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  • Calle Larga: el dramático ejemplo de los barrios informales en Colombia

    Calle Larga: el dramático ejemplo de los barrios informales en Colombia Luna Andrea Nieto Navarro, estudiante de Comunicación Social y Periodismo Fecha: La alcaldía de Montería realizará reubicaciones, pero solo algunas familias de la invasión obtendrán nuevas viviendas Lea también: Héroes de la basura Compartir Foto: Las luces de ‘Calle Larga’ se apagan faltando cinco minutos para las seis. La Familia Berrocal comienza su rutina como casi todos los días. Rosilda Espitia duerme mientras sus hijos se preparan para la jornada. Diego, de 16 años, se alista para ir a cursar grado sexto; Dina, de 20, no se alista para ir con su hermano, porque dejó el colegio, ahora trabaja vendiendo frutas y verduras en la tienda que está pegada a su casa. Álex es el mayor, y también de los pocos en todo el barrio que va a la universidad. Si hay comida suficiente, Alexis Berrocal prepara el desayuno para sus hijos antes de irse a trabajar de manera informal, al igual que el 59,8% de los habitantes de la ciudad de Montería. El techo de zinc cubre los escasos metros cuadrados de la casa, exceptuando el patio que da al famoso canal del barrio, a donde van a parar toda la basura y los desechos de los vecinos. Los Berrocal construyeron su casa con lo que pudieron, como el resto de los habitantes del barrio Ranchos del Inat, o como la gente le dice popularmente, ‘Calle Larga’. ´Calle Ladgga’, como lo pronuncian con acento costeño, mide 3 kilómetros y 400 metros, aproximadamente. Se extiende como una línea recta dividida, casi por la mitad, donde los primeros 1.8 kilómetros están pavimentados, y los últimos 1,6 sin pavimentar. La calle no es más que una larga calzada que sirve como carril para los peatones y los vehículos. A su derecha, se extienden potreros abandonados y alguna que otra finca. A mitad de camino, se encuentran las lagunas de oxidación, que marcan el final de la zona con pavimento y el comienzo de la carretera cubierta por tierra arenosa y piedras, que te hacen tropezar al caminar. A su izquierda, está la invasión, las casas que comenzaron a conformar ‘Calle Larga’ desde 1985. Cientos de personas han llegado desde entonces, y la invasión no ha dejado de crecer. En Montería, a 754 kilómetros al noroccidente de la capital de Colombia, hay múltiples invasiones, y la de ‘Calle Larga’ es una de las más antiguas. Hay casas que tienen más de 20 años, pero han sido reconstruidas muchas veces, porque, en invierno, las lluvias arrasan con todo; a pesar de que el calor invade la ciudad con 33 grados centígrados casi todos los días. En ambos lados de ‘Calle Larga’ se vive de manera muy peculiar. Los Berrocal habitan en la parte no pavimentada, la que queda más al norte, al igual que otra vecina del barrio, ‘Doña Marta’. Décadas atrás, Marta Agámez se encontraba en Bello, Antioquia. Ante sus ojos, ardía el fuego sobre las casas del pueblo en el que vivía, y, desplazada por la violencia, se fue con sus hijos hasta llegar a Montería. Hoy, ‘Doña Marta’ recibe a Dina Berrocal con una sonrisa cuando la visita, al igual que a todo aquel que se le acerque. Sentada en una silla de madera y con los pies en chanclas, reposa en la puerta de su casa con sus nietos, que juegan cartas. En esa parte no pavimentada solo suelen pasar motos y personas, casi no hay flujo de vehículos; así que Marta y sus nietos se sientan pegados a la carretera para sentir la brisa. Ella fue de las primeras personas en llegar a la invasión y, cuando lo cuenta, dice que ni siquiera era una invasión, y que ella paga 1 millón de pesos por su lote. Su hijo es el líder de esa zona del barrio, le dicen ‘El Dindo’, nadie sabe por qué. Encontrar a ‘El Dindo’ los viernes es complicado; y de sábado a lunes, imposible. Como muchos de los hombres del barrio, pasa bastante tiempo en uno de los bares que montaron en la invasión, negocios informales construidos igual que las casas, con lo que se pudo. En calle larga, la mayoría de las familias están en pobreza o pobreza extrema, pero, aun así, en algunas parece no faltar dinero para el alcohol. Al igual que ‘Doña Marta’ y ‘El Dindo’, muchas personas son desplazadas por la violencia, sobre todo de Antioquia, a pesar de que no se conoce la cifra exacta porque no se hacían censos en la zona desde 2015. Los desplazados llegaron a la invasión porque no tenían a dónde más ir. Yorladis Correa, mamá de 4 hijos, es uno de esos rostros que presenciaron la violencia y el desplazamiento. Yorladis todavía recuerda las cabezas decapitadas, y a su hermano de pocos meses muerto, todos asesinados, no se sabe si por la guerrilla o por los paramilitares. Fue desplazada cuando era niña y llegó con su familia al departamento de Córdoba, a la casa de su abuela. Todo parecía estar mejorando, cuando fueron desplazados una segunda vez por la masacre de El Tomate, donde, en 1988, un grupo de paramilitares masacró a 16 personas después de incendiar el pueblo. Yorladis llegó a la invasión y se acomodó sin pagar nada, y, a pesar de haber experimentado la escasez de agua, la alta contaminación y el peligro que hay en el canal que está pegado a todas las casas, dice que nunca ha pensado en irse de Calle Larga, que está bien ahí. Yorladis es de las pocas que piensa eso en el barrio, pero se debe a que en ‘Calle Larga’ no se paga por el agua, porque sale de una manguera comunitaria donada por Veolia, la empresa dueña de esas lagunas de oxidación que no están ni muy al norte, ni muy al sur, sino en la mitad, entre el pavimento y la tierra. El recibo de la luz llega por 18 mil pesos colombianos, y si se le sube mucho, Yorladis puede llamar a pedir rebaja. El único sustento que obtiene la familia viene de su esposo, que es mototaxista; ella se acaba de curar de cáncer de útero y no puede trabajar. Tienen que gastar en comidas y útiles escolares para 4 hijos, así que no se pueden permitir pagar esos servicios básicos fuera de la invasión. Varias familias llevan en la invasión mucho tiempo. Doña Marta narra con tristeza que la última vez que el gobierno reubicó a personas del barrio para darles viviendas dignas fue hace 6 años, cuando otros gobiernos regalaron casas en varios barrios como El Recuerdo, La Gloria o Nueva Belén. Marta siempre cuenta todo entre risas, pero se puede ver la resignación y el dolor en sus palabras cuando cuenta que debe recoger el agua por la noche, y que tiene la certeza de que se va a morir sin haber tenido una casa digna. — Yo lo que no entiendo es por qué sacaron a las personas nuevas, les dieron casa, y dejaron aquí a los viejitos, gente que llevábamos aguantando aquí años. Los políticos siempre vienen acá a pedir votos diciendo que le van a arreglar el problema a uno. ¡Y qué va, puro embuste! A mí Marcos Daniel – el alcalde de ese entonces – me dijo, aquí en la puerta de mi casa, que me iban a dar mi vivienda en 15 días, pero acá sigo esperándola. El gobierno local responde a esto contextualizando que no hay recursos para reubicar a todas las invasiones de Montería. A pesar de esas casas que regalaron otros gobiernos, aún faltan miles de personas que no entraron en esos proyectos. Germán Quintero, secretario de Infraestructura, lleva tiempo trabajando en el proyecto de este gobierno para darles viviendas de la Alcaldía a los habitantes de ‘Calle Larga’. Quintero explica que es un proyecto subsidiado, donde la Alcaldía y el Ministerio de Vivienda financiarán un porcentaje aún no fijado, y los habitantes tendrán que pagar el resto, a través de una cooperativa. Ya no hay casas regaladas. Muchas personas que fueron reubicadas en otros años regresaron a la invasión porque no podían pagar los servicios, y no se hizo un seguimiento de qué pasó con las familias una vez reubicadas. Por el proyecto previsto para este año, el Concejo aprobó la compra de un lote de 2 hectáreas con los 60 mil millones que tiene la administración de presupuesto al año. El concejal Juan Humberto Rois señala que es necesaria la compra del lote para la invasión y el Concejo está trabajando en conjunto con la Alcaldía para realizar más reubicaciones. En este lote se van a construir 150 viviendas del proyecto. Ni los Berrocal, ni Yorladis, ni ‘Doña Marta’, van a recibir ninguna de esas viviendas. Ni ellos, ni ninguno de los habitantes de la zona que no tiene concreto sobre la calzada. En ‘Calle Larga’ hay alrededor de 5.200 viviendas, por lo que no hay casas para todos. Decía Ricardo Menéndez que lo más aterrador del absurdo, a fin de cuentas, es que posea su propia lógica. En un país como Colombia, donde se construyen eternos proyectos de metro sin un solo ferrocarril, donde los presos solicitan la libertad de los acusados y donde se otorgan licencias para explotar los más bellos paisajes, como Caño Cristales; lo que determina si la gente recibe su vivienda o no, es el pavimento de la calzada que no tiene su calle. El absurdo es la lógica. En el reciente Plan de Ordenamiento Territorial se esclarece que la reubicación es necesaria para poder construir un parque ecológico donde ahora se encuentran las casas. El parque ayudará a hacer la zona pavimentada más atractiva, por eso la parte que no tiene concreto de ‘Calle Larga’ no entra en el proyecto de reubicación, y sus habitantes no obtendrán una solución por parte del gobierno local. ‘Doña Marta’ estaría recibiendo su vivienda si tan solo, 20 años atrás, hubiese escogido un lote un poco más al sur. Alba Cogollo llegó hace siete años a Ranchos del Inat, y, después de un tiempo, fue elegida como secretaria de la Junta de Acción Comunal para representar a los vecinos de la zona que tiene pavimento, del otro lado de la calle. Alba no puede sentarse en la puerta de su casa como ‘Doña Marta’, porque podría pasar un carro, o una moto, muy cerca que genere un accidente. Alba le ha manifestado a la Alcaldía la importancia de que en este nuevo proyecto se reubiquen a las personas que tienen más antigüedad en la invasión y que tengan más necesidades, como son los casos de la señora Ana Bedoya o la familia Cordero. Ana Bedoya lleva 28 años viviendo en ‘Calle Larga’. Cada vez que habla de sus condiciones de vida no puede evitar llorar. Su hijo murió después de caerse al canal que hay pegado a las casas y tragar de su agua. Nunca la han reubicado, y en su casa apenas hay espacio para caminar. Ella no puede trabajar, y no tiene ingresos fijos, así que no sabe para dónde ir, ni cómo será capaz de poder pagar su parte de la casa subsidiada que propone la Alcaldía. La familia Cordero tiene 4 niños que alimentar y proteger cada vez que el canal lleno de desechos se desborda por las lluvias y la casa se llena de sapos y culebras. El agua le genera irritación a la piel de los niños. Esas 150 casas dan una pequeña esperanza a unas pocas familias, pero dejan a otros miles a la espera de una respuesta. El Secretario de Infraestructura asegura que se avecinan muchos problemas de orden social, pues las reubicaciones traen consigo aumento en la violencia intrafamiliar por los problemas de convivencia en las nuevas casas, como ya ha ocurrido en anteriores reubicaciones; problemas que la Secretaría de Gobierno, cuyo secretario renunció hace una semana, debería vigilar con lupa. En concreto, el problema persiste y, según estudios antropológicos como el de la Universidad de Antioquia, entre más tiempo pasa, más se ahondan las calamidades para todas esas familias, que recibirán la misma herencia de generación en generación. Dina seguirá atendiendo la tienda cada día y Alexis preparará comida, si es que la hay; Yorladis seguirá recogiendo agua de la manguera; Marta seguirá esperando su vivienda digna; y las luces de Calle Larga se volverán a apagar faltando cinco minutos para las seis.

  • ¡Moñona, sumercé! Se aprende y se pasa bueno

    La profesora Gladys Gómez utiliza el popular juego para transmitir los conocimientos a estudiantes de primaria. ¡Moñona, sumercé! Se aprende y se pasa bueno Laura Tatiana Rocha Barrera La profesora Gladys Gómez utiliza el popular juego para transmitir los conocimientos a estudiantes de primaria. Disponible en Pulzo Laura Tatiana Rocha Barrera Con un disco de oro en mano, el cacique Pedro Naizaque fue hace más de 500 años uno de los representantes de una actividad cultural nombrada como turmequé. El pasatiempo consistía en lanzar un disco de oro, y el cacique que lo aventara más lejos ganaba el torneo o partida. El nombre del municipio (Turmequé) donde jugaban los caciques es el mismo con el que bautizaron el deporte, procede del idioma muisca y su significado es jefe vigoroso o gran cacique vigoroso. Sin embargo, en la actualidad se le conoce mayormente como tejo (mismo disco de hierro que es necesario para jugar). Con la conquista española, en 1537 llegó a Turmequé la religión cristiana-católica que instauró la monogamia entre los pobladores. Esto obligó al cacique a elegir una sola esposa entre sus 7 compañeras. A todas les propuso jugar tejo, y la que triunfara podría contraer matrimonio con él. La ganadora fue la indígena María Lucero, quedando así como la primera mujer vencedora del primer torneo en la historia de este juego. Turmequé, de apenas 106 km², es un municipio boyacense que transmite calma, en donde los lugareños dicen que la tragedia más grave ha sido una estrellada de un vehículo. Las oficinas y puntos más importantes, en este pueblo, están separados entre sí por apenas unos cuantos pasos. Por ejemplo, accediendo al parque central se encuentran juntos la Alcaldía, la institución educativa Diego de Torres y la parroquia. Los lugares que quedan en la pasividad de ese parque tienen vista a tres de cinco esculturas. La del Cacique Diego de Torres, quien fue un defensor de los indios y llevó un memorial de agravios a España, la india María Lucero y el Cacique Turmequé, quien representa a todos los caciques que atravesaron el pueblo y la indianidad. Todas tienen un relieve que imita la forma de diferentes herramientas de trabajo y fueron esculpidas por el artista Santa María, que fue contratado por el alcalde. Luego de la conquista española, cambió la forma de jugar tejo. El vigía del pueblo, Heither Sánchez, dice que se delimitó el lanzamiento y se crearon las canchas. Ahora consta de lanzar un tejo hecho de hierro de 11 centímetros de diámetro, parecido a una roca, en una cancha que tiene una longitud de 19 metros en total y es rodeada por rejas y costales, para limpiarse las manos del barro o greda que conserva el tablero o las cajas donde tiene que caer el tejo. Así como María Lucero logró dejar huella en su pueblo, la profesora Gladys Gómez al día de hoy es una mujer que intenta no solo seguir marcando los puntos que se necesitan para ganar una disputa de tejo, sino, por medio de la pedagogía, lograr que en un futuro sus estudiantes adquieran el desempeño académico que la vida escolar les demandará. Usualmente este juego se acompaña con licor o “politas” y se conforma por parejas, tríos o grupos de cuatro personas para hacer una suma de 27 puntos y ganar. Sin embargo, los cambios de la ley 613 del 2000 —que declara al tejo como deporte nacional—hacen que la informalidad repose únicamente en las personas que practican este deporte como un pasatiempo o recreación. Ya no sería más solo un juego. Como deporte oficial se establecen normas estrictas que personas como la profesora Gómez siguen al pie de la letra. Normas que esta mujer, que a simple vista se ve de mano dura, lleva cumpliendo y enseñando más de 30 años. Cumplir con las medidas del área de juego y enseñar un deporte sano, en el que las bebidas alcohólicas no hagan parte, son algunas de ellas. La profesora enseña asignaturas como matemáticas, sociales e historia por medio del deporte a un grupo conformado por los estudiantes de los grados cero a quinto de primaria, en una vereda que queda a una hora caminando del parque central de Turmequé, y la cual es una de las cinco sedes de la institución Diego de Torres, llamada Pozonegro. Antes de salir a la práctica del deporte junto a sus pequeños alumnos, tiene en vez de un tejo, un marcador a la mano. Con este, en un tablero, explica matemáticas, refiriéndose a los puntajes que se dan en el mismo deporte. Los niños realizan sumas, multiplicaciones y divisiones con marcaciones como “la mano” (1 punto), “la mecha” (3 puntos), “embocinada” (6 puntos) y “moñona” (9 puntos). Cuando el tejo se acerca al bocín (círculo metálico ubicado en el centro de la caja de greda) es mano; cuando se revienta la mecha (triángulo de papel con pólvora dentro) es mecha; cuando queda enterrado dentro del bocín es embocinada; y es moñona cuando cae dentro del bocín y a la vez totea una mecha. Al salir a la parte trasera de la vereda, los niños se encuentran en un lugar donde pueden respirar aire puro, de campo, y donde pueden jugar mini tejo (igual al tejo, pero en canchas reducidas). Se les imprime pasión por el deporte, o al menos eso ha intentado promover la profesora Gladys entre sus estudiantes. La docente ha sido dos veces campeona nacional: en el 2000 y 2015. Así como es tan importante ser preciso a la hora de lanzar el tejo y que no caiga fuera de las cajas donde debería totear una mecha o al menos enterrarse, es mucho más importante evitar que un niño resulte herido. Por eso, la profesora decide que los niños que aún no pueden coger un tejo, y mucho menos lanzarlo, deberán jugar con conos de seguridad y fuchis (similar a una pelota de tenis, pero hecha de lana). El deporte, asociado con la asignatura de matemáticas, en el campo de juego se basa en reiterar los puntos que se enseñaron en el salón y que a la par de una jugada se vayan practicando junto a la suma de los mismos, su resta o multiplicación dependiendo de la indicación de la profesora. En cuanto a las materias de sociales e historia no hay un aprendizaje práctico, pero sí se relaciona con el tejo ya que la estrategia por medio de estas dos es generar apropiación por el deporte a través de datos curiosos. En el aspecto histórico, la importancia de la indígena María Lucero o simplemente el hecho de saber que el tejo viene desde los indígenas, y respecto a sociales, enseñar los pensamientos que antes tenían los caciques y las personas que jugaban siglos atrás y que aún algunas personas conservan. Según la profesora, “les enseño que el tejo puede significar un Dios, asociado a algo supremo, o llamado antiguamente como el sol. Cuando se lanza el tejo, significa la salida del sol y cuando el tejo cae en la greda, es la puesta del sol. ¡Ah!, y también que cuando se llega a ese final, es que la persona terminó su recorrido”. Todo se aprende mediante la experiencia y los sentidos. Según la directora en pedagogía María Hernández, entre más sentidos conectados, más aprendizaje habrá. Se genera una relación empática con el aprendizaje y se contextualiza. Por ejemplo, un niño de pueblo aprenderá más rápido con una actividad como el tejo, que preguntándole cuánto es la suma de las llantas que tiene un carro. Lo que busca Gladys es, aparte de un simple aprendizaje, que los niños logren apropiarse del deporte, pues aunque hayan nacido en el municipio de Turmequé, a las personas actualmente no les interesa. En la vereda hay dos niñas que viven muy cerca a sus hogares aledaños, Paula Morales y Lina Valero. Sin embargo, causa impresión ver que llegan al colegio y se van solas, así como los otros niños. Sus padres tienen que ejercer el trabajo de la ganadería y en lo que respecta a la educación de sus hijas, lo dejan todo en las manos de Gladys. — ¿El Gobierno o la Alcaldía , o el propio colegio transfieren recursos para los niños? —Solo el colegio me apoya, soy muy cercana al rector, pero hay veces que tengo que sacar de mi bolsillo para darle a los niños – indica Gladys. Por ejemplo, a veces llegan sin desayunar o no tienen los útiles escolares y toca colaborarles a los padres. La educación en el municipio es prácticamente gratuita, no obstante, los recursos CONPES—ayudas económicas que el Consejo Nacional de Política Económica y Social brinda a todos los municipios y distritos para que, a través de actos administrativos, sean transferidos a los Fondos de Servicios Educativos de las instituciones educativas — y las pocas ayudas de parte de la Alcaldía, ayudas que se dan por lazos amistosos entre el rector y el alcalde, dicho esto por el propio rector del colegio, no alcanzan para la totalidad de gastos. Según el concejal Jefferson Sánchez, otros municipios como Tunja sí son reconocidos ante la liga de Boyacá. Esto se da porque no hay un solo club dentro del pueblo. Los únicos que están gestionando la salida del problema son él y su padre (Heither Sánchez), quienes piensan conformar el ‘Club deportivo de alto Turmequé’. Si reciben personería jurídica podrían presionar a la liga para que dé recursos y así gestionar la creación de escuelas de formación de Tejo. La Federación Colombiana de Tejo establece que hay 23 ligas nacionales, que para tener reconocimiento deben existir por lo menos 10 clubes por municipio y que cada club debe estar compuesto por 10 personas como mínimo. Otra profesora de la institución Diego de Torres, Flor Ángela, baja el tono paulatinamente y dice apenada que no hay suficientes canchas en el municipio donde nació el tejo, donde nació ella. Comenta que los recursos los usan para útiles académicos más importantes como libros y demás y que le da melancolía saber que el deporte o la actividad del Turmequé se esté perdiendo. Aunque Gladys intenta promover el deporte y enseñar de una manera auténtica, no es suficiente para que todas las personas se motiven a pensar como ella o a actuar de una manera similar. Según el rector del colegio, Beder Núñez, no todos los profesores entrenan, ni les gusta Tejo, y además cada quien tiene su forma tradicional de enseñar. Al final de una jugada de tejo, como en cualquier deporte, se busca triunfar, ser el mejor. En otros países, como en los europeos, existen proyectos educativos desde el 2014 como el ‘European Music Portfolio: Sounding Ways into Mathematics (EMP-M)’ que han sido un éxito y consisten en elevar el nivel matemático de los estudiantes a través de la música. Por resultados efectivos y ajenos al país como este, la profesora Gladys toma ejemplo de ello y se esfuerza por no dejar desfallecer el deporte al menos en lo que respecta de su municipio, además de mantener el patrimonio del mismo. Su mayor sueño es que “sus niños” vayan a competir en torneos nacionales de tejo, poder llevarlos a Tunja para que tengan más oportunidades de competir dentro de la Liga de Boyacá y pensar en qué nuevas estrategias innovadoras para la pedagogía ella podría elaborar o proyectar.

  • 15/30: La alarmante sequía de la Laguna de Suesca

    15/30: La alarmante sequía de la Laguna de Suesca Seminario de Video, Comunicación Social y Periodismo Te contamos también cómo han aumentado las cifras de accidentalidad en viajes aéreos y cuál es el protocolo que debes seguir para desechar medicamentos vencidos o deteriorados, entre otras noticias. Ver también: 15/30: Mitos en torno a la vacuna contra el covid-19 Compartir

  • Ana María Sánchez, actriz y amiga del cine

    Además de entrañables papeles en el cine, el teatro y la televisión, Ana María ha sido directora de montajes teatrales y maestra de arte dramático. Ana María Sánchez, actriz y amiga del cine Además de entrañables papeles en el cine, el teatro y la televisión, Ana María ha sido directora de montajes teatrales y maestra de arte dramático. Compartir

  • La fuerza tras la sonrisa de una porrista

    La fuerza tras la sonrisa de una porrista Valentina Arroyave Clavijo Fecha: Sara Jiménez ofrece una visión del porrismo como un deporte que desafía límites al equilibrar la intensidad competitiva con el rendimiento académico. Destaca la determinación como clave para superar cualquier obstáculo en esta disciplina. Lea también: Cambié de opinión sobre el feminismo Compartir Foto: Cortesía de Lond Photography Sara Jiménez, medallista de oro de los Juegos Nacionales 2023, más de cinco veces campeona nacional y reconocida por su destreza en el porrismo durante más de ocho años, ella es una porrista que sobrepasa los límites convencionales del deporte. Su perspectiva sobre el compromiso, la dedicación, el desarrollo personal y el equilibrio entre el deporte de alto rendimiento y la excelencia académica proporciona una mirada a un mundo en el que la pasión se compagina y se complementa con la disciplina y la dedicación. La conexión entre la intensidad de los entrenamientos de porrismo y su impacto en el rendimiento académico, así como las estrategias para equilibrar el deporte con los estudios, han sido un campo de interés constante. En esta entrevista, Sara Jiménez sumerge a la audiencia en su mundo, compartiendo experiencias, desafíos y estrategias que ha desarrollado para navegar por el exigente mundo del porrismo sin comprometer su crecimiento académico ni su crecimiento personal. ¿Cómo es la intensidad de los entrenamientos de porrismo y cómo incide en el rendimiento académico? La intensidad depende un poco del periodo de competencia en el que nos encontremos y en qué nivel estés. Sin embargo, los entrenamientos son intensos en cuanto a trabajo físico, mental y de tiempo, lo cual a veces interfiere un poco con el rendimiento académico, puesto que a veces tener la mente agotada no te permite pensar del todo bien. Todo depende de cómo organices tus horarios. ¿Qué estrategias o métodos utiliza una porrista generalmente para garantizar un equilibrio entre los compromisos del deporte y de sus estudios u ocupaciones? En mi caso personal, opté por una educación en casa, la cual me permite manejar mis propios horarios y concentrarme en cada cosa en su debido momento. Cuando veo mucho trabajo pendiente y tengo muchas cosas por hacer, la estrategia que suelo implementar es priorizar aquellas cosas que necesitan más tiempo o que considero más importantes. Algunas veces, logro terminar todo antes de ir a los entrenamientos, pero, cuando esto no ocurre, dedico parte de mi noche a terminar, o incluso el día siguiente, de tal manera que pueda cumplir con todo. ¿Qué beneficios y habilidades le otorga el porrismo al crecimiento personal? El porrismo trae muchos beneficios, en el bienestar físico, mental, motriz, entre otros, pues es un deporte que combina tanto la danza como el acondicionamiento físico. Entonces, mientras bailas, te estás desestresando, estás dando un mensaje no verbal, transmitiendo emociones y, al mismo tiempo, estás trabajando físicamente en fortalecer los músculos y acondicionar tu cuerpo para realizar movimientos técnicos de alta complejidad. Por otro lado, aparte de beneficios para la salud y buenos hábitos alimenticios, ayuda a formar disciplina y a destruir barreras mentales para llegar a ser una mejor versión de uno mismo. Te acostumbras a acomodar tus tiempos de tal manera que puedas rendir en todos tus pendientes y obligaciones. Cuando se acerca una competencia importante, ¿qué estrategias se implementan para manejar la presión de la competencia y mantener un buen desempeño académico? En mi caso, tener un enfoque diferente en cuanto a la competencia me ayuda mucho. Es decir, no buscar la perfección sino disfrutar de lo que hago y, si me caigo mil veces, levantarme otras mil veces. Además de utilizar palabras de afirmación, visualizarme haciendo las cosas bien, orar mucho y tener técnicas de respiración para cuando el estrés es muy fuerte, además de acompañamiento por parte de un psicólogo para mantener la presión controlada y así no afectar el desempeño académico. ¿Cuáles son las habilidades (físicas y técnicas) que identifican a un porrista? Físicamente, la fuerza en diferentes partes del cuerpo permite una mejor ejecución del movimiento. Técnicamente, implica la capacidad para reconocer qué parte del cuerpo debe estar activa en cierto movimiento para que el elemento salga técnicamente bien. Pero, sobre todo, lo que identifica a un porrista es la pasión que tiene por lo que hace y el transmitir ese sentimiento cuando anima al público. Considerando que el porrismo es una de las mayores prácticas en Colombia, ¿de qué manera se ha evidenciado la evolución de este como deporte de alto rendimiento? Se ha evidenciado a partir del aumento en la cantidad de horas dedicadas al entrenamiento del deporte y del reconocimiento que se le ha empezado a dar, pues recientemente estuvimos participando en los Juegos Nacionales en Pereira, lo que nos convierte en uno de los países del mundo como pionero del porrismo. Además, ha habido avances en cuanto a las habilidades en diferentes territorios del país. Hace unos años, el nivel de las competencias era muy bajo, y creo que esto se presentaba debido a que las personas no le apostaban a un deporte como este por no ser tan reconocido. Dado el crecimiento de este deporte, ¿cómo han cambiado las expectativas y presiones para los atletas en el porrismo de alto rendimiento en comparación con el pasado? Han cambiado bastante, ya que ahora que nos reconocen como deporte y nos apoyan las diferentes academias y empresas que nos patrocinan esperan los mejores resultados (sin comprometernos a tener que ganar) y por esto, uno siente mayor presión de representar a una ciudad o país. Adentrándonos un poco en la práctica del porrismo, mucho se habla de la división de cheer siendo la rama más acrobática de este deporte y, por el contrario, la rama del performance cheer, o dance, es mínimamente mencionada. ¿Qué estrategias podrían implementarse para que ambas ramas del deporte sean reconocidas en Colombia? Creo que, en general, aunque en Colombia ya se reconoce un poco más el porrismo como deporte oficial, aún hace falta darlo a conocer mucho más. Actualmente, aunque es de los deportes más practicados, muchas personas lo conocen como un pasatiempo o como las animaciones de los partidos de fútbol, más que como un deporte específico. Una de las maneras más efectivas para divulgar nuestro trabajo es a través de los noticieros, las redes sociales e, incluso, de documentales que muestren el día a día de un porrista, los entrenamientos, las competencias y todo lo que hay detrás de cada movimiento y de cada presentación. Al hablar de la técnica y las habilidades específicas del porrismo, ¿cuáles son los mayores desafíos de un atleta a la hora de sacar y dominar estos elementos? Desde mi experiencia, pueden ser dos desafíos principales. El primero es cuando tu estructura física literalmente no te permite hacer ciertos movimientos, y el segundo, y el que se ve más a menudo, son los límites que la mente te pone. Sientes que no lo vas a lograr o que solo fue suerte cuando en realidad no es así. Siendo un deporte de coordinación, precisión y técnica, ¿cómo es la dinámica de un entrenamiento para que todos los deportistas del equipo logren adquirir las mismas habilidades? Generalmente, nuestros entrenamientos semanales en un periodo no competitivo se dividen en secciones que permiten que cada deportista logre las habilidades a su ritmo. En primera instancia, está la parte del calentamiento, en el que realizamos algunos ejercicios básicos de flexibilidad y coordinación, que nos sirven como herramienta base para el resto del entrenamiento, que suele ser más pesado o de un nivel más avanzado. En segundo lugar, tenemos una sección dedicada especialmente a realizar, ejecutar o adquirir nuevas habilidades o elementos técnicos como giros, saltos, elementos gimnásticos o combinaciones de todos estos. Esta parte del entrenamiento es fundamental ya que allí nos atrevemos a experimentar e intentar nuevas cosas que podamos incluir más adelante en las rutinas de competencia. Y, por último, tenemos la sección de coreografía. Creo que allí no hay mucho que ahondar. Sin embargo, cabe resaltar que cada semana tenemos coreografías diferentes, de diferentes estilos que debemos aprender y ejecutar en una sola clase. Nos ayuda mucho a la memoria y a coordinarnos entre nosotras. Ahora, cuando hablamos de un periodo competitivo, nuestros entrenamientos suelen cambiar un poco, pues, a pesar de que también se divide en tres secciones y en ambos casos tenemos la sección de calentamiento y la sección de elementos técnicos, no les dedicamos tanto tiempo como en una clase normal, ya que debemos enfocar nuestra atención en la rutina de competencia, que básicamente es la rutina que presentamos a los jueces. Esta rutina se crea entre los seis y cuatro meses antes de competir y, en el camino, se va adaptando, se van realizando cambios y ajustes según las condiciones y habilidades del equipo, de tal manera que a la hora de competir sea una rutina limpia, con la menor cantidad de errores de ejecución posible para obtener buenos resultados.

  • Amor en el frente

    Amor en el frente María José Omaña y María Isabella Espinosa Fecha: La lucha no solo se libra desde el campo de batalla, en medio de heridos y municiones. Se libra, en muchas ocasiones, desde la distancia, en la oscuridad, de rodillas y con lágrimas en los ojos mientras se recitan plegarias, esperando eternamente para que ese esposo y compañero vuelva a casa. Lea también: Arte nómada Compartir Foto: María José Omaña | Dedicatoria Penélope viaja con Ulises El sonido de las botas a lo lejos entra por la pequeña puerta de la habitación. Las chicharras unen su canto a lo que podría ser el himno nacional. Ana se levanta de la cama y afina el oído. Realmente es el himno. La brigada prepara su día. Ana sale al patio de la casa. La sala de estar aún tiene 12 cajas de las 16 que trajeron, todavía sin desempacar. La mira pensando en el trabajo que le espera el resto de la tarde. La mañana no fue productiva porque los 32 grados de temperatura no le permitieron hacer mucho. El sol se esconde, y José aún no va a la casa. Una foto del año 1999, del día de su matrimonio, se asoma entre las mesitas de noche y las lámparas de la habitación. Ana no alcanza a tomar la foto que está en el último rincón de la caja de cartón. La caja de cartón que hoy parece ser su hogar. Están en Tame, al norte de la Orinoquía, una zona rica en petróleo en la frontera con Venezuela. Allí no solo era la sede de Occidental Petroleum , compañía estadounidense, sino el epicentro de una disputa violenta por el territorio entre los grupos armados y el Ejército colombiano. De acuerdo con Amnistía Internacional, 405 personas fueron asesinadas en Tame entre 2001 y 2003 en hechos de violencia relacionada al conflicto armado. El pueblo tenía 55 mil habitantes. El sonido de las alarmas hizo que Ana parara de intentar alcanzar la foto. La luz se fue. Los gritos aumentar. Los radios empezaron a sonar. La guerrilla estaba intentando tomarse la brigada. “Tocó salir corriendo en el carro. José llamaba a decir que éramos nosotros, que no nos dispararán. Yo pensé: se acabó el mundo”, recuerda Ana. Antes de la partida Ana conoció a José, cuando él era oficial de alto rango. La selva y los campos de batalla estaban lejos de la función que en ese entonces él cumplía dentro del Ejército. A su negrito lo rodeaban documentos, escritorios y muchas tareas pendientes. Los números de los hombres heridos y muertos en combate se reducían a eso: cifras. Nada de balas que rozaran la persona a la que cubría el uniforme de la patria. Pero llevar este uniforme no podía limitarse a la ciudad, pues en las periferias, lejos de los documentos, los escritorios y las tareas pendientes, es donde más se entona el lema de “Honor, disciplina y victoria”. Ana se graduó de Arquitectura. Le apasionaba pintar, y lo que no podía expresar con palabras lograba plasmarlo en sus lienzos. Años después, una casa color terracota frente al mar, alejada de esa guerra en la que estaba inmersa, su esposo y su familia es lo que se ve en una pintura que observa fijamente, sentada en el escritorio de su marido. Lejos de tejer de día y destejer de noche, como Penélope mientras esperaba a Ulises. Troya llama a la puerta Las luces y las guirnaldas adornaban la ciudad. Esperaban con ansias los regalos. El reloj marcaba las 12, dándole la bienvenida al 2005. Para Jerónimo, de solo 2 años, era una fecha especial: por fin sus padres estarían juntos en casa. Algo que para muchos es usual, pero que, para el pequeño Jerónimo, era un regalo mucho más importante que cualquier otro. Pero este no era el único regalo de la familia. Ana cumplía ya 8 meses de embarazo de su segunda hija. Lo que no esperaban que el fuego y la muerte tocara de nuevo sus puertas. Con tan solo 8 días de anticipación, José recibió el aviso de que sería trasladado a zona de guerra. Una zona que, precisamente en 2005, vivía una lucha cruenta entre Ejército, guerrilla y paramilitares, y en la que José debía no solo enfrentar la insurgencia, sino la posibilidad de no regresar a su hogar. 8 días. Ese fue el tiempo que tuvo Ana para despedirse. 8 días en los que el llanto se apoderó de ella frente a la posibilidad de tener que responsabilizarse de sus hijos sola y afrontar el parto con su esposo ausente. Las cifras eran, además, motivo suficiente para alarmarse. En Colombia, entre el 2002 y 2006, 20.102 personas murieron o desaparecieron por violencia sociopolítica en Colombia. De ellas, 8.810 perdieron la vida en medio de combates, de acuerdo con cifras de la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP. “Parecía una película. Ver a José caminar en la pista hacia el avión con su equipo, yo agarrada de la mano con Jerónimo y con Sara en mi barriga, no hacía más que llorar”, cuenta Ana al recordar, con los ojos aguados, el momento que significó un punto de quiebre. A lo lejos, en la pista, podía ver a quienes serían los compañeros de José durante 3 años y, a sus espaldas, estaba su familia acompañándola. Dice que sentía miedo, mucho miedo. “Le pedí a mi fortaleza de siempre: ‘Dios, ayúdame. José se va a cumplir su misión. Llévalo y tráelo con bien que yo aquí me fortalezco’”, imploraba Ana. “O sigo llorando toda mi vida, o me calmo aquí ya”, era lo que se repetía para conseguir la valentía que en ese momento no tenía. Pero apretando profundo la mano a su hijo, supo que la tendría. Sin embargo, ese vigor flaqueó por el camino, especialmente cada vez que tenían que volver a despedirse de José cuando venía de licencia y de visita, que no eran habituales. Lo que golpea en cualquier despedida es la incertidumbre de no saber si habrá un próximo encuentro. “Al despedirnos, siempre esperaba hasta el último momento, cuando se perdía a lo lejos”, cuenta Jerónimo todavía con desasosiego. La ausencia de Ulises Pasaba el tiempo. Ana criaba a sus hijos en Bogotá y José se conectaba con ellos desde lejos con pequeños detalles. Los niños iban creciendo y Ana se afianzaba en su nueva cotidianidad. Aunque esa primera infancia de sus hijos estuvo sola, tuvo una red de apoyo: su madre, sus primas, sus suegros y familiares. José, por su parte, lograba mantener a los suyos a su lado por medio de fotos que evidenciaban su transformación, quizás intentando que los niños no lo vieran como un extraño en cada encuentro. Los pocos días que volvía de visita recargaban a la familia y les permitía adaptarse a esa forma de convivencia inusual. “José estuvo siempre muy presente, siempre muy presente”, recuerda Ana. Sin embargo, siendo muy pequeño y estando rodeado de niños cuyos padres no tenían una misión como la de José, a Jerónimo le costaba comprender la ausencia del suyo, sobre todo en las fechas significativas. Luego de ver tantas veces su silla vacía y las cartas de felicitaciones entregadas con meses de retraso, el pequeño prefería quedarse en casa para evitar el dolor que le provocaba saber que su padre, a quien admiraba y consideraba su héroe, no podía acompañarlo. Jerónimo recuerda la emoción que sentía cada vez que veía a alguien portando un uniforme camuflado, porque podía ser José. Siendo niño, vio uno con su apellido bordado en hilo plateado en el pecho en la puerta de su colegio un Día del Padre. Jerónimo sintió que su corazón se detuvo. “¿Será él?", pensó. Estaba feliz porque finalmente lo acompañaría en una celebración, algo que había deseado tanto. Corrió lleno de emoción dispuesto a reencontrarse con su él, pero, al llegar, se derrumbó. Ese no era su papá, sino un familiar de un compañero, que ha tenido cargos administrativos, que le permitían estar siempre en Bogotá, “Para mí era muy difícil verlo porque portaba un uniforme que decía mi apellido, pero no era mi papá”. Novedades en el frente Al compararse con sus compañeros, Jerónimo siempre sentía lo distinta que era su vida familiar. "Mis vacaciones estaban marcadas por el lugar donde estuviera destinado mi papá. Donde él estuviera, nosotros llegábamos”. Es así como, en la navidad del 2017, la familia decidió visitar a José en Norte de Santander. Semanas después del “¡Feliz año!” cuando el batallón en el que se encontraba la familia fue atacado con cilindros bomba. José recibía mensajes a través de su radio, y la amenaza del enemigo se sentía cada vez más cerca. “ Tienen que salir ya de aquí", le informó José a su esposa en medio del caos, sumido en la angustia de saber que su familia estaba en peligro. Llevándose las manos a la cabeza recibieron la noticia de que no había helicópteros disponibles para sacar a su familia del pueblo. Debían atravesar el pueblo en carro para llegar a la pista aérea más cercana, pasando por las zonas que gobernaban los grupos armados que los atacaban. Ya de camino, las llantas de más de 5 carros que componían la caravana que protegía a la familia levantaban con su velocidad nubes de arena que intentaban esconder aún más la identidad de los pasajeros. José se encontraba en el asiento de copiloto y, en la parte de atrás, estaba Ana y sus dos hijos. “Me daba mucho miedo la manera en las que las personas se quedaban viendo los carros. Ellos sabían que mi papá estaba ahí”, recuerda Jerónimo. Cualquiera podía anunciar su paradero a los criminales que lo habían amenazado de muerte. "¡Ahora!”, exclamó José, e inmediatamente Ana sujetó con fuerza las cabezas de Jerónimo y Sara, obligándolos a esconderse aún más y acurrucarse junto a ella pues, cuanto más se aproximaban al pueblo, mayor era la posibilidad de atentado. Finalmente, José logró dejar a su familia, sana y salva, en la pista del pueblo, donde tomarían un avión que los llevaría a la seguridad de la capital. Otra vez se repetía la historia de las despedidas, pero esta se hizo más dolorosa, porque por primera vez habían vivido en carne propia los peligros a los que el padre de esta familia se enfrentaba todos los días. “Lo único que mi papá nos pedía era rezar por todos los soldados que estaban heridos o que habían muerto, y nos pedía que rezáramos por él cuando estaba en combate”, cuenta Jerónimo. “A través de la oración nos uníamos a lo que él hacía". Ítaca, el paraíso Los años siguieron pasando. Jerónimo y Sara, ya en la universidad, recompensaban todos los esfuerzos y obstáculos que Ana había tenido que sobrellevar. “Ya esa misión que teníamos como padres, la misión de formar, misión de levantar a nuestros hijos, estaba cumplida. Ya la responsabilidad de vivir la libertad con sabiduría, con equivocaciones, con logros, es de cada uno de ellos”, afirma Ana, con la nostalgia propia de las madres. En esta nueva etapa, ella realmente anhela tener a José a su lado, para empezar a envejecer juntos. Al finalizar la pandemia, lo llegó a ver como una posibilidad real. Por su antigüedad en el Ejército, José venía recibiendo cargos cada vez más tranquilos, seguros y, principalmente, con sede en Bogotá, lo que les permitió estar juntos por mucho tiempo. Pudieron vislumbrar su retiro y, con él, el regreso al origen. Pero en 2022 ella entendió que esto estaba lejos de ser su realidad. José fue llamado de nuevo al servicio, lo que incluyó viajar fuera del país, lo cual ha disminuido, aún más, el tiempo con su esposa y sus hijos. “Ahí si casi colapsé. Ya en este punto de la vida y, todavía, José fuera de la casa…” se lamenta Ana. “Pero aquí seguimos por el amor a su patria”. José hace estos sacrificios por proteger al país que tanto ama, pero a Ana le cuesta no sentir angustia. Dice que se desespera todavía cada vez que se despiden. “Mi mamá ya quiere descansar”, sostiene su hijo Jerónimo. "Tener que empacarle la maleta a su esposo nuevamente, cuando él ya había regresado, le dolió mucho. No quiere quedarse sola otra vez”. Ella no es como la Penélope de la Odisea, que esperaba a Ulises tejiendo la red durante el día y destejiéndola en las noches, pero a veces así se siente. Después de 40 años de servicio, ahora la pregunta es qué vendrá para ellos. Ana espera que José, como Ulises, logre el regreso total a su familia, para completar ese hogar incompleto. Y que, con suerte y tiempo, se cumpla la casa terracota frente al mar, la que sostiene en una pared de su oficina. Nota: Los nombres fueron ocultados por la seguridad de las fuentes.

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Al final del mes pasado, las cinco más votadas de cada ciudad obtuvieron la certificación que las acredita como ganadoras. En Bogotá y su alrededores (Chía, La Calera y Cajicá) más de sesenta participantes se sumaron al reto. Los ganadores fueron los de Longo’s, Los Valientes a Fuego, Burger Depot, Hache de Hamburguesa y La Hamburguesería; los de Maikki, Fronteras Casual Food y Rústica DC obtuvieron mención especial. Como buena amante de las hamburguesas, no podía dejar pasar la oportunidad de probar algunas de las concursantes. Me encontré con un escenario lleno de creatividad, dedicación y pasión. Para mí, las que enunciaré a continuación son las mejores de la capital colombiana. Mi recorrido comenzó por la Bacatá Burger Ancestral: una experiencia exquisita desde el primer hasta el último bocado. Con productos del altiplano cundiboyacense, el restaurante Fronteras Casual Food logra una combinación perfectamente equilibrada entre dulce y salado. La compota de cristales de papayuela es, sin duda, lo mejor de la hamburguesa. Viscosa, pero suave; se disuelve en la boca y no cansa, porque el dulce está en su punto. Además, la crema de encima, por su sabor ahumado, le hace el dúo ideal. La carne es tan jugosa que se nota la calidad angus. En cada mordisco, el queso se estira y el pan se ablanda complementando con su toque de orégano los demás ingredientes. Solo hay algo que siento que sobra. Y no, no son los vegetales; es la tocineta… ¡Una hamburguesa muy bien lograda y hasta con historia, porque de la palabra Bacatá proviene el nombre de la actual capital colombiana! Al otro día me fui para Usaquén y me topé con dos restaurantes temidos por la competencia. Primero hice la fila en Maikki. Su hamburguesa Macuira es magnífica como el parque guajiro que inspiró su nombre. A diferencia de la anterior hamburguesa, lo que más resalta de esta no es su toque dulce, sino su cama de chicharrón soplado que, en cada mordisco, suena ‘crac, crac’ por su espectacular crocancia. Con la tocineta caramelizada en melao de maracuyá y panela de la Hoya del río Suárez se arriesgaron, y es deliciosa hasta cierto punto, porque, al final, se vuelve un poco hostigante . El término de la carne acentúa su buen sabor y suavidad. El pan, aunque blandito, no es nada excepcional. El queso queda divinamente derretido. La frescura del cogollo de lechuga y de la mayonesa de cilantro ayudan a balancear los ingredientes . Para completar, la cuenta la entregan en un cofre, lo cual remata la magia del lugar y, por supuesto, de esta hamburguesa. Después caminé tres cuadras y llegué a Los Valientes a Fuego, un restaurante que abrió sus puertas hace apenas seis meses . El Chorreo de Quevedo es una hamburguesa para quedar, literalmente, chorreados. Santiago Arango, su creador, había hecho desde septiembre del 2021 una salsa de tofi (un dulce cremoso que se prepara con caramelo en almíbar y mantequilla), así que buscó los ingredientes para complementarla. Es notorio, pues esta es el centro del plato, y es muy rica. Su dulce se balancea con el toque ligeramente ácido del queso Monterrey Jack . Y, aunque no soy fanática de los sabores impregnantes de la cebolla y el ajo, esta hamburguesa sin las cebollas asadas y la mayonesa de ajo negro no hubiera sido la misma. El pan de pretzel es novedoso, pero, para mi gusto, duro y difícil de morder. A la carne nacional madurada en seco por 30 días le falta un poco de sabor; sin embargo, tiene un gran plus, ya que es de origen de ganadería regenerativa y sostenible. La jugosidad de los ingredientes hace que uno se unte todas las manos, lo cual no debe ser incómodo, sino parte de la experiencia. El sábado 30 de abril fue un día memorable, porque, después de haber probado seis hamburguesas más sin quedar realmente a gusto, me fui para la Zona T, al norte de Bogotá, y quedé sorprendida. En el restaurante Rústica, La Parcera es un claro ejemplo de que menos es más. Lo mejor: la salsa secreta con semillas de amapola y ron Parce. Al empezar, hay que retirar la corona de cartón en la que la echan con las cebollas fritas para que estas caigan sobre la carne. La verdad, es una idea original y hasta divertida. La combinación de sabores de la amapola y el ron es sabrosísima. La carne es increíblemente blanda y jugosa; quizás se deba a que la muelen a diario. La reducción de frutos rojos con ajo negro no suma ni resta. La tocineta es crocante; el queso, fresco; y el pan se siente recién sacado del horno. Solo faltó un poco más de colombianidad. Y La Master, del restaurante Reyna, es una hamburguesa de pocas palabras. Aunque por descuido me la sirvieron sin la mermelada de uchuvas ni los hilos de yuca, que eran lo representativo del país, el tremendo medallón de res me hace incluirla entre mis favoritas: su término impecable, su sabor exquisito sin excesos ni falencias, su textura tan suave que cada trozo se deshace sin problema… Y, claro, el queso cheddar y la tocineta jamás fallan. Con todo, estas hamburguesas permiten a los restaurantes dar a conocer su cocina, arriesgarse a explorar combinaciones y atraer nuevos clientes. Además, nos hacen felices a los comensales al ofrecernos nuevos y buenos sabores, porque, como dicen por ahí: “Barriga llena, corazón contento”. Todas son una buena excusa para armar un plan y explorar la cocina colombiana.

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