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- Laura Plazas, una campeona que va volando
Se trata de Laura Plazas, que alcanzó el primer lugar de uno de los torneos de bolos femenino más importantes, en medio de su gran amor por los aviones. Laura Plazas, una campeona que va volando Nicolás Ocampo Rodríguez Se trata de Laura Plazas, que alcanzó el primer lugar de uno de los torneos de bolos femenino más importantes, en medio de su gran amor por los aviones. Disponible en Pulzo Laura Plazas Universidad de la Sabana Estas dos pasiones abrieron un camino lleno de historias para esta joven que a sus 23 años se coronó campeona en la categoría de equipos en el Mundial de Bolos Femenino de Las Vegas, a finales del 2019. Tiene claro que este deporte es su vida. Desde muy pequeña, alentada por su padre, un empresario amante del golf y el squash, Plazas ha estado vinculada al mundo del deporte. Fútbol, squash, tenis y golf fueron las disciplinas que practicó antes de llegar al boliche, por una de esas casualidades de la vida. Sus ojos negros se fijan en los bolos y en la trayectoria de la bola de 15 libras, un tamaño considerable para una persona de 45 kilogramos de peso y 1,56 metros de estatura. Es meticulosa en cada detalle. Recoge siempre su cabello negro ondulado, que llega a su cintura, con una cola de caballo y una trenza para que ni siquiera el pelo sea una distracción: “Siempre trato de estar muy concentrada, aún en los entrenamientos. No pierdo el objetivo de vista ni un solo instante”, dice. Aunque tiene 23, aparenta unos 16 años. Cuando se dispone a lanzar, sus piernas delgadas avanzan por la pista de madera y hacen un movimiento preciso y coordinado, como si se tratara de una coreografía de ballet. Su brazo derecho hace que la bola salga con fuerza y con efecto. Es su estilo. Generalmente, hace moñona. “Mi tiro es de los más potentes del equipo. Tengo mucha fuerza en mi muñeca a pesar de mi contextura liviana. Mis compañeras al principio se asombraban de eso y siempre ha sido una de mis cualidades principales en los torneos”. Jugar bolos es lo que más disfruta en la vida y se lo toma muy en serio: “Yo soy muy competitiva. Me gusta mucho lo que hago y me preparo disciplinadamente antes de cualquier torneo. Todo el tiempo tengo un nuevo reto y para eso es necesario estar en la mejor forma, perfeccionar la técnica y tener claro el objetivo”. La primera etapa Desde muy pequeña Plazas sabía que sentía algo especial por los deportes, pero su historia no inició con los bolos, la puerta de ingreso al escenario deportivo fue con el golf. A sus 9 años, ya había jugado algunos torneos interclubes y sus padres pensaron que, por su interés y constancia, terminaría dedicándose al deporte de los 18 hoyos. Sin embargo, ese mismo año que algo inesperado sucedió. “Hubo una inundación en la sabana de Bogotá. Fue cuando tuvimos una temporada de lluvias terrible y entonces se inundó el campo de golf. Yo siempre iba a ver cuándo me dejaban salir a jugar pero no paraban los aguaceros y entonces cancelaron los entrenamientos por mucho tiempo”. En vista de esto, Plazas pasaba el tiempo en la bolera del club donde entrenaba. Allí jugaba con su padre para entretenerse esperando que el clima mejorara y pudiera así retomar sus prácticas de golf. “Fue en esa época cuando conocí a Humberto Zambrano. Él me vio y fue el primero que me llamó a lanzar bolas y me dio las bases. Ahí me fui encariñando. Habían pasado solo unos cuatro meses y me invitó a jugar en un torneo interclubes. Me dijo que fuera porque era una experiencia muy bonita para los niños”. Zambrano, finalmente, llevó a Plazas a ese torneo sub 10. “Recuerdo que mis papás compraron unas rifas para que no me fuera sin ningún premio, porque decían: ‘Pobrecita la niña, su primer torneo y qué tal le vaya mal. Por lo menos que se lleve alguna rifa’. Entonces, pasé el torneo y gané en todas las categorías: individual, dobles, parejas, todo evento y mayor línea. Ese día no solo me llevé los trofeos sino también todos los premios que me compraron mis papás. ¡Estaba feliz!”. Lo siguiente para Plazas fue unirse a la Selección de bolos de Bogotá y con ellos jugó su primer torneo nacional en el cual fue la sorpresa del evento. “Desde ese momento, mi mamá se convirtió en mi mánager. Ella conseguía los cupos en las competencias y se encargaba de todos esos procesos. En sí, mis papás me pagaban todo y me llevaban a todo lado. Siempre me han apoyado mucho”. Plazas siguió practicando y avanzando en las diferentes categorías a medida que iba creciendo. Estuvo algunos años en la selección juvenil en la que su camino estuvo marcado de títulos, medallas y trofeos. “Recuerdo mucho un panamericano que jugué en Panamá, en el 2015, en el cual quedé campeona. Fue el primer oro juvenil en esta competencia que tuvimos en equipos, en dobles y en la categoría de todo evento. Fue muy emocionante porque estábamos muy reñidas con Estados Unidos y todo se fue para definirlo en el último tiro, que era el mío”. Los aviones Gracias a los bolos, Plazas logró conseguir una beca en Estados Unidos para estudiar. Apenas tenía 16 años y acababa de graduarse del colegio Los Portales, en Bogotá. “Quise seguir el ejemplo de mis compañeras del equipo. Todas estudiaron en Estados Unidos y quise ir a la Universidad de Wichita State, en Kansas, ya que allí han estudiado las mejores jugadoras del país y ellos tienen el mejor récord nacional de bolos en Norteamérica”. Al llegar a Kansas, Plazas tuvo una entrevista con el entrenador en jefe de la Universidad. De inmediato se sintió a gusto, el recibimiento fue muy acogedor. El sol cubría todo el campus y el verano estaba en todo su esplendor. Por el momento, para ella todo estaba perfecto. Solo pensaba en los bolos y en el nuevo equipo en el que estaría. Luego el entrenador le preguntó algo clave: qué carrera iba a estudiar. “Yo no había pensado en nada. Solo sabía que me gustaban los números y la única respuesta que pude decir fue: ‘¡Una ingeniería!’ El entrenador entonces me dijo que cuál ingeniería y ahí me corchó”. Previamente, la universidad le había enviado a Plazas un folleto con las carreras ofertadas por la institución. Ella lo había revisado, pero no le prestó mucho cuidado. Su interés estaba en los bolos. Entonces, cuando debió darle una respuesta al entrenador y escoger, llegó la solución como del cielo. Los aviones. “Lo primero que dije fue: ¡civil! A lo que de inmediato el entrenador me respondió que no ofertaban esa carrera. ¡Quedé como un zapato! Se notaba que no había revisado el folleto. Entonces le dije que iría a la facultad y allí vi algo que me gustó. Ingeniería aeroespacial”. Los primeros años fueron sencillos. Su educación en Colombia le había otorgado buenas herramientas que la hicieron destacarse en lo académico y esto le ayudaba para darle tiempo a las competencias de bolos con la universidad. “Hasta segundo año, yo iba volando. Veíamos cosas básicas con los de mecánica y otras carreras. Ahí me di cuenta que nuestra educación es muy buena porque yo sabía de álgebra, de trigonometría, física y química. En cambio, en Estados Unidos, si tú ibas a estudiar arte, por ejemplo, no te daban química. Entonces la gente llegaba muy perdida. Luego de ese año, ya empezamos con los aviones”. El gusto de Plazas por estas aeronaves proviene de los diferentes viajes que ha hecho gracias a los bolos. Llegar en tan corto tiempo a un destino lejano, las alas, el tamaño, volar… son cosas que admira. No le llaman la atención ni los cohetes ni los satélites. Así que no le resultó difícil definir su proyecto de grado. “Diseñé y construí un avión a control remoto desde cero. El avión tenía una misión y era reforestar la tierra. Así que con mi equipo tuvimos que fabricar cada pieza y calcular cada detalle”. El último año de la Universidad no fue fácil. Todo giró en torno al proyecto de grado. “Tuve que tomar un año extra para jugar con el equipo de bolos y, posteriormente, dedicar todo el tiempo para construir el avión. Trabajamos muy duro pero al final fue muy gratificante. Ver cómo volaba y cómo cumplía la misión fue algo que me gustó mucho”. Plazas se graduó como ingeniera aeroespacial y terminó el ciclo de competencias con el equipo de bolos de Wichita State. Así, cumplidos sus objetivos en Estados Unidos, volvió a Colombia, en el 2018, para cumplir un nuevo reto. La etapa mundial Ya en la categoría de mayores, Plazas fue escogida para ir al mundial de bolos a representar a Colombia con la selección femenina. “Ya veníamos consolidando un muy buen equipo. Los Suramericanos, Panamericanos y Centroamericanos que habíamos disputado antes nos habían servido para conocernos con mis compañeras. Ya éramos potencia y eso nos daba mucha confianza”. Plazas y su equipo llegaron a Las Vegas en agosto de 2019 para disputar el campeonato. “Comenzamos las prácticas oficiales y habían delegados de otros equipos mirándonos. Ahí vimos que nos tenían respeto. Nosotras hicimos una estrategia y teníamos las cosas claras. Elegimos las bolas que usaríamos y vimos los detalles de la pista”. Inició el primer día de competencia en la categoría de individuales. “Arranqué la primera línea muy mal, cometí unos errores tontos pero tenía muy buen tiro. Tanto así que al final logré un buen resultado”. Pasaron los siguientes días y se disputaron las competencias en las categorías de dobles y ternas en las que se lograron algunas medallas. Finalmente, llegó el día de la competencia por equipos. “Iniciamos bien y terminamos la primera ronda de segundas, detrás de Estados Unidos. A la final del mundial solo entraban 4 equipos de 34 países, eran dos rondas para la clasificación y la presión era muy grande. En la segunda ronda nos relevaron al tercer puesto. Luego, descendimos al quinto lugar y parecía que no lo lograríamos. Todo se definió en los últimos tiros y, finalmente, clasificamos de cuartas a las finales”. Los equipos que clasificaron fueron Estados Unidos, México, Suecia y Colombia. Se disputaron las semifinales y las colombianas y las suecas clasificaron a la final. “Fue muy emocionante. Para la última línea ya llevábamos ventaja y ahí comenzamos a llorar, ya sabíamos que el título era nuestro. Fuimos el primer oro del país a nivel mundial en equipos. Ese día creo que no lo voy a olvidar nunca. El camino para llegar ahí fue muy arduo pero lleno de buenas experiencias. Pienso en lo que he hecho y sé que los aviones me gustan pero, definitivamente, los bolos son mi pasión”.
- Georgina Pérez: "Ser de Venezuela no me hace ni mejor ni peor persona" (Venezolanas en el exilio)
Entre los cientos de migrantes que cruzaban a diario la frontera con Venezuela, hay mujeres que han tenido que adaptarse a una nueva condición de vida para obtener lo necesario para sobrevivir. Presentamos la tercera parte de una serie de tres historias de madres venezolanas que viven en Villa del Rosario, Norte de Santander. Georgina Pérez: "Ser de Venezuela no me hace ni mejor ni peor persona" (Venezolanas en el exilio) Natalia Bustos e Isabela Granados Entre los cientos de migrantes que cruzaban a diario la frontera con Venezuela, hay mujeres que han tenido que adaptarse a una nueva condición de vida para obtener lo necesario para sobrevivir. Presentamos la tercera parte de una serie de tres historias de madres venezolanas que viven en Villa del Rosario, Norte de Santander. Contenido completo Autor: Natalia Bustos “Como un niño con su primer helado”, Georgina Pérez Carmona -mientras prepara perros calientes- recuerda el momento en que compró un termo y empzó a vender café. Una pequeña esperanza volvió a brotar dentro de ella cuando comenzó con las ventas, después de varios días sin comer y varias noches durmiendo sobre el suelo. Tiene 22 años y es administradora industrial. Vivía en Valencia, estado de Carabobo (Venezuela), y trabajaba como supervisora de área en una multinacional y supervisora de recursos humanos en una empresa de charcutería de su país. Quería poner en práctica su vida soñada junto a Aníbal, su esposo: tener un hijo, una casa y un empleo seguro. Sin embargo, esa escalera hacia el “cielo” –como dice- “se derrumbó por un problema médico”, pues contrajo una infección intestinal que la llevó al quirófano. La situación del vecino país complicaba sus cuidados. El estrés cotidiano producto del afán por obtener lo necesario para vivir, la escasez de alimentos y la falta de medicinas hacían más delicado su estado de salud. Por esta razón, y a pesar del dolor que le causaba dejar a su hijo, decidió venir a Colombia con su marido en busca de mejores condiciones de vida. Viajaron por tierra y llegaron a Villa del Rosario, Norte de Santander (Colombia). Con 20 mil pesos colombianos –que hacían parte de sus ahorros- durmieron la primera noche en un hotel. Al día siguiente, el drama empeoró. Eran conscientes de las difíciles condiciones que pasarían por unos días mientras conseguían dónde vivir, pero no de la odisea que representaba ser venezolano en el extranjero. Desde la mañana siguiente y por doce horas, “como un día pesado de suerte” –como recuerda Georgina Pérez- emprendieron una búsqueda por el municipio para encontrar el techo que los pudiera resguardar. Fueron rechazados por su nacionalidad. “’No nos vengan a quitar el trabajo’ o ‘devuélvanse a su país que aquí estamos peor’ o ‘los venezolanos son perezosos’, nos decían mientras buscábamos dónde dormir”, dice con la voz entrecortada, mientras toma la mano de su esposo y se le aguan los ojos. Cuando estaban al límite de la desesperación y con el optimismo en decadencia, tras una jornada intensa, consiguieron una habitación sin amoblar en la casa de una señora, a unas cuadras cerca del parque central. Dormían en el piso y estuvieron varios días sin cocinar ni poder comer, pues no conseguían empleo. Esta realidad ha sido repetida por varios de los más de un millón venezolanos que están en territorio colombiano, según cifras de Migración Colombia, y quienes –como aseguran- han venido en busca de oportunidades, estabilidad económica y calidad de vida. Lo complicado está en que la “infraestructura de las ciudades” no cuenta con la capacidad para dar empleo a todas las personas que lo solicitan, como afirma Pepe Ruiz, alcalde de Villa del Rosario, Norte de Santander (Colombia), quien además dice que muchas de las aspiraciones de los migrantes se han visto truncadas por esa situación. Esto ha llevado a que aumente la informalidad que, según Mauricio Franco, secretario de seguridad de Villa del Rosario, ahora constituye el 70% del empleo total en la zona. Es así que el ‘rebusque’ –como se conoce en Colombia- ha sido la alternativa para varios, como en el caso de Pérez. Por esos días, como si se tratara de un regalo del destino, Aníbal –su esposo- logró algo de dinero desmontando elementos, como cotero, de un camión cerca del sector de La Parada. Con eso, compraron un termo de plástico y vasos desechables pequeños para vender café en el pueblo. Sin embargo, su acento venezolano se volvió un tormento para ella que, al principio, salía sola a caminar por las calles y ofrecer la bebida. “Me jalaban hombres y mujeres, y me decían que si era prostituta o que por qué no me metía a hacerlo”, dice. Recibió insultos, maltratos y ofensas verbales, “porque no querían que vendiera en lugares donde estaban otras compañeras vendiendo café”. Fue difícil. Ella no entendía el por qué de la discriminación que afrontaba. “Es algo que no se lo deseo a nadie. El ser venezolana no me hace mejor o peor que otra persona. Incluso, las propias mujeres eran las que más conflicto me buscaban”. Se calló lo que le pasaba. Su esposo había perdido el trabajo en el que estaba. Era una situación difícil, aunque sus motivaciones fueron más fuertes que el torbellino de oscuridad en el que estaban. Vivieron del café durante siete meses hasta que un día un señor los contrató para manejar un carro de comidas rápidas en el municipio. Entre los dos obtienen, a diario, cerca de $29.000 pesos colombianos. Con lágrimas, cargados de nostalgia, angustia y amor, recuerda a su hijo. Él es la razón por la que no desfallece y continúa enfrentándose a las adversidades, aunque esto implique pasar por situaciones en las que nunca se imaginó estar. A pesar de que tiene su título apostillado y su pasaporte sellado, sigue sin conseguir un empleo formal. “Todos los días me despierto pensando en qué podemos comer y en qué le puedo enviar a mi pequeño para que viva tranquilamente”, dice. Pero, sabe que es una tranquilidad con matices de tensión, angustia y desespero, “porque, ahora, vivir en Venezuela no es fácil”.
- Jorge González, un profesor diferente
Jorge González, un profesor diferente María Fernanda de Brigard Garnica, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Este profesor de educación física padece una enfermedad degenerativa que dificulta la coordinación de los movimientos y busca exasperado que Colpensiones responda su petición de pensión por invalidez. Lea también: "¡Moñona, sumercé! Se aprende y se pasa bueno" Compartir Foto: Foto: María Fernanda de Brigard Garnica En el colegio en el que ha trabajado por 22 años, en una esquina de la cancha de fútbol, Jorge acompaña y trata de apoyar a su colega, Cayetano, en la clase de educación física. Intenta movilizarse por la cancha para poder estar pendiente de los alumnos, con ayuda de su bastón que le facilita el cumplimiento de su trabajo. Hace nueve años, Jorge, más conocido en el colegio como Cacao, empezó a perder el equilibrio, a confundir las palabras y a estrellarse fácilmente con las cosas. Decidió buscar ayuda médica para saber qué era lo que ocurría con su cuerpo. Después de muchos exámenes, intentos para descartar tumores y algunos diagnósticos erróneos, tres neurólogos se reunieron con él y lograron encontrar que el tamaño de su cerebelo había disminuido, y esto es lo que estaba afectando su cuerpo. Días después de esta reunión, fue remitido a un neurólogo para que pudiera explicarle lo que tenía. En la cita, el médico le comentó que padecía de ataxia, una enfermedad degenerativa manifestada en el cerebelo, razón por la cual perdería muchas de sus capacidades motrices. Para el médico era importante explicarle que desde ese día debía empezar a preocuparse por su pensión, su familia y el reto que se acercaba, dado a que era muy probable que dejara de hacer lo que más le gusta: dar clases de educación física. “Las palabras del neurólogo me desbarataron”, cuenta con un tono melancólico. Siempre fue amante de los deportes. En el colegio se destacó por ser un gran deportista, le gustaba mucho el futbol. “Jugaba de 10 y me las daba de Pelé”, cuenta Jorge. Después le dio la oportunidad al baloncesto, pues su padre le insistía en que fuera parte del equipo de Armero, su pueblo natal, pues él también perteneció al equipo cuando era joven. Durante el colegio participó en los torneos intercolegiales por Colombia. Ahí surgió el amor por el deporte que lo llevó a estudiar educación física en la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá. Pero el amor por el deporte se transformó en amor a la doncencia. En la universidad le explicaron cómo enseñar los deportes. “Disfruto más la educación”, lo dice sentado mirando a la cancha de baloncesto mientras que observa a los estudiantes correr. Al graduarse de la universidad entró a dar clases en colegios. Lleva más de 25 años siendo profesor. Después del día que recibió el diagnóstico, las cosas no cambiaban mucho; seguía disfrutando los trayectos en su carro con su hija al colegio, su gusto por la lectura, era director de algunos cursos, seguía dictando clases y en las fiestas era el primero en sacar a bailar. Con el tiempo y en las reuniones anuales con la rectora, se fue dando cuenta de que no tenía la misma agilidad con la que antes hacía las cosas, es por esto que decidieron poner un practicante que lo ayudara con los materiales de la clase, pero él seguía dictándolas. Tuvo que dejar de manejar y empezar a tomar transporte público y mejorar sus hábitos. En la actualidad, Cacao debe levantarse a las 3 de la mañana todos los días, para alistarse y salir al trabajo. “Desde hace tres años me he dado cuenta de que me demoro un poquitico más de lo normal. Hago mi desayuno pero dejo el jugo de naranja hecho para ellas”, dice refiriéndose a sus dos hijas y su esposa, y concluye: “es lo más arriesgado que hago ahorita, cortar las naranjas”. A las 5:30 de la mañana se encuentra con una de sus compañeras de trabajo para llevarlo al colegio. Todavía mantiene su gran pasión por los deportes, por ejemplo, hay días en los que practica natación antes de comenzar su jornada laboral. Cacao es el primero en ser voluntario para cualquier trabajo que necesite en departamento de educación física, le gusta dar consejos a sus amigos y pasar momentos de calidad con ellos. Cada tarde, después de su terapia, hace una lista de los amigos que va a llamar. “Un 31 de diciembre decidí que iba a llamar a mis amigos, para no perder contacto con ninguno”, dice Jorge. Su esposa habla de Jorge como un hombre con una capacidad de resiliencia impresionante. “Se da la oportunidad de ver lo bueno en todas las situaciones por más difíciles que sean”, dice. Blanca, su esposa, cree que esto es lo que le ha ayudado a poder seguir siendo independiente en muchas cosas. “Frente a la vida es una persona muy confiada”, dice Blanca. Laura, su hija mayor, lo describe como una persona muy detallista, por ejemplo a ella le lleva flores casi todas las semanas. En su familia, lo reconocen por ser una persona sociable, siempre está dispuesto a organizar todos los eventos para compartir ratos agradables con los amigos. Para sus colegas, Cacao es un ejemplo a seguir, manifiestan que en sus trayectos al trabajo se ha tropezado. En el colegio a veces le es difícil caminar en el pasto y aun así cuenta con naturalidad y gracia a sus compañeros cómo se tropieza en la calle y sobre sus múltiples traspiés. Además de esto está agradecido por el trato que recibe por parte de la gente que va en el transporte público. Sus amigos tratan de naturalizar la condición de Cacao por medio de comentarios jocosos, los cuales él también apoya con risas y chistes. Una de sus colegas, Cecilia, lo conoce desde la universidad. Cuenta que en la catástrofe de Armero perdió a sus padres y a sus tres hermanos menores, aún así era difícil saber qué sentía Jorge ya que nunca se quejaba. “Con su condición es igual, Cacaíto siempre tiene esa fortaleza de no dejarse vencer”, dice Cecilia. Como es natural, sus capacidades motrices han ido disminuyendo con el tiempo, le es difícil caminar, el bastón se ha vuelto su fiel compañero, su visión ha disminuido notablemente y tiene dificultades con el habla; por estas razones, hace dos años decidió dejar de enseñar. “Fui perdiendo la visión periférica de la clase, entonces los practicantes cada día hacían más cosas. Hice todo lo posible para no dejar de enseñar, la educación a mí me llena”, Cacao habla de la docencia con una sonrisa en la cara, quiso ser maestro porque quería dar la mano, le gustan los momentos donde le cuesta dar, porque siente que verdaderamente está ayudando. Ahora se le viene el reto más grande, poder pensionarse por invalidez, que ha sido una de las odiseas más difíciles. Por el momento acompaña a su colega en clase y su horario laboral culmina a la 1 de la tarde con el fin de tomar el medio de transporte público con más tranquilidad y sin ningún afán. “Estoy cansado, sí me gustaría dejar de trabajar y en vez de levantarme a las tres de la mañana poder levantarme a las ocho”, lo dice caminando hacia su oficina a empacar sus cosas y volver a casa, sabiendo que mañana tendrá que volver a enseñar.
- Páramo sobre ruedas.
Helver Cristancho se convirtió en uno de los pocos guardapáramos que hay en Cundinamarca; debe recorrer los ecosistemas, cuidarlos y vigilarlos. Páramo sobre ruedas. Juan Diego López Piraquive. Helver Cristancho se convirtió en uno de los pocos guardapáramos que hay en Cundinamarca; debe recorrer los ecosistemas, cuidarlos y vigilarlos. Disponible en Pulzo Cortesía: Universidad La Sabana La ganadería, la agricultura y la minería son las principales fuentes de ingresos de las personas que viven en Guachetá – Cundinamarca, un municipio ubicado al norte del departamento, en límites con Boyacá. Allí, en la década de los 70, nació Helver Cristancho. “Tuvimos la oportunidad de tener una infancia en la que jugábamos a la lleva, ponchados, trompo y otras cosas chéveres. Pero también, vivimos la llegada del internet. Sabemos qué es vivir sin eso”. Su pasión, gusto y amor por la naturaleza lo llevaron a vincularse en el último año a un proyecto llamado “guardapáramos”, liderado por la RAPE, Región Administrativa y de Planeación Especial, una entidad pública creada en el 2014 por un convenio suscrito entre Cundinamarca, Boyacá, Meta, Tolima y Bogotá. Helver hace parte de los cerca de 120 guardapáramos que tiene este proyecto y su misión es cuidar uno de los quince complejos de páramos que hay en esta región. Helver tiene a su cargo el Páramo del Rabanal. En el 2012, el Instituto Humboldt estableció que el área que corresponde a este complejo de páramo es de 11.097 hectáreas e involucra a cerca de 13 municipios. La tarea no es nada fácil. ─¿Qué hace para proteger este complejo de páramo? ─ Hacemos sensibilización, talleres con los niños y campañas culturales, los recursos no dan “pa’ más”. El robledal, un bosque de roble, y el páramo del Rabanal siempre fueron sus lugares favoritos antes de sufrir el accidente que lo dejó en silla de ruedas y que, aún después de eso, siguió visitando. Me dice que cuando se convirtió en “Guardapáramos” sintió la oportunidad de ayudar más esos lugares a los que ama. Cuando comenzó a cumplir su misión se dio cuenta de que en el Rabanal se estaban practicando deportes como rallys, motos y un turismo al que poco y nada le importaba el páramo. “Hemos promovido la compra de predios para dejar de reserva, es una forma de alejar la minería que ya se está haciendo en límites con el páramo o incluso dentro de él”. Su casa, que está aproximadamente a una hora y media del páramo, no por la distancia sino por la calidad de las carreteras para llegar hasta allá, está adecuada totalmente para la situación en la que se encuentra: el baño fue modificado para que tuviera todo lo que necesita. Cuando él se baja de su carro encuentra una rampa de acceso para que pueda entrar a la casa sin ayuda de nadie. Porque además de todo, vive solo. Su hermana y su mamá, que viven en Bogotá, lo visitan frecuentemente. Por eso cocina para él y lo hace todo solo. Visita el páramo mínimo una vez al mes. Se va en su carro, en el que acelera, frena y enclocha con sus manos, hasta el casco urbano. Allí toma un carro que hace acarreos y lo lleva a El Rabanal. Aunque intenta hacer todo solo, siempre va acompañado a hacer sus recorridos. Se baja del campero con ayuda del conductor y la persona que lo acompaña. Pasa por donde el páramo le permite mover su silla y lo que no puede ver con sus propios ojos lo vigila con un dron, que le sirve también para grabar videos que después usa en sus capacitaciones. Se maravilla al ver los frailejones, pero no es de extrañar; según su hermana Aydé, desde pequeño le apasionó la naturaleza, era curioso, siempre le importaba saber por qué la planta es de una manera y no de otra, su color y beneficio para el planeta y, además, entender el campo. La vida de Helver Cristancho ha dado muchas vueltas. Cuando era niño era muy tímido, me dice su hermana. Creían que se iba a quedar así hasta grande, pero, como él mismo lo dice, en su adolescencia hizo cientos de travesuras con su grupo de amigos, al que llama el Kínder; también inició su vida amorosa, y en ese proceso tal vez perdió la timidez que tenía. Aunque su hermana me dice que, curiosamente, con las mujeres no era tan tímido como creían: “Él salía a jugar con las hijas de nuestros vecinos y de vez en cuando llegaban y le decían a mi mamá ‘Doña Anita, Helver me robó un beso’”. Helver se considera profundamente católico. Al salir del colegio tomó la decisión de ingresar al seminario mayor de Zipaquirá. Sus padres estaban muy contentos con lo que su hijo haría y confiaban en que realmente esa era su vocación. La única que no creía eso era su hermana. “Yo sabía que no. Era un espacio de escape. Helver tiende a ser indisciplinado y creo también que fue una manera de escaparse para no ir al Ejército. Yo ya me estaba preparando para ir a visitarlo al Amazonas, pero no, le dio por irse al seminario”. Entre los 17 y 18 años tomó aquella decisión. Allá, como en el colegio, llegó al grupo de indisciplinados, hacía miles de travesuras, se metía a la cafetería de los curas a robarse las mantecadas, jugaba con sus amigos en todas partes y era tanta su energía que lo nombraron coordinador de deportes del seminario. En cuarto semestre prestó un lazo a unos compañeros sin saber que lo iban a utilizar para escaparse. Culparon a Helver y esto se sumó con las demás faltas que había cometido. Las directivas del seminario le recomendaron que descansara un semestre, que siguiera vinculado pero que se apartara, que no tomara clases. “Esos dos años que pasé en el seminario fueron los más bonitos de mi vida. Me permitieron reafirmar mi fe y hacer apostolado, conocer los municipios más pobres y golpeados por la violencia en Cundinamarca. Tuve mucho contacto con la gente, con los niños. Disfruté mucho. No creo en la reencarnación, pero si tuviera que volver a nacer entraría de nuevo al seminario”. Cuando salió de ahí hizo un curso en el SENA de gestión de recursos naturales y, en ese momento, se enamoró de la naturaleza. Luego de tres años de estudio en los que viajaba de Guachetá a Chía todos los días, empezó a trabajar con la CAR, en el Proyecto Checua, encargado de realizar y vigilar la construcción de obras biomecánicas para evitar la erosión. En este proyecto hacían banquetas, trinchos, gaviones y trabajo de reforestación. Él se encargaba de Guachetá y otros municipios cercanos. A sus 23 años ganó la alcaldía un gran amigo suyo, Daniel Villamil, y lo invitó a trabajar como jefe de la oficina de recreación y deportes de Guachetá. Allí también dejó huella, Connie Cortés lo considera uno de sus mejores amigos. Conoció a Helver hace 15 años en los campamentos juveniles cuando él era director de deportes. “Era un loco lleno de energía”, dice entre risas. Y sí, muestra de eso son sus logros en ese cargo. Creó escuelas de formación deportiva, un equipo profesional de ciclismo que impulsó para competir en el Tour del Porvenir el mismo año en que lo ganó Rigoberto Urán. Grandes logros para durar solo dos años en el cargo, porque después vendría el accidente que le cambió la vida. En la noche del viernes 16 de abril de 2004, y después de haber tomado algunos tragos, Helver iba en su carro para Guachetá acompañado de unos amigos. Subiendo la montaña para llegar al casco urbano se fue a un abismo. El carro dio algunas vueltas y, por fortuna, quedó atrapado en una banqueta, lo que impidió que siguiera su camino hacia la falda de la montaña. Esa banqueta se había construido en el Proyecto Checua al cual perteneció. Según él, le salvó la vida. A sus amigos no les pasó mucho, pero a él lo remitieron a un hospital, no sentía sus piernas. Tuvo un daño en la médula y perdió la movilidad de sus miembros inferiores. “Tenía 26 años, con ganas de comerme el mundo. Ya tenía carro, moto, buen dinero y buen trabajo. Lo veo como una bofetada que la vida me dio porque estaba demasiado loco”. La vida tenía que volver a empezar. En el proceso de recuperación fueron clave su familia y sus amigos, el kínder, y se llaman así porque se conocen desde pequeños. César López conoce a Helver desde que eran adolescentes y dice que “el Helver después del accidente es un hombre más verraco, el accidente lo hizo madurar, lo admiro mucho”. Para su familia fue una época muy dura. Su hermana Aydé recuerda que a todos les cambió la vida, no solo a Helver. Cuando le pregunto por ese momento su voz se corta y se le aguan los ojos. “Fue un cambio de vida completo. Mis planes de vida cambiaron, solo quería que tuviera lo mejor. La primera a la que le dijeron lo que tenía fue a mí. Cuando íbamos en la ambulancia me hizo jurar que le iba a decir toda la verdad siempre. Pero eso no es tan fácil, ¿cómo le voy a decir que perdió la movilidad en las piernas? Siempre le he dicho que nunca pierda la esperanza. Helver asumió que lo que le pasó había sido por una falla de él. Yo estaba en Bogotá trabajando y todo el proceso de recuperación lo vivimos juntos. Me tocó casi que violentar su intimidad, tenía que bañarlo, aprender a pasarle una sonda por la uretra, fueron momentos muy complicados. Si yo pudiera le daba las piernas”, señala. Hoy tiene 41 años. Helver es presidente de la junta de acción comunal de su vereda, se convirtió en un líder social y ambiental en la región. Está estudiando Ingeniería Agroforestal y suena como posible candidato a la alcaldía, cosa que a su prima Claudia le gusta, está convencida de que va a ser alcalde. Dice que “es muy inteligente y creativo. Tiene mucha imaginación, se inventa güevonadas locas y, además, el man trabaja”, comenta entre risas. A su familia no le gusta la idea de la alcaldía, cree que puede seguir ayudando a la comunidad sin meterse en la política, pero Helver insiste: quiere ser alcalde.
- Todo - Duina del Mar (Acústico)
Duina del Mar, desde los estudios de UnisabanaRadio.tv, emisora virtual de la Universidad de la Sabana. Todo - Duina del Mar (Acústico) Duina del Mar, desde los estudios de UnisabanaRadio.tv, emisora virtual de la Universidad de la Sabana. Compartir
- De hacer autopsias de cadáveres de amigos a parlamentario, ese es Jairo Cristancho
Su espíritu de servicio lo llevó a ser médico y tiempo después, representante a la Cámara por Casanare, elegido por el pueblo por ser un doctor 'buena gente'. De hacer autopsias de cadáveres de amigos a parlamentario, ese es Jairo Cristancho María Paula Cubides Alfonso. Su espíritu de servicio lo llevó a ser médico y tiempo después, representante a la Cámara por Casanare, elegido por el pueblo por ser un doctor 'buena gente'. Disponible en Pulzo Cortesía: Universidad de la Sabana Un sol potente se cuela por los vidrios de espejo del edificio, el veranillo de agosto se hace presente en Yopal, Casanare, con temperaturas altas y vientos fuertes. El aire acondicionado de la sala de juntas en la que se da la entrevista está encendido y el ambiente se torna impersonal. Jairo es un hombre de unos 45 años, piel morena y pelo oscuro corto, con algunas canas. Usa gafas y vestimenta casual, una camisa blanca de botones y un jean. En su mano derecha lleva una pulsera con un bordado de la bandera de Colombia y en la izquierda, un reloj grande, con pulso café. Paula Paredes, su asistente, lo describe como un hombre frentero y llanero. “No se compromete con lo que no puede hacer; cuando dice sí, es sí y cuando no, es no”. Paula es su mano derecha, en el momento de las fotos, se disculpa y entra al plano para arreglarle la camisa que “está muy abierta”. A Jairo le gusta el fútbol y siempre lo ha practicado, cuando estaba en el colegio llegó a ser el capitán del equipo y ganar en intercolegiados. Este deporte ha sido una parte importante en su vida y lo menciona al hablar de sus mejores anécdotas. El sueño de ser médico Desde pequeño quiso ser estudiar medicina, se enfermaba muy seguido y sentía que los doctores “levitaban” en el hospital sin prestarle atención por ser un niño pequeño y campesino. Le pareció que no se debía tratar así a las personas y desde ese entonces se propuso ser médico. Más adelante, ese mismo espíritu de servicio le llevaría a ser el representante a la Cámara por Casanare que es hoy en día. Ese deseo que siempre tuvo de ser médico se veía lejano, porque, aunque sus 7 hermanos terminaron el colegio en Sogamoso y Bogotá, él, siendo el menor, se graduó en un colegio de Paz de Ariporo. Lo normal era trabajar en las labores del campo y ayudar a su familia. Bogotá era un lugar distante que visitaba cuando iba a vender ganado de la finca de sus padres; se iba en el camión y regresaba en bus, eran unas 40 horas de viaje. Por supuesto, era un motivo de orgullo frente a sus amigos haber estado en la capital. Después de graduarse del colegio decidió que quería estudiar en esa ciudad. Llegó a Bogotá desubicado, “un provinciano”, como él mismo lo dice, buscando universidad a mitad de semestre. Estudió un semestre de Ingeniería Industrial, pero no volvió ni por las notas porque pasó a Medicina en la Universidad Juan N Corpas, de donde es egresado. “Lo primero que pensé fue venir a prestarle un servicio a mi tierra”, dice. Era 1997 cuando llegó a trabajar a Aguazul, una población de Casanare en la que hizo su año rural y la que considera la mejor decisión de su vida. Los años más duros Ha atravesado momentos complicados, cuando llevaba 6 meses trabajando como médico en Aguazul, se vio en la necesidad de regresar a Paz de Ariporo pues su hermano murió por un rayo que lo alcanzó en medio de la sabana. Sus padres se quedaron solos y tuvo que ir a acompañarlos. “Yo creo que las muertes por rayos son más raras que el carajo; falleció en una finca que tenemos por allá muy interna en la llanura, en Paz de Ariporo”, cuenta con expresión triste en su mirada. Se reclina hacia adelante y su tono de voz cambia levemente. 1997 y 1998 marcan unos de los años más difíciles para él. La violencia se recrudeció y los asesinatos y secuestros eran la noticia del día a día. “Es muy lamentable porque en Aguazul y Paz de Ariporo me tocó hacer autopsias a muchos amigos, hubo demasiados muertos. Eso marcó mi vida. Tocaba hacerlo porque no había nadie más”, dice refiriéndose a lo que tenía que hacer en su trabajo como médico. Un año después de la muerte de su hermano, su padre fallece y tres meses después, en octubre, su madre es secuestrada por el frente 28 de las Farc. “En Aguazul mucha gente fue solidaria y entendió mi problema, permitían que trabajara seguido una semana y estuviera al frente del secuestro de mi mamá 15 días”, menciona. Su madre fue liberada en febrero de 1999, tuvo que ir a rescatarla en un carro hasta Sácama, un municipio de Casanare. No solo sufrió su secuesto, también el de su padre, cuando tenía 15 años. Cuando habla de él sus ojos se iluminan, lo considera un ícono en su vida. Recuerda vívidamente el momento de su liberación: fue en la terminal de transportes de Tame, Arauca. Luego de 4 largas horas de espera, vio a un hombre irreconocible por la barba que cubría su rostro y la felicidad llenó su ser cuando se dio cuenta de que era su padre. “Lo más duro en la vida es un secuestro, cuando alguien fallece uno acepta que falleció, lo ve ahí y hace el duelo. Pero cuando hay un secuestro, usted no sabe qué está pasando, no sabe si lo que le dicen es verdad”, dice con tono serio. “Eso es duro, pero lo madura a uno muy joven. Ahí empezó el tema de encargarme de las fincas, me hizo respetar más a los trabajadores del Llano. A veces vemos a ese trabajador y lo subestimamos, pero es la gente que más debemos apreciar y querer porque nos están cuidando nuestras cosas”, sostiene mientras sonríe, recordando los lazos de amistad creados con los trabajadores de su finca. No ha dejado de lado sus raíces, va seguido a su finca y cuenta que montar a caballo y hacer las labores típicas del llano son una forma de relajarse y despejar su mente. Política y profesión Es especialista en ginecobstetricia; “Creo que dejé un buen mensaje como médico, no negué un favor a nadie. Siempre aplicando lo que yo soñé, que era ser buena gente y un médico accesible a la comunidad”, explica. La especialización en ese campo no fue algo pensado desde el principio, pero después de ver que las mujeres embarazadas lo buscaban para que las atendiera, le empezó a llamar la atención. “Trabajaba más que el carajo; un cirujano en una tarde normalmente hace 3 cirugías, pero yo terminaba haciendo 7 u 8, porque la gente me pedía el favor, yo sabía que venían de lejos y las programaba”, cuenta entre risas, agregando que cuando alguien necesitaba un favor, él era la primera opción. La fama de “el doctor buena gente” creció rápido y, con ella, las preguntas acerca de por qué no incursionaba en la política. Los que le decían esto estaban seguros de que la gente lo apoyaría. Luego de prepararse con estudios en Gobierno y Gestión Pública y hacer experiencia como Secretario de Salud del departamento de Casanare, decidió lanzarse como candidato a la Cámara de Representantes por el partido Centro Democrático. “Uno en la vida puede conseguir lo que quiera, pero hay que ser disciplinado. Hay que saber que cuando uno se mete en algo, sea lo que sea, tiene que conseguirlo, sin pasar por encima de nadie, respetando a los demás. Construyendo y preparándose”, explica. Los resultados fueron claros: había sido elegido por los casanareños. “De verdad, ahí sí sentí que la gente de Casanare me quería. No por politiquero, los políticos tradicionales no daban un peso por mí”, dice, orgulloso. La terquedad que menciona en sus defectos se ve en su accionar, lo cual lo llevaría a alcanzar muchos de sus sueños, aunque, también a causa de eso, a cometer errores. Dice que cuando algo se le mete a la cabeza, no descansa hasta conseguirlo. Jairo es un llanero empecinado, que logró ser elegido presidente de la Comisión Séptima de la Cámara, encargada de salud, trabajo, vivienda, mujer y juventud; gracias al trabajo social realizado como profesional de la salud en su departamento. Habla de sus expectativas y el futuro, y sus ojos brillan con emoción. Cumplió su sueño de ser médico y ayudar a las personas; ahora espera seguir haciéndolo, pero por medio de la política.
- 15/30: Las razones por las que algunas mujeres evitan montar bicicleta
15/30: Las razones por las que algunas mujeres evitan montar bicicleta Seminario de Video, Comunicación Social y Periodismo En este 5to capítulo de la segunda temporada de 15/30, te contamos las razones por las cuales las mujeres montan menos bici que los hombres; cuál es la historia detrás de los miembros del equipo Cafeteros Pro, que hoy destaca en la Superliga Americana de Rugby; discutimos acerca de la tala de árboles en Bogotá para la ampliación de las estaciones de Transmilenio. También podrás disfrutar de un perfil del artista Lalo Ebratt y harás con nosotros un recorrido por Lumen Spei, una nueva experiencia de la Catedral de Sal de Zipaquirá. Ver también: 15/30: Polémica por personajes televisivos asociados con fomentar el acoso Compartir
- Yo soy tu amigo... infiel
Yo soy tu amigo... infiel María Paula Hoyos , Comunicación Social y Periodismo Fecha: Toy Story 4 es esa película que triunfó en los Óscar gracias a su animación excelsa y pese a su argumento fofo. Lea también: Poco Ortodoxa, un llamado a la libertad Compartir Foto: Toy Story 4 es un filme que, por aspectos como la fluidez y el detalle, se constituye en un verdadero portento de la animación. Este año, durante la celebración de la nonagésima segunda edición de los Premios de la Academia, Pixar, el gigante de la animación, se llevó el premio a Mejor Película Animada con la cuarta secuela de la historia de Woody y su equipo. Tratándose de una película inscrita en una tetralogía que pasó a la historia por haber lanzado el primer largometraje animado por computadora, y que ya había obtenido la estatuilla a Mejor Película de Animación con la tercera cinta, el éxito de esta cuarta continuación se veía venir. Lo anterior, sin duda, deja entrever la constancia de un equipo de producción compuesto por cineastas como John Lasseter, que se han comprometido con la historia de juguetes desde el primer estreno hasta la actualidad. La animación del filme es sencillamente primorosa: desde las arrugas que se forman en la indumentaria de Woody al encorvarse, pasando por el definidísimo movimiento labial de Forky al articular el nombre de Bo, la pastorcita; hasta minucias como las raeduras de la puerta blanca del armario de Bonnie, existe clara evidencia de que los realizadores de la cinta prestaron vehemente atención al detalle. El trabajo animado, además, contribuye al esclarecimiento de mensajes como el contexto espacio-temporal de la trama: elementos como el hecho de que el hilo rojo que se utilizó para remendar el brazo de Woody en la segunda película comience a notarse, o los raspones opacos que se observan cerca de las articulaciones de Buzz, dan cuenta del desgaste por uso y tiempo de los juguetes. Escenas como la última – en la cual la profundidad de campo creada realza a los protagonistas ubicándolos en un primer plano que contrasta con el blur del fondo – develan, además, una rigurosa atención a la composición. Ahora, si bien la película presenta uno que otro ‘descache’ de animación, como el cambio físico de Andy respecto a la primera cinta; el mérito que genera la meticulosidad impresa en el grueso del trabajo de animación es razón suficiente para que el público dedique una hora y cuarenta minutos de su preciadísimo tiempo a la contemplación de esta maravilla animada. Es necesario decir, sin embargo, que lo solemne de la animación puede verse empañado por la ligereza del argumento. Detrás de una fachada de emancipación femenina encarnada por Bo Peet - personaje que migró de la delicadeza a la tenacidad y de la falda al pantalón, en la última secuela – permea el refuerzo de estereotipos machistas a través de escenas como la de la avería del auto de los padres de Bonnie, en la cual el padre es quien toma las riendas de la reparación de las llantas, delegando a la madre la responsabilidad de hacerse cargo de la niña… Y ni hablar, ahora, del remedo de final, pues aquella serie fílmica que se catapultó a la gloria al ritmo de Yo soy tu amigo fiel terminó, en últimas, como señalan sabiamente los memes que circulan en redes: “enseñando a cambiar los amigos por una chica”. Toy Story 4: un culto a los principios de la animación, un oprobio en contra de ciertos valores morales básicos y una producción que, lejos de constituir una simple pieza pueril, es un entramado de esfuerzos y desaciertos que bien vale la pena analizar.
- El ciclismo se toma la Sabana de Bogotá
El ciclismo se toma la Sabana de Bogotá Luisa González y Luisa Traslaviña Fecha: En Sabana Centro, la bicicleta se ha convertido en un medio de transporte para quienes quieren evitar el tráfico, mejorar su salud, perder peso y conocer nuevos rumbos. El biciturismo promete en el desarrollo económico de la región. Lea también: Amor en el frente Compartir Foto: Luisa Fernanda González | Parador en el trayecto que conecta a Chía con Tenjo A mediados del año 2020, después de las lecciones aprendidas en la andemia sobre la importancia de la buena salud, en las principales ciudades de Colombia comenzaron a crecer las ventas de bicicletas. La tendencia va creciendo. Según datos de la tienda de implementos deportivos Decathlon, en el 2023 se registró un aumento del 51% en la compra de bicletas respecto al año anterior. Los colombianos optan por el ciclismo como deporte y para muchos es su medio de transporte ideal para evadir trancones. "Desde un tiempo para acá la gente está optando por una movilidad mucho más sostenible y, así, encontrar nuevas maneras de hacer deporte. Por eso, hoy vemos que cada vez son más los colombianos que salen a sus trabajos en bicicleta, encontrando en esta una nueva forma amigable con el medio ambiente y divertida de transportarse", dice Alexander Pineda, responsable de la compra y distribución de los implementos de ciclismo para Decathlon. Según Leading Transportation Analytics Solution (INRX), Bogotá es la sexta ciudad con mayor tráfico vehicular en el mundo, y los conductores pierden alrededor de 112 horas al año solo en trancones. Por esta razón, los ciudadanos han optado por la bicicleta, aprovechando las ciclorrutas que hay en la ciudad. Pineda añade que se si bien se venden bicicletas eléctricas y urbanas, las que más se comercializan hoy son las de ruta y montañismo. Una de las zonas del país que más ha visto crecer las actividades relacionadas con el ciclismo es la región Sabana Centro. La directora de Insdeportes Cajicá, Katherine Artunduaga, asegura que las cifras de inscritos en programas de ciclismo han aumentando significativamente en los últimos diez años, e que incluso en la pandemia las personas no dejaron de practicar, participando en actividades en casa guiadas por instructores desde las rutas de montaña. En el municipio se llevan a cabo eventos ciclísticos de manera constante. Uno de ellos es el ciclopaseo “Rodando al 100%” los jueves cada 15 días. Se hacen recorridos en el pueblo y sus zonas aledañas, especialmente lugares como La Cumbre, un mirador por el que algunos hacen senderismo, pero la mayoría llega en bicicleta. Según cuenta Artunduaga, existen otros eventos o festivales ciclísticos que se convocan con al menos tres meses de anticipación, y cuentan con el apoyo del Cuerpo de Bomberos y la Policía. Uno de estos es el circuito ciclístico “Pedaleando por un futuro”, con alrededor de 400 inscritos. El evento tuvo lugar el pasado 16 de octubre, con cierres viales que permitir el paso de los ciclistas y, al final, entrega de premios. En Chía, por su parte, este deporte se ha convertido en una actividad predilecta para sus ciudadanos. Uno de esos aficionados es Andrés Putumayo, un apasionado por el deporte desde pequeño y con cinco años de práctica constante en el ciclismo. Es creador digital, pero hace dos años decidió emprender creando su propio grupo de ciclistas, Los Capos, con quienes le gusta ir a rodar, cruzar montañas, observar la naturaleza y extender su pasión con personas de Chía o municipios aledaños. El parador de El Capo –así nombró su emprendimiento– es el sitio donde llegan a encontrarse, a desayunar antes de arrancar y a almorzar después de la travesía. Desde entonces, su pasión es crear nuevas rutas cada fin de semana, ir a conocer nuevos lugares y atravesar los paisajes de La Sabana. Uno de esos circuitos es “La vuelta a la manzana agrandada”, un recorrido de 31 kilómetros que pasa por Chía, Tabio y Tenjo. Va desde Los Puentes, pasando por Bella Vista, el Parque Monarca y Alcaparros, para luego volver a Chía. Con subidas y bajadas, lugares con trocha y otros de asfalto, es considerado un recorrido básico, pero no fácil. Los capos y su recorrido El punto de encuentro es el parador del Capo, sobre la vía Chía-Tabio, con tinto de bienvenida. Destaca la buena atención de sus anfitriones, Andrés Putumayo y su esposa, María Paula Cruz. El parador, según comenta Cruz, nació de un sueño que tenía su esposo desde hace mucho tiempo y fue creado para traer amigos, atender a la gente y hacer felices a muchos. A los que llegan, les ofrecen jugo de naranja y arepa de queso, como fuente de energía para emprender el recorrido. El lugar es una pequeña casa de madera en la que preparan los alimentos, tiene mesas, baños, un aparcador de bicicletas y una amplia zona verde en la que los ciclistas pueden dejar sus carros y empezar a disfrutar de la naturaleza. Humberto Galeano y Luis Restrepo son miembros del grupo El Capo. Restrepo trabaja con un programa aeronáutico con la Embajada de los Estados Unidos, y después de siete años de practicar ciclismo asegura que está en un nivel intermedio, porque todavía hay zonas que le dan dificultad. Entrena los fines de semana, así como martes o miércoles por la tarde. Prefiere la ruta de montaña, dado que le exige más que las demás y es un reto mental para él. Galeano, por su parte, es gerente general en una compañía de tecnología. Hace tres años empezó a hacer ciclismo como una forma de recuperarse de una cirugía de nariz y otros episodios médicos que padeció, y la bici se convirtió en terapia de recuperación. Está en nivel intermedio y siente que ha progresado por su disciplina. Los fines de semana procura salir a hacer las rutas que estén destinadas para esos días y prefiere la ruta de montaña. Entre risas, este ciclista cuenta que hace poco se perdió en una travesía en Tibasosa, Boyacá. “Me perdí durante el recorrido, entonces terminé haciendo 20 kilómetros más que los demás”. Como ellos, todos van contando anécdotas antes de salir. Es una forma de socializar antes de emprender el camino. Luego del desayuno, empiezan todos los ciclistas a alistar “la cicla”, y a hacer ejercicios de estiramiento, para evitar calambres. También se equipan con los implementos de seguridad –el casco, lo más vital– así como guantes y rodilleras. La salida es a las 8 de la mañana. Es un sábado cálido de octubre con sol vibrante, y temperatura de 18 grados, perfecto para salir a montar. La ruta comienza subiendo la montaña, una vía angosta, por la que transitan también carros y motos. El paisaje está rodeado de verdes árboles frondosos, pero también un abismo al costado que imprime respeto. Pronto se disfruta del viento en las mejillas y caen las primeras gotas de sudor en la frente. Putumayo y su equipo llevan practicando el ciclismo desde hace tiempo; sin embargo, la comprensión es una de sus virtudes, y tienen la regla de esperar a los que se van quedando porque, en palabras de su líder, “nos vamos todos y llegamos todos”. Al kilómetro 3.5 se empieza el descenso al municipio de Tabio, donde empieza la carretera principal y tráfico vehicular. En el camino, hay tres formas de hidratarse: la carimañola, un termo con energizantes o suero sin sal, o un Camelback, la mochila de hidratación. La recomendación es llevar un litro y medio o dos de agua, dependiendo la exigencia de la ruta. En esta, un litro basta. Luego, en el kilómetro 8.5, viene el descenso al municipio de Tenjo, atravesando una carretera intermunicipal. A lo lejos se alcanza a ver la Peña de Juaica, el pico más alto del municipio, una montaña conocida por los fenómenos paranormales que, dicen algunos, ocurren allí, y esto losa convertido en un sitio turístico imperdible para los amantes del misterio. Después viene la llegada a Tenjo, por la rotonda de Esteban Chávez (el chavito), uno de los ciclistas más reconocidos de Colombia. Y aquí los nuevos en el pelotón de Los Capos hacen una pausa frente al mural en honor al deportista, para tomarse una foto antes de continuar su trayecto. El tráfico en esta zona suele ser complejo, y requiere precaución extra, porque andar en bicicleta también es, en sí misma, una actividad de riesgo. Del 1 de enero a abril del 2023, se habían registrado 88 accidentes con ciclistas, 22 de los cuales habían sido fatales, según cifras de la Gobernación de Cundinamarca. Es por esto que el entonces secretario de Transporte y Movilidad del Departamento, Jorge Godoy, lanzó la campaña ‘Ciclo Amigo por la Vida’ en la que, a través de capacitaciones con los gremios asociados de transporte público de pasajeros, transporte de carga y otros tipos de asociaciones, pretendían concientizar a los conductores sobre la importancia de prevenir incidentes en la vía y cuidar la vida de los ciclistas. Tras las fotos en el mural, y de andar unos pocos kilómetros, Los Capos llegan a Martín Espino, en los límites entre Tabio y Chía, con una pendiente de 450 metros de subida, pero coronarse supone alcanzar el kilómetro 20 del recorrido, para pasar más adelante por Vagones, o lo que se llama La Valvanera, de regreso a Chía. Los miembros del grupo cuentan que estos terrenos pertenecían al presidente de Ferrocarriles Nacionales de Colombia, y desde entonces se conocen como Vagones, porque para hacer su casa trajo unos vagones de los ferrocarriles y los instaló dentro de su finca. Putumayo suele detenerse allí para señalarle a los nuevos cómo se ven estos vagones a lo lejos, que hoy en día siguen habitados, otros son un salón social e incluso hay bares operando dentro de los mismos. Vienen todavía otros 4 kilómetros de ascenso, y por fin el grupo toma un descanso en un punto de hidratación. Allí, María Hernández y Anderson Cuesta, dos habitantes de la zona, salen cada fin de semana al encuentro de los ciclistas, para vender alimentos e hidratación. Ofrecen salpicón, jugo de naranja, queso con bocadillo y agua, guarniciones fundamentales para los ciclistas. Cuesta, con su puesto ubicado a unos 20 metros del de Hernández, cuenta que lleva 12 años trabajando allí. Su motivación para emprender este negocio fue precisamente su amor por el ciclismo, y asegura que utiliza bicicleta desde quera un niño. Los batidos, el banano, las bebidas energizantes y el salpicón también son infaltables en su oferta para los deportistas. Esa mañana, dos novatas en el grupo no estaban en condiciones de continuar el recorrido. Pero Putumayo, buen líder, se sentó a su lado y, mientras recuperaban fuerzas para continuar, les explicó que, en el ciclismo, el reto es, sobre todo, mental. “En el momento en que te enfrentas a una cuesta, una subida dura, es tu cabeza la que te dice que no vas a poder hacerlo, y lo que te lleva a bajarte de la bicicleta o empezar a sentirte más cansado”. Así, luego del breve descanso, los Capos emprenden el regreso al Parador, al que llegan alrededor de las 10:40 de la mañana. Los ciclistas suelen lavar las bicicletas, y hay un segundo desayuno, con salpicón, huevos al gusto y arepa con queso. Mientras tanto, Putumayo cuenta que la bicicleta se ha convertido en una terapia para resolver problemas consigo mismo: “Yo alcancé a pesar 120 kilos. Este deporte fue el que me hizo reducir la talla y el peso. Por eso siempre pienso: si lo puedo hacer conmigo, lo puedo hacer con más gente”. Pero asegura que los beneficios del ciclismo van más allá: ayuda a prevenir la artrosis, a fortalecer la capacidad pulmonar, reduce el estrés y es apto para personas de todas las edades. “Quien monta en bicicleta de forma regular se ahorra visitas al médico, medicamentos, e incluso, costosos tratamientos”, aseguran desde la Fundación Española del Corazón. Después de desayunar, con el calor del mediodía acercándose, la mayoría de ciclistas se despiden, agradecen la hospitalidad y el recorrido. Como ellos, existen otros muchos grupos de ciclistas aficionados en la zona, todos con ansias de conocer nuevas rutas, pedalear varios días a la semana y hacer nuevos amigos. La creación de Los Capos y la creciente comunidad ciclista han enriquecido la vida de los residentes de Chía, asegura también la directora de Insdeportes, Katherine Artunduaga, y también de los municipios cercanos, fomentando la amistad, la salud y la apreciación de la belleza natural de la región que empieza a consolidarse como un destino emergente de biciturismo, un futuro que promete y tiene todas las condiciones para consolidarse.
- Ochenta y siete metros
Ochenta y siete metros Laura María Miranda Clavijo, Comunicación Social y Periodismo Fecha: El coronavirus nos ha robado mucho pero también nos ha dado la oportunidad de estar más presentes, nos ha dado un regalo que pocas veces tenemos la oportunidad de recibir: tiempo. Lea también: Cómo evitar crisis en los adultos mayores durante la cuarentena Compartir Foto: Foto: Laura Miranda “Sé que últimamente estás muy ocupado y lo entiendo, por eso no te voy a pedir nada para mí, no quiero desviar tu atención de las oraciones que elevan hacia ti otras personas con verdaderos problemas”. Esto es lo que le digo a Dios todas las noches desde que comenzó esta locura en mi país. El viernes 06 de marzo de 2020, el Ministerio de Salud confirmó el primer caso de coronavirus en Colombia. Todos sabíamos que tarde o temprano iba a pasar, pero nadie nunca se imaginó, ni en sus sueños más absurdos, lo que sucedería días después. Aquel viernes fue la última vez de muchas cosas y nunca lo sospeché. Nadie nos avisó que la vida que llevábamos se escaparía de nuestras manos en menos de una semana. Por mi parte, el mundo que conocía se había reducido a ochenta y siete metros con catorce centímetros cuadrados. LA “GRIPITA” Los casos de contagio y el miedo aumentaban sin tregua alguna. El virus proveniente de China puso al mundo patas arriba por causar diversas afecciones, que según la OMS, van desde el resfriado común hasta enfermedades más graves, como el síndrome respiratorio agudo severo. Con un poco de retraso, el gobierno colombiano empezó a tomar medidas. Habían pasado cinco días, era 11 de marzo y con nueve casos confirmados en el país, el presidente ordenó el aislamiento obligatorio a los pasajeros provenientes de España, China, Italia y Francia. Un día después, con la resolución 385 del 12 de marzo de 2020, se declaró emergencia sanitaria en todo el país, causando la cancelación de todos los eventos públicos. Cuatro días más tarde, el mandatario restringió el ingreso al país de personas no nacionales y no residentes. Y yo aún muy tranquila. Mientras el virus se seguía propagando por todo el país, llegó la primera recuperación, se cerraron bares y discotecas, diferentes departamentos ordenaron el toque de queda. El pánico colectivo crecía como espuma. Doce días después del primer caso anunciado, la cifra de contagios en Colombia llegó a 65. Inesperadamente recibí un correo de la Universidad: “Comunicado 04 COVID 19: Suspensión de todas las clases presenciales a partir del lunes 16 de marzo”. Al leerlo, sentí alegría, no lo niego. Pero la sonrisa que tenía se desdibujó mientras lo leía en voz alta para mi hermano. Aterricé en la realidad, las cosas estaban empeorando y esa “gripita” en un abrir y cerrar de ojos le puso freno a la vida de muchos. ¿YA SE LAVARON LAS MANOS? Por medio del decreto 417 del 17 de marzo de 2020, el presidente Iván Duque decretó el estado de emergencia y veinticuatro horas después los contagiados subieron a 93, algo realmente alarmante. La alcaldesa de Bogotá, Claudia López anunció, en unión con otros alcaldes, un simulacro de aislamiento que el Gobierno nacional tumbaría y restablecería horas más tarde. Acto seguido se suspendió el tránsito e ingreso de viajeros internacionales a Colombia. La ansiedad e incertidumbre aumentaba con cada comunicado del Ministerio de Salud, pero se percibía un cierto aire de tranquilidad porque aún la temida cuarentena no era una realidad, era apenas un simulacro, o eso era lo que creíamos. 145 casos, constantes campañas de “lava tus manos”, “etiqueta de la tos” y “quédate en casa” retumbaban una y otra vez en mi cabeza, en todas mis redes sociales la palabra coronavirus se repetía a cada instante. La ansiedad se empezaba a reflejar. Mi mamá, después de cada anuncio, agregaba con un gesto angustiado: “que la sangre de Cristo nos proteja”. También se escuchaban los: “¿ya se lavaron las manos? y “tose bien, Juan Diego”. Estaba claro, nuestra vida había cambiado. “MUY TARDE, SEÑOR PRESIDENTE” Mi aparente tranquilidad se derrumbó cuando el himno nacional interrumpió la novela “Amar y vivir” que veía junto a mis papás. La alocución presidencial solo confirmaba el presentimiento de muchos y finalmente después de un largo preámbulo se confirmó: “aislamiento preventivo para todos los colombianos a partir del 24 de marzo al 13 de abril”. “Muy tarde, señor presidente”, dijeron algunos. Otros se preguntaban, “¿y los animales?”, “¿y los arriendos, los servicios?” “¿Qué va a pasar con los que somos independientes?”… y todos pensábamos en los que irresponsablemente habían decidido pasar el puente fuera de Bogotá. La vida nos sacudió y la incertidumbre nos consumió, el ruido constante de las redes y los medios de comunicación hacían difícil la búsqueda de la tranquilidad. Colombia no estaba preparada, el coronavirus desnudó nuestra realidad. Cuánta desigualdad. Mientras en mi casa nos preguntamos: ¿para cuántos días debemos comprar? Muchos otros se preguntaban: sin trabajo ¿cómo vamos a comer? Se unieron todos los problemas, la caja de Pandora había sido abierta. Hambre, desempleo, enfermedad, sistema de salud débil y encierro. ¿Se estaba desatando la furia de los dioses como en otros tiempos? Yo creo que sí. BURBUJA La vida que conocíamos era solo un recuerdo, ahora la realidad y la rutina eran otras. Antes de la cuarentena, los días empezaban a las 4:00 de la mañana. Hoy tenemos la libertad de dormir cinco minuticos y hasta más. Los primeros días siempre son difíciles, mi papá no se hallaba. Iba de un lado para el otro, con las manos en los bolsillos y muy pensativo. Estaba claro, no se conocía estando en casa, no era su hábitat natural. Parecía un cachorrito olfateando y descubriendo a su paso los objetos y espacios de su nuevo hogar. Mi papá, siendo profesor de la Universidad Nacional, no pasaba mucho tiempo en casa. “Yo vivía entrando y saliendo. Tenía muchas reuniones y mucho intercambio con personas”, afirma. Yo tampoco pasaba mucho tiempo aquí, el horario de la universidad y los trancones eran la razón. Por esto, era muy poco lo que se compartía en familia. Hoy yo recibo clases virtuales y mi papá las dicta. Ha sido difícil. Él empezó con videos y muchas complicaciones. Días más tarde se atrevió a dar sus clases en vivo. “No, nena fue tenaz”, me dijo. “No sabía cómo poner la presentación. Y cuando me di cuenta, el celular se había descargado y yo estaba compartiendo internet de ahí. Quién sabe hace cuando se había apagado y yo seguía dando clase. Ojalá la otra sea mejor”, agregó. Afortunadamente, yo he podido responder con mis responsabilidades académicas sin ningún problema. Mis clases no han sido tan accidentadas como las de la Universidad Nacional, donde por cuestiones económicas los estudiantes no pueden acceder a ellas porque no tienen un computador o un plato de comida. Y otra vez, encuentro la desigualdad en todo su esplendor. TIEMPO Por otro lado, Juan Diego, mi hermano, parece llevar muy bien el encierro. Tiene práctica. Él mismo se aisló del mundo después de llegar de un intercambio. “Esto no ha sido nuevo para mí, han sido muy pocas las veces que he salido desde que llegué , la cuarentena no me ha afectado tanto, la verdad”. Su rutina no cambió mucho. Una partida en Fortnite o en Call of duty es su único compromiso en el día. Pero, al iniciar la Semana Santa, en su apretada agenda se sumó un entrenamiento virtual y diario por parte de su club de fútbol. Y no lo voy a negar, ha sido difícil convencerlo de que es necesaria su ayuda para que esto funcione. “Lava los platos, Juan Diego. Tiende la cama, por favor. Ayúdanos a barrer”, le insistimos. Mi mamá es la única que sale. “¿Para qué se van a exponer ustedes?”, respondió cuando mi hermano, mi papá y yo nos ofrecimos para hacer las compras y para sacar a Camel. “Mami, es mejor que mi papá y tú no salgan, el riesgo es mayor para ustedes”, insistió mi hermano. Pero a pesar de los intentos ninguno logró cambiar su decisión. Y la verdad, no me sorprendió su sacrificio. Siempre se ha comportado como una leona para protegernos. Mi mamá extraña muchas cosas de antes, pero lo que más ha significado una pérdida ha sido la eucaristía, me lo confiesa con lágrimas en los ojos y puntualiza: “es lo que más me ha dolido”. Ella ha intentado ser fuerte para otros y llevar un mensaje de esperanza a muchas personas. Es la que une a la familia. Nos convoca para bailar en la sala, jugar un bingo bailable y ver películas en un cine improvisado que construimos con almohadas, cobijas y un video beam . Aunque no ha sido fácil y el miedo se cuela de vez en cuando, no todo ha sido malo. Descubrí que a mi papá no le gusta mojar el pan en el chocolate y que es igual de novelero a mí. Descubrí que mi hermano prefiere el huevo en tortilla al huevo frito y que puede cocinar un delicioso salmón. Mi mamá tiene don de gentes y la capacidad de alegrar la vida de otros con pequeños mensajes de Dios. Descubrí que su vocación y creatividad no tienen límites. Yo por fin pude declarar mi amor al arte culinario e hice recetas que había aplazado por falta de tiempo. El coronavirus nos ha robado mucho pero también nos ha dado la oportunidad de estar más presentes, nos ha dado un regalo que pocas veces tenemos la oportunidad de recibir: tiempo. Tiempo para amar. Tiempo para nuestro planeta, para reflexionar y cambiar.
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