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  • ¿Eres el lugar en el que vives?

    ¿Eres el lugar en el que vives? Luz Mariana Castillo Rivera, Gabriela Fuentes Esguerra, Camila Andrea Marulanda Rivas y María Camila Riaño Pardo, estudiantes de Comunicación Social y Periodismo La estratificación en Colombia tiene un impacto cultural tan profundo que ha dejado de clasificar únicamente a las viviendas para convertirse en un elemento que facilita la creación de prejuicios y crea barreras de convivencia en el país. Ver también: El costo de vida en Colombia seguirá subiendo en 2022 Compartir

  • Periodismo de misterio 

    Periodismo de misterio Luisa Serna, Danna Peña, María Alejandra Jaramillo, Laura Charry. Comunicación Social y Periodismo Expertos comunicadores y estudiosos del tema analizan esta "narrativa" que se está imponiendo en algunos medios masivos de comunicación. Ver también: Escritor de historias de terror Compartir

  • De rico, a migrante pobre

    De rico, a migrante pobre Valentina Luque González, Comunicación Audiovisual y Multimedios Tras un pasado de lujos en Estados Unidos, Stewart vive como mendigo en La Vega, Cundinamarca. Aquí, la historia del migrante que, sabio e incomprendido, pasó de rico a pobre en Colombia. Lea también: Migrantes venezolanos: hambre e informalidad durante la cuarentena obligatoria 1/19

  • La cárcel de los trastornos

    Durante el confinamiento, la salud mental se vio afectada, especialmente para las personas que ya tenían problemas psicológicos. La cárcel de los trastornos Fatme Sahara Deirani Prieto Durante el confinamiento, la salud mental se vio afectada, especialmente para las personas que ya tenían problemas psicológicos. Disponible en Pulzo Pixabay “El encierro está en mi mente”. Así lo asegura Mariana*. Ella es una joven de 19 años, de ojos verdes y piel morena. Es estudiante de economía, vive con su hermana menor y sus papás, que afirman amarla con todo su corazón. Ella era una niña muy alegre, tenía muchos amigos y amaba salir de fiesta como toda adolescente normal. Sin embargo, cuando cumplió sus 18 años empezó a tener episodios donde hablaba sola y en ocasiones no era clara con sus palabras. En ese momento sus padres se dieron cuenta de que algo no andaba bien y pidieron una cita con el psiquiatra. Ella fue diagnosticada con esquizofrenia. “Cuando me diagnosticaron realmente me sentía bien, no entendí la razón de que mi familia insistiera en que debía ir al psiquiatra, hasta el momento no la entiendo. Dicen que hay voces en mi cabeza, que imagino cosas, pero se siente muy real”, afirma. Cuando inició la entrevista pude notar la ansiedad de Mariana, cómo se agarraba sus manos y sus labios temblaban, no era muy clara con lo que decía y en ocasiones hablaba con incoherencias. Como muchas otras personas con enfermedades mentales, Mariana fue tratada con medicamentos y cada semana acudía a una cita con su psicólogo y otra con su psiquiatra. Era notable su mejoramiento, ya no hablaba sola, estaba adaptándose a su realidad, volvió a sonreír y a salir de fiesta. Su trastorno estaba controlado y aunque debía tener un tratamiento de por vida, estaba aprendiendo a manejar su enfermedad. Todo cambió el martes 24 de marzo de 2020, cuando por una orden del gobierno nacional inició la cuarentena en Colombia. Muchos sectores se vieron afectados por la pandemia de Covid-19, pero sin duda el de la salud mental es uno de los más perjudicados. ”Lo que he visto en estos meses, es que la afectación ha sido para toda la población en general”, exclama la psiquiatra, Rosana Rebeca Glück. Según un artículo de la Universidad de Antioquia, escrito por las psiquiatras Johanna P. Diago García y Adelaida Castaño Mejía, el desarrollo de las capacidades funcionales se ve limitado en estos casos. “Los trastornos mentales crónicos afectan el autocuidado, autocontrol, manejo de emociones e interacciones sociales. Esta población requiere un soporte asistencial extra durante este periodo de tiempo”. El descuido del tratamiento para la mente Mariana, al igual que muchos otros pacientes, empezó a descuidar su tratamiento, dejó de tener sus citas con el psiquiatra y con eso, a perder todos los logros que había conseguido. Los episodios donde ella alucinaba empezaron a reaparecer y se volvieron constantes, vivía nerviosa, desconfiada y ya no se veía feliz, estaba preocupada. La médica psiquiatra Glück asegura que “el tema del encierro y estar aislados de sus actividades normales provoca una grave afectación. Lo que sucede en este tipo de situaciones es que los síntomas se pueden incrementar. A veces una persona que ya estaba bien y estaba regulada con algún problema, puede generar aumento de la sintomatología”. Según la Organización Mundial de la Salud, “Episodios de ansiedad, depresión y trastornos de alimentación, estarían reapareciendo en las personas por efecto del aislamiento preventivo”. La psicóloga Juliet Vélez, de la organización Soyuz, dedicada a la prevención y tratamiento de problemas de salud mental, recomienda que las personas que ya venían con un proceso terapéutico en psiquiatría no lo descuiden, ya que los individuos no son adherentes al tratamiento y el confinamiento hace que se aíslen más, creen que no lo necesitan por tener ahí a su familia. “Hay muchas técnicas no farmacológicas que damos los y las psicólogas, que pueden ayudar mucho a la salud mental de estos pacientes”, afirma. El Ministerio de Salud informó por medio del Boletín de Prensa No 350 de 2020, que se han generado todos los mecanismos normativos para facilitar la implementación de estrategias de atención en modalidades virtuales y domiciliarias para garantizar el seguimiento continuo y adherencia a los tratamientos necesarios para asegurar el derecho a la salud mental de los colombianos. Desafortunadamente, muchas personas lo desconocen y dejan sus tratamientos “por un tiempo”. Lo más difícil del encierro No hay una enfermedad específica que sea vulnerable al confinamiento, todo depende del paciente y su continuidad con el tratamiento, aunque hay trastornos que se complican, como por ejemplo el estrés postraumático, es decir, cuando las personas re experimentan un trauma. “Alguien que alguna vez estuvo secuestrado o en un encierro muy fuerte, puede volver a experimentar ese trauma, entonces muchas personas buscan escapar, ir a un parque o de viaje, sin respetar la cuarentena. Entonces se aumenta la sintomatología y puede ser el doble de traumático”, afirma Juliet Vélez. En las personas que ya venían con trastornos mentales, según la doctora Glück, la cuarentena es más complicada porque hay muchas patologías y hay pacientes con distintos tipos de problemas. “Por ejemplo, en las personas que ya tienen ansiedad o que tienen trastornos obsesivos compulsivos o depresión, el tema del encierro y estar aislados de sus familias o sus actividades normales provoca una grave afectación”, explica. Mariana comenta que para ella fue muy confuso el confinamiento y no sabía cómo acudir a sus citas con normalidad y aunque su familia estaba muy pendiente, ella se sentía cada día más desubicada. Los métodos para ayudar a la mente en cuarentena Muchos especialistas no estaban preparados para tratar a sus pacientes tras una pantalla. La psicóloga Vélez, de la empresa Soyuz, aseguró que esto ha sido todo un reto para los profesionales en salud mental. “A nosotros también nos ha tocado adaptarnos, ya que muchas técnicas de intervención son presenciales”. Sin embargo, el Colegio Colombiano de Psicólogos, que es el que los rige y los controla, ha montado muchos protocolos para el manejo de la tele psicología y por su parte, el Ministerio de Salud lo ha hecho con todo lo que tiene que ver con telesalud. La médica psiquiatra Rosana Glück cuenta algunos de sus métodos para tratar a sus pacientes en cuarentena. “Uno procura trabajar con medidas cotidianas, de estrategia, como el entorno familiar, social o alguna amistad. Ver más o menos con qué recursos uno cuenta para buscar el apoyo emocional. Por otro lado, están las herramientas farmacológicas que no todos los pacientes necesitan, pero cuando las necesitan uno utiliza medicamentos para mejorar el sueño, controlar un poco la ansiedad, pero definitivamente en casos muy puntuales”. Según Vélez, las técnicas virtuales no son tan efectivas para algunos trastornos y por eso se puede recurrir a la imaginería o técnicas de realidad virtual, que es un método que recurre a la imaginación de distintas situaciones y, según un artículo publicado por Andrés Carrillo, en la revista de Psicología y Mente, “se usa principalmente con la finalidad de ayudar al sujeto a controlar estados de ansiedad; desde el tratamiento contra las fobias hasta mejorar la sintomatología”. “Los tratamientos han cambiado, sin duda, a raíz del confinamiento y se puede decir que de manera positiva y negativa, ya que al estar aislados se da mayor visibilidad al uso y efectividad de los tratamientos psicológicos”, afirma la psicóloga María Camila Triana. Los expertos reiteran que es necesario que personas con problemas en su salud mental se mantengan en tratamiento desde la virtualidad, con nuevas técnicas, que cada día muestran más avances, para así no descuidar su tratamiento durante la cuarentena, ya que esto puede provocar una pérdida en los logros de su terapia y la falta de seguimiento hace que cada día empeoren más y su mente se transforme en una verdadera cárcel. El nombre de Mariana * ha sido modificado para preservar la intimidad de la persona.

  • La gastronomía gris de una ‘potencia cultural’

    La gastronomía gris de una ‘potencia cultural’ Laura Angélica Lenis Llano, estudiante de Comunicación Social y Periodismo Fecha: El Septimazo en Bogotá es un paso peatonal donde se vende comida de todo tipo. Para los extranjeros es una maravilla; para los vendedores, una ruta carente de apoyo gubernamental. Lea también: Compartir Foto: Laura Angélica Lenis 16 de abril. Edgar salinas, chicharronero por 32 años, cortando una porción de $5.000 en la séptima con 13. Bajo el manto de polisombras del Palacio de Justicia se alza el Septimazo. Compuesto por poco más de 16 cuadras de recorrido por la que algún día fue la Calle Real de la Santa Fe religiosa del siglo XVI. Ahora es un sendero de todos y de nadie, de vistas culturales y ceguera estatal, de alimento para la pobreza y para el público. En 2012, la lucha de la Séptima por conservarse como un sendero peatonal fue determinada victoriosa por el —en ese entonces— alcalde Gustavo Petro. Con más de 72 mil millones de pesos se dio por iniciado uno de los proyectos más importantes para Bogotá. Siete años después, el cúmulo turístico y de comercio informal más grande de la ciudad estaría terminado. Adolfo Páez es un vendedor ubicado en la calle 21. En ocho meses cumplirá 14 años trabajando al servicio de los transeúntes en un quiosco dispuesto por la Alcaldía, pero también en su rebusque informal de alquiler de tableros de ajedrez y mesas para jugar. Cuando voy a la mitad de la pregunta acerca del proceso de renovación del Septimazo, me interrumpe. —¡Pere, pere, es que hay una cosa! Lo que pasa es que como usted es joven, usted nació hace poquito, no sabe—, hace una pausa y deja de prestarme atención para llevar un tinto a las mesas. Le pregunto qué es lo que no sé; no me responde exactamente, pero me mira con angustia e incomprensión. En un lugar donde ni un segundo se escapa del ruido creciente de los vendedores y visitantes, el silencio de Adolfo me dice más de lo que puede expresar con palabras. No sé, aunque lo intente, lo que ha sufrido alguien que lleva trabajando más de diez años en una carrera que da de lo que —muchas veces— no tiene. No sé lo que ha visto porque no estoy todo el día en el Septimazo y no sé lo que ha vivido y superado para seguir sonriendo cuando una persona —joven e inexperta como yo— se interesa realmente por escucharlo. La Carrera Séptima está rodeada de un gris uniformemente distribuido en bloques de cemento —edificios— de distintas alturas y antigüedad. El color crema o amarillo claro se reserva para estructuras alimentadas con dinero: la Catedral Primada de Colombia, el Palacio de Justicia, el Museo de Llorente. Quienes invaden la vía pública no tienen derecho a este paisaje; por lo que ofrecen sus productos en un ordenado tumulto sucio, limitado, gris. Sobre el costado derecho, en sentido sur-norte de la Carrera Séptima, me encuentro a Miguel Roa. Podría ser fácilmente descrito por Páez como otro ‘que no sabe’. Lleva en Colombia dos meses y vende Shawarmas, una mezcla a la brasa de pollo y carne, lechuga, tomate y salsas mixtas envuelta en una tortilla de pan árabe. Asegura que le ha ido bien, que nunca pensó que saldría de Venezuela y que si pudiera decirles algo a los colombianos sería “Dios los bendiga”. Miguel fue bendecido con no sufrir la incertidumbre de ver su medio intangible de trabajo—una calle— inestable entre la construcción de una nueva calzada de Transmilenio, un corredor ambiental de transporte u otro medio para seguir repellando el sustento diario. —Todo eso se llenó de polvo, de huecos, nos sacaron de acá, me mandaron pa’ otro lado, después volví […], pero me quitaron de acá como por tres meses—, detalla Adolfo Páez cuando regresa de su pausa. En un país en el que el 31,3% de personas sufre de hambre, se vende comida. “Yo hubiera quedado muerto [si hubiesen implementado el acceso vehicular en la Séptima]”, me dice mientras despacha un cigarrillo y un dulce de cien pesos. En el módulo 007 – lado A de una caseta casi plana de aluminio dispuesta con un cubículo igual en la parte de atrás – trabaja Adolfo. Su afición es el ajedrez, pero lo que menos le da de comer al país es su Hobbie. La alternativa de formalidad propuesta por la Alcaldía, de la mano del Instituto para la Economía Social (IPES), cuesta de 17 a 20 mil pesos al mes, a modo de membresía de los plateados puestos urbanos. Eso si no le toca a la persona —como es el caso de Estela Galindo— pagar la lujosa cuota de 200 mil pesos a Promoambiental Distrito. La empresa de limpieza exime al vendedor del arriendo mensual a cambio de ésta ‘módica’ suma, recargable al recibo de la energía por el concepto de limpieza al espacio público. Un olor salado interrumpe el penetrante dulzor de los fluidos corporales que se rehúsan a abandonar las paredes de la Iglesia de San Francisco, en la Avenida Jiménez con Séptima. Pese a los elevados costos y los esfuerzos de los funcionarios de uniforme verde patrocinados por el distrito para limpiar; la masa tiene un olor característico que no se borra ni con lejía ni con años de olvido. Yazmin Pineda es de Ibagué, y vive en Bogotá hace más de diez años junto a su esposo, Diego, y sus hijas, Alejandra y Luisa. Es una visitante conmovida por la cultura, los dulces, la caña de azúcar y las frutas del Septimazo, pero no se atreve a comprar algo que tenga mucho proceso para ser terminado porque no lo ve higiénico. Tal vez la mezcla de la vista gris con el olor nauseabundo de la marihuana no le permite desear más que los sabores tropicales de un mango biche o un jugo de mandarina. “De pronto la fruta o de pronto un juguito, […] pero ya la comida más elaborada, digamos un perro, una hamburguesa, algo así, me gusta —nos gusta—, pero somos muy reacios a probar eso cuando vemos el lugar”. Decidí caminar hacia la torre Colpatria. A medida que el tumulto disminuía, vi un carrito de metal con una estructura de madera encima; lo que comúnmente se conoce como trapiche. Víctor Castrillón me explicó que es una estructura de piñones de madera que muelen la caña fresca para convertirla en jugo. Desde Mesitas del Colegio viene un producto codiciado en el Valle del Cauca del que se extrae dulce, melcocha, bocadillo, insumo para aguardiente o ron, panela y —por supuesto— azúcar. También jugo fresco de caña y guarapo, me explica Víctor mientras extrae un vaso para dármelo a cambio de 2 mil pesos. La caña dura fresca seis días; a los ocho, cuando ya está fermentado el líquido en su interior, se muele pasa sacar guarapo, que es un 20% más caro que el jugo. La bebida sabe a la frescura clorofílica de una planta cruda, pero con muchísimo dulce. Le agradezco al hombre y continúo caminando por la calle 19. Veo, mientras tanto, un grupo de personas jóvenes entrando a un local de BBC. Me imagino que buscan disfrutar de un licor fermentado tradicional colombiano de la licorería insignia de la capital: Bogotá Beer Company. Sigo tomando mi jugo de caña. Con más años y menos inercia local podría ser reconocido también como una bebida insignia. En la calle 24, frente a la torre que desde 1980 ve a Bogotá desde arriba, está Paola Uribe. A pocas cuadras del Planetario de Bogotá es común ver una caravana completa de puestos de hamburguesas y perros calientes. Paola afirma que cada vendedor se acomoda donde quiera, donde le convenga más vender su producto; respetando, por supuesto, la antigüedad de quienes llegaron antes. La calle tiene su importancia, la comida —para los vendedores— también. Paola trabaja con su abuelita desde 2018, para ese año aún no habían terminado todo el tramo peatonal del Septimazo. —Los puestos se corrían […] fue muy complicado por los olores, porque salía mucho animal, ratones y todo eso—, menciona mientras raspa la plancha donde asa la carne. Luego de la tormenta, viene la calma, pero también vientos nuevos que se acrecientan antes de volverse otra tormenta. Es por eso que, tras esperar siete años para que la renovación terminara —y cuando se creía que el porvenir comercial sería mejor— llegó una pandemia. Para los vendedores, el Gobierno Distrital no da soluciones. “No dicen: vamos a acomodarlos en tal lado y si dicen eso, sería en un lado donde no abunda gente. Donde uno no vendería”. Durante la inactividad, Paola no pudo sacar su puesto. Ella y su familia se fueron para donde unos familiares que tenían casa propia y que les solventaron hasta la falta de comida. La misma que venden y la que no tuvieron por más de un año. —Nada volvió a ser como antes, antes las ventas eran mucho mejores que después de eso [la pandemia]. Además, ahorita todo está más caro. Entonces para vender no se gana lo que se ganaba hace un tiempo y la gente no paga lo que uno está pidiendo—, reitera Paola. Según informes del IPES, en 2020 —como parte del Sistema Distrital de Bogotá Solidaria en Casa— se facilitaron 308 quioscos dobles, o sea 616 módulos. Además de 42 módulos individuales en 11 localidades de la capital, 85 módulos en cuatro estaciones de Transmilenio (incluida Las Aguas) y 343 triciclos ubicables en las 20 localidades de Bogotá; todo esto para atender la contingencia sanitaria del covid-19 que afectó mayoritariamente a los trabajadores informales. Sin embargo, para ese mismo año, el gremio llegó a la cifra de 86.946 personas, por lo que —suponiendo que todas las ayudas fueran tomadas— 86.196 vendedores no tuvieron acceso a este aliciente. Debido a esto, luego de casi dos años de inactividad, bajas en las ventas y momentos de necesidad dignos de la narración de un viacrucis, Adolfo Páez, Alirio García, Arístides Ventura, Flor Rodríguez, Franklin Cisneros, José Colmenares, Luis Carlos Perdomo, Miguel Roa, José Flores, Paola Uribe, Rigo Olivares y Edgar Salinas se alzan de nuevo en la Carrera Séptima. Se arman de valor y constancia para seguir con su labor. Algunos porque es lo único que pueden hacer y otros, como Edgar, porque les gusta, les da la libertad de manejar su tiempo como mejor les parezca. Con una voz alegremente parlanchina, Edgar Salinas me cuenta que lleva 32 años vendiendo chicharrón. En la Séptima lleva tres porque con las reparaciones, los impedimentos oficiales para vender y la disminución en el flujo de personas, le resulta más viable explorar otras zonas. Me cuenta que compra su materia prima —el tocino— en el matadero de Guadalupe, en la autopista sur con calle 66. Sazona la carne, en su casa en el barrio Santa Fe, con naranja, limón, mandarina, ajo, cebolla y sal. Guarda su producto en una nevera y sale de su casa a la calle décima con carrera décima; llega a las diez de la mañana. A la Séptima llega a la una de la tarde y se va cinco horas después. El día domingo vende casi medio salario mínimo —unos 500 mil pesos—, Edgar estima que el 65% de sus clientes es extranjero, sobre todo no latinos. Aubriaunna Stafford es una turista estadounidense —de Nuevo México—. En sus dos días de visita en Bogotá fue cautivada por los aromas nuevos de la Carrera Séptima, sobre todo por los productos del gremio de Edgar, por el chicharrón que compró cerca al ‘Parlamento’ —la Plaza de Bolívar—. Le sigue la fruta, me dijo «Colombia taste fruity ». Un vaso de mango podría costarle a Aubriaunna 81 centavos de dólar —unos tres mil pesos colombianos— y una libra del mismo ejemplar, pero maduro, un dólar y 61 centavos —seis mil pesos—. 95.787 personas visitaron Colombia en el primer trimestre del año pasado, durante los primeros pilotos de reactivación económica. Ole Blank es un alemán que disfruta —también— del chicharrón y me dice emocionado que le encanta Colombia: la potencia cultural de Latinoamérica. Proceso las palabras de felicidad de alguien que, por primera vez, ve mi ciudad. Al son de ‘lástima que seas ajena’, del ya fallecido Vicente Fernández, me devuelvo en mis pasos hasta la plaza de Bolívar pensando en que la alegría de unos es la desdicha de otros. A mi derecha veo a un hombre vendiendo almuerzos en un carro rojo de varillas metálicas, como los de hacer mercado en las plazas. Le pregunto el precio: $3.500, le pregunto su nombre y responde —Vea, yo se lo dejo a 3 mil con arroz, principio y jugo—. Le agradezco y sigo caminando bajo una incipiente lluvia que para mí representa regresar a mi apartamento, al norte de la ciudad; para los vendedores ambulantes de la Séptima, su mayor enemigo. Incluso más que la policía —que empieza a despachar a los vendedores a las 6:30 p. m. — y la inminente formalización dispuesta por la cabeza de la Alcaldía, Claudia López de lo que —en las calles de Bogotá— no se puede formalizar. Bajo las —ahora húmedas— polisombras, cientos de sombrillas de colores se apretujan para escampar la comida de la Calle Real. Otros cientos de transeúntes corren a comprar algo para comer mientras cesa la inclemencia de un cielo gris, como los edificios. Dejan en las manos sucias, callosas por el trabajo, dos mil pesos. Bajo los nubarrones capitalinos se oculta el realismo mágico —más bien irónico— del país “próspero y justo que soñamos”, del país que soñaba el visionario de Macondo.

  • Las calles son nuestras 

    Las calles son nuestras Laura Alejandra Ortiz Bautista, Comunicación Social y Periodismo Fecha: Bonitos o no, estéticos o no, los graffitis esconden un mundo que pasa imperceptible para los distraídos. Lea también: Marca de color Compartir Foto: Foto: Laura Ortiz “El arte callejero es una manera de reclamar nuestras calles. Porque las calles no les pertenecen a los carros, ni a los buses ni a los anuncios de Coca-Cola, nos pertenecen a las personas”, me dijo ella mientras, con una brocha, trazaba delicada, pero firme, la primera línea de lo que un par de horas más tarde se convertiría en eso: un reclamo. Su nombre es Marcela Esguerra, mejor conocida artísticamente como “Perversa”. Una muralista oriunda de la capital, madre, empresaria y activista que aparenta mucha menos edad de la que tiene. Con solo una mirada se puede intuir su espíritu de artista: pantalones negros salpicados ligeramente con gotas de pintura blanca, amarilla, rosa y azul; un camibuso del mismo color que cumple la función de protegerla tanto del frío como de una quemada al estar expuesta por tantas horas a la tenacidad con la que a veces actúa el sol bogotano; lleva su cabello recogido en unas rastas largas que de vez en cuando reciben la pintura que sus manos dejan caer con descuido sobre ellas, un piercing plateado en la nariz y una mirada soñadora que ve arte en cada esquina de la ciudad. “Ella es la persona más inteligente que conozco”, comenta Óscar, quien prefiere ser llamado Saintcat, como un precursor del street art capitalino. La relación de Óscar y Marcela es un choque artístico. Son dos muralistas talentosos que quieren ver arder el mundo y, aunque antes hayan sido pareja y esa relación no haya funcionado, son socios y colegas que desde hace más de 10 años trabajan para poder vivir del arte por medio de su empresa: War Design. La cita era en el eje ambiental de Bogotá, muy cerca de la estación de Transmilenio Aguas, un viernes en la mañana. “Estoy en el CAI”, contestó al rato con un mensaje. Resulta que Óscar y Marcela habían llegado al lugar elegido para hacer el mural cuando un entusiasta, protector del patrimonio cultural, empezó a hacer alboroto por el muro a pesar de que ellos llevan años pintando allí. Eso lleva a un punto bastante complejo del oficio: ¿hasta qué punto se puede decir que es arte o vandalismo? Considero que la respuesta a esta pregunta es completamente subjetiva y que, como siempre, no hay verdades absolutas. “Yo nunca había tenido problemas con la policía porque, de hecho, nunca he pintado ilegalmente. Entonces allí, sobre la Jiménez, llegaron ellos a pedirnos documentos, un procedimiento normal. A veces dicen que no se puede pintar y ya. Sin embargo, a mí nunca me había pasado. El problema en este caso fue un contratista de patrimonio, que le exigió a la policía de manera muy insistente que nos multara. Nosotros tenemos permiso de propietario, pero no de patrimonio, y eso fue de lo que se aferró este hombre como argumento. Yo le pregunté si haciendo eso sentía que sí hacía algo, porque evidentemente no es una persona que vaya a salir a las tres de la mañana a la calle para cuidar el patrimonio. Supongo que este tipo de persecuciones son importantes en el pequeño mundo que tiene en su cabeza. Proteger patrimonio no es acumular multas, eso no tiene ningún sentido”, comenta Marcela. Así que, cuando finalmente nos encontramos en la 82 con 15, el lugar en el que ella usualmente pinta, ya había perdido bastante tiempo. El mural de ese día era un encargo para War Design y debía estar listo antes de las 3 de la tarde. A pesar de haber empezado el día de aquella manera, Marcela me saludó con una gran sonrisa, me presentó a Óscar y me mostró el boceto del mural, ante el cual no pude evitar emocionarme. Se trataba de una propuesta de matrimonio, pero, a pesar de mi romántica reacción, ella dijo “a mí no me gusta, esto me parece demasiado cursi ¿te imaginas que le diga que no?”. Así que, aunque ni a Perversa ni a Saintcat les convenciera la idea, se equiparon con su ropa de pintar, dos maletas llenas de aerosoles y vinilos y empezaron a trabajar; entre tanto, mis colegas y yo también preparábamos nuestras cámaras, ansiosos por conocer el resultado final. Marcela es muralista desde hace 10 años. Un día agarró sus materiales y se lanzó a hacer su primer mural. Desde el principio su estilo ha retratado sus valores feministas y especialmente activistas, “ella siempre está apoyando causas humanas”, señala Saintcat. Tiene dos grandes proyectos que son “Perversa”, por supuesto, y “Ven, seremos”. La iniciativa del proyecto, que además lleva su nombre artístico como estandarte, es hacer de la ciudad un lugar menos hostil para los niños, pintando monstruos de colores en sus calles. El resultado es una paradoja tan divertida como llena de color: patos con cuatro ojos, pulpos enormes con dientes afilados e iglesias en llamas que son una crítica social y defienden que ellos en sí mismos no son el verdadero peligro y, aun así, lo perverso también se viste de colores brillantes. Por otra parte, “Ven, seremos”, un proyecto que cumple dos años de existencia, maneja un estilo bastante diferente y llama la atención de las personas por su contundencia. Si alguna vez ha visto paredes que le dicen a gritos “no te rindas”, “sin miedo” o “no estás sola”, es porque en serio no lo está. Estas tres frases recorren la ciudad en vibrantes letras amarillas sobre un fondo negro, y es justamente su simplicidad lo que denota la fuerza y la autenticidad del mensaje. En agosto de 2016, Marcela tuvo que afrontar la pérdida de su hermana menor, acontecimiento que provocó un impacto enorme en su vida; justo en esos días, su vida no tenía los colores que tiene su obra. Además de cargar con el dolor de la ausencia, en diciembre de ese mismo año ocurrió una tragedia que paralizó la ciudad por mucho tiempo, de hecho, aun se me hace un nudo en la garganta recordar el nombre de la víctima: Yuliana Samboní. Esta serie de eventos desafortunados conmovieran profundamente los principios activistas de Marcela, pero, especialmente, su empatía. “No estás sola fue la primera frase que pinté. Tenía todo listo y una mañana me dije: tengo que hacerlo. Tenía permiso para pintar en el muro de la 67 con séptima, muy cerca de donde vivía Rafael Noguera, el delincuente ese”. Y, a pesar de que el primer mural es en memoria de aquel terrible feminicidio que sacudió el país, el proyecto nació como algo egoísta: “quería pintar en las calles aquello que necesitaba leer en esos momentos. Sé que en el fondo todos sabemos que no estamos solos, pero a veces necesitamos que nos lo recuerden”. Volvemos a la base fundamental de que las calles están llenas de historias. Historias de pérdida, de amor, de rebeldía y desencanto; y, en la magnífica subjetividad del arte y la belleza, las paredes pueden decirte mucho o no decirte nada en absoluto. Mientras tanto, artistas urbanos como Perversa, Saintcat y tantos otros, siguen luchando por el mismo objetivo: reclamar nuestros espacios públicos como un lienzo para plasmar la visión del mundo, lo que nos indigna, lo que nos apasiona, lo que somos. No como colectivos, no entregando una visión homogeneizada ni uniforme, porque al fin de cuentas, aunque merecemos igualdad, no pensamos ni sentimos de la misma manera. Lo que me duele a mí puede no dolerle al otro y justo ahí está la riqueza del arte. 3:00 p. m. El mural está terminado. Un hermoso retrato de la chica a la que pronto le pedirán matrimonio con una frase bastante cursi en el fondo. Los cuerpos de los artistas cansados, pero satisfechos, reflejan el amor con el que trabajan. La mirada radiante de Marcela al ver la pieza terminada es un reafirmar de su credo y es que las calles son nuestras.

  • Presupuesto para educación superior pública es el mismo de hace 30 años

    La crisis de la educación superior estatal ha crecido tanto que las universidades oficiales ya no cuentan con recursos financieros para terminar este año. Presupuesto para educación superior pública es el mismo de hace 30 años Laura Natalia Sáenz Pedraza. La crisis de la educación superior estatal ha crecido tanto que las universidades oficiales ya no cuentan con recursos financieros para terminar este año. Disponible en Pulzo Cortesía: Universidad de la Sabana “Vendido para cubrir el déficit presupuestal”, eso dice el letrero que está en las ruinas de la Universidad Nacional de Colombia o, mejor, en el único recuerdo que le queda a Miguel, estudiante de arquitectura, del edificio en el que solía estar su facultad, que hace 6 años dejó de funcionar por problemas de infraestructura, y que hace 4 fue derrumbado porque en cualquier momento iba a caerse. Tres edificios diferentes, entre ellos unas bodegas que están destinadas a ser un hospital, y que pronto tendrán que desalojar, conforman la nueva facultad de artes, que en mucho tiempo no ha tenido la oportunidad de reunirse porque hasta el momento no hay señales de que construirán de nuevo el edificio que tuvo que ser derrumbado. Sin embargo, Miguel y algunos de sus compañeros decidieron asistir al Encuentro Nacional de Estudiantes de la Educación Superior que tuvo lugar en septiembre y que reunió a universitarios de todo el país para discutir las posibles soluciones para la crisis que viven. La conclusión más importante es que se necesitan acciones inmediatas del Gobierno que permitan que las universidades públicas se mantengan y puedan brindar una educación de calidad. Las peticiones de alumnos, profesores y administrativos no son nuevas. Desde hace años la preocupación ha venido creciendo por el abandono de las universidades estatales y, en este punto, ya se ha convertido en una angustiosa necesidad, porque la mejor virtud de los rectores –administrar bien lo poco que tienen– ha sido también su mayor defecto, ya que al ver que las universidades se mantienen en los mejores puestos en Latinoamérica, se da por hecho que están en perfecto funcionamiento. El inicio del fin Según Beethoven Herrera, profesor de la Universidad Nacional y experto en economía, la crítica situación que viven hoy las Instituciones de Educación Superior (IES) públicas es una consecuencia, principalmente, de la Ley 30 de 1992. Esta determina en el artículo 86 que dichas instituciones recibirán anualmente aportes financieros, del presupuesto nacional, con un incremento basado en el índice de precios al consumidor (IPC), lo cual quiere decir que las contribuciones se actualizan únicamente para mantener el valor del dinero en el tiempo, pero sin tener en cuenta el crecimiento de las universidades. El número de estudiantes, la planta docente, la oferta de programas tanto de pregrado como de posgrado, los grupos de investigación, entre otros aspectos que han aumentado con el paso del tiempo, están siendo financiados exactamente con el mismo dinero de hace 30 años. La educación pública ha incrementado aproximadamente en un 200 % su cobertura a pesar de la desfinanciación. Para el año pasado, según datos del Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES), la Universidad Nacional contaba con 53.871 estudiantes; la Distrital, con 26.280; y la Pedagógica, con 9.663, lo que representa que, solo en Bogotá, 89.000 personas reciben formación por parte de estas instituciones, quienes la ofrecen a punta de recursos propios: consultorías, donaciones de privados e incluso préstamos. Daño colateral “Quiero invitar a todos mis estudiantes a que se manifiesten, de manera pacífica, para que sigamos defendiendo la educación pública que es tan importante”, dijo Dolly Montoya, rectora de la Universidad Nacional. Y es que no se necesita un recorrido completo en una universidad pública para entender por qué los alumnos exigen con urgencia que se les preste atención. El resultado del déficit financiero, que ya está cerca de los 16 billones de pesos, es un panorama difícil para todos los que conforman las instituciones estatales. La falta de recursos se ve reflejada en todos los factores posibles y, tal como lo afirma el ‘Estudio del Déficit de las Universidades Públicas’, que realizó el Sistema Universitario Estatal (SUE), las universidades deben priorizar sus gastos y atender, en primera instancia, aquellos de obligatorio cumplimiento, como la contratación de personal, las transferencias de ley, los servicios públicos y los impuestos. Lo anterior resulta en la postergación de la construcción de los edificios que albergan facultades como la de Miguel, dado que no alcanzan los recursos para equipar la planta física. Lo más preocupante es que muchas otras facultades están sufriendo problemas grandes de infraestructura, y tener que derrumbar otro edificio solo agravaría la situación económica y, lo más importante, la calidad de la educación que se les brinda a los estudiantes. Por otro lado, y no menos preocupante, está la situación de los docentes, quienes parecen resistir más por amor a sus estudiantes que por otra causa. En los últimos años se ha implementado la figura de profesor ocasional en las universidades públicas, lo cual representa, en palabras simples, que reciben un salario durante ocho meses del año, mientras que los cuatro meses de inactividad académica no tienen ningún ingreso. Existen profesores ocasionales que han trabajado bajo esa figura durante 10 o más años. Los esfuerzos de las universidades públicas por crecer son evidentes, pero, lastimosamente, el progreso de la universidad parece convertirse en un arma de doble filo, y así lo comprueba el Informe de Educación Superior en Iberoamérica, realizado por el Centro Interuniversitario de Desarrollo (CINDA), en el 2016, cuando dice que, a la final, las universidades de un desarrollo relativo mayor terminaron con desequilibrios graves y explícitos en materia de laboratorios deficientes, tecnología y comunicaciones, y limitaciones serias en diversos factores. Actores secundarios Si bien es cierto que la mayor parte del hueco financiero de las universidades estatales se debe a la ley ya mencionada, también es cierto que, además, se han tomado decisiones que solo empeoran la situación de las instituciones oficiales. Según Cristian Reyes, representante de la Asociación Colombiana de Estudiantes (ACEU), en el 2000, el Icetex tenía el 2,1 % del presupuesto público para la educación superior, en el 2017. Dicho presupuesto ascendió al 20,1 %. Cabe recordar que el Icetex brinda créditos educativos que financian, en su mayoría, a los estudiantes que ingresan a universidades privadas. En la otra cara de la moneda está el programa ‘Ser Pilo Paga’ que, según Carlos Hernando Forero, director ejecutivo de la Asociación Colombiana de Universidades (Ascun) acudió a algunas fuentes que estaban destinadas a la financiación de la educación superior pública. Cerca de 2 billones de pesos fueron usados para sustentar el programa que, por disposición de la nueva administración, está próximo a acabar. Sin embargo, el hecho de que el programa sea reformado o cambie no significa que los recursos serán direccionados completamente a las universidades públicas ya que, de igual forma, se debe proponer un programa de mérito para el acceso a la educación. Respecto de este tema, Cristian señala que incluso si todos los recursos del programa fuesen a las universidades públicas, no sería posible ampliar la cobertura porque en este momento hay que enfocar todos los esfuerzos en un saneamiento progresivo de los grandes inconvenientes que existen en la actualidad. Lo anterior supone un reto para el Ministerio de Educación, puesto que debe continuar con algún programa que premie la excelencia de los bachilleres y, al mismo tiempo, designar buena parte de los recursos a las IES públicas. ¿Gasto o inversión? Beethoven Herrera asegura que está demostrado científicamente que la única vía para llegar al desarrollo, para conseguir movilidad social y para superar la pobreza es la educación. De hecho, países como Dinamarca y Suecia invierten gran cantidad del producto interno bruto (PIB) en la educación de sus ciudadanos. En Colombia, 6 de las 10 universidades con más grupos de investigación son de carácter oficial. La investigación es uno de los factores que más se tienen en cuenta para posicionar una universidad en un ránking de calidad. La importancia y el apoyo que se les da a estos grupos es mucho menor de lo que debería ser, ya que, si las investigaciones en las universidades logran surgir y obtienen buenos resultados como patentes registradas, el PIB crecería. Dicha proporción nos lleva a reformar el pensamiento de que el dinero destinado a la educación superior es un gasto, y permite verlo como una inversión que no solamente activará la movilidad social, sino que dará frutos a nivel económico, más adelante. Sin embargo, el camino para adoptar esta idea parece largo. Según el anteproyecto de presupuesto del Ministerio de Hacienda, el dinero destinado a Defensa solo se diferencia del de la educación en 6 billones de pesos; es la segunda institución con más presupuesto en el país, incluso en el marco del proceso de paz que se vive en Colombia. En línea con lo anterior, la ministra de Educación, María Victoria Angulo, en conversación con un medio radial, aseguró que para la educación superior se tiene presupuestado medio billón de pesos y un aumento porcentual del 1,8 % adicional al IPC. Sin embargo, los estudiantes exigen cerca de 4 billones de pesos de emergencia para el funcionamiento de las IES públicas. Serán muchas las manifestaciones, las asambleas, las reuniones solicitando recursos, y los ceses de actividades si no existen esfuerzos conjuntos para priorizar y ver la educación como el mejor camino para el desarrollo del país. La conclusión a la que llegan profesores, estudiantes, expertos y directivos de instituciones como Ascun es que el apoyo a la educación superior pública es una cuestión que se construye, y empieza, en gran parte, con la voluntad política de la administración; voluntad que esté encaminada a brindar a estudiantes como Miguel, la oportunidad de recibir formación en edificios que no estén a punto de caerse, con profesores que cuenten con condiciones laborales justas y en ambientes que permitan su pleno desarrollo.

  • Los superhéroes del cómic llamado 2020

    Jesith Osorio, un superhéroe, esposo y padre de familia, asumió la misión de salvar vidas con una armadura especial: tapabocas, hisopos y piyama quirúrgica. Los superhéroes del cómic llamado 2020 Daniel Fernando Clavijo Bolivar Jesith Osorio, un superhéroe, esposo y padre de familia, asumió la misión de salvar vidas con una armadura especial: tapabocas, hisopos y piyama quirúrgica. Disponible en Pulzo Daniel Fernando Clavijo Bolivar Mascarilla N95, monogafas, piyamas quirúrgicas, polainas, caretas, entre otros equipos de protección personal, hacen parte del traje de los superhéroes del 2020. Se cambiaron las capas por tapabocas. Ya el alcohol no hace parte de fiestas o de reuniones con amigos, ahora se aplica en las manos y es el fiel compañero de esta nueva realidad. En un mundo que parece salido de un cómic, los doctores son parte de un ejército en la primera línea de combate, con hisopos como sus armas para proteger a decenas de familias. Ellos enfrentan a un enemigo que no dispara, pero destruye rápida y silenciosamente. Detrás de un tapabocas Más allá de un superhéroe con traje azul desechable, más allá de un tapabocas y una careta, estaba un padre de familia, esposo y amigo. Es el caso de Jesith Osorio, quien durante mes y medio salía no solo a combatir ese frío estremecedor de las mañanas capitalinas, sino a ese difícil virus que llegó a cambiarle la normalidad en la que vivió durante años. Un mundo que lo sacó de su zona de confort. Después de la llegada del COVID-19 a Colombia, el edificio donde hacía sus consultas particulares fue cerrado. El miedo a una crisis económica aumentó poco a poco. Pasaron semanas hasta que Jesith decidió mandar una hoja de vida a una IPS; el pánico económico disminuía, pero el precio de ello era poner en riesgo su vida y la de su familia. “El pánico se apoderó de mí” Esto fue lo que sintió Jesith en su primer día de trabajo de campo. En su cabeza, escasa de pelo, caían poco a poco gotas de sudor que le nublaban la vista. Por su mente pasaba su familia, no podía respirar muy bien, sin embargo, había llegado el momento de realizar la primera prueba, no había tiempo de pensar en algo diferente, como los soldados enfrentándose a su primer combate. El primero de los muchos a los que se tuvo que enfrentar. El desafío consistía en realizar las pruebas para Covid-19, pero esta guerra tenía un obstáculo más: su armadura. Estos trajes, lejos de las capas usadas por los superhéroes tradicionales, eran agobiantes. La careta, las monogafas y la mascarilla N95 le disminuían la visibilidad en un 80 %. “Solo veía masas”, recordaba con nostalgia Jesith. Además, respirar era muy difícil y el calor de la pijama quirúrgica lo desesperaba. Los protocolos de bioseguridad llevaron a Jesith al límite durante las primeras semanas. Al mismo tiempo, lo atacó un enemigo inesperado: la cefalea -dolor de cabeza intenso-; muchas veces perdió la orientación, aunque, como los héroes de las salas de cine, nunca perdió las ganas de salvar vidas. Sus jornadas laborales eran exigentes, el cansancio no daba respiro. Hora tras hora, paciente tras paciente iban sumándose a ese desgaste que no era solo físico, “era un trabajo bastante intenso y muy fatigante, aparte del esfuerzo era el riesgo que se corría”, declaró Jesith. Salía al campo de batalla a las siete de la mañana, en promedio visitaba alrededor de 15 pacientes por día y terminaba esa extenuante jornada hasta altas horas de la noche, privándose de la oportunidad de compartir con su familia. Su esposa explicó lo duro que era verlo llegar tan agotado, callado y en cara mostraba el cansancio. Jesith había llegado a su límite. Un esfuerzo sin una buena remuneración, pues por cada prueba que realizaba le pagaban 6.500 pesos, más un básico mensual. Era una recompensa escasa para el superhéroe del tapabocas. “Para mí fue impactante ver la primera bandera roja” En este nuevo mundo que parecía salido de un cómic, las capas rojas ya no las usaban los superhéroes, ahora un trapo de ese color significaba pobreza y necesidad. Los papeles se invirtieron, ya este color no flameaba en las espaldas de quienes salvaban el mundo, ahora se encontraban en ventanas de familias con hambre. En medio de la pandemia en varias zonas de Bogotá, hacían parte del paisaje. Jesith, en medio de su trabajo, debía visitar estos difíciles sitios, donde este símbolo protagonizaba las calles. Lugares lejanos, donde ni los carros, ni el Estado, ni la imaginación alcanzaban a llegar. Caminó por esos barrios, por esas calles llenas de la estigmatización de una sociedad que juzga. El miedo también lo atacó, gotas de sudor caían sobre su cara, sus gafas se empañaban. Estaba solo, de espaldas. Su celular debajo de su traje, no tenía forma de comunicarse con nadie. Solo eran él y personas desconocidas en una zona con fama de ser peligrosa. Los minutos parecían horas y las horas, días. Duró allí más de tres horas realizando pruebas, ya no tenía miedo de que le hicieran daño, también era arriesgado durar más de quince minutos en un recinto cerrado. Finalmente, después de realizar las pruebas en este lugar, de forma sorpresiva para Jesith, una familia le ofreció comida como muestra de agradecimiento; en ese justo momento se dio cuenta de quiénes eran los que conformaban esa familia, más allá de una apariencia. Las circunstancias lo llevaron otra vez a esta casa humilde, pero esta vez sin juicios de valor, los vio de una forma distinta. En medio de lágrimas que bordean sus ojos y con voz entrecortada, Jesith recordó esos momentos donde enjuició injustamente a familias por su apariencia o la zona en la que habitaban. “Debemos darnos la oportunidad de conocer a otras personas, sin pensar mal”, dijo el doctor a modo de reflexión. “No expongo más mi vida sabiendo que la gente no valora el esfuerzo” Fue el pensamiento que le llegó a su cabeza aquel 19 de junio, el día sin IVA. Un día en el que cientos de personas, en contra de cualquier recomendación, salieron a hacer filas y a aglomerarse, sin distanciamiento social, para realizar compras de elementos no esenciales (electrodomésticos, en su mayoría) dejando de lado la coyuntura y olvidando lo que venían realizando los médicos durante meses. Jesith, ese mismo día, después de levantarse a ver noticias y el celular, decidió renunciar a su trabajo. Fue un detonante para este héroe que no aguantó más. Después de mes y medio de trabajo arduo, corriendo riesgos, sacrificando tiempo con su familia para salvar vidas de otros, en un arrebato de indignación, él analizó el riesgo: “No expongo más mi vida sabiendo que la gente no valora el esfuerzo”. Un esfuerzo que al parecer fue en vano. El riesgo de infectarse, de infectar a su familia, no era valorado por quienes creyeron que esto era un chiste, uno de mal gusto. No le veía sentido a seguir luchando por una causa que la gente no tomaba en serio. Dejó el trabajo con la IPS, pero el fantasma de una crisis económica volvió a rondar en la cabeza de Jesith. Por ello, realizó de nuevo pruebas rápidas de forma particular, un gran héroe que no quería parar de ayudar, ni un fin de semana, mucho menos, un festivo. Recorre Bogotá de norte a sur, de oriente a occidente. Lleva puesto el mismo traje y, en su cabeza, la misma misión: salvar vidas. Un superhéroe sin capa, pero con tapabocas; sin escudo, pero con piyama quirúrgica; sin armas pero con hisopos. Allí sigue firme en la primera línea de combate contra ese enemigo que no dispara, pero mata.

  • ¿Para qué aprender una tercera lengua?

    ¿Para qué aprender una tercera lengua? Camila Marulanda, estudiante de Comunicación Social y Periodismo Fecha: Hablar tres o más idiomas brinda beneficios en el ámbito económico y personal. Lea también: El rol de la comunidad internacional en la crisis nacional Compartir Foto: Artem Beliaikin | Unsplash Aprender una tercera lengua es una práctica en auge en Colombia, ya que al momento de conseguir empleo genera un sinfín de oportunidades en diferentes industrias. Además, ayuda a conocer el mundo desde otras perspectivas, a ampliar las oportunidades de disfrute de oferta de productos y servicios culturales y de entretenimiento y, por último, resulta en una mejor remuneración económica, sobre todo cuando se trata de empresas son multinacionales o con enfoques internacionales. Un tercer idioma puede representar la posibilidad de acceder a distintas oportunidades laborales, enfatizando en carreras relacionadas con lo económico, el marketing y los negocios. Además, al conocer un idioma, su estructura, palabras y significados, distintos a los de la lengua materna, las personas pueden cambiar su estructura mental y ampliar sus perspectivas para conocer el mundo y sus diferentes culturas. Así lo afirma Juliana Llanes, coordinadora de terceras lenguas en el Centro Internacional de Lenguas y Culturas Extranjeras de la Universidad de La Sabana, quien dice que “la variedad y cantidad de alianzas que puede propiciar un profesional que hable una tercera lengua son bastantes, ya que se superan las fronteras del mundo angloparlante y se abren los horizontes de otras naciones, culturas y oportunidades de negocio”. Las personas que dominan diferentes idiomas obtienen diversos beneficios como poder participar en intercambios en el extranjero , optar por becas para educación en otros países y desenvolverse en diversas situaciones en otras partes del mundo. Todo ello resulta en una mayor capacidad de adaptación. En ese sentido, “ser bilingüe o multilingüe es cada vez más necesario para el estudio, el trabajo y la convivencia”, explica Anne-Marie Truscott de Mejía, del Centro de Investigación y Formación en Educación, de la Universidad De Los Andes. En ello coincide David Ardila, estudiante de Negocios Internacionales, quien habla español, inglés y alemán y quien señala que “no solo se trata de un ámbito competitivo y de estar más preparado, esto también puede representar la apertura de la mente”. Al respecto, Olga Parra Benavides, del Goethe Institut Kolumbien, explica que, como resultado del dominio de varios idiomas, “se generan diversas habilidades adicionales a nivel neurológico . (…) Ayuda a tener más atención, más memoria, retiene mejor la información, se vuelve la persona más adaptable, más tolerante. También ayuda a comprender el mundo desde diferentes perspectivas”. Aquellos beneficios se convierten en un atractivo para las empresas, cuando buscan nuevos talentos. Según Ingrid Rosenberg, socia directora de la agencia de empleos Talent Advisors, “las posiciones bilingües o con tercer idioma pagan más, en algunos casos hasta un 50% más”. Esto se presenta, particularmente, en profesionales de áreas como ciencias de la información, ingenierías, marketing, economía, mercadeo y negocios internacionales, en las que se vuelve fundamental la comunicación efectiva para concretar buenos negocios o proyectos. También las lenguas extranjeras son indispensables para la investigación, puesto que muchos de los artículos publicados están en otros idiomas. Es por esto que, “Colombia ha tenido una larga tradición de incluir lenguas extranjeras, como el inglés, el francés, el alemán, el italiano en el currículo escolar, para que los bachilleres tengan una visión pluralista del mundo y entren en contacto con otras maneras de pensar y de expresarse, a fin de que este reconocimiento de la diversidad lleve a un reconocimiento de la tolerancia y del respeto del otro/otra”, afirma Anne-Marie Truscott de Mejía, de la Universidad de Los Andes.

  • La carranga es una manera de vivir

    A la par de sus sueños, rescata el folklore que lo apasiona e inspira a otros jóvenes a incursionar en la música campesina La carranga es una manera de vivir Laura Nathaly Bermúdez Guevara, Lina María Higuera Sotomayor, Maria José Suesca Zamudio, Camila Fernanda Rincón Ángel A la par de sus sueños, rescata el folklore que lo apasiona e inspira a otros jóvenes a incursionar en la música campesina Contenido completo Autor: “El requinto de mi alma, compañero de mis penas, mi vida sin ti sería como la sangre sin venas”, expresa Víctor frente a las cientos de personas que lo aplauden en Tinjacá, Boyacá y que admirados ven al joven de 18 años desenvolverse con la destreza y virtuosismo que lo caracterizan. Talentoso como ningún otro. Víctor Manuel derrocha felicidad por donde quiera que vaya, sobre todo encima del escenario, su segundo hogar. El requinto es una extensión de él, otra parte de su cuerpo. Desliza sus dedos sobre los trastes con la fluidez del viento, al ritmo de la música campesina, por la cual se desvive. Una ruana amarilla lo caracteriza, la que lo ayuda expresar todo el júbilo que se desborda en su sonrisa y en la sencillez de su carácter. Su abuelo, Gabriel Rodríguez, y su padre, Diego Rodríguez, eran músicos, pero el alcoholismo los separó de la familia. A pesar de eso, Víctor empezó a sentir amor por la música desde los 11 años en una agrupación llamada “Los Sutapelaos”, haciendo honor a la historia de su tierra, Sutatausa; antes llamada “Sutapelada”, porque era un pueblo desierto, sin vegetación. El nombre les cayó como anillo al dedo, pues un grupo de niños que tocaban carranga era la sensación en aquella época, “pelados” que se divertían al ritmo de Jorge Velosa y descargaban energía por medio de guitarras y guacharacas y, por supuesto, del requinto.  El requinto posee doce cuerdas hechas de acero y su afinación coincide con las cuatro primeras cuerdas de la guitarra. Se usa en la ejecución de ritmos típicos colombianos como bambucos, guabinas, pasillos, torbellinos y música carranguera. Pero, para Víctor, recordar cómo llegó a su instrumento favorito le aviva una nostalgia que lo acompaña siempre. No todo es color de rosas para su memoria, pues su compañero de agrupación y mejor amigo, Julián Usaquén, quien le animó para empezar a tocar el requinto, falleció a los 15 años en un accidente de tránsito. Después de la tragedia, Víctor decidió especializarse en el requinto, en honor a su cómplice y compañero de aventuras musicales. “Es lindo pensar en él mientras que estoy tocando, a cualquier lado que vaya siempre lo recordaré”, dice cabizbajo y con la voz entrecortada. El ángel que lo acompaña lo ha visto triunfar como ganador del “Zue de Oro”, en Sogamoso, Boyacá; campeón nacional del “Ocobo de Oro”, en Ibagué, Tolima; campeón nacional del requinto en varios municipios del país; campeón nacional de la guabina y el tiple, en Vélez, Santander, por dos años consecutivos; ganador en el concurso nacional de duetos y música colombiana 2018, en Cajicá; y entre otros muchos más  reconocimientos que ha ido adquiriendo desde el año 2016, cuando decidió arriesgarse a concursar. Según Luis Carlos Vargas, maestro de música, la carranga últimamente está teniendo un gran auge desde que los jóvenes le apostaron a tocarla. Ya no es vista como música para adultos mayores, sino que niños y adolescentes están disfrutando de ella. A Víctor lo caracteriza el virtuosismo con el que toca su instrumento, requisito clave para triunfar en estos concursos. Lo podemos observar cuando toca “El pájaro campana” y hace un perfecto punteo, acompañándolo con un adorno que hace con su celular, sí, su celular, el cual usa deslizándolo por los trastes causando un sonido indescriptible pero mágico; o tocando el solo de requinto con el instrumento sobre su cuello y sus manos invertidas. “Si en el fútbol hay un diez, se podría decir que como requintista Víctor es el diez”, así lo califican sus compañeros de Ventarrón Carranguero.  Víctor siempre ha tenido el apoyo de su familia y también ha contado con la amistad y enseñanza de grandes maestros como Camilo Cifuentes, su mayor referente, quien ha sido ganador de todos los festivales de música andina colombiana, y campeón del festival Mono Núñez. También, Luis Carlos Vargas, creador del grupo “Sutapelaos”, ha sido uno de sus grandes mentores y amigos; quien lo ha acompañado a través de los años, pues su padre y él se conocen desde antes que nuestro protagonista naciera. “A Víctor no lo sacaba nadie del teatrino, que era donde ensayábamos, era muy curioso, y esa curiosidad lo tiene en este momento donde está”, dice su profesor Luis Carlos Vargas.  Para Víctor la carranga es una manera de vivir; tal como lo expresa su abuela Luz Marina: “él es adicto a la música”. Junto a sus amigos, creó una agrupación llamada “Ventarrón Carranguero”, quienes son un gran éxito, pues la jocosidad de sus trovas y, claramente, el talento que derrochan deja atónitos a los espectadores que se complacen al son de cada acorde; una de sus mayores labores es destacar el papel de la mujer en la música campesina, ya que el machismo ha estado presente en la historia mediante letras y trovas, pero los jóvenes están dispuestos a cambiarlo. “Y me puse a contar estrellas y en una yo me turbé porque me encontré un lucero que se me parecía a usted” Lo que más le gusta de su género musical es que le canta a todo: al amor, a la tristeza, a la nostalgia, a la tierra, y a un sinfín de pequeños placeres que trae la vida. Junto a Ventarrón Carranguero pone uno de sus grandes proyectos de vida. Después de haber compartido tarima con Mario, de la banda Doctor Krápula, recibir consejos de personas como Totó la Momposina y el maestro Jorge Velosa, y grabar dos sencillos que le cantan a la paz y a la naturaleza, estos muchachos están dispuestos a rescatar el folklore que les apasiona y a llevar la música campesina a cada rincón. La ingenuidad con la que me cuenta que, a pesar de sus logros en la vida musical, decidió estudiar derecho, no se compara con nada… -      ¿Y por qué decidió estudiar derecho en vez de música? – Le pregunto. -      Siempre fue mi idea estudiarla, pero lamentablemente el arte es un poco mal agradecido en este país, por eso todo el mundo tiene ese miedo. Siempre me llamaron la atención las ciencias sociales y me decidí a estudiar las leyes. A pesar de que no renuncia a estudiar música profesionalmente en un futuro, por el momento se siente dichoso y completo. Hace un año que salió de la casa donde se crio, pero no se le ha olvidado de dónde viene ni para dónde va. Él es Víctor Rodríguez, susmercedes.

Escucha aquí los podcast de Conexión Sabana 360 

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