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  • Unisabana Medios | Podcast | We-Rock

    Programa con lo mejor del rock, artistas, datos curiosos y recomendaciones. We-Rock Programa con lo mejor del rock, artistas, datos curiosos, debates y recomendaciones. Unisabana Radio Compartir

  • Sintéticas sin trabas

    Sintéticas sin trabas María Paula Arbeláez, Estefanía Daza, Laura Sofía Matiz y Lizeth Moyano María Paula Arbeláez, Estefanía Daza, Laura Sofía Matiz y Lizeth Moyano Mientras 23 nuevas drogas se crean cada día en el mundo, en Colombia han aparecido 33 sustancias sintéticas inéditas que afectan la salud pública y la economía nacional. Haz clic para acceder al contenido Ver también: El shopping de las drogas Compartir

  • Humedal Tibabuyes, una lucha de intereses

    En este capítulo del informativo 15/30, comprende también cómo afecta el alza del dólar a los precios de la canasta básica familiar, entre otras noticias. Humedal Tibabuyes, una lucha de intereses Laura Ubaque, Luisa Moreno, Kelly Medina, Andrés Caamaño, Sebastián Bustos, Karol Peña, Paula Belalcázar, Danelys Vega, Gabriela Velásquez, Deisy Nivia, Nicolás Villamizar, Juliana Novoa, David Suárez, Mara Mulett, Tatiana Marta, Valeria Ramírez, estudiantes de Comunicación Social y Periodismo En este capítulo del informativo 15/30, comprende también cómo afecta el alza del dólar a los precios de la canasta básica familiar, entre otras noticias. Ver también: ¿Cómo es ir de fiesta en pandemia? Compartir

  • Unisabana Medios | Podcast | Imaginarium

    Este programa rescata las más destacadas ideas innovadoras que están transformando el mundo. Imaginarium Este programa rescata las más destacadas ideas innovadoras que están transformando el mundo. Unisabana Radio Compartir

  • Para la paz, todos. Para la guerra, ni uno solo

    Para la paz, todos. Para la guerra, ni uno solo Sergio Andrés Forero, Maestría en Periodismo y Comunicación Digital de la Universidad de La Sabana Sergio Andrés Forero, Maestría en Periodismo y Comunicación Digital de la Universidad de La Sabana Este especial periodístico multimedia busca resaltar una de las complejas experiencias de paz dadas en Ibagué en los últimos años. La 'Mesa por la Paz', título que se le dio a esta iniciativa convocó a un sin número de personas, lo que evidencia las dinámicas territoriales sobre el conflicto en las regiones de Colombia. Haz clic para acceder al contenido Ver también: La lucha por el cambio social Compartir

  • Especial Paro Nacional Unisabana Medios - Hasta que amemos la vida

    Una juventud sin futuro, sin oportunidades, sin pensión, sin educación y sin nada más que perder, es la que arriesga su vida a diario para luchar por el cambio del país. Hasta que amemos la vida Una juventud sin futuro, sin oportunidades, sin pensión, sin educación y sin nada más que perder, es la que arriesga su vida a diario para luchar por el cambio del país. Manuela Cordovez Álvarez Lee también: Las motivaciones de la protesta social en Colombia Miembros de la Primera Línea, 19 de mayo del 2021 Foto: Manuela Cordovez Llueve descontento 28 de abril del 2021. El gran Paro Nacional del 2019 cesó sus ánimos por la pandemia por Covid-19, hoy el descontento saca al pueblo nuevamente a las calles. Personas cansadas de la desigualdad salen a marchar por sus derechos. Reclaman contra una nueva reforma tributaria y a la salud, matrículas universitarias con precios casi imposibles de pagar, corrupción desmedida, falta de estabilidad y de pensiones en la mayoría de los ciudadanos, entre otros, son los argumentos de miles de colombianos que hoy saldrán a las calles para marchar por un país digno. Desde la mañana rondan especulaciones sobre los posibles bloqueos, actos vandálicos y disputas entre civiles y miembros de la fuerza pública. Abro los ojos y como es costumbre, entro a mis redes con el fin de encontrarme con las noticias del día. Desayuno rápidamente un café con tostadas, me baño y me arreglo. Hacia las 11:30 de la mañana emprendo mi camino desde Chía hasta Bogotá, específicamente al barrio Mazurén. Llego a la casa de Tomás, mi novio, con la plena seguridad de que será él el indicado para acompañarme a las calles a marchar; no solo por nuestros ideales y creencias similares, sino porque compartimos nuestra carrera y pasión: el periodismo. Al cabo de unos minutos estamos montados en un taxi que nos llevará, con algo de escepticismo, al monumento de Los Héroes en la calle 80. —¿Estás segura? —me pregunta Tomás mientras mira por la ventana del taxi una aglomeración cercana a las 300 personas mojándose por la lluvia. —Estoy segura —respondo con plena convicción de salir a las calles por el pasado, presente y futuro de la historia colombiana. Vamos en camino por toda la autopista en sentido norte-sur hasta que se presenta un bloqueo ubicado debajo del puente de la calle 100. Le pedimos al taxista que nos deje ahí y nos bajamos del carro. Los manifestantes se encuentran arrumados debajo del puente, pues fuera de él se van a mojar. El pronóstico del clima es de 12º centígrados. Y la probabilidad de lluvia de 88%. Era seguro; iba a llover. Suenan los tambores acompañados del sonido del diluvio, los marchantes cantan arengas y uno que otro aprovechado que se prendió un porro hace que el puente entero empiece a oler a marihuana. Empezamos a caminar hacia Héroes. El agua reposada en los charcos se escabulle por la tela de mis converse casi blancos, hasta llegar a mis medias y finalmente mojar mis pies. Siento frío, pero el clima no afecta mi disposición para llegar junto con los demás hasta el monumento. De la mano de Tomás, caminé por 1 hora y 15 minutos. En el trayecto, tomamos algunas fotos, hablamos de la situación actual del país y refunfuñamos una que otra vez por la lluvia y la posible gripa que nos puede dar, pues ninguno de los dos salió de la casa vestido para encontrarse con este aguacero. Acompañados de los fuertes truenos y relámpagos se alcanzan a oír en la lejanía los tambores tan característicos de las manifestaciones. Mis ojos se llenan de lágrimas. El arte y las multitudes unidas por un país siempre me han revuelto los sentimientos. Hoy me siento orgullosa de caminar junto a las personas que, sin importar el día o la hora, inauguran esta nueva jornada del Paro Nacional. A lo largo de la autopista norte, la lluvia se vuelve más intensa. Las personas, escalofriadas por las gotas heladas, comenzamos a gritar en multitud “llueva o truene, el pueblo se mantiene”. Nuestras voces y palmas son silenciadas por los truenos, y a veces, uno que otro manifestante arruga la cara al ver los rayos que caen del cielo. Cada que llueve más fuerte, mis manos se ponen más y más rojas. Marchamos con fuerza. Uno que otro carro pita, y el ánimo de llegar a nuestro destino se incrementa más a medida que nos vamos acercando. Puente de la avenida NQS, 28 de abril del 2021 Foto: Manuela Cordovez Finalmente, tras caminar 20 cuadras llegamos al monumento a Los Héroes en la calle 80. El olor a humo penetra la tela del tapabocas, como si ya estuvieran quemando algo; pero nada más era un grupo de indígenas calentando agua de panela en una olla grande encima de una hoguera. La lluvia intenta apagar el fuego y colarse entre la bebida, pero los manifestantes hacen, justo a tiempo, una carpa de bolsas negras que impiden cualquier traspaso de agua en la comida. Todo es muy pacífico, ni siquiera se escucha ningún tipo de ruido pues parece que la lluvia ya había espantado a la gran mayoría. Tengo la sensación de que somos muy pocos los presentes, pues de los 300 que empezamos sólo quedábamos alrededor de 50 personas. Era claro; el primer día de paro estaba muerto. —¿Por qué no habrá venido el resto, esos que publican tanto su indignación en las redes sociales? Es la 1:05 p. m., hora de almorzar. Además, a Tomás y a mí nos quedan exactamente 55 minutos para entrar a clase. Sabemos que la devuelta va a estar complicada. Nos percatamos que por el monumento no pasa ni un taxi, pues hay gente bloqueando el paso y pegándole a los carros gritando “¡el que no pite no pasa!”. Lógicamente, a cualquier chofer le da miedo pasar por ahí; uno nunca sabe qué pueda pasar. Caminamos hasta una panadería cercana para comprar un agua y ver si hacia el otro lado pasa algún taxi que pueda devolvernos. Cerca del monumento, todos los locales están cerrados exceptuando uno que se llama “El mejor PAN de Colombia”. Entramos por un pequeño callejón. Al alzar la mirada, nos damos cuenta de la presencia de 70 miembros del Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD) y de la Policía Nacional. —¿Te da miedo? —me pregunta Tomás al ver que me quedé paralizada mirando a quienes nos acabamos de encontrar— ¿Podemos pasar? Vamos a comprar un agua en la panadería de acá —cuestiona intimidado, a lo cual le responden que sí. Agacho la cabeza y paso entre la mitad de todos ellos. Por cualquier espacio me escabullo hasta llegar a la puerta del local. Me parece eterno. Siento miedo de estar en la mitad de tantas armas, pero para ser honesta, considero que estoy más segura estando entre los uniformados que del otro lado. Mientras paso entre ellos solo puedo hacerme preguntas como “¿cuándo irán a salir? “¿Estarán ahí escondidos para sorprender a los que estén manifestándose en el monumento?”. Al ver el uniforme de cada uno de los agentes del ESMAD me siento minúscula. Sus pies, sus brazos, su torso, absolutamente cada centímetro de su vestimenta irradia poder, mucho más que lo que pueda tener el resto de personas. Finalmente, caminamos hasta el Carulla de la calle 85, donde esperamos cerca de 30 minutos para que un taxi nos lleve de vuelta al apartamento de Tomás. —¿Cómo le está yendo hoy? —le pregunto al taxista. —Está complicada la cosa, no he tenido muchas carreras hoy. Yo apoyo el paro, y yo me he leído la reforma y no estoy de acuerdo con muchas cosas… Pero es que uno tiene que trabajar, yo no puedo dejar de camellar un día por salir a las calles. Y los que salen también es que (SIC) lo damnifican mucho a uno. —Claro, entiendo —respondo—. ¿Cuántas carreras lleva hoy? —Tres con esta que les estoy haciendo señorita. Ahorita voy y recojo a un cliente conocido, lo llevo a la 134 y me voy para mi casa. Más tarde las cosas se ponen muy peligrosas —cuenta el taxista con un suspiro al final. Después de 20 minutos llegamos a nuestro destino. —¿Cuánto es? —preguntó Tomás. —Serían —esperó a que el taxímetro arrojara la tarifa a pagar— …serían 12 mil pesos. — Aquí está —respondo pasándole un billete de 20 mil pesos. —deje así y muchas gracias, que le rinda y que le vaya muy bien llegando a su casa. —¿En serio? —respondió el taxista. —En serio— Le contesté yo. El taxista, conmovido y con la voz un poco temblorosa, nos miró por la ventana y nos despidió diciéndonos: “esto nunca se me va a olvidar. ¡Que mi Dios se los pague!”. No cesó la horrible noche 3 de mayo del 2021. Es mi cumpleaños. Otro cumpleaños en pandemia, solo que este tiene un componente más: Paro Nacional. Mi familia celebra mi día, pero no puedo negar que siento algo raro en el ambiente. Se siente una especie de tensión en mi casa, en mi conjunto, en los medios de comunicación y finalmente, en mi país. Todo está callado. Me siento un poco culpable, pues mientras me llegan mensajes y llamadas de celebración yo solo puedo pensar en cómo el país se viene abajo; yo no debería estar celebrando, no ahora. Hasta el momento hay 25 personas muertas a causa de las protestas, y seguro habrá muchas más. Anoche fue desgarrador, 56.600 personas tuvimos que ver cómo en un Live de Instagram, mataron a Nicolás Guerrero, un joven de 22 años, justo la edad que cumplo hoy. Nicolás estaba manifestándose de manera pacífica, se encontraba totalmente quieto en una velatón, el acto más simbólico y sentido de una marcha. Los espectadores vemos cuando la fuerza pública le dispara en la cabeza. Ver lo que sucedió esa noche por medio de una transmisión en vivo cambiaría la vida de muchos. Screenshot En Vivo Dj Juan de León @dj_juandeleon Mientras mis papás hacían todo por darme un cumpleaños agradable, mi cabeza estaba invadida de ruido; Nicolás, asesinado en Cali; Brayan Niño, en Cundinamarca y Santiago Murillo, en Ibagué. Su mamá sale llorando su muerte en medio de una transmisión de un noticiero. El asesinato de Dylan Cruz en el 2019 vuelve a mi cabeza, todo se revuelve dentro de mí. Aparte de ellos, las otras 23 personas asesinadas en cinco días y sus familias abarcan cada uno de mis pensamientos. No puedo tener un cumpleaños feliz mientras mi país llora y sus jóvenes mueren. Mares de sangre han corrido por Colombia durante siglos. La diferencia es que hoy me hago más consciente de que, a pesar de amar a mí país, no quiero aceptar más su realidad. El día transcurrió normal en la medida de lo posible, me quedé en mi casa con mi familia. Sin embargo, surge esa necesidad de información, la cual nos hizo pasar la mayor parte del día mirando noticias en nuestros celulares acerca de situación actual. Cae la noche y ya en mi cama me conecto al live de Adriana Lucía, una cantante colombiana que ha destinado sus redes para visibilizar lo que los medios de comunicación no muestran, parece no ser relevante lo que están viviendo los ciudadanos colombianos. Ella hace un en vivo por Instagram y mientras tanto va conectándose con personas que están manifestándose en las diferentes ciudades del país. Esa noche la transmisión muestra una masacre a manos de la fuerza pública contra los manifestantes. El sector popular de La Luna, en Cali, se convierte en un campo de batalla entre el Estado y los ciudadanos. Durante el en vivo se ve una cantidad innumerable de civiles heridos de gravedad. Según el Instituto de estudios para el desarrollo y la paz, Indepaz y la ONG Temblores, el 3 de mayo fue el día más violento y que más vidas de colombianos se llevó. Fue la fecha con más muertos en los 21 días que lleva Colombia en paro desde el 28 de abril hasta el 18 de mayo. “Nunca jamás olvidaremos que por varias noches la juventud colombiana tuvo que transmitir por Instagram su propia agonía. Los noticieros estaban muy ocupados reportando trancones.” Mateo Córdoba vía Twitter. 3 de mayo del 2021, 11:57pm. Se convoca a Paro Nacional el miércoles 5 de mayo. No aguanto más. Allá estaré. Nunca imaginé querer borrar el día de mi cumpleaños, quisiera que este día nunca hubiera existido. Feliz cumpleaños, Manuela. El pueblo no se rinde, ¡carajo! 5 de mayo del 2021. Me despierto a las 6:00am. A las 7 de la mañana tengo que estar en la Clínica Santa Fe para que me hagan unos exámenes de chequeo. En mi camino a la clínica estoy pendiente de las manifestaciones; si ya empezaron o si hay bloqueos en la vía hasta el hospital. No hay nada… aún. Salgo de mis exámenes a la una de la tarde y emprendo, con mi mamá, el camino de retorno a Chía. Llevamos diez minutos de recorrido y ya estábamos llegando al peaje de la séptima. Waze nos había guiado por esa ruta, en la cual solo gastaríamos 30 minutos en llegar a casa. Es impresionante la soledad de las carreteras. —Nos ha ido muy bien hoy, Manue. Yo pensé que todo iba a estar bloqueado —dijo mi mamá. —Sí, ma, todo ha ido muy bien. No pensé que nos rindiera así —le respondí yo. Transcurren otros diez minutos silenciosos. Me siento débil, no he comido ni tomado nada desde ayer; mis exámenes no me lo permitían. Llegando al centro comercial Centro Chía, después de 20 minutos de trayecto, nos encontramos con la manifestación convocada. Es la marcha de la Sabana de Bogotá. La movilización pacífica atrae personas de Tenjo, Cajicá, Cota, Tabio y Chía. Flyer convocando a las movilizaciones del 5 de mayo Adicional a las personas de estos municipios, venían los estudiantes de todas las universidades ubicadas en la Sabana de Bogotá. Soy estudiante de universidad privada, tengo el privilegio de estudiar la carrera que me gusta en la universidad que quise y nunca he tenido que escoger entre estudio y comida. A pesar de todo esto, soy consciente de la situación de la niña de 18 años que me pinta las uñas. Jessica cumplió 18 años hace seis meses y gana 10.000 pesos con un manicure, aproximadamente hace 12 a la semana. Proveniente de Cartagena, tuvo que dejar a su familia y mudarse a la capital para poder trabajar y pagar sus estudios en una universidad “grande”. Hoy es por Jessica y por más del 47% de la población que vive del trabajo informal. Es por la educación, por el 33% de los jóvenes que no tienen el mismo privilegio de estudiar que yo. Es por mis papás, que son profesores y por ese gremio de docentes con uno de los sueldos más devaluados del país. Es por el futuro, es por la dignidad. Le doy un beso a mi mamá y me bajo del carro. —Mucho cuidado, Manuela. Me mandas tu ubicación —me dijo ella por la ventana del carro. Gira a la derecha para llegar a la casa y yo empiezo a unirme a la marcha, llamo a mi amiga Salomé para ver si me acompaña, pues, en Colombia las garantías de vida y la integridad de una mujer no son respetadas. De acuerdo con la ONG Temblores, desde el 28 de abril hasta el 20 de mayo ha habido 27 casos reportados de agresión sexual en el marco de la protesta. Esto nos obliga a salir siempre acompañadas. Saco mi celular y marco con la esperanza de que me conteste rápido. Al paso de unos minutos, accede a acompañarme. La marcha se dirigió por la autopista en sentido norte-sur hasta llegar al peaje de Los Andes en Chía. A lo largo de 4.3 kilómetros el sonido de los tambores adornaban nuestro recorrido. Durante 1 hora y 20 minutos, la melodía de las trompetas y el estruendo de las bocinas y las vuvuzelas hicieron de ese acto una fiesta singular. —¿Quién es usted? —se oía venir de unas voces masculinas gritando al son de los tambores. —¡Soy estudiante! —respondíamos cerca de 5.000 voces, se oía la multitud. —¡No lo escuché! —¡Soy estudiante! —¡Una vez más! —¡Soy estudiante soy! ¡soy estudiante soy! Yo quiero estudiar para cambiar la sociedad. ¡Vamo´a la lucha! La arenga acompañada de aplausos y tambores retumbaba por toda la autopista. Era impresionante, nunca había visto tanta gente reunida. A medida que avanzábamos, se nos unían más y más personas en el camino. Empezó a llover, pero nada nos impidió seguir saltando, cantando y movilizándonos. Autopista Norte, 5 de mayo del 2021. Foto: Manuela Cordovez Cuando íbamos llegando al peaje de la autopista nos percatamos que al costado oriental había tres tanques de las fuerzas militares. Solo los neumáticos de esta máquina de guerra medían un metro con sesenta; un accesorio mortal para cualquiera que se cruce enfrente. ¿Qué podría pasar ahora que nos encontramos con 60 militares en nuestro camino? ¿Nos irán a hacer algo? No fue así. Los soldados sacan sus celulares para grabarnos, saludan con sus puños. Aplauden. Y nos agradecen por luchar por un mejor país. Asombrados de ver la multitud que venía hacia ellos, miraban con orgullo. A sólo unos cuantos metros del peaje había cerca de 100 policías y agentes del ESMAD a cada costado de la vía. Parados y quietos unos nos grababan y otros simplemente observaban. —Dicen los agentes que nos dejan pasar el peaje solo si pasamos pacíficamente y nos portamos bien —nos dijo a Salomé y a mí una señora miembro del equipo de Derechos Humanos que iba acompañándonos —roten la voz —agregó. El reloj marcaba las 6 de la tarde, teniendo muy presente que en los días de paro cae la noche y todo se vuelve violento, optamos por volver a nuestras casas. Con los pies cada vez más cansados y el volumen de las arengas disminuyendo notoriamente emprendimos el retorno. Fue un trayecto de 1 hora y 15 minutos en el que anhelábamos llegar rápido a casa. Volvimos a Chía. Al llegar al puente que conecta Cajicá, 200 personas nos esperaban para unirse a la movilización. Por un instante pensamos en seguir manifestándonos con ellos, pero la lluvia, los pies cansados y la ropa mojada ya pasaban factura. Cuando llegué a mi casa la mejor decisión fue tomar una ducha de agua caliente; la mejor solución para marchar con miles de personas y no traer el virus a casa. La satisfacción y la emoción vencieron a mis pies adoloridos, y con entusiasmo corrí a contarle todas mis vivencias de ese día a mis papás. Una última vez 19 de mayo del 2021. Monumento a Los Héroes. Hoy me despido de esta jornada. Después de 22 días de manifestaciones creo que cumplí con el aporte que quería hacer. La razón: la alarmante cifra de muertes por Covid, casi 500 decesos diarios. Siento la obligación de parar y pensar en la salud de las personas que amo, eso implica alejarme de las multitudes por un tiempo; al menos mientras cese la tercera ola de la pandemia. Continuaré mi lucha desde casa. Me despido justo donde empecé: en el Monumento a Los Héroes. A las 4 en punto de la tarde termino clase y salgo nuevamente con Tomás. Esta vez vamos acompañados por su amigo Nicolás. Salimos en un taxi que nos lleva hasta el monumento. Con una bandera sobre mis hombros me bajo del carro con Nicolás y Tomás y aprecio la multitud llena de carteles, arengas, música y baile. El monumento está lleno de banderas; hoy se pinta de amarillo, azul y rojo. Monumento a Los Héroes, 19 de mayo del 2021. Fotos: Manuela Cordovez Los tambores hacen retumbar toda la calle 80 y sus alrededores. La estatua de Bolívar, El Libertador, carga ahora con un lápiz debajo de su brazo para representar la necesidad de los estudiantes por construir un país distinto. Muchos dicen que somos la generación que no se satisface con nada, pero yo creo lo contrario: somos la generación que lucha por darle a nuestros antecesores y sucesores una vida digna en un país con tanto para dar como Colombia. Hoy las personas de todas las edades se concentran en un mismo punto para seguir luchando por los derechos de los colombianos. Prensa, niños, ancianos, estudiantes, madres, taxistas, médicos, músicos y bailarines, entre otros, están reunidos manteniendo vivo el Paro Nacional. Con su presencia le hacen saber a los dirigentes del país que no nos rendimos. Hoy no hay movilización, solo es un gran plantón en el cual se pueden ver personas de todos los sectores cargando banderas y carteles unidos por el cambio. Los cantos despiden un atardecer soleado y cierran un nuevo día de movilizaciones. El día termina y se oye venir un grupo grande de manifestantes. Cantando y aplaudiendo llegan desde el Portal 80. Un grupo de 15 hombres jóvenes vestidos de jeans, camiseta y saco aparecen con guantes en sus manos y un rostro cubierto con gafas protectoras, máscaras antigases y pañoletas. A sus cabezas las protege un casco en su cabeza y a sus torsos un escudo de metal. Ellos conforman la primera línea. —¿Quiénes son ustedes? —pregunto yo. —Estamos conformados por ustedes, somos colombianos. Estamos compuestos por gente multicolor, sin estrato y sin protagonistas – Me responde Kevin Andrés, miembro de la primera línea. —¿Y qué es lo que hacen? —le digo con curiosidad. —Ayudamos al que se queda atrás, honramos el derecho a la legítima defensa, garantizamos que el ciudadano se pueda manifestar en paz. Protegemos a los manifestantes... Existimos sólo para dejar de existir. A las 7:00 de la noche acaba mi último día de manifestaciones. “Por nuestro gobierno, por los que ya no están, por los que luchan, por los que nos cuidan, por los que salen, por nuestras familias, por todos los colombianos y por nuestra patria, Colombia”, es la última frase que me permito oír antes de devolverme a mi casa y completar un día más de Paro Nacional. —Si tenemos que morir por cambiar a nuestro país, lo haremos, muchachos —se escucha a lo lejos uno de los integrantes de la primera línea. En ese instante comprendo uno de los abismos sociales más grandes de las manifestaciones. Me siento cómplice al ver cómo mientras yo logro seguir con mis comodidades, tener una baraja de opciones y decidir en qué momento protesto o no, para ellos luchar en este momento es una obligación. Una juventud sin futuro, sin oportunidades, sin pensión, sin educación y sin nada más que perder, es la que arriesga su vida a diario para luchar por el cambio del país. Es impactante saber que, dentro de tantas arengas, bailes, folclor y creatividad, los muchachos de la primera línea son conscientes de tal vez no volver a su casa hoy, ya sea porque los capturaron, o porque cayeron luchando por una mejor Colombia.

  • Unisabana Medios | Podcast | Rock and Blues

    30 minutos para conocer la historia de producciones o interpretes del rock, el blues y el jazz. La hora de los djs Jazz Un homenaje a su historia, trasfondo y mejores músicos e intérpretes. Unisabana Radio Compartir

  • Educación pública: ni suficiente ni tan buena

    Educación pública: ni suficiente ni tan buena Leonardo Londoño, Comunicación Social y Periodismo Fecha: El desfinanciamiento de la educación, Fecode y Ser Pilo Paga, algunos de los problemas que lista Moisés Wasserman, ex rector de la Universidad Nacional. Lea también: Las públicas, de mal en peor Compartir Foto: unsplash Hasta ahora, lo había visto tres veces, pero siempre escuché hablar de él. En una ocasión, me encontré, por un trabajo provisional, entregando un domicilio en su puerta. Jamás lo vi como una celebridad, porque él es un tipo al que uno respeta en silencio, como se respeta a quienes, en efecto, merecen respeto alguno. Empero, debo confesar que cuando noté que era él, o, más bien, que era yo a la entrada de su apartamento, sosteniendo una torta, me emocioné e incluso me puse un poco nervioso. Una tontería de adolescente, pero siempre admiré a la gente inteligente que no hace escándalo. Señor Wasserman, un gusto, le dije. Buena noche, joven, igualmente, me miró un tanto desconcertado y preguntó ¿Cuánto sería? Me pagó y eso fue todo. Cuando lo localicé para esta entrevista, fue todo lo amable que pudo, el único obstáculo fue que no se encontraba en el país y tuvimos que hablar vía Internet, y, sin embargo, a través de la imagen pixelada —que, como los tiempos en que vivimos han querido, no se diferencia mucho de una ventana en un día gris para alguien, como yo, miope—, aún comunicaba, por medio de sus ojos cansados, la sabiduría y la amabilidad de alguien que sabe o cree saber para qué trabaja o, lo que me pareció que era los mismo, para qué vive. Moisés Wasserman se formó como químico en la Universidad Nacional de Colombia y realizó dos doctorados en el exterior, uno en Israel, el otro en Estados Unidos. Cuando volvió al país, se vinculó al Instituto Nacional de Salud, que presidió durante tres años y en el cual construyó un laboratorio investigativo en química. Posteriormente, empezó a trabajar en su alma máter, donde fue rector por seis años, decano por dos en la Facultad de Ciencias y siempre docente. Se pensionó después de la rectoría, hace seis años. Actualmente, hace parte de la Misión de Sabios, proyecto sobre el que debe entregar un informe en 10 meses, en lo tocante al foco de ciencias básicas, cuyo objetivo último es tratar de convencer al país de que las ciencias básicas son fundamentales para el desarrollo nacional. Luego de escuchar su resumen, hay un pequeño silencio; no de esos incómodos sino aquello que indican que ambos comprendemos hacia dónde se dirige la conversación. La educación pública en Colombia es demasiado convulsionada. Pero primero lo primero. —En la UNAL el ambiente es históricamente famoso por ser movido, ser rector de la universidad pública más importante de Colombia debe dejar mucho que decir ¿es un puesto realmente académico o es más bien político? —Mucha gente piensa que es político y, sí, tiene un contenido político, porque le toca a uno enfrentar y negociar muchas posiciones del gobierno y de diferentes grupos sociales por dentro y por fuera de la Universidad. Pero yo no soy político, yo siempre fui académico; creo, además, firmemente, que los rectores deben ser académicos, que tengan capacidad de dialogar, pero que sean fundamentalmente académicos. Yo siempre me sentí en un cargo académico, mucho más que en un cargo político. El nombramiento en la Universidad Nacional, desde su fundación hasta el 91, o poco después del 91con la nueva constitución, lo hacía el presidente, con lo que el rector era prácticamente un delegado del Ejecutivo. Pero después de la constituyente, el nombramiento lo hace un consejo, en el cual el gobierno tiene presencia, claro, pero existen distintos representantes. Por lo tanto, los consejos en los cuales yo estuve eran consejos de una visión mucho más amplia. —Pero supongo que eso no le quita lo complicado ¿verdad? Particularmente en la coyuntura actual, aunque del siglo pasado de seguro hay mucho que discutir, estar vinculado al sector público representa distintos retos ¿cuáles diría usted, como rector y como docente, que son las principales dificultades y, por qué no, fortalezas? —Pues hay muchas complicaciones y dificultades. Existe la necesidad de abordar de manera distinta cada generación. Ni siquiera digamos generación; cada nueva cohorte de estudiantes viene con un perfil distinto y con unas necesidades diferentes y la universidad tiene que responder a eso. Precisamente, uno de los proyectos en los que más nos concentramos fue en una reforma académica, que logró reformar la estructura administrativa de la Universidad y todos los currículos. Eso ya es una gran dificultad en sí, pero adicionalmente la universidad pública es un medio muy efervescente, con muchos grupos con visiones diferentes. Me atrevo a decir que la universidad, en general, no solo en el país, sino en el mundo, es una institución bastante conservadora; a pesar de que dice estar dispuesta a los cambios, cuando llegan encuentran mucha resistencia. Entonces hicimos esta reforma y creo que hoy en día todo el mundo aceptó que era conveniente y necesaria. A pesar de que, en teoría, por entonces, todos decían algo similar, o al menos lo reconocían en silencio, la oposición fue muy dura. Cambiamos el Estatuto Estudiantil, que tenía más de 30 años. Era un Estatuto que no estimulaba la bondad académica. Teníamos personas que decíamos que se iban a pensionar de estudiantes. Llevaban casi 20 años en la universidad. No obstante, para cambiar el Estatuto tuvimos que enfrentar hasta huelgas de hambre. Tuvimos muchos encontrones con el gobierno y con varios sectores sociales, pero, al final, creo que todo se resolvió de manera bastante pacífica. —Eso es cierto, si uno mira el caso históricamente. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, la educación pública en Colombia sigue evidenciando múltiples problemáticas; por nombrar algunos casos recientes: el desfinanciamiento, Fecode, Ser Pilo Paga… Sería difícil decir que no existe una crisis de base. —Sí, voy a resumir en dos frases la problemática, y es que: no tenemos suficiente y no es suficientemente buena. Es decir, nos falta cobertura y nos falta calidad. Ahora, hay que ver el otro lado, avanzamos mucho en cobertura y avanzamos mucho en calidad. Comento, cuando yo era estudiante, ya me gradué hace 50 años (sonríe y niega con la cabeza), solo el 4 por ciento de los jóvenes en edad estudiábamos en la universidad, ahora pasó a más del 50 por ciento. Mejoramos sustancialmente en cobertura, eso es innegable. El problema es que el promedio en los países de la urbe a la cual estamos entrando es del 80 por ciento; esa es la cobertura que planeamos tener en 2030, es decir, nos falta. Esa diferencia del 30 por ciento es comparable al tamaño de toda la universidad pública en Colombia. Ahora, tenemos universidades buenas, egresados excelentes que tienen éxito en todas partes, cosa que no es uniforme. También hay instituciones mediocres, algunas incluso se pueden calificar como malas. Es decir que, a pesar de que tenemos cobertura, es muy desigual, también a nivel regional: las mejores universidades están ubicadas en cuatro ciudades. Un factor muy central en la calidad de la educación en todo el mundo es la capacidad de las universidades para hacer investigación. Creo que todas las mejores quinientas son reconocidas como universidades de investigación; se entiende que la investigación es una variable fundamental para la buena educación. En Colombia son pocas las universidades que de verdad la hacen, es un factor un poco olvidado. El lado bueno es que se ha construido una estructura de calidad, un sistema de registros que exige unas condiciones mínimas, que no existía hace unos años y que se prestaba para, digamos, estafas académicas. También existe el programa de acreditación institucional, que estimula la calidad de la educación. Hay aspectos buenos, pero nos falta en esos dos campos. —Claro, y es que existe una diferencia entre las políticas de Estado y las políticas de gobierno. Quizá todo se debe a que, en Colombia, se ha tratado la educación como la política de gobiernos particulares, y no como un proyecto de Estado. —Yo creo que nosotros tenemos, en Colombia, una situación crónica de divorcio entre el discurso y los hechos. Yo, desde que me conozco, escucho que todos los gobiernos dicen que la educación es lo más importante. Sin embargo, desde antes de la ministra Cecilia María Vélez, que fue la ministra del presidente Uribe durante ocho años, el periodo de duración de un ministro era inferior a un año, en cien años; los cien años antes de ella ese era el promedio. Eso ya indica que en la práctica la educación era vista como secundaria. Hoy en día, y seguramente es cierto, los índices muestran que el promedio más alto de inversión en el país es para la educación, pero eso también tiene matices. Es cierto, es el presupuesto más alto, pero eso incluye cosas que no son exactamente educación, como la alimentación escolar, la construcción de colegios, y realmente si se compara la inversión del país por cada estudiante en educación básica, media y superior, existe mucha diferencia con los países a los cuales queremos parecernos. Hay una franja, que es la educación preescolar, que está supremamente baja; no llegamos, creo, ni siquiera a un veinte por ciento de cobertura. Los psicólogos hoy, en el mundo, dicen que precisamente esa es la franja más crítica en la formación del futuro ciudadano. Sí, los presupuestos han crecido. Sin embargo, uno piensa que la cosa no es tan en serio como dicen los discursos. —En ese sentido ¿cree que los gobiernos han tomado iniciativas serias para subsanar esos problemas? Por ejemplo, una de las situaciones más recientes, hace relativamente poco, fue la de Ser Pilo Paga. Algunos argüían que era un proyecto para desfinanciar a la universidad pública, que en realidad era algo más negativo que nada, porque la educación pública es, en últimas, la columna vertebral del desarrollo de un país. —Yo varias veces he planteado mi posición, que es bastante contraria a la de mis colegas. Siempre he estudiado y trabajado en instituciones públicas. No obstante, creo que hay que ser realistas y hay que mirar las cosas como son. Y en Colombia la educación [superior], pública y privada, es de tamaños similares; ambas cubren aproximadamente un 50 por ciento del total. Más o menos es así, con pequeñas variaciones. Si queremos llegar a la cobertura que se pretende, tenemos que, de alguna forma, prácticamente duplicar alguno de los dos sistemas, cuantitativamente. Claro que no hay que pensarlos como dos cosas distintas. Ahora, si pensamos, como piensan muchos, que la educación tiene que ser solamente pública, eso implicaría no solo crecer al doble, sino además absorber todo el sector privado, que sería simplemente un esfuerzo imposible, y quienes lo dicen creo que no han usado la calculadora. Por otro lado, creo, también en forma heterogénea, pero es un hecho, lo visto, que la educación privada, en una gran parte, es una educación buena, responsable; hay universidades privadas muy comprometidas. Universidades que, según la definición de la constitución, por cierto, prestan un servicio público. No es tan importante su origen, sino que la educación es un servicio público. De tal forma que creo que lo realista y lo justo es un desarrollo armónico y tratar que toda la educación tenga la calidad de las buenas universidades, privadas o públicas. Y, por otro lado, tampoco veo que sea pecaminoso que un gobierno de becas a sus jóvenes de bajos recursos. Me parece bien, directamente lo he dicho. Ese argumento de que eso le está quitando plata a la educación pública es un ejemplo de que vemos a la contabilidad como una contabilidad en suma cero. Es decir, si se le da a uno es porque se le quita al otro y eso no tiene por qué ser así. Casi todos los gobiernos que tienen educación privada tienen sistemas de becas muy generosos. De tal modo que yo creo que se debe concentrar el esfuerzo en un crecimiento armónico y en apoyar a los jóvenes. Fíjese que lo que se logró, a la larga, mirándolo con un año de distancia, con el ataque al programa Ser Pilo Paga, es que diez mil jóvenes, que hubieran podido estudiar, no tienen beca, porque el número de cupos no creció en la pública por el hecho de que se haya eliminado el programa. Tal vez muchos de los que hubieran sido Pilos pudieron entrar en la universidad pública, pero, como los cupos no crecieron, hay tantos otros jóvenes que no estudiaron. El resultado neto es ése, diez mil jóvenes sin entrar a la universidad. Además, creo que también es una visión errónea. Lo que he planteado es que se deben crear más programas con muchas más especificidades. Porque está bien apoyar a los jóvenes de bajos recursos que son pilos, pero hay que también ayudar a los de bajos recursos que no son tan pilos, pues en la educación básica y media es definitivamente superior la educación privada, y por lo tanto hay muchos que tendrían dificultades de acceso. Y hay muchos pilos que no tienen tan bajos recursos, pero que no son ricos, y la universidad privada de alta calidad es costosa, con lo que hay que crear un programa para los que son pilos, pero no son tan pobres, porque de lo contrario terminamos obligándolos a entrar a universidades de más baja calidad, en general, o a endeudarse y comprometer su vida laboral. Por lo tanto, creo que es torpe, es miope oponerse a programas de becas estatales. —Y no obstante es innegable que existe un desfinanciamiento en el sector público. Hace poco, miles de jóvenes en Bogotá, y en todo el país, salieron a marchar por sus universidades públicas, porque no tenían plata para terminar el semestre. Las que no cancelaron semestre, cursarán tres semestres este 2019. En el caso de la Universidad Nacional, por ejemplo, se dice que los edificios se caen por falta de mantenimiento. —Eso tiene que ver algo con lo que mencionaba de que nosotros tuvimos varios encontronazos con el gobierno. A raíz de una declaración que hice, y muchos rectores de hecho pagamos anuncios en la prensa, acerca de una inconformidad que había con respecto a la ley 30, que se aprobó poco después de la Constituyente, y que definía la estructura de financiamiento de la universidad pública, hubo desacuerdos. Tenía un par de artículos que definen cómo puede crecer el presupuesto de la universidad pública y determinó, en ese momento, el presupuesto general, lo que de entrada dejó a algunas universidades con presupuestos bastante exiguos, pero además de eso definió que cada año el presupuesto iba a crecer de acuerdo al Índice de Precios al Consumidor, al IPC. El ponente fue un exrector de la Universidad Nacional, el profesor Mosquera, o sea que obviamente su intención era que eso se entendiera como un “al menos con el IPC”, pero los gobiernos hasta ahora, todavía, lo han interpretado como un “solo con el IPC”. El hecho es que el costo de la educación superior crece muy por encima del IPC. Primero, porque las universidades crecieron. El costo no se calculaba por estudiante, sino de manera global. Y al crecer las universidades, en algunos casos de forma extrema, como la Universidad de Pamplona, que se duplicó o cuadriplicó, quedaron con el mismo presupuesto, con lo que se disminuye el tamaño de la inversión por estudiante. Pero, además de eso, la educación, acá y en todo el mundo, repito, crece muy por encima del IPC, porque hay que hacer actualización tecnológica, actualización docente. Ahora hay que contratar profesores, evidentemente, con doctorado, que cuestan más. También hay sistemas de estímulos, como que los profesores tengan actividad académica, como artículos, libros… eso también aumenta el salario. Ahí está uno de los mayores costos. Hay que renovar laboratorios, talleres. Cuando salió la ley 30 había un computador grande por universidad; ahora las universidades están llenas de computadores y tiene que haber Wi-Fi por todos lados. Eso fue generando un desfinanciamiento continuo, permanente, que llevó a la situación de actual. Todo aquello implicó que los rectores tuvimos que decidir en qué invertíamos. En el caso de la universidad nacional, decidimos que lo más importante era mantener la calidad de la enseñanza y la investigación; entonces invertimos en laboratorios, invertimos en profesores: más del 50 por ciento tienen doctorado. Obviamente, eso a costa de otras cosas. Ahora muestran problemas de construcción. Tampoco es que se hayan acabado las construcciones, pero sí, indudablemente existen las carencias. También hay que reconocer que las universidades públicas se han mantenido en los mejores puestos de todos los rankings, del país y de la región, eso, por supuesto, requirió una inversión. Todo para concluir que hay un desfinanciamiento crónico que no se solventa con una adición. Claro, cualquier adición es bienvenida, pero el desfinanciamiento está implícito en la ley de educación superior. —Y entonces ¿qué se hace? Porque bajo esa lógica el problema se agrava con cada año que pasa. No, con cada semestre, y no es sostenible una protesta de semejantes dimensiones cada siete y ocho meses. —Cuando discutimos con la ministra María Fernanda Campos la modificación de la ley 30, desde ASCUN (Asociación Colombiana de Universidades) y desde el SUE (Sistema Universitario Estatal), propusimos algunas cosas. Para ponerlo muy simple, lo que nosotros insistíamos era que tenemos que construir un sistema de financiamiento sostenible a largo plazo; que no es posible estar pidiendo periódicamente una adición presupuestal, eso no sirve así. Tiene que ser algo sostenible a largo término, que le permita a la universidad crecer y mantener la calidad. Se proponían varios mecanismos con diferentes discusiones. La posición más sencilla era simplemente decir que el gobierno dé más plata, pero no es algo cien por ciento realista, en mi opinión. Hay que buscar distintas fuentes para lograrlo y, más o menos, propusimos el esqueleto de un sistema de financiamiento sostenible. Desafortunadamente, eso no se ha logrado. —Hablando en tema de financiamiento, en ese aspecto también hay muchos desacuerdos. Hay quienes dicen, incluso, que se gana lo mismo no estudiando y trabajando de una vez, que esperando a pagar la deuda tan brava —lo coloquial se me escapó, ambos reímos— que deja un sistema como el Icetex. Por eso hay sectores que buscan acabar dichos sistemas. —Hay mucha gente, y creo que están ahora en comisiones para eliminar al Icetex, y me parece que sería tan malo como eliminar los sistemas de becas del gobierno. Porque es una fuente para estudiantes de clase media para financiar sus estudios. Lo que sí es muy importante es que no se convierta al pago del préstamo en un impedimento para el desarrollo posterior, y hay varias maneras de lograrlo. Una de las propuestas que está hoy en día circulando, incluso por unos profesores de la Universidad Nacional, que no son sospechosos de neoliberalismo, porque son bastante de izquierda (vuelve a reír), es un sistema de pago dependiendo de los ingresos. Es decir que solamente paga aquel cuyos ingresos sobrepasan cierto umbral y proporcional a ellos, sin afectar su desarrollo. Uno de los problemas que hay actualmente con los intereses altos es que, cada vez más, el posgrado se ha vuelto una necesidad, no un lujo. En el mundo laboral se ha hecho bastante evidente que el pregrado da la instrucción básica y el posgrado la capacidad laboral. El Observatorio Laboral del Ministerio de Educación muestra la gran diferencia que hay entre el primer ingreso laboral de quien tiene simplemente la educación universitaria de pregrado y aquel que tiene maestría o doctorado. La estructura de préstamo que nosotros tenemos, una de las cosas que impide muy seriamente, es el acceso a posgrado. Si alguien tiene que pagar una deuda que absorbe gran parte de sus ingresos, muy difícilmente podrá acceder a un posgrado. Además, es una época en la que la gente forma familias, compra una casa… es tremendamente inequitativo, porque la equidad consiste en que la gente tenga oportunidades iguales. De tal forma que eso hay que cambiarlo, no eliminarlo. Si se elimina, tendríamos que reemplazarlo con un presupuesto de becas que probablemente no esté disponible. —Dentro de otras propuestas, está aquella que fue planteada por el sector político de la derecha colombiana, que ponía sobre la mesa privatizar la educación para evitar que se dogmatice a los estudiantes. (No puedo evitar mi tono de desaprobación, Wasserman lo nota y vuelve a sonreír). —Es una propuesta esquizofrénica. La educación pública es realmente la posibilidad que tienen muchísimos jóvenes de estudiar. En el caso de la educación básica y media, más del 80 por ciento es pública. Hay que mejorarla, claro, en muchas materias, pero el primer factor es el de la calificación maestros; el corazón de la educación son los maestros. En Colombia tenemos un problema en su formación; las facultades de pedagogía son, digamos, las menos buenas entre las facultades que tenemos, y, como cosa paradójica, los mejores estudiantes no escogen la carrera de docencia, y los que no son tan buenos muchas veces optan por ella. Eso no sería un problema tan grave si las facultades fueran buenas, porque la gente saldría más preparada. También la educación rural está muy rezagada; con uno o dos maestros que dictan todas las materias, donde los niños tienen que caminar, en los mejores casos, cuatro kilómetros para llegar al colegio… eso definitivamente hay que cambiarlo. —Por supuesto. Eso si existen las condiciones para que, de verdad, los maestros de calidad surjan o, mejor dicho, se multipliquen. Algo tienen que ver con este tema en particular las recientes manifestaciones de Fecode… —Sí. La verdad es que es difícil y es lento. El problema de formación es de generaciones completas. Eso se puede lograr con acceso a formación continua. En algunos países no solo los maestros tienen acceso, sino que están obligados a atender a dicha educación. Tienen que renovar su licencia permanentemente, tomando diferentes cursos y actividades especiales. Eso habría que implantarlo, pero cuesta mucho, por supuesto. Obviamente habría que mejorar la formación profesional de los profesores, pero eso tiene impacto a lo largo de años, por eso digo que el proceso es muy lento. Viene acompañado también de los salarios. El pago tiene una cosa y es que viene acompañado de prestigio social, y eso, en los países en los cuales los maestros ganan bien, hace que los buenos estudiantes opten por esa carrera. Lo que le critico a Fecode es su negativa a la evaluación, su resistencia a la calificación, porque un factor absolutamente fundamental es que los profesores tienen que ser evaluados constante y rigurosamente, y la evaluación tiene que tener impacto. La mayoría de los maestros tienen buena voluntad, y si tienen algún problema hay que resolverlo con programas de educación continua. Pero si hay un profesor que es definitivamente malo, hay que retirarlo, porque le está dañando la vida a 20 o 30 niños cada año. Hay que mandarlo a hacer otra cosa. En nuestro sistema no es posible. Seguramente muchos me criticarán por decirlo, pero yo creo que un sistema que no es capaz de excluir a un mal maestro está condenando a niños a una educación mala, más que eso; un mal profesor de matemáticas en primer o segundo nivel de la básica le daña las matemáticas a un niño para toda la vida. Creo que ese es un limitante que Fecode y el sistema educativo, en general, no aprecia lo suficiente. —De seguro hay mucho más que decir, pero todo esto genera incertidumbre, un sentimiento al que, desafortunadamente, nos estamos acostumbrando en Colombia. Y por eso le pregunto ¿para dónde va la educación, la pública, en particular? —Creo que va a progresar. Es una pregunta para todo el mundo, porque hay un cambio muy grande. Primero, hay tecnologías que influyen mucho en la educación, como lo que tenemos en este momento (señala el computador y sonríe). Abre muchas puertas, no abarata la educación ni la hace más fácil, tenemos que adaptarnos y aprovecharlo. La educación misma tiene que flexibilizarse cada vez más. El estudiante tiene que tener cada vez más poder sobre su programa de formación, así definiría yo la flexibilidad. No es posible que haya dos profesionales de la misma profesión que sean iguales. Creo que la labor del maestro de ser cada vez más de acompañamiento al estudiante en su búsqueda personal que simplemente dictar una clase. Vi el otro día alguien que quería prohibir los teléfonos en el aula de clase. Me parece totalmente absurdo; se deberían utilizar más, y al que no tenga hay que comprarle uno porque es un instrumento excelente. Va a evolucionar, acá y en todo el mundo. La educación va a ir cada vez más hacia una educación básica fundamental y cada uno tendrá que desarrollarse mediante el autoaprendizaje, porque eso es fundamental. Los cambios van a ser tan rápidos que la educación va a ser cada vez más individual; habrá trabajos nuevos y otros desaparecerán, pero la educación irremediablemente se adaptará, orientada hacia el desarrollo personal, especializado.

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Las clases virtuales y el teletrabajo han sido el diario vivir de los colombianos, pues estamos enfrentando algo completamente nuevo para nuestras generaciones . Es la primera pandemia en una era digital. El covid-19, como lo ha bautizado la Organización Mundial de la Salud, o coronavirus, conocido así mundialmente, es un virus originario de la ciudad de Wuhan, China, que en poco más de siete meses se ha esparcido con gran velocidad en diferentes países y, hasta la fecha de publicación de esta nota, ha dejado 550.440 muertos y 12.081.232 enfermos a nivel mundial. En Colombia, tenemos más de tres meses de cuarentena y, para muchos, el encierro ha sido como un castigo. Pasan los días y la rutina siempre es la misma: desayuno, trabajo, almuerzo, trabajo, cena y a dormir. Al día siguiente, lo único que cambia es la comida. “No me gusta estar encerrada, siento que me dan ganas de llorar. Extraño mi trabajo, mis compañeros, estar en la calle. Se le hace a uno el día eterno”, afirma Elsa Alfonso, una mujer de 65 años, que está acostumbrada a salir de casa desde las 5:30 de la mañana. Distracciones Hacía ya casi un mes que Elsa había renunciado a su trabajo (dos semanas antes de la cuarentena) y su rutina había cambiado drásticamente, pero cuando quería salir lo hacía sin ningún problema, sacaba al perro, caminaba por los parques de Cajicá y, cuando se aburría, volvía al apartamento a hacer un tinto. Ahora, las horas del día parecen eternas. Ir de la cocina al cuarto se ha convertido en su nueva rutina, ver cómo se esconde el sol a través de las montañas es lo único cambiante en el ambiente. Salir, una de las actividades a las que ya estaba acostumbrada, es ahora su mayor enemigo, pues, pese a que Colombia había ingresado en fase de supresión, ha sido evidente cómo la curva de contagios ha empezado a subir tras la apertura de ciertos sectores económicos en el país. Sentarse en el borde del sofá, viendo por la ventana con el tinto en la mano, es lo único que no ha cambiado y, desde que comenzó la cuarentena, se ha convertido en la nueva estrategia de distracción para Elsa en estos días difíciles. Sin embargo, cuando su hija, Claudia, y su nieta, Alejandra, terminan su trabajo, se reúnen a compartir en familia. Aunque parezca loco, la familia Suárez hace mucho más ejercicio que antes, dice Claudia. “Prendemos el televisor, nos conectamos por videollamada con nuestros familiares, colocamos un video de ejercicios en casa y comenzamos a seguirlo. A veces es chistoso, porque uno está saltando y el otro hace algo completamente diferente y se supondría que todos estamos haciendo lo mismo”, afirma Alejandra. Aun cuando la actividad física no falta, las pequeñas risas durante el entrenamiento ayudan a distraer la mente. Cuando terminan la rutina, Alejandra y algunos de sus familiares, juegan stop a través de las pantallas y pasan el tiempo en familia, conectados desde la distancia. Tecnologías “Esta ha sido la oportunidad para escribirme con los que están lejos. Ha fortalecido esos lazos de amistad y lo ha vuelto a uno más compasivo con las personas que no tienen los mismos recursos”, asegura Claudia. “Tal vez, que esta pandemia haya ocurrido en una época altamente tecnológica, nos ha hecho valorar más las simplezas de la vida: ir a estudiar o a trabajar, sentir la lluvia sobre nuestro rostro, o un simple abrazo de un amigo, son algunas de las cosas que extrañamos” , dice Alejandra. La pandemia nos ha cambiado la vida, nos ha dado un pequeño respiro de la ajetreada rutina que tenemos día a día. Sin embargo, vivimos en una época consumista y el sistema no nos permite parar, por lo que aun estando encerrados debemos continuar con nuestras responsabilidades. Claudia, desde que se levanta está en frente del computador y, entre reuniones y gráficos de Excel, pasa el día ante sus ojos. Alejandra tiene el horario un poco más flexible. Las clases son virtuales y estar en la casa hace que pueda organizar mejor su tiempo, pero, como ella afirma, la pereza, algunas veces, gana la batalla ante los trabajos, la tentación de la cama, Netflix o las redes sociales resultan siendo su enemigo. No obstante, para Elsa la tecnología ha sido de gran ayuda para matar el tiempo y conectarse con sus seres queridos. Beneficios Pese a que el cambio ha sido difícil, no todo es tan malo como parece. La cuarentena ha permitido un espacio de introspección y reflexión. Estábamos tan acostumbrados a estar rodeados de ruidos, estrés, cansancio, y no sólo los seres humanos, sino los animales también. Los roles han cambiado. Ya no son los animales los que están encerrados, de hecho, son ellos los que ahora deciden salir a conocer la civilización, los ríos y mares están recuperando su esencia y el aire se purifica. Para varias personas, esta situación ha permitido encontrarse con esa parte “humana”. Aquellos que viven del día a día son los que más afectados se han visto, pero gracias a la solidaridad de algunos, se hallaron soluciones para no dejarlos de lado. “La industria, incluso algunos ciudadanos particulares, se ha volcado a dar recursos para aliviar en algo esta emergencia”, afirma Claudia. De hecho, “el simple acto de guardar la cuarentena es un gesto de empatía y protección hacia los que nos rodean”, afirma.

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