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  • El Crudo Mar

    El Crudo Mar María José Alarcón, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Dos derrames de petróleo a principios de agosto del 2020 afectaron grave e indefinidamente al Parque Nacional Morrocoy. Este problema se suma a la crisis por pandemia y por la escasez de gasolina en Venezuela. Lea también: Cúcuta: entre covid-19, contaminación y olvido Compartir Foto: PSScene48and Lo que un día había sido un parque natural rodeado de aguas cristalinas y templadas, de gran atractivo turístico y con una inmensa riqueza de organismos tropicales fue cubierto por una extensa mancha negra de 350 km2, lo que equivale más o menos a 49.000 canchas de fútbol. El Parque Nacional Morrocoy, ubicado en noroccidente de Venezuela, había sido afectado por un derrame de aproximadamente 20.000 barriles de petróleo. .... Como cualquier otro día de cuarentena debido a la pandemia por covid-19, me desperté dispuesta a comenzar mi jornada de clases virtuales, no sin antes informarme como lo hace cualquier centennial por estos días: en redes sociales. Desbloqueé mi teléfono desde la comodidad de mi cama y de repente todo mi timeline de Instagram estaba lleno de noticias sobre un derrame de petróleo en Morrocoy. Tomas áreas, fotos hechas de los falconianos, videos con voces llenas de desesperación e impotencia de fondo. Era verdaderamente una tragedia. Por un momento, me detuve a pensar y buscar en los viejos cajones de mi memoria mis recuerdos de pequeña cuando visitábamos el parque. Lo primero que recordé fue despertar muy temprano para que con suerte pudiéramos regresar antes de que anocheciera. Luego, recordé un camino de dos horas en los que jugaba con mi hermano para ver quién aguantaba más la respiración en los túneles que había en el camino, yo siempre perdía, pero ahora creo que él hacía trampa. Finalmente, llegábamos a Tucacas, la parte más baja del Parque Morrocoy, dispuestos a pasar un día agradable sobre la arena blanca, bajo el intenso sol, junto con las aguas tibias y recargándonos con el olor del mar y del pulmón del parque. Morrocoy fue declarado Parque Nacional en 1974 y consta de 32.090 hectáreas de zona terrestre y marítima. Si bien sus playas son las favoritas de muchos venezolanos y extranjeros, su principal atractivo son los islotes y los cayos que están acompañados de manglares y corales. En Colombia, Morrocoy podría compararse con el Parque Corales del Rosario. Otra característica de Morrocoy es la vasta presencia de marinas comerciales que por generaciones se han dedicado al turismo ofreciendo paseos alrededor de los seis cayos principales y la experiencia de bucear en sus aguas. Pero de pronto, como en muchas otras zonas de Venezuela, el turismo empezó a decaer. Tal vez por los problemas de infraestructura en las vías, tal vez por la crisis económica del país, probablemente los comerciantes empezaron a recibir menos turistas por el gran éxodo venezolano. A final de cuentas, parecía que muchos se habían olvidado de Morrocoy. Debido a la cuarentena en la que se vio sumido el mundo durante el segundo trimestre del 2020, se originó una caída entre 8,03% y 9,09% de la demanda global de crudo, según la OPEP. Esto elevó el nivel de inventarios de petróleo al punto de ya no contar en el mercado global con espacio físico para almacenarlo, dando como consecuencia incontables buques cargueros estacionados en el mar y refinerías a tope. Esto debería ser un tema de preocupación meramente económico. Pero, ¿qué pasa si estos barcos y las refinerías no cuentan con las medidas de mantenimiento y de control necesarias? Ocurren accidentes como el derrame que hubo en las Isla Mauricio, en África en agosto del 2020 debido a un barco que encalló en un arrecife, o como el derrame que hubo en el Parque Nacional Morrocoy. Cuando desperté esa mañana de agosto y vi las noticias de que Morrocoy estaba cubierta de una capa negra parecida a los dementores que aparecen en Harry Potter, la impotencia de no saber qué hacer se apoderó de mí, como muchos de los que están fuera de su país en momentos así. Tal vez por estar a 1.283 kilómetros de distancia y sumándole el hecho de que estábamos bajo una pandemia. Fue entonces, cuando vi la oportunidad de escribir sobre lo que estaba pasando. Tal vez no podía ir hasta allá a colocar una barrera en las playas, pero podía decirle al mundo lo que sucedía y con suerte alguien con los recursos se podría interesar por esa causa. Y entonces empecé a investigar. Me di cuenta por un informe publicado por la Sociedad Venezolana de Ecología (SVE) que al principio se mantuvo la hipótesis de que el derrame vino del buque carguero NAUMA (AIS 9362827). Esta se descartó porque las primeras imágenes de las manchas aparecieron el 22 de julio de 2020 cerca de la Refinería El Palito, y el barco zarpó del puerto de La Guaira el 29 de Julio de 2020, por lo que no podía ser este el culpable. Luego, encontré y pude conversar con el autor de este informe, el biólogo y colaborador en el Instituto de Ciencias Marinas de Australia y coordinador del Centro de Biodiversidad Marina de la Universidad Simón Bolívar de Venezuela, Eduardo Klein. Él, un hombre robusto, de cabellos cortos y negros en los que se asomaban unas cuantas canas, respondió a mis preguntas sobre lo que se conoce del derrame, acomodando entre frases sus gafas y con su forma acelerada de hablar, pero sin perder la cortesía: — Yo he estado monitoreando la zona por imágenes satelitales desde que me enteré de la noticia, y me he dado cuenta de que entre el 22 de julio y el 12 de agosto siempre se detectó presencia de una señal asociada a hidrocarburo en la zona marina de la refinería sin que se evidenciaran acciones de contención o recolección. — Me comentó Eduardo y añadió con preocupación — Una vez casi cada dos meses se observa una mancha de petróleo cerca de la refinería, pero no se observan barreras que lo frenen tal y como dice el código de contingencia. Hace un año, el 29 de septiembre de 2019, hubo un derrame tan grande como el de agosto de este año, pero la marea lo llevó mar afuera. Ante esas declaraciones busqué más información sobre la Refinería el Palito y descubrí que desde 2017 se encuentra su producción semi paralizada debido a un fuerte incendio. La planta que actualmente cuenta con la capacidad para procesar 140.000 barriles diarios de crudo produce solo cerca de 22 mil barriles diarios, de los cuales 18 mil son de gasolina y los otros cuatro mil son de gasoil y derivados del petróleo. Esto se debe a daños en las calderas por falta de mantenimiento, indicaron trabajadores de la empresa Petróleos de Venezuela (PDVSA) al medio nacional El Pitazo. Contactar con fuentes públicas y empresas simpatizantes al gobierno venezolano es sumamente difícil. En vista de la desinformación de PDVSA sobre lo que pasó en El Palito y la falta de respuestas del Ministerio de Ecosocialismo y el Instituto Nacional de Parques (INPARQUES) hacia los científicos que quieren investigar sobre el impacto de este derrame, los únicos que están dispuestos a otorgar información son los lugareños. Así fue, como a través de redes sociales pude dar con Jairo Méndez (a quien se le ha cambiado su nombre), un hombre alto, de ojos caídos, barba canosa y que según las marcas en su cabello acostumbra a usar gorras, esto puede ser debido a que, por su profesión de promotor de turismo, está acostumbrado a usarla para protegerse del fuerte sol del parque. Él, junto con otras empresas turísticas de la zona, brindan apoyo a la limpieza de las playas. Cuando le pregunté sobre quién había proporcionado las barreras para contener el derrame y qué información se tenía sobre el impacto en el ecosistema, me dijo: — Los organismos que intervinieron fueron PDVSA e INPARQUE, Armada Nacional, grupos voluntarios y empresarios de la zona. Las especies más afectadas fueron microorganismos, peces, erizos, corales y las más críticas fueron las algas, como también las almejas de la playa continental— explicó Jairo. Además, en su opinión — los manglares fueron los más afectados, pero sobreviven, y representan más o menos el 5% del parque y 50% de la playa continental. Estos ecosistemas tropicales son muy frágiles y tardan mucho en recuperarse. Por ejemplo, en 1996 muchos de los corales del parque se vieron afectados por una fuerte falta de oxígeno, ocasionado por gran cantidad de algas. Para principios de este año, casi 30 años después, apenas se empezaban a regenerar. Finalmente, hoy no se observan en imágenes satelitales manchas de hidrocarburos sobre el parque. Esto debido a las labores de limpieza que se emplearon. Pero aún no se puede cantar victoria, pues todavía se ven rastros de petróleo en las raíces de los manglares y se evidencia cómo muchos han muerto y han perdido sus hojas. Es posible que otra parte se haya meteorizado y se haya hundido, corriendo el riesgo de ser consumido por organismos marinos que luego puedan ser consumidos por humanos. Desde entonces, los habitantes del parque siguen esperando turistas, a pesar de la pandemia, a pesar del derrame y a pesar de la irónica crisis de la falta de combustible en el país, lo que tiene a su población paralizada. ... Cierro el documento con la pre investigación para este tema y me queda una mezcla de sentimientos. Por un lado, la satisfacción de conocer un poco más a profundidad el parque cuyas playas atesoran parte de mi niñez. Pero por otro lado, pienso si con este granito de arena puedo cumplir mi objetivo. También me pregunto si volverán los niños a ser amigos de otros con esa naturalidad que los caracteriza, me pregunto si volverán a cazar olas o a enterrar sus cuerpos en la arena. Me pregunto si el parque volverá a ser como muchos los recordamos, lleno de música, risas y recuerdos junto con el sonido de las olas de fondo. Puede que este derrame sea olvidado, como el que hubo hace 10 años debido a la explosión en la plataforma petrolera Deepwater Horizon en el Golfo de México o como muchos otros derrames. Y a pesar de todos nuestros esfuerzos por hacer algo, siempre tendremos que vivir con la realidad de tener un crudo mar.

  • Videojuegos, ¿perjudiciales para el ser humano?

    Videojuegos, ¿perjudiciales para el ser humano? Juan Sebastián Barón Malaver Fecha: Las ventajas que tienen los videojuegos para una persona son muchas, aunque traten de ocultarlas. Lea también: Game over: más allá de los videojuegos Compartir Foto: Unsplash Los videojuegos son malos… o por lo menos eso dicen algunos padres de familia, periodistas, psicólogos e, incluso, científicos investigadores. Pero ¿cuáles son sus argumentos? Algunos sostienen que hacen a los niños sedentarios, alejándolos de la actividad física y la vida social. Otros indican que reducen el desarrollo mental de una persona debido a lo poco “intelectuales” que son. Hay otros que incluso dicen que los niños y adolescentes se vuelven violentos por su culpa. Les achacan a esta industria los problemas de la sociedad moderna, y defienden a capa y espada que los videojuegos son de las peores cosas que le han podido pasar a la salud y a la mente humana. Es aquí donde cabe preguntarse, ¿cuál es su justificación? ¿cómo defienden estos argumentos? Aquí, una posible respuesta: podríamos estar frente a un cambio generacional. Sus argumentos son los de una población mayor que no entiende los cambios tecnológicos ni a las nuevas generaciones , y acuden a la nostalgia de “todo lo pasado fue mejor”. Como no conocen los videojuegos, o no pueden entender cómo funcionan, los atacan y los demeritan, como si acabarlos supusiera una mejora para la sociedad. Pero esto no es del todo cierto, ya que, si algo hemos visto en los últimos años es que los videojuegos son de las mejores cosas que le pudieron pasar al ser humano y hasta le ayudan a mejorar en un montón de aspectos, aunque suene exagerado. Veamos cómo y por qué. Para aquellos que sostienen que los videojuegos dañan la vida social y la salud física de los niños, no saben en qué contexto viven. Como explica un artículo reciente del diario español Marca , en la actualidad los videojuegos son fundamentales para la relación social de los menores, ya que la gran mayoría, si no todos, hablan sobre sus juegos favoritos y de las formas cómo los afrontan, qué les generan y cómo superan sus retos. Por ejemplo, hoy en día casi cualquier niño conoce Fortnite , un juego gratuito multiplataforma. Aquel que no, podría ser tratado como un bicho raro y tendrá mayor dificultad para relacionarse con sus allegados que sí juegan. Pero esto no solo aplica para los niños. Muchos adolescentes y adultos también ven en esta industria una gran posibilidad de socialización. En internet existen miles de foros activos que hablan de videojuegos, de desarrolladoras o de un género en particular. Esto es un gran chance para que los amantes de la industria compartan sus opiniones y pensamientos con personas de todo el mundo que los entienden y pueden generar conversaciones sobre ellos. Por el lado de la actividad física, existen muchos videojuegos que involucran movimiento real. El que es quizá el caso más famoso es Just Dance, un juego que le pide al jugador que baile en la vida real y, de esta forma, sumar puntos virtuales. Sin embargo, tampoco es necesario hacer tanto movimiento para quemar calorías jugando. Según un estudio publicado en la revista científica Meta-Analysis , el simple hecho de estar concentrado jugando reduce la necesidad de los niños de comer entre comidas , evitando que ingieran alimentos chatarra para satisfacer esta necesidad. Pero las ventajas de los videojuegos no paran en lo físico, y van también a lo mental. Un estudio realizado por el psicólogo Sandro Franceschini de la Universidad de Padua, determinó que los videojuegos ayudan a los niños con dislexia a leer mejor, ya que los hace reaccionar rápido físicamente a lo que se les está presentando en la pantalla . Por ejemplo, si el juego le dice “oprima X”, el niño tendrá que leer esa instrucción muy rápido y reaccionar de igual forma pulsando el botón para realizar la acción en el momento correcto. Esto hace que tengan que leer mejor si quieren aplicar bien los comandos del juego. Adicionalmente, los videojuegos también mejoran las habilidades de ubicación y visión espacial. Tal como lo indica la organización Understood , juegos como Minecraft, que tienen mapas inmensos, hacen que los jugadores deban aprender a ubicarse para poder volver a sus casas virtuales o avanzar por el mapa en búsqueda de nuevos elementos, sin perderse. Por otra parte, según el grupo de salud IMQ, los videojuegos hacen que una persona mejore en sus habilidades de solución de problemas , en las áreas de planificación, organización y pensamiento flexible. Y no solo eso: este mismo grupo indica que estimulan varios sentidos al mismo tiempo, haciendo que la concentración de una persona aumente. En cuanto a la violencia, se trata de un tema delicado. Sin embargo, casi nada tiene que ver un niño o un adolescente violento con un videojuego. En un estudio realizado por la doctora Jeanne Funk y publicado en la revista Applied Developmental Psychology , los niños no se vuelven violentos por jugar, sino que, al contrario, los tranquiliza. Lo único que pudo evidenciar en su investigación es que algunos menores se vuelven menos empáticos, pero lejos de ser violentos . Esto también aplica a los más grandes, ya que los videojuegos los separan de una realidad difícil que pueden estar afrontando, tranquilizándolos y permitiéndoles vivir nuevas experiencias desde sus casas. Es muy probable que aquel que se vuelva violento sea por una causa externa, ya sea de su ambiente o porque tiene una afección mental , pero los videojuegos no provocan este sentimiento de ninguna manera. ¿Qué podemos concluir de todo esto? Los videojuegos ayudan a las personas, no les hacen daño. No hay evidencia suficiente que indique que estos no ayuden a socializar, que afecten el físico, que no propicien el desarrollo intelectual y que sean la causa directa de la violencia . Aquellos que tratan de demeritar esta industria lo hacen porque no saben a qué más echarle la culpa en una sociedad que, en muchos aspectos, funciona mal. Ven en los videojuegos una excusa fácil para justificar lo malo. Y no pueden estar más equivocados. Los videojuegos son el resultado de la evolución humana. Hacen parte del presente y futuro de la especie, y quien no los acepte o los ataque por los argumentos que vimos en esta columna está condenado a quedarse en la falacia del “todo tiempo pasado fue mejor”, quizá hasta que los videojuegos se conviertan en ese pasado mejor y entonces sí empiecen a aceptarlos. Quizá ya demasiado tarde, habiendo perdido sus valiosos beneficios.

  • Resguardo indígena de Chía: territorio marginal 

    Resguardo indígena de Chía: territorio marginal Juan Nicolás Barahona Espinosa, Comunicación Social y Periodismo Fecha: El amor que Jerónimo Jaramillo Socha tiene por su legado histórico lo ha impulsado a unificar nuevamente a los indígenas muiscas. Lea también: La disputa jurídica entre Amarilo S.A., la Constructora Bolívar y la justicia en Chía Compartir Foto: Foto: Juan Nicolás Barahona Espinosa Jaramillo es uno de los referentes de la antropología en Colombia, especialmente en ámbitos de arqueología preventiva. Jerónimo Jaramillo Socha, a simple vista, no parece indígena. O por lo menos, no cumple con el estereotipo físico que se les otorga a aquellas personas. Es de tez blanca. Su estatura supera el metro con ochenta centímetros. Entre sus labios se vislumbran las fibras metálicas de unos frenillos de ortodoncia. Su cabello es crespo. En sus ojos, de un color café que tienden al negro profundo, se percibe la mirada de un hombre tranquilo y calculador. Hace parte de la comunidad muisca del resguardo indígena de Chía, por línea materna. Es antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Se desempeña como líder de proyectos de investigación, desarrollo e impacto social en comunidades indígenas. Sus investigaciones las ha realizado principalmente en el Resguardo Muisca de Fonquetá y Cerca de Piedra, que es su hogar primigenio. También hace parte del equipo de consultores de Centro Latinoamericano de Antropología Empresarial. A su vez, se ha caracterizado por el activismo que realiza dentro de su comunidad indígena. Actualmente dirige Ubas Chi, un colectivo cívico y de trabajo social que busca fortalecer y mejorar el resguardo indígena de Chía. Su amor por su legado histórico lo ha impulsado a unificar nuevamente a los indígenas muiscas, planteando estrategias para la promoción de proyectos productivos, la etnoeducación y el desarrollo de capital social. No supera los 30 años de edad. Él se encuentra en constante movimiento. Un día está en Barrancabermeja; al otro, en algún pozo petrolero en los Llanos Orientales. Sus exigencias laborales le demandan gran cantidad de tiempo. Entre semana persiste incomunicado de las grandes urbes por largas jornadas. Aunque, los sábados y los domingos, sin falta, se dedica profundamente a trabajar con su comunidad, especialmente con los jóvenes. La entrevista que tuve con él se desarrolló en casa de sus padres. Esta se ubica entre la franja fronteriza del resguardo indígena y la zona urbana del municipio, aunque no se percibe cambio alguno. Conforme me acerqué al territorio muisca, decenas de viviendas en mal estado se erigían a lado y lado de la carretera. Las vías dificultaban la movilidad, al igual que los diversos escombros desperdigados por las carreteras de tierra. Había (hay) tugurios que se vislumbran en los cerros occidentales de Chía. El hacinamiento también es notorio. Cuando llegué a mi destino, Jaramillo salió a mi encuentro con cierta parsimonia, la cual imprime a la hora de hablar. Aunque, al hacerlo, siempre es certero con lo que dice. Mientras caminábamos hacia su casa, me señaló un gran edificio en proceso de construcción que se levanta al oriente. “Eso era territorio indígena. Pero a la empresa ni le importó”. Por encima de nosotros también se levantan más construcciones, aunque en condiciones muchísimo más precarias. Una desazón lo invadió. Su respiración y su mirada fungieron como cómplices de sus sentimientos. “Esto no parece un resguardo indígena”, le dije, excusándome de antemano por un posible juicio de valor. “Tristemente así parece”, respondió. “Nos estamos convirtiendo en el principal cinturón de miseria en el municipio”. -¿Por qué está sucediendo eso? -Entremos y nos tomamos un tinto, porque esto da para hablar un largo rato. *** Nos sentamos frente a frente. Dispuse mis equipos de grabación. Sin preámbulos solté mi primera pregunta: “¿Cuáles son las principales problemáticas que están afectando a la comunidad muisca de Chía?” Si bien la mayoría del tiempo es sonriente, Jerónimo se torna serio al hablar sobre el resguardo indígena, haciendo esbozos de su preocupación e impotencia por la situación en la que se encuentra su comunidad. Tras mi pregunta, asintió con la cabeza, frunció ligeramente el ceño en señal de concentración y empezó a hablar. Así persistió hasta finalizar la entrevista, siempre atento a cada pregunta. -Bueno. Inicialmente, hay un problema que no se puede tratar a un corto plazo y que posee un origen histórico: Es la configuración del territorio donde se encuentra el resguardo. Ha sido un territorio relegado hacia los cerros occidentales de Chía, en donde, por supuesto, la infraestructura vial y el saneamiento básico hace que sea muy complejo un desarrollo como lo sería en una parte plana del municipio. El segundo conjunto de problemáticas están asociadas con la autogestión de la comunidad. Esto tiene que ver, básicamente, con cómo nos identificamos a partir del hecho de ser indígenas, y no sólo habitantes de Chía. Esto se ha arraigado porque no todas las personas del resguardo reconocen las características legales, administrativas e identitarias de su condición. La gran mayoría piensa que es un hecho muy de imagen, de andar con una túnica blanca, un sombrero y una mochila, y no. Lo fundamental recae en qué tipo de cosmovisión y qué tipo de relación se tiene con el entorno. Al no tener conciencia, al no tener ese despertar indígena, no puede trabajarse desde esa característica cultural y esa posición social. -Y, en este caso, ¿la regulación que hacen las autoridades indígenas es correcta? Es decir, ¿es óptima su labor en materia de infraestructura, de desarrollo social, de inversión económica y también en proyectos de carácter cultural? -Acaba de tocar el tema más sensible que afecta actualmente al resguardo, y es cómo esa característica colectiva indígena se manifiesta a través de una estructura política tradicional. Si bien en una organización occidental, por así decirlo, hay una organización municipal, con una alcaldía y un concejo, en el territorio indígena debe existir un símil. El cabildo, que es la principal forma de gobierno del resguardo, no tiene la capacidad de gestión que requiere nuestro territorio. Estamos hablando de 3100 personas, de 4 sectores, 201 hectáreas y una presencia fuerte de autoridades del municipio. No existe una gestión suficiente para financiar proyectos, a tal punto que llevamos más de dos años intentando obtener el acceso a recursos que la Nación otorga a las comunidades indígenas. El cabildo es una estructura que en este momento caducó, es una estructura que necesita reforzarse. Es entonces cuando la iniciativa popular entra a jugar un papel fundamental, planteando cambios a esa estructura tradicional. Hoy, el cabildo debería ser más amplio, más eficiente, teniendo mesas de trabajo y círculos de palabra, en donde la función espiritual, cultural, política y de seguridad se maneje de una manera autónoma . Y todo esto regido por el sentimiento identitario de ser muisca. - ¿Y qué riesgos se han generado para la estabilidad del resguardo indígena de Chía? - Hay un riesgo latente. Estamos siendo cuestionados por el Ministerio del Interior, se han generado una serie de inconvenientes con las agremiaciones indígenas como la ONIC (Organización Nacional de Indígenas Colombianos), en donde la falta de capacidad de gestión nos está llevando a convertirnos en el próximo cinturón de miseria del municipio. Nos estamos replegando con una urbanización desmesurada, a un uso no tradicional del suelo, a un uso no tradicional de prácticas agrícolas, en donde la única forma económica que la gente tiene para sostenerse es un arrendamiento o simplemente salir a trabajar en la ciudad. No existe la capacidad de generar proyectos productivos, y nos estamos relegando, nosotros mismos, a una condición muy crítica y a un estado social bastante complicado. - ¿Cuál podría ser la solución para estas problemáticas? Lo principal, y por lo cual estamos trabajando en Ubas Chi, es la construcción de un Plan de Vida. Este es un documento que permite organizar y regir los territorios indígenas. Puede compararse, por ejemplo, con el Plan de Desarrollo que cada cuatro años presenta el Gobierno Nacional. Sin este, la inversión y la planificación en el resguardo se afectan considerablemente. Es un Plan de Vida entendido como una herramienta que condensa y sintetiza nuestros puntos claves de identidad, de organización, de cultura, de historia y de visión a futuro. En definitiva, representa una carta de navegación bastante práctica. Si bien es el primer paso, en la práctica no es suficiente. El Plan de Vida es una apoyo fundamental, pero lo que realmente determina nuestra capacidad de ejecución y permanencia en el territorio son los proyectos que puedan unirse a este documento: proyectos de salud, de educación, de desarrollo de gobierno propio, proyectos de lengua son los que merecen toda la atención y acompañamiento de la comunidad y de los próximos cabildantes. Iniciativas simples de 12 o 15 millones de pesos pueden generar la transformación que el resguardo necesita. Tenemos que recuperar esa asociación comunitaria, donde la colaboración y la ayuda no parta solo del cabildo, sino también de las familias, siguiendo los valores históricos de nuestra comunidad. -Las autoridades del municipio dicen que el resguardo se está convirtiendo en un “caldo de cultivo” para la criminalidad, para la salud, para la vivienda y el desarrollo. ¿Cree que es acertada esa visión que parte de la Alcaldía? -Totalmente. Aunque, tengamos en cuenta que se ha formado una relación tóxica y negativa. Es una relación que fluye sobre el argumento de que “yo no tengo la capacidad de gestionar -refiriéndose al cabildo-, pero tampoco tengo la capacidad como municipio para generar injerencia en los nuevos procesos”. Es decir, si el cabildo no es suficiente, las autoridades municipales tienen la capacidad de relacionarse, de entender y de traducir esas problemáticas desde un sentido indígena hacia un sentido práctico: No es lo mismo tomar el San Pedro Muisca (fiesta tradicional de los indígenas de Chía) y volverlo netamente una fiesta, a decir que el San Pedro puede transformarse en un evento de fortalecimiento cultural; no es lo mismo una jornada de vacunación a un plan integral de salud indígena entendido desde sus raíces; no es lo mismo crear simplemente una escuela, o generar cupos para los indígenas, a iniciar procesos de etnoeducación propia. Entonces, eso alimenta la relación tóxica entre el cabildo y el municipio. -Pero, volviendo sobre el diagnóstico que estos hacen sobre el resguardo… -Reitero, es totalmente acertado. El resguardo indígena tiene problemas de violencia intrafamiliar, problemas en la organización del territorio, de las estructuras familiares, de seguridad y de saneamiento básico. Está en un riesgo latente de convertirse en un cinturón de miseria en los cerros occidentales del municipio. - Ahora, por favor, hábleme del colectivo, de Ubas Chi. - El colectivo viene forjándose desde mediados del 2010, a partir de los diversos cambios que hubo de gobernadores indígenas. Veníamos de una tradición de unos gobiernos internos en donde los periodos de transición de cada uno de estos fueron dejando una serie de problemáticas cada vez más hondas. Este colectivo nace entonces como una iniciativa comunitaria en función de poder atender una serie de problemáticas identificadas dentro del resguardo indígena. Este no es solo una estructura política y un observatorio, sino también una posibilidad de acción y de transformación. Como investigadores, hemos identificado una serie de falencias a nivel estructural dentro de la organización del resguardo. También hemos detectado problemáticas a nivel social, cultural, económico y, especialmente, de la organización del territorio. En función de eso, nos agrupamos, y hemos decidido convertirnos en un conjunto que genere cambio y progreso dentro de nuestra comunidad. Pero nos hemos topado con dos problemas principales: la identidad y los ingresos económicos. - Sobre esto, se identificó que la estratificación socioeconómica del resguardo es nivel 1. Ustedes como colectivo, ¿qué soluciones proponen para revertir esa situación? - Este tema se conecta con la manera en que la comunidad se relaciona con las instituciones municipales, departamentales y con las que rigen su territorio. Eso es una muestra de cómo un mal diagnóstico, tanto interno como externo, genera una serie de problemáticas mucho mayores, como lo son el acceso a la salud, a la educación y otros derechos. En ese sentido, lograr identificar cuáles son las condiciones sociales y económicas nos permite presentar la realidad sobre la situación correspondiente de nuestro territorio indígena. - Tocó el tema de la educación y la formación en el resguardo. ¿Existen buenos enfoques para construir comunidad? ¿Se están fortaleciendo sus prácticas culturales? - Hay una realidad que debe hacerse evidente. Hay una realidad que debe entenderse, hacerse pública y, sobre todo, debe ser reconocida internamente en el resguardo, y es que estamos en un punto crítico. Estamos, sin ser alarmistas, cercanos a un punto de no retorno, en donde la tugurización, la marginalización y la transformación hacia uno de los cinturones de miseria del municipio es latente y muy fuerte. Esto se ha producido en la medida en que nosotros (la comunidad muisca) no tenemos un claro horizonte identitario, no tenemos una fuerza de identidad en la cual nos reconozcamos como indígenas, en la cual valoremos, dignifiquemos y honremos esa condición. Por lo tanto, si no nos reconocemos como indígenas y no valoramos ese hecho, no vamos a tener la posibilidad de explotar y aprovechar esa misma condición, ese mismo sentimiento. Eso, no solo para que prevalezcan nuestras prácticas tradicionales, sino también para entablar un diálogo con estamentos municipales, departamentales e, incluso, con el ámbito privado. Si nosotros vemos nuestro territorio como una vereda más, si solo nos vemos como familias agrupadas en la montaña occidental del municipio, finalmente a lo que vamos a llegar es a una falla de identidad tan grave que, realmente, cualquier tipo de proyecto va a ser estéril, no va a tener asidero y mucho menos va a tener una proyección, a futuro, que sea sostenible. -En ese caso, ¿por qué cree que se ha generado esa situación? ¿Sí hay buenos procesos de educación en el resguardo? Ese es un tema muy, muy, importante. Y la manera de abordarlo es comprender la forma en que se entiende la educación. A nivel tradicional, la educación se entiende desde una institución. En el caso de una comunidad indígena, la educación es completamente transversal a las prácticas cotidianas. Por ejemplo, se evidencia desde la manera en que se cocina, en que se cultiva, o desde la manera en cómo se relaciona una persona con sus familiares. Nosotros (la comunidad muisca) nos educamos de una forma muy tradicional, o, mejor, muy occidental, en la medida que compartimos características con cualquier otra persona del municipio. El problema es que no tenemos un autoenfoque diferencial donde nosotros mismos podamos reconocernos como indígenas, y, en ese sentido, no vamos a pensar en que nuestra armonía con la naturaleza debe ser diferente, en que nuestra manera de parentesco también lo es, y mucho menos reconocernos como ocupantes de un territorio ancestral. Eso tiene que ir más allá del discurso, más allá de decir “¡Sí, somos indígenas, somos los discípulos de Bachué!” (madre primigenia del pueblo Muisca). Tenemos que llegar a la práctica. Yo puedo decir: “Sí, soy muisca”, pero ¿qué quiere decir eso para mí? Principalmente, que me debo relacionar con mi entorno de una manera diferente; que me debo relacionar con mis semejantes de una manera diferente; que debo educar a mis hijos de una manera y con una conciencia diferente, construyendo una cosmovisión menos afectada por la cultura occidental. - El colectivo (Ubas Chi) está conformado por gente joven. Respecto a eso, ¿cómo ve la relación cultural de las generaciones más jóvenes del resguardo con su identidad indígena, con su legado muisca? - Este tema atraviesa dos factores claves en el diagnóstico que nosotros hemos comenzado a hacer: Educación e identidad. Las personas que actualmente, dentro del territorio, se autoreconocen como indígenas son muy pocas. El censo oficial muestra que hay más de 3000 personas que pertenecen al resguardo. Si nosotros pudiéramos cuantificar la cantidad de personas que se reconocen como indígenas, no llegaríamos a 100. Y de estas 100, no llegaríamos a 25 personas que tengan menos de 20 años. En ese sentido, el colectivo está conformado por –me permito decir sus nombres- Lizeth Buitrago, Alejandro Villalobos, César Cubillos, Giovanni Quecán y yo, somos personas que no superamos los 35 años de edad y que logramos influir en la vinculación de personas jóvenes a ese tipo de procesos. Y no desde la imposición, como podría ser una práctica del cabildo indígena; no desde la obligatoriedad, como lo exige la corporación indígena; sino, realmente, desde la motivación interna, desde las prácticas cotidianas. Es decir, les hacemos germinar la pregunta, por ejemplo: “¿qué puedo hacer yo, un pelao’ de 15 años?” “Bueno, perfecto”, le decimos, “acompáñenos a hacer encuestas, ayúdenos a limpiar los caminos y las tierras, acérquese a los mayores para entender su visión del mundo”, en fin. Son muchas cosas sencillas que denotan una cohesión comunitaria muy diferente a lo que podría ser lo que plantean algunas dependencias. Si usted no presta servicio militar, ahí sí lo obligan a hacer servicio comunitario; si usted se va a beneficiar de un servicio de una universidad, ahí sí tiene que demostrar que es indígena. Eso es lo que no queremos. Nosotros estamos intentando que el activismo social sea motivacional, que nazca del interés propio de cada joven que quiera participar activamente dentro del colectivo. - Y, ahora, ¿qué retos enfrentan para alcanzar esos objetivos que se plantean? Jaramillo suspira y mira hacia al horizonte. -Bueno… -suelta una risilla sarcástica-. Ahí llegamos a un terreno bastante complicado. Dentro del resguardo, nosotros conservamos muchas herencias que son propias del campesino cundiboyacense, en donde nuestras mejores herramientas de resistencia son el chisme y la envidia. (Sonríe ligeramente y contiene la risa. Hace una breve pausa y vuelve a tornarse serio). Y no lo digo desde un punto de vista negativo, sino analítico. Le pongo un ejemplo: Cuando yo vengo de una otredad completamente apaciguada por una presión colonial de segregación indígena, realmente no voy a tener la capacidad, a nivel estructural, de decirle a la otra persona: “oiga, usted me cae mal. No quiero que haga su trabajo”, sino que voy a utilizar otro tipo de herramientas de disociación. A nivel de base y a nivel analítico es muy interesante. Pero a nivel práctico nos ha dificultado mucho el trabajo, especialmente porque la gente ve con desconfianza el tipo de iniciativa que hacemos, especialmente aquellos que administran el resguardo indígena. Piensan de alguna manera que nuestras actividades se prestan para contratar de manera individual, que se prestan para hacer una administración paralela a la de ellos. Entonces se genera bastante resistencia, se generan ciertos roces. Por ahora hemos logrado motivar su participación. Pero aún necesitamos más. Necesitamos pasar de que nos digan “está todo muy bien” y de que nos den una palmada en la espalda, a que se unan realmente al activismo social y político de manera comprometida. Pero bueno, en términos generales, destacamos la participación de la gente respecto a su autodiagnóstico. Han sido muy receptivos, han entendido de qué se tratan los trabajos que hacemos para construir comunidad. - He recibido testimonios de personas que se quejan de la parte espiritual, que les molesta el fanatismo que algunos están aplicando a la hora de seguir sus creencias. - A nivel espiritual, bueno, tenemos un bloqueo muy grande, ya que las personas que habitualmente toman este tema en la comunidad son muy reacias. No los culpo, pues fueron criados bajo esa condición. Aunque han sido más los problemas internos que los externos. - Sobre esto último, ¿cómo es su relación con el cabildo? - Es buena, pero no deja de ser del todo tensa, en la medida que nosotros tocamos fibras sensibles dentro de la misma comunidad. Pero, en general, tenemos buena relación. Ahora, con la Alcaldía y la Gobernación (de Cundinamarca) las relaciones han sido muy positivas. Eso nos lleva a pensar en que podremos revertir la situación actual del resguardo. Como colectivo, estamos cumpliendo la función de enlace entre esos odios acérrimos que se han generado entre la administración local y las dependencias del Gobierno con el resguardo indígena. Principalmente hemos logrado traducir ese lenguaje legal y técnico para que el cabildo aproveche más las oportunidades que se generan y que pueden ayudar en su progreso. - A pesar de lo que me ha dicho, ¿cree que haya alguna posibilidad de revertir las condiciones que hoy sufre la comunidad muisca? Sí, creo que podemos hacerlo. Basta con saber que logramos, sin ningún tipo de interés económico, podernos agrupar, asociar, para liderar una causa que tradicionalmente hubiera tenido unos costos altísimos. Todo lo estamos haciendo desde la autogestión, con un presupuesto mínimo y dependiendo estrictamente de los tiempos libres. Sin embargo, si este tipo de iniciativas se fortalecieran a través de proyectos, especialmente con niños y jóvenes, que son los que menos resistencia tienen al cambio, el resguardo sí tendría realmente la oportunidad de llegar a ser esa entidad autónoma, independiente, con alta capacidad de gestión y honrando su vocación política. Puede convertirse en centro de cohesión de las demás comunidades muiscas y como un ente articulador entre los distintos municipios del departamento. *** Finalizada la entrevista, Jaramillo me pidió que lo llevase al centro urbano de Chía, pues debía partir a alguna zona de nuestro país. Conforme surcábamos las vías, continuó hablándome sobre el resguardo, su resguardo. El recuento histórico sobre su etnia amenizó el trayecto. Posee un gran conocimiento sobre su cultura, que, entre otras cosas, fue una de las más importantes de América Latina. Su relato, en verdad, parecía un cuento de hadas, pues ya no queda nada de la prosperidad e imponencia con la que describió a los pasados muiscas.

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    El viaje sin regreso del Chapecoense María Fernanda Pacheco Méndez, Comunicación Social y Periodismo A cuatro años del accidente aéreo del equipo Chapecoense, del cual sobrevivieron 6 personas; recreamos los hechos que sucedieron antes y después del siniestro. Ver también: De la guerra a la cocina Compartir

  • La ruana cundiboyacense, una tradición que se está devaluando

    La ruana cundiboyacense, una tradición que se está devaluando Yenifer Tatiana Gutiérrez Pinzón, estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad de La Sabana Fecha: La prenda campesina, 4 puntas, es una de las más reconocidas y emblemáticas en Colombia. Sin embargo, las personas encargadas de confeccionar este producto se están dedicando a otros trabajos. Lea también: Hijos de la panela: una cultura que se extingue Compartir Foto: Trabajo de esquilado de la oveja. Foto por Tatiana Gutiérrez Pinzón Las noches frías del altiplano cundiboyacense se acompañan con una taza de agua de panela caliente con queso y una abrigada ruana, conocida como abrigo 4 puntas. Es una manta cuadrada o rectangular sin mangas y con un orificio en el centro, por el que pasa la cabeza. La ruana, además de ser una prenda tradicional campesina e importante para los ciudadanos, es también una prenda polifacética que se ha ganado un lugar en las grandes pasarelas del mundo. Los campesinos son las personas que más visten esta prenda, debido a que la mayor parte de sus labores se desarrollan en lugares fríos y en horas de la madrugada, cuando hasta ahora está amaneciendo y el canto de los gallos está próximo a escucharse. “Una de sus funciones es cubrir a las personas del frío y, por esta razón, son comúnmente encontradas en zonas frías y páramos”, dijo José Castañeda, confeccionista de ruanas. Estaba en la vereda pueblo viejo, del municipio de Chocontá, buscando a una de las hilanderas, en medio de las vías destapadas, del aullido de los perros y de la neblina. Allí, vi la casa de una familia campesina y humilde; tanto los padres como sus hijos, de aproximadamente 8 y 10 años, tenían puesta una ruana. Me acerqué a ellos, me ofrecieron un tinto y les comencé a preguntar acerca del significado de la ruana para ellos. Don Juan de Jesús, padre de familia, sube sus dos cejas, mira a sus hijos, coge su ruana y me dice: “Sumercé, la ruana para nosotros es otra herramienta más de trabajo , cuando salimos con mi hijo menor a ordeñar las vaquitas, a las 5 de la mañana, lo primero que nos ponemos es la ruana y las botas. La ruana es una berraquera para los fríos tan jediondos que hacen por acá”. En Colombia existe una fiesta creada en el año 2001 en honor a la ruana. Esta celebración se desarrolla en el pueblo de Nobsa, un municipio artesano, con aproximadamente 16.000 habitantes, cuyo clima es templado. Es un lugar muy tranquilo. Alrededor del parque principal hay unos cuantos árboles que brindan una sombra tenue, ideal para sentarse, descansar y escuchar el sonido de los pájaros que alzan su vuelo. Sus calles hacen alusión a la importancia que tiene la ruana para ellos, hay murales pintados y locales que exhiben sus productos en los andenes. El lunes 20 de septiembre, con un clima aproximado de 20 grados centígrados, llegué a Nobsa con el objetivo de buscar a personas expertas en la elaboración de la ruana y reforzar mis conocimientos acerca del proceso de confección de esta. El nombre de don Julio Ramón lo escuchaba constantemente. En las primeras dos entrevistas que realicé a algunos comerciantes, los dos nombraron a este distinguido personaje, así que pregunté en dónde lo podía encontrar. Dirigiéndome a su casa, que era retirada del centro del pueblo, llegué al negocio y fábrica del reconocido Julio Ramón Cristancho. Un hombre con poco cabello, de 54 años, con piel trigueña y un bigote que resalta en su rostro, vestido con una camiseta blanca con franjas naranjas y un jean azul oscuro, me recibió con amabilidad y dispuesto a responder algunas de mis inquietudes. “ El Día Mundial de la Ruana” se festeja a finales de junio y comienzos del mes de julio. En esta fecha se llevan a cabo diferentes concursos, como la ruana tejida en el menor tiempo, la ruana más colorida, la ruana con más accesorios, entre otros. En el año 2008, para conmemorar esta celebración, Julio Ramón Cristancho, artesano tradicional, hizo la ruana más grande del mundo. “Gastamos con mi equipo de trabajo 2 meses haciéndola. Medía 35 metros de largo por 20 metros de ancho. Era una ruana gigante, fue una experiencia muy gratificante y un reto que logramos sacar adelante”, con una sonrisa en su rostro, contó Julio Ramón Cristancho. El proceso que conlleva hacer una ruana cundiboyacense, de lana de oveja, es largo y agotador. “El procedimiento comienza cuando se esquila la oveja, luego se lava la lana que se obtuvo. Cuando está seca, se comienza a desenredar cada fibra sin que se quiebre y se procede a hilar. Después, se pasa a los telares, se realiza el urdido, que consiste en colocar todos los hilos paralelamente y hacer el montaje de los hilos en el telar; enseguida se desmonta la ruana del telar y se realizan los acabados, como el cardado, y, posteriormente, se empaca para ser comercializada”, aseguró el confeccionista William Becerra. Cuando me contaba acerca del proceso de esquilar la oveja, me causó curiosidad saber cómo se hacía eso. Entonces, más adelante, me dirigí al matadero del municipio de Chocontá, en busca del esquilador, don Orlando. Con sus botas, guantes negros y una máquina eléctrica, similar a una cortadora de pelo, me llevó al corral en donde habían 5 ovejas. Les dio comida y, de manera repentina, agarró a una de ellas con fuerza, prendió su máquina y comenzó a quitarle toda la lana. “Es un trabajo difícil y más cuando los animales son agresivos. Me puedo gastar de 40 minutos, hasta 3 horas, esquilando a la oveja . Todo depende del animal”, me iba contando él, mientras esquilaba la oveja, cansado y con sudor en su frente. Uno de los pasos que requiere de más esfuerzo, después del esquilado, y en el que se gasta más tiempo, es en el paso de hilar. Se requiere de paciencia y destreza; la mayoría de personas que hacen este trabajo, son mujeres campesinas que aprendieron de sus madres o abuelas . Cuando hice una de las entrevistas, don Miguel Fonseca me nombró a dos señoras que hacían el trabajo de hilar. En el momento en que llegué a la casa de una de ellas, me recibió una de sus nietas y me llevó a la sala. Allí, estaba la señora Adela Moreno, sentada en una mecedora, con una madeja de lana envuelta en su brazo y un palo de madera, parecido al molinillo con el que se bate el chocolate. Después, me enteré de que este palo se llama huso. “Llevo en este oficio más de 60 años, mi mamá nos enseñó a mis hermanas y a mí a hilar lana desde los 10 años. En la finca siempre teníamos ovejas y trabajamos con la lana porque era nuestro ingreso económico. Hilar es una tradición de nuestros ancestros”, cuenta Adela Moreno, hilandera del municipio de Chocontá. Hilar lana de oveja es un trabajo agotador, y el menos remunerado en el proceso de elaboración de la ruana. La transformación de este producto natural tiene un proceso largo porque se debe esperar cerca de un año para que la lana madure y crezca en las ovejas, luego se esquilan los animales y se vende la lana virgen , que cuesta entre 15.000 y 35.000 pesos por libra. Además, los costos para alimentar a los animales cada día suben. El 15 de septiembre, en horas de la tarde, viajé al municipio de Villapinzón, para encontrarme con la señora Mariela Rojas, hilandera y campesina. Primero, ella me mostró el famoso huso, luego sacó de una bolsa un trozo de lana, muy enredado y con una contextura carrasposa, comenzó a desenredar la lana, más adelante, se sentó y la comenzó a enrollar en su brazo derecho. Tomó el huso y enhebró la lana. Después comenzó a darle vueltas al huso mientras, con su otra mano, iba pasando la lana haciendo que quedara delgada. Cuando ella hacía este trabajo, le pregunté acerca de la devaluación de su trabajo. Doña Mariela cambió su tono de voz, dejó el huso y la lana sobre la mesa y disgustada me dijo: “Mire, señorita, las ovejas se esquilan solo una vez al año; ahí empieza el proceso de producción de la lana. Luego de que se esquilan, esperamos de 8 a 20 días para lavar la lana; cuando está seca y limpia, se empieza a hilar . Yo me siento, pongo mi novela y comienzo a hacerle; en eso uno se gasta de 10 a 15 días y, después, viene esta gente y le dan a uno unas chichiguas”. Esto ha hecho que muchos artesanos dejen este trabajo y sean obligados a dedicarse a otros oficios, como albañiles, amas de casa, auxiliares de cocina, que son más rentables para cubrir sus gastos económicos. Además, la llegada de productos sintéticos importados de otros países, como China, han afectado la economía de la ruana de lana de oveja porque estos materiales llegan a un precio más económico. “En promedio, una ruana de lana blanca, que es la más económica, está costando entre 150 a 250 mil pesos, y a mí me pagan por una libra de lana 20.000 pesos . Para tejer una ruana de adulto no se gastan más de 2 libras”, subrayó Adela Moreno. —Yo les enseñé a mis hijos y a mis nietos a hilar la lana desde pequeños, ahora los jóvenes no ven rentable trabajar este oficio. —Mientras hablaba su voz se entrecortaba y con sus manos arrugadas se limpiaba unas cuantas lágrimas—. —En el momento que me muera, esta tradición de hilar, en mi familia, no seguirá y así será con el resto de ancianas como yo, quienes somos las que hacemos este oficio —recalcó Mariela Rojas, campesina e hilandera. Aunque la ruana es una prenda emblemática para el país, su importancia y el valor simbólico se ha venido perdiendo. “Hace 30 años los campesinos accedían al efectivo a través de la venta de los hilados y podían comprar lo que sus fincas no producían”, cuenta Miguel Fonseca, quien recuerda que para una familia campesina significaba mucho porque gracias a este trabajo les daban estudio a sus hijos; pero, luego, empezaron los famosos productos chinos e hicieron que muchas de nuestras artesanas quebraran. La ruana sigue siendo un producto apetecido por muchas personas; pero, en su mayoría, por extranjeros . Al señor Julio Ramón Castañeda, el creador de la ruana más grande del mundo, le piden constantemente pedidos hasta de 1.500 ruanas de lana de oveja para ser exportados a otros países, como España, Perú y Ecuador. No obstante, las personas que se están beneficiando y se llevan el “protagonismo” con esta labor son los comerciantes. Cuando llegué a mi casa, después de hacer las entrevistas, me quedó la duda de si la ruana era emblemática solamente para los campesinos. Entonces, encendí mi computador y encontré que, en el siglo XX, este abrigo no era utilizado por los campesinos; al contrario, las personas que tenían una ruana y la vestían eran los gobernantes y ciudadanos de poder. “Esta prenda hacía presencia en los salones de moda más importantes a nivel mundial”, así lo afirmaba la reconocida periodista y presentadora de la televisión colombiana y ya fallecida, Gloria Valencia de Castaño.

  • Tomás Guerrero, el kartista colombiano revelación que quiere ser campeón mundial

    Con solo 17 años, este piloto sobresale en el mundo de la velocidad, con victorias en escenarios nacionales e internacionales y todo un futuro por delante. Tomás Guerrero, el kartista colombiano revelación que quiere ser campeón mundial Paula Andrea Vargas Pedraza Con solo 17 años, este piloto sobresale en el mundo de la velocidad, con victorias en escenarios nacionales e internacionales y todo un futuro por delante. Disponible en Pulzo Paula Andrea Vargas Pedraza Cuando escuché el sonido que hace la llave al introducirse en la cerradura, supe que Tomás había llegado. Abrió la puerta y como una persona segura y carismática, caminó hacia mí para saludarme. Pude ver su sonrisa dibujada perfectamente en su rostro. Enseguida saludó a su madre, quien estaba sentada a mi lado y, minutos antes, me había dejado entrar a su casa. Después me dirigió su mirada nuevamente y me invitó al estudio para hacer la entrevista. Mientras nos ubicábamos logré observarlo detenidamente. Tenía el pelo marrón, crespo y despeinado por el viento. La tonalidad oscura de sus cejas pobladas, al igual que la de sus ojos, contrastaban con su tez blanca. Me sorprendió su estatura. Era tan alto que al pararme junto a él, mi cabeza rozaba con su hombro. Traía puesto su uniforme de karting, aquel que, desde hace un año y medio, porta con orgullo y lo identifica con este deporte. Tomás es un adolescente de 17 años de edad que, según Laura Guerrero, su hermana mayor, se caracteriza por su carisma, su humor, pero más que todo por su alegría: “Es una persona que irradia felicidad, su lema siempre ha sido ser feliz en la vida”, dice, orgullosa. Le pregunté si en algún momento de su vida pensó que iba a convertirse en kartista. Me impactó cuando él, con la firmeza que lo caracteriza, respondió que fue algo que nunca se imaginó, pues cuando era pequeño no le interesaban los karts. Arrancó a contar sobre sus inicios: “Empecé principalmente gracias a mi papá; él me llevaba mucho a las pistas de karts y un día, cuando decidí intentarlo solo por curiosidad, me enamoré del deporte y estoy en esas desde ese momento”. A su corta edad, ha sido tres veces ganador del premio a mejor novato y se ha destacado en campeonatos a nivel internacional, como el Rotax Max Challenge U.S Open, y a nivel nacional, el Rotax Max Challenge Colombia. Este joven, que además corre en el equipo CRG, marca campeona a nivel global en karts en el 2017 y 2018, contó que practica esta disciplina del automovilismo no solo por pasión sino también porque aspira a convertirse en uno de los mejores kartistas del mundo y dejar una huella imborrable en el corazón de los colombianos. En medio de un intercambio de risas, le pedí que me describiera lo que sentía cuando se montaba en un kart a competir. Cerró los ojos, como reviviendo ese momento otra vez, y mientras los volvía a abrir, observé el gesto de satisfacción que se reflejaba en su cara. “Es la mejor sensación, más aún cuando es la pasión de uno, es súper chévere ir a toda velocidad en la recta, a más de 100 kilómetros por hora, es muy bacano”, dijo. Más allá del karting Desde que era un niño ha tenido una afición por los rompecabezas. Armar una figura que se encuentra desordenada o dividida en trozos es para él algo innato. Entusiasmado, interrumpió nuestro encuentro y se puso sobre las puntas de los pies para alcanzar uno de los 14 cubos Rubik que tiene ordenados en una repisa. Este en particular estaba formado por cuatro esquinas pequeñas, cuatro grandes y seis aristas. Al pedirle que lo armara, fue impresionante ver la agilidad que tenían sus manos y la precisión en cada uno de sus movimientos. Lo armó en 15 segundos. Entre tantas anécdotas sobre su vida, me relató cómo esta ha sido una provechosa mezcla entre el deporte, la música y el estudio, por mencionar algunos de los ingredientes. Sin duda, Tomás es un adolescente polifacético. Además de los karts, mencionó su adoración por el motocross y el voleibol, y contó, con sencillez y humildad, que recibió reconocimientos por su exitoso desempeño en ambos deportes. En el ámbito musical tampoco se quedó atrás. Su abuelo fue músico y lo inspiró a tocar el saxofón. Un instrumento común, con forma de tubo cónico ensanchado en un extremo, pero que utilizaba para expresar y despertar emociones extraordinarias. Hizo parte de la Banda Sinfónica del Colegio San Jorge de Inglaterra, en donde cursa undécimo grado actualmente, galardonada en los más importantes concursos de bandas a nivel distrital y nacional. Natalia Martínez, su madre, destaca en él su entrega con las cosas que le gustan, en especial los deportes: “Es un niño que lucha por lo que quiere, y cuando le gustan las cosas siempre se va hasta lo último para ser el mejor”. La familia es, para Tomás, su mayor fuente de inspiración. La describió como un pilar fundamental en todo este proceso. Por un momento, recordó con nostalgia que uno de los episodios más difíciles de afrontar fue la muerte de sus abuelos, pero orgulloso a la vez, narró cómo el karting, además de ser su afición, ha sido una manera de homenajearlos: “Compito con el número 49 porque tiene un significado especial: el 4 representa el día que murió mi abuelito, igual que el 9, que fue el día que murió mi abuelita, es una forma de conmemorarlos”. Dejando huella Su corto pero exitoso trayecto en el karting ha sido difícil. Confesó que desde que se involucró en el karting ha sido objeto de críticas destructivas por parte de algunas personas del kartódromo e incluso de sus amigos. Sin embargo, a pesar de su corta edad, aprendió a no dejarse afectar por esto y ahora se muestra fuerte y convencido de su talento: “Dicen que esto no es un deporte de verdad porque no hay actividad física y cuando gano siempre dicen que mi motor es mejor, pero uno tiene que demostrar que uno es capaz de cualquier cosa”. El futuro de Tomás es incierto. Aunque en junio irá a Italia a trabajar con CRG, la marca con la que corre, espera convertirse en un campeón mundial de karts, Y enfatizó en la importancia de estudiar una carrera profesional. “Sinceramente no sé si me voy a dedicar a los karts; si me obligan a dejar el estudio, lo tendría que pensar mucho. Pero, si no es necesario dejarlo, haría ambas; hay que esperar que pase algo extraordinario”, explica. Tomás se ha convertido en una revelación del talento colombiano y un referente para muchos jóvenes que quisieran seguir su consejo: “Practiquen lo que les guste; si es un deporte, háganlo; no se dejen llevar por los comentarios negativos de la gente… solo luchen por sus sueños”.

  • Gina a Bottle: la vida dispuesta para el arte

    Gina a Bottle: la vida dispuesta para el arte Vilma Rosa Bustos Acuña, Nicole Maquinay Villate, Valeria Ovalle Chicaeme y Ana Sofía Rico Gómez. Encontrar el sentido al tiempo resulta complejo en nuestra actualidad, tan bombardeada por información, estereotipos y escenarios desalentadores. Elegir es casi un acto de valentía, en el que muchas veces se a uno o a 15 pasos de acertar. Gina Quintero, más conocida como Gina In A Bottle, es una de las artistas contemporáneas que está entrando en diálogo con una juventud que pide respuestas esenciales como la identidad y la elección de un proyecto de vida. Ver también: A través del lente de Cristhian Mendoza Compartir

  • ¿Síndrome de Down? ¡Síndrome del invencible!

    ¿Síndrome de Down? ¡Síndrome del invencible! Claudia Valentina Zabaleta López, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Juan Pablo Vergara, con su talento para la danza y la equitación, demuestra que esa discapacidad mental no es excusa ni limitación. Lea también: La capital de los futuros sordos. Compartir Foto: Foto: Claudia Valentina Zabaleta López Son las 7 de la noche y Juan Pablo se coloca sus zapatillas de baile para empezar un nuevo ensayo. Entra al salón y saluda a sus compañeros, algunos lo miran de manera extraña, como preguntándose qué hace una persona como él en esta clase. Empieza el ensayo y el profesor inicia con un breve estiramiento, para luego practicar la coreografía. Juan Pablo da todo de sí, pero a veces se le dificulta, aunque sobresale en la clase por su esfuerzo y por no dejarse caer. Y no es que tenga dos pies izquierdos, es que Juan Pablo tiene Síndrome de Down, una condición en la que muchos pensarían que no podría triunfar en muchas cosas, pero, para él, es otra historia. En 1998, nació Juan Pablo Vergara Cifuentes, niño con síndrome de Down y con una cardiopatía, por lo que, a los cuatro meses, debió ser intervenido quirúrgicamente en una cirugía de corazón abierto. Yazmin Cifuentes, su madre, cuenta que, aunque fue aterrador para ella como madre, afortunadamente, él sobrevivió a ese episodio con unas ganas de luchar inquebrantables. Eso es lo más especial de Juan Pablo, sus ganas de vivir. Para ella, Juan Pablo ha superado todas las barreras que se le han impuesto, es un joven con una mirada más allá de la condición que tiene y, más importante, es un guerrero. Los niños con Síndrome de Down se desarrollan de una manera más lenta que el resto, por lo que ven el mundo de manera diferente, pero no por eso deben dejar de soñar y realmente, Juan Pablo es el ejemplo de esto ya que ha tenido que luchar con varias situaciones, en su condición de guerrero, para cumplir sus sueños. Pero, para él, estas situaciones han sido el motor que lo impulsa todos los días. Juan Pablo se graduó como bachiller a finales del 2016, además inició, en la corporación Síndrome de Down, donde, mediante el estudio técnico, busca desempeñar un trabajo. Pero lo que realmente resalta de este joven es su pasión por el baile. Desde hace varios años, él ha comenzado su proceso de proyección como bailarín profesional en la Fundación Cultural Ballet Tierra Colombiana, academia que lleva más de 30 años en la enseñanza de los ritmos nacionales e internacionales. Esta escuela le ha dado la oportunidad a Juan Pablo para empezar a desarrollar su sueño, abrir una academia de baile llamada “bailando con las estrellas”. Actualmente, él practica ballet, salsa y folclore, pero inició con la idea de aprender danzas urbanas, la cual, con el tiempo, fue transformándose en el amor por las danzas latinas. Uber Marroquín, profesor de salsa de Juan Pablo, señala que, aunque para “Juanpa” es más difícil aprender las coreografías, la actitud con la que llega a clase, las hace mucho más amenas. Y aunque el proceso ha sido largo y pausado, él considera que este joven ha crecido enormemente en lo que al baile se refiere. Por otro lado, María Camila Lovera, amiga de Juan Pablo y su compañera de baile, cuenta que lo más lindo de él es su manera para alentarla diciéndole que no se rinda y que todo se puede realizar. Ellos no son solo amigos en la pista de baile, sino también en el deporte favorito de Juan Pablo: La equitación. Este deporte le ha ayudado a Juan Pablo a manejar su concentración y disciplina, tanto que lo ha llevado a participar en México, Guatemala y, en el 2019, Emiratos Árabes Unidos. Carolina Bello, profesora de equitación, señala que lo más importante que le ha enseñado la equitación a este joven es el amor y pasión por lo que hace. Pero la situación de Juan Pablo es privilegiada, no hay muchos jóvenes con su condición que tengan las mismas oportunidades que él. La discriminación es uno de los factores principales en la vida de los niños, jóvenes y adultos con esta condición, todo basado en el desconocimiento de la discapacidad, tratándola como una enfermedad, llegando al punto de mantener al margen a estas personas. Muchos casos de discriminación se han observado en Colombia, ejemplo de esto es el caso de Jhonatan Martínez, papá de un pequeño con Síndrome de Down, quien en una entrevista con Caracol Televisión, afirmó que la directora del colegio le dijo a la mamá del pequeño que no iba a aprender igual, que no podía estar con los otros niños. ¿Por qué ocurre esta discriminación? ¿Es que los que padecen esta condición no son sujetos de derecho? En Colombia, aquellos que poseen esta condición poseen los mismos derechos que las personas que no poseen este síndrome. Acceso a la educación en aula regular, acceso a ligas deportivas “convencionales”, tratamiento en un sitio especializado, financiación de tratamientos alternativos así no estén en el POS, entre otros, son derechos que no pueden ser negados por ningún colombiano o ningún ente estatal o privado a la hora de lidiar con estas personas. El Congreso de la República inició en el 2017 el trámite de dos proyectos de ley, que permitirían incorporar cambios que, de ser aprobados, ayudarían a mejorar los derechos de la población en condición de discapacidad. Aunque el panorama no es alentador, Juan Pablo ha demostrado que tanto en el baile como la equitación, le han dado un lenguaje, uno que proyecta, a viva voz, la superación de las barreras y que ha permitido llevar su testimonio a las demás personas que padecen este Síndrome. Juan Pablo es un ejemplo de vida, un ejemplo de que los obstáculos pueden ser superados de todas las maneras, porque este síndrome, más que debilitarlo, lo ha vuelto invencible.

  • Un ejemplo de persistencia

    Un ejemplo de persistencia Sofía Sabogal Pulgarín, Comunicación Social y Periodismo Fecha: El sargento viceprimero Henry Rodríguez Ramón relata su odisea tras haber sufrido una herida invalidante al servicio de la patria. Lea también: Pasión y esfuerzo Compartir Foto: La mirada de Henry Rodríguez Ramón se pierde en el horizonte mientras recuerda sus inicios en el Ejército de la República de Colombia. Se formó en la escuela de suboficiales de Tolemaida. “Inicié en la fuerza en el año 2000; en el año 2003 ya era comandante de escuadra”, comenta con orgullo. “Mi primera unidad fue Cali, allí, para tomar confianza con los soldados, se nos destina a una compañía de instrucción”. El Ejército, para Henry como para muchos, es una institución revestida de honor y por supuesto, oportunidades. “Tras esta experiencia, fui destinado al Caquetá. Allí el desayuno era bala, el almuerzo, bala y la cena, bala”, comenta con algo de ironía, dando a entender que, después de todo, son decisiones propias de la vida que escogió . Fueron años de patrullaje, de intentar poner el orden en una región fuertemente golpeada por la violencia, de hacer del coraje propio de los militares una cotidianidad, o, como dice Henry, “de mostrar finura”. En un principio, las condiciones laborales no fueron las mejores. Después de todo, tenía que comandar una escuadra de soldados profesionales, destacados por su duro entrenamiento y con la característica común de haber sido probados en combate. No era del agrado de estos guerreros recibir órdenes, pues, para ellos, en primera instancia, era un extraño. No obstante, la milicia funciona de esa manera y aunque su rango le diera la voz de mando, tenía que ganar su puesto en medio de sus hombres. Así lo hizo Henry: probó lo que valía en diferentes acciones en combate y en patrullajes cotidianos, con el olfato característico de quienes se han preparado para la guerra. Al poco tiempo, Henry contaba con la lealtad de su escuadra. Las vicisitudes de un país en guerra; entre lo heroico y lo dantesco No obstante, en el año 2012, todo cambió. Una mina antipersonal sembrada por fuerzas al margen de la ley (ELN) truncó muchas de las metas que, por lo menos hasta ese momento, tenía Henry. “Era una operación táctica y me encontraba al mando de nueve soldados. Una mina antipersonal estuvo a punto de acabar con mi vida. Corrí con suerte”. Esto lo comenta Henry, sin el menor asomo de duelo en su voz mientras recuerda que estos artefactos están diseñados específicamente para acabar con la vida del enemigo, o de cualquier infortunado civil que por error llegue a pisar tal zona. Ante la mirada atónita de sus hombres, Henry debía ser trasladado de manera inmediata al Hospital de Neiva, pero lo inhóspito del terreno y las condiciones mismas de la zona en donde se encontraba hicieron que la herida abierta se complicara mientras el desespero del escuadrón que le acompañaba iba en aumento, hasta que por fin fue trasladado al lugar donde se le informó lo que ya temía: su pie derecho debía ser amputado. Henry enfrentó la decisión con el coraje propio de su labor. Como él mismo dice: “el duelo para mí fue corto, a decir verdad; no tengo esposa, no tengo hijos, y en el transcurso de mi carrera tuve la oportunidad de poner a salvo a mis tropas e incluso a enemigos con algún tipo de mutilación”; dando a entender que, en medio de los horrores de esta guerra, situaciones como la que se le presentaba en ese momento no distaban de ser una cosa “normal”. Henry había visto mutilados por decenas, simplemente ahora era su turno. Tras la amputación, la promesa de una prótesis que iba a facilitar su nueva forma de vida sirvió como paliativo para la situación que empezaba a afrontar. La empresa Ottobock envió algunos diseños y tomó las medidas necesarias para realizar la prótesis, aunque al final fuera otro diseño y otro material el recibido para reemplazar la extremidad perdida en servicio. Ottobock es una multinacional cuyo principal mercado son las personas que han perdido su movilidad. Sus diseños biónicos de alta tecnología son reconocidos internacionalmente por su calidad y la mejoría mayúscula en movilidad que obtienen sus usuarios. Son reconocidos, igualmente, por su vinculación con la asociación de juegos paralímpicos, la cual inició en el año de 1988 y continúa hasta la fecha. Por tal razón, era de esperarse que la prótesis que Henry recibiría sería de la más alta calidad. Pero como era de esperarse, recibió una prótesis más rudimentaria y mucho más económica. Henry no se rindió. Conoce de sobra el país en el que se encuentra como para dejarse afectar por esta situación, mientras su nuevo pie fuera funcional, lo estético sería secundario . Ahora se enfrentaba a una dura tarea: la terapia y la recuperación subsecuente. Totalmente confiado en Ejército (así lo llama Henry: Ejército, a secas y sin el artículo, con una entonación que hace que se perciba la E mayúscula, en una demostración de lealtad total y respeto por su institución a pesar de las circunstancias que ha debido afrontar), se inicia este proceso en el cual Henry descubre que tiene el 90.22% de incapacidad laboral de acuerdo con los estándares propios de su institución. Naturalmente, Henry jamás volvería al servicio activo. Una incapacidad de ese porcentaje sería más que suficiente para que cualquier trabajador frenara sus labores, de acuerdo con la legislación colombiana. No fue, sin embargo, su caso. “Es extraño” -comenta el señor Julio Rincón, pensionado en el año de 1982 por una incapacidad laboral de 99%. “Tenía entendido que después del 51% se pensionaba al soldado. Habría que ver la hoja de su hoja de vida, para observar su servicio y ver si no tiene ninguna falta. En cualquier caso, no es obligación vincularlo a la parte administrativa; vincularlo o no es una prerrogativa del Ejército Nacional . Pero en los casos que yo conozco, siempre el retiro y la pensión se da si su invalidez supera ese 51%”. La vida después de la guerra: entre olas y derivas La terapia duró tres meses, en los cuales Henry recibió también acompañamiento psicológico. “Por requerimiento de la fuerza debemos asistir a la parte psicológica, no porque uno la necesitara. La verdad, por la parte psicológica no tuve problema”, comenta el sargento, dando a entender que en su mundo, ni el menor asomo de debilidad está permitido. Eran los inicios del año 2013 cuando Henry por fin pudo afirmar: “terminé mi proceso de recuperación”. La integralidad del servicio prestado por el Ejército para que la recuperación fuera óptima tenía a Henry satisfecho de los esfuerzos realizados por su institución para que él retomara su vida normal. Tras esto, Henry contó con la fortuna de ingresar a cursar estudios superiores, siempre con el fin de ser útil al ejército y, por ende, a la sociedad, pues naturalmente sabía que si el ejército invertía recursos considerables en su formación, era para hacer uso de sus servicios en un futuro . La expectativa de ir a la universidad se convirtió para Henry en una nueva meta existencial que brillaba en su horizonte. Con ello en mente, Henry acudió juiciosamente a las aulas hasta lograr su titulación como fisioterapeuta. La universidad Manuela Beltrán abrió sus puertas al recién recuperado sargento, quien era uno más en medio de estudiantes y maestros. Solo una vez detuvo su formación académica: en el año 2015 se separó de sus estudios con el fin de acudir a los cursos de formación para obtener su ascenso a sargento viceprimero. “Uno en Ejército vive de dos cosas: ascensos y medallas”, dice, explicando la importancia de este evento en su vida militar. Y con su probado valor en servicio, solamente el aumento de su grado la podía sostener en alto, más aún una hoja de vida heroica al servicio de la patria. Los cursos y el ascenso se dieron sin contratiempo alguno; ahora la V de sargento viceprimero lucía en sus hombros para recordarle su nueva responsabilidad con su institución. Como explica Henry, su incapacidad no le sustraía del trabajo militar, el cual no solamente es operativo, sino también administrativo. Con toda certeza su servicio en el sector destinado a la administración sería el siguiente paso tras su formación académica: su nuevo ascenso y sus estudios superiores así lo auguraban. “Yo no tengo ninguna disminución laboral; tengo una disminución física. Es decir: puedo trabajar perfectamente en la parte administrativa, estamos para servir”, nos recuerda Henry. A la par, Henry se vincula al equipo de voleibol de liga de discapacidad de las fuerzas militares, un equipo reconocido por su alta competitividad y rendimiento deportivo. En el deporte Henry ve como muchos una oportunidad de mantenerse activo físicamente y aplicar la disciplina aprendida en años de servicio en el Ejército. El deporte se convierte en un nuevo paliativo para su vida, acostumbrada al movimiento y la exigencia tanto física como mental. En el equipo de voleibol Henry se hace de nuevos amigos, quienes tienen en su haber experiencias similares a la vivida por él tiempo atrás. “Aún estamos para servir” Así pues, llega el año 2020 y el sargento viceprimero Henry Rodríguez, con la acreditación como fisioterapeuta en sus manos y con la expectativa de un nuevo ascenso, se dispone a continuar sirviendo al Ejército Nacional. No obstante, se encontró con la sorpresa de que el Ejército no haría uso de sus servicios como fisioterapeuta y de que, a un año de su nuevo ascenso, no se le permitiría adornar su jineta con la V de sargento primero, pues según la institución “no era apto para la actividad militar”. “Estudié y me capacité cinco años”, reflexiona Henry con desilusión, “salí graduado como fisioterapeuta, y no sé cuál es el objetivo que Ejército haya gastado tanto dinero para darme esa capacitación, sólo para que en cualquier momento me digan listo chao, gracias por sus servicios”. “El gobierno lo manejó muy bien”, comenta el mayor retirado Ramiro Toro Chaparro. “Bien pudieron haberlo retirado del ejército en el momento de su accidente, pero psicológicamente el Ejército lo manejó muy bien y le permitió continuar en servicio, lo dejaron para pensionarse más adelante facilitando su quehacer como militar. Ahora, con un tiempo de servicio reglamentario cumplido, está bien que se retire. Él sabe que se va muy bien pensionado”. Con ello se puede explicar la postura del Ejército Nacional de permitirle al sargento continuar en la fuerza y proceder a su retiro cuando se cumplen sus 20 años de servicio reglamentario, de acuerdo a la ley 14.157 de 21/2/74. La baja es la posibilidad más real y más temida por Henry; se aproxima a cumplir su tiempo reglamentario de servicio antes de acceder a su retiro y su disminución física es un argumento más de la institución para dar fin a su carrera militar. Tales tecnicismos escapan a la comprensión del sargento, quien solo atinó a murmurar: “no debería ser así, aún estamos para servir”. Lo incomprensible del asunto radica para Henry en dos situaciones: la primera es que no comprende por qué se le permitió su ascenso a sargento viceprimero pero ahora se le niega el ascenso a sargento primero alegando su discapacidad, con la cual ya cargaba en el momento de su anterior ascenso. La segunda es que se apele a dicha incapacidad para proceder con su retiro, a pesar de que en años anteriores no se contempló su incapacidad para proceder inmediatamente con su pensión. Naturalmente, Henry es consciente de que “las leyes son hechas por ellos, tenemos un ejército de oficiales” y por más que busque recursos legales para su situación, será difícil vencer en la arena legal a una estructura tan sólida como la castrense. Consultado el abogado penalista Iván Pedraza, considera que en su momento no fue tanto falla del Ejército como de su fondo de pensiones: “Lo que debió hacer Henry fue solicitar su pensión a través de su fondo de pensiones, pues la invalidez superior al 50% es argumento legal para poder solicitarla”. Aun así, el doctor Pedraza considera que Henry “puede proceder con una demanda contra el Estado, en lo que llamamos una demanda administrativa de reparación directa, para que le paguen por los perjuicios ocasionados; hubo una confianza legítima dada por la institución de seguir vinculado”. Con todo, Henry no pierde la esperanza de continuar en la institución, continuar en su servicio activo y seguir demostrando la valentía que otrora pusiera a prueba en el campo de batalla. Una vida dedicada con sacrificios mayúsculos al ejército nacional no puede ver su final con una baja faltando poco tiempo para un nuevo ascenso, con una formación académica sólida y con una experiencia inigualable, pues cree que un discapacitado no necesariamente es un trabajador secundario o incapaz para las labores que espera le sean encomendadas. No siempre el trabajador más sano es el mejor trabajador. “Nosotros demostramos lo contrario. Nosotros somos los que más trabajamos”.

  • Usme: Agroturismo vs Urbanización

    Usme: Agroturismo vs Urbanización Tatiana Vásquez, Paula Vargas, Alejandro Fernández y Yuri Montaño, Comunicación Social y Periodismo Los campesinos bogotanos han hecho del agroturismo su propio modelo de resistencia ante la creciente urbanización del sector en el que operan. Ver también: La Juana Compartir

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