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- Ronna Risquez
Venezuela | Editora en español de InSight Crime Ronna Risquez Por Ana María Gómez, Juan Esteban Medina Caicedo, Nayhara Esthefania Contreras Rojas y Francy Dayana Velasco Católico. Venezuela | Editora en español de InSight Crime Lea también: Juan Baquero Compartir Fotografía por Laura Ochoa. Periodista de Investigación con más de 20 años de experiencia en la cobertura de temas de violencia, seguridad ciudadana, crimen organizado y Derechos Humanos. Es egresada de la Universidad Central de Venezuela. Fue editora de las páginas de política y crimen del diario El Nacional y directora de investigación del medio digital Runrun.es, donde creó el Monitor de Víctimas, una plataforma de periodismo de datos finalista del Data Journalism Awards 2018. También, fue finalista al Premio Gabriel García Márquez de Periodismo 2016 y formó parte del equipo de periodistas que trabajó en el proyecto de investigación Panama Papers. En 2023, publicó el libro El Tren de Aragua, investigación sobre una red delictiva internacional de extorsión, secuestro y venta de drogas. Nos contó: Sobre el periodismo investigativo en Venezuela... • Hay muchas dificultades, porque no hay acceso a la información, no hay información pública, no hay datos y los periodistas tenemos que trabajar desde cero, sin nada en la mano, y hacer mucho trabajo de campo, especialmente cuando se trata de Derechos Humanos y crimen organizado. • Para investigar mejor el poder se necesita reforzar la seguridad para los periodistas, la seguridad física, emocional y psicológica, la seguridad digital y la seguridad legal. • Nosotros como periodistas siempre estamos trabajando para denunciar las arbitrariedades del poder, para denunciar los abusos, para denunciar corrupción, para denunciar violaciones de Derechos Humanos, y eso no le gusta a los que ejercen ese tipo de acciones. Entonces, su mecanismo para que uno no haga el trabajo es la censura, la intimidación, la persecución, el acoso, el hackeo de tus redes sociales y detenciones arbitrarias. Fotografía por Laura Ochoa. Sobre la exposición de los reporteros... • Para mí, el 2017 fue un año bastante complicado en lo emocional y en lo psicológico como periodista, porque fue el año de las protestas estudiantiles en Venezuela, que dejaron más de 150 muertos, la mayoría jóvenes estudiantes, y además fue el año en que yo trabajé en una investigación que se llamó la OLP, Máscara del Terror Oficial en Venezuela, que denunciaba una política de ejecuciones extrajudiciales masiva que había realizado el gobierno venezolano. Entonces, trabajar con estas dos problemáticas tan graves, que además estaban asociadas a la muerte de jóvenes inocentes, emocionalmente me afectó. • Los periodistas tenemos que acercarnos mucho a las historias, contar lo que vemos, contar la verdad, contar la realidad. No podemos especular sobre lo que nos parece, ni tampoco debemos tomar partido o ser militantes en ciertas informaciones. Sobre cómo Iberoamérica construye narrativas inclusivas... • En este momento estamos afortunadamente muy cerca, o estamos avanzando en construir narrativas más inclusivas, de construir narrativas que no discriminen, de construir narrativas puedan mirar toda la globalidad de lo que somos como región y como países. La Fundación Gabo ha hecho un trabajo maravilloso promoviendo talleres de inclusión, talleres de diversidad, talleres para pensar políticas nuevas. Hay que enseñarles a los estudiantes de periodismo y a los periodistas también que hay otras cosas que contar y otras maneras. • La literatura la lectura y la escritura son claves en la vida de todo periodista incluso en los periodistas que no escriben y trabajan en medios audiovisuales o que hacen podcast y otro tipo de actividades hoy asociadas al periodismo. Sobre la conexión con audiencias jóvenes... • A mí me encanta ese reportaje larguísimo escrito, pero creo que hay otras maneras de contar, más dinámicas, ligeras, sin que deje de ser periodismo de investigación. Por ejemplo, el año pasado tuve la posibilidad de trabajar en un reportaje interactivo de investigación que se llama Pranes en las Grandes Ligas que muestra cómo los grupos armados venezolanos están involucrados en las firmas de los prospectos venezolanos que van a los mejores equipos de beisbol. Hay que apostarles entonces a múltiples formatos, a los podcasts e incluso libros. • Hoy en día, se habla de que a la gente no le interesa el periodismo, no le interesa informarse o no quiere saber de noticias o hay muchas fuentes de información o hay muchas las redes sociales, está llenas de cosas. Creo que cualquier plataforma en la que tú puedas mostrar tu historia es válida: es una ventana más y no se puede descartar. Cuenteros de Iberoamérica
- Un reencuentro con la vida
Carmen Cecilia es una enfermera con vocación de servicio a los demás que, tras un desmayo, pasó de atender a los pacientes a luchar por su vida en un hospital. Un reencuentro con la vida Sergio Tamayo Carranza Carmen Cecilia es una enfermera con vocación de servicio a los demás que, tras un desmayo, pasó de atender a los pacientes a luchar por su vida en un hospital. Disponible en Pulzo Sergio Tamayo Carranza Era una tarde nublada; el frío típico de Bogotá hacía estragos en el centro de la ciudad. En un edificio de la Universidad Antonio Nariño, que se encontraba prácticamente vacío, solo se escuchaba el ruido de tres personas: Fabián, un joven enfermero de la facultad de Enfermería; a pocos cubículos de él, Paulina Cepeda, su jefa, y por último, Carmen Cecilia Vargas, una docente de prácticas que estaba corriendo entre llenar informes y pasar las notas de los estudiantes. Ricardo Mariño, su esposo, estaba a pocos kilómetros, por la Circunvalar, y era quien la iba a recoger ese día. Cuando llegó, vio cómo corría con desespero un joven oficinista, con cara de tragedia, similar a la que pondría un niño inocente que no sabe cómo reaccionar ante la adversidad. El joven le comunicaba al esposo de Carmen con palabras entrecortadas y exaltadas que su esposa se había desplomado casi entre sus brazos: “Está en un sofá con las piernas levantadas e inconsciente”, le dijo. Carmen no sabía que ese desmayo sería más que un simple colapso y se convertiría en el inicio del reto más crudo de su vida. Aquel 14 de octubre de 2015 pintaba ser un día oscuro para la vida de Carmen Cecilia, quien para ese entonces tenía 52 años. La enfermera recuerda momentos previos al suceso que cambió su vida… “Sentí un golpecito en la cabeza, se me estaba yendo la mirada, sabía que algo malo ocurriría”. Carmen C, como le dicen sus amigas, nació en el seno de una familia de clase media; es la menor de una familia numerosa. Estudió Enfermería en la Universidad Nacional porque la novia de su hermano estudiaba ahí. Para su fortuna, logró entrar a dicha institución educativa, tal como deseaba. Su vocación de servicio hacia los demás alimentaba sus ganas de salir adelante; no tuvo ningún sobresalto mientras estudiaba. “Me presenté en la Nacional porque no había otra opción; si no, me hubiera tocado buscar trabajo”, afirmó la docente. Tuvo su primera gran prueba cuando hizo el rural en Cáqueza, Cundinamarca. En este pueblito de no más de 2.000 habitantes, sufrió la desgracia de afrontar la muerte de varios de sus compañeros que fueron asesinados en la masacre del restaurante Pozzetto, en Bogotá. A raíz de esto, ella tuvo que echarse el equipo al hombro, a pesar de que quiso trabajar en atención primaria (medicina general) debió acudir a salas de cirugía, servir muchas veces como cabeza en la institución. Esta experiencia a tan corta edad marcó su espíritu de lucha y la enseñó a afrontar situaciones de crisis. Posterior a esta prueba de tenacidad y adaptabilidad no tendría mayores contratiempos en los primeros hospitales en los que trabajó; por el contrario, cansada de tanta monotonía e insatisfecha con su situación laboral, decidió aceptar el consejo de una amiga para ser docente. “Estaba cansada de los hospitales, acepté un puesto para dirigir unas prácticas en la Escuela de Auxiliares en Enfermería”. Fue la razón por la que decidió dejar de lado este camino. Carmen es una mujer alegre e inocente; tiene una sonrisa de punta a punta. Habla con franqueza y sencillez, su voz es cálida y acogedora. Irradia energía positiva, nunca hace una mala cara o un gesto de desagrado. Estuvo dos años en la Escuela de Auxiliares en Enfermería (ESAE) dirigiendo prácticas de enfermería; pasó de escribir informes médicos a preparar clases. Su motivación dejaría de ser salvar vidas y pasaría a estar en preparar a quienes lo harían en el futuro. “Es una experiencia totalmente diferente y exigente pero enriquecedora; día a día me fue llenando más”, recordó Carmen C. Luego de este paso por la Escuela de Auxiliares en Enfermería, recibió la oportunidad de dar clases en la Fundación Universitaria del Área Andina; ella no dudó en aceptarla. Además, coincidió con el nacimiento de su hija, Alexandra Mariño (había tenido su primer hijo en 1993); esta última tiene actualmente 20 años y estudia Odontología en la Universidad del Bosque. Es una joven muy cercana a su familia y tiene una actitud muy amable. “Mi mamá es mi mejor amiga, le cuento todo, siempre hemos estado juntas. Lo que mi papá no me dejaba hacer, ella siempre decía que sí”, dice la joven sobre su madre. Previo al día del incidente, Alexandra recuerda que su madre sufrió un dolor de cabeza muy fuerte. Quizás este fue un aviso de lo que vendría para esta enfermera con vocación de maestra; muchas veces hay señales de alerta que actúan como los testigos de un accidente y sirven para avisar los daños que pueden llegar a ocurrir. El día que todo cambió para Carmen se inició con mucha normalidad; ella se encontraba trabajando en la Universidad Antonio Nariño. Era un miércoles 14 de octubre. Por la mañana, la docente fue a unas prácticas en la Fundación Misioneros Divina Redención Fumdir (Suba). Era una semana con mucho trabajo. Ella, al igual que sus colegas, vivía el martirio del ‘registro académico’, lo que implicaba llenar actas, pasar notas al sistema, entregar informes por cada estudiante, etc. “Esa semana debía correr. Del lugar de las prácticas fui a la Universidad Antonio Nariño; esa tarde estaba solo con un compañero y mi jefa”, fueron las palabras de la enfermera al revivir los momentos previos a su colapso. Casualmente ese día su esposo había decidido recogerla; Carmen solía moverse en el carro de la familia; sin embargo, por cosas del destino, cambió de parecer al no usarlo aquel día para que su esposo pudiera hacer unas vueltas y luego pasar por ella. Ricardo es ingeniero civil. Conoció a su esposa en 1981; fruto de ese amor nacería 12 años después su primer hijo, ‘Richi’, como le dicen cariñosamente. Él es un hombre tenaz, habla con mucha firmeza, tiene un amplio vocabulario y una memoria envidiable. Ricardo, el esposo, recuerda: “Cada vez que la recogía, me reportaba con ella periódicamente por puntos de referencia, así cuando llegara ya estaba lista. Ese día, por alguna razón que no recuerdo, no lo hice”. Carmen estaba con un nivel de estrés muy alto ya que era una de las épocas más complicadas del calendario académico. En medio de ese trajín, sintió algo fuera de lo común, fue algo repentino, estaba perdiendo la claridad en su mirada; en ese momento su velocidad corporal y mental pasó de 100 a 1. Lo último que recuerda fue un ‘pellizco’ en la cabeza, como si algo estallara dentro de su cráneo. “Fui hacia donde estaban Paulina y Fabián para decirles que me iba a desmayar, no recuerdo más”, fueron las palabras de Carmen al recordar el momento exacto de este episodio de su vida. Ricardo, al llegar a la Universidad se enteró del desmayo de su esposa, subió al edificio para recogerla. Mientras la subía al carro, ella le decía: “mis hijos, mis hijos…” “No sabía a qué hospital llevarla, le pedía a Dios una señal para saber por qué camino tomar; que si por la derecha o izquierda, no era ninguna de las dos (risas), seguí derecho”, son los recuerdos del esposo, aquel día. De esta manera, a eso de las 6:00 de la tarde llegaron a la Clínica Marly. De inmediato, la llevaron a la sala de reanimación. Tras horas de espera, casi a media noche salieron los resultados. Un TAC reveló que esta enfermera de corazón noble y múltiples vocaciones estaba ahora del otro lado, como paciente; el diagnóstico fue una hemorragia subaracnoidea de tipo aneurisma. “¡Me duele!, me duele mucho la cabeza, díganle (al doctor) que me la quite”, exclamaba la angustiada mujer mientras la llevaban a la UCI de la Clínica. Pasaron 3 días. La enfermera estaba viviendo otra realidad: la de los hospitales; ya no era la que atendía a quienes se debatían entre la vida y la muerte, sino que ahora ella era la que luchaba por su vida. Despertó sin saber qué había ocurrido; le acababan de practicar una operación para corregir su aneurisma, la malformación que tenía en el cerebro. Para su mala suerte, ese breve despertar no significó una mejoría; por el contrario, fue un simple recuerdo de la Carmen Cecilia estable porque, a partir de ahí, dejó de ser la misma. Su hija recuerda que su madre se veía bien después de esa operación, aunque no por mucho tiempo. “Los doctores descubrieron al poco tiempo de hacerle la primera intervención que mi mamá había desarrollado una hidrocefalia (acumulación de líquido cefalorraquídeo en el cerebro)”, afirma Alexandra en medio de la confusión que vivió ese día. Carmen estaba de nuevo adormecida para soportar otra intervención; se esperaba que esta fuera su última vez en el quirófano. Sorprendentemente, un catéter contaminado hizo que el lado derecho de su cerebro se infectara, por lo que lo lógico sería cambiarlo de sitio. Sin embargo, esta complicación no lo hacía posible. Ricardo vio cómo el neurocirujano salió, pálido, a informarle la mala nueva. “El tipo sale blanco, mirando al suelo. Esa infección había hecho que volviera a sangrar”, comentaba el incrédulo padre de familia. A partir de ese momento, esta mujer proactiva y enérgica se convirtió neurológicamente en un niño recién nacido. Alexandra decía que era como un “pequeño robot”. “Ella no podía hablar, caminaba de medio lado, no se valía por sí misma, debíamos ayudarla en todo”, una experiencia atípica para una joven que tenía solo 15 años. A pesar del cuadro tan complejo, unas semanas después le dieron de alta, con la esperanza de que pudiera mejorar en casa. Nada de eso; esta mujer con cuerpo de adulta pero con el cerebro de un niño duró tres días con su familia sin mostrar mejoría. Incluso, ella no recuerda nada de ese corto tiempo en su hogar. Con el regreso al hospital, el panorama no era ni un poco alentador. Alix Sandoval, una de sus amigas de toda la vida, la llamó, como cada año, por su cumpleaños. Para su sorpresa, contestó Ricardo, quien le comentó toda la situación de su mujer. Inmediatamente, esta psicoanalista de profesión dejó su ciudad natal, Bucaramanga, para ir en socorro de su amiga. Ella confiaba en poder recuperar el estado mental de su compañera de vida. “Decidí comenzar unas terapias, proceso de estimulación neuronal, parte sensorial, mirar recuerdos, cosas afectivas”, parte de la recuperación descrita por su amiga de llavero. Fuera de esta terapia emocional y neurológica, Carmen Cecilia empezó a recibir terapia física durante 21 días. En medio de los dos tratamientos, se dio con la infección que afectaba su parte neurológica (antes solo sabían de la infección, no de qué tipo era). Se trataba de una meningitis bacterial. Un nuevo diagnóstico Los neurocirujanos regresaron al quirófano y los médicos trataron la meningitis para operar de nuevo. A pesar de ello, esta docente, como preparadora de futuros miembros de la salud, era consciente de que en estas circunstancias debían actuar de inmediato antes de que fuera demasiado tarde. “Los médicos nos dijeron que la debían operar de inmediato o moriría”, aterrador testimonio de Ricardo, inmerso en la presión de ver a su esposa entre las cuerdas. Había transcurrido poco más de dos meses desde ese primer colapso, 65 días para ser exactos. Su esposo llevaba anotaciones del día a día, se habían perdido muchas batallas, las defensas no daban más, aunque para fortuna de esta unidad quedaba una última oportunidad, era todo o nada. En este caso, Carmen Cecilia supo aprovecharla; su sistema neurológico respondió de manera extraordinaria. “Me colocaron una válvula de Hakim, para drenar el líquido cefalorraquídeo a causa de la hidrocefalia. Luego, desperté y reconocí de nuevo a mi familia”, primeros momentos de esta resiliente enfermera después de su tercera operación. El día que le dieron de alta fue el 24 de diciembre de aquel año. La familia Mariño Vargas volvió a respirar después de casi morir en el ahogo moral; que su esposa, madre, hermana, etc., recuperara la conciencia y pudiera dejar el hospital fue el mejor regalo que nunca imaginaron recibir. A partir de ahí, esta luchadora de la vida siguió un proceso de recuperación emocional y motriz de la mano de su incondicional familia. Su esposo describe esto como “subirla de nuevo al bus de la vida”. Alix destaca la labor de la familia y sus amigas para la recuperación de su hermana de otra madre. “Esto se logró porque tiene un sistema familiar enorme, su parte afectiva es muy fuerte; el núcleo primario fue vital, además del resto de su familia, todos la apoyaron de sobre manera”, dice la psicoanalista en referencia al papel de sus amigas en la rehabilitación de Carmen C. Los médicos, tomando en cuenta los análisis y estudios realizados a Carmen, determinaron que esta maestra tenía una expectativa de vida menor al 15 %. Sin embargo, ella se recuperó y actualmente goza de excelente salud, y está entre nosotros para contar su historia. Sabe que el apoyo de su familia, junto al reencuentro con sus amigas del pasado, son la enseñanza más valiosa de todo este proceso, para que ella pudiera volver a brillar sobre quienes la alumbraron cuando todo lucía tan oscuro.
- “El obispo que busca su catedral”
Su nombre es Rosendo Úsuga, y se ha interpuesto a la muerte y a la falta de libertades. Relató cómo logró fundar 3 iglesias anglicanas en Colombia. “El obispo que busca su catedral” Juan Nicolás Barahona Espinosa Su nombre es Rosendo Úsuga, y se ha interpuesto a la muerte y a la falta de libertades. Relató cómo logró fundar 3 iglesias anglicanas en Colombia. Disponible en Pulzo Juan Nicolás Barahona Espinosa Al tocar el timbre, una sombra pasa en el tercer piso, agitando unas cortinas de diferentes telas y colores de apariencia desgastada. El chirrido del óxido, cuando se abre la ventana, hace que suba la mirada. Una mujer anciana se asoma y se dirige al sacerdote que me acompaña: -¿A quién necesita? -A monseñor Rosendo. Venimos para la reunión. -Un momentico. Tras unos minutos, un hombre de tez morena, alto y de nariz aguileña, abre la puerta del primer piso. Su figura levemente encorvada permite detallar las raíces de unas canas cada vez más abundantes. Viste sobrio, de traje y zapatos negros. La camisa morada que lleva puesta y el clériman que le recorre el cuello delatan su condición de religioso. Luce cansado y se mueve cabizbajo, bamboleando sutilmente su cuerpo. Cuando sube la vista, su rostro se ilumina con una sonrisa. Ésta tiene una mística curiosa: se hace inevitable no responder de la misma manera. -“¡Padrecito!”, le dice el hombre al sacerdote que me acompaña, abriendo los brazos en señal de camaradería. En las palabras que extiende en el saludo se hacen evidentes sus falencias de dicción: las erres las pronuncia como si fueran ges y le cuesta un poco iniciar sus frases. Sin embargo, esto no es le es un impedimento para predicar la Palabra en una casa, en una iglesia o en un cementerio cada domingo (como mínimo). ste hombre amable y de ademanes tranquilos es monseñor Rosendo Úsuga Higuita, obispo, líder espiritual y fundador de la Iglesia Universal Apostólica Anglicana en Colombia. Y, aunque hoy puede pasar inadvertido, quizás como un cura más, su influencia en la legislatura que rige al país perdura aún después de 27 años: el artículo 19 de la Constitución política del 91, que le permite a las personas profesar su religión sin tapujos, sin temores, sin represión, es el resultado de la lucha que emprendió hace varias décadas junto con otros líderes religiosos. Por la democracia, por los derechos Úsuga Higuita es uno de los principales promotores y defensores de la garantía a la libertad de cultos en Colombia, hecho que, en un país de raíces conservadoras, no ha sido para nada fácil. En los años 80s, vivió en cierta clandestinidad por la ferviente persecución que promovió la Iglesia Católica Romana contra las corrientes divergentes de su credo. Reunido en cafés y en recintos poco llamativos y ocultos, fue congregando a cuanta comunidad religiosa pudo. En el proceso sufrió difamación y encarcelamiento, como también ataques e improperios. Turbas fanáticas o miembros de la fuerza pública eran movilizados por algunos líderes católicos cuando hacían misas los domingos en el Cementerio de Chapinero. “Llegaban con palos y piedras”, recuerda, justificándose en el acuerdo Iglesia-Estado conocido como concordato. “Son incontables las veces que nos llevaron presos. Pero no nos dejamos callar”, cuenta Octavio Correal, obispo de la Iglesia Ortodoxa en Colombia y amigo de viejos tiempos de monseñor Rosendo. “En la cárcel empezamos a idear ese sueño. Nos llevaban y nos llevaban pero seguíamos en la lucha, queríamos romper las diferencias. Hoy sigo andando con él por la valentía y la honestidad que ha demostrado”. Después de convencer a muchos compañeros y a uno de los presidentes de la Constituyente, el 4 de julio de 1991, día en que se firmó la Constitución, fue para monseñor Rosendo uno de los momentos más felices de su vida, pues logró uno de los avances más grandes en el reconocimiento de los derechos de los colombianos: la libertad de cultos. Pasadas casi 3 décadas de todo esto, el obispo nos invita a seguir a su casa. La baldosa de la entrada es fría, y la subida, oscura. Su casa no es ningún palacio, ni mucho menos una sede primada de grandes proporciones. Más bien es un pequeño apartamento en un tercer piso ubicado en Modelia, un barrio de clase media al occidente de Bogotá, y en donde la calma se perturba por el estrepitoso y continuo pasar de los aviones del Aeropuerto El Dorado. El relato de la cárcel viene a mi mente: sentado en el suelo, recostado contra la pared de los calabozos de la Policía, monseñor empezó la redacción del mencionado artículo. Del encierro, tras las rejas y rodeada de luz mortecina brotó aquella semilla de libertad. De humano, de padre y de obispo Tras subir la escalera, que se hace opaca e interminable, una sala adornada de cuadros, muebles antiguos y figuras religiosas se abre ante nuestros ojos. Al fondo del recinto se ven los fuegos de una estufa que calienta una olla chocolatera y otra que hierbe el agua para un caldo de papa. Son pasadas las 9 de la mañana, y monseñor, hasta ahora, se prepara para tomar el desayuno. Los afanes y el temor de la persecución lo han abandonado. Incluso ha adelgazado, acostumbrándose a comer tarde y poco. El edificio en el que estamos, que es donde vive el obispo, pertenece a sus suegros. ¿Suegros? Puede sonar extraño, sí, aunque es innegable. Rosendo Úsuga, además de ser sacerdote, es padre de dos hijas y hace más de 30 años vive con Claudia Gil, su esposa. La iglesia a la que pertenece, la anglicana, le permite formar su propia familia, hecho que, asegura, le ha dado mayor fuerza a lo que predica en cada misa. “La Iglesia está en la familia y la familia está en la Iglesia. Debe existir un crecimiento y un testimonio de hogar. El sacerdote debe estar preparado para orientar, dirigir y dar consejo. Y la familia será siempre ese bastón de unidad. A pesar de que yo tengo muchas responsabilidades, sé que no es difícil combinar las dos cosas, porque como sacerdote, esposo y padre sé que tengo que dar el ejemplo de las enseñanzas de Dios”, me dice Úsuga. Mientras me habla, va disponiendo su casa para recibir a los sacerdotes que se reunirán en la asamblea mensual ordinaria de su Iglesia, donde se definen las estrategias de su labor pastoral. Úsuga Higuita, además de ser fundador de 3 iglesias anglicanas en 2 países distintos, del Comité Pro-libertad Religiosa y de Conciencia y de más de 9 misiones religiosas a nivel nacional, lidera actividades continuas de desarrollo social en las comunidades menos favorecidas de Bogotá, especialmente en Ciudad Bolívar. La señora Claudia prepara la mesa donde acontecerá la reunión. A pesar de la sencillez del recinto y de las cosas, se dispone lo necesario para que todos estén cómodos. Al recorrer el lugar, se hace evidente que monseñor Rosendo no posee un gran capital. “Vive de lo que gana por sus misas y de eso no le queda para acumular”, me dice su esposa, sonriendo. Conforme se desarrolla la reunión, aprovecho para hablar con su hija, también llamada Claudia. Ella destaca que monseñor nunca ha descuidado sus responsabilidades familiares: “Mi papi es un poco penoso para mostrar su amor, pero eso no significa que no sepa darlo. De él nunca nos ha hecho falta el consejo y la atención. Hay ratos en los que ha sido estricto con nuestra crianza, como cualquier papá, pero al final la vida le da la razón. Nos ha enseñado a querernos, a ser cuidadosas, nos ha evitado malas decisiones. Mi hermana Lorena y yo pudimos estudiar y ahora vivimos bien por el apoyo que nos dio junto a mi mami. De ellos no nos ha faltado nada”, dice. Esa aparente dureza a la que se refiere su hija tiene un origen: Úsuga Higuita es el décimo de 20 hijos de una familia campesina y de escasos recursos de Santa Fe de Antioquia. Tuvo siempre presente la obligación de ser y de sentirse útil, de estar dispuesto a ayudar a su familia y, prácticamente, de medírsele a lo que fuera. Aún le duele recordar la impotencia que sentía al no poder protegerla y de verla llena de necesidades. Le brotan las lágrimas y se le entrecorta la voz. A modo de catarsis, se ha entregado de lleno a los feligreses o a quien lo necesite, recordando el tesón de sus padres, que iba entre la dureza y la dulzura. “La gente muchas veces llega aquí a la casa pidiendo algo de comer, o cuando va a alguna comunidad las personas le piden dinero, y él no tiene problema de entregarlo, de ayudar. Muchas veces él me dice: ‘Venga, mija, colaborémosle a esta gente. Usted da esto y yo pongo esto’, o empieza a gestionar. Hay momentos en que lo debo detener, porque sí hay muchos que lo quieren, pero me da temor que alguien pueda abusar de su confianza”, me dice la señora Claudia, ya con calma, terminada la asamblea. Dos veces Salimos con monseñor Rosendo a las calles de Bogotá, porque se dirige a otro encuentro de carácter religioso. Subimos a un carro. Hay trancones, pero, gracias a esto, también más tiempo para conversar. A sus 61 años, él ya no va con tanta prisa, aunque ha vivido momentos de muchísima tensión. Precisamente, en un vehículo estuvo frente a la muerte: el cañón del arma que le quitó la vida a dos de sus compañeros religiosos. Fue en julio del 2013. Dos sacerdotes de la Iglesia Universal Apostólica Anglicana habían sido asesinados en el barrio Kennedy, de Bogotá. Cuando se transportaban, junto a monseñor, para recibir un dinero prometido como “donación”, fueron abordados por hombres armados… “Fue un milagro lo que me sucedió. Cuando nos atacaron, forcejeé con uno de los asesinos. Cuando me sentí cansado, bajé la cabeza y esperé el disparo. Los minutos me parecían horas, hasta que me di cuenta de que estaba solo. Los padrecitos estaban muertos. Durante meses no paré de llorar”, dice, mirando por la ventana. En otra ocasión, oficiando un velorio, se realizó un atentado contra los familiares del difunto. Recuerda, ante todo, el sonido de los impactos contra la biga que lo protegía. Todo lo resume en que, tras la tragedia, no hay retroceso claro ni modo objetivo para empezar de nuevo. “Fue difícil cuando sucedió lo de los sacerdotes. Fueron los meses donde más triste lo vi. Si antes era un poco retraído, esa vez se recogió mucho. No quería hablar y pasaba mucho tiempo como si estuviera perdido. Lo que lo ayudó fue el acompañamiento que le hicimos y también de toda la gente que lo quiere. Era impresionante ver todo el apoyo que recibió. Se dio cuenta de que no estaba solo y de todo lo que había cultivado hasta el momento”, me dice su hija menor. Tras esos sucesos, me cuenta su esposa, lo ven más sensible, aunque a simple vista no lo parece: su mirada se torna seria y profunda, y en el rostro carga, aunque no lo quiera, una especie de tristeza cuando no hay quien lo acompañe. Cosa distinta sucede cuando se comparte mucho tiempo con él. De a poco rompe ese velo. En sus eucaristías, en los congresos religiosos y hasta compartiendo un almuerzo emite un aura de sumo respeto, pero sin trasponer su tranquilidad y su sencillez. Cuando se siente bien, es activo y sonriente. Siempre sonriente. Mientras avanzamos, me cuenta lo difícil que ha sido lograr la aplicación de los artículos para la libertad religiosa en Colombia. “Aunque ya no hay persecución, aún no hay igualdad en el país”, me dice. Su afirmación se confirma con el hecho de que solo hasta el 2018, 27 años después de ser firmada la Constitución, el Estado aprobó, mediante decreto, las primeras políticas públicas sobre este tema, que aún faltan por desarrollar. Ya llegado a su lugar de destino, monseñor Rosendo se despide dando bendiciones y estrechando sus dos manos. Antes de que la luz del semáforo de enfrente cambie a verde, me dice: “Yo sueño con tener una catedral muy bonita para mi Iglesia. Por lo menos ya edifiqué una: mi familia, y quiero que se consolide la otra: la verdadera libertad religiosa en Colombia”.
- Zapatos hechos en Colombia apuestan a romper estereotipos de la masculinidad
A sus 27 años, este joven emprendedor le está apostando a quebrantar los estereotipos de género en el mundo de la moda mediante sus diseños en calzado. Zapatos hechos en Colombia apuestan a romper estereotipos de la masculinidad Miguel Ángel Zambrano González A sus 27 años, este joven emprendedor le está apostando a quebrantar los estereotipos de género en el mundo de la moda mediante sus diseños en calzado. Disponible en Pulzo Universidad de la Sabana Vestido de pantalón negro y camiseta gris cuello tortuga, Daniel Uyazán me abrió las puertas de su casa. Mi primer impulso al verlo fue observar sus zapatos. Noté que efectivamente tenía puesto uno de sus diseños: unas botas negras tan grotescas como agraciadas, que llamaban la atención por ser una propuesta diferente al calzado tradicional. De color negro, con un par de hebillas y unos finos taches plateados anclados al empeine, imponían la dureza de este hombre al caminar. Uyazán no tiene más de 30 años y ya dirige la primera empresa que tiene como objetivo que la comunidad LGBTI calce sus zapatos sin estigmatizaciones. Zandan, nombre de la marca, surgió para satisfacer una necesidad. Inicialmente, Uyazán buscó proporcionarle diseños de calzado a la población masculina, fuera de lo tradicional. Sin embargo, poco a poco el objetivo de su firma evolucionó hasta ser el que hoy la caracteriza. “Zandan es un juego de palabras. Es la mezcla entre la última sílaba de mi apellido y la primera de mi nombre”, explicó el diseñador. Según él mismo dice, llegar al característico nombre fue complejo. Tuvo que explorar entre diversas opciones. Al principio, consideró bautizarla con algo ajeno a su nombre para poder representar a las personas detrás de la marca y no solo a él mismo. No obstante, esa combinación, que a simple vista no revela quién es el fundador, fue la que más le gustó. Desde el momento en que me saludó, pude percibir que quien tenía en frente era una persona bastante cálida, pues su voz tenía impresa la empatía que lo caracteriza. En el ambiente en donde me recibió se sintió un tenue olor cítrico, no pude identificar si era su perfume o si se trataba del aroma de la sala. Peculiarmente, y de manera estratégica, en ese espacio de la casa exhibía algunos ejemplares de zapatos que no desentonaban con la decoración de ese pequeño espacio. Algunos de sus diseños se encontraban sobre los muebles. Sin embargo, mis ojos corrieron en dirección a los característicos tacones de lentejuela que cambiaban del color rosa al dorado. Aquel emblemático par reposaba en una de las mesas. A excepción de los zapatos, aquella sala no estaba fuera de lo convencional; contaba con una mesa pequeña donde se hallaban los tacones rosados, junto a ella uno de los dos sillones color café y un mueble de entretenimiento, con una consola de videojuegos y su respectivo televisor, el cual contenía otros dos de sus diseños en la cúspide de su estructura. Cada quien tomó asiento en uno de los sofás y allí empezamos a conversar. De los lápices y cuadernos a las pasarelas Graduado de Diseño Industrial de la Universidad Autónoma de Colombia, Uyazán siempre quiso relacionar su carrera con la moda, su pasión. Para él, el diseño industrial “abarca muchas cosas de muchos diseños”, agregando que en sus primeros años de ejercer esta carrera se encontraba con trabajos dirigidos al material publicitario: “A mí, con mis primeros empleos, me pasaba eso de que te da jartera ir. Entonces me dije a mí mismo: ‘No, yo no me puedo quedar haciendo esto toda mi vida porque no es lo que yo quiero’”. Con la intención de encontrar su vocación, poco a poco fue dirigiéndose por el camino de la moda. Sin embargo, curiosamente su interés no estaba precisamente en diseñar ropa. Afirmó con severidad que el diseño de ropa le gustaba, sin embargo, consideraba que “era hacer más de lo mismo, y yo no quiero hacer más de lo mismo”. Buscando la manera de enlazar sus estudios con la moda, se dio cuenta que el diseño de calzado no era algo que se encontrara con frecuencia. Desde un principio, para él fue evidente que el calzado masculino, particularmente, era un foco de poca atención y que, además, tenía poca gracia. En su opinión, los hombres, a diferencia de las mujeres, no suelen prestarle mucha atención a su calzado: “Los modelos de los zapatos que hay para los hombres siguen estando ahí: normales, iguales, convencionales”. Tras ilustrar su primer par, Uyazán empezó a ver sus dibujos de manera diferente, no sólo a él le gustaban sus diseños, sino también las personas demostraban tener interés en ellos. A pesar de que la intención inicial de Uyazán era brindar a los hombres la posibilidad de usar zapatos con más estilo, un chico que gustaba de vestir y actuar como una ‘Drag Queen’ se acercó a él buscando ayuda. Aquel joven deseaba encontrar un par de tacones que no le generaran incomodidad, que se ajustaran a la forma de sus pies y le permitieran hacer sus shows de manera más cómoda. Las ‘Drag Queens’ pertenecen a una subcultura de hombres que buscan imitar, de una manera exagerada, algunos rasgos de las mujeres mediante un personaje o una caracterización, utilizando aquel personaje para realizar un show. Es por esto que aquel joven, cansado de utilizar los tacones de las mujeres, tomó la decisión de acercarse a Uyazán, dado que su anhelo era tener unos tacones que no le incomodaran a la hora de hacer su show. Desde ese entonces, para este joven diseñador, el crear zapatos se trata de un tema de diversidad, de apoyo a la comunidad LGBTI. Mediante sus diseños, ha logrado quebrantar y cuestionar los tradicionales prejuicios sociales que aún se encuentran en nuestra sociedad. Para él, haber logrado que sus diseños diluyan la diferencia entre hombres y mujeres -por lo menos en calzado – representa una gran victoria, ya que han gustado tanto a las personas con mentalidad liberal, como a las más conservadoras. Con efusividad, Daniel comentó que para él es admirable que las ‘Drag Queens’ tomen el riesgo de subirse en unos tacones, teniendo en cuenta que la mayoría de sus shows están llenos de bailes y, en sus palabras, “maromas”. Para él, “entaconarse es para machos machos, y nada les pasó por ponerse unos tacones, no vulneró de alguna manera su masculinidad”. De cierta manera, tanto Zandan, como la historia de vida de Daniel, representan la constante lucha que tiene la comunidad LGBTI contra la discriminación. Una marca sin etiquetas En el poco tiempo de recorrido que lleva Zandan, esta marca ha logrado perdurar gracias a dos pilares muy importantes para Uyazán: el primero de ellos es el recibimiento de la comunidad LGBTI y la visibilidad que, mediante la marca, le ha sido posible obtener a esta minoría de la población. Otras personas que han inspirado el crecimiento de la marca han sido los familiares de Daniel. “Yo me considero afortunado, teniendo en cuenta que mi familia me ha apoyado a pesar de ser conscientes de que es un negocio poco convencional, y que además va dirigido a un sector de la población que socialmente aún está muy cargado de tabúes”. Para él, encontrar esta fortaleza en su familia ha implicado el no desfallecer ante las adversidades por las que ha atravesado con su negocio. Su tía, una de las dos personas más importantes en su vida, fue la primera de la familia en enterarse de la orientación sexual de Uyazán. “Siempre he tenido plena confianza con ella, en cualquier cosa. Por eso fue a quien primero le conté que soy gay”, dijo. Desde el momento en que ella lo escuchó, lo ha aceptado tal y como es y ha sido uno de sus más grandes apoyos. De la vida dentro del clóset, Uyazán recuerda con mucha gracia que en el colegio se sintió obligado a inventarse novias. Desesperado por la presión de sus compañeros, que estaban disfrutando del romance en su etapa de la adolescencia, tomó la decisión de crear historias ficticias para evadir los comentarios indolentes de sus pares. “Creo que más que todo lo hice por evitar que me hicieran más daño, como una forma de defensa”, afirmó el empresario. La astucia y determinación de este joven emprendedor han sido los factores clave para que pudiera alcanzar el éxito que tiene actualmente. Sin embargo, no ha llegado hasta donde está sin esfuerzo. Uno de los mayores retos a los que se ha enfrentado Uyazán de la mano de Zandan ha sido todo el proceso que conllevó haber ganado el apoyo de Fondo Emprender. La carga emocional que tuvo en el momento, las responsabilidades que se le agregaron, los desafíos a los que tuvo que hacer frente y las vicisitudes de presentar su marca y no ser comprendido, fueron un gran reto para este joven emprendedor. A pesar de esto, él nunca desfalleció y determinado como él solo, manifestó con convicción: “Siempre hago el gol, como sea, pero lo hago”.
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Colombia | Director de RTVC Play Juan Baquero Por Maria Mercedes Rojas, Isabella Jiménez Morón, Alejandra Leal Malagón y Gabriela Bautista. Colombia | Director de RTVC Play Lea también: David Tarazona Compartir Fotografía por María Mercedes Rojas en entrevista con Unisabana Medios. Es documentalista, periodista, productor sonoro, consultor editorial y conferencista. Ha trabajado en proyectos para diversos canales, incluyendo Discovery Channel en Español, Discovery USA, CBC, Arte France, NHK (Japón), Canal Der Spiegel, TVO, OMNI y Bravo, y en Colombia RCN y Caracol. Fue director creativo de Twice Upon a Time, una productora de contenidos de marca con sede en Norteamérica. Fundador de The Story Studio, organización dedicada al impulso del arte de la no-ficción. Colaboró regularmente con Hot Docs International Documentary Film Festival, primero como integrante del equipo de curadores y luego como mentor y facilitador del Hot Docs-Blue Ice Fund Director’s Lab. Nos contó: Sobre los puntos atractivos de un buen podcast... • A mí, personalmente, me gustan los podcasts narrativos de no ficción en los que se cuentan historias humanas y que utilizan dinámicas y herramientas propias de la de la ficción para explorar una idea. Que lo mismo que se puede resumir en lo racional, la materia prima realmente es lo emocional, lo invisible. Fotografía por Gabriela Bautista. Sobre la conexión con las audiencias... • Esa dinámica en la que uno empieza a contarle a alguien una historia de algo sobre lo que no tenía ninguna idea, el instante previo para empezar a escucharla ocurre en cine y ocurre en audio. Uno tiene que saber cómo hacerlo y, lo mismo, no cualquier historia, de cualquier contacto, de cualquier manera, lo logra. • Ese es precisamente el tipo de periodismo y de podcast que estoy impulsando desde RTVC, específicamente con Relatos Amarillos, un proyecto en el que, mediante anécdotas de taxistas, que son historias divertidas, se trata de mostrar la experiencia humana. Sobre nuevas formas de narrar en el mundo del audio… • El truco está en definir cómo navegar y mantener ese equilibrio en una cuerda floja: “¿Hasta qué punto estoy siendo incapaz de organizar la realidad de tal manera que el cerebro la pueda codificar cuando yo le entrego un contenido?” Hay un momento en el que, si uno está peleando con estos temas más racionales, de pronto, pues no le deja tanto tiempo a la inspiración, pero cuando tú los internalizas ya realmente empieza a ser todo inspiración en función de unos caminos cerebrales. • Recomiendo ser estructurado. Lo primero es tener claro qué proyecto quieres, por qué lo quieres y responderte muchas preguntas sobre el diseño de producto. • La herramienta primordial se llama “Atención dramática”, que es organizar información en torno a eventos que disparan la historia, con una serie de actos identificados y con una resolución definida. Y también incluir las lógicas del relato y la ficción, como el misterio y el suspenso. Cuenteros de Iberoamérica
- Yuldor Gutiérrez
Yuldor Gutiérrez - Así se produce audiovisual en Colombia Director, productor y actor de producciones como 'Grachi', 'Guajira', 'Tan cerca y tan lejos' y 'Francisco el matemático'. Compartir Ver también: Juan Manuel Urbina: La aventura de comunicarse a través de dibujos animados.
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