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- Cosechas de superación: Una granja nacida en el corazón de una mujer.
"La crisis alimentaria solo será superada si capacitamos e informamos a nuestros niños y jóvenes fomentando la armonía con el entorno natural": Rosa Poveda. Cosechas de superación: Una granja nacida en el corazón de una mujer. Diana Marcela Contreras Osorio. "La crisis alimentaria solo será superada si capacitamos e informamos a nuestros niños y jóvenes fomentando la armonía con el entorno natural": Rosa Poveda. Disponible en Pulzo Diana Marcela Contreras Osorio. A sus 6 años Rosa Poveda, la sexta hija de 11 hermanos, fue robada por dos mujeres que estaban de paso en el pueblo. Su madre, al ser muy hospitalaria dejó que aquellas mujeres se quedaran en su casa por varios días, pero lo que no sabía era que aquellas señoras traficaban de niñas y jóvenes. Al llegar a la capital del país, y después de atravesar ríos y montañas, a aquellas mujeres se les cayó el negocio, pues según cuenta Rosa, ya ella estaba vendida. Rosa se volvió un encarte para las mujeres, así que la entregaron a una señora que le dio todo lo que cualquier niña a esa edad podría querer: estudio, ropa, vivienda y lujos. Así sobrevivió Rosita por muchos años, y no fue hasta los diecisiete que decidió dejar de estudiar, pues le parecía que aquella forma de educación no le permitía ser quien ella quería. Ella no quería ser una más del montón, quería hacer un cambio. La vida de Rosita tomó un giro completamente diferente al ser raptada de su hogar, aunque, para su madre, ella simplemente se escapó con aquellas mujeres. Mientras le hace huequitos a una taza de plástico con un objeto puntiagudo y caliente, —es para sembrar plantas, afirma—Rosita cuenta que a eso de la una de la mañana, aquellas mujeres entraron a su habitación y la obligaron a irse, pues le pusieron un cuchillo “muy grande” en el cuello, “como de este tamaño—señala Rosita, mostrando su brazo y señalando con el dedo—. Cuando se vio amenazada, casi de forma inmediata, revivió en su mente una escena que la marcó de por vida: una mañana, cuando apenas tenía 5 años, en la vereda de San Cristóbal, en un pueblecito boyancense, ocurrió un hecho terrible. Le habían quitado la cabeza a una mujer, madre de una amiga de Rosita. La vio tirada en el piso de su casa, con la cabeza separada del cuerpo en un enorme charco de sangre. Ella no podía concebir que aquella mujer no pudiera tener la cabeza pegada al cuerpo, “no podía ver, no podía caminar”, decía. —“Yo quería ponerle la cabeza a esa señora”. Por eso fue tan fácil convencerme. —agrega Rosita— Yo tenía en mi mente todavía aquella escena, y cuando aquellas señoras me dijeron que me iban a quitar mi cabeza, no pude negarme a irme con ellas. Rosa es una mujer de estatura pequeña, de al menos un metro cincuenta, contextura ancha, con los dientes un tanto torcidos y cejas poco pobladas. Con su peculiar aspecto sin peinar y un aire de relajada, habla con cierta crítica a esta sociedad corrupta y poco preocupada por el tema agrícola y ambiental. Su cabello rebelde está atado con una coleta, pero con aspecto de no estar bien sujetado. Todo a su alrededor podría ser considerado un reflejo de pobreza y miseria; el piso sin terminar, apenas la tierra comprimida, las paredes con los ladrillos sin cubrir y un montón de platos y ollas al aire libre. Pero, Rosita no es pobre, nunca le falta nada, y menos, el alimento en su mesa. Rosita es muy religiosa, y afirma que Dios es el centro de su vida y su razón de ser. Una revelación llegó a su vida, afirma que Dios le mostró aquel terreno donde ha vivido por 17 años y donde mantiene viva su Granja Agroecológica. Es una mujer luchadora, y así como el nombre del barrio donde habita, La Perseverancia, en el centro-oriente de Bogotá, mantiene esas ganas de seguir dando lo mejor de sí y de mostrar al mundo que se puede dar algo mejor y aportar buenas conductas a esta sociedad. La Granja se encuentra cerca a la Vía Circunvalar, en la carrera primera con calle 32, y al entrar hay que pasar por un gran portón de hierro, que se encuentra en medio de un muro que lleva inscrito el nombre de la granja. Al entrar el recibimiento es hecho por un perro criollo, al que llaman Caramelo. Al lado derecho de la entrada se encuentra lo que se podría llamar una cocina y un comedor, pero en realidad hay tres mesas largas con bancas de madera, un sofá a un costado y varias sillas al otro. Siguiendo por un caminito hecho con tablas de madera, se hace el recorrido por la Granja, a los costados solo hay plantas sembradas en botellas, latas y otros materiales reciclados. —Nada es basura—afirma Rosita. Hay que caminar con cuidado de no caerse, pues, aunque todo allí es muy firme, uno pensaría que se le podría ir el pie por alguna ranura del piso de tablas. Casas hechas de madera y materiales reciclables, tres en total en todo el terreno, que tiene unos 1800 metros cuadrados. Huertos, viveros y gallineros; Rosita vive rodeada de plantaciones que ella misma cosecha para su autoconsumo y el de su familia. Encima de donde se ubica la cocina está una de las tres casas, que es donde duerme Rosita con su hija Rubí y 6 venezolanos que están allí de paso. En la casa del fondo, duerme Ricardo, un caleño que llegó hace unos meses a la capital y que ayuda a Rosita a mantener la Granja lo más ordenada y limpia posible. Él nunca está sin hacer nada, —agrega Rosita, refiriéndose a Ricardo—siempre está barriendo todo, por todos lados, le gusta ver todo limpio. “Acá estoy de paso”, afirma Ricardo. El estar aquí me hace sentir tranquilo, pues hago lo que me gusta. A Rosa le ha faltado una buena mano con la granja, por eso estoy aquí, para ayudarla ordenando y limpiando todo. Se siente bien tener ese conocimiento de la granja, de la siembra y de la agricultura, pero no solo eso, sino también impartirlo a otros. Todas las personas que viven en la granja, y que están de paso, deben trabajar allí o simplemente pagar el día, por el que Rosita cobra cinco mil pesos. Lo ideal es que las personas lleven comida, colaboren en lo que puedan y ayuden en los quehaceres de la granja, así como Ricardo. “Él se gana el vivir aquí”, dice Rosita—pues él trabaja todos los días. También está Andrés, otro joven que ayuda en la Granja hace tres meses y quien afirma que el mayor impacto que genera el manejo de la granja es que se puede cosechar su propio alimento y no pagar a otros por ello, teniendo todo lo necesario en un solo lugar. En la Granja hay más de 40 tipos de frijoles, plantaciones de fresa, tomate de árbol, curuba, uchuva, mora, calabaza, marihuana, tomillo, lechuga, variedad de flores y de plantas medicinales. Hay también un gallinero con alrededor de 12 gallinas que ella misma alimenta y mantiene siempre, y de las que se vale para sacar sus huevos o hacer sancochos. Rosa, además, practica la apicultura para polinizar su gran variedad de flores y tiene varios panales destinados a ello. Asimismo, la granja cuenta con un nacimiento de agua natural, con una profundidad de 1 metro 60 centímetros aproximadamente, y del cual sacan el agua para sus necesidades básicas y el abastecimiento de todo el lugar. Rosa utiliza muchos residuos orgánicos para la producción de la granja, para el abono y la siembra. Uno de ellos es la humanaza, que sale de los residuos fecales, y puede tardar un año en sacarla. Para ello, adecuó el único baño que tiene la granja. No utiliza agua, es un baño seco, simplemente se le echa un poco de tierra, y los desechos se van debajo del piso, el que está hecho también con tablas de madera y algunas ranuras visibles. Todo eso se procesa y, al año, ya está listo para ser usado como abono para la siembra. Doña Rosa, como también se le conoce, adquirió el lote por un comodato, que es un contrato por el cual recibió el lugar como un préstamo, de forma gratuita, pero con la obligatoriedad de no destruirlo. Es decir, que todos los cambios y mejoras que Rosita ha realizado al lugar deben quedarse allí. Sin embargo, ella está llevando a cabo todos los trámites para que las escrituras estén a su nombre y pueda ser propietaria directa del terreno. Un basurero, eso cubría los 1800 metros cuadrados de toda el área, donde los habitantes del barrio tiraban toda clase de residuos, como baños, ladrillos, madera, aguas negras, baterías, plásticos, residuos domésticos, entre otros. Poco a poco, Rosita, con ayuda de 3 de sus 5 hijos, fue acomodando el lugar y convirtiéndolo en lo que hoy es. Además, se valió de algunos animales como los conejos, pollos y patos para crear huecos y así remover la basura más rápido. “No fue nada fácil. Al principio solo tenía un metro o dos metros de tierra disponible para sembrar mis semillas, pero ahí sembraba el cilantro, la lechuga, el frijol, en fin”. Las primeras semillas que sembró fueron un legado de su abuela y, hoy en día conserva algunas de ellas. Con el tiempo, fue adecuando todo el lugar para seguir cosechando, hasta que ya no quedó más basura. Doña Rosa comenzó un proceso agroecológico con la producción de orgánicos, uso de semillas nativas que luego se convirtió en un espacio de encuentro y minga, donde hoy en día se enseña y comparte saberes en torno a la agroecología, a partir del trabajo comunitario o mingas, en las cuales participan muchas personas, entre ellas niños y jóvenes del barrio, jóvenes estudiantes y campesinos. El interés de Rosita siempre ha estado en que los más pequeños sean quienes reciban los intercambios de conocimiento y las prácticas que pueden hacerse en la granja y que así lo puedan difundir en sus propias casas y/o entornos. En esta escuela agroecológica enseña producción de plántulas y semillas, construcción en guadua y materiales diferentes al concreto, elaboración de abonos naturales, lombricultura y cría de especies menores. Además del tema agroecológico, Rosita enseña el uso de los materiales reciclables, a crear objetos con tapitas, con botellas plásticas, latas, alambres, y muchos materiales que otras personas desechan, pero que ella los encuentra útiles todavía. Enseña a fabricar bolsos, canastos, estuches, cajitas, manteles con lana y bordados, muchas veces hechos con sacos y ropa vieja. La Granja ha tenido y sigue manteniendo un gran impacto a nivel internacional, pues en países como Suiza, Francia, Alemania y Brasil ha logrado la creación de otras sedes de la Escuela Agroindustrial, pero en el tema principal de la siembra y la cosecha. En Francia, por ejemplo, crearon un centro llamado Semillas de Rosita. Ella ha llevado semillas de aquí de Colombia a muchos países, y aunque es un tema ilegal, para ella es gratificante que en otros lugares se lleven a cabo estas prácticas agrarias gracias a su labor y ejemplo. Moniquirá, Boyacá, se debería sentir orgullosa de parir a una mujer como Rosa Poveda, que, aunque raptada de su nicho y de su núcleo familiar, siempre llevará en su corazón a su municipio, a su vereda de San Cristóbal.
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- Un toque dulce a las penas amargas
Jenny Camacho, fundadora de la pastelería Xocolat and More, luchó contra el cáncer de mama. Ni la enfermedad ni la situación de Venezuela la vencieron. Un toque dulce a las penas amargas María Paula Charry Mejía Jenny Camacho, fundadora de la pastelería Xocolat and More, luchó contra el cáncer de mama. Ni la enfermedad ni la situación de Venezuela la vencieron. Disponible en Pulzo María Paula Charry Mejía Al ingresar Xocolat and More, una pastelería donde todos sus productos son elaborados sin azúcar, sin gluten y algunos son veganos, me topé con una mujer muy particular. Me atrevería a llamarla “la mujer de las mil manos”, no porque tuviera una extraña condición o se pareciera al Dios Shiva del hinduismo, sino porque podía hacer muchas cosas a la vez, y todo con una gran sonrisa. Tomaba los pedidos, respondía a una llamada telefónica, saludaba a los clientes con gran carisma y surtía los postres que se vendían como pan caliente. Es una mujer muy bella. Las facciones de su cara son proporcionales entre sí, parece que la distancia entre sus ojos, nariz y boca fue medida con una regla. Sus ojos son medianos y de color castaño oscuro, su nariz es pequeña y respingada y sus labios tienen el arco superior marcado como si estuviesen delineados con un lápiz labial. Es de tez blanca, su piel se ve firme y sin ningún tipo de imperfección o marca; su sonrisa llama la atención por lo radiante de sus dientes blancos que parecen de comercial de crema dental. No es muy alta, pero tampoco muy baja, diría que su estatura es promedio para el perfil colombiano. Es de contextura delgada y tonificada, lo que podría revelar que se cuida con el ejercicio y la alimentación. Es de suponerse, ya que es la dueña de uno de los negocios de repostería saludable más importantes de Colombia. En su cabeza hay muy poco cabello, consecuencia de varias sesiones de quimioterapia, pero lo luce con actitud y seguridad. No necesita de peluca o adorno alguno para verse fabulosa. Cuando la vi llamó mi atención que a pesar de ser la dueña del establecimiento llevaba ropa casual y cómoda, que le daba el aspecto de una mujer relajada y sencilla: unos jeans básicos de tono azul claro, tenis blancos y un delantal con el logo y nombre de la pastelería bordados. El maquillaje que llevaba era sencillo, pero glamuroso. Las cejas muy bien delineadas, un rubor entre rosado y melocotón y un labial tono palo de rosa. Esta mujer es Jenny Camacho, una chef venezolana a quien la crisis de su país la trajo a Colombia a probar suerte. Sin embargo, este no es un destino al azar, pues tiene la fortuna de estar casada con un colombiano, razón que la motivó a parar aquí. Donde sucede la magia Haciendo un gesto con las manos y sonriéndome me indica que la siga a la cocina “donde sucede la magia”. Al entrar puedo notar que es un lugar amplio y extremadamente limpio, no hay ni una sola partícula de polvo, los alimentos están perfectamente empaquetados en bolsas Ziploc y etiquetados con sus respectivos nombres y fechas de vencimiento. Al parecer, para ella el asunto de la calidad es cosa seria. En la cocina se encuentran cuatro cocineros, ninguno corre, pero todos caminan a paso acelerado, llevan ollas y bandejas de lado a lado. Uno está batiendo lo que parece la mezcla de un pastel, otros dos decoran con chips de chocolate unas galletas, que por cierto huelen delicioso, tanto que se puede sentir el olor desde afuera, y el último revisa la temperatura del horno. Todo lo hacen con una canción electrónica de fondo, porque en esta cocina se trabaja con música alegre. Están tan concentrados en lo que hacen que no notan la presencia de Jenny ni mucho menos la mía. Jenny saluda con voz fuerte y ellos responden con respeto, pero con una sonrisa, como si se tratara de una vieja amiga. Aunque tienen una pequeña conversación nunca dejan de hacer su labor. “Esta cocina funciona como un relojito, porque si no fuera así nos enloqueceríamos todos”, dice Jenny. Me entrega una redecilla para sostener mi cabello, me dice que usarla es una regla. Me siento como una cocinera más del lugar. “Jenny es una mujer luchadora, emprendedora, guerrera, buena jefa, simplemente increíble. Ella entiende la situación del venezolano, entiende la situación del cliente que padece de alguna enfermedad, ella se adapta a cualquier cliente y siempre le da lo mejor”, dice Francisco Jiménez, un empleado de Xocolat and More. Una noticia con sabor amargo En noviembre del 2017 Jenny empezó a sentir una “bolita” en uno de sus senos e hizo lo que muchas personas hacen cuando se sienten enfermas: “consultar al doctor Google”; pensó que se podía tratar de una fibrosis por lo que no se preocupó. En enero de 2018 empezó a sentir un fuerte dolor en el brazo izquierdo y adicionalmente notó que la “bolita” era más grande, por lo que decidió acudir a un doctor. Este le solicitó que se realizara una mamografía. La noticia con la que se topó cambió su vida: tenía cáncer de mama. “Me destrocé, simplemente no lo podía creer, porque yo era una persona muy saludable y siempre me cuidé. No podía entender cómo yo podía estar enferma, es lo que uno siempre se pregunta ¿Por qué a mí?”, dice Jenny. Hay algo que me impacta y es que ella me cuenta esto no con lágrimas, sino con una sonrisa de oreja a oreja y una voz serena y tranquila, porque al parecer de esta experiencia sacó el máximo provecho. “Si no me hubiera dado cáncer no sería quien soy ahora, no valoraría tanto la vida y no viviría el día a día como si fuera el último”, afirma Jenny. “Cuando nos enteramos del cáncer claramente fue una sorpresa, pero yo le dije: te voy a apoyar en todo. Esto no es una enfermedad, es una oportunidad de seguir demostrando lo fuerte que es y así como la ven ahí feliz y trabajando, así ha estado siempre. Ella salía de las quimioterapias a la pastelería. En las noches tenía algunos dolores, pero en la mañana salía con toda la actitud”, dice Leonardo Caicedo, esposo de Jenny. De amargo a dulce Jenny es una persona muy generosa, luego de que termina de revisar unos asuntos en la cocina dice a uno de sus empleados: “ten una cortesía con ella”, me invita a un café y a un postre. Pruebo el cheesecake de arándanos, porque, aunque soy fan del chocolate, lo soy aún más de los postres con fruta. ¡Me parece absolutamente delicioso! De los mejores que he probado, suave, pero con un punto crocante y dulce. Por su parte, el café no tenía nada que envidiarle, tenía un agradable olor y la leche de almendras le daba una textura espumosa inigualable. Mientras comía, pude notar que mucha gente se acercaba a saludarla como si se tratase de una celebridad. Al enterarse de que tenía cáncer, Jenny se volvió una “influencer” en Instagram, donde su mensaje es: “se puede ser y vivir feliz teniendo cáncer”. Allí todos los días comparte su proceso de sanación, las quimioterapias, su alimentación, cómo mantenerse activo y cómo auto examinarse para la prevención. Incluso, a través de esta plataforma donó una peluca a una de sus seguidoras con cáncer. Hoy en día Jenny tiene una gran felicidad y es que hace un mes se enteró de que se curó del cáncer, ¿Cómo lo hizo?: “con buena alimentación, actividad física moderada, buena actitud, amor propio, apoyo de mi familia y Dios”, dijo Jenny. Sus redes sociales no paran de crecer en seguidores y en sus dos sedes no cabe una persona más. Es un claro ejemplo de que sí se puede salir adelante a pesar de los inconvenientes, porque como lo ha demostrado Jenny, con la ayuda de Dios, ni la crisis político-económica de su país, ni el cáncer pudieron contra ella.
- Luis García Montero
Granada, España | Poeta y director del Instituto Cervantes Luis García Montero Ana María Gómez, Juan Esteban Medina Caicedo, Nayhara Esthefania Contreras Rojas y Francy Dayana Velasco Católico. Granada, España | Poeta y director del Instituto Cervantes Lea también: Pedro Borges Compartir Fotografía por Francy Velasco. Es poeta, crítico literario y ensayista, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada. Pertenece a la generación de los ochenta o postnovísimos dentro de la corriente denominada poesía de la experiencia. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardín extranjero. Nos contó: Sobre la mediación y la poesía... • Yo creo que en cada momento la poesía vive y tiene que tomar decisiones sobre su destino. Las redes sociales han extendido el diálogo entre la intimidad y lo público, entre el yo más personal y el mensaje colectivo. Ese ha sido siempre el camino de la poesía. Es una ventaja, pero al mismo tiempo es conveniente que los poetas sean precavidos y piensen en los peligros. Fotografía por Francy Velasco. • La poesía debe mantener su pudor. Hay que pensar lo que se dice antes de decir lo que se piensa. Y muchas veces las redes sociales imponen un vértigo donde la gente dice muchas cosas sin pensar y se pierde el pudor. Y buena parte de la gran poesía nace por el pudor a la hora de configurar lo más íntimo en un diálogo con el público. • Tiene sus ventajas y sus inconvenientes. A mí me parece que se nota mucho los poetas que viven ya de manera nativa en las redes sociales, pero que al mismo tiempo han leído Baudelaire o han leído a Arango. • Es verdad que uno nace y tiene unas condiciones. Hay gente que nace y puede hacer deporte, puede hacer gimnasia, tiene la posibilidad de desarrollarse. No olvidemos que un deportista solo es bueno cuando aprovecha sus cualidades y entrena, entrena y entrena y aprende la técnica de ese deporte. En ese sentido, con la poesía pasa lo mismo. Pues uno puede nacer con más sensibilidad al mirar el mundo, pero tiene que leer mucho, tiene que entrenar, aprender la técnica de sus palabras, para así conseguir poemas que puedan emocionar a los demás. Cuenteros de Iberoamérica
- Ronna Risquez
Venezuela | Editora en español de InSight Crime Ronna Risquez Por Ana María Gómez, Juan Esteban Medina Caicedo, Nayhara Esthefania Contreras Rojas y Francy Dayana Velasco Católico. Venezuela | Editora en español de InSight Crime Lea también: Juan Baquero Compartir Fotografía por Laura Ochoa. Periodista de Investigación con más de 20 años de experiencia en la cobertura de temas de violencia, seguridad ciudadana, crimen organizado y Derechos Humanos. Es egresada de la Universidad Central de Venezuela. Fue editora de las páginas de política y crimen del diario El Nacional y directora de investigación del medio digital Runrun.es, donde creó el Monitor de Víctimas, una plataforma de periodismo de datos finalista del Data Journalism Awards 2018. También, fue finalista al Premio Gabriel García Márquez de Periodismo 2016 y formó parte del equipo de periodistas que trabajó en el proyecto de investigación Panama Papers. En 2023, publicó el libro El Tren de Aragua, investigación sobre una red delictiva internacional de extorsión, secuestro y venta de drogas. Nos contó: Sobre el periodismo investigativo en Venezuela... • Hay muchas dificultades, porque no hay acceso a la información, no hay información pública, no hay datos y los periodistas tenemos que trabajar desde cero, sin nada en la mano, y hacer mucho trabajo de campo, especialmente cuando se trata de Derechos Humanos y crimen organizado. • Para investigar mejor el poder se necesita reforzar la seguridad para los periodistas, la seguridad física, emocional y psicológica, la seguridad digital y la seguridad legal. • Nosotros como periodistas siempre estamos trabajando para denunciar las arbitrariedades del poder, para denunciar los abusos, para denunciar corrupción, para denunciar violaciones de Derechos Humanos, y eso no le gusta a los que ejercen ese tipo de acciones. Entonces, su mecanismo para que uno no haga el trabajo es la censura, la intimidación, la persecución, el acoso, el hackeo de tus redes sociales y detenciones arbitrarias. Fotografía por Laura Ochoa. Sobre la exposición de los reporteros... • Para mí, el 2017 fue un año bastante complicado en lo emocional y en lo psicológico como periodista, porque fue el año de las protestas estudiantiles en Venezuela, que dejaron más de 150 muertos, la mayoría jóvenes estudiantes, y además fue el año en que yo trabajé en una investigación que se llamó la OLP, Máscara del Terror Oficial en Venezuela, que denunciaba una política de ejecuciones extrajudiciales masiva que había realizado el gobierno venezolano. Entonces, trabajar con estas dos problemáticas tan graves, que además estaban asociadas a la muerte de jóvenes inocentes, emocionalmente me afectó. • Los periodistas tenemos que acercarnos mucho a las historias, contar lo que vemos, contar la verdad, contar la realidad. No podemos especular sobre lo que nos parece, ni tampoco debemos tomar partido o ser militantes en ciertas informaciones. Sobre cómo Iberoamérica construye narrativas inclusivas... • En este momento estamos afortunadamente muy cerca, o estamos avanzando en construir narrativas más inclusivas, de construir narrativas que no discriminen, de construir narrativas puedan mirar toda la globalidad de lo que somos como región y como países. La Fundación Gabo ha hecho un trabajo maravilloso promoviendo talleres de inclusión, talleres de diversidad, talleres para pensar políticas nuevas. Hay que enseñarles a los estudiantes de periodismo y a los periodistas también que hay otras cosas que contar y otras maneras. • La literatura la lectura y la escritura son claves en la vida de todo periodista incluso en los periodistas que no escriben y trabajan en medios audiovisuales o que hacen podcast y otro tipo de actividades hoy asociadas al periodismo. Sobre la conexión con audiencias jóvenes... • A mí me encanta ese reportaje larguísimo escrito, pero creo que hay otras maneras de contar, más dinámicas, ligeras, sin que deje de ser periodismo de investigación. Por ejemplo, el año pasado tuve la posibilidad de trabajar en un reportaje interactivo de investigación que se llama Pranes en las Grandes Ligas que muestra cómo los grupos armados venezolanos están involucrados en las firmas de los prospectos venezolanos que van a los mejores equipos de beisbol. Hay que apostarles entonces a múltiples formatos, a los podcasts e incluso libros. • Hoy en día, se habla de que a la gente no le interesa el periodismo, no le interesa informarse o no quiere saber de noticias o hay muchas fuentes de información o hay muchas las redes sociales, está llenas de cosas. Creo que cualquier plataforma en la que tú puedas mostrar tu historia es válida: es una ventana más y no se puede descartar. Cuenteros de Iberoamérica
- Un reencuentro con la vida
Carmen Cecilia es una enfermera con vocación de servicio a los demás que, tras un desmayo, pasó de atender a los pacientes a luchar por su vida en un hospital. Un reencuentro con la vida Sergio Tamayo Carranza Carmen Cecilia es una enfermera con vocación de servicio a los demás que, tras un desmayo, pasó de atender a los pacientes a luchar por su vida en un hospital. Disponible en Pulzo Sergio Tamayo Carranza Era una tarde nublada; el frío típico de Bogotá hacía estragos en el centro de la ciudad. En un edificio de la Universidad Antonio Nariño, que se encontraba prácticamente vacío, solo se escuchaba el ruido de tres personas: Fabián, un joven enfermero de la facultad de Enfermería; a pocos cubículos de él, Paulina Cepeda, su jefa, y por último, Carmen Cecilia Vargas, una docente de prácticas que estaba corriendo entre llenar informes y pasar las notas de los estudiantes. Ricardo Mariño, su esposo, estaba a pocos kilómetros, por la Circunvalar, y era quien la iba a recoger ese día. Cuando llegó, vio cómo corría con desespero un joven oficinista, con cara de tragedia, similar a la que pondría un niño inocente que no sabe cómo reaccionar ante la adversidad. El joven le comunicaba al esposo de Carmen con palabras entrecortadas y exaltadas que su esposa se había desplomado casi entre sus brazos: “Está en un sofá con las piernas levantadas e inconsciente”, le dijo. Carmen no sabía que ese desmayo sería más que un simple colapso y se convertiría en el inicio del reto más crudo de su vida. Aquel 14 de octubre de 2015 pintaba ser un día oscuro para la vida de Carmen Cecilia, quien para ese entonces tenía 52 años. La enfermera recuerda momentos previos al suceso que cambió su vida… “Sentí un golpecito en la cabeza, se me estaba yendo la mirada, sabía que algo malo ocurriría”. Carmen C, como le dicen sus amigas, nació en el seno de una familia de clase media; es la menor de una familia numerosa. Estudió Enfermería en la Universidad Nacional porque la novia de su hermano estudiaba ahí. Para su fortuna, logró entrar a dicha institución educativa, tal como deseaba. Su vocación de servicio hacia los demás alimentaba sus ganas de salir adelante; no tuvo ningún sobresalto mientras estudiaba. “Me presenté en la Nacional porque no había otra opción; si no, me hubiera tocado buscar trabajo”, afirmó la docente. Tuvo su primera gran prueba cuando hizo el rural en Cáqueza, Cundinamarca. En este pueblito de no más de 2.000 habitantes, sufrió la desgracia de afrontar la muerte de varios de sus compañeros que fueron asesinados en la masacre del restaurante Pozzetto, en Bogotá. A raíz de esto, ella tuvo que echarse el equipo al hombro, a pesar de que quiso trabajar en atención primaria (medicina general) debió acudir a salas de cirugía, servir muchas veces como cabeza en la institución. Esta experiencia a tan corta edad marcó su espíritu de lucha y la enseñó a afrontar situaciones de crisis. Posterior a esta prueba de tenacidad y adaptabilidad no tendría mayores contratiempos en los primeros hospitales en los que trabajó; por el contrario, cansada de tanta monotonía e insatisfecha con su situación laboral, decidió aceptar el consejo de una amiga para ser docente. “Estaba cansada de los hospitales, acepté un puesto para dirigir unas prácticas en la Escuela de Auxiliares en Enfermería”. Fue la razón por la que decidió dejar de lado este camino. Carmen es una mujer alegre e inocente; tiene una sonrisa de punta a punta. Habla con franqueza y sencillez, su voz es cálida y acogedora. Irradia energía positiva, nunca hace una mala cara o un gesto de desagrado. Estuvo dos años en la Escuela de Auxiliares en Enfermería (ESAE) dirigiendo prácticas de enfermería; pasó de escribir informes médicos a preparar clases. Su motivación dejaría de ser salvar vidas y pasaría a estar en preparar a quienes lo harían en el futuro. “Es una experiencia totalmente diferente y exigente pero enriquecedora; día a día me fue llenando más”, recordó Carmen C. Luego de este paso por la Escuela de Auxiliares en Enfermería, recibió la oportunidad de dar clases en la Fundación Universitaria del Área Andina; ella no dudó en aceptarla. Además, coincidió con el nacimiento de su hija, Alexandra Mariño (había tenido su primer hijo en 1993); esta última tiene actualmente 20 años y estudia Odontología en la Universidad del Bosque. Es una joven muy cercana a su familia y tiene una actitud muy amable. “Mi mamá es mi mejor amiga, le cuento todo, siempre hemos estado juntas. Lo que mi papá no me dejaba hacer, ella siempre decía que sí”, dice la joven sobre su madre. Previo al día del incidente, Alexandra recuerda que su madre sufrió un dolor de cabeza muy fuerte. Quizás este fue un aviso de lo que vendría para esta enfermera con vocación de maestra; muchas veces hay señales de alerta que actúan como los testigos de un accidente y sirven para avisar los daños que pueden llegar a ocurrir. El día que todo cambió para Carmen se inició con mucha normalidad; ella se encontraba trabajando en la Universidad Antonio Nariño. Era un miércoles 14 de octubre. Por la mañana, la docente fue a unas prácticas en la Fundación Misioneros Divina Redención Fumdir (Suba). Era una semana con mucho trabajo. Ella, al igual que sus colegas, vivía el martirio del ‘registro académico’, lo que implicaba llenar actas, pasar notas al sistema, entregar informes por cada estudiante, etc. “Esa semana debía correr. Del lugar de las prácticas fui a la Universidad Antonio Nariño; esa tarde estaba solo con un compañero y mi jefa”, fueron las palabras de la enfermera al revivir los momentos previos a su colapso. Casualmente ese día su esposo había decidido recogerla; Carmen solía moverse en el carro de la familia; sin embargo, por cosas del destino, cambió de parecer al no usarlo aquel día para que su esposo pudiera hacer unas vueltas y luego pasar por ella. Ricardo es ingeniero civil. Conoció a su esposa en 1981; fruto de ese amor nacería 12 años después su primer hijo, ‘Richi’, como le dicen cariñosamente. Él es un hombre tenaz, habla con mucha firmeza, tiene un amplio vocabulario y una memoria envidiable. Ricardo, el esposo, recuerda: “Cada vez que la recogía, me reportaba con ella periódicamente por puntos de referencia, así cuando llegara ya estaba lista. Ese día, por alguna razón que no recuerdo, no lo hice”. Carmen estaba con un nivel de estrés muy alto ya que era una de las épocas más complicadas del calendario académico. En medio de ese trajín, sintió algo fuera de lo común, fue algo repentino, estaba perdiendo la claridad en su mirada; en ese momento su velocidad corporal y mental pasó de 100 a 1. Lo último que recuerda fue un ‘pellizco’ en la cabeza, como si algo estallara dentro de su cráneo. “Fui hacia donde estaban Paulina y Fabián para decirles que me iba a desmayar, no recuerdo más”, fueron las palabras de Carmen al recordar el momento exacto de este episodio de su vida. Ricardo, al llegar a la Universidad se enteró del desmayo de su esposa, subió al edificio para recogerla. Mientras la subía al carro, ella le decía: “mis hijos, mis hijos…” “No sabía a qué hospital llevarla, le pedía a Dios una señal para saber por qué camino tomar; que si por la derecha o izquierda, no era ninguna de las dos (risas), seguí derecho”, son los recuerdos del esposo, aquel día. De esta manera, a eso de las 6:00 de la tarde llegaron a la Clínica Marly. De inmediato, la llevaron a la sala de reanimación. Tras horas de espera, casi a media noche salieron los resultados. Un TAC reveló que esta enfermera de corazón noble y múltiples vocaciones estaba ahora del otro lado, como paciente; el diagnóstico fue una hemorragia subaracnoidea de tipo aneurisma. “¡Me duele!, me duele mucho la cabeza, díganle (al doctor) que me la quite”, exclamaba la angustiada mujer mientras la llevaban a la UCI de la Clínica. Pasaron 3 días. La enfermera estaba viviendo otra realidad: la de los hospitales; ya no era la que atendía a quienes se debatían entre la vida y la muerte, sino que ahora ella era la que luchaba por su vida. Despertó sin saber qué había ocurrido; le acababan de practicar una operación para corregir su aneurisma, la malformación que tenía en el cerebro. Para su mala suerte, ese breve despertar no significó una mejoría; por el contrario, fue un simple recuerdo de la Carmen Cecilia estable porque, a partir de ahí, dejó de ser la misma. Su hija recuerda que su madre se veía bien después de esa operación, aunque no por mucho tiempo. “Los doctores descubrieron al poco tiempo de hacerle la primera intervención que mi mamá había desarrollado una hidrocefalia (acumulación de líquido cefalorraquídeo en el cerebro)”, afirma Alexandra en medio de la confusión que vivió ese día. Carmen estaba de nuevo adormecida para soportar otra intervención; se esperaba que esta fuera su última vez en el quirófano. Sorprendentemente, un catéter contaminado hizo que el lado derecho de su cerebro se infectara, por lo que lo lógico sería cambiarlo de sitio. Sin embargo, esta complicación no lo hacía posible. Ricardo vio cómo el neurocirujano salió, pálido, a informarle la mala nueva. “El tipo sale blanco, mirando al suelo. Esa infección había hecho que volviera a sangrar”, comentaba el incrédulo padre de familia. A partir de ese momento, esta mujer proactiva y enérgica se convirtió neurológicamente en un niño recién nacido. Alexandra decía que era como un “pequeño robot”. “Ella no podía hablar, caminaba de medio lado, no se valía por sí misma, debíamos ayudarla en todo”, una experiencia atípica para una joven que tenía solo 15 años. A pesar del cuadro tan complejo, unas semanas después le dieron de alta, con la esperanza de que pudiera mejorar en casa. Nada de eso; esta mujer con cuerpo de adulta pero con el cerebro de un niño duró tres días con su familia sin mostrar mejoría. Incluso, ella no recuerda nada de ese corto tiempo en su hogar. Con el regreso al hospital, el panorama no era ni un poco alentador. Alix Sandoval, una de sus amigas de toda la vida, la llamó, como cada año, por su cumpleaños. Para su sorpresa, contestó Ricardo, quien le comentó toda la situación de su mujer. Inmediatamente, esta psicoanalista de profesión dejó su ciudad natal, Bucaramanga, para ir en socorro de su amiga. Ella confiaba en poder recuperar el estado mental de su compañera de vida. “Decidí comenzar unas terapias, proceso de estimulación neuronal, parte sensorial, mirar recuerdos, cosas afectivas”, parte de la recuperación descrita por su amiga de llavero. Fuera de esta terapia emocional y neurológica, Carmen Cecilia empezó a recibir terapia física durante 21 días. En medio de los dos tratamientos, se dio con la infección que afectaba su parte neurológica (antes solo sabían de la infección, no de qué tipo era). Se trataba de una meningitis bacterial. Un nuevo diagnóstico Los neurocirujanos regresaron al quirófano y los médicos trataron la meningitis para operar de nuevo. A pesar de ello, esta docente, como preparadora de futuros miembros de la salud, era consciente de que en estas circunstancias debían actuar de inmediato antes de que fuera demasiado tarde. “Los médicos nos dijeron que la debían operar de inmediato o moriría”, aterrador testimonio de Ricardo, inmerso en la presión de ver a su esposa entre las cuerdas. Había transcurrido poco más de dos meses desde ese primer colapso, 65 días para ser exactos. Su esposo llevaba anotaciones del día a día, se habían perdido muchas batallas, las defensas no daban más, aunque para fortuna de esta unidad quedaba una última oportunidad, era todo o nada. En este caso, Carmen Cecilia supo aprovecharla; su sistema neurológico respondió de manera extraordinaria. “Me colocaron una válvula de Hakim, para drenar el líquido cefalorraquídeo a causa de la hidrocefalia. Luego, desperté y reconocí de nuevo a mi familia”, primeros momentos de esta resiliente enfermera después de su tercera operación. El día que le dieron de alta fue el 24 de diciembre de aquel año. La familia Mariño Vargas volvió a respirar después de casi morir en el ahogo moral; que su esposa, madre, hermana, etc., recuperara la conciencia y pudiera dejar el hospital fue el mejor regalo que nunca imaginaron recibir. A partir de ahí, esta luchadora de la vida siguió un proceso de recuperación emocional y motriz de la mano de su incondicional familia. Su esposo describe esto como “subirla de nuevo al bus de la vida”. Alix destaca la labor de la familia y sus amigas para la recuperación de su hermana de otra madre. “Esto se logró porque tiene un sistema familiar enorme, su parte afectiva es muy fuerte; el núcleo primario fue vital, además del resto de su familia, todos la apoyaron de sobre manera”, dice la psicoanalista en referencia al papel de sus amigas en la rehabilitación de Carmen C. Los médicos, tomando en cuenta los análisis y estudios realizados a Carmen, determinaron que esta maestra tenía una expectativa de vida menor al 15 %. Sin embargo, ella se recuperó y actualmente goza de excelente salud, y está entre nosotros para contar su historia. Sabe que el apoyo de su familia, junto al reencuentro con sus amigas del pasado, son la enseñanza más valiosa de todo este proceso, para que ella pudiera volver a brillar sobre quienes la alumbraron cuando todo lucía tan oscuro.
- “El obispo que busca su catedral”
Su nombre es Rosendo Úsuga, y se ha interpuesto a la muerte y a la falta de libertades. Relató cómo logró fundar 3 iglesias anglicanas en Colombia. “El obispo que busca su catedral” Juan Nicolás Barahona Espinosa Su nombre es Rosendo Úsuga, y se ha interpuesto a la muerte y a la falta de libertades. Relató cómo logró fundar 3 iglesias anglicanas en Colombia. Disponible en Pulzo Juan Nicolás Barahona Espinosa Al tocar el timbre, una sombra pasa en el tercer piso, agitando unas cortinas de diferentes telas y colores de apariencia desgastada. El chirrido del óxido, cuando se abre la ventana, hace que suba la mirada. Una mujer anciana se asoma y se dirige al sacerdote que me acompaña: -¿A quién necesita? -A monseñor Rosendo. Venimos para la reunión. -Un momentico. Tras unos minutos, un hombre de tez morena, alto y de nariz aguileña, abre la puerta del primer piso. Su figura levemente encorvada permite detallar las raíces de unas canas cada vez más abundantes. Viste sobrio, de traje y zapatos negros. La camisa morada que lleva puesta y el clériman que le recorre el cuello delatan su condición de religioso. Luce cansado y se mueve cabizbajo, bamboleando sutilmente su cuerpo. Cuando sube la vista, su rostro se ilumina con una sonrisa. Ésta tiene una mística curiosa: se hace inevitable no responder de la misma manera. -“¡Padrecito!”, le dice el hombre al sacerdote que me acompaña, abriendo los brazos en señal de camaradería. En las palabras que extiende en el saludo se hacen evidentes sus falencias de dicción: las erres las pronuncia como si fueran ges y le cuesta un poco iniciar sus frases. Sin embargo, esto no es le es un impedimento para predicar la Palabra en una casa, en una iglesia o en un cementerio cada domingo (como mínimo). ste hombre amable y de ademanes tranquilos es monseñor Rosendo Úsuga Higuita, obispo, líder espiritual y fundador de la Iglesia Universal Apostólica Anglicana en Colombia. Y, aunque hoy puede pasar inadvertido, quizás como un cura más, su influencia en la legislatura que rige al país perdura aún después de 27 años: el artículo 19 de la Constitución política del 91, que le permite a las personas profesar su religión sin tapujos, sin temores, sin represión, es el resultado de la lucha que emprendió hace varias décadas junto con otros líderes religiosos. Por la democracia, por los derechos Úsuga Higuita es uno de los principales promotores y defensores de la garantía a la libertad de cultos en Colombia, hecho que, en un país de raíces conservadoras, no ha sido para nada fácil. En los años 80s, vivió en cierta clandestinidad por la ferviente persecución que promovió la Iglesia Católica Romana contra las corrientes divergentes de su credo. Reunido en cafés y en recintos poco llamativos y ocultos, fue congregando a cuanta comunidad religiosa pudo. En el proceso sufrió difamación y encarcelamiento, como también ataques e improperios. Turbas fanáticas o miembros de la fuerza pública eran movilizados por algunos líderes católicos cuando hacían misas los domingos en el Cementerio de Chapinero. “Llegaban con palos y piedras”, recuerda, justificándose en el acuerdo Iglesia-Estado conocido como concordato. “Son incontables las veces que nos llevaron presos. Pero no nos dejamos callar”, cuenta Octavio Correal, obispo de la Iglesia Ortodoxa en Colombia y amigo de viejos tiempos de monseñor Rosendo. “En la cárcel empezamos a idear ese sueño. Nos llevaban y nos llevaban pero seguíamos en la lucha, queríamos romper las diferencias. Hoy sigo andando con él por la valentía y la honestidad que ha demostrado”. Después de convencer a muchos compañeros y a uno de los presidentes de la Constituyente, el 4 de julio de 1991, día en que se firmó la Constitución, fue para monseñor Rosendo uno de los momentos más felices de su vida, pues logró uno de los avances más grandes en el reconocimiento de los derechos de los colombianos: la libertad de cultos. Pasadas casi 3 décadas de todo esto, el obispo nos invita a seguir a su casa. La baldosa de la entrada es fría, y la subida, oscura. Su casa no es ningún palacio, ni mucho menos una sede primada de grandes proporciones. Más bien es un pequeño apartamento en un tercer piso ubicado en Modelia, un barrio de clase media al occidente de Bogotá, y en donde la calma se perturba por el estrepitoso y continuo pasar de los aviones del Aeropuerto El Dorado. El relato de la cárcel viene a mi mente: sentado en el suelo, recostado contra la pared de los calabozos de la Policía, monseñor empezó la redacción del mencionado artículo. Del encierro, tras las rejas y rodeada de luz mortecina brotó aquella semilla de libertad. De humano, de padre y de obispo Tras subir la escalera, que se hace opaca e interminable, una sala adornada de cuadros, muebles antiguos y figuras religiosas se abre ante nuestros ojos. Al fondo del recinto se ven los fuegos de una estufa que calienta una olla chocolatera y otra que hierbe el agua para un caldo de papa. Son pasadas las 9 de la mañana, y monseñor, hasta ahora, se prepara para tomar el desayuno. Los afanes y el temor de la persecución lo han abandonado. Incluso ha adelgazado, acostumbrándose a comer tarde y poco. El edificio en el que estamos, que es donde vive el obispo, pertenece a sus suegros. ¿Suegros? Puede sonar extraño, sí, aunque es innegable. Rosendo Úsuga, además de ser sacerdote, es padre de dos hijas y hace más de 30 años vive con Claudia Gil, su esposa. La iglesia a la que pertenece, la anglicana, le permite formar su propia familia, hecho que, asegura, le ha dado mayor fuerza a lo que predica en cada misa. “La Iglesia está en la familia y la familia está en la Iglesia. Debe existir un crecimiento y un testimonio de hogar. El sacerdote debe estar preparado para orientar, dirigir y dar consejo. Y la familia será siempre ese bastón de unidad. A pesar de que yo tengo muchas responsabilidades, sé que no es difícil combinar las dos cosas, porque como sacerdote, esposo y padre sé que tengo que dar el ejemplo de las enseñanzas de Dios”, me dice Úsuga. Mientras me habla, va disponiendo su casa para recibir a los sacerdotes que se reunirán en la asamblea mensual ordinaria de su Iglesia, donde se definen las estrategias de su labor pastoral. Úsuga Higuita, además de ser fundador de 3 iglesias anglicanas en 2 países distintos, del Comité Pro-libertad Religiosa y de Conciencia y de más de 9 misiones religiosas a nivel nacional, lidera actividades continuas de desarrollo social en las comunidades menos favorecidas de Bogotá, especialmente en Ciudad Bolívar. La señora Claudia prepara la mesa donde acontecerá la reunión. A pesar de la sencillez del recinto y de las cosas, se dispone lo necesario para que todos estén cómodos. Al recorrer el lugar, se hace evidente que monseñor Rosendo no posee un gran capital. “Vive de lo que gana por sus misas y de eso no le queda para acumular”, me dice su esposa, sonriendo. Conforme se desarrolla la reunión, aprovecho para hablar con su hija, también llamada Claudia. Ella destaca que monseñor nunca ha descuidado sus responsabilidades familiares: “Mi papi es un poco penoso para mostrar su amor, pero eso no significa que no sepa darlo. De él nunca nos ha hecho falta el consejo y la atención. Hay ratos en los que ha sido estricto con nuestra crianza, como cualquier papá, pero al final la vida le da la razón. Nos ha enseñado a querernos, a ser cuidadosas, nos ha evitado malas decisiones. Mi hermana Lorena y yo pudimos estudiar y ahora vivimos bien por el apoyo que nos dio junto a mi mami. De ellos no nos ha faltado nada”, dice. Esa aparente dureza a la que se refiere su hija tiene un origen: Úsuga Higuita es el décimo de 20 hijos de una familia campesina y de escasos recursos de Santa Fe de Antioquia. Tuvo siempre presente la obligación de ser y de sentirse útil, de estar dispuesto a ayudar a su familia y, prácticamente, de medírsele a lo que fuera. Aún le duele recordar la impotencia que sentía al no poder protegerla y de verla llena de necesidades. Le brotan las lágrimas y se le entrecorta la voz. A modo de catarsis, se ha entregado de lleno a los feligreses o a quien lo necesite, recordando el tesón de sus padres, que iba entre la dureza y la dulzura. “La gente muchas veces llega aquí a la casa pidiendo algo de comer, o cuando va a alguna comunidad las personas le piden dinero, y él no tiene problema de entregarlo, de ayudar. Muchas veces él me dice: ‘Venga, mija, colaborémosle a esta gente. Usted da esto y yo pongo esto’, o empieza a gestionar. Hay momentos en que lo debo detener, porque sí hay muchos que lo quieren, pero me da temor que alguien pueda abusar de su confianza”, me dice la señora Claudia, ya con calma, terminada la asamblea. Dos veces Salimos con monseñor Rosendo a las calles de Bogotá, porque se dirige a otro encuentro de carácter religioso. Subimos a un carro. Hay trancones, pero, gracias a esto, también más tiempo para conversar. A sus 61 años, él ya no va con tanta prisa, aunque ha vivido momentos de muchísima tensión. Precisamente, en un vehículo estuvo frente a la muerte: el cañón del arma que le quitó la vida a dos de sus compañeros religiosos. Fue en julio del 2013. Dos sacerdotes de la Iglesia Universal Apostólica Anglicana habían sido asesinados en el barrio Kennedy, de Bogotá. Cuando se transportaban, junto a monseñor, para recibir un dinero prometido como “donación”, fueron abordados por hombres armados… “Fue un milagro lo que me sucedió. Cuando nos atacaron, forcejeé con uno de los asesinos. Cuando me sentí cansado, bajé la cabeza y esperé el disparo. Los minutos me parecían horas, hasta que me di cuenta de que estaba solo. Los padrecitos estaban muertos. Durante meses no paré de llorar”, dice, mirando por la ventana. En otra ocasión, oficiando un velorio, se realizó un atentado contra los familiares del difunto. Recuerda, ante todo, el sonido de los impactos contra la biga que lo protegía. Todo lo resume en que, tras la tragedia, no hay retroceso claro ni modo objetivo para empezar de nuevo. “Fue difícil cuando sucedió lo de los sacerdotes. Fueron los meses donde más triste lo vi. Si antes era un poco retraído, esa vez se recogió mucho. No quería hablar y pasaba mucho tiempo como si estuviera perdido. Lo que lo ayudó fue el acompañamiento que le hicimos y también de toda la gente que lo quiere. Era impresionante ver todo el apoyo que recibió. Se dio cuenta de que no estaba solo y de todo lo que había cultivado hasta el momento”, me dice su hija menor. Tras esos sucesos, me cuenta su esposa, lo ven más sensible, aunque a simple vista no lo parece: su mirada se torna seria y profunda, y en el rostro carga, aunque no lo quiera, una especie de tristeza cuando no hay quien lo acompañe. Cosa distinta sucede cuando se comparte mucho tiempo con él. De a poco rompe ese velo. En sus eucaristías, en los congresos religiosos y hasta compartiendo un almuerzo emite un aura de sumo respeto, pero sin trasponer su tranquilidad y su sencillez. Cuando se siente bien, es activo y sonriente. Siempre sonriente. Mientras avanzamos, me cuenta lo difícil que ha sido lograr la aplicación de los artículos para la libertad religiosa en Colombia. “Aunque ya no hay persecución, aún no hay igualdad en el país”, me dice. Su afirmación se confirma con el hecho de que solo hasta el 2018, 27 años después de ser firmada la Constitución, el Estado aprobó, mediante decreto, las primeras políticas públicas sobre este tema, que aún faltan por desarrollar. Ya llegado a su lugar de destino, monseñor Rosendo se despide dando bendiciones y estrechando sus dos manos. Antes de que la luz del semáforo de enfrente cambie a verde, me dice: “Yo sueño con tener una catedral muy bonita para mi Iglesia. Por lo menos ya edifiqué una: mi familia, y quiero que se consolide la otra: la verdadera libertad religiosa en Colombia”.
- Unisabana Medios | Periodismo y salud mental
Las afectaciones mentales son problemas reales de los cuales también son víctimas los periodistas, por cuenta de su exposición a situaciones de riesgo y el estrés que les puede causar el ejercicio de su labor. Este especial propone algunas herramientas para proteger la salud mental de estos profesionales en los medios Claves para una buena cobertura periodística en salud mental y trauma Las enfermedades mentales y el trauma no solo afectan a millones de personas en América Latina sino que representan un reto doble para los periodistas de la región. Por un lado, los periodistas deben aprender cómo cubrir estas enfermedades y heridas sin revictimizar y estigmatizar a las víctimas, de modo que aumenten la compresión científica de estos problemas y contribuyan al cambio de política sociales. Por otro lado, los periodistas, al estar expuestos a constante estrés, situaciones de riesgo e historias de trauma, deben aprender a cuidar de su propia salud mental con mecanismos y técnicas de protección. Este especial de Unisabana Medios, con el auspicio de la Beca Rosalynn Carter para Periodismo en Salud Mental de Latinoamérica y las facultades de Comunicación y Medicina de la Universidad de La Sabana, ofrece a los periodistas y medios de América Latina una serie de herramientas y claves muy valiosas que guiarán la reportería científica de las enfermedades mentales, el trauma y el suicidio y, al mismo tiempo, ayuda con recursos para cuidar la salud mental de los reporteros frente a los retos impuestos por la profesión. El especial incluye animaciones y recursos audiovisuales que hacen muy fácil la comprensión y el entrenamiento. El impacto de las enfermedades mentales en la sociedad ¿Qué datos son relevantes para entender el impacto de las enfermedades mentales en la sociedad? Recomendaciones de reportería para hablar de la prevención y el tratamiento de condiciones de salud mental. Recomendaciones para reportear tragedias y hechos violentos. Recomendaciones de reportería para hablar sobre suicidio. ¿Cómo los periodistas deben cuidar de su salud mental cuando cubren hechos violentos o trauma? ¿Qué presiones y retos pueden sufrir los periodistas en su salud mental? Con el cubrimiento de hechos violentos o traumáticos, puede verse afectada la salud mental de los periodistas al sentirse identificados con quienes están viviendo esa situación. ¿Cuáles son los síntomas que se pueden presentar cuando la salud mental de un periodista se está viendo comprometida? La alteración del sueño y del apetito, la sensación de cansancio permanente y el surgimiento de pensamientos de minusvalía o desmotivación son algunas de las señales de que la persona puede ver comprometida su salud mental. ¿Qué técnicas pueden utilizar los periodistas para proteger su salud mental? Tener hábitos de vida saludable y saber pedir ayuda son elementos fundamentales para que el periodista se libere ante situaciones de estrés y cuide su salud mental. ¿Cuál es la mejor manera de abordar las entrevistas con personas que han experimentado violencia? La empatía, la disposición de escucha y el respeto son relevantes a la hora de entrevistar a una persona que está atravesando una etapa de sufrimiento o está intentando superarla. En este video podrás tener herramientas para abordar conversaciones con quienes se encuentren en esta situación. ¿Qué elementos deberían tener en cuenta los medios a la hora de tratar las dificultades mentales de sus reporteros? Los periodistas, en su condición de persona, pueden verse afectados mentalmente en medio del ejercicio de sus funciones. Por eso, en este video se presentan algunas herramientas para que los medios de comunicación implementen estrategias de prevención, de detección de señales, apoyo y reintegración. Los problemas de depresión son cada vez más comunes en la población joven. ¿Cómo se están atendiendo estos casos en Colombia? ¿Cómo puedes ayudar a alguien en estas circunstancias? Volver a vivir Revive este especial: Los videos y animaciones están basados en estudios de trauma realizados por: Conoce la Beca Carter para Periodismo en Salud Mental aquí:
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