matrimonio, se asoma entre las mesitas de noche y las lámparas de la habitación. Ana no alcanza a tomar la foto que está en el último rincón de la caja de cartón. La caja de cartón que hoy parece ser su hogar. Están en Tame, al norte de la Orinoquía, una zona rica en petróleo en la frontera con Venezuela. Allí no solo era la sede de Occidental Petroleum , compañía estadounidense, sino el epicentro de una disputa violenta por el territorio entre los grupos armados y el Ejército colombiano. De acuerdo con Amnistía Internacional, 405 personas fueron asesinadas en Tame entre 2001 y 2003 en hechos de violencia relacionada al conflicto armado. El pueblo tenía 55 mil habitantes. El sonido de las alarmas hizo que Ana parara de intentar alcanzar la foto. La luz se fue. Los gritos aumentar. Los radios empezaron a sonar. La guerrilla estaba intentando tomarse la brigada. “Tocó salir corriendo en el carro. José llamaba a decir que éramos nosotros, que no nos dispararán. Yo pensé: se acabó el mundo”, recuerda Ana. Antes de la partida Ana conoció a José, cuando él era oficial de alto rango. La selva y los campos de batalla estaban lejos de la función que en ese entonces él cumplía dentro del Ejército. A su negrito lo rodeaban documentos, escritorios y muchas tareas pendientes. Los números de los hombres heridos y muertos en combate se reducían a eso: cifras. Nada de balas que rozaran la persona a la que cubría el uniforme de la patria. Pero llevar este uniforme no podía limitarse a la ciudad, pues en las periferias, lejos de los documentos, los escritorios y las tareas pendientes, es donde más se entona el lema de “Honor, disciplina y victoria”. Ana se graduó de Arquitectura. Le apasionaba pintar, y lo que no podía expresar con palabras lograba plasmarlo en sus lienzos. Años después, una casa color terracota frente al mar, alejada de esa guerra en la que estaba inmersa, su esposo y su familia es lo que se ve en una pintura que observa fijamente, sentada en el escritorio de su marido. Lejos de tejer de día y destejer de noche, como Penélope mientras esperaba a Ulises. Troya llama a la puerta Las luces y las guirnaldas adornaban la ciudad. Esperaban con ansias los regalos. El reloj marcaba las 12, dándole la bienvenida al 2005. Para Jerónimo, de solo 2 años, era una fecha especial: por fin sus padres estarían juntos en casa. Algo que para muchos es usual, pero que, para el pequeño Jerónimo, era un regalo mucho más importante que cualquier otro. Pero este no era el único regalo de la familia. Ana cumplía ya 8 meses de embarazo de su segunda hija. Lo que no esperaban que el fuego y la muerte tocara de nuevo sus puertas. Con tan solo 8 días de anticipación, José recibió el aviso de que sería trasladado a zona de guerra. Una zona que, precisamente en 2005, vivía una lucha cruenta entre Ejército, guerrilla y paramilitares, y en la que José debía no solo enfrentar la insurgencia, sino la posibilidad de no regresar a su hogar. 8 días. Ese fue el tiempo que tuvo Ana para despedirse. 8 días en los que el llanto se apoderó de ella frente a la posibilidad de tener que responsabilizarse de sus hijos sola y afrontar el parto con su esposo ausente. Las cifras eran, además, motivo suficiente para alarmarse. En Colombia, entre el 2002 y 2006, 20.102 personas murieron o desaparecieron por violencia sociopolítica en Colombia. De ellas, 8.810 perdieron la vida en medio de combates, de acuerdo con cifras de la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP. “Parecía una película. Ver a José caminar en la pista hacia el avión con su equipo, yo agarrada de la mano con Jerónimo y con Sara en mi barriga, no hacía más que llorar”, cuenta Ana al recordar, con los ojos aguados, el momento que significó un punto de quiebre. A lo lejos, en la pista, podía ver a quienes serían los compañeros de José durante 3 años y, a sus espaldas, estaba su familia acompañándola. Dice que sentía miedo, mucho miedo. “Le pedí a mi fortaleza de siempre: ‘Dios, ayúdame. José se va a cumplir su misión. Llévalo y tráelo con bien que yo aquí me fortalezco’”, imploraba Ana. “O sigo llorando toda mi vida, o me calmo aquí ya”, era lo que se repetía para conseguir la valentía que en ese momento no tenía. Pero apretando profundo la mano a su hijo, supo que la tendría. Sin embargo, ese vigor flaqueó por el camino, especialmente cada vez que tenían que volver a despedirse de José cuando venía de licencia y de visita, que no eran habituales. Lo que golpea en cualquier despedida es la incertidumbre de no saber si habrá un próximo encuentro. “Al despedirnos, siempre esperaba hasta el último momento, cuando se perdía a lo lejos”, cuenta Jerónimo todavía con desasosiego. La ausencia de Ulises Pasaba el tiempo. Ana criaba a sus hijos en Bogotá y José se conectaba con ellos desde lejos con pequeños detalles. Los niños iban creciendo y Ana se afianzaba en su nueva cotidianidad. Aunque esa primera infancia de sus hijos estuvo sola, tuvo una red de apoyo: su madre, sus primas, sus suegros y familiares. José, por su parte, lograba mantener a los suyos a su lado por medio de fotos que evidenciaban su transformación, quizás intentando que los niños no lo vieran como un extraño en cada encuentro. Los pocos días que volvía de visita recargaban a la familia y les permitía adaptarse a esa forma de convivencia inusual. “José estuvo siempre muy presente, siempre muy presente”, recuerda Ana. Sin embargo, siendo muy pequeño y estando rodeado de niños cuyos padres no tenían una misión como la de José, a Jerónimo le costaba comprender la ausencia del suyo, sobre todo en las fechas significativas. Luego de ver tantas veces su silla vacía y las cartas de felicitaciones entregadas con meses de retraso, el pequeño prefería quedarse en casa para evitar el dolor que le provocaba saber que su padre, a quien admiraba y consideraba su héroe, no podía acompañarlo. Jerónimo recuerda la emoción que sentía cada vez que veía a alguien portando un uniforme camuflado, porque podía ser José. Siendo niño, vio uno con su apellido bordado en hilo plateado en el pecho en la puerta de su colegio un Día del Padre. Jerónimo sintió que su corazón se detuvo. “¿Será él?", pensó. Estaba feliz porque finalmente lo acompañaría en una celebración, algo que había deseado tanto. Corrió lleno de emoción dispuesto a reencontrarse con su él, pero, al llegar, se derrumbó. Ese no era su papá, sino un familiar de un compañero, que ha tenido cargos administrativos, que le permitían estar siempre en Bogotá, “Para mí era muy difícil verlo porque portaba un uniforme que decía mi apellido, pero no era mi papá”. Novedades en el frente Al compararse con sus compañeros, Jerónimo siempre sentía lo distinta que era su vida familiar. "Mis vacaciones estaban marcadas por el lugar donde estuviera destinado mi papá. Donde él estuviera, nosotros llegábamos”. Es así como, en la navidad del 2017, la familia decidió visitar a José en Norte de Santander. Semanas después del “¡Feliz año!” cuando el batallón en el que se encontraba la familia fue atacado con cilindros bomba. José recibía mensajes a través de su radio, y la amenaza del enemigo se sentía cada vez más cerca. “ Tienen que salir ya de aquí", le informó José a su esposa en medio del caos, sumido en la angustia de saber que su familia estaba en peligro. Llevándose las manos a la cabeza recibieron la noticia de que no había helicópteros disponibles para sacar a su familia del pueblo. Debían atravesar el pueblo en carro para llegar a la pista aérea más cercana, pasando por las zonas que gobernaban los grupos armados que los atacaban. Ya de camino, las llantas de más de 5 carros que componían la caravana que protegía a la familia levantaban con su velocidad nubes de arena que intentaban esconder aún más la identidad de los pasajeros. José se encontraba en el asiento de copiloto y, en la parte de atrás, estaba Ana y sus dos hijos. “Me daba mucho miedo la manera en las que las personas se quedaban viendo los carros. Ellos sabían que mi papá estaba ahí”, recuerda Jerónimo. Cualquiera podía anunciar su paradero a los criminales que lo habían amenazado de muerte. "¡Ahora!”, exclamó José, e inmediatamente Ana sujetó con fuerza las cabezas de Jerónimo y Sara, obligándolos a esconderse aún más y acurrucarse junto a ella pues, cuanto más se aproximaban al pueblo, mayor era la posibilidad de atentado. Finalmente, José logró dejar a su familia, sana y salva, en la pista del pueblo, donde tomarían un avión que los llevaría a la seguridad de la capital. Otra vez se repetía la historia de las despedidas, pero esta se hizo más dolorosa, porque por primera vez habían vivido en carne propia los peligros a los que el padre de esta familia se enfrentaba todos los días. “Lo único que mi papá nos pedía era rezar por todos los soldados que estaban heridos o que habían muerto, y nos pedía que rezáramos por él cuando estaba en combate”, cuenta Jerónimo. “A través de la oración nos uníamos a lo que él hacía". Ítaca, el paraíso Los años siguieron pasando. Jerónimo y Sara, ya en la universidad, recompensaban todos los esfuerzos y obstáculos que Ana había tenido que sobrellevar. “Ya esa misión que teníamos como padres, la misión de formar, misión de levantar a nuestros hijos, estaba cumplida. Ya la responsabilidad de vivir la libertad con sabiduría, con equivocaciones, con logros, es de cada uno de ellos”, afirma Ana, con la nostalgia propia de las madres. En esta nueva etapa, ella realmente anhela tener a José a su lado, para empezar a envejecer juntos. Al finalizar la pandemia, lo llegó a ver como una posibilidad real. Por su antigüedad en el Ejército, José venía recibiendo cargos cada vez más tranquilos, seguros y, principalmente, con sede en Bogotá, lo que les permitió estar juntos por mucho tiempo. Pudieron vislumbrar su retiro y, con él, el regreso al origen. Pero en 2022 ella entendió que esto estaba lejos de ser su realidad. José fue llamado de nuevo al servicio, lo que incluyó viajar fuera del país, lo cual ha disminuido, aún más, el tiempo con su esposa y sus hijos. “Ahí si casi colapsé. Ya en este punto de la vida y, todavía, José fuera de la casa…” se lamenta Ana. “Pero aquí seguimos por el amor a su patria”. José hace estos sacrificios por proteger al país que tanto ama, pero a Ana le cuesta no sentir angustia. Dice que se desespera todavía cada vez que se despiden. “Mi mamá ya quiere descansar”, sostiene su hijo Jerónimo. "Tener que empacarle la maleta a su esposo nuevamente, cuando él ya había regresado, le dolió mucho. No quiere quedarse sola otra vez”. Ella no es como la Penélope de la Odisea, que esperaba a Ulises tejiendo la red durante el día y destejiéndola en las noches, pero a veces así se siente. Después de 40 años de servicio, ahora la pregunta es qué vendrá para ellos. Ana espera que José, como Ulises, logre el regreso total a su familia, para completar ese hogar incompleto. Y que, con suerte y tiempo, se cumpla la casa terracota frente al mar, la que sostiene en una pared de su oficina. Nota: Los nombres fueron ocultados por la seguridad de las fuentes.
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