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¡Escribamos bien! En este podcast, aprende cómo utilizar los signos ortográficos y cómo diferenciar la escritura de algunas palabras que suenan igual pero que se escriben y significan cosas distintas. Ashley Valentina Duarte Monroy, Comunicación Social y Periodismo Ver también: Jerónimo García, entre letras y salsa Compartir
- “La mejor recompensa: que el imitado disfrute de la imitación"
“La mejor recompensa: que el imitado disfrute de la imitación" Laura Bedoya Díaz, Comunicación Social y Periodismo Fecha: El humorista payanés Camilo Cifuentes es reconocido por las más de 120 voces que ha presentado en 20 años de carrera artística. Lea también: "Comediante de ‘Sábados Felices’ sanó heridas del conflicto con humor" Compartir Foto: Camilo Cifuentes y Carlos Martínez, El Besucón, trabajando en nuevos proyectos en la casa del imitador el jueves 4 de octubre de 2018. Foto: Laura Bedoya Al caer la noche, Camilo Cifuentes llega a su casa, pero para seguir trabajando, porque siempre tiene proyectos en mente y más humor que compartirle a la gente. Este médico de 49 años, convertido por las circunstancias de la vida en humorista, y con una carrera artística de más de 20 años, advierte que la imitación siempre fue su sueño y no se arrepiente de haber dejado a un lado la medicina, profesión que ejerció antes de conocer el mundo del humor. “Mi gran sueño siempre había sido hacer lo que estoy haciendo”, dijo Camilo Cifuentes al asegurarse de haber tomado la mejor decisión de su vida. “Estoy realmente viviendo lo que amo”. No obstante, al ser la imitación una profesión de esfuerzo, Cifuentes ha tenido que vivir ciertos tipos de dificultades que, a lo largo de su vida, le han traído aprendizajes fruto de los errores cometidos y de sus lecciones implicadas. Este imitador de más de 120 voces tuvo que realizar una presentación el mismo día de la muerte de su segunda hija. Pare él, este suceso fue el momento de mayor dificultad que ha tenido que afrontar, porque “hacer reír a la gente con dolor en el alma es muy difícil”. Su carrera no ha estado exenta de momentos divertidos y de anécdotas vergonzosas de las que él no se ha salvado. Recuerda con dignidad las pocas veces en las que se ha quedado sin voz frente del público por cuestiones que se le salen de las manos. Sin embargo, son cosas que le han dejado grandes enseñanzas. “Uno siempre debe terminar el partido hasta el último momento, haciendo su mejor esfuerzo”, dice. La interpretación e imitación de personajes no es nada fácil. Los personajes con mayor preparación son Helenita Vargas, Michael Jackson y Donald Trump, según señaló el artista colombiano. Ante la difícil profesión que trae consigo la imitación y el humor, el integrante del equipo de Voz Populi, en Blu Radio responde que, aunque ha tenido algunas recomendaciones e indirectas por imitar ciertos personajes, menciona que no ha recibido “ni una sola demanda, gracias a Dios” en el recorrido de su carrera. Para Cifuentes “es aceptable, es normal que la gente no le guste que la imite por alguna razón”. Sin embargo, ha disfrutado de manera excesiva como los personajes que imita han sido bien recibidos por los artistas originales. “La reacción de los artistas que he imitado es tu pago y es chévere porque se ríen, disfrutan y lo han recibido muy bien”. El profesor de la academia “Yo Me Llamo” indica que todas sus presentaciones trata de hacerlas a partir del respeto porque “una imitación es un homenaje a alguien que realmente es grande” y cuando se hace de esa manera, las personas lo valoran y se ríen. Niega tener frustraciones, pero sí retos por cumplir como interpretar cantantes de reguetón como J Balvin, Maluma y Bad Bunny. El reto aumenta debido a los efectos que el género contiene y las dificultades que trae para Cifuentes poder presentarse en vivo. No obstante, los artistas reguetoneros no son el único obstáculo, también Elvis Crespo y Marck Antony hacen parte de la lista de quienes representan un reto “por trabajar” del humorista colombiano, sumando escenarios y giras en Europa que no ha podido realizar. Para el 2019, el imitador cuyas voces impregnadas naturalmente son Diomedes Díaz, Helenita Vargas y Juan Gabriel, tiene como reto el lado urbano y el despecho ya que “están muy pegados y es parte de la nueva generación”. Así, el humorista sea consciente de su edad y de la capacidad de sus cuerdas vocales, intentará ampliar su repertorio para captar un nuevo público sin perder el tradicional.
- Amnesia del tiempo en el monte colombiano
Amnesia del tiempo en el monte colombiano Sofía Isaacs Guerra Fecha: Bajo el característico sonido del televisor proyectando las noticias de las siete de la noche, Magdalena y su sobrina recibieron un encuentro cotidiano que transformó su existencia. Lea también: Arte nómada Compartir Foto: Envato Elements “La Abuela” no es el nombre que sus padres le dieron al nacer, sino el que fue escogido cuando tenía setenta años por el grupo de doce guerrilleros pertenecientes a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, secuestradores de Magdalena*, ese sí, nombre de nacimiento. Todo lo acontecido dentro de ese periodo de once meses de secuestro ha comenzado a volar de su mente con el tiempo; y quizá, a pesar de que goce ahora de una vida apacible con sus bien extensos 90 años, su terrible experiencia de secuestro es lo que hace que actualmente “La Abuela” tenga una gran historia por contar. En 1932, cerca al desaparecido Armero, dentro de una recóndita finca repleta de cultivos de los más autóctonos productos colombianos, nació Magdalena, hija menor de 13 hermanos de una familia próspera dedicada a las labores del campo. Con un deseo inimaginable de convertirse en enfermera y unos cuantos años de estudio básico de primaria, esta mujer, que actualmente se ve como las abuelas de las películas, quienes llevan un corto cabello blanco, arrugas en su tez morena y una tierna expresión en su mirada, encontró el amor, que la llevó a construir su propio núcleo con tres hijos hombres. Buscando nuevos horizontes, llegaron a Bogotá con ánimos de conceder mejores oportunidades educativas y laborales para sus sucesores, quienes tomaron sus palabras y, sobre todo el hijo del medio, reflejó desde temprana edad una visión hacia el éxito laboral con un emprendimiento en la industria textil que, desde hace bastantes años, ha tomado liderazgo en el mercado como una marca reconocida de ropa. Con la tranquilidad de haber hecho lo mejor por sus hijos, Magdalena se fue a vivir a un pueblo que le proveyera mejor calidad de vida por su acogedor clima, que le permitiría sentir una suavidad cálida y penetrante bajo sus mejillas. En el vecindario, se hizo visible por su amabilidad y cariño,pero el motivo más inquietante para sus vecinos era la constante presencia de carros de alta gama de su familia cuando la iban a visitar. Sin duda, el acercamiento del personal de seguridad con la familia llevó a que los guardias tuvieran conocimiento parcial de algunos puntos vulnerables de su segundo hijo. Por eso, Magdalena, una mujer solitaria y de la tercera edad, madre de este exitoso hombre, se convirtió en un blanco perfecto para quienes quisieran aprovecharse del éxito económico de este empresario colombiano. Así empezó la historia del secuestro del 7 de abril del 2002, cuando se perdería la noción del tiempo y comenzaría la amnesia entre montañas, bosque y trocha. El sol se ocultaba despacio ante la llegada del crepúsculo, y el alegre pueblo al suroccidente de Bogotá estaba enmarcado por los característicos árboles de cují, mangos y almendros que se alzaban como una imponente barrera encargada de proteger los kilómetros de espacio abierto que se extendían. Bajo el característico sonido del televisor proyectando las noticias de las siete de la noche, Magdalena y su sobrina se encontraban en el sofá que daba hacia la puerta principal de la casa, y, de pronto, escucharon unos golpes en la ventana. Era una vecina con un perrito en las manos: — Doña Magdalena, ¿cómo está? — habló con entusiasmo— le traigo este perrito para cruzarlo con una de sus perritas. — No, mija, yo no tengo hembras… puros perritos machitos — afirmó Magdalena. — Ay, qué pesar, doña Magdalena, bueno, ¿me podría dejar entrar a su baño rápidamente por favor? Magdalena, con su buena voluntad, le permitió la entrada a esta desconocida y, quizás, ese haya sido el peor error que haya cometido en tantas décadas. Pasaron unos cuantos minutos, cuando de repente, la vecina se abalanzó encima de la señora y comenzó a gritar. Entonces, su sobrina se dio cuenta de que había un carro afuera esperando con dos hombres, que, de un solo jalón, alzaron y raptaron a Magdalena. La sobrina intentó correr detrás del carro unos cuantos metros, pero, entre agitaciones y llantos, Magdalena se alejaba más y más. Estuvo varias horas dentro del carro hasta que por fin se detuvo. Su cuerpo se sacudió con violencia y luego sintió revolotear como si los hombres no supieran en qué dirección seguir. Pero se pusieron de nuevo en movimiento y se adentraron en matorrales densos, antes de volver a detenerse, de manera más abrupta esta vez. Llegaron más o menos a las tres de la mañana al monte donde empezaría su infierno. La noche era más negra que cualquiera que Magdalena hubiera visto antes. Por más que agudizara la vista, no había ni el más mínimo atisbo de luz aparte del lejano resplandor de las estrellas. Y el cielo, en cambio, parecía extrañamente cerca, como si se hubiera venido encima como una enorme colcha negra que la aprisionaba con las criaturas nocturnas del suelo. Todo rastro de sueño había desaparecido, y al abrir sus ojos se dio cuenta de que no solo la rodeaba, también la observaba a unos pocos pasos de distancia un grupo de doce personas vestidas con trajes de combate extragrandes y fusiles, quienes la acompañarían por los siguientes 12 meses. Ahí el “Magdalena” quedaría en el olvido. Sería “la Abuela”, la protagonista de uno de los más reconocidos casos asumidos por los Grupos de Acción Unificada por la Libertad Personal (GAULA). Los días transcurrían de forma monótona y desgarradora. Fueron caminatas de horas incontables para llegar a lugares todavía peores donde había mínimos rastros de agua para poder bañarse, lavar la muda de ropa que tenían y cocinar la única opción de alimento disponible: sopa de pasta. La mayor parte del tiempo no veníamás que una maraña de hojas delante de ella, y la piel no tardó en protestar por la nueva tanda de arañazos infligidos por las ramas que se devolvían con crueldad para castigarla por haberlas perturbado y por los nuches que se implantaron en su cuerpo por el mal tratamiento de las prendas mojadas. Las frías madrugadas llegaban con apuro para envolver con rocío y neblina a La Abuela. Lo único que ella tenía era un par de pliegos de periódico, un costal y ramas gruesas, donde se postraba a dormir lo que pudiera con unas ganas inaguantables de ir al baño y cuya solución se definía en orinarse encima. Tenía el pelo descuidado,y las uñas de las manos y los pies incómodamente largas. La única forma de cortarlas era con un machete, pero ella se negó ante esa posibilidad, al igual que se negó a la acción de vestirse con uno de esos pesados trajes camuflados. Esto, porque hacía unos pocos meses La Abuela había escuchado sobre el caso de Consuelo Inés Araújo Noguera, “La Cacica”, exministra de Cultura que fue secuestrada por las FARC y asesinada en un confuso tiroteo tras haber sido confundida como una combatiente por solo estar llevando el famoso uniforme verde. La tristeza y preocupación de la familia de La Abuela eran inconcebibles desde el primer momento en que supieron que era un secuestro. Llanto, unión y fortaleza primaron en este proceso de aceptación y negociación con las FARC para que su regreso fuera lo más pronto posible. El contacto se hacía por medio del reconocido guerrillero Marco Aurelio Buendía o Aureliano Buendía, como se hacía llamar, tal como el personaje icónico de Cien Años de Soledad . A punta de insultos, llamadas interceptadas e intentos de canje por uno de sus hijos para que La Abuela no tuviese que presenciar semejantes vivencias, pedían diez mil millones de pesos colombianos. Los pies de la Abuela hablaban por sí solos. Las botas con punta de metal se convirtieron en sus peores enemigas, pues las medias parecían estar adheridas a la carne con pegamento industrial. — ¡Abuela! Quítese esas medias — gritó un guerrillero. — Ay, no… Mire cómo se me desprende ese cuero, ¡qué dolor! — gritó La Abuela. — Métalos en agua rápido, rápido — le ordenó el guerrillero. Lo único que podía esperar era que sus pies sanaran solos mientras contaba los días a escondidas con una rama y un pedazo de piedra dibujando palitos, cual prisionero. En ningún momento pensó en escaparse; no podía descifrar para dónde coger o qué haceren la huida. ¿Qué tal la encontraran? ¿Qué tal la mataran? ¿Qué tal se perdiera? Todo iba a ser peor… Un día, muy temprano en la mañana, llegó el guerrillero al mando dando la orden de levantarse y subir de inmediato a lo más alto del monte. Ella calcula que fue más o menos la distancia de Bogotá a Monserrate caminando entre la selva. Iba más muerta que viva, no sentía sus pies y anhelaba un pequeño trozo de panela, un pan o un vaso de agua para tener la mínima energía para sobrevivir a tremendo esfuerzo. Otro de los guerrilleros, al verla gravemente cansada, le extendió el fusil para que pudiera agarrarse, hasta que llegaron a la cima. La sentaron en una silla y le entregaron una revista que relataba el atentado al Club El Nogal en Bogotá, que conmocionó al país en febrero del 2003. Los guerrilleros sacaron una cámara y fotografiaron a La Abuela. Era una prueba de supervivencia. Una de varias otras que en cierto modo se volvían un tanto cómicas por la actuación que ella debía hacer, fingiendo estar amarrada, pero en realidad solo arruinaba los videos, revoloteando moscas y desatando los presuntos nudos que tenía, porque en toda su historia de secuestro si estuvo amarrada una vez fue mucho. Del otro lado, primos, hijos, hermanos, sobrinos y nietos se reunían a comer roscón con gaseosa mientras observaban junto a agentes del GAULA los atemorizantes y confusos videos segundo a segundo. Esperando con ansias el momento en que pudieran establecer un acuerdo óptimo, a finales de febrero comenzó a asomarse una luz de esperanza del regreso a casa. Una tarde, La Abuela, inmersa en sus pensamientos, estaba sentada bajo un fuerte rayo de sol de la tarde, cuando, de repente, llegó uno de los guerrilleros más jóvenes del grupo y le dijo en voz baja: “Abuela, no esté triste. Nos vamos”. La noticia le permitió ir recuperando de a poco, como paso trochero, la identidad de Magdalena, más envejecida por la ausencia y con setenta años revueltos en incredulidad. El joven, bastante insistente, la levantó y le repitió: “Nos vamos, nos vamos. La vamos a entregar, pero tenemos que movernos rápido porque el trayecto es muy largo”. Comenzaron a caminar y encontraron un caballo para ella… y andaron toda la noche. Al amanecer, los guerrilleros vieron que la logística de la entrega estaba lista. Mientras tanto, la familia esperaba una llamada que diera luz verde para iniciar la estrategia planeada con meses de anterioridad. Duraron gran parte del día en la fábrica de ropa de su hijo. En pocas horas, ya habían consumido unas cuatro botellas de whisky que pasaban como agua del estrés tan grande. Mandaron a comprar pollo asado con papas, que realmente nadie determinó. Hasta que brincó el teléfono. Roberto, sobrino de La Abuela, era un hombre entrando a la tercera edad, de aproximadamente 60 años, con una apariencia humilde sin dejar dudas de su origen de pueblo. Gordito, no muy alto, moreno con bigote y bonachón. Muy buena persona, afectuoso, de esos seres que inspiran confianza y buena onda. Fue el elegido para ser el salvador en tan anhelado momento. Pero claro, todo sacrificio tiene su precio, y el riesgo de ser una segunda víctima siempre estuvo. Sin embargo, la estrategia construida desde meses atrás dio fruto y era la siguiente: Sabiendo que en la carretera habría retenes, enviaron dos camionetas de lujo como señuelos. Era seguro que el Ejército los iba a parar. Lo que los militares no sabían era que en medio de esas dos camionetas iría un Renault 4 de color blanco, con la cojinería repleta de billetes. En plena madrugada, en el cruce de una vía principal, Roberto se quedó esperando a que llegaran con la tía. Tras largas horas de espera, sin ningún rastro de señal y múltiples llamadas perdidas, vio llegar una moto. ¡Era Magdalena! El guerrillero con el que iba le dijo: — Abuela, váyase, váyase. — No, mijo, lléveme con usted, yo tengo miedo — dijo Magdalena con voz cortante. — Abuela, no, camine como pueda, gatee, corra como pueda hacia las luces de ese carro que allá la están esperando — le replicó. Roberto se bajó del carro y lentamente se fue acercando hacia donde estaba Magdalena mientras la llamaba en medio de susurros. Ella no sabía quién era, solo sabía que debía hacer lo posible por llegar a esa andante sombra de contextura gruesa. Una vez en sus brazos, dejó el dinero, la llevó al carro y le ofreció pan con queso. Pero ella solo quería partir con la mayor prontitud posible para reunirse con su familia, que no veía desde el 7 de abril del 2002. Su mente estaba nublada, ella no sabía lo que ocurría. Con una somnolencia irresistible solo sentía el frío aire saliendo de las polvorientas rejillas del auto que habían comprado especialmente para rescatarla. A toda velocidad, se fueron directo a Facatativá, donde estaban sus familiares esperándola. No puede explicarse en palabras la felicidad enmarcada en el llanto de cada uno de ellos. Era casi como un destilado del dolor que detenía el peso de la angustia, de una lucha que en momentos no tenía fin, una lucha de familia, una lucha de país que permanece aún en las mentes que lo padecieron… y que ahora lo que deja en Magdalena son anécdotas por contar y un rechazo hacia la sopa de pasta. *Magdalena es el nombre ficticio utilizado en la historia para garantizar la protección de su información personal.
- Richard Duque, contando historias con una aguja
La vida de un reconocido tatuador bogotano se va escribiendo con cada proyecto que logra, cada país que visita y cada tatuaje que elabora. Un trabajo minucioso ubicado en la delgada línea que diferencia el subsistir del arte. Richard Duque, contando historias con una aguja Carlos Andrés Montealegre Cristiano La vida de un reconocido tatuador bogotano se va escribiendo con cada proyecto que logra, cada país que visita y cada tatuaje que elabora. Un trabajo minucioso ubicado en la delgada línea que diferencia el subsistir del arte. Disponible en Pulzo Carlos Andrés Montealegre Cristiano Muchas personas pueden tener su marca personal tatuada en la piel; esta puede ser grande, pequeña, en blanco y negro o de colores. Un tatuaje siempre será un motivo de esperanza: significa apostarle a la posibilidad de contar una historia en el futuro. Siempre quien tiene un tatuaje pintado en su piel puede contar las anécdotas relacionadas con esa pieza de arte. Pero detrás de esto hay otras grandes historias: las de los tatuadores. Se trata de gente del común que tiene como talento plasmar los recuerdos, los sentimientos y las ideas utilizando el cuerpo de los otros como lienzo. Hay personas que un día les dio por dibujar algo y les quedó gustando, porque desde pequeños han sabido ilustrar y se han dedicado toda la vida al arte. Ese el caso de Richard Duque, un tatuador bogotano padre de 3 hijos y 2 perros y a quien le encanta la velocidad. Él es el talento detrás de uno de los centros de tatuado más exitoso de Bogotá: Gotink. Se puede decir que los tatuadores no pueden sufrir de arrepentimiento. Lo que queda en la piel es casi que un sello para toda la vida. Por eso Duque no se arrepiente de nada y disfruta cada día de sus más de 70 tatuajes, porque como él dice “desde el tatuaje número 70 dejé de contar”. Su historia con este arte empezó por ese ratón que todo el mundo conoce: Mickey Mouse. El mismo Richard, cuando prestaba el servicio militar, se tatuó a este personaje en su pierna para experimentar. No fue un trabajo fácil. Tuvo que importar una máquina desde Estados Unidos. Fue gracias a ese trabajo que le terminó cogiendo amor a la tarea de tatuar. En la actualidad, ni él mismo se acuerda de cuantas historias tiene plasmadas en su cuerpo. Desde su infancia este joven bogotano ya tenía claro lo que quería hacer en un futuro. Dice que desde el colegio su vida era “más de lápices, colores, crayolas y dibujo”. No les prestaba atención a las diferentes clases; dibujaba todo el tiempo. Siguió por este camino y empezó a ilustrar Thundercats y se esmeró tanto por volverse un experto en tatuajes que logró convertirse en todo un maestro. Gracias a su técnica ya recorre el mundo de la mano de su esposa que a su vez es su manager. Alemania y Estados Unidos son algunos de los países que él ya ha recorrido asistiendo a convenciones y charlas a las cuales es invitado debido a su reconocimiento. Su agenda está constantemente ocupada por artistas, cantantes y personajes públicos tanto nacionales como internacionales, gracias a su dedicación y pasión por su trabajo. Entre los muchos tatuajes de colores que ha pintado a lo largo de su recorrido artístico, en su alma han quedado marcadas historias a blanco y negro. Han sido problemas que él ha enfrentado con entereza y siempre ha salido adelante con la ayuda de Dios y de sus tesoros más preciados: sus tres hijos y dos perros. Una de sus hijas comparte el mismo amor por los tatuajes: “aparte de ser su padre soy su maestro. Ella ha dado grandes pasos en el arte del tattoo” y él afirma a su vez que es muy placentero esta forma de compartir el amor por un oficio. La pandemia también afectó a Richard. Según él, una de sus otras pasiones, viajar, quedó suspendida por cuenta del virus. No pudo asistir como juez a los eventos de tatuadores que se realizan en diferentes partes del mundo. Sin embargo, a pesar de las cuarentenas, siguió trabajando y por eso afirma que 2020 fue uno de los años más productivos que ha tenido como tatuador, ya que siempre lo han buscado por su reconocimiento. A diferencia de algunos de sus colegas, él no tuvo problemas causados por las restricciones por parte del gobierno por la covid-19 y el distanciamiento social. Maneja todas las técnicas de tatuajes que existen como, por ejemplo, la tradicional, la neotradicional, la oriental, la neoriental, el realismo, el full color y la nueva escuela. Este último estilo dice que es su favorito. Esta habilidad lo distingue: colegas que pueden estar empezando en este mundo, solo quieren realizar tatuajes con un único estilo y quedarse allí sin pensar en otros horizontes. La zona de confort no es, según él, una buena manera de llegar al éxito. Fuera de su estudio y alejado de la tinta y el sonido que hacen las agujas al contacto con la piel, él vive su vida como cualquier persona. Como buen colombiano se levanta muy temprano a las 8 de la mañana, lo primero que hace es revisar su celular. Luego prepara su desayuno y abre la tienda, dispuesto a atender a sus clientes, a quienes Richard prefiere llamar amigos, ya que le dan la confianza de marcar su piel. Entre el tiempo que invierte planeando y realizando sus aproximadamente dos o tres tatuajes diarios, también decide invertir tiempo de calidad en su familia. En otras circunstancias disfruta de otra de sus pasiones: las motos. La adrenalina que él siente al hacer un tatuaje solo logra compararla con la que siente al subirse a una moto, una afición que lo llevó a convertirse en el tatuador oficial de Harley Davidson. Uno de los retos a los que se enfrentan los tatuadores, de los que nadie habla, son los tatuajes extraños o por impulso que las personas deciden hacerse. Relata cómo los tatuajes más raros que ha llegado a realizar son los motores de algunos carros o cierto menaje de la cocina para las personas que trabajan en ello. Los tatuajes, la mayoría de las veces, son una decisión tomada a partir de experiencias, emociones e historias que cambian la vida de las personas. Por eso para Richard es una motivación vivir del arte de tatuar. Plasmar en la piel una representación artística es un sello para toda la vida, inclusive más allá de la muerte. Por eso siente que con su oficio trasciende fronteras: un tatuaje es un bonito recuerdo hecho con tinta indeleble y una aguja. Esa siempre será una historia por contar.
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La cara insospechada del desplazamiento forzado Martín Felipe Rodríguez Castaño, Comunicación Social y Periodismo La historia de un joven que vivió en carne propia el peligro de la guerra, cuando durante su infancia residía en uno de las zonas más rojas del conflicto armado colombiano: Tame, Arauca. Ver también: Migrantes venezolanos: hambre e informalidad durante la cuarentena obligatoria Compartir
- “En la buena”, una estrategia para promover la salud mental en colegios de Bogotá
“En la buena”, una estrategia para promover la salud mental en colegios de Bogotá Nicolás Santiago Cabezas Bejarano, estudiante de Comunicación Social y Periodismo Fecha: La Secretaría de Educación propone estrategias para mitigar el impacto psicológico que dejó la pandemia por covid-19 en los jóvenes. Lea también: Mujeres hicieron 3 de cada 5 llamadas por salud mental en la pandemia Compartir Foto: Tim Glow | Unsplash Más de 400 instituciones educativas de la ciudad de Bogotá han puesto en marcha varias estrategias pedagógicas y de acompañamiento psicológico a sus estudiantes para reducir los casos de ansiedad, depresión y baja autoestima causados por el confinamiento ante la pandemia por covid-19. La Secretaría de Educación ha diseñado un programa llamado En la buena, el cual Liliana Rodríguez Parra, Coordinadora de Promoción de Bienestar Estudiantil, describe como “estrategia implementada para reforzar el desarrollo socioemocional de los jóvenes por medio de diversos encuentros en los colegios oficiales”. En adición, el Programa integral de educación socioemocional, ciudadana y escuelas como territorios de paz , liderado por la Secretaría de Educación del Distrito, ha impulsado el derecho a la educación con bienestar socioemocional para las niñas, niños, adolescentes, jóvenes y familias en la ciudad. Las instituciones prevén resultados positivos si se sigue trabajando de manera coordinada con rectores, docentes, psicólogos y demás miembros del área educativa. “Se ha aplicado un currículo socioemocional -afirmó Diana Sánchez, rectora del colegio Jaime Garzón-. Tenemos unas competencias de bienestar en las cuales estamos trabajando para estudiantes y padres de familia. También se aumentaron los espacios de charlas y talleres para mejorar la salud mental de los jóvenes , sin dejar de lado casos específicos de seguimiento por parte de los psicólogos”. Las actividades extracurriculares han logrado que los jóvenes puedan ejercitarse, liberar su mente, quitar el estrés, cuidar su cuerpo y lo más importante: mejorar su salud física y mental. “Aquí distraigo mi mente, ya no estoy encerrado en la casa, jugar fútbol es una forma de expresarme con lo que me gusta hacer y gracias a este deporte evito el sedentarismo y fortalezco mi bienestar y salud”, expresó el estudiante David Díaz, del colegio Juan Evangelista Gómez. Sin embargo, no todas las consecuencias del regreso a la presencialidad han sido positivas. En la primera fase del retorno, el cual inició los últimos días del mes de julio, “algunos jóvenes han presentado un estado de ánimo negativo, comportamientos como baja tolerancia a la frustración, angustia, ansiedad y cansancio. Muchos de ellos se producen por el desajuste con las rutinas excesivamente flexibles que venían viviendo en la virtualidad”, explicó María Belén García, jefe del Departamento de Evaluación e Intervención Psicológica de la Universidad de La Sabana. El impacto en la salud mental y el bienestar socioemocional en las comunidades educativas ha sido de los efectos más fuertes que ha traído la pandemia derivada de la covid-19. Así lo demuestran los reportes realizados en el Sistema de Alertas, plataforma informática que permite a las instituciones oficiales y privadas efectuar un seguimiento a las situaciones de presunta vulneración de los derechos de los jóvenes presentadas en el contexto familiar, social y virtual. Asimismo, una investigación de la Universidad Nacional da cuenta de estas dificultades con mayor precisión. “De los principales efectos hallados en la investigación, se pueden enunciar: depresión, ansiedad, conductas suicidas, disociación social, abusos y violencia intrafamiliar”, mencionó el informe en el que participaron 10.462 adolescentes y que fue hecho por la Secretaría de Educación junto a la Universidad Nacional. En dicho estudio, se destacan algunos estados emocionales como angustia por el futuro, desmotivación, aburrimiento, rabia incontrolable, tristeza, entre otros. Además, evidencia que los porcentajes de estudiantes de secundaria y media con conductas suicidas están entre 10,2% y el 14,3%. De igual manera se afirma que, una vez superada la fase de aislamiento físico, estas situaciones se verán agudizadas, y sus consecuencias colaterales en términos sociales, emocionales y en la salud mental se reflejarán con mayor intensidad durante los próximos años.
- Falta tiempo para el arte
Falta tiempo para el arte Luisa María Vela Guerrero, Comunicación Social y Periodismo Fecha: El cantautor nariñense utiliza la música para enaltecer la memoria, generar cuestionamientos y fomentar el encuentro constante con el territorio. Lea también: Colombia, en paro. Compartir Foto: Alejandra Mar Desde el inicio de las manifestaciones en Colombia, el 28 de abril de 2021, el sector artístico ha manifestado su apoyo al Paro Nacional. Desde el área musical, varios cantantes, músicos y compositores han tomado roles protagónicos dentro de las manifestaciones, ya sea desde su participación como activistas o desde el arte. Lucio Feuillet es un cantautor colombiano que, a partir de su origen nariñense, plasma en sus canciones la cultura andina sureña y retrata temas diversos como la importancia de las tradiciones, de los rituales, de la memoria histórica, de la reflexión y de la conexión con el pueblo y el territorio. Ha estado muy presente en la coyuntura actual por medio de sus posturas políticas y su música. Sus canciones Sed y Nunca Callar se han convertido en himnos del Paro Nacional. Conversamos con el artista sobre la situación actual de Colombia, sobre su música y el rol social del arte en medio de las manifestaciones. Sus canciones Nunca Callar y Sed han sido muy populares entre los manifestantes dentro del contexto del Paro Nacional, ¿qué lo motivó a componerlas? Creo que ese sentimiento que en esos momentos me atravesaba también era un sentimiento poderosamente colectivo, como pasa muchas veces con la creación artística, y que también retrata el sentimiento de nuestros tiempos, de nuestras comunidades, de nuestros entornos. Particularmente en estas dos canciones sí sentía que estaba retratando unos despertares bien interesantes que se vienen dando, por supuesto en toda Latinoamérica, y que particularmente detonaban en nuestras comunidades aquí en Colombia. Por ejemplo, Nunca Callar es una canción que arranca sólo con guitarra y voz, como un pensamiento muy chiquito, muy desde los adentros, pero que va creciendo y al final se convierte en una cosa gigante, de vientos y de muchas percusiones. Eso es lo que estamos viviendo en estos tiempos, que ya este colectivo se vuelve una fuerza imparable de despertares, de exigencias, de dignidad y es lo que tenemos que mantener y es lo que tenemos que valorar, más allá de que se logren cambios o no. ¿Hasta qué punto la música es un acto político? Creo que todo en sí es un acto político. Por supuesto, el arte tiene que estar de la mano de eso, porque finalmente el arte es una expresión muy profunda de nuestros sentires, de nuestros pensamientos, de lo que anhelamos y de lo que vemos. El arte puede estar en una obra majestuosa, que te conmueva, que te haga viajar, o también puede estar en un grafiti en la calle con una frase poderosa. Entonces, obviamente es muy importante y creo que es necesario que estos tiempos también se atraviesen desde el arte, porque también tiene ese poder de cuestionarte, conmoverte y de generar un gran documento histórico de lo que está pasando a través de la sensibilidad, a través de eso que a veces uno no entiende muy bien, pero que te puede hacer llorar, que te puede hacer desahogarte o que te puede abrir una ventana para un cambio importante de pensamiento y de accionar. ¿Qué piden los artistas en medio de las manifestaciones? Más allá de pedir lo que va para nosotros, tenemos un gran compromiso y es acompañar todos los procesos que están pidiendo tantas comunidades que están siendo vulneradas en un país en el que se violan los derechos humanos por minuto, por día, por semana, de manera terrible. Los artistas tenemos un montón de problemas y de dificultades en estos momentos, pero por supuesto que entendemos que hay hermanas y hermanos que la están pasando mucho más difícil, que tienen la violencia a diario en sus territorios. Hay que pensar en que no existe aquí en Colombia la salud, no existe la educación, que hay una generación que ya no ve oportunidades, no ve formas de andar, de estar bien, de tener una vida digna y que ya lo último que tiene es ir a protestar y manifestarse; que está en una actitud de lucha, de dar hasta la vida por esos cambios, así no les toquen. Hablando ya de nuestra situación artística, es un país en el que todas estas economías que están vendiendo simplemente hacen que se piense la cultura desde la industrialización. Hoy hay muchos artistas en los pueblos, en las ciudades y en las comunidades que simplemente tienen un don, que no es necesario mercantilizar para que sea importante, todo lo contrario, ya su quehacer artístico es valiosísimo, es muy poderoso y hay que buscar cómo fortalecer esos procesos. Entonces claro que tenemos muchos vacíos que tenemos que trabajar. Este es un país en el que no hemos tenido tiempo para el arte porque sólo hay armas y guerra, aunque, finalmente, el mismo arte sí ha tenido que encargarse un poco de narrar esa situación e incluso a veces también se ha callado muchísimo porque a mucha gente le incomoda que se hable de eso. Es difícil tratar de resumir todas las cosas que hay que buscar y que hay que cambiar, pero claro que hay que hacerlas y este despertar es apenas un arranque para comenzar a trabajar en pro de que las cosas puedan estar mucho mejor en un futuro. En 2020 sucedió el movimiento artístico y político “Un canto por Colombia”, ¿qué ha cambiado desde entonces? Ese proceso fue muy importante y con el tema de la pandemia muchas personas pensamos que se enfrió y que se acabó, aun cuando venía de manera muy exponencial generando una unión y celebrando todos estos despertares. Pero lo que estamos viendo hoy demuestra que realmente lo que se hizo fue una pequeña pausa y ahora está expandiéndose. Yo veo, por ejemplo, que hay muchas más personas conectadas con esos sentires de la gente. Hay cosas por las por las cuales exigir, por las cuales luchar y creo que todo lo que lo que venía pasando en las marchas del anterior año y lo de Un Canto por Colombia apoya mucho eso. ¿Qué ha cambiado para Lucio como músico desde esa experiencia? Todos esos procesos también calaron mucho en mi búsqueda personal, en mi oficio, en mis cuestionamientos, en cómo quiero yo pararme en una tarima, en qué quiero decir y en cómo quiero conectar. El estar siempre con un micrófono, con un altavoz o con una canción es una responsabilidad muy bonita y hay que estar muy atentos. Todo eso me ha hecho estar mucho más consciente de buscar, de indagar, de cuestionar y de analizar. Lo que verdaderamente yo creo y quiero del oficio artístico es que se preste para la comunidad, para tu barrio, para tu gente, para tu entorno, como un oficio en el que puedas retratar, en el que puedas hablar y en el que puedas cuestionar. Entonces, creo que este tipo de cosas te dan aliento, te dan fuerza y te motivan. Está bueno cuestionarse y algo que es muy lindo de esto es que también puedas escuchar qué detonan tus ideas, a veces son una ventana que se abre y hay un montón de aristas y de variables ahí y es muy importante tener los oídos muy abiertos para escuchar. Creo que el arte permite mucho eso: permite generar semillas para escucharnos más, para que se expanda el diálogo y para que la inspiración circule; eso es muy importante, porque finalmente nos hacemos fuertes y nos debemos a una comunidad, a lo colectivo que nos arropa, que nos abriga. ¿Cuándo decidió que su arte debía adquirir ese sentido social? Para mí fue supremamente revelador cuando hice un trabajo de investigación en la universidad y fui a entrevistar a maestros de Nariño de la tradición: músicos que tenían sus oficios en la semana, pero para quienes los domingos era sagrado el ritual del encuentro, del ensayo, del baile y de juntarse a compartir sus creaciones y repertorios. Cuando yo puedo sentir que alguien me está hablando desde su alma y lo está expresando en arte, ahí es donde yo veo un gran artista y eso fue lo que me pasó a mí cuando entrevisté a los maestros que hacen música para su comunidad y que narran sus costumbres, sus paisajes, que les cantan a sus comidas, acompañan las luchas, los momentos laborales y que también acompañan las fiestas y las ceremonias importantes de sus familias. Esa claridad me la dio el territorio cuando volví a buscar un poco y a encontrarme más con eso que de pronto ya tenía, pero no entendía muy bien. Hablando del territorio, su música está muy influenciada por los sonidos y por la cultura del sur ¿qué cree que Colombia puede aprender de Nariño? Muchísimas cosas. El carnaval, por ejemplo, es una gran escuela; el celebrar el encuentro dentro de un marco artístico, cultural, social; el celebrar el baile, el tomarse las calles para el abrazo o para una manifestación artística es una gran enseñanza que en otras regiones no entienden muy bien. Ahí hay un valle, hay una metáfora y ahí hay un símbolo muy poderoso que debemos entender y que podemos expandir. Hay que seguir narrando y hay que seguir invitando también, porque finalmente ese territorio, el sur, también hace parte de esta locura llamada Colombia. Que el arte y que nuestras formas de manifestación también sean una invitación al viaje, a venir a conocernos más y todo lo que estamos viviendo. La situación social está dada por eso, porque no nos conocemos y no hemos buscado en nuestro propio territorio. Por ejemplo, con la minga, hay un desconocimiento, un agente colonizador que nos enseñó que lo valioso era lo que estaba en Estados Unidos y en Europa y nunca vimos todo lo que nos puede enseñar una cultura ancestral de la que también venimos, que ha habitado, ha cuidado y ha sembrado en estos territorios por muchos más años. ¿Cómo seguir cantándole a la esperanza en medio de todas las tragedias que pasan en Colombia? Yo siempre soy muy esperanzador, trato de sacar una enseñanza así sean cosas muy difíciles, pero me gusta también esa idea de poder retratar la crudeza, la frialdad y creo que está bien e incluso hasta pueden ser canciones que en el fondo pueden generar más impacto que las que te llenan de esperanza y que quizás solo están barriendo encima de algo superficialmente. Esas cuestiones me las he hecho mucho y me gusta la idea de presentar esas dos opciones, o sea, no sólo irse por un lado siempre esperanzador de alegría, sino que este lado crudo y frío de la realidad es bien importante que se cuente. Es un lado que incomoda mucho más, que mucha gente no quiere escuchar. Es bien importante recibir ese regalo que te da la rabia, la mezquindad y las injusticias, porque hay ahí mucha inspiración; hay que recibir eso y detonarlo con una canción, con una obra, con un mensaje, con un texto, con acciones también, que te permitan retratar y conectarte. ¿Qué estrofa que haya escrito cree que representa más este momento que está viviendo Colombia? El coro de Nunca Callar : “Fuerza para resistir, libertad para elegir, vida para despertar, para darlo todo y nunca callar”, esos cuatro versos hablan de las resistencias, de la fuerza que se necesita para seguir, para que estos procesos perduren, sean fuertes y generen cambios, generaciones mucho más empáticas y solidarias. Está el despertar como un camino comunitario para no comernos el cuento que nos han vendido por tantos años, el de la guerra, por ejemplo, que para mucha gente está bien. Es un despertar que tenemos que hacer para que entendamos que el agua, la tierra, la educación, la salud y el bienestar tienen que ser parte de nuestro entorno. No es algo lejano, no es algo que uno ve como imposible, sino que es algo que tenemos que exigir y crear en comunidad, en solidaridad y también desde la diferencia, porque la diferencia nos hace más poderosos.
- No ha sido suficiente
No ha sido suficiente María Fernanda Pantano Garzón, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Las medidas que ha tomado el gobierno colombiano frente al asesinato masivo de líderes sociales no han logrado frenar las cifras de muertes. Lea también: ¿Qué está pasando con las masacres en Colombia? Compartir Foto: Wix El 17 de febrero de este año, Alejandro Manugana Cheché, un guardia, líder y médico tradicional indígena, fue asesinado en el resguardo Tahamy del Alto Andágueda en el municipio de Bagadó, Chocó. Los presuntos responsables del crimen fueron integrantes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) , ya que días antes se reportó la presencia de hombres armados que pertenecían al Frente de Guerra Occidental de este grupo ilegal. Con este y otros hechos, se han sumado 34 homicidios de líderes sociales y defensores de derechos humanos en los dos primeros meses del 2021. Según La ONU, las personas con este nombre “se esfuerzan en promover y proteger los derechos civiles y políticos y en lograr la promoción, la protección y el disfrute de los derechos económicos, sociales y culturales”. Además, deben tener el respaldo del gobierno para cumplir con sus funciones dentro de la sociedad, y en Colombia desde la firma del Acuerdo de Paz en el 2016, se han creado y adoptado diversas normas y reglamentaciones legislativas con el fin de resguardar y proteger los derechos de estos representantes sociales . Sin embargo, a partir de esta negociación se han registrado matanzas hacia estas personas por distintas causas de riesgo, entre ellas: la intensificación de la pugna por el dominio y control de economías criminales, la lenta estabilización en territorios donde operaba las FARC, la recomposición de los dominios armados en estos lugares, la expansión de cultivos ilícitos, la actividad de grupos armados ilegales y la diversificación de intereses de la criminalidad organizada. Según Indepaz, se han confirmado más de 1140 homicidios desde la firma del Acuerdo de paz en 2016 . Y se conoce que el año con mayor número de víctimas fue el 2020 respecto a años anteriores, sumando en total 310 asesinatos. Las medidas de prevención, protección y acompañamiento a representantes sociales como Alejandro Maguna no han sido suficientes, pues, si bien, como mencioné anteriormente, el Gobierno Nacional ha acogido medidas de seguridad y ha creado organizaciones de protección para los defensores, la operación de sus funcionarios no ha sido completamente eficiente y han tenido negligencia en su proceder. Por ejemplo, en el año 2018, se adoptó el Programa Integral de Garantías para mujeres Lideresas y Defensoras para construir mesas territoriales de garantías para comunicarse con funcionarios públicos, informar sobre amenazas hacia ellas y evaluar cómo desde el gobierno podían ayudarlas, sin embargo, hasta mayo del 2019 no se había implementado ninguna acción propuesta. Adicionalmente, el Ejecutivo creó en el 2017 la Comisión Nacional de Garantías de Seguridad (CNGS) que está dedicada a desmantelar organizaciones criminales que atentaran contra la integridad de los líderes (decreto 154 del 2017), pero organizaciones pertenecientes a la sociedad civil dijeron que esta comisión estuvo en período de inactividad debido a la “falta de voluntad gubernamental” en el 2019 . Esta misma entidad se reactivó el 30 de enero del mismo año y sesionó 20 veces más. No obstante, en junio del 2020 el partido Los Comunes nuevamente pidió la efectividad de este organismo, pero esta vez ante el asesinato de excombatientes de Las Farc. Por otra parte, el Sistema de Alertas Tempranas (SAT) es una estrategia de la Defensoría del Pueblo para recolectar, verificar y analizar información de riesgo de la población civil para que las autoridades brinden atención inmediata. Ante este sistema, la población ha denunciado negligencia gubernamental, especialmente en el Cauca (departamento con mayores índices de asesinatos de L.S) en donde se han emitido alertas ante la situación crítica en el Cañón del Micay y hay deficiencias en las respuestas de las instituciones. Otro mecanismo de diálogo con las víctimas ha sido la Mesa Nacional de Garantías (MNG), en la cual se tiene como objetivo desarrollar planes conjuntos de protección. No obstante, la ciudadanía se ha quejado de la falta de sensibilización de los integrantes de la mesa frente al tema, la dificultad de funcionarios departamentales para convocar estos espacios y el incumplimiento de los compromisos. En el 2020, incluso, se falló una tutela a favor de la protección de líderes y lideresas sociales y el juzgado decidió que estas reuniones deben efectuarse mínimo cada tres meses. La falta de sintonía de los gobernantes colombianos con los reclamos, los gritos de ayuda y las solicitudes de cooperación ha representado un grave error que ha tenido por resultado que muchos de los hombres y mujeres que defienden a su pueblo, su territorio, sus costumbres y demás, hoy no puedan cumplir sus funciones con plena libertad y tranquilidad. Todos viven con miedo de si lo que dicen o hacen puede ser causa de su muerte, pues no sienten apoyo ni confianza en las entidades gubernamentales. Si los mandatarios quieren que los casos de asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos se reduzcan y que estas figuras que son de relevancia social retomen la credibilidad en ellos y en la misma institucionalidad, deben comprometerse con ellos, asegurándoles su defensa y protección mediante acciones eficaces y rápidas . Y que más allá de crear leyes a favor de ellos se encargaran de vigilar y garantizar el buen funcionamiento de cada programa de protección e investigación que tenga como materia principal a los influenciadores de cada región y trabajaran en conjunto para mitigar esta preocupante situación, teniendo en cuenta la perspectiva de cada líder o lideresa.
- Un héroe invencible
Un héroe invencible Gabriela Castellar Visbal, asistente al Taller de Comunicación Asertiva sobre discapacidad y lenguaje incluyente Fecha: Carlos Arturo Salamanca Pinedo perteneció por nueve años a la Armada de Colombia, hasta que en una operación perdió su pierna derecha. Esta es su historia. Lea también: Suboficiales que valen oro Compartir Foto: Carlos Arturo Salamanca.
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